FINAL

Día: martes, 16 de abril de 2013

Entre las 09:00 y las 12:00 horas

Bahamas. Tiamo resort

El cabello rubio de la niña brillaba iluminado por unos rayos solares que atravesaban atrevidos las persianas de los grandes ventanales. De vez en cuando podía escucharse el tono cantarín de su risa; tranquila, confiada, segura. Al fondo, el susurro continuo de las olas alcanzando la orilla de la playa y replegándose de nuevo, proporcionaba una maravillosa sensación de paz. La pequeña giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de él. Una sonrisa sincera asomó a sus labios, al momento volvió a prestar atención a la joven sentada a su lado.

Bastian se dejó caer hacia atrás, apoyando la espalda sobre el cómodo respaldo del enorme sofá de mimbre. En el Ipad colocado sobre el asiento aún era visible la noticia que acababa de leer:

Encuentran el cuerpo sin vida de Enrique Gardó. Fuentes policiales de la investigación apuntan a un suicidio como causa de la muerte. Enrique Gardó fue noticia en las navidades pasadas al afirmar que la infección que acabó con cientos de personas en el Valle de Nuria transformaba a los muertos en zombis. La policía no le concedió en su momento credibilidad alguna. Tras perder, víctimas de la citada infección, a su esposa y a dos de sus hijos, actualmente se encontraba en tratamiento siquiátrico.

Bastian tuvo un sentimiento parecido a la compasión, no por el hombre, quitarse la vida era una decisión personal, sólo uno elige vivir o morir y él había elegido el camino más fácil, pero recordó al chico, a su hijo, probablemente debían la vida a ese joven. Él era mucho más fuerte, aunque no tenía que sobrellevar la pesada carga que soportaba su padre. De alguna manera podía comprender al hombre, también hubo un momento en el que él mismo había dudado, un momento en el que pensó abandonar. Cerró los ojos sabiendo lo que iba a ver al hacerlo. Un sentimiento mezcla de aprensión, recelo y ¿Por qué no reconocerlo? Miedo, secuestraba su razón. Abrió los ojos un instante, sólo para comprobar que la calma continuaba inalterable en el hall del hotel, que la luz del sol que penetraba era clara y no escarlata, que sus manos estaban limpias sin rastro de sangre y que la niña seguía en el mismo sitio, sin monstruos que la acecharan.

Nada más volverlos a cerrar su cerebro viajó veloz a unos instantes anteriores, el frío invadió de nuevo su cuerpo y el costado volvió a recordarle dónde estaba. Esas horas malditas volvieron a pasar delante de sus ojos como si de una película de terror se tratase; monstruos, muertes, muertos, sangre y dolor. Como si él no hubiera sido uno de los protagonistas de ese horror.

@@@

Nada más escuchar cerrarse la puerta se aplicó en quitarse el aparatoso vendaje de la cabeza.

—¿Ya no tienes pupa?

—¿Pupa? —Bastian recordó el significado de la palabra usada por la pequeña y contestó mientras rebuscaba por los cajones.

—No, ya no me duele ¡Bien! —No pudo evitar exclamar Bastian.

Carla se acercó a su lado.

—¿Estás contento?

—Sí. Pronto habrá acabado todo.

—¿Ya les has ayudado?

—Casi. Ahora quiero que te sientes en esa mesa frente a la chimenea y me hagas un bonito dibujo. Cuando lo hayas terminado nos iremos.

La acompañó hasta la mesa y le entregó una caja de pinturas de colores y una hoja. La besó en la cabeza y pasó con delicadeza la mano por su cabello grasiento y estropajoso.

Junto a las llaves del coche había otro juego que, como esperaba, correspondió a la casa. Abrió y cerró el coche con el mando para comprobar que estaba en lo cierto y continuó hacia la iglesia.

La nieve parecía haber dejado de caer definitivamente. Sopesó el cuchillo y lo cambió de mano varias veces. El hacha se la había llevado el cazador. Hubiera preferido disponer de ella pero si hubiese mostrado alguna objeción Gwen nunca se habría marchado. No se veían zombis por las inmediaciones. Dio una vuelta completa a la iglesia. La descripción del cazador había sido acertada. Todas las puertas parecían cerradas, pero sólo dos de ellas lo estaban realmente, la lateral y la de la casa del párroco. La puerta principal estaba entornada solamente.

Intentó escuchar al otro lado pero no consiguió oír nada. Empujó la puerta de madera y un agudo chillido se propagó por todo el templo. Al instante, los gritos, carreras y gruñidos se sucedieron. No estaba solo. Abrió completamente y retrocedió hasta el centro de la plaza, en el interior de la iglesia la visibilidad era más reducida y no sabía cuántos zombis podían encontrarse dentro, era más sensato enfrentarse a ellos en el exterior. Poco después salió el primero, debía ser un vecino del pueblo, Bastian no lo conocía. Tampoco al segundo, vestía uniforme, sería uno de los Guardias infectados, tras él creyó reconocer a dos de los cazadores que habían estado en el Valle. En total cuatro zombis, eran demasiados y todos robustos, el que parecía más débil era el vecino del pueblo. No podía correr el riesgo de enfrentarse con todos, en el mejor de los casos perdería mucho tiempo y en el peor acabaría contagiado. Reculó hasta el Range Rover y desde allí llamó la atención de los zombis moviendo los brazos, no quiso gritar y correr el riesgo de que nuevos zombis le detectasen. Enseguida pudo comprobar cómo los seres se excitaban y aceleraban el paso arreciando en sus gemidos. Antes de que lo alcanzasen echó a correr y los rodeó por la izquierda. Corrió todo lo rápido que pudo y se adentró en el templo.

La torre del campanario estaba al fondo, necesitaba encontrar la cuerda para tirar de la campana. Ni siquiera se le había ocurrido que el funcionamiento pudiera ser electrónico; en ese caso el esfuerzo habría sido en vano. Los gritos de los zombis resonando entre las paredes de piedra, el eco que producían sus pasos en la estancia, todo ello le confería a la situación un nuevo matiz, extraño, quizá místico: los demonios me persiguen en el interior de la casa de Cristo.

No sabía muy bien lo que buscaba, suponía que en algún lugar debía haber una larga soga que terminase en lo alto del campanario, unida de la forma que fuera a los badajos de las campanas. Buscó en los alrededores del altar pero no encontró cuerda alguna. En la parte de la izquierda, a la misma altura que el púlpito, más o menos un piso, se encontraba un órgano que a Bastian le pareció más grande de lo normal. La luz que penetraba por la colorida vidriera parecía darle cuerpo al aire, hacerlo más denso.

A la derecha del altar, bajo un arco muy estrecho descubrió una puerta. Los zombis ya habían alcanzado la primera hilera de bancos. Corrió a la puerta deseando que estuviese abierta. Giró el pomo y empujó, la pesada puerta de madera se abrió con un chirrido lastimero. Tenía cerradura pero Bastian no disponía de la llave ni del tiempo necesario para buscarla. Cerró y recorrió la habitación. Debía tratarse de la sacristía. Al fondo, una puerta más robusta que la que acababa de cruzar conducía al exterior. Recordó la explicación del cazador, sería la puerta de entrada a la vivienda del párroco desde la calle. Se hizo una idea de dónde estaba.

Avanzó varios metros por un oscuro pasillo y se encontró unas escaleras de piedra a la izquierda y al fondo una nueva puerta. Al otro lado de la puerta de la sacristía podía escuchar los golpes, patadas y los alaridos de los zombis. Un agudo chasquido le confirmó que la puerta había sido abierta, enseguida recibió el sonido de los pasos sobre la fría piedra. Los tenía muy cerca, ya no había marcha atrás.

Enfiló las escaleras subiendo los peldaños desgastados de tres en tres. En el primer descansillo encontró lo que buscaba, dos largas cuerdas enganchadas en sendos colgantes. Las desenrolló y tiró de ellas para confirmar que estaba en lo cierto. El tañido de las campanas rebotó en su cerebro como eco y espoleó la rabia de los zombis que le seguían. No podía permanecer ahí. Soltó las cuerdas y continuó subiendo.

Se detuvo en el siguiente descansillo. Las escaleras continuaban hacia arriba, probablemente hasta lo alto del campanario. En ese mismo lado había una puerta de igual tono, marrón oscuro casi negro, que todas las demás. No sabía adónde conduciría. Pensó en coger las cuerdas y llevarlas al otro lado, pero sería imposible hacer sonar las campanas y mantener la puerta cerrada. Continuó subiendo. A medida que ascendía, el frío era más intenso y la visibilidad mejoraba. Podía escuchar a los zombis subir tras él. Escuchaba sus continuas caídas, sus jadeos; podía percibir su odio, su hambre. Se dio cuenta de que él también jadeaba por el esfuerzo y su odio no era menor que el de esos seres.

Por fin llegó a lo más alto, allí el frío era extremo. En cada una de las paredes de la torre una campana. Cada una de las cuerdas iba unida a un mecanismo que hacía sonar dos campanas. En el último descansillo que había subido vio una cristalera que debía dar a algún sitio. No tenía otra salida. Tiró de las cuerdas hasta coger la punta del cabo. Con las dos cogidas y tratando de que las campanas no sonasen aún, se dispuso a bajar hasta la vidriera. Sólo dos tramos de escalera lo separaban del primer zombi. No había ventana que abrir, el cristal era fijo. Cogió impulso y lo pateó con toda la fuerza que pudo. El decorado vidrio saltó en todas direcciones sin que un trozo solo quedase en su sitio. Se encaramó en el hueco y se dejó caer descolgándose con las cuerdas. Las campanas comenzaron a sonar de nuevo de forma descoordinada mientras descendía. El improvisado rapel terminó casi sobre el órgano. Se tomó un instante para recuperar el aliento y no tardó en ver al primero de los zombis asomar la cabeza por el mismo hueco por el que acababa de saltar. Por un instante temió que saltasen tras él pero los zombis carecían de toda coordinación y de la capacidad de discernir necesaria.

Había llegado el momento, ahora ya podía hacer sonar las campanas con fuerza. Una vez que todos los zombis del pueblo se encontrasen en el interior de la iglesia sería el turno de los otros. Deseó que fuesen capaces de encontrar la forma de convertir la iglesia en una enorme barbacoa.

@@@

El roce de los dedos de la mujer lo devolvió a la realidad. Gwen puso el Ipad sobre las manos de Bastian y se sentó junto a él.

—Pareces tenso, deberías relajarte —le apartó suavemente el pelo de la cara y pasó el pulgar lentamente por sus labios.

—Tengo dos noticias para ti ¿Cuál quieres primero?

—Sabes de sobra cuál quiero conocer primero —en el tono de su voz se notó la tensión que lo dominaba.

Gwen se apartó un poco de él. Cogió la copa de gin tonic a medio consumir de la mesa y echó un generoso trago. Disfrutaba con la impaciencia que mostraba.

—La niña decía la verdad.

—¿Estás segura? La voz de Bastian dejó escapar una inflexión de alivio que no pasó desapercibida para Gwen.

—Ha sido un viaje muy largo ¿Entiendes? Las comunicaciones aún no funcionan como antes de la tormenta solar, al final no fue para tanto, menos mal, pero eso ya lo sabes ¿Verdad?

Bastian la observaba con el ceño fruncido venciendo el impulso de cogerla por los hombros y agitarla hasta que le dijese lo que quería.

—Vaaale. He verificado todos los registros. No ha sido fácil, los sistemas informáticos siguen…

—¡Gwen!

La chica sonrió divertida pero decidió no seguir torturándolo.

—Tanto el padre como la madre eran hijos únicos. Los abuelos paternos fallecieron en accidente de coche cuando su padre era un adolescente. En cuanto a la madre, sus padres viajaban con ellos. También murieron en el Hotel.

—¿Y otros familiares de los abuelos?

—No, no tiene a nadie. Carla está sola en el mundo. Eso sí, a todos los efectos está oficialmente muerta, no existe… lo mismo que tú.

Bastian suspiró aliviado. Se recostó y extendió los dedos, sus manos dejaron ver las marcas de las uñas clavadas en sus palmas.

—¿Y el otro asunto? —Bastian tomó la copa de gin tonic y dio un pequeño sorbo.

—Como dijiste, en este país hay muy pocas cosas que no se puedan conseguir con dinero.

—Dije que no hay nada que no se pueda conseguir con dinero.

Gwen puso el bolso sobre sus rodillas y sacó una pequeña carpeta de cuero negro; se la entregó a Bastian con un solemne gesto.

—Ahí están los impresos que debes presentar para formalizar tu documentación y la de la niña. Sólo os faltan un par de fotos y elegir un nombre para Carla, es más prudente cambiárselo.

Bastian la observó un instante.

—¿Qué hay respecto al otro asunto?

Gwen realizó una nueva pausa para beber otro sorbo de la copa.

—Gweeen.

La mujer volvió sonreír.

—Ya va, impaciente. Como dijiste, la información que contenía ese pendrive era demoledora. Al principio Arnau no creyó lo que le decía, pero cuando conectó el usb al ordenador su rostro se tornó blanco.

—¿No te interrogó acerca de cómo había llegado a tus manos?

—Claro. Le conté lo que planeamos, me lo encontré en uno de los bolsillos de la chaqueta que cogí en el Refugio de una de las maletas abandonadas en la Recepción ¿Sabía de quién era la maleta? No. Supongo que si no hubiera sido testigo de tu muerte junto al resto habría intentado indagar más, pero el valor de la información contenida restó importancia a todo lo demás.

—¿Cumplirá su palabra?

—Me prometió respetar mi anonimato antes de conocer el contenido.

—¿Y después?

—Creo que sí, es un buen tipo. Se marchó tratando de idear una forma de explicar cómo había llegado la información a sus manos.

—No está mal para una bonita camarera.

—Estudié filología francesa ¿Sabes?

Oui —contestó él.

Tras permanecer unos instantes mirando sus ojos, sus labios, la atrajo hacia sí y la besó.

—¡Jo que beso!

Carla se había acercado y los miraba divertida.

—¿Has terminado ya tu clase de francés? —Bastian la cogió y la sentó en sus rodillas.

Oui.

Tanto Gwen como Bastian rieron. La pequeña se puso seria antes de preguntar.

—¿Podéis ser mis nuevos papás?

Bastian observó la mirada de complicidad entre las dos chicas.

—Sólo queda una cosa.

—¿Qué, qué cosa?

—No puedes seguir llamándote Carla, hay que buscarte otro nombre.

—¿Puedo elegirlo yo?

Bastian asintió con la cabeza.

—¿El que yo quiera?

—El que tú quieras.

—Bien, pues elijo… Alizée.

Bastian miró a Gwen.

—Que sea Alizée.

—¿Podemos ir ahora a la playa? Ya he terminado mi clase.

Bastian asintió.

—Ve con Anne a la habitación y ponte el bañador. Nosotros subiremos enseguida.

Bastian esperó a ver entrar en el ascensor a la niña junto a Anne y se encaró a Gwen.

—Demos un paseo.

Una vez sobre la arena de la playa le preguntó.

—¿Qué hay del resto?

Gwen entrelazó sus dedos con los de Bastian mientras caminaban por la orilla antes de responder.

—Alba es el nuevo Jefe de policía de Ribes, los otros polis pidieron el traslado o renunciaron. Quién lo iba a decir, al final el novato resultó ser el que más agallas tenía.

Bastian la escuchaba con la mirada perdida en algún punto indeterminado del mar.

—Pietro, el joven fraile, regresó al Santuario. Me dijo que te tiene presente siempre en sus oraciones.

Bastian sonrió recordando al joven monje.

—Del resto no sé nada pero dado el interés que han mostrado las autoridades sanitarias españolas y europeas en limpiar de zombis el Valle y ocultar lo ocurrido no tengo dudas de que su vida ha quedado resuelta para siempre.

—¿Y el Director?

—Ay sí, André. El bueno de André decidió retomar su cargo como Director del Refugio. Intentó convencerme para que recuperase mi empleo.

Anduvieron hasta el final de la playa de arena blanca cogidos de la mano, en silencio.

—Regresemos —Bastian la cogió por la cintura.

—Hay una cosa que todavía no me has contado.

Bastian no detuvo su paso y la miró fijamente a los ojos.

—¿Cómo conseguiste escapar de la iglesia? Aún hoy —su voz se quebró— aún hoy siento escalofríos al recordar el sonido del fuego devorando los muros de la iglesia y las campanas sonando sin parar. Todavía siento dolor en el pecho al creerte dentro con todo el edificio en llamas. Incluso ahora, después del tiempo que ha pasado, el miedo consigue paralizarme cada vez que pienso en ello… y no puedo dejar de pensar en ello. Cuando nos dirigíamos hacia el Hogar y escuché por primera vez las campanas estuve a punto de volverme. Ese cabrón de Esteve me hizo un lío. Me hizo creer que me lo había imaginado, aunque lo cierto era que yo deseaba habérmelo inventado, la realidad era simplemente demasiado dura. Luego, una vez que comenzaste a hacer sonar las campanas de forma seguida me creí morir. No veía el momento de regresar a la casa. Quería volver y encontrarte allí con la niña, con Carla, con Alizée —sonrió— pero en mi interior ya te había dado por perdido ¿Qué otro loco iba a meterse en la iglesia con cientos de zombis hambrientos? Cuando alcanzamos la plaza, el impacto fue durísimo. La tristeza más absoluta se apoderó de mi ser, apenas podía respirar. Entonces Alba me preguntó que cuál era la casa donde estuvimos escondidos. Se la señalé y se dirigió a la puerta peatonal. Le intenté explicar que no podríamos entrar, pero, mientras abría me observaba como si estuviese ida, o peor, como si estuviese loca. Me quedé allí plantada, sin entender qué era lo que fallaba, había algo que no estaba bien, pero me era imposible descubrir qué. La llamada de Alba desde la puerta principal me espoleó. Corrí gritando el nombre de Carla pero allí no había nadie. En el walkie del policía se escuchó claramente que iban a incendiar ya la iglesia. Alba intentó detenerlos pero era tarde. Tampoco creo que se hubieran dejado convencer, había demasiadas vidas de familiares y amigos como para ponerlas en peligro para salvar a una niña huérfana y a un desconocido loco. En ese instante te odié, no sabes cómo te odié por haberte llevado a la muerte a la pequeña —ya no pudo seguir conteniendo las lágrimas— y por haberme abandonado. Luego Alba salió para coordinarlo todo y la soledad que sentí en ese momento me produjo hasta dolor. Entonces… entonces descubrí el peluche y más tarde reparé en el dibujo; aún lo guardo sabes, no hay día que no lo mire al menos una vez. Caminé hacia fuera de la casa y salí al exterior. Al situarme en el lugar donde antes estaba el 4×4 que usamos para pasar la valla todo tuvo sentido. Fue en ese momento cuando supe que habías ganado, te habías salvado, habías salvado a la niña y nos habías salvado a nosotros y puede que a toda la Humanidad.

Bastian la observó un instante en silencio y le limpió las lágrimas con los dedos. Se sentó en la orilla y sin querer, sus recuerdos volvieron a los Pirineos, a los muros de la iglesia, a la visión del enorme órgano, a los gritos inhumanos de los zombis, al párroco al que había arrebatado la vida y al que debía la suya.

@@@

El sacerdote apareció de la nada. Bastian se lo encontró enfrente sin saber cómo había llegado hasta allí.

—Deje de hacer eso.

Bastian se giró en redondo buscando el lugar por el que había aparecido el cura. Si existía alguna otra puerta podrían entrar zombis por ella.

—No siga tocando las campanas. Todos los seres del pueblo vendrán a la iglesia, la casa de Dios invadida por esos demonios. ¡Deje de tocar! —Gritó.

Bastian no encontró rastro de ninguna puerta ni nada parecido, aparte de la que daba a las escaleras del campanario. El cura debía haber estado allí escondido todo el tiempo, puede que oculto tras el enorme órgano. Dentro del templo el clamor de los gritos de los zombis casi enmascaraba el sonido purificador de las campanas.

—Le he dicho que pare.

El párroco se dirigió con las facciones desencajadas hacia Bastian. A un par de pasos giró la cabeza hacia abajo y se detuvo. Los zombis se agrupaban en el centro de la iglesia, no cesaban de entrar más y más. La escalera que conducía al púlpito estaba repleta de ellos. Llegaban hasta arriba y saltaban en un intento de alcanzar la única presa que tenían cerca. Caían sobre los de abajo y otro ser ocupaba su sitio y repetía la misma acción con idéntico resultado, una vez y otra y otra, en el más absurdo déjà-vu.

—Tú los has traído aquí.

Bastian se preparó para la embestida del cura. Era un individuo corpulento. De haberse dedicado al boxeo en lugar de dedicar su vida a Cristo hubiera sido un peso pesado.

Logró esquivar la primera acometida sin dejar de hacer sonar las campanas.

—No sigas haciendo eso, para de una vez. ¡He dicho que pares! —Gritó de nuevo.

El párroco se lanzó como un toro a por Bastian. Una vez más logró apartarse y acompaño la finta con un golpe seco sobre los riñones del cura. El hombre se vio desequilibrado y no pudo evitar precipitarse sobre la barandilla. Bastian tuvo que soltar las cuerdas y correr en su ayuda. Llegó a tiempo de sujetarlo de las piernas por debajo de la sotana. Los zombis lo tenían agarrado de los brazos y tiraban de él hacia abajo. Gracias a la ayuda de Bastian consiguió desprenderse de sus garras. Ambos cayeron desequilibrados, el cura hacia el órgano y Bastian hacia el centro de la terraza. Se incorporó con rapidez sintiendo un nuevo pinchazo en su costado. Alargó la mano hacia las sogas y reanudó el repique. Después de dar un par de tirones volvió la mirada buscando al cura. Cuando lo localizó se dio cuenta al momento que ya era tarde. Sus ojos rojos, casi sangrantes, revelaban su condición. Alguno de los zombis debía haberlo mordido.

El párroco transformado se aproximó, ahora tambaleante, de nuevo hacia Bastian. Utilizó las cuerdas para esquivarlo y derribarlo boca abajo. El golpe contra el suelo pareció hacer temblar el piso de la terraza, incluso el órgano liberó alguna nota involuntaria. Saltó encima de él. Se colocó a horcajadas sobre su espalda y apretó su cabeza contra la fría piedra. Los movimientos del cura eran más descoordinados pero su fuerza parecía haberse multiplicado. Movía todo su cuerpo en un intento de quitarse a Bastian de encima. Si lo conseguía le costaría mucho trabajo contenerlo. Braceaba y braceaba buscando alcanzarlo. Bastian mantenía su frente contra el suelo apretando con las dos manos. Su costado le enviaba señales inequívocas por el esfuerzo. En ese instante supo lo que debía hacer y supo también que el párroco iba a ser su única posibilidad de escapar con vida de la iglesia. Apretó con más fuerza su cabeza contra la piedra y con los dos dedos corazón buscó las cuencas oculares hundiéndolos con toda la fuerza que fue capaz. Enseguida sintió sus ojos reventar y como el humor vítreo cubría por completo sus dedos. Era la segunda vez que hundía sus dedos en los ojos de un zombi, pero en esta ocasión no continuó apretando. Gritó por la sensación y tiró con fuerza arrancando los nervios ópticos y extrayendo los globos oculares. El zombi no pareció sentir dolor alguno. Continuaba realizando los mismos movimientos que antes.

Bastian lanzó los ojos hacia adelante y con las cuerdas improvisó un nudo imposible de desatar para el zombi alrededor de su cintura. Se apartó de él y comprobó con satisfacción que la longitud de las sogas le impedía precipitarse por la barandilla abajo. Las campanas volvieron a repicar mientras el zombi buscaba desorientado su presa. Bastian se movía a su alrededor y el zombi parecía ser capaz de detectar su posición, tal vez por el olfato. Su rostro manchado por la sangre y los fluidos que resbalaban desde sus cuencas vacías formaban una máscara terrorífica. Bastian decidió que ya tenía bastante. Corrió hacia la vidriera situada en el centro de la terraza a media altura y apoyando un pie contra la pared, saltó hasta alcanzar la estrecha cornisa, el impulso no había sido suficiente y quedó suspendido de ella. Realizó un último esfuerzo pero la cornisa era demasiado estrecha y no le dejaba margen para maniobrar. Sintió como el dolor de su costado subía y se distribuía por cada una de sus terminaciones nerviosas. Echó la cabeza atrás y golpeó con la frente sobre la vidriera. Los delicados cristales saltaron hechos añicos en todas direcciones. Alargó la mano y ahora, sujeto al marco, logró incorporarse. El aire helado que entró del exterior le ayudo a soportar el dolor. Cuando se puso en pie sobre la cornisa, la venda de su costado volvía a estar manchada de sangre. En varios puntos de su cara notó un incipiente escozor, los cristales rotos lo habían alcanzado. Se limpió con la manga verificando la sangre que estaba en lo cierto.

La distancia hasta el suelo sería de entre ocho y diez metros. No se veían zombis en los alrededores. Volvió a mirar al cura, ahora parecía más relajado pero no dejaba de moverse, eso hacía que las campanas siguieran sonando aunque de una forma extraña; en cualquier caso era suficiente para continuar atrayendo a los zombis. Éstos no dejaban de llegar, la iglesia estaba llena. El hedor a muerte parecía impregnar cada rincón del templo.

Calculó que a los pies del muro de la iglesia se debía acumular algo más de un metro de nieve. Puede que no fuese suficiente. Decidió descolgarse para reducir la altura de su salto. En el momento en que estiró por completo los brazos el dolor de su costado le obligó a soltarse. Cayó de espaldas y su silueta quedó perfectamente dibujada en el blanco manto pero la nieve amortiguó lo suficiente su caída.

Consiguió levantarse y salir a una zona de la calle en la que la nieve era menos abundante. Se palpó el costado, el dolor se hacía insoportable por momentos. Se dirigió hacia la casa donde lo esperaba Carla. El recuerdo de los ojos de la pequeña le proporcionó las fuerzas que necesitaba: “les ayudas y nos vamos”, pues bien, ya les había ayudado, ahora tenían su oportunidad, él ya no podía hacer más, era hora de irse, era hora de que ambos se fuesen…

@@@

—Bastian…

El sonido de la voz de la mujer lo sacó de la pesadilla.

—Creo que no quiero volver a recordar eso, nunca más.

—Vale —aceptó ella— pero dime al menos cómo sabías que cogería el peluche, que me lo llevaría y además que encontraría el papel con las coordenadas de este sitio.

Desdobló un papel y se lo entregó. En él, escrito con un lápiz rosa con los números algo borrosos se podía leer:

+24°.183552

-77°.623652.

Bastian le mantuvo la mirada y antes de responder volvió a doblar cuidadosamente la nota.

—No lo sabía… pero lo deseaba.

Abrazados se adentraron en la arena y se sentaron en una de las tumbonas colocadas en el interior del agua. El mar de aguas cristalinas apenas se movía. La suave brisa hacía ondular el cabello de Gwen. Bastian enlazaba en su dedo índice un mechón y dejaba que el aire lo liberase.

El gruñido los sorprendió abrazados. Ambos cayeron al agua. El joven con la cabeza poblada de rastas no entendía por qué la pareja de extranjeros se reía mientras señalaban divertidos a su perro.

 FIN

Bien. Este es el final de Refugio zombi. Realmente espero que os haya gustado y que hayais disfrutado tanto leyéndolo como yo escribiéndolo. El libro está publicado en Amazon: Comprar Refugio zombi en formato kindle. Al final del mismo se incluyen unas claves con un final alternativo para Refugio zombi. También sigue publicado mi primer libro:  Earthus, terrorismo zombi

Ahora me encuentro inmerso en la elaboración de la segunda parte de Earthus, terrorismo zombi. Os mantendré informados.

Os pido disculpas por los retrasos en la publicación de los posts y os solicito que contestéis una rápida encuesta.

Capítulo XXIII

Día: sábado, 29 de diciembre de 2012

Entre las 15:00 y las 18:00 horas

Ribes. Comisaría

Bastian circulaba más despacio de lo que hubiera podido, de alguna forma necesitaba tiempo para asimilar lo que se disponía a hacer. Carla continuaba tarareando la misma canción. No parecía asustada en absoluto. De repente sintió el impulso de preguntarle acerca de eso.

—Carla ¿No tienes miedo de los zombis?

La niña negó con un movimiento de cabeza primero para seguidamente responder.

—No. Les ayudas y nos vamos —volvió a repetir como un mantra bajando la cabeza.

Bastian sí que sentía miedo. En más de una ocasión ese miedo le había salvado la vida. El miedo le mantenía en tensión, le obligaba a ser consciente de sus limitaciones y le ayudaba a tomar las decisiones más acertadas. Pero ahora era distinto. No sentía miedo por él, ya no se trataba sólo de él, y eso lo situaba en una posición muy delicada, demasiado expuesta. Se palpó el costado, la venda estaba de nuevo mojada, no es que sangrase mucho, la herida se debía haber abierto.

No conocía el itinerario exacto a la Comisaría. Había entrado en un tramo en el que confluían huellas de varios vehículos, tenían que ser los otros miembros del convoy. A lo lejos identificó el luminoso, ahora apagado de la policía. Estacionó el coche a unos cuatro o cinco metros de la puerta de entrada. Alargó la mano y apagó la música. Carla lo miró pero no dijo nada. Ahora parecía más atenta, como en estado de alerta, a la espera de que algo malo sucediese.

Bastian no divisó a ningún zombi en los alrededores. Los vehículos de los cazadores tampoco estaban allí aparcados. Lo que sí advirtió de inmediato fueron las manchas de sangre sobre la nieve, las huellas de manos ensangrentadas dibujadas en la puerta de entrada a la Comisaría y en las paredes adyacentes. Se dirigió entonces a Carla, ella también había visto la sangre.

—Tienes que prometerme una cosa —ella lo miraba con los labios fruncidos— harás todo lo que te diga. Me obedecerás al pie de la letra y hasta que todo esto pase permanecerás con la chica, con Gwen, no puedes venir conmigo.

La niña bajó la vista y, por un instante, pareció que fuese a echarse a llorar.

—Vale —asintió varias veces con la cabeza sorbiendo por la nariz.

Bastian paró el motor y bajó del coche. Colocándose la mochila a la espalda caminó hasta la otra puerta sin dejar de vigilar los alrededores. La pequeña lo esperaba con el osito en las manos. Cerró y anduvo hacia la Comisaría con la niña en un brazo y la escopeta en la mano contraria.

Se detuvo frente a la entrada. Dejó a Carla en el suelo y la situó tras él, luego golpeó decidido la puerta con el cañón de la escopeta. Al instante pudo escuchar ruidos al otro lado aunque la puerta tardó todavía en abrirse. Bastian no se apartó, sabía que dentro no había zombis, los zombis no abrían puertas. Tras unos interminables segundos pudo descubrir a una chica cuyo nombre no conocía, la había visto subir a uno de los 4×4, era otra superviviente, creía recordar que iba con una amiga. Se apartó un poco y les permitió el paso, nada más entraron volvió a cerrar con rapidez.

Echó un vistazo a todos los presentes, no encontró a Gwen. Sólo estaban Mario y su padre, los supervivientes del restaurante de las pistas y las dos chicas.

—¿Dónde está el resto?

No dirigió la pregunta a nadie en especial. Fue la misma joven que le había abierto la que contestó.

—Creíamos que te había pasado algo, no contestabas al walkie —Bastian maldijo su imprudencia al haberlo apagado— te llamaron varias veces. La Alcaldesa habló con el policía, con Alba, la infección se ha extendido. Los Guardias que se contagiaron aquí han atacado a muchas personas en el pueblo. La Alcaldesa dijo que el Ayuntamiento estaba sitiado por los zombis. Los policías, junto a los cazadores y a los otros supervivientes, han ido para allí. Aquí no quedaban armas, tenían poca munición, recogieron las escopetas de los coches de la Guardia Civil y salieron para el Ayuntamiento.

Bastian intentaba pensar a toda prisa. Su cabeza iba de un lado a otro trazando un plan de actuación que le pareciese al menos realizable, que triunfara era ya otra cosa.

—Tienes sangre en el… —señaló hacia el costado de Bastian— deberías mirártelo.

Bastian se levantó el forro polar. El vendaje ensangrentado quedó a la vista.

—Ven, te limpiaré la herida y te cambiaré la venda.

Luna, la chica que le había abierto, la única que parecía con fuerzas para hablar, le acompañó hasta una mesa y comenzó a retirar las vendas empapadas. Carla permanecía agarrada de la mano de Bastian aunque evitaba mirar de cerca la herida.

Mientras la joven terminaba el trabajo, en la cabeza de Bastian iba cobrando fuerza una idea, la única posible.

—Ya está, ahora lo mejor es que descanses, en esa habitación hay un sofá.

—¿Tenéis algún arma aquí?

Todos negaron con la cabeza y Luna repitió que se las habían llevado todas, incluso las de los coches patrulla. Bastian no se molestó en comprobar de nuevo la munición de la escopeta, sabía que sólo disponía de cuatro cartuchos. Carla le miraba como miran las vacas el paso del tren.

—Deberías descansar —insistió la joven.

Bastian volvió a aupar a Carla y se encaminó a la salida.

—No debes ir así y menos con la niña —objetó Luna.

—Carla, su nombre es Carla ¿Verdad? —Bastian sonrió pegando su mejilla a la de ella— es mi responsabilidad y viene conmigo —la pequeña se abrazó con fuerza a su cuello.

El padre de Mario dejó la silla en la que estaba y caminó hacia la puerta.

—No te separes de ella, no la dejes, con nadie estará más segura que contigo y si llega el final, al menos estaréis juntos. No cometas el mismo error que yo, por favor.

La nieve había dejado de caer. Bastian elevó la vista al cielo, inspiró con fuerza y dejó que el aire gélido alcanzase cada uno de sus alvéolos pulmonares hasta que llegó a sentir dolor. El tiempo parecía haberse detenido también, al igual que la nevada. Observó las viviendas de alrededor. La mayoría eran casas bajas, la altura más elevada de las otras era de tres pisos. Nada de lo que veía en ellas hacía presagiar lo que le esperaba a ese pueblo.

El estremecimiento de Carla lo sacó de su abstracción; ella también había escuchado los disparos. Los acontecimientos se precipitaban. Echó a andar hacia una de las casas. Delante de la puerta principal, un pequeño jardín con un bonito árbol de navidad adornado con multitud de bombillas que ahora no lucían. En el caminito de acceso cubierto de nieve por recoger se podía observar las huellas dejadas por la apresurada huida de sus moradores tras la llamada desde el Ayuntamiento. Junto a la valla de la derecha, una caseta que albergaba la leña necesaria para alimentar la chimenea.

Bastian se acercó a una de las ventanas; como el resto, no tenía rejas, esa había sido la razón de escoger esa casa. Bajó al suelo a Carla y la situó tras él. La cristalera de la ventana saltó hecha añicos tras recibir el impacto del cañón de la escopeta. Apartó los cristales sujetos en los marcos y pasó al interior con la niña en brazos. El detector de movimiento se iluminó pero la sirena de la alarma no sonó, hasta la batería de emergencia se debía haber agotado, o simplemente puede que no estuviese conectada.

—¿Vamos a robar? —Carla evitaba mirarle a los ojos.

—No, pagaremos lo que nos llevemos, pero necesito algunas cosas —la niña pareció quedarse más tranquila.

La posó en el suelo y se dirigió a la cocina. Enseguida encontró lo que buscaba. Extrajo todos los cuchillos del soporte donde descansaban y, tras sopesarlos, eligió el que le pareció más largo y robusto.

—¿Para qué quieres ese cuchillo?

Sentó a la niña sobre la mesa antes de responder.

—Sólo me… sólo nos quedan cuatro cartuchos —corrigió haciéndola partícipe.

—¿Qué son cartuchos?

—Balas para la escopeta.

La niña pareció meditar sobre lo que le acababa de decir.

—¿Cuatro son muchas balas?

Bastian no pudo evitar sonreír.

—No, no son muchas, pero serán suficientes.

—Tengo hambre.

Bastian buscó por los armarios de la cocina y le dio a la niña un paquete de galletas rellenas de chocolate que ella comenzó a comer ruidosamente. Para él tomó de la nevera apagada una lata de Coca Cola que se bebió en pocos tragos. La cafeína contribuiría a elevar su nivel de atención. Guardó en la mochila un par de latas más, otro paquete de galletas y una botella pequeña de agua. Al colocar las cosas dentro pudo ver los fajos de billetes en el fondo, envueltos con papel de estraza. Era curioso lo poco que ocupaban cinco millones de euros en billetes de quinientos.

Antes de marchar se cambió el forro polar por uno limpio y se enfundó en una cazadora de cuero. Dejó un billete de quinientos euros sobre la mesa de la cocina. Esta vez salieron por la puerta.

—Espera —la niña pugnaba por soltarse y que la dejase en el suelo.

Cuando la bajó, echó a correr dentro y regresó con el osito bajo el brazo.

—Se me había olvidado.

Junto a la leñera, Bastian extrajo el hacha del tronco donde permanecía clavada, y tras aupar de nuevo a Carla, abandonó el jardín de la casa.

No se habían escuchado más disparos, era algo que no sabía cómo interpretar. No conocía con exactitud el camino hasta el Ayuntamiento, siguió la primera indicación de “Centro Ciudad” que encontró. Carla se agarraba con fuerza a su cuello y metía las manos por dentro de su chaqueta recién adquirida pero no perdía detalle de lo que pasaba a su alrededor.

—Por allí viene gente.

Bastian miró en la dirección que le indicaba la niña. No eran personas, eran zombis, tres zombis. Parecían ir en la misma dirección que ellos. Sopesó la posibilidad de atacarlos pero le asustaba la idea de tener que dejar a la cría, a Carla, sonrió pronunciando mentalmente su nombre.

—Vamos a jugar a un juego.

—¿Qué juego?

—El escondite ¿Lo conoces?

—Sí ¿Nos vamos a esconder de los zombis?

—Eso es.

Se apartaron un poco y se adentraron en una zona en la que la nieve acumulada era aún mayor. Sin tener muy claro si su idea iba a dar resultado fue agachándose hasta desaparecer por completo dentro del manto nevado. Para poder respirar sin dificultad abrió hueco a su alrededor.

No tardaron en escuchar como los zombis se iban aproximando, estaban muy cerca. Si les habían descubierto tendrían dificultades. Bastian ya se estaba arrepintiendo de no haberse enfrentado con ellos pero los gruñidos comenzaron a remitir, se estaban alejando.

Cuando ya no escucharon nada se fueron incorporando poco a poco. Tres zombis vagaban solos por el pueblo; no era buena cosa ¿Cuánta gente estará ya infectada?

Continuó tras ellos. Efectivamente llevaban la misma dirección. Puede que oliesen la sangre o tal vez se comunicaran de alguna forma entre sí. Ni una cosa ni otra tenían mucho sentido.

Después de atravesar dos calles más, se encontraron enfrentados a un callejón estrecho, demasiado estrecho y con más de medio metro de nieve, Bastian paró. Los zombis que les precedían habían abierto camino por él. Los callejones como ese no le traían buenos recuerdos, pero para evitarlo debían desandar en parte sus pasos y volver a la calle ancha en la que se les podía ver desde demasiados sitios. El costado apenas le molestaba, el último vendaje que le había aplicado la chica en Comisaría cumplía a la perfección. No nos meteremos ahí.

Retrocedió sobre sus pasos y se adentró en la calle. Avanzaba pegado a las fachadas. Sólo le quedaban unos veinte metros pero los escuchó con toda claridad. Ahí estaban. Con sus eternos lamentos. Carla también los oyó. Giró todo el cuerpo en brazos de Bastian hasta localizar su procedencia. Aparecieron enseguida. Dos zombis. No vestían uniforme, se trataba de víctimas del pueblo.

—Allí —señaló la niña.

Bastian asintió pero no les prestaba atención, observaba la otra esquina de la calle. Los dos zombis les descubrieron y apretaron el paso hacia ellos. Del otro lado llegaban cuatro zombis más.

—Allí, allí hay más —gritó ahora Carla al descubrirles.

—No te muevas de donde caigas ni hagas ruido alguno.

La niña miró a los ojos a Bastian sin comprender; caer dónde. Bastian la izó y la lanzó a un lado, la pequeña desapareció de la vista bajo la montaña de nieve. Los dos zombis más cercanos la siguieron con la mirada pero al no volver a salir perdieron todo el interés y se centraron en la presa visible. Bastian no quería usar la escopeta, sabía que el ruido de los disparos, con seguridad atraería a más zombis. La clavó sobre la nieve y empuñó con las dos manos el hacha. Los dos zombis se acercaban muy juntos, incluso parecían llevar el paso. Bastian, en lugar de esperarlos, echó a correr hacia ellos y los rodeó con habilidad. Al frenar de improviso y girarse para seguirlo, uno de ellos cayó al suelo. Con sólo un enemigo en pie Bastian echó atrás el hacha y la descargó sobre su cabeza. El sonido que produjeron los huesos al quebrarse resultó estremecedor. Parte del cráneo desapareció entre la nieve a no mucha distancia del resto del cuerpo. El otro zombi estaba a cuatro patas intentando levantarse. Bastian dio la vuelta al hacha y le golpeó con el contrafilo. De nuevo el mismo sonido al fracturarse su cabeza.

Los otros cuatro ya estaban cerca. Buscó el lugar donde había lanzado a la pequeña. Los movimientos realizados le hacían dudar. Tras observar el sitio en el que seguía en pie la escopeta se orientó. La niña permanecía oculta como le había dicho.

En esta ocasión los zombis se acercaban con más separación entre ellos, eso era bueno para Bastian. Se plantó a recibir al primero con el hacha sobre su cabeza. Podía sentir como los restos orgánicos de los zombis que acababa de matar, descendían por el mango hasta sus manos. Aún así no soltó el arma ni alteró su posición. Descargó el filo sobre la cabeza del zombi como si de un bate de béisbol se tratase; la pelota, su cabeza, saltó hacia arriba separada del tronco girando sobre sí misma y hundiéndose dentro de la nieve con los ojos hacia arriba, intentando divisar su objetivo. Volvió a buscar a la niña. La escopeta ya no estaba en pie, sintió que su corazón se aceleraba. No estaba seguro de la situación de la pequeña.

—No salgas de la nieve, no salgas hasta que yo te lo diga —recordó a gritos.

No quería moverse demasiado, si lo hacía en la dirección equivocada podía llevar a los zombis hacia la posición de la niña. Por fin creyó identificar el sitio. Uno de los zombis estaba muy cerca, indefectiblemente pasaría por encima de ella, tenía que atraer su atención.

Mientras intentaba localizar a la pequeña había descuidado a los otros dos zombis, uno de ellos saltó sobre él. Impulsó el hacha hacia adelante pero la hoja no alcanzó su objetivo. El mango golpeó en el pecho a la zombi. La mujer cayó derribada pero Bastian sabía que no tardaría en levantarse de nuevo, tenía que acabar con ella. El otro zombi, un adulto al que le faltaba la manga de la cazadora y con su húmero roído casi por completo, echó la mano hacia él. No tenía ninguna posibilidad con sólo un brazo útil, Bastian lo repelió usando el mango del hacha contra su mentón. El zombi retrocedió un paso pero no cayó. Efectivamente, la mujer ya se incorporaba con la misma cara de odio que mostraban todos ellos. Una alarma se encendió en el cerebro de Bastian. Venían tres zombis, la mujer, el manco; falta uno. Lo localizó de bruces en el suelo… en el lugar donde había lanzado a Carla.

—¡NOOOO!

Corrió entre la nieve levantando por completo las piernas para avanzar con más facilidad. Empuñó el cuchillo y soltó el hacha, con ella podía herir a la pequeña. Clavó la rodilla sobre la espalda del zombi, lo sujetó con una mano por la frente y con la otra hundió hasta el mango el cuchillo en su cabeza. Con movimientos frenéticos lo apartó a un lado para liberar a la niña pero… ¡No estaba! La pequeña no estaba ahí. Bastian no pudo seguir buscando, la zombi ya tenía los dientes sobre su hombro. Bastian le propinó un codazo, la nariz de la mujer pareció estallar. Ahora no disponía de ningún arma, el cuchillo continuaba clavado en el cráneo del zombi y el hacha había desaparecido bajo la nieve. Buscó alrededor suyo. Se lanzó a un lado a por la escopeta. Apuntando desde la cadera disparó dos veces, una sobre cada uno de los zombis que continuaban en pie. En el momento en que el último cayó, corrió hacia el sitio en el que debería estar la niña.

—¡CARLA! ¡CARLA! ¿Dónde estás?

Se lanzó sobre la nieve y empezó a apartarla excavando como un perro.

—Bastian. Estoy aquí.

La niña salió de entre una montaña de nieve varios metros a la izquierda abrazada firmemente al osito, su cabeza aparecía salpicada de nieve lo mismo que su ropa. Había escapado gateando del lugar donde él la arrojó. El francés se sentó en el suelo, agotado. El dolor de su costado regresaba provocándole pinchazos intermitentes cada vez más profundos. La pequeña caminó despacio hasta situarse enfrente.

—Es que…

—Has hecho bien, has hecho bien, tranquila —Bastian la interrumpió y la recibió en sus brazos cuando la niña se arrojó sobre él.

El ruido de disparos les sobresaltó a los dos.

—Ya ha empezado todo.

@@@

Una vez en la Comisaría, el convoy recién llegado del Valle recibió el aviso de la Alcaldesa de que una multitud de zombis rodeaba el Ayuntamiento. Sin dedicar un instante a planificar sus acciones siguientes, recogieron y distribuyeron las armas y la munición disponible y se dirigieron hacia el Consistorio.

En una de las calles que desembocaba en el Ayuntamiento se habían ido reuniendo cazadores y policías, el resto permanecía algo más retrasado.

Los zombis que rodeaban el edificio no tardaron en descubrirlos y dirigirse hacia ellos con un clamor creciente. Los cazadores abrieron fuego enseguida pero la situación era muy diferente a la vivida en el Valle. Allí estaban a suficiente distancia de seguridad, cómodamente apostados cuerpo a tierra y lo que era más importante; no conocían a las personas a las que tenían que disparar. Ahora, por el contrario, debían acertar en la cabeza a sus vecinos, amigos e incluso familiares, en movimiento y con la presión añadida de ver que se les iban acercando.

Aunque algunos zombis caían abatidos definitivamente de un certero impacto en la cabeza esos eran los menos, la mayoría de los disparos no encontraban la cabeza, tumbaban al zombi, sí, pero al momento su lugar era ocupado por otro y el caído no tardaba en volver a incorporarse.

Alba y Ramos gritaban órdenes que nadie escuchaba ni obedecía. En poco tiempo el grupo se vio forzado a dispersarse para evitar ser alcanzado por la tromba zombi.

@@@

Bastian había recuperado el hacha, el cuchillo y la escopeta. Ahora tan solo contaba con dos cartuchos. Caminaba pegado a las fachadas con la pequeña en brazos sujetando su osito con fuerza. A medida que iba acercándose hacia el lugar de procedencia de los disparos se repetía que lo que estaba haciendo era una locura. Su cabeza le decía con toda claridad que debía volver a por el coche y alejarse de allí inmediatamente, pero su corazón, al que nunca antes había escuchado, le decía todo lo contrario: les ayudas y nos vamos… les ayudas y nos vamos. La frase de la niña se repetía una y otra vez en su cabeza torturándolo.

Bastian se detuvo. En la calle de al lado se escuchaba ruido de carreras gritos y gruñidos inconfundibles. No quería enfrentarse a los zombis con la niña en brazos. Dio una vuelta sobre sí mismo y se dirigió hacia una furgoneta cercana. Subió a Carla al techo y le indicó que permaneciese tumbada y en silencio. Un último vistazo para asegurarse que la pequeña había desaparecido cubierta por la nieve y corrió hacia la esquina. Antes de que la alcanzase sonaron varios gritos seguidos de disparos de escopeta, pero ahora peligrosamente cercanos. Bastian asomó la cabeza con precaución, no era cuestión de que se la volasen por error. Llegó a tiempo de ver como uno de los cazadores era alcanzado por una zombi con la clavícula desencajada. El hombre no fue capaz de resistir ante el impulso animal de la mujer, el golpe le hizo caer bajo sus dientes.

Otro cazador se enfrentaba a culatazos con dos zombis. Más adelante, Gwen disparaba su último cartucho contra el pecho de un zombi de no más de quince años.

Bastian corrió hacia ella. El adolescente había caído un par de metros atrás pero sus heridas no eran letales, no para un zombi. Gwen apretaba una y otra vez el gatillo de la escopeta vacía. Cada “CLIC” del percutor sonaba como un martillazo en su cerebro. La mujer ni siquiera había advertido su llegada. Bastian disparó casi a quemarropa a la nuca del chico. Luego hizo lo propio contra los zombis que atacaban a los cazadores y, por último, descargó culatazos sobre la cabeza del cazador cazado y sobre la de su verdugo.

Gwen se abrazó al francés pero éste la apartó a un lado sin ninguna delicadeza, vigilaba al otro cazador, presentaba una herida sangrante en una pierna, observaba cada movimiento que hacía el hombre contando mentalmente de uno en uno.

—No, no dispare, no, por favor, no me ha mordido, me caí cuando nos dispersamos, me clavé algo, bajo la nieve no se ve lo que se esconde.

Bastian había contado más de veinte, el tipo no se había transformado, ya no lo haría. Un grupo de zombis más numeroso que el que acababa de eliminar se acercaba.

—No me quedan cartuchos. Vamos, deprisa, tenemos que irnos.

Ayudó a levantarse al cazador y se echó su brazo al cuello para que pudiese caminar.

—Coge su escopeta —Bastian le lanzó también la suya a Gwen.

—No le quedan balas tampoco —advirtió el cazador.

—Cógela de igual forma.

Con ayuda de Gwen condujeron al cazador herido hasta la furgoneta donde había dejado oculta a la pequeña. La niña les había visto llegar y ya estaba incorporándose, su rostro no podía disimular la alegría que sentía al ver de nuevo a Gwen. La recogió en brazos y continuaron su huida.

El cazador caminaba ahora ayudado por Gwen. Un grupo de varios zombis les seguía a corta distancia. Bastian reparó en un cartel indicador en el que se leía: Piscina Munic… el resto permanecía cubierto por la nieve.

—¿Qué es eso? —Bastian se detuvo.

A Gwen le costó gran esfuerzo poder hablar.

—Es la piscina del pueblo, se abre en verano, ahora está vacía —se volvió inquieta hacia los zombis.

—Vale, vamos hacia allí.

Una gruesa cadena con su correspondiente candado impedía el acceso al interior del recinto de la piscina

—Vamos, podemos saltar —Gwen intentó izarse para pasar al otro lado.

—Aparta.

Bastian golpeó con fuerza con el contrafilo del hacha el candado. Al segundo golpe saltó partido. Quitaron la cadena y se colaron dentro.

—¿Cómo vamos a cerrar ahora? —Gwen miraba asustada al grupo de zombis que estaba a punto de atravesar la puerta.

—No vamos a cerrar. Corramos a la piscina, rápido.

Como la mujer había dicho, la piscina olímpica estaba vacía de agua aunque con un manto de más de un metro de nieve en su interior.

—Saltad dentro.

—¿Qué? ¡NO! No puedes estar hablando en serio, no podemos meternos ahí, no tendremos escapatoria.

Gwen se giró hacia la entrada, los zombis ya habían accedido al recinto; el cazador miraba como hipnotizado el avanzar errático de los seres. Bastian comprendió que no iban a saltar y sin que ninguno se lo esperase les empujó dentro.

—Corred hacia la otra escalera.

El francés se encaró a los zombis y llamó su atención a gritos. El grupo era numeroso, si su apuesta salía mal no lo contarían.

Cuando los primeros estaban a un par de metros Bastian saltó. Como esperaba, uno a uno todos los zombis fueron cayendo al fondo de la piscina. Bastian ya corría hacia la escalera. Gwen mantenía encaramada a la niña a la mitad.

—Ahora, subid ahora —gritó Bastian cuando el último de los zombis se precipitó al interior.

Desde arriba observaban como los zombis intentaban sin éxito escapar de las cuatro paredes de la piscina. Sus gritos eran escalofriantes. Un par de ellos se había partido las piernas al caer y avanzaban, con la nieve hasta los hombros, sobre sus rodillas.

—Llevad allí a Carla —Gwen se sorprendió de que llamase por su nombre a la niña.

Bastian, desde el borde de la piscina fue lanzando hachazos a las cabezas de los zombis. Ninguno intentaba defenderse ni cubrirse de forma alguna, ni siquiera trataban de apartarse. La primitiva necesidad de conseguir alimento, el deseo de matar o lo que fuese que les mantenía en pie les impulsaba sin descanso, sin importarles o sin comprender que se dirigían a su fin.

Cuando ya sólo quedaban los dos zombis con las piernas rotas, Bastian volvió a saltar dentro de la piscina. Después de salir, el manto interior de nieve blanco era ahora un estampado de sangre. Las salpicaduras llenaban su cuerpo, su cara, sus manos.

Antes de acercarse a ellos, se limpió con nieve la sangre que manchaba sus manos y su cara, su ropa era un imposible. Carla corrió a su encuentro visiblemente nerviosa.

—Esa niña no debería estar aquí —el cazador se dejó caer sobre la nieve y apoyó la espalda contra la pared de la caseta de la depuradora moviendo la cabeza a un lado y a otro.

—Esa herida sangra demasiado, estire la pierna.

Mientras Bastian le realizaba un torniquete más o menos aceptable al cazador, intentaron decidir cuál debía ser su siguiente movimiento.

—Es inútil, no sabemos cuántos han sobrevivido ni la cantidad de infectados que hay en el pueblo. Creo que lo mejor es que cojamos un coche y nos vayamos de aquí. No seríamos los primeros, ya vimos gente abandonando el pueblo cuando nos dirigíamos al Ayuntamiento. Nadie nos puede juzgar por ello, además, volveríamos con ayuda.

Bastian observó a la niña buscando alguna reacción al razonamiento de la mujer pero tan solo le miraba fijamente.

—Mi familia está en el Ayuntamiento, no pienso huir a ninguna parte —el que sí habló fue el cazador, y apoyó su afirmación incorporándose con dificultad.

Gwen se dirigió entonces directamente a Bastian al que no había dejado de observar.

—¿Y tú qué dices?

Bastian se puso en pie, recogió el hacha y levantó en brazos a la pequeña.

—Nos quedamos.

Gwen se pasó las manos por el rostro y resopló.

—Nos estamos volviendo locos o qué. No podemos enfrentarnos nosotros solos con esto, tenemos que pedir ayuda. Desde el principio ha sido una locura. La infección se ha extendido demasiado, ya no podemos hacer nada. Joder, ni siquiera sabemos si alguno de los otros estará vivo.

—Si tuviéramos un walkie podríamos intentar ponernos en contacto con ellos —expresó el cazador reprimiendo un gesto de dolor al apoyar la pierna en el suelo.

—Volveremos a la Comisaría, es el punto de reunión lógico, además allí hay vehículos de la Guardia Civil, en ellos llevarán estaciones de radio. En marcha —se situó Bastian en cabeza.

Habían abandonado el recinto municipal sin más dificultades pero orientarse ahora, después de la loca huida anterior, con todo el pueblo nevado, le estaba costando a Bastian más de lo esperado.

—No, es hacia el otro lado, lo mejor es continuar por esa calle y doblar a la derecha.

Bastian ayudaba a caminar al cazador, Carla había accedido a que la llevase Gwen. El silbido les llegó desde algún lugar indeterminado. Mientras caía, Bastian admiraba la belleza de las vidrieras de la iglesia del pueblo hasta el momento de quedar inconsciente. La nieve amortiguó el golpe de su cabeza contra el suelo. Al instante, un cerco rojo comenzó a dibujarse en torno a ella.

—Nos disparan —el cazador logró mantener el equilibrio con dificultad arrimándose a la pared aunque en realidad no sabía de dónde había venido el disparo.

—¿Los zombis pueden disparar? —Gwen intentaba evitar que la niña se le escapase de los brazos a la vez que se pegaba a la pared también.

—Nos han debido confundir con zombis, por eso nos han disparado.

La niña no dejaba de llorar y patalear, quería ir junto a Bastian, ni siquiera el ruido de pasos sobre la nieve que cada vez era más perceptible la persuadía para calmarse.

—Somos… somos humanos, personas, no somos zombis, no dispare.

El cazador hablaba a la vez que intentaba empuñar su fusil de la mejor manera para defenderse. Deseó poder coger el hacha tirada junto al caído.

El ruido de los pasos iba aumentando. De repente cesó por completo. Al instante apareció frente a ellos un hombre.

—¿Mikel? —Preguntó Gwen sin dejar de observar el cañón que apuntaba directamente a la cabeza de Bastian— ¿Por qué has disparado? Somos nosotros.

El cazador adoptó una posición más confiada y se agachó para comprobar el estado del herido. Mikel le propinó una patada en el pecho derribándolo a un lado.

—Pero… qué…

Mikel no le dejó seguir.

—No tengo nada contra vosotros, apartad y no os ocurrirá nada.

El cazador se palpaba el pecho mientras observaba al tipo del arma sin dar crédito. Gwen pugnaba por evitar que Carla se le escapase e hiciese alguna tontería.

—¿Qué coño te pasa chico? Bastantes problemas tenemos como para pelearnos entre nosotros.

Mikel volvió la cabeza hacia él sin dejar de apuntar a Bastian.

—Mató a mi hermana. Este cabrón le clavó un cuchillo en la cabeza a mi hermanita.

—Sería una zombi, por eso lo haría.

—No, ella no se había transformado en una de esas cosas, sólo estaba herida y ese cabrón la mató. Vosotros podéis marcharos pero él no.

—¿Vas a dejarnos marchar después de ver como matas a un hombre? No te creo —el cazador no encontraba la forma de poder evitar el asesinato de Bastian.

Mikel rió histérico.

—¿Qué más da? En poco tiempo todos estaremos muertos o convertidos en una de esas cosas.

—¿De dónde has sacado ese arma? —Era el fusil de uno de sus amigos, en Comisaría los policías les habían dado a los otros escopetas o pistolas, los cazadores continuaron con sus armas.

—Se le cayó de las manos a uno de tus amigos cuando los zombis se le echaron encima.

—¡Cabrón!

Con la ayuda del cañón de la escopeta giró el cuerpo de Bastian hasta ponerlo boca arriba. Continuaba inconsciente. Apoyó el arma en su frente y apretó el disparador. Gwen cubrió los ojos de la niña para evitar que viera eso.

“CLIC”

El arma no disparó. Apretó repetidas veces el gatillo con idéntico resultado.

“CLIC” “CLIC” “CLIC”

—No te quedan balas.

El cazador se preparó para saltar sobre Mikel mientras éste daba la vuelta al fusil para aplastar la cabeza de Bastian a culatazos.

Lo que ocurrió a continuación les cogió a los dos desprevenidos. Un zombi se lanzó sobre la espalda de Mikel. Hundió los dientes sobre su cuello y tiró desgarrando su carne. Con la tensión del momento ninguno lo había oído acercarse.

Mikel estaba paralizado, era incapaz de reaccionar, había soltado el fusil y comenzaba a sentir como la infección se extendía por su sistema circulatorio, un dolor intenso lo sacudió. No vio como el cazador clavaba el filo del hacha en la cabeza del zombi que le había mordido. Su cabeza cayó sobre la nieve, de su boca asomaban tiras de la carne arrancada del cuello de Mikel.

—Acaba con él.

—¿Qué?

—Mátalo antes de que se transforme, luego será más difícil —el cazador llevaba la mirada de los ojos de Gwen a la mueca de dolor en que se había transformado el rostro ensangrentado de Mikel.

Por fin reaccionó y partió la cabeza del joven de un potente hachazo.

Gwen y la niña corrieron al lado de Bastian. Le limpió la herida de la cabeza. Carla no dejaba de llorar abrazada a su pecho.

—Sólo ha sido un rasguño, está vivo —Gwen extendió nieve sobre su cara al tiempo que le movía para intentar reanimarlo— ¿Ves?

—Date prisa tenemos que movernos, no tardarán en venir más —el cazador se había puesto en pie y miraba inquieto en todas direcciones.

Bastian había abierto los ojos y observaba aturdido a Gwen y a la niña.

—Déjale respirar Carla, dale tiempo, puede que no nos reconozca.

—Soy Carla —la pequeña le daba múltiples besos en la cara— ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas? No te mueras tú también.

Bastian intentó incorporarse pero antes de llegar a conseguir la verticalidad estuvo a punto de caer de nuevo. Gwen apenas podía sostenerlo.

—Tenemos que buscar algún sitio donde ocultarnos, al menos hasta que él se recupere.

El cazador se hizo cargo de las armas y del hacha, Gwen le servía de apoyo a Bastian. Carla no se soltaba de su mano y no dejaba de mirarle.

En un tiempo excesivamente largo a ojos del cazador alcanzaron la plaza. Una vez en ella se dirigió hacia la casa que más seguridad le inspiró. Era la típica casa de montaña, muros de piedra, un pequeño jardín rodeando un reducido sitio para aparcar un vehículo, y todo protegido por una puerta metálica de acceso para el coche, una sólida valla bien tejida y una pequeña puerta peatonal.

Dentro no había coche alguno aparcado. El cazador probó la puerta, estaba cerrada.

—Busquemos otra —intervino Gwen.

—No, espera, esta es perfecta.

Se acercó al Range Rover blanco equipado con neumáticos de nieve y estacionado excesivamente cerca de la puerta de acceso para los vehículos, apenas permitía pasar por la acera.

—También estará cerrada —insistió Gwen mirando con recelo en todas direcciones.

El cazador hizo caso omiso y se encaramó con dificultad en el motor del coche y de ahí al techo. Apartó la nieve con los pies y les tendió la mano.

—Vamos subid, lo usaremos para pasar al otro lado. Los zombis no lo conseguirán.

El salto al interior acabó con el cazador retorciéndose en el suelo de dolor mientras se sujetaba su pierna herida. Bastian ya parecía ir reaccionando y había ayudado a pasar a la pequeña.

La puerta principal también estaba cerrada así que usaron una de las ventanas laterales. La ausencia de rejas les facilitó las cosas. Una vez dentro se dirigieron al salón. La casa tenía una decoración más moderna de lo que uno se podía imaginar desde fuera. Un reloj con cada una de las piezas que señalaban las horas pegadas en la pared, marcaba las dos de la tarde. Bastian se quedó observándolo.

—No es esa hora —aclaró Gwen mirando su muñeca.

El cazador comprobó rápidamente los dos pisos de la vivienda y regresó con ellos al salón. Gwen sacó lo necesario de un botiquín hallado en uno de los baños para practicarle un vendaje a Bastian en la cabeza.

—Tengo frío —Carla estaba encogidita a su lado.

—Encenderé la chimenea —el cazador tiró dentro varios leños y alcanzó un largo mechero con el que prendió unas hojas de periódico enrolladas.

—¿Qué ha pasado? —Preguntó por fin Bastian.

—Te dispararon —contestó el cazador desde la chimenea.

—Mikel te disparó —aclaró Gwen— ¿Recuerdas a Mikel?

—Dijo que mataste a su hermana —volvió a intervenir el cazador girándose en esta ocasión para ver la reacción de Bastian.

—Dijo la verdad.

—Según él a su hermana no la habían mordido —insistió el cazador.

—La habían mordido, se iba a convertir en otro zombi, pero eso ya no importa demasiado ¿Qué le ocurrió a él?

—Un zombi le atacó. Él acabó con los dos —señaló al cazador Gwen.

El fuego se cogió rápido y el calor de las llamas enseguida comenzó a propagarse por la estancia haciéndola mucho más confortable. Carla pasaba los dedos por las rugosidades de la venda que Gwen le había enrollado a Bastian en la cabeza. Éste se levantó y caminó hasta la ventana.

—¿Cómo te llamas? —Preguntó Carla al cazador.

—Esteve ¿Y tú? ¿Tienes tú nombre?

—Claro —sonrió la niña— me llamo Carla.

—¿Alguien me escucha? —El cazador se apartó de la pequeña para hablar.

—¿De dónde has sacado el walkie?

—Lo llevaba su amigo en el cinturón —señaló con un gesto a Bastian.

—Soy Esteve ¿Alguien me escucha? —Repitió.

Todos, incluida la pequeña, observaban absortos el altavoz del walkie como si de él fuese a salir una persona completa, al igual que salía el genio de la lámpara de Aladino al frotarla.

—Aquí Esteve ¿Alguien puede escucharme?

Un chirriante ruido de estática precedió al mensaje.

—Aquí Alba ¿Dónde se encuentra? ¿Está con más gente? ¿Hay más supervivientes?

—Aquí Arnau, estamos ocultos en una casa, los zombis nos tienen cercados.

—¡Bien! —Estalló el cazador— al menos no estamos solos.

Tras intercambiar varios mensajes se hicieron una mejor idea de la situación.

Alba, junto a Piqué, Ramos y dos cazadores, se encontraban en el Hogar, también estaban rodeados de zombis.

Arnau estaba acompañado de André, Pietro y Leo, en una casa situada entre el Ayuntamiento y la Comisaría.

La Alcaldesa también había contestado desde el Ayuntamiento. Hicieron recuento. Habían perdido a Mikel y tres cazadores. Bastian asistía absorto a las conversaciones entrecortadas que se iban sucediendo con la pequeña en brazos, asomados a una ventana que daba a la plaza pero ocultos por las cortinas para no ser descubiertos por alguno de los zombis que aparecían por ella.

—La situación es peor que cuando llegamos —opinó Arnau.

—Cierto, es una mierda y ¿Cuál es el plan? —Lanzó la pregunta Esteve a la vez que abría una lata de cerveza.

Bastian tenía serias reservas acerca de la capacidad de ese policía joven para hacerse cargo de la situación aunque prefirió no exponerlas.

A pesar de no ser Alba el más antiguo en su empleo no había dudado en dar un paso adelante y ponerse al frente de la operación. Sus compañeros no parecían proclives a disputarle la responsabilidad en esos momentos. Aún siendo el más nuevo parecía bastante más entero pero su experiencia era nula.

Al otro lado de las ondas, sintiendo la mirada de todos los presentes en el Hogar fija sobre él, Alba se rascó el mentón sin afeitar antes de responder.

—¿Plan? No creo que exista en el mundo ni un solo cuerpo civil o militar que se haya planteado siquiera una situación parecida a esta.

Desde la casa en la que se hallaban escondidos, Arnau comenzó a hablar de forma clara y pausada a través del walkie.

—Recapitulemos. El Jefe de policía dio orden de que la población se reuniese en el Ayuntamiento. Al parecer parte de los vecinos no cumplieron esa orden y se agruparon en otro lugar, el Hogar y el polideportivo, donde están ustedes ahora. Sea como sea, la Alcaldesa nos advirtió de que el Ayuntamiento estaba cercado por decenas de zombis. Ya no se trata sólo de los Guardias transformados, la infección se ha extendido. Intentar actuar como lo hicimos en el Valle, abatiendo a los zombis desde posiciones alejadas no ha dado buen resultado, de hecho hemos perdido efectivos.

Bastian se preguntó si ese hombre continuaría vestido con el hábito del Monasterio, desde luego le pegaba más un uniforme de oficial.

—Y entonces ¿Qué sugiere que hagamos? ¿Esperar? Cuanto más tiempo pase, más vecinos caerán víctimas de ese virus y seguimos sin poder comunicarnos con el exterior —todos notaron al joven poli más alterado que momentos antes.

Arnau se tomó un tiempo para responder, buscaba la manera de comunicar la idea que iba tomando forma en su cabeza.

—Deberíamos agrupar a todos los zombis en algún lugar, el sitio más fácil en estos momentos sería el Ayuntamiento; la mayor parte se encuentra ya en los alrededores. Podríamos encerrarlos y luego incendiar el Ayuntamiento o hacerlo explotar.

Calló para observar como encajaban sus palabras los demás.

—No sueñe ni por un instante en meter a esos seres aquí —la voz de la Alcaldesa les llegó claramente temblorosa— provocaría un montón de muertes entre los ciudadanos de Ribes.

—Tampoco está claro que sirviese de nada quemarlos —ahora hablaba Esteve— en el Valle nos encontramos con multitud de zombis procedentes del Albergue incendiado y caminaban como si nada, abrasados, sí, pero el fuego no había logrado terminar con ellos.

—Además, aunque lográsemos encerrarlos y luego quemarlos en el recinto del Ayuntamiento, no podríamos contenerlos dentro, con el fuego las ventanas se romperían y esos seres acabarían saliendo, creo que sería inútil —Ramos había cogido el walkie de Alba— además sin electricidad no disponemos de nada que pueda oírse en todo el…

—¿Qué ha dicho? —Preguntó Gwen.

Esteve comenzó a manipular el walkie apretando el pulsador y cambiando la frecuencia.

—¡Joder! Se ha acabado la batería ¡Mierda!

—La iglesia.

El cazador se volvió hacia Bastian con cara de muy poquitos amigos.

—¿De qué hablas tú ahora?

—La iglesia está construida con robustas paredes de piedras, las ventanas están demasiado alto para que los zombis puedan escapar y además dispone de un sistema perfectamente audible en todo el pueblo…

—¡La campana! —Se adelantó Gwen— hay que decírselo a los otros.

Arrebató el walkie de las manos de Esteve y volvió a manipularlo de nuevo sin éxito.

—Tenemos que decírselo a los demás, hay que planificarlo todo bien. Tenemos que ir al Hogar, es el lugar que está más cerca. No sabemos en qué casa se ocultan los otros. Desde el Hogar podremos contactar con ellos.

Ni Bastian ni Esteve se movían.

—¿Qué? ¿Qué pasa? Tenemos que ir al Hogar.

—Aun reconociendo que lo que ha dicho sea cierto y que la iglesia sea el mejor sitio para encerrarlos hay una cuestión.

Gwen lo miraba sin entender.

—¿Quién será el que toque la campana? Quien sea deberá quedarse hasta que todos los zombis estén dentro y con la iglesia llena de zombis no podría salir.

—Bueno, puede tocar… puede tocar y… —ella misma comprendió que nadie se presentaría voluntario para una cosa así.

—¿Cuántas puertas de entrada tiene la iglesia? —Interrogó Bastian.

—Tres, la principal, una lateral que abren en bodas, funerales y cosas así, y la entrada a la casa del párroco, pero eso qué más da, nadie se va a meter ahí dentro.

—Yo tocaré la campana. Ya encontraré la forma de salir.

—No, ni hablar, tú no, no puedes, no lo voy a permitir.

—¿Por qué no? Puede que se sienta culpable por lo de la hermana de ese chico. Sería una buena forma de redimirse.

—No me siento culpable por nada, al menos no por lo de esa chica pero alguien tiene que hacerlo. Si no lo hago moriremos todos igualmente y lo que es peor: la infección se extenderá.

—¿Cómo llegaremos al Hogar?

Gwen se encaró a Esteve.

—No va a meterse ahí. No lo permitiré.

—Tranquila —Bastian se acercó a la chica y la cogió de la barbilla— puede que a los otros se les ocurra alguna otra cosa, pero debéis salir ya.

—¿Debéis? ¿Tú no vienes?

—Aún siento mareos, sería más un estorbo que otra cosa, además, es peligroso para ella, los dos esperaremos aquí vuestro regreso.

El cazador ya se había puesto en pie y empujaba a Gwen hacia la salida pero antes de que llegase a dejar el salón la chica se volvió.

—Prométeme que no harás nada hasta que regresemos.

Bastian asintió.

—¡Qué me lo prometas! —Exigió gritando.

—Te lo prometo —se vio obligado a contestar Bastian.

Gwen y el cazador avanzaban despacio, el hombre necesitaba del apoyo de ella para poder caminar. Intentaban utilizar las zonas en las que el nivel de nieve era menor pero resultaba una labor bastante complicada. Se encontraban ya cerca del Hogar cuando un sonido hizo que Gwen se detuviese bruscamente. El movimiento inesperado provocó que Esteve apoyase con más fuerza de la que debía la pierna y el dolor que recibió le hizo soltar un ahogado grito seguido de un taco.

—¡Joder!

—¿Qué ha sido eso?

El cazador se sujetaba la pierna tratando de asimilar el intenso dolor que había sentido.

—Yo no he oído nada.

—¡Mientes! Lo has oído tan bien como yo, han sido las campanas de la iglesia, las campanas han sonado.

—No se oye nada, escucha.

—Pero han sonado, estoy segura. Tenemos que volver.

Esteve la sujetó con fuerza del brazo.

—En serio, yo no he oído nada. Yo solo no lo conseguiré, necesito tu ayuda —Gwen dudaba— si estuviese en el campanario las campanas no dejarían de sonar. No es él.

—Si vuelvo a escucharlas volveré, me da lo mismo lo que me digas —cedió amenazando Gwen.

—De acuerdo. Ya falta poco.

Dos calles más adelante fue Esteve el que hizo que se detuviesen.

—El Hogar está al doblar esa esquina. Sería mejor rodearlo por detrás.

Gwen no entendió el motivo de no avanzar por donde iban pero no dijo nada. El cazador la condujo a un parque contiguo donde no les quedó más remedio que parar y ocultarse entre la nieve.

—Por eso no nos hemos encontrado a ninguno, están todos ahí. No podremos pasar, está rodeado por completo, mira esa gente, es como en el Refugio, ha pasado otra vez. Ahora qué.

El cazador la observó sin decir palabra, en su interior esperaba que algo ocurriese a no tardar mucho.

No tuvo que aguardar demasiado, las campanas volvieron a sonar ahora con más fuerza, el tipo no ganaría ningún concurso pero el sonido continuado serviría para orientar a los zombis hasta la iglesia. La muchedumbre reunida a las puertas del Hogar no tardó en reaccionar. En un principio giraron sobre sí mismos buscando el origen del ruido. Algunos, los más cercanos a la puerta y a las ventanas del Hogar, la emprendieron a golpes y gritos pero a medida que los más distantes iban alejándose en busca de la nueva y ruidosa presa, fueron cejando en su empeño y el grupo comenzó a dirigirse hacia la iglesia… por el camino que habían traído antes de desviarse.

—¡Cabrón! Por eso has insistido en entrar por este lado, sabías que yo estaba en lo cierto, oíste el repique de antes. Es Bastian, ha ido solo a la iglesia, morirá, no podrá salir. No espera que esa cantidad de zombis vaya hacia allí y faltan los que estaban rodeando la otra casa, y seguramente habrá más por otras partes y…

Esteve se lanzó sobre ella presionando con su mano para impedir que continuara hablando. Sin darse cuenta había ido subiendo el tono y si seguía así los zombis acabarían por descubrirlos.

—¡Sssssst! Ha sido su decisión. Puede que su conciencia no estuviese muy tranquila o puede que tenga madera de héroe —se expresaba entre susurros con su boca pegada al oído de Gwen— pero ya no podemos hacer nada. Si nos descubren nos convertiremos en un par de zombis más y su sacrificio no habrá servido para nada ¿Es eso lo que quieres? —Fue apartando la mano de su boca poco a poco— piensa en la niña.

—Hijo de puta —susurró ahora la chica mientras se frotaba la cara.

No tuvieron que esperar demasiado, los zombis habían reaccionado con relativa rapidez y ya no tenían contacto visual con el último de ellos. Avanzaron con cautela hasta la entrada del Hogar y golpearon con fuerza sobre la puerta.

—Abrid. Soy Esteve, no hay zombis, se han ido. Abrid.

En el interior, Alba abrió la puerta. Habían asistido atónitos a la marcha de los zombis en el momento en que comenzó a sonar la campana de la iglesia y también habían sido testigos de la aproximación del cazador y la mujer.

—¿Quién está haciendo sonar las campanas?

Al instante tronó el walkie, Arnau y la Alcaldesa se hacían la misma pregunta.

Bastian, se ha vuelto loco, tenemos que ir rápido, no podrá salir. La niña estará asustada.

Alba repitió lo que le contaba Esteve a través del walkie.

—La iglesia es el edificio perfecto para reunir a todos los zombis, es amplio, con robustos muros de piedra, ventanas lo suficientemente altas para que los zombis no puedan escapar por ellas y fácilmente controlable desde el exterior.

—Tenemos que salir ya —insistió Gwen.

A través de las ondas les llegaron mensajes de aprobación. Alba tomó de los hombros a Gwen y la llevó aparte. Le sirvió un vaso de agua antes de comenzar a hablar.

—La campana sigue sonando —se detuvo para intentar buscar las palabras menos duras— Bastian nos está dando la oportunidad que esperábamos.

—Pero morirá, no podrá salir —le interrumpió.

—No creo que quiera salir. Creo que sabía lo que hacía. En estas situaciones siempre surgen personas así.

—¿Situaciones? ¿Y qué coño sabes tú de situaciones como esta? ¿Eh? Dime ¿Qué coño sabes tú?

—Debe tranquilizarse.

Alba la dejó sentada en un taburete llorando sobre la barra. Varios vecinos se acercaron a ella para intentar darle ánimo.

Entre Arnau, Ramos y Esteve ideaban la estrategia que debían seguir. En el Ayuntamiento se encontraba uno de los empleados de la gasolinera. En ella estaba aparcado el camión de repostaje de gasolina. No había podido abandonar el pueblo debido al temporal. Al interrumpirse el suministro eléctrico habían pospuesto el rellenado de los depósitos de la gasolinera por lo que la cisterna estaba llena. El camión era manejable, podría rodear perfectamente la iglesia y con la manguera empaparían los muros, con un poco de suerte la nieve no supondría un impedimento.

Acordaron desplazarse lo antes posible hacia la iglesia. Se apostarían rodeándola para impedir que alguno escapase de la quema. El empleado de la gasolinera partió con otro vecino para trasladar el camión hasta la plaza de la iglesia. El resto de personas refugiadas en el Ayuntamiento permanecerían allí, protegidas, hasta que se les comunicase que el pueblo era seguro y podían salir.

Gwen no veía el momento de partir. Una vez establecidas las pautas que cada grupo debía seguir, y cuando se aseguraron de que ningún zombi quedaba en la zona, iniciaron la marcha. Alba percibió que el sonido de las campanas había cambiado, sonaba diferente, anárquico, no es que al principio pareciese un concierto pero algo le ocurría al tipo, puede que se estuviese agotando. No dijo nada pero acrecentó el paso.

En la casa donde permanecían ocultos Arnau y el resto también verificaron como los zombis se retiraban y ponían rumbo a la iglesia. El policía, vestido con un atuendo más adecuado para el frío, obtenido de los propietarios de la casa, abría la marcha.

—No me puedo creer que esto resulte tan sencillo.

—Ya era hora de que Dios se pusiese de nuestro lado, aunque fuese solo un poquito. Lo que nunca me hubiese esperado es que un hombre como ese Bastian fuese capaz de sacrificar su vida por alguien distinto a él —dudó moviendo a un lado ya a otro la cabeza el Director del Hotel.

—Puede que lo juzgase mal —deslizó Arnau sin mirarle.

—¡Mierda!

Todos se detuvieron y se giraron a mirar a Pietro, el joven monje señalaba a la derecha del camino que llevaban.

—No ha funcionado, no ha funcionado —repitió histérico— allí hay un zombi, habrá más en otros lugares. Dios ¿Por qué?

André, al igual que el resto, observó en todas direcciones, era el único zombi que se veía. No cabía duda de su condición, aún no los había descubierto pero no tardaría en hacerlo.

—Tenemos que decírselo a los otros, no funcionará —Pietro parecía a punto de sufrir un ataque de nervios.

André comenzó a caminar hacia la zombi. Arnau se situó junto a él.

—¡Eh! –Gritó.

—¿Qué coño hace? —Interpeló Arnau.

El Director comenzó a reír y a llamar a gritos a la mujer. Ésta, seguía sin reaccionar, inmóvil, esperando.

—Sí ha funcionado, no le diga nada, esa mujer, la conozco, trabajaba hace un par de años en el Refugio, hasta jubilarse —rompió a reír.

—¿Qué le hace tanta gracia? Haga el favor de explicarse —Arnau dudaba si seguir escuchando o avisar a los otros por el walkie.

—Es sorda, sorda como una tapia, de nacimiento. Por eso no acude al sonido de las campanas, no oía cuando era humana y no oye ahora que es zombi. Es sorda, es sorda —repitió entre risas.

Arnau sonrió también y caminó hacia la mujer. Llegó hasta su nuca sin que lo detectase y cuando la tuvo lo suficientemente cerca hundió un cuchillo en su cabeza.

Para cuando el grupo de André y Arnau alcanzó la plaza de la iglesia, el camión cisterna ya estaba allí, con el motor parado, a la espera de los otros grupos. En su interior observando nerviosos hacia todas direcciones, dos hombres. El policía se acercó por el lado del conductor y se encaramó hasta tocar con los nudillos en el cristal. La ventanilla bajó haciendo deslizar bloques de nieve adherida.

—¿Han visto entrar alguno?

El conductor lo miró, dirigió la vista de nuevo a la entrada principal de la iglesia y contestó sin volverse.

—No. Les hemos dado bastante tiempo. Deben estar dentro y deben ser muchos —una lágrima se deslizó por su mejilla sin afeitar— incluso desde aquí dentro se puede escuchar el clamor de sus lamentos. Es para volverse loco.

Arnau saltó al suelo. Era cierto, el rumor continuo que se percibía ponía los pelos de punta. Se volvió hacia André.

—Tenemos que cerrar esa puerta —el acceso principal a la iglesia continuaba abierto— si la campana deja de sonar antes de que lo hagamos y dispersemos la gasolina todo esto será inútil.

—El tañido es cada vez más irregular, antes me pareció que cesaba un instante —convino el Director.

—Ese hombre debe estar agotado. La situación puede superarlo en cualquier momento. Si eso ocurre podría decidir intentar escapar, y sin campanas sonando nada mantendría a los zombis ahí dentro.

Arnau, André y Leo se dirigieron caminando medio encorvados hacia la puerta de la iglesia. Decidieron que Pietro permaneciera junto al camión, el pánico que mostraba hacía más sensato mantenerlo alejado de los zombis. Desde allí fue testigo de cómo los tres se aproximaron a los escalones de la entrada. Sólo Arnau y André se acercaron a la puerta. El policía no pudo resistirse y asomó la cabeza dentro. Lo que vio lo paralizó por completo. No podía dejar de observar el interior. Los zombis se hallaban apiñados al fondo. El altar, los bancos, un confesionario, todo había desaparecido bajo sus cuerpos infectados y sangrantes. El hedor a muerte había desplazado cada centímetro cúbico de aire puro, lo había absorbido haciéndolo desaparecer. Los zombis se pisaban unos a otros, pudo ver a varios de ellos caídos bajo los pies del resto, intentando moverse hacia adelante en lugar de intentar escapar de esa tortura. Gritaban, gruñían, empujaban tratando de trepar unos sobre otros.

Arnau no pudo continuar observando, cuando buscaba a Bastian un fuerte tirón lo sacó de la iglesia donde se había ido adentrando involuntariamente. André cayó sobre él.

—Joder, me ha acojonado. No hacía caso, llevo varios minutos intentando que saliera, parecía hipnotizado. Tenemos que cerrar esa puerta.

Con la cadena que habían llevado rodearon las asas de hierro forjado de las puertas. La cadena, unida a que las puertas se abrían hacia dentro, dificultaría suficientemente la salida de los zombis. Otro asunto sería cuando el fuego redujese a cenizas la madera.

A una seña suya el camión se situó frente a la entrada. El conductor bajó y una vez desenrollada y acoplada la manguera comenzó a rociar todo de gasolina. El hombre no dejaba de sudar, lo que estaba haciendo era una operación de muy alto riesgo, cualquier pequeña chispa que saltase provocaría la inflamación del combustible y lo convertiría a él también en una pira andante; eso si no explotaba directamente la cisterna volándolo todo.

Mientras el camión iba avanzando, paraba, rociaba las paredes de piedra de gasolina y volvía a avanzar, el otro grupo apareció en la plaza.

Arnau, que permanecía alerta ante cualquier posible intento de escape de los zombis, los recibió sin dejar de vigilar la entrada. Los cazadores y los policías se distribuyeron rodeando la iglesia en tres grupos. Uno en la puerta principal, otro en la lateral y el tercero, más reducido, en la pequeña puerta de entrada a la parte de la iglesia en la que vivía el párroco. El cura no se había presentado en el Ayuntamiento ni en el Hogar, por lo que podría estar de nuevo entre los muros que habitaba.

Mientras la cisterna terminaba de rociar la iglesia y una vez asignadas funciones a cada uno, Alba volvió con Gwen. Continuaba en el mismo lugar donde la había dejado, tan solo Pietro permanecía a su lado observándola con preocupación.

—No ha dicho ni una palabra, prácticamente no se ha movido de ahí —le indicó el monje a Alba.

—Señorita, señorita —la mujer parecía hipnotizada, como en trance, tuvo que tomarla por los hombros y obligarla a girarse hacia él— creo, creo que deberíamos buscar a la niña, no es prudente que permanezca sola. No sabemos cómo va a terminar todo esto, podríamos tener que salir huyendo de aquí.

Gwen reaccionó por fin. La pequeña, Carla, sí, estaría sola, asustada. No acertaba a adivinar lo que le habría tenido que decir Bastian para que le permitiese alejarse de ella.

Se giró y localizó de inmediato la casa de la que había partido no hacía mucho.

—Allí —señaló.

—¿Cuál? —Interrogó Alba.

—Aquella, la que tira humo por la chimenea.

Caminaron juntos hacia ella. Alba se acercó a la pequeña puerta peatonal.

—No, está cerrada, tenemos que…

Calló y detuvo su avance. Alba observó como retrocedía unos pasos para poder abarcar toda la fachada de la vivienda, parecía buscar algo, dudaba.

—¿No es esta casa?

Gwen no contestó, se acercó a la puerta más grande, la que se usaba para el paso de los vehículos. Algo no estaba bien, había algo distinto.

Alba la observaba dar vueltas en círculos sobre sí misma, parecía buscar algo, o tal vez continuase en shock. El policía abrió la puerta peatonal y la llamó.

—¿Quiere acompañarme o prefiere esperar aquí?

Gwen lo miró.

—No, no se podía… yo… no… iré, iré con usted.

La chica parecía incapaz de reaccionar, seguía girándose buscando algo en la entrada.

Alba rodeó la casa y no tardó en encontrar el cristal roto anteriormente. Una vez dentro abrió la puerta principal. Entonces sí pareció despertar la mujer, se adentró corriendo en la vivienda. Alba le siguió preocupado pistola en mano.

Gwen se dirigió directamente al salón, la temperatura en él era muy agradable, nada que ver con el frío ambiente del exterior.

—¡Carla! ¡Carla! —Llamó.

—¡Carla! ¿Dónde estás? No te escondas, soy yo, Gwen.

Al no aparecer ni contestar la niña, Gwen abandonó el salón en dirección al resto de las estancias de la casa. Alba corrió tras ella.

—Espere, espere, no puede hacer eso, no hemos comprobado la casa, podría haber algún zombi en ella.

Gwen se detuvo, abatida.

—No, no había nadie dentro, Esteve comprobó toda la casa, no había nadie.

Se dio la vuelta y continuó hacia las habitaciones.

Tras unos interminables minutos los dos regresaron al salón. Debían aceptar que la pequeña no estaba en la vivienda.

—Debe haberse asustado y se ha marchado de la casa, en cuanto pueda enviaré a alguien a buscarla por los alrededores.

—Se la ha llevado con él.

—¿Qué? —Inquirió Alba.

—Ella no quería apartarse de él. Se había forjado una extraña relación entre ellos. Nunca habría aceptado quedarse aquí. La ha llevado con él, seguro.

El walkie de Alba crepitó.

“Todo el combustible está vertido. Hemos impregnado bien los muros. Vamos a incendiarlo”

—¡Noooo! —Gritó Gwen— tiene que detenerlos, la niña está con él, es solo una cría, no puede morir así, no debe. ¡Haga algo!

Al momento un profundo estruendo se sucedió. La combustión de toda la gasolina sonó como una lenta explosión.

Gwen corrió a la ventana, la misma ventana en al que poco antes estaba Bastian observando el centenario monumento. Las llamas ascendían devorando los muros y mientras tanto las campanas no dejaban de sonar, sus tañidos no cesaban.

Alba sostuvo a Gwen antes de que cayese al suelo. La sentó en el sofá y le llevó un vaso de agua.

—Lo lamento, de verdad. Siento mucho que haya ocurrido así.

La mujer no contestaba seguía con la mirada perdida en el flamear de las llamas que continuaban devorando la casa de Dios, la tumba de Bastian y Carla.

—Tengo que irme, debo coordinarlo todo, los zombis pueden intentar salir cuando se quemen las puertas de madera.

Como ella no hacía movimiento alguno el policía abandonó la casa, por la puerta en esta ocasión.

Gwen no pudo más y, al encontrarse sola, estalló a llorar, gritó y se golpeó con ambos puños en las piernas. El dolor pareció mitigar algo su pena. Fijó la mirada sobre la chimenea y entonces vio el osito de la niña. Parecía contemplarla desde su posición elevada, daba la impresión de que la estuviese llamando con insistencia. No pudo resistirse a su atracción y, sorbiendo los mocos que ya la impedían respirar, caminó hasta coger el peluche. Lo abrazó y lloró aún más desconsoladamente apoyada contra la pared.

No sabía cuánto tiempo había pasado cuando escuchó de nuevo la voz de Alba en el exterior gritando instrucciones, sirvió para sacarla de su abstracción y la obligó a moverse. Antes de salir reparó en un papel colocado en la mesa situada frente a la chimenea. Era un dibujo, en él se podía ver a tres personas, una mujer, dibujada con falda y pelo largo coloreada de rosa, un hombre con el pelo amarillo y coloreado de azul y entre ellos una niña toda de color rojo. Por la mesa, las pinturas que había usado para colorearlo. Gwen pasó el dedo por el contorno de cada uno de los dibujos, la yema quedó levemente impregnada de pintura de los tres colores. Recogió la hoja y abandonó la estancia abatida.

Las llamas envolvían por completo la iglesia… y las campanas continuaban sonando, era de locos. La temperatura en el interior del templo debía ser extrema. Recordó haber escuchado decir a alguien que el bronce de las campanas podría llegar a fundirse. Por fin el sonido cesó, las campanas quedaron en silencio definitivamente. Las lágrimas volvieron a inundar sus ojos saturados de llorar. Caminó hasta la puerta peatonal y salió fuera. El calor era insoportable, la nieve se fundía con rapidez en las inmediaciones y hacía correr a chorros el agua por la plaza. Se detuvo en el hueco que subsistía, aunque ya muy mojado por el hielo derretido, y recordó el coche allí aparcado, un 4×4 blanco. De nuevo se abrazó al suave osito como hiciera la niña pero esta vez no lloró.

Se aproxima el fin. Con la publicación del siguiente post se terminará la historia.

La publicación del capítulo final de Refugio zombi está programada para el día:

1 de abril a las 00:01

tic – tac

Capítulo XXII

Día: sábado, 29 de diciembre de 2012

Entre las 12:00 y las 15:00 horas

Valle de Nuria

Después de no pocas deliberaciones, todos los supervivientes, sin excepción, decidieron partir con los policías y los cazadores a Ribes. Permanecerían en la Comisaría o en algún otro lugar seguro. A pesar de que ya lo suponían libre de zombis ninguno había consentido en quedarse en el Hotel.

Ya tenían organizado el convoy. En cabeza iría Alba. En su coche los supervivientes rescatados del restaurante de las pistas, además de Nacho.

El siguiente 4×4 lo conduciría Ramos, junto a él se acoplaron Mario y su padre, Arnau, Pietro, André y por último Leo.

Al volante del tercer vehículo se situó Piqué. Los seis cazadores se metieron con él en el coche.

Por último, cerrando la marcha iría Corbé, él conduciría el 4×4 perteneciente a la mujer asesinada. Mikel se sentó delante y Marga, Luna y Gwen detrás. Bastian y la pequeña Carla iban sentados en el maletero.

Alba arrancó y emprendió la marcha, el resto fueron arrancando también para situarse formando la columna que los conduciría hasta Ribes.

Corbé giró la llave en el contacto. Nada sucedió. Lo intentó de nuevo. El resultado fue el mismo. En el cuadro de mandos no parecía funcionar nada.

—¿Qué, qué pasa? ¿Por qué no arranca? Se alejan.

Mikel se removió inquieto, incluso intentó él hacer arrancar el coche. Marga y Luna comenzaron a llorar asustadas ante la perspectiva de tener que permanecer en el Hotel.

—Alba, tenéis que volver, el coche no funciona.

El convoy dio la vuelta y los ocupantes del coche averiado se fueron distribuyendo entre los demás vehículos. Corbé y Mikel se acoplaron en el de Piqué. Marga y Luna con Ramos. Bastian colocó, ayudado por Alba, a Gwen y Carla en su coche, luego llevó aparte al policía.

—Trataré de reparar el coche averiado, tengo conocimientos de mecánica, creo que podré arreglarlo.

—Ni hablar ¿Y si no lo consigue? No permitiré que se quede solo aquí.

—Esa no es su decisión, ni siquiera soy ciudadano español. Todos los coches van demasiado cargados, es mejor intentar reparar este. Si alguno sufre un percance no podrán continuar todos en dos coches.

A Alba no le hacía gracia tener que dejar a ese hombre en el Refugio solo. Lo que decía parecía tener sentido pero lo cierto era que estaba tan cansado que no podía razonar con claridad.

—No se preocupe, no tardaré, seguro que conseguiré repararlo.

Alba accedió por fin, no podían continuar demorándose, cuanto más tiempo pasase habría más probabilidades de que la infección se extendiese por todo el pueblo. Le entregó un walkie a Bastian y subió al coche.

—¡BASTIAAAAN! ¡NOOOOO!

La pequeña forcejeaba y retorcía su cuerpo para intentar zafarse de los brazos de Gwen.

—Bastian vendrá luego cariño.

Las palabras de Alba no calmaron en absoluto a la niña. Se giró y mordió con fuerza la mano de Gwen. Cuando ésta la soltó para apartarla la pequeña aprovechó para abrir la puerta y salir del 4×4. Una vez en el suelo corrió hasta Bastian y se le lanzó encima. Los pequeños bracitos de la niña rodearon con fuerza su cuello sin soltar el peluche que le había regalado.

Gwen y Alba salieron de nuevo del coche.

—Pequeña, no puedes quedarte aquí, él… Bastian lo arreglará y vendrá luego, sube al coche con la chica, por favor.

La niña no podía abrazarse con más fuerza a Bastian y éste empezaba a temer que al final el policía le obligase a subir a él también.

—No se preocupe agente, está bien, se queda conmigo y en cuanto lo repare les alcanzaremos.

—Ni hablar, eso no es aceptable.

Bastian improvisaba a toda prisa.

—Piénselo, aún en el caso de que no lograra arreglarlo usted no puede asegurar que no estemos aquí más seguros ¿Verdad?

Los otros vehículos comenzaron a hacer sonar el claxon, no entendían el motivo de este nuevo retraso.

Alba no supo como rebatir a Bastian así que accedió a que se quedase también la pequeña, le entregó una escopeta, regresó al volante y reemprendieron la marcha.

Una vez que Bastian vio alejarse a los coches un íntimo pesar desapareció. La cría llevaba el osito. Sabía, estaba seguro de que la niña actuaría como lo había hecho, pero durante un ínfimo instante temió que la pequeña no lograra salir o la mujer no se lo permitiese; y no se trataba sólo del contenido del peluche, había algo más, realmente se encontraba a gusto junto a ella. No era capaz de dar con las palabras que definieran lo que sentía por esa mocosa pero se sorprendió al comprender que si la niña no hubiera salido habría parado el convoy para retenerla junto a él.

—Tengo frío —la pequeña lo sacó de sus pensamientos.

Se agachó hasta que los pies de la niña se posaron en el suelo. Su costado volvió a enviarle un pinchazo. La cría en lugar de soltarse una vez en el suelo, se colgó de nuevo de sus hombros y levantó las piernas. Bastian desistió de intentar razonar con ella. Se elevó de nuevo sintiendo otro toque de atención de la herida recibida.

Dejó el walkie sobre el capó del coche y avanzó con la escopeta hacia el helicóptero.

—¿Vamos a ir volando en el helicotero?

—Helicóptero —corrigió Bastian.

—Sí ¿Sabes conducirlo?

—Pilotarlo —volvió a corregir a la pequeña.

—No ¿Sabes conducirlo? —Repitió.

Bastian no pudo evitar sonreír.

—No, no sé conducirlo —usó ahora sus mismas palabras.

—¡Qué pena!

El aparato estaba rodeado de cadáveres de zombis. Localizó al gordo monje entre ellos. Se arrepintió de no haber insistido más en que la niña permaneciese en el coche.

—Tengo que coger algo de dentro. Cierra los ojos y no los abras hasta que te lo diga ¿Vale?

—¿Es un juego?

—Sí, supongo que es un juego.

Bastian se inclinó y alargó el brazo libre hasta alcanzar la mochila.

—¡AH! —No pudo reprimir una queja de dolor, el esfuerzo había sido demasiado esta vez.

—¿Te duele la pupa?

—¿Pupa?

La niña le señaló el costado.

—Sí, me duele la pupa.

—Si quieres puedo ir andando para que no te duela.

—No te preocupes. No pesas mucho.

—¿Por qué has robado esa mochila?

Bastian se detuvo un momento y miró a los ojos a la niña. Tenía su cara a un palmo.

—Esta mochila era… es mía.

—Y ¿Por qué estaba en el helicotero?

—Alguien me la quitó.

—Alizée.

—Sí, Alizée.

Una vez junto al todoterreno abrió la puerta de atrás, hizo pasar a la niña y dejó la mochila en el suelo del coche. Se sentó al volante y descubrió la tapa de fusibles.

—¿Qué haces?

—Arreglar el coche.

—¿No abres el motor?

—No hace falta.

Colocó los fusibles que había sacado con anterioridad, cerró la tapa y giró la llave en el contacto. Al instante el motor rugió.

—¿Puedo ir delante?

Bastian se giró para mirar a la pequeña.

—Mi madre nunca me deja ir delante.

—Entonces supongo que no puedes.

—Ya no está mi madre y detrás no hay sillita.

Bastian volvió a girarse. La niña le observaba con una mueca que pretendía ser graciosa en la boca.

—Vale. Pasa aquí delante.

La pequeña saltó con habilidad al asiento del copiloto y se sentó. Su cabeza apenas superaba la parte de abajo del cristal de la ventanilla. Bastian se colocó su cinturón y se dispuso a arrancar.

—¿No me atas?

—¿Atar?

—Mamá nunca me deja ir sin cinturón.

Bastian extrajo la marcha y puso el freno de mano. Tiró del cinturón de seguridad del acompañante y lo abrochó. La parte de abajo le llegaba casi por el pecho y la parte superior le pasaba sobre la cabeza.

—Así no está bien.

—Espera aquí.

Bastian corrió de regreso al comedor, fue hasta el sofá. Los asientos presentaban manchas de sangre. Eligió dos de los cuatro y regresó al coche. Los colocó con la parte más limpia hacia arriba y sentó sobre ellos a la niña, luego volvió a asegurarla con el cinturón.

—¿Mejor así?

—Sí.

—Bien.

Arrancó por fin mientras observaba de reojo como la niña acariciaba la cabeza del osito.

Las huellas de los coches que le precedían eran perfectamente visibles. Aceleró. No tenía pérdida pero no quería que se distanciasen demasiado.

La niña intentaba vencer la resistencia del cinturón para alcanzar a encender la música. En lugar de ayudarla permitió que la cría lograse su objetivo.

—¡Ya está!

El equipo de música se encendió pero no sonó nada.

—¿Está roto?

Bastian miró el display.

—Es la radio. Las radios no emiten nada. Nada desde que se fue la luz.

—¡Jo!

Bastian pulsó otro botón y la opción de CD se encendió, al instante una música invadió todo el coche.

Si alguien juzga mi vida contigo

Y te dice a pesar del dolor

Si me acusan de no haber tenido

La fe para darte todo lo que soy

 

Si me dices que nunca he creído

En la magia, la luz de neón

Si me acusan

Mi amor hoy te digo que yo sólo soy…

 

Culpable por haber aprendido a querer

Por haber escuchado tu voz

Y culpable de haberte tenido

Y de darte calor

Culpable por haber esperado tu amor

Por haber aprendido a entender

Y culpable de haberte perdido

—Es Lagarto Amarillo

—¿Qué?

—Esa canción le gusta mucho a mi hermano ¿Sabes lo que es un lagarto?

Bastian no pudo evitar sonreír.

—No —contestó— dímelo tú.

—Es… como una lagartija pero más grande.

—Ahora creo que ya sé lo que es.

La niña continuó tarareando la canción.

Y si juzgan que nunca he tenido

Ni poder, ni palabra de honor

Si te dicen que nunca he sabido

Volver cada vez que me voy

Y a la vez que la excusa fue haberme perdido

En los brazos de quién me encontró

Si me acusan

Mi amor sólo digo que yo sólo soy…

Culpable por haber aprendido a querer

Por haber escuchado tu voz

Y culpable de haberte tenido

Y de darte calor

Culpable por haber esperado tu amor

Por haber aprendido a entender

Y culpable de haberte perdido

 

Si me dices que nunca he querido creer

En la magia, la luz de neón

Si me acusan

Mi amor hoy te digo que soy…

—¿Te ha gustado?

—Claro.

—¿La ponemos otra vez? ¿Sí?

Bastian pulsó para que la canción sonara de nuevo.

Continuar tras las huellas del convoy no estaba resultando tan complicado pero Bastian tenía que prestar toda su atención para no dormirse, la niña, en cambio, ponía una y otra vez la misma canción y no paraba de cantarla. La nieve se acumulaba en el parabrisas empujada por los limpias formando ya una gruesa capa.

—¿En qué coche va Gwen?

—¿Ves aquellas luces rojas de delante? —Bastian le indicaba a la niña los faros traseros del último coche— pues dos coches más adelante.

—No.

—Espera, han girado, enseguida volverás a verlas.

—Ahora sí, ahora sí las veo. Yo te aviso para que no te pierdas ¿Vale?

—Vale.

El camino transcurría con la niña avisándole cuando las luces reaparecían y protestando cuando no las veía.

—Bastian, aquí Alba ¿Ha conseguido reparar el coche? —El walkie sonó a todo volumen pero el francés lo ignoró.

—Bastian ¿Me oye? ¿Ha reparado el coche?

Los ojos de la niña iban alternativamente del walkie a Bastian y viceversa. Estiró su brazo y se lo ofreció a Bastian. Él lo cogió y lo mantuvo pegado a sus labios unos instantes pensando qué contestar.

—No, está costando más de lo que esperaba, pero no se preocupe, estamos bien.

—Vale, si lo consigue diríjase a la Comisaría de Ribes, en caso de que no pudiese arreglarlo asegúrese en la cocina del Hotel, seguiremos en contacto, fin.

—¿Por qué le has dicho que no habías arreglado el coche? Eso es una mentira.

—Es, es una sorpresa.

Bastian apagó el aparato y lo lanzó al asiento de atrás. La pequeña le observó sin estar muy convencida.

Del exterior sólo se percibía el monótono sonido de la nieve al ser aplastada por los neumáticos del coche. Las casas aparecieron de repente. Tenían un blanco inmaculado, de hecho eran completamente blancas, como los árboles, también las farolas; todo era de de un color blanco tan intenso que hacía daño a la vista. El 4×4 redujo la velocidad al mínimo. La puerta del jardín de la primera casa se abrió y de ella salieron dos chicos, se acercaron al coche sonriendo y pusieron sus manos rosadas sobre el cristal. La pequeña colocó la suya desde dentro, sobre su huella. Sonrió también. Cuando la retiró no quedaba rastro de las delicadas manos, ahora eran dos muñones sangrantes. Sus caras ya no mostraban sonrisas sino muecas terroríficas. No eran personas. Eran zombis, una familia completa de zombis con las ropas raídas, manchadas de sangre. Los dejaron atrás. De la siguiente casa salieron más… zombis, cuatro, dos adultos y dos niños, junto a ellos un perro, también infectado. Miró al final de la calle, se llenaba por momentos de zombis, salían de todas partes, parecían surgir de la nada. La nieve se iba tiñendo de rojo. Volvió la cabeza hacia atrás. La nieve ya no era blanca, el rojo de la sangre se extendía por el suelo, las paredes, las casas, los árboles, incluso daba la impresión de que el cielo también fuese adquiriendo ese color. Hasta los copos que caían eran rojos. Una población de zombis seguía el rastro del vehículo con paso vacilante. Volvió a mirar al frente. Los zombis invadían la carretera, a medida que el coche avanzaba todo se fundía en rojo. Un grupo se acercó a su ventanilla, los conoció enseguida: el Director del Hotel, el monje malo que disparó al cristal. Los dos eran horribles zombis. Incluso el bello rostro de Gwen era ahora una máscara de sangre y odio deformado por completo. Más adelante reconoció al policía joven, también al monje que ayudó a salvarla. Su hábito estaba tieso por la cantidad de sangre que lo impregnaba. Fue encontrando a cada una de las personas con las que se había refugiado en el Hotel. Todos tenían el mismo aspecto, todos eran zombis.

El coche se detuvo totalmente incapaz de seguir avanzando. La mancha sanguinolenta que les perseguía se cerró completamente por delante, engulléndoles. Ahora todo había dejado de ser blanco para ser rojo, rojo sangre. Tres zombis se abrieron paso entre la muchedumbre que rodeaba el coche. Les reconoció de inmediato se trataba de sus padres y de su hermano. Sin embargo, sus rostros no estaban manchados de sangre, eran la única nota blanca que quedaba. Su piel parecía perfecta, lisa, brillante. Sólo sus ojos denotaban su condición. Sus padres y su hermano pegaron las caras a la ventanilla. Carla dejó escapar un reguero de finas lágrimas.

—Tienes que ayudarles Bastian, tú puedes, tienes que ayudarles a todos.

—Bastian…

—Bastian…

Giró la cabeza y lo descubrió con los dedos descarnados al volante, ya no quedaba rastro de su bello rostro y sus ojos ya no eran de ese azul intenso, ahora eran como los de los otros, rojos, muertos, vacíos de vida y llenos de odio. Su mano se dirigió hacia ella.

—Pequeña, pequeña despierta.

La niña abrió los ojos de golpe. Bastian la sujetaba suavemente del hombro, sus ojos volvían a ser maravillosamente azules, sus manos, aunque sucias, volvían a tener toda la carne. Al frente el paisaje era de nuevo nevado. Apenas podía inspirar algo de aire, su corazón jamás había latido tan rápido.

—Te has dormido. Has debido tener un mal sueño, no te preocupes, ya estás a salvo.

La niña no fue capaz de decir ni una palabra.

Las casas del pueblo de Queralbs, cubiertas con un grueso manto blanco, parecían una postal navideña. El convoy, una vez abandonadas las vías, tomó la carretera que conducía a Ribes. Bastian se detuvo para que no les descubrieran, conducía con las luces apagadas pero no quería correr riesgos. Cuando consideró que estaban suficientemente lejos continuó la marcha y entró en la carretera. Al llegar al desvío que había tomado el convoy lo dejó a la derecha y siguió recto.

—¡No! Es por ahí —la niña señaló la carretera que habían dejado a un lado— frena, es por allí —se giraba del todo y señalaba hacia atrás.

Bastian detuvo el coche.

—No vamos a ir con ellos.

Podía haber mentido a la niña, podía haberle dicho que irían por otro camino pero algo en su interior le impedía engañarla.

—Pero Gwen… Gwen va en ese coche, tenemos que ir con ella.

—Ellos van a un sitio —meditó las palabras a usar para evitar resultar cruel con la pequeña pero una vez más no supo encontrarlas. Nuevamente se decidió a hablarle con una total sinceridad— en el pueblo al que van hay zombis. Seres como los que había en el Hotel, dicen que sólo dieciséis pero no será así, la infección se extiende muy rápido y apenas les queda munición. No podrán con todos y morirán. Gwen también.

La niña no parecía escucharle. Le cogió de la manga.

—Todos van a morir, las personas del pueblo. Tienes que ayudarles, lo he visto. Contigo tendrán más possbidades —a la pequeña no le salía la palabra que Bastian le dijera en el Hotel— si no, todo será rojo ¡TODO!

Bastian no entendía a qué se refería.

—Esta vez no pequeña, esta vez no iremos con ellos.

La niña frunció los labios y se soltó con habilidad el cinturón. Se giró y antes de que Bastian pudiera reaccionar abrió. Como la puerta del coche resultó pesada para ella empujó con las dos manos y el cuerpo para ayudarse. Al abrirse por fin, cayó de bruces desapareciendo en la nieve.

Bastian bajó por el otro lado y corrió hacia ella. Cuando llegó, la niña se sacudía la nieve de la cara y se volvía hacia él.

—¡CARLA! ¡ME LLAMO CARLA! ¡NO ME LLAMO PEQUEÑA!

Bastian la observó darse la vuelta y caminar en la dirección que recordaba haber visto alejarse los coches. La nieve le llegaba casi al pecho. Cada dos o tres pasos caía y volvía a levantarse escupiendo nieve, pero no se detenía. Bastian sonrió. La niña tenía razón. Mientras no tuviera nombre era alguien de quien podía prescindir sin esfuerzo, alguien sin la menor importancia. Pero intentaba engañarse, esa cría era, posiblemente, la única persona que le importaba en el mundo y lo curioso era que no sabía por qué, pero iba a permitir que una mocosa de, ni siquiera conocía su edad, cinco, seis años, tomase las decisiones por él. El horror vivido había creado un extraño vínculo entre ambos y desde luego, él no quería romperlo, no podía, no era capaz.

—Carla —Bastian utilizó por primera vez su nombre.

—¡QUÉ! —La niña se dio la vuelta.

—Vale, tienes razón, iremos al pueblo.

—LES AYUDAS Y NOS VAMOS —volvió a gritar.

—De acuerdo —asintió.

—¿Puedes cogerme? Hace mucho frío.

Ribes. Hogar y polideportivo

La familia de Germán había decidido reunirse en el Hogar. Cuando le dijeron que irían allí en lugar de dirigirse al Ayuntamiento, antes de conocer la naturaleza de la llamada de Ramón, no le concedió importancia. Ahora que los zombis habían escapado de la Comisaría sólo podía pensar en una cosa: su familia.

Ya habían contactado con el Valle y en el Ayuntamiento, la Alcaldesa estaba al corriente de los últimos acontecimientos, ya había hecho bastante, tenía que poner a salvo a su familia.

—Me voy al Hogar.

Juanjo lo miraba dentro del Nissan de la Guardia civil en el que se encontraban.

—Pero, nos dijeron que fuéramos al Ayuntamiento, todo el mundo debía reunirse allí.

—Y con lo que sabes ahora te parece la alternativa más inteligente —no le dejó responder— además, mi mujer y mis hijos están en el Hogar. Hay más gente allí refugiada con ellos, alguien tiene que advertirles de lo que ocurre.

—Pero…

—Tú puedes hacer lo que quieras, ve al Ayuntamiento, ve a tu casa o ven conmigo, tú decides.

Germán inspiró profundamente y bajó del coche.

—¿Qué haces? Voy contigo, pero vayamos en coche.

Germán señaló el contacto.

—No está la llave, seguramente continúe dentro del bolsillo de alguno de los Guardias.

—Me refería a tu coche.

—Vine con Gustavo. Tenemos que ir andando.

Germán empuñó la pistola que había encontrado y extrajo el cargador. Estaba lleno. Debía haber unas catorce balas. No había disparado una pistola desde que hizo el servicio militar, pero disparaba su fusil de caza a menudo. Alojó un cartucho en la recámara y se guardó la pistola en el cinturón. Luego cogió una de las Franchi colocadas en el armero del 4×4. No podía sacarla, una barra de hierro recorría todos los guardamontes y terminaba con un candado.

—Dispara. Dispara al candado, tienes una pistola.

Germán colocó el cañón del arma tocando el candado. Volvió a guardar el arma sin disparar.

—¿Qué haces? Yo no tengo ningún arma. Dispara.

—No. el ruido podría atraerlos aquí ¿Quieres eso?

—No joder, pero ¿Cómo voy a defenderme sin la escopeta?

—¿Has disparado alguna vez una de esas?

—¿Dónde voy a disparar una escopeta de la policía? Claro que no.

—Entonces es mejor que no lleves un arma; terminarías dándole a alguien.

—Sí, a uno de esos zombis.

—No, a cualquiera que esté cerca de ti, yo incluido. Si nos encontramos con los zombis lo mejor es correr, no enfrentarse a ellos. Y vámonos ya.

Germán cerró la puerta y echó a andar entre la nieve con paso rápido. Juanjo dio varios tirones de la barra y al final bajó también y corrió tras el cazador.

Germán caminaba entre la nieve pensando que no se escuchaba nada, apenas el leve zumbido del poco viento que soplaba. Muchos inviernos habían sido así. Nieve, frío, incomunicación. Se detuvo, dio una vuelta sobre sí mismo y continuó. Todo parecía normal, nada indicaba que un pelotón de zombis anduviesen sueltos por el pueblo.

Juanjo se situó a su costado, respiraba con dificultad, su forma física no era la más adecuada, o tal vez el miedo que sentía, que ambos sentían, le impidiese a sus pulmones abrirse normalmente.

Germán se detuvo de golpe. Juanjo chocó contra su espalda y los dos tuvieron que hacer equilibrios para no caer. El cazador extrajo la pistola de su cinturón. Delante de ellos la nieve aparecía pisoteada y con manchas de sangre.

—¡Joder! ¿De dónde ha salido esa sangre?

—¡Sssssst!

Ahora ya no se escuchaba sólo el zumbido del viento, tampoco su respiración desbocada podía solapar el… el otro sonido que flotaba en el aire.

—¿Qué es eso? ¿De dónde viene?

Germán señaló a su derecha, delante. Asió el arma con las dos manos y caminó arrastrando los pies. Juanjo iba pegado a él, con la mano en su espalda. El ruido iba creciendo, el cazador lo identificó por fin, alguien se alimentaba, desgarraba y masticaba febrilmente lo mismo que las alimañas del monte.

Dos pasos más les permitieron ser testigos de la escena; Puyol y un anciano desgarraban el vientre de una mujer, también mayor, seguramente su esposa, sobre un charco de sangre que crecía por momentos. Juanjo se dobló sobre sí mismo y vomitó al lado de Germán. Éste ni se inmutó, permanecía absorto, incapaz de apartar la mirada de los restos que se iban diseminando por el suelo.

—Dispara. Dispara sobre ellos, sólo son dos.

Puyol y el zombi levantaron las cabezas, les habían descubierto. Germán apuntó hacia ellos, los tenía a pocos metros. Dudaba a quién disparar primero. En ese instante los dos apartaron sus fauces del estómago de la mujer y ésta se incorporó como si tuviese un muelle articulado en su tronco. Sus ojos y sus facciones ya no eran humanos.

—Mierda ¿Has visto eso?

Los ojos de los tres zombis les observaban. Lentamente se fueron incorporando. De las bocas de Puyol y el anciano goteaban regueros de sangre. El vientre de la mujer devorada dejaba escapar órganos a sus pies. Todos iniciaron movimiento hacia ellos.

La pistola subía y bajaba, las dos manos de Germán parecían no ser suficientes para detener su movimiento. El cañón del arma iba de uno a otro, incapaz de decidirse, bajó la pistola y echó a correr hacia el Hogar. Juanjo tardó un momento en reaccionar pero enseguida le siguió.

—Tenemos que avisar a la gente, será una masacre.

Juanjo miró hacia atrás mientras corría, sí, les seguían los tres zombis, los dos ancianos delante y el policía cada vez más retrasado.

El barullo procedente del Hogar era cada vez más perceptible. Cuando los dos hombres entraron todas las cabezas se giraron hacia ellos. Estaban tan exhaustos que ninguno podía hablar con claridad. Germán cerró la puerta y comenzó a colocar contra ella mesas y sillas.

—Eso es muy endeble, no aguantará.

Juanjo corrió hasta la mesa de billar, dos hombres jugaban una partida. Germán llegó al otro lado y entre los dos comenzaron a arrastrarla hacia la puerta. Las bolas iban de un lado a otro del tapete.

—¿Qué coño os pasa? Estamos jugando.

El otro jugador le dio un codazo y le señaló la pistola que descansaba en la espalda de Germán.

—Tenemos que cerrar todo, no pueden entrar.

De pronto recordó algo y corrió hacia la barra.

—¿Dónde está mi mujer?

El camarero lo miraba sin atreverse a responder.

—¿DÓNDE? —Gritó.

—Supongo que estarán en el polideportivo, han organizado juegos para los niños.

Juanjo se asomó a una de las ventanas.

—No vienen. Germán, no nos han seguido.

—Han ido al polideportivo ¡Joder!

Entre los dos volvieron a apartar la mesa ante la mirada de incomprensión de los presentes.

—¿Quiénes no os han seguido? ¿Quién ha ido al polideportivo?

El camarero sujetaba a Germán de las solapas de la chaqueta, en su rostro se adivinaba ahora el miedo. Se fijó en la ropa del cazador. Tenía manchas de sangre y todo él despedía un fuerte olor a podrido. Lo soltó y se echó atrás.

Los gritos procedentes del exterior les llegaron con total claridad.

—¿Quién viene? ¿Por qué gritan?

—Los zombis, vienen los zombis y grita la gente por qué la están devorando —contestó Juanjo.

El camarero se apartó un par de pasos de ellos sin tener muy claro qué pensar.

Los gritos de una mujer se escucharon al otro lado y la puerta comenzó a recibir multitud de golpes.

—Abrid, abrid por favor. Se los comen, se los comen y luego se levantan.

Germán terminó de apartar la mesa de billar y abrió la puerta. Al instante varias personas entraron en el local, cuando el último pasó, Germán volvió a cerrar.

—¿Y la gente? ¿Dónde está el resto de la gente?

—Nosotros hemos conseguido salir por la puerta más cercana, el resto de la gente ha escapado por la otra, gritaban que debían ir al Ayuntamiento como nos dijeron en un principio. Es horrible, dos personas entraron. Parecían malheridas, algunos intentaron ayudarlos y se les echaron encima como animales, arrancaban su carne a dentelladas, y —se detuvo un instante para tomar aire— y enseguida, los que habían sido mordidos actuaban como ellos. Es horrible. Joder ¿Qué les pasa? ¿Por qué hacen eso?

Los que estaban dentro del Hogar los miraban sin saber qué pensar.

Más golpes sobre la puerta y gritos desgarradores los sorprendieron, pero en esta ocasión no eran gritos humanos, no podían serlo.

Se acercaron a una de las ventanas. Fuera, tres zombis aporreaban la puerta.

—Fíjate en eso —señalaba al zombi más próximo a la ventana. Un trozo de intestino grueso le colgaba de la cavidad abdominal— no se puede tener las tripas así y continuar vivo.

—Ya no están vivos, son zombis. Hay que impedir que entren aquí —Juanjo cerraba las cortinas a la vez que intentaba apartar a la gente.

—Mi familia está fuera.

Germán empuñó la pistola y abrió la puerta cogiendo a todos por sorpresa. El primer disparo instaló un pitido uniforme en el cerebro de todos. La cabeza del zombi más próximo se desplazó hacia atrás y el hombre se desplomó. En el interior del Hogar los gritos se sucedieron. Germán encañonó al segundo y volvió a disparar. En esta ocasión todo el cuerpo salió despedido hacia atrás. El tercer zombi tropezó con el cadáver caído del primero, su cabeza quedó entre las piernas de Germán. Apoyó la pistola sobre su coronilla y apretó el gatillo. Su cuerpo entero se sacudió y quedó inmóvil sobre el cerco de sesos y sangre esparcido por el suelo.

A todos les pitaban los oídos. Ninguno acababa de reaccionar ante los asesinatos que terminaban de presenciar.

Germán sacó los cuerpos fuera y, situándose en la puerta, les gritó a los de dentro más fuerte de lo que hubiera querido:

—Permaneceremos aquí dentro. No dejaremos entrar a nadie y estaremos en silencio. La policía ya está de regreso del Valle, no tardarán en ayudarnos.

Ribes. Ayuntamiento

La Alcaldesa se removió inquieta frente a la ventana. Los peores temores de Ramón se habían cumplido y además él estaba muerto, asesinado por su propio hermano. Todo parecía sacado de una película de terror. El temporal, el aislamiento, los asesinatos, y ahora los zombis. Retomó imágenes de películas y series de zombis. Siempre le había parecido un argumento absurdo, imposible, los muertos no andaban. Pero ahora estaba ocurriendo y pasaba en su pueblo.

Cuando le dijeron que la infección ya estaba en Ribes las piernas estuvieron a punto de fallarle pero cuando la informaron de que un montón de zombis caminaban detrás de un coche fue demasiado. Alexander volvía al Ayuntamiento, ella se lo había indicado así. Debía recorrer todo el pueblo avisando a sus habitantes y luego regresar… al Ayuntamiento. Llevando detrás de él a ese cortejo mortal.

Le habían dicho que debían permanecer encerrados dentro del edificio del Ayuntamiento. Sin hacer ruido ni dejarse ver. Cuando le comunicó al policía que estaba al mando que parte de la población estaba repartida en el Hogar y Polideportivo, el silencio que se produjo le indicó que eso no era bueno.

La población estimada de Ribes era de unos mil ochocientos habitantes, amén de los visitantes y turistas; de ellos, unos seiscientos se hallaban refugiados en el Ayuntamiento, el resto o estaban en el Hogar o permanecían dentro de sus casas. En el Hogar no disponían de walkie así que no tenía modo de saber cuántos habían acudido allí. Era consciente de que los hoteles seguramente no se habrían desalojado por completo, no disponía de personal y probablemente tampoco de autoridad para obligarles. Al menos había conseguido que los que se hallaban en el Consistorio permaneciesen encerrados juntos en la estancia más grande; el Salón de Plenos. Habían asegurado todo a cal y canto. No les había informado de lo que realmente pasaba, corría el riesgo de que no la tomasen en serio y se marchasen, o de que cundiera el pánico y decidieran huir. Les había contado que la policía rastreaba el pueblo en busca de los asesinos del agente de policía y del bebé. Algunos habían presentado múltiples objeciones pero al final el grupo se había impuesto. Leyre observaba como cuchicheaban en corros, tal vez demasiado alto.

El sonido del megáfono fue llegando hasta ella. El resto de vecinos también lo fue oyendo. Algunos caminaron hasta las ventanas para contemplar la llegada de Alexander.

El conductor observó por el retrovisor. Se intuía el grupo caminando tras él. No entendía el motivo de que fuesen andando. Para llegar hasta Ribes habrían usado sus coches y el tiempo que hacía no invitaba precisamente a pasear. Decidió esperar a que lo alcanzaran.

El golpe sobre la ventanilla lo sobresaltó. Qué formas de comportarse eran esas. Cuando ya se disponía a abrir y encararse con el animal se fijó en el rostro del Guardia; eso no era un rostro, era una máscara de terror, la cuenca de su ojo derecho era un agujero sangrante y el ojo que aún le quedaba en su sitio daba más miedo que la ausencia del otro. El gruñido y los nuevos golpes sobre el cristal lo sacaron de sus pensamientos. El grupo de Guardias Civiles rodeaba su coche. Tenía que largarse de allí. Pero no podía reaccionar, le resultaba imposible dejar de llevar la vista de la cara de uno de ellos a la de otro. Todos presentaban los mismos ojos, la misma mirada mezcla de intenso odio y primitiva necesidad de alimentarse.

Desde las ventanas del Ayuntamiento fueron testigos de cómo el grupo de Guardias reventaban ventanillas y parabrisas para, acto seguido, sacar a Alexander del vehículo y proceder a devorarlo delante del coche, con ellos como macabros espectadores.

Los gritos de terror se extendieron por el interior del Salón de Plenos. Algunos intentaron salir para auxiliar a su vecino. Leyre intentaba que todos mantuviesen la calma pero en realidad casi no podía reprimir sus ganas de gritar también. Los zombis no tardaron en escucharles. En cuanto el cuerpo de Alexander volvió a la vida se aplicaron en buscar nuevo alimento.

En ese momento comenzaron a llegar personas corriendo y gritando procedentes del Hogar. Los primeros se lanzaron inocentes en brazos de los Guardias, cuando repararon en su error ya era tarde. En la entrada del Ayuntamiento los alaridos de terror y de impotencia eran continuos. Los que llegaron después tuvieron más suerte, los zombis andaban ocupados devorando a los primeros. Fueron acercándose a las puertas, les habían dicho que debían refugiarse en el Ayuntamiento y no pensaban en otra cosa que no fuera eso, daba lo mismo que estuviese cercado por los zombis.

Leyre, ayudada por varios vecinos, abrió las puertas, la gente, histérica, entró en tropel. La Alcaldesa intentaba observar a los que pasaban, le habían dicho que la infección se transmitía de forma inmediata, en pocos segundos te transformabas en una de esas cosas y ella había sido una testigo aventajada del proceso. Si se colaba algún infectado dentro todos estarían perdidos. Permanecía atenta a las puertas, cuando dejó de llegar gente aprovechó para cerrar.

En el exterior los atacados ya se habían transformado y más de cuarenta zombis se dirigían hacia la entrada del Ayuntamiento. En el interior se escuchaban llantos y gritos ahogados. Leyre trataba de observar los rostros de los presentes buscando signos de comportamientos extraños. Sólo encontró miedo y desesperación. Ninguno de los refugiados parecía estar infectado, ya se habría transformado; eso era bueno. Las puertas de entrada comenzaron a temblar; eso era malo. Las hojas eran de madera maciza, robustas, pero con semejantes embates acabarían por derribarlas. Recordó las palabras del joven policía: permaneced en el interior del Ayuntamiento en silencio y sin dejaros ver, los estímulos sonoros y visuales los activan.

Se subió con dificultad en la barandilla de la escalera y les hizo señales a todos para que permaneciesen en silencio. La gente fue callando y a medida que lo hacían los zombis del exterior se iban calmando.

 

Capítulo XXI

Día: sábado, 29 de diciembre de 2012

Entre las 09:00 y las 12:00 horas

Ribes. Comisaría

—¿Qué es ese ruido?

—¿Qué ruido? —Juanjo se incorporó sobre el camastro.

Los zombis de fuera comenzaban a alterarse, detectaban algo pero en esta ocasión no arremetieron contra los barrotes, uno a uno, todos se fueron volviendo y avanzaron hacia la salida.

—No, joder, no. ¡EH! Venid, volved aquí —Germán golpeaba la bandeja con todas sus fuerzas, pero los Guardias no regresaban, algo llamaba su atención desde fuera.

Por fin identificaron el sonido, era un megáfono, avisaba de que todas las personas debían acudir al Ayuntamiento urgentemente.

—Rápido, la llave de las esposas, dámela.

—¿Qué vas a hacer? Si abres nos atacarán, aquí estamos a salvo hasta que los polis regresen.

Germán ya no pudo contenerse más, se abalanzó sobre Juanjo y descargó un puñetazo tras otro contra su cara. El radioaficionado no era capaz de cubrirse de la lluvia de golpes que le caía. Por fin el cazador paró, se apartó un paso atrás, algo en su cerebro le había hecho detenerse. Volvió a inclinarse sobre Juanjo, éste se tapó la cara como pudo temeroso de seguir recibiendo golpes. Germán rebuscó en sus bolsillos hasta hallar la pequeña llave. Abrió las esposas y corrió hacia el exterior. En la Comisaría ya no quedaba ningún Guardia. Ni siquiera Puyol con su rodilla destrozada permanecía dentro.

Juanjo llegó junto a él mirando asustado en todas direcciones, esperando que de un momento a otro alguna de esas bestias le cayese encima. Encontró a Germán rebuscando por el suelo de la Comisaría.

—¿Qué, qué buscas?

Germán lo miró mientras recogía del suelo la pistola caída de alguno de los Guardias. Al fin localizó el walkie y se abalanzó sobre él.

—Esto, esto es lo que buscaba, tenemos que llamar a Ramón.

@@@

Fuera de la Comisaría los Guardias perseguían en maldita procesión el coche desde el que escapaba el sonido a través del megáfono. El conductor detuvo el vehículo, le había parecido observar algún movimiento por el retrovisor. Movió la cabeza para buscar algún ángulo que le permitiese ver mejor pero la luneta de atrás estaba cubierta de escarcha y nieve, era inútil, distinguía movimiento pero no sabía de qué se trataba. Maldiciendo todo el Santoral abrió la puerta y descendió del coche. Cerró de nuevo, la calefacción no funcionaba bien y el poco calor interior se escaparía. Anduvo encogido hasta la parte de atrás del coche. Así que era eso, un grupo de Guardias Civiles caminaba detrás. Volvió al coche corriendo con pasos cortos. Ellos no eran habitantes del pueblo, por tanto no tenía que convencerlos de que se dirigiesen al Ayuntamiento, además parecía que igualmente lo seguían así que cerró y continuó su lento avance sin dejar de repetir su mensaje por la megafonía.

Apenas había encontrado a nadie, la mayor parte de los habitantes de Ribes estaban ya en el Ayuntamiento o en el Hogar. El grupo más numeroso era el de los guardias que lo seguían, o mejor dicho, era el único grupo. La Alcaldesa no había querido decirle los motivos por los que todos debían reunirse en esos dos puntos, al menos no los “verdaderos” motivos. En Ribes se sabía todo. Se hablaba de que se habían producido dos muertes, pero no de viejos como era lo habitual. Se decía que habían matado a dos personas, un agente y un bebé, pero aunque todo el mundo hablaba, nadie había visto nada.

El grupo de zombis caminaban con dificultad entre la nieve siguiendo la fuente de sonido que constituía el megáfono del vehículo. Cuando el coche continuaba la marcha lo iba perdiendo de vista y dejaba de escucharlo, entonces incluso el grupo llegaba a detenerse confundido. Pero cuando el megáfono volvía a hacerse oír metros adelante los zombis reemprendían la marcha en su busca.

El único que no había conseguido mantenerse reunido con el resto era Puyol, su pierna fracturada le impedía caminar como el resto de zombis, tropezaba y caía continuamente. Como consecuencia de esto se fue quedando rezagado hasta perder de vista a los otros zombis. Tampoco era capaz de oír los gritos del megáfono y al final se detuvo en la acera con la nieve hasta las rodillas, esperando algún estímulo al que seguir.

No tuvo que aguardar demasiado. Un matrimonio ya mayor, salió de su casa a pocos metros del policía. Habían decidido llegarse al Hogar, el Ayuntamiento quedaba más lejos y su hija vivía junto al Hogar así que, sin duda, estaría allí.

El paso lento de los dos ancianos le permitió a Puyol no perderlos de vista en ningún momento a pesar de seguir con sus aparatosas caídas.

@@@

Germán apretaba frenéticamente el pulsador del walkie sin obtener resultado alguno. La antena estaba partida y la pantalla de cristal líquido no mostraba, como antes, la frecuencia.

—No funciona, está roto, lo han pisoteado. No conseguirás hablar con eso.

Germán se dejó caer en el suelo, abatido. Mientras, Juanjo se dirigía cojeando a la puerta. Antes de salir habló en voz alta.

—La patrulla de la Guardia Civil habrá llegado aquí en coche, en ellos llevarán estaciones de radio lo suficientemente potentes para enlazar con el Valle.

Nuria. Refugio

El ambiente en la cocina era cálido, nada que ver con la temperatura que habían padecido fuera. André se esforzaba, junto con Pietro, en preparar leche caliente para todos. Ernest iba repartiendo las tazas llenas. El ánimo de los presentes, a pesar de estar a resguardo en un lugar caliente, cerrado, y con la protección de varios policías, difícilmente podría ser más bajo. Los más pequeños, a los que primero habían atendido y a los que en primer lugar habían facilitado los vasos de leche caliente, apenas hablaban, miraban temerosos en todas direcciones y se sobresaltaban ante cualquier sonido inesperado.

Los jóvenes que habían caminado descalzos sobre la nieve sufrían intensos dolores al ir entrando en calor sus miembros. El tobillo de Marga presentaba un color excesivamente amoratado, Luna se lo masajeaba intentando que recuperase la circulación.

Sergio no dejaba de darle vueltas a lo que había hecho Vera. No imaginaba qué podría atormentar tanto a una persona para decidir que debía entregar su vida para redimir ¿Para redimir qué? Él mismo había pensado en largarse y dejar a los niños en el restaurante. Todos habían vivido una situación extrema ¿Quién podría juzgarles por intentar sobrevivir? Era un instinto, un derecho. En cualquier caso era consciente que de no haber actuado la chica como lo hizo ninguno habría logrado salvarse, les concedió el tiempo necesario, eso nadie podía negarlo y él nunca podría agradecérselo bastante.

Ernest ayudaba en lo que podía al Director y Mikel vigilaba sin disimulo los movimientos de Bastian.

Los cazadores, también replegados al Hotel y ahora apartados en un rincón, permanecían en silencio, taciturnos, sin mirarse unos a otros ni hablar entre sí. Acababan de disparar a las cabezas de cientos de personas, eso era algo difícil de asimilar y que, desde luego, tardarían mucho en superar.

En lo concerniente al edificio, el comedor estaba asegurado, dos 4×4 cubrían los ventanales rotos. Las dos primeras plantas ya habían sido despejadas, incluidas las habitaciones. En la sala de reuniones en la que quedaron atrapados los zombis sólo encontraron multitud de restos, sangre por todas partes y un olor que tardaría mucho en desaparecer, si es que alguna vez llegaba a irse del todo. Bastian no había querido sacar a Gwen y los demás aún. El Hotel todavía no estaba controlado por completo y él tenía una cosa por hacer.

Tras la última escaramuza y la llegada de los supervivientes procedentes del restaurante, el Jefe había decidido replegar a los cazadores y dar un descanso a sus hombres, la tensión a la que habían estado sometidos era claramente visible en sus rostros. La limpieza de las dos primeras plantas había resultado más dura de lo que esperaron. Tener que disparar a pocos metros contra personas, en algunos casos muy jóvenes los había terminado de desquiciar.

Después de comprobar que el salón comedor estuviese protegido salió con dirección a las oficinas de Recepción. En la anterior inspección había observado que en la parte interior del mostrador se hallaban desordenadas multitud de fichas sujetas por un clip al correspondiente DNI. Con los equipos informáticos inoperativos esa era la única manera de saber en qué habitación se había hospedado su primo. Tras buscar en varios montones y no dar con su ficha regresó a la cocina. Se acercó con disimulo al vigilante, Ernest y lo condujo afuera.

—Sé que nunca hemos tenido una relación muy fluida, pero mi, hermano y mi primo… se trata de mi familia —Ernest le observaba en silencio sin adivinar adónde quería ir a parar el Jefe de policía— lo que quería es que me dijese, si lo sabe, en qué habitación se hospedaba mi primo.

El vigilante se pasó la mano por la barba de un par de días antes de contestar, no entendía tanta solemnidad y secretismo.

—Creo que su primo siempre reservaba la misma habitación, la 375 pero desconozco si en esta ocasión ocupó también la misma y —se detuvo— la tercera planta no está limpia.

—No se preocupe, sólo comprobaré esa habitación, nada más, tengo que verificar si él sigue con vida.

—Mejor llamamos a sus hombres —Ernest hizo intención de regresar a la cocina.

—¡NO! No —suavizó el tono el Jefe— no es necesario. En realidad prefiero, prefiero ir yo, prefiero ser yo ¿Me entiende?

—Es muy peligroso ya lo sabe, sería mejor —Ramón volvió a negar con la cabeza— de acuerdo, pero no irá solo, yo le acompañaré.

—Ni hablar, usted lo ha dicho, es peligroso, era mi primo, usted no tiene motivos para arriesgarse más.

—Verá, su hermano era… es un tipo especial. Todo el mundo en el Hotel lo aprecia, bueno, tal vez el Director no mucho, pero lo cierto es que siempre tiene una palabra para levantarte el ánimo. Siempre se ha portado muy bien conmigo, lo mismo que su primo. Son de esas personas que alegran todo el espacio a su alrededor, hacen mejores a la gente. Me gustaría ayudarle a encontrarlos. De verdad.

Ramón, tras meditarlo unos instantes, asintió. Era consciente de que esa no era la forma correcta de actuar, no debería permitir que Ernest lo acompañase pero si no accedía podría informar a sus hombres y él no quería que ninguno pudiera disparar sobre su primo, lo haría él mismo si es que aún continuaba vivo y transformado en uno de esos seres.

Se detuvo frente al número 375. Sobre la madera aparecía grabada una “Z”. Eso no era bueno. Dentro había zombis, su primo. Se sintió mareado. No había vuelto a hablar con él desde el año anterior. Estaba demasiado dolido. Se acercó en silencio a la puerta. No escuchó nada al otro lado. La iluminación en el pasillo era muy tenue, el ambiente gélido y un aroma de muerte todavía más intenso que en el resto de la planta lo envolvía todo.

La forma en que venía trabajando el equipo de Ramón, Piqué y Corbé, a la hora de limpiar cada habitación había sido la misma. Uno de ellos, normalmente Piqué, abría la puerta y los otros dos disparaban con la pistola a la cabeza de los zombis que se encontrasen dentro. Ahora estaba él solo, tendría que abrir y disparar enseguida. Una vez más sopesó la posibilidad de bajar y llamar a sus hombres pero en última instancia desechó la idea. Si su primo estaba dentro convertido en una de esas cosas sería él quien acabase con su vida, se lo debía. Le indicó al Director que retrocediera.

Insertó la tarjeta maestra a tope en el lector y empujó hacia dentro al mismo tiempo. La habitación era una suite. Al final del pasillo alargado y estrecho estaba el saloncito. Un zombi se giró y caminó torpemente hacia él por el reducido pasillo. A pesar de los desgarros que presentaba su rostro reconoció al momento a su hermano Julián. No esperaba encontrarlo allí. Había dado por supuesto que hallaría su cadáver entre los múltiples cuerpos abatidos. El hecho de enfrentárselo cara a cara lo desconcertó. Con la mandíbula inferior desencajada de su sitio parecía recriminarle. Si hubiera atendido su llamada inicial de auxilio ahora se encontraría con vida, puede que todos se encontrasen con vida, esos niños, las familias, demasiado dolor. Retrocedió a un lado de la puerta. Julián apareció tambaleándose en el pasillo. Ramón levantó su pistola. Ya no había nada que pudiera hacer. Tan solo liberar su alma lo antes posible. Se lo debía. Era su hermano. Apuntó a su cabeza y, sin poder evitar cerrar los ojos, disparó.

El cuerpo se tambaleó y finalmente cayó hacia adelante, a los pies de Ramón. Al instante una mancha de sangre muy oscura fue envolviendo su cabeza, como si el relleno de un bombón de licor se fuese escapando en torno a él.

El Jefe se arrodilló junto a su hermano, lo agarró del hombro para girarlo. El grito de Ernest le sorprendió. Cuando levantó la cabeza se encontró con él cayendo bajo el peso de su primo. Se había descuidado, había olvidado que había ido a la habitación de su primo a buscarlo. La aparición en la puerta de Julián lo había trastornado.

En el suelo, Ernest forcejeaba intentando evitar los dientes de Eduardo. Ramón dirigió su arma a la cabeza de su primo. Los movimientos de éste resultaban impredecibles, si disparaba podía herir al vigilante, tenía que separarlos. Cogió a Eduardo de un brazo y tiró de él. Al primer intento no logró que se soltase de Ernest pero con el segundo tirón sí se giró hacia él. Lo hizo con tanta violencia y tan rápido que a punto estuvo de sorprenderlo. Ramón pateó su cabeza lanzándolo a un lado. Ahora Ernest ya no corría peligro. Ernest, lo observó de reojo, continuaba en el suelo encorvado, parecía sufrir espasmos. Se centró en Eduardo. Ya se levantaba, se movía más rápido que el resto de zombis. Apuntó y disparó. La cabeza de su primo rebotó en el suelo un par de veces antes de quedar definitivamente inmóvil.

Se inclinó sobre Ernest. Inspeccionó su rostro y sus manos en busca de heridas. No halló ninguna, no había llegado a morderlo. Lo incorporó y lo sentó apoyando su espalda contra la pared. La puerta, se levantó y la cerró, no quería más sorpresas. Volvió con Ernest.

—¿Qué le ocurre? No le ha mordido ¿Verdad?

Se alejó un paso. Se encontraba mal. Nunca se había sentido así. Se palpó la cara y repasó sus manos en busca de heridas. No lo entendía, no había sido mordido, no tenía ni un arañazo y sin embargo… se dejó caer al lado del vigilante. La pistola escapó de sus manos. Una sucesión de espasmos lo invadió.

@@@

El disparo los cogió por sorpresa. Todos estaban en el interior del comedor, entonces ¿Quién había disparado?

—El Jefe ¿Dónde está el Jefe?

Una nueva detonación los impulsó a salir corriendo.

Todos los policías de Ribes con Alba a la cabeza y seguidos por Arnau, se dirigieron hacia la fuente de sonido.

@@@

La tensión en la cocina era palpable. Los críos volvían a llorar y el nerviosismo de los cazadores aumentaba por momentos. Bastian empuño una de las escopetas y salió dando instrucciones de no abrir hasta que regresaran los policías. Su oportunidad había llegado, tal vez no se le presentase otra. Se escabulló como pudo por una de las ventanas y corrió en dirección al helicóptero. Como esperaba, la mochila negra estaba allí. Del gordo monje no había rastro. Abrió la mochila. Como suponía, el dinero estaba dentro pero junto a él halló también un pequeño oso de peluche. Nada más cogerlo supo que no era un juguete normal. Lo volteó hasta encontrar la cremallera camuflada en su espalda. En el interior halló los diamantes y entre ellos un pendrive. Cerró la mochila y volvió a lanzarla a la parte de atrás del helicóptero. Cogió el osito y corrió de regreso al Refugio. Antes de entrar por la ventana que cubría el todoterreno civil se coló en el interior del vehículo.

@@@

Tras comprobar los dos primeros pisos corrieron hacia la tercera planta. Alba subía los escalones de tres en tres. Tenían que llegar a tiempo.

Al alcanzar el tercer piso Alba disminuyó el paso. Se escuchaba algo, provenía del fondo del pasillo, el arrastrar de pies que ya les empezaba a ser demasiado familiar. Enseguida identificaron al Jefe, a su lado “caminaba” el vigilante de seguridad del Hotel. Era lo último que el novato se hubiera esperado. Junto a él, Piqué y Ramos miraban horrorizados cómo se acercaba su Jefe. Corbé tuvo que apartarse para vomitar el último vaso de leche que había ingerido.

Arnau avanzó entre los policías hasta situarse delante de todos. Dirigió una mirada a Alba y éste asintió.

@@@

—¿Adónde has ido?

La voz sorprendió a Bastian no tanto por quién se trataba sino por haberse visto descubierto en su escapada secreta.

—¿Qué ocultas ahí?

Mikel señaló con el cañón de la escopeta que sujetaba. Bastian también iba armado con otra Franchi; sopesó la posibilidad de enderezarla para apuntar sobre el joven pero desistió. Ese gesto probablemente terminaría con una cadena de disparos en ambas direcciones. El radio de alcance de las postas era elevado y alguno, o puede que ambos, acabaría alcanzado.

Mikel vio como desde la espalda de Bastian aparecía su mano levantando un oso. Lo lanzó al aire volteándolo y lo cogió sin dejarlo caer.

—Eres muy grande para jugar con ositos ¿No?

—¿Quieres que busque otro para ti?

—¿Por qué no ese? —Mikel seguía apuntando la escopeta hacia Bastian.

El sonido procedente de la entrada al comedor hizo que Mikel bajase su arma. Los dos se volvieron hacia los policías que regresaban cabizbajos.

—¿Qué fueron esos disparos? —Se dirigió Bastian a Arnau.

—El Jefe de policía y el vigilante —Alba acompañó sus palabras con un gesto negativo de su cabeza.

El grupo de policías continuó sin detenerse hacia la cocina, tan solo Arnau reparó en el peluche que sujetaba el francés y en la tensión que se respiraba entre los dos hombres.

Una nueva salida terminó controlando tanto el Hotel como el Santuario. Fue en ese momento cuando Bastian se decidió a ir a por la pequeña. Caminó solo hasta la puerta de la habitación. No hizo falta que llamase, la hoja de madera se abrió lentamente. Sujetándola al otro lado, el padre de Mario. La niña escapó corriendo de la mano de Gwen para lanzarse en brazos de Bastian.

—Has tardado mucho.

Bastian se agachó hasta situarse a su altura y le enseñó el peluche.

—¿Es para mí?

Bastian asintió alargándole el osito. La niña lo estrechó con cariño en su regazo y luego le dio un sonoro beso en la mejilla.

—¿Y mi madre? ¿Has visto a mi madre y a mis hermanos? ¿Dónde están? —Mario le observaba inquisitivo, con los ojos vidriosos, preparado en el fondo para lo peor.

El francés se incorporó tapando disimuladamente los oídos de la niña. Sabía que si todo terminaba ese momento iba a llegar pero aunque le había dado algunas vueltas, no había encontrado la manera adecuada de dar una noticia así. Una vez más se decidió por ser directo, decir las cosas claras le pareció la mejor forma de encararlo, la más honesta.

—Ellas no lo consiguieron.

—¿Qué no consiguieron? Habéis matado a todos los zombis, mi madre y mis hermanos estarán en alguna habitación, tenemos que mirar en todas. Os habréis dejado alguna seguro ¿Verdad papa?

El padre se llevó las manos a la cara y tuvo que sentarse a los pies de la cama para no caer.

—Cuando los zombis entraron en el Hotel, cuando nosotros vinimos aquí —Bastian se detuvo para mirar a Gwen— ellos fueron atacados junto con el resto de supervivientes.

—Y ¿Por qué no les ayudasteis? Nosotros os ayudamos, os dejamos entrar aquí ¿Por qué no las salvaste? Salvaste a los chicos de la excavadora esa de la nieve.

Bastian meditó un instante y luego nuevamente le respondió la verdad.

—En los primeros momentos pensé que todos íbamos a morir, no había solución, eran demasiados y nosotros no teníamos armas suficientes, ni cien policías hubieran podido. Permanecimos sentados en el sofá donde nos encontrábamos, en una esquina apartada del salón, esperando el momento en que se nos echasen encima para usar las pocas balas que nos quedaban para acabar con nuestras vidas. Sólo cuando comprendimos que los zombis no nos habían detectado decidimos movernos. Para entonces ya no quedaba nadie humano en el comedor. Si hubiéramos estado levantados cuando entraron o hubiéramos echado a correr como el resto ahora seríamos zombis como ellos. Tuvimos suerte, nada más.

Mario se sentó junto a su padre y se abrazó a él.

Caminaban con precaución. La pequeña no había consentido en separarse de nuevo de Bastian, tuvo que llevarla en brazos, sujetando al mismo tiempo la escopeta. Gwen cerraba la marcha y en el centro Mario continuaba abrazado a su padre.

Cuando entraron a la cocina los rostros de todos volvían a mostrarse abatidos. Los policías y los cazadores gesticulaban y hablaban entre gritos. Bastian le indicó a Gwen que les diera al chico y a la niña una taza de leche caliente. Se acercó a Alba y le preguntó cuál era la razón de las voces.

—Se ha recibido una llamada de la Comisaría de Ribes.

—¿Ya funciona el teléfono?

—De radio.

Bastian le hizo un gesto para que continuara.

—De alguna forma —las voces habían ido cesando y todos estaban ahora pendientes de las palabras del joven policía— la infección ha llegado al pueblo de Ribes.

—Y ¿Cómo habría sido eso posible? El Valle constituye un obstáculo natural y los zombis no van de paseo, ni conducen vehículos ni… —se detuvo y observó uno a uno a los policías uniformados. Todos tenían la cabeza baja y la mirada fija en algún punto del suelo— han sido ustedes. Ustedes han llevado un zombi al pueblo ¿Para qué? ¿En qué estaban pensando?

Alba se decidió a hablar. Era el más novato y sin embargo fue el único que se decidió a hacerlo.

—Un compañero resultó mordido en nuestra anterior expedición al Valle —un murmullo recorrió todos los labios— cuando les hice señales con la linterna. Al regresar, a mitad de camino me encontré con el Jefe, decidió… decidimos llevarlo a Comisaría. Todavía no habíamos visto como se comportaban ni —calló un instante— fue un error, una estupidez, debimos meterle un tiro en la cabeza. En lugar de eso lo encerramos en una celda, atado perfectamente a los barrotes. Era imposible que escapase.

—Pero lo hizo —lo interrumpió Bastian.

—No, no exactamente. Una patrulla de la Guardia Civil llegó a la Comisaría. Se produjo una confusión con la persona que dejamos, que dejó el Jefe, al mando allí, otro cazador amigo suyo —se llevó la mano a la frente y rascó hasta deshacer una costra de sangre— de alguna forma lo soltaron. Ahora todos están contagiados.

—¿Cuántos Guardias formaban la patrulla? —Intervino Arnau.

—Quince —respondió Alba.

—Así que ahora tenemos dieciséis zombis en la Comisaría.

Alba miró a Ramos y Piqué antes de responder.

—No sabemos cuántos zombis puede haber, han salido del recinto de la Comisaría.

—Y ¿Qué vamos a hacer? —Paseó la mirada por todos y cada uno de los policías— ¿Alguien tendrá que tomar esa decisión? —Arnau acabó fijando la vista en Alba.

El novato volvió a buscar la mirada de Ramos y ante la inacción de éste acabó asumiendo el mando.

—Tenemos que ir al pueblo, nuestras familias están en peligro —interrumpió Domingo y los otros cazadores asintieron, todos tenían seres queridos en Ribes.

—No podemos dejar que esas cosas se dispersen —Alba se dirigía a todos aunque miraba alternativamente a Bastian y a Arnau, el francés habló sin tapujos.

—Con las vías de transporte en perfecto estado y las comunicaciones operativas, hubiéramos tenido una probabilidad entre mil de lograr contener la infección. Con un temporal que no amaina y sin comunicaciones nuestras posibilidades de evitar que esta epidemia se propague son sencillamente inexistentes. Aquí la barrera natural del Valle junto con el temporal de nieve ha evitado, de momento, que los zombis caminen ya por toda la comarca. En terreno abierto el pueblo entero no tardará en caer, luego todo el país, el continente, y después…

—Toda la Humanidad —acabó la frase de Bastian el hermano Pietro santiguándose.

Un espeso silencio se hizo en la cocina, sólo se escuchaban las ráfagas de aire que azotaban la fachada y los silbidos del aire al colarse por las ventanas destrozadas, hasta los niños habían dejado de sollozar, parecían comprender la gravedad de las palabras que se acababan de pronunciar.

Refugio zombi ya está publicado

Ya he concluído el libro “Refugio zombi”. Lo he presentado al concurso:

“concursoindiekdpamazonelmundo”

Podéis acceder a él en la dirección: http://www.amazon.com/dp/B00LWJ9XL0

REFUGIO ZOMBI YA A LA VENTA