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Refugio zombi. Primer capítulo

Como os prometí hoy he subido el Primer Capítulo de Refugio zombi.

Refugio zombi

El relato está estructurado en períodos de tres horas que transcurrirán en diferentes localizaciones y en los que intervendrán diferentes personajes. El desarrollo va de menos a más. Tened paciencia, los zombis no aparecen en el primer capítulo pero llegarán pronto.

Al igual que en Earthus, terrorismo zombi, en este nuevo proyecto podréis colaborar con ideas, situaciones, nombres de personajes…

Como siempre la lectura de este relato es totalmente gratuita, pero esta vez os quiero pedir algo: si en algún punto de la lectura encontráis algún gazapo, algún error ortográfico o gramatical, me gustaría que me lo comunicaseis, de este modo la experiencia de lectura se enriquecerá para todos.

Una última cosa. El nuevo relato Refugio zombi lo voy a publicar en otro dominio, la razón es que me permite mayores funcionalidades. Este blog en el que estamos lo mantendré tal y como está ahora, y en él podréis seguir disfrutando de sus contenidos, pero no subiré nada nuevo.

En la nueva dirección está el mismo contenido que podéis consultar aquí más lo que vaya subiendo.

Gracias y espero vuestros comentarios.

Refugio zombi

Refugio zombi

Como os prometí hoy he subido el Primer Capítulo de Refugio zombi.

El relato está estructurado en períodos de tres horas que transcurrirán en diferentes localizaciones y en los que intervendrán diferentes personajes. El desarrollo va de menos a más. Tened paciencia, los zombis no aparecen en el primer capítulo pero llegarán pronto.

Al igual que en Earthus, terrorismo zombi, en este nuevo proyecto podréis colaborar con ideas, situaciones, nombres de personajes…

Como siempre la lectura de este relato es totalmente gratuita, pero esta vez os quiero pedir algo: si en algún punto de la lectura encontráis algún gazapo, algún error ortográfico o gramatical, me gustaría que me lo comunicaseis, de este modo la experiencia de lectura se enriquecerá para todos.

Una última cosa. El nuevo relato Refugio zombi lo voy a publicar en otro dominio, la razón es que me permite mayores funcionalidades. Este blog en el que estamos lo mantendré tal y como está ahora, y en él podréis seguir disfrutando de sus contenidos, pero no subiré nada nuevo.

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Refugio zombi

25. Sandra

  El calor reinante unido a la elevada humedad hacía que la ropa empapada se nos pegase al cuerpo como una segunda piel, el ambiente no podía resultar más sofocante. Nos hallábamos en el interior del 747. La vuelta que dimos con el coche a todo el recinto, sirvió para descubrir que sólo una docena de zombis deambulaban por los alrededores, y que en las inmediaciones de la puerta principal de la terminal había montones de zombis muertos, les habían abatido con un disparo en la cabeza; entre ellos también descansaban para siempre los cuerpos de varias mercenarias uniformadas. Parecía el resultado de un enfrentamiento entre una multitud de zombis y los soldados que protegían la Base. Así las cosas el avión se reveló como, si no la única, si la forma más atractiva de acceder al interior del aeropuerto.

  Visto más de cerca, el impacto no era para tanto, debía haber causado destrozos y daños al edificio, pero parecía más bien como si el piloto hubiese calculado mal la frenada o la aproximación y por muy poco se hubiese empotrado en el muro.

  Habíamos subido por el ala izquierda. En la aeronave no parecía haber nadie, de cualquier modo decidimos recorrerlo entero. El vendaje de mi hombro había hecho su papel y aunque me seguía doliendo no dificultaba mis movimientos. En el pasillo del avión nos encontramos con todo tipo de restos de equipaje, ropas, bolsas, pequeñas maletas, ordenadores ahora inútiles. Nos llamó la atención un osito de peluche abandonado en uno de los asientos ¿Sería posible que hubieran viajado niños en él? Según avanzábamos hacia la cola del aparato el aire se volvía más denso todavía y el olor ya característico a cadáver en descomposición se nos iba introduciendo en el cerebro. El cuerpo de un varón adulto, de entre treinta y cuarenta años descansaba perfectamente sentado en su asiento con un disparo en el centro de la frente. No mostraba signos de haberse llegado a transformar, por lo que debieron acabar con él antes de que el proceso se completase. El espectáculo no era para nada agradable. La alta temperatura existente en el interior del avión había acelerado su descomposición y una oscura mancha de fluidos viscosos se extendía alrededor del muerto. Laura había regresado a la cabeza del avión y Shania venía del final diciendo que allí no quedaba nadie.

  Volvimos a la entrada sorteando las cosas tiradas por el suelo. En todos los asientos colgaban las mascarillas, debían haber saltado al recibir el impacto contra la pared.

  La puerta delantera quedaba dentro del edificio. Al asomarnos comprobamos que el morro había penetrado varios metros. El avión fue a estrellarse contra el lugar donde se distribuía el equipaje. La altura hasta el suelo la deberíamos salvar saltando pero montones de mantas y maletas dispuestas debajo iban a facilitar nuestra labor.

  Estábamos en la sala donde se organizaba y repartía el equipaje. Aunque, por supuesto, no había electricidad, la luz que dejaban pasar las escasas ventanas era suficiente para movernos con soltura entre las pocas maletas, ahora abiertas y con su contenido esparcido en derredor, sobre la cinta transportadora.

  Avanzábamos despacio, atentos a cualquier ruido, pero no se escuchaba nada. No había rastro de los posibles pasajeros del vuelo. Fuesen muchos o pocos debían haberse adentrado todos en el recinto.

  Llegamos hasta el fondo, donde la cinta desaparecía para repartir las maletas que recogerían los pasajeros de los vuelos. Antes de salir, Shania nos obligó a parar.

–  A la Base se puede acceder de tres formas: por uno de los ascensores privados que hay en la zona de dirección, por un montacargas enorme junto a él y por las escaleras adyacentes. Tendremos que recorrer toda la sala de espera y el restaurante. Ahí una de las puertas da acceso a un extenso pasillo que desemboca en el ascensor y las escaleras que os comento.

–  ¿Cuántos pisos hay? –preguntó Laura.

–  Tan sólo hay dos plantas hacia abajo. Si todavía quedan fuerzas que protejan el lugar lo lógico es pensar que se refugien ahí, es donde estaban todos los víveres, armamento y material. De todas formas no nos confiaremos, los zombis que hemos estado viendo tienen que haber salido por algún sitio.

–  ¿Dónde permanecían encerrados los zombis? –se me adelantó de nuevo Laura.

–  No estoy segura, creo que habilitaron algún lugar junto al laboratorio. Ese sitio estaba protegido electrónicamente y ahora no hay suministro eléctrico, debemos dar por supuesto que pueden estar libres. Existían protocolos en caso de peligro por los que serían todos eliminados pero hemos visto varios de ellos por el exterior así que es mejor asumir que algo falló.

  No podía acostumbrarme a la naturalidad con que se expresaba Shania a la hora de referirse al asesinato de seres humanos y no tan humanos.

  Pasamos por el hueco de la cinta transportadora a una extensa sala de espera. Se hallaba completamente desordenada, sucia, llena de papeles, restos de equipajes, maletas abiertas, todo ello repartido de forma completamente caótica. De cualquier modo estaba vacía. Aunque podían adivinarse manchas de sangre en varios lugares no iban acompañadas del correspondiente vivo o muerto. En algunas de ellas se podía observar el suelo manchado por el cuerpo al ser arrastrado de forma descuidada hasta desaparecer delante de una puerta cerrada. En un cartelito arriba de la misma se podía leer “mantenimiento” en inglés. En esa puerta confluían varios de esos regueros de sangre ya seca. Nos acercamos y pegamos el oído a la hoja. Nada, del interior no salía ningún tipo de sonido. Dudamos unos momentos si abrir, pero la seguridad de que lo que nos íbamos a encontrar no nos iba a ayudar en nada sino al contrario y sólo nos podía causar problemas nos hizo desistir de intentarlo. Nos alejamos de allí en dirección a la cafetería. Una vez hubimos caminado unos diez o doce pasos paré y volví a la habitación. No podía dejar un sitio sin mirar, aunque lo que me encontrase no fuese agradable.

  Abrí la puerta de golpe apartándome en espera de un posible ataque. Nada. Me adentré en la pequeña estancia iluminando el interior con la linterna. No había nada, estaba vacía. Sólo los restos de sangre del suelo y los que había fuera daban fe de lo que debía haber ocurrido allí. Si ocultaron cuerpos dentro se los habían llevado o se habían largado ellos solitos. No se observaban pisadas en el pavimento. Quienquiera que hubiese cargado con los cadáveres debería haber dejado huellas entre tanta sangre pero nada, parecía que se hubiesen desintegrado. Era otro misterio más que seguramente no podríamos resolver. Cerramos de nuevo y continuamos hacia el restaurante.

  Antes de abandonar la sala de espera algo llamó mi atención. Frente a unas máquinas de vending, bollería y bebidas se podían ver varias pisadas, huellas del color ocre de la sangre seca. Había marcas de pisadas por todas partes, pero éstas eran diferentes y se las podía distinguir perfectamente, parecían estar sobre las otras, eran posteriores, en definitiva, más recientes. Daba la impresión de que alguien hubiese pasado frente a la máquina expendedora en varias ocasiones. Puede que hubiera estado cogiendo alimentos y bebida de allí. La cuestión era cuanto tiempo hacía de eso.

–  Quedan alimentos y bebidas ¿No deberían estar las máquinas vacías? En esta situación uno no coge una lata y se va; trata de hacer acopio de todo lo que pueda por lo que pueda pasar ¿No? –apuntó Laura.

–  A menos que se utilicen como despensa –ambos observamos a Shania esperando que se explicase— puede que nuestro invitado siga por aquí y no quiera salir fuera, tal vez tiene localizados sus víveres y los toma cuando los necesita.

–  Fíjate bien, quizá podamos seguir su rastro –señalaba la hilera de pisadas dejadas sobre el pavimento.

  Las huellas desaparecían al llegar a una cristalera rota que daba acceso a otra sala en la que se podían ver los “stands” de diferentes compañías aéreas, coches de alquiler y un punto de información.

  Me adentré intentando recuperar el rastro perdido pero era inútil, allí había multitud de pisadas y no era capaz de identificar las de nuestro misterioso superviviente. De todas formas no creía que fuese relevante, tal vez ya estuviera muerto o se hubiese largado y esto sólo nos retrasaba. Cuando ya nos disponíamos a abandonar la sala escuchamos un leve ruido, fue un único tintineo, como una moneda que cae al suelo; no, una moneda no, más bien una lata, si, una lata había caído al suelo. Los tres lo habíamos escuchado claramente. Provenía del stand de “Rent a car”. Nos dirigimos hacia allí con nuestras armas preparadas. En el momento que iba a arrimar la oreja a la puerta pudimos oír un roce de pies en el suelo y ésta se entreabrió. Su cerradura estaba forzada, alguien desde dentro la había estado empujando para que pareciese cerrada. Retrocedimos un par de pasos.

–  Un zombi no hace esas cosas, debe ser un humano, la pregunta es porque actúa así, seguro que nos ha descubierto ¿Por qué no sale? –Laura se encontraba visiblemente tensa y Shania más intrigada que otra cosa.

  Después de encogerme de hombros me dirigí a nuestro misterioso individuo en voz suficientemente alta pero sin gritar demasiado:

–  Salga lentamente con las manos en alto, nadie le va a hacer daño.

  Después de unos interminables instantes el rostro mugriento y asustado de un adolescente apareció en la puerta. Temblaba ostensiblemente al tiempo que se trataba de proteger la cara con las manos. Parecía inofensivo y asustado, es más, aterrorizado. No era algo muy normal, perdido en un apocalipsis zombi y se ocultaba de nosotros muerto de miedo en lugar de salir a nuestro encuentro feliz de haber hallado a otros seres humanos. Algo muy malo debía haberle ocurrido con otras personas. Bajé mi arma.

–  Hola chico, no temas, nadie te va a hacer daño ¿Quién eres?

  El joven miraba el cañón de la pistola de Shania que continuaba apuntándole a la cabeza. Le hice un gesto para que la bajara.

–  ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Puedes entenderme? –me estaba dirigiendo a él en español, al no responder lo hice en inglés. Ahora si pareció comprender lo que le había dicho.

  Laura se acercó al chico y le acarició la cabeza. El chaval rompió a llorar abrazándose a ella presa de un ataque de nervios. Cuando se calmó un poco Shania le alcanzó uno de los botellines de agua para que bebiese un poco. La terminó en segundos. Tras limpiarse los regueros de mugre que habían dejado las lágrimas en sus mejillas se sentaron en uno de los bancos cercanos y comenzó en inglés el horrible relato de lo que le había ocurrido a la tripulación del 747 el pasado nueve de Agosto.

  “Al finalizar el curso en mayo, mi padre decidió premiarnos a mi hermano gemelo y a mí con un viaje a Dakar. Sabía cuánto nos gustaba a los dos el Rally París-Dakar y las ganas que teníamos de ir. Como en las fechas de la carrera él trabajaba y nosotros teníamos que estudiar pensó que nos gustaría hacer el recorrido que realizaban los participantes.

 

  Partimos hacia Dakar el 16 de mayo. No podíamos estar más contentos. Esa misma noche iniciamos una excursión. Todo era perfecto. Mi padre había contratado un guía que nos llevaba por el mismo itinerario que se realizó en una de las últimas ediciones y nos iba contando múltiple anécdotas de cada una de ellas, parecía haber estado en todas. Esos quince días probablemente fueron los más felices de nuestras vidas. Mi madre falleció el verano pasado, fueron momentos muy difíciles y los tres nos merecíamos ese regalo.

 

  Los problemas surgieron al regresar a Dakar. Allí todo era caos. Las personas se disparaban unas a otras, nadie confiaba en nadie. Nosotros habíamos estado aislados, ni tan siquiera llevamos una radio, ignorábamos por completo lo que estaba ocurriendo en todo el mundo. A las primeras de cambio el guía se largó y nos abandonó a nuestra suerte. Mi padre pensó que lo mejor era ir al aeropuerto, así nuestra Embajada o la de cualquier otro país de la Unión Europea nos podría evacuar desde él.

 

  El trayecto hasta allí será algo que nunca podré olvidar. La gente decía que los muertos se levantaban, que resucitaban, que era un castigo por el comportamiento del hombre. Según mi padre, en África impera mucha superstición así que no les concedimos demasiado crédito, pero desde luego algo había sucedido. Logramos alcanzar la terminal. Fuimos de los últimos que dejaron pasar. El personal de seguridad nos ordenó desnudarnos, íbamos a negarnos, pero los fusiles apuntándonos y el hecho de que el resto de la gente que acababa de entrar no pusiera reparos nos terminó por convencer. Querían comprobar que no estuviésemos heridos, que ningún zombi nos hubiese mordido, zombis ¿Qué zombis? ¿Qué había ocurrido en nuestra ausencia?

 

  No todos pasamos la prueba. Una mujer musulmana, presentaba profundas laceraciones en su brazo derecho, ni siquiera le dejaron explicarse, acabaron con ella de un tiro en la frente. No entendíamos nada. Acababan de disparar contra una mujer desarmada delante de todos y ninguno se opuso ni manifestó el menor inconveniente. Nos llevaron con el resto de los civiles, seríamos entre doscientos y trescientos. Nos confinaron a todos en el restaurante de la terminal. Así nos enteramos de lo que había ocurrido. No era superstición, era verdad, LOS MUERTOS RESUCITABAN y su única intención era comerse a los vivos. Ahí cobraron sentido algunos sucesos acontecidos durante nuestro periplo hasta la terminal, era cierto, los zombis, o lo que fuesen esas cosas, atacaban a los vivos.

 

  Permanecimos allí hasta el ocho de agosto. Ese día la horda de zombis que sitiaba el Aeropuerto terminó por entrar. No sé muy bien como ocurrió pero el interior pronto se convirtió en un infierno. Tuvimos suerte, durante todo ese tiempo trabamos amistad con un irlandés que también estaba de vacaciones. Era copiloto de una compañía de aviación. No paraba de repetir que debíamos intentar huir. Teníamos que llegar a un 747 que estaba en el hangar de mantenimiento, él podría pilotarlo. El problema era la multitud zombi entre nosotros y el aparato. Pero en un instante todo eso cambió, de repente ya no existía otra opción. Teníamos que alcanzar el avión.

 

  Mientras los muertos entraban en tropel acabando con todo el que se cruzaba en su camino, Paul nos guió por una de las pasarelas de enganche, por ella saltamos detrás de los zombis. La verdad es que excitados como estaban con la posibilidad de entrar por fin, pocos se apercibieron de nuestra huida. Seríamos unas setenta personas, de diferentes edades y nacionalidades, hombres, niños, ancianos; todos corríamos, pero no todos lo consiguieron. Al final subimos cuarenta y seis pasajeros, el resto no lo logró, entre ellos mi hermano. No puedo explicar la sensación de seguridad que nos invadió a todos cuando cerramos las puertas del aparato y el grado de culpabilidad que sentimos por aquellos que no embarcaron, lo habíamos conseguido, habíamos escapado, podíamos lograrlo, lástima que parte se hubiese quedado en el camino.

 

  El joven no paraba de limpiarse las gruesas lágrimas que no cesaban de brotar de sus ojos.

 

  Paul comprobó todos los sistemas del avión. Lo puso en marcha: FUNCIONABA, podríamos huir de ese infierno. La cuestión ahora era dónde ir. La información de que disponíamos era que en todo el mundo estaba ocurriendo lo mismo. En ese momento la radio crepitó. Estaba captando una transmisión desde un Buque español, era un barco de la Armada Española, eran soldados, quedaban soldados, nos ayudarían. Intentamos comunicarnos con ellos pero fue inútil. Al menos ya sabíamos a dónde dirigirnos, si quedaban soldados españoles es que España resistía ¿No?

 

  Paul estaba convencido de que tendríamos suficiente combustible así que partiríamos con rumbo a España.

 

  Antes de despegarr, uno de los pasajeros alertó a Paul de que un tipo parecía encontrarse mal. De hecho, cuando llegó a su asiento ya había muerto. Presentaba arañazos y laceraciones en los brazos, no podían ser de ahora. Si estaba infectado y se transformaba en el avión estaríamos perdidos. La única pistola de que disponíamos la tenía el propio Paul, pero sólo le quedaba un proyectil. Algunos apuntaron que tal vez sería mejor lanzarlo fuera, pero la sola idea de volver a abrir nos disuadió a todos y al final, decidimos usar esa bala.

 

  Era noche cerrada, volábamos bajo, no se veía ni una sola luz en tierra, nada, ni una maldita farola encendida, entonces el milagro ocurrió, un aeropuerto perfectamente iluminado apareció ante nuestros ojos, era Dajla. Hacía mucho tiempo que no había luz eléctrica en ningún sitio, y ahí, debajo de nosotros nos esperaba una pista perfectamente iluminada, al igual que todo el edificio; se veían coches circulando y no parecía haber rastro de zombis en los alrededores. Teníamos que aterrizar, seguro que ahí podrían ayudarnos, protegernos.

 

  La aproximación a tierra y el aterrizaje fueron bien, pero al acercarnos al edificio algo falló, Paul dijo que era culpa del aparato, el caso es que nos empotramos contra uno de los muros del Aeropuerto.

 

  El morro del avión atravesó limpiamente la pared y el ala terminó en el suelo. Afortunadamente ninguno sufrimos daño. Los siguientes minutos transcurrieron con todos nosotros recuperándonos del susto y preguntándonos porque nadie venia a ayudarnos, había luces encendidas y vehículos aparcados en los alrededores y, lo que era más importante, no vimos ni rastro de zombis.

 

  Después de esperar treinta minutos escuchando todo el tiempo la misma sinfonía de Beethoven nadie había aparecido. Estábamos nerviosos y ninguno quería permanecer por más tiempo en el avión. La forma más segura de salir era descolgarnos o saltar por la puerta delantera, había quedado dentro del edificio. Podíamos haber desplegado alguna rampa de evacuación, pero todos recordábamos los momentos de terror vividos en el exterior del Aeropuerto de Dakar y la protección de los muros del edificio se nos antojó más segura. Lanzamos todas las mantas y maletas que encontramos para amortiguar la caída y fuimos saltando.

 

  Nos reunimos abajo, sobre las cintas transportadoras de equipaje. Salimos por el mismo hueco que vosotros y nos encontramos con una sala de espera vacía. No lo entendíamos ¿Es que no había nadie? Y ¿Por qué sonaba todo el rato esa música? ¡Ojalá hubiera sido así! ¡Ojalá hubiésemos estado solos! De pronto aparecieron al menos treinta soldados armados, todos eran mujeres. Nos apuntaban descaradamente sin haberse dirigido a nosotros en ningún momento. Instintivamente unos levantaron los brazos y los adultos se colocaron delante de los niños para protegerlos. Todo rastro de euforia había desaparecido de golpe.

 

  Paul se acercó lentamente, con los brazos en alto hasta la mujer que parecía mandar allí. Se dirigió a ella en inglés diciéndole que habíamos logrado escapar de Dakar, que estábamos sanos y necesitábamos ayuda. Que no tenían por qué seguir apuntándonos con sus armas. La mujer no movió un sólo músculo de su rostro. Si entendió lo que le dijo no lo demostró en absoluto. Paul se giró hacia nosotros: “tal vez no comprenden el inglés” se dirigió entonces a la mujer en un francés no tan fluido. Esta vez tampoco se inmutó.

  La situación en la que nos encontrábamos, con unas mujeres vestidas de soldado apuntándonos con fusiles sin mediar advertencia o palabra alguna unido a la misma música que se repetía una y otra vez en un bucle interminable, resultaba del todo incomprensible y surrealista.

  Un ciudadano alemán que viajaba sólo, perdió los nervios y se aproximó a la mujer más de lo que ésta parecía dispuesta a permitir. Recibió un tremendo golpe en el rostro con la culata del fusil. De inmediato su cara se cubrió de un intenso color rojo. Le había partido la nariz. Paul intentó interponerse entre ellos y recibió otro golpe en la mandíbula, cayendo grogui al suelo. Todos comenzamos a gritar de miedo. Una ráfaga disparada al techo nos hizo arrojarnos en todas direcciones. Otras dos personas se acercaron con las manos en alto para ayudar a Paul y al alemán, les levantaron, ambos mostraban las caras completamente llenas de sangre y se encontraban a punto de desmayarse.

 

  La mujer que parecía la jefa nos ordenó que fuésemos hacia el restaurante con un seco:”VAMOS”. Fue lo único que le escuchamos decir.

 

  En el restaurante nos obligaron a permanecer juntos en la parte de atrás. Los soldados seguían apuntándonos con sus armas como si fuésemos un claro peligro para ellos. Entre varios adultos tumbaron al alemán en una de las mesas, había perdido el conocimiento. Paul se encontraba mejor pero sólo era capaz de repetir ¿Por qué? una y otra vez.

 

  Mi padre me mantenía agarrado cerca de él. La gente elucubraba a cerca de los motivos de esas mujeres para comportarse así con nosotros. Alguno apuntó que tal vez querían verificar que no estábamos infectados antes de atendernos, como cuando tuvimos que desnudarnos en el aeropuerto de Dakar para demostrar que no presentábamos ninguna herida.

 

  Yo estaba aterrado. No le quitaba ojo a la mujer que había al lado de la jefa, llevaba in auricular en el oído y parecía estar recibiendo instrucciones todo el tiempo por él. Se llevó una mano a la oreja donde tenía colocado el auricular y pidió: “Repita” entonces nos miró, su rostro se tornó blanco. Buscó los ojos de la otra y con un asentimiento de cabeza le confirmó lo que debían hacer.

  El infierno se desató, todas las mujeres comenzaron a disparar sobre nosotros sin previo aviso con la sinfonía de Beethoven de macabra banda sonora. Podía ver como los impactos iban alcanzando los cuerpos de la gente, como arrancaban trozos de carne y unos regueros de sangre salpicaban a los más cercanos y otros acababan cubriendo todo el suelo de color rojo. El sentimiento de sorpresa, frustración, de no comprender porque de la gente, era indescriptible, nadie reaccionaba, ni siquiera intentamos escapar. En ese momento entendí las imágenes que había visto en más de una ocasión en las que los judíos se dirigían de forma pacífica a la pared sobre la que les iban a ejecutar, sin oponer la más mínima resistencia ¿Para qué?

  Mi padre me rodeó con su cuerpo, dio la espalda a las asesinas uniformadas y me abrazó por última vez. En pocas horas iba a perder a sus dos hijos. Podía sentir los impactos en su espalda, con cada uno de ellos su cuerpo se estremecía y la vida se le escapaba. Cayó todo lo grande que era sobre mí en un último intento de protegerme susurrando: “No te muevas, hazte el muerto”. Fue lo último que alcanzó a decir. El consejo estaba de más, aunque hubiese querido tampoco habría podido moverme, estaba paralizado, los miembros no me respondían.

  Los disparos cesaron. En todas direcciones se escuchaban lamentos de personas moribundas como letra de la maldita música de fondo. En alguna dirección volví a oír la voz grave de esa mujer ordenando que rematasen a los muertos. Las otras se fueron acercando a los supervivientes y, pegándoles el cañón del fusil a la cabeza, les iban rematando. Estaba finalmente jodido, el plan de mi padre no funcionaría.

  Ya tenía cerca a una de las asesinas, acababa de disparar sobre un niño, que seguro que ya estaba muerto, caído junto a mí. Pero entonces todo cambió. Comenzaron a escucharse disparos lejanos, parecían provenir de los pisos inferiores. Las luces se apagaron, ya no volverían a encenderse, y gritos inhumanos desgarraron el aire y esa horrible música cesó por fin. Conocía esos alaridos, eran zombis. Podía incluso olerlos sobre el aroma de la pólvora reciente. Las mujeres comenzaron a disparar en todas direcciones. Montones de zombis habían aparecido de repente de algún sitio. Las paredes del restaurante se iluminaban con los destellos de las detonaciones. Seguí sin moverme, tampoco hubiera sido capaz. Los soldados se estaban viendo desbordados. Gritaban órdenes incompletas y sin sentido, el desconcierto era evidente. Pedían a gritos refuerzos al tiempo que retrocedían fuera del aeropuerto.

  Podía oír el arrastrar de los pies de los zombis saliendo en su busca, podía sentir su eterna sed de sangre pero permanecí inmóvil.

  De algún lugar del exterior recibieron refuerzos, los disparos provenían ahora de fuera. Mientras parte de ellas se enfrentaban a los muertos otras se encargaron de sellar la escalera de acceso a los niveles inferiores. Colocaron todo tipo de objetos a modo de barricada para evitar que esas cosas continuaran saliendo.

 

  El caos dio paso a unos minutos de silencio, los disparos de las armas de los soldados dejaron de escucharse. En unos primeros momentos pareció que habían logrado controlar la situación, pero al poco tiempo los tiros continuaron. Provenían de los pisos de abajo.

 

  Por lo que pude escuchar los jefes habían logrado salir, pero en los niveles inferiores quedaban todavía soldados vivos enfrentándose a los zombis. Tras un rato de deliberaciones todos los soldados que estaban fuera se marcharon. Pocos minutos después pude escuchar como un avión pasaba acelerando por la pista. El estruendo posterior se tuvo que oír en todo Marruecos. En ese momento no sabía que había ocurrido, pero al día siguiente, cuando me asomé al exterior y vi  el yet completamente quemado junto a la verja del perímetro me sentí profundamente reconfortado, desee que hubieran sufrido mil veces más que cada uno de los hombres que mataron el día anterior.

 

–  Un momento –interrumpí— ¿Dices que sólo unas pocas personas escaparon y que luego se estrellaron en ese avión?

–  No –el chico continuó ya mas repuesto.

  Unas horas después, no sé cuantas, yo seguía debajo del cuerpo de mi padre, abrazado a él, inmóvil, y escuché como un helicóptero se ponía en marcha y se alejaba. Desde entonces he estado acompañado únicamente por los alaridos provenientes de abajo, no he vuelto a ver a ninguna otra persona, hasta que llegasteis vosotros.

 

  El muchacho parecía haber recobrado la entereza tras acabar su narración.

  Nos miramos los tres; con lo que nos había contado, unido a lo que nosotros habíamos observado directamente, podíamos hacernos una idea aproximada de lo ocurrido, lo que no teníamos forma de adivinar era el motivo por el que los zombis se vieron liberados.

  De todas formas, la confirmación de que parte de la guarnición de la Base, junto a su Jefe había muerto en el accidente del yet me dejo tan tocado que tuve que sentarme para no terminar en el suelo. Si mi hija era tan importante como suponíamos estaría cerca de las personas al mando y eso significaba que ahora estaba muerta.

  Laura adivinó mis pensamientos.

–  No podemos estar seguros de que tu hija embarcase en ese avión, también podría haber huido en el helicóptero que huyó posteriormente. Además, no creo que el muchacho estuviese en el mejor estado mental para dilucidar lo que ocurría a su alrededor y tampoco tenemos forma de saber quien huyó en cada medio de transporte –esto último me lo susurró al oído para que el chico no lo oyese.

–  ¿Una niña? No había ninguna niña entre las personas que salieron hacia el avión, seguro, yo intentaba ver algo desde abajo del cuerpo de mi padre y, aunque sólo las linternas que llevaban los soldados iluminaban el interior, estoy seguro de que no había ninguna niña con ellos, únicamente los soldados asesinos embarcaron en el avión.

–  Parece que finalmente tendremos que bajar al infierno –interrumpió Shania— si no nunca podremos estar seguros.

–  ¿Bajar? Estáis locos, no podéis bajar, los zombis andan sueltos, se les puede oír al otro lado de la barricada que improvisaron en la escalera y debe haber muchos, demasiados. Yo no pienso bajar ahí, no bajaré, no podéis obligarme, no…

–  Tranquilo…, tranquilo chaval –me di cuenta que no sabía su nombre— ¿Cómo te llamas?

–  Will, William, todos me llaman Will –su ceño no podía estar más fruncido y su cabeza negaba sin parar.

–  Bien Will, escucha; no queremos que vengas con nosotros. Tú permanecerás aquí, escondido, como hasta ahora. Nosotros bajaremos.

–  Pero, no podéis hacer eso, no podéis bajar, os matarán, no he visto a ninguna otra persona por aquí, que no fuera una de esas asesinas; si os vais volveré a quedarme sólo y no creo que pueda soportarlo.

–  Verás Will –busqué con la mirada la complicidad de Laura y Shania— no estamos solos, hay más personas…

–  Pero ¿Dónde? En el coche ibais vosotros solos ¿Dónde están los demás? ¿De donde son? ¿Hablan inglés? –el joven cada vez se mostraba más excitado ante la perspectiva de haber encontrado más gente.

–  Tenemos un barco, un catamarán enorme, cogerás de sobra. En él nos esperan Mariano, Iván y Thais, y también el pequeño Jorge. Todos son españoles, pero no te preocupes por el idioma, os entenderéis perfectamente –esperé unos instantes para que asimilara lo que acababa de decirle, de pronto parecía haberse quedado mudo— Quiero que te escondas donde hasta ahora, danos dos horas de plazo, si en ese tiempo no hemos regresado ve a nuestro coche ¿Sabes conducir? –un asentimiento me lo confirmó— bien, las llaves están en el salpicadero, el coche es automático. En el navegador está guardada la posición del catamarán, no está lejos. Cuando llegues al barco dile a Iván que debe hacer lo que le dije.

–  Pero ¿Y si no me dejan subir, o no me entienden? ¿Y si me disparan porque creen que os he hecho algo?

  Los tres sonreímos.

–  Créeme, sabrán que no nos has hecho nada, ellos no son como los soldados de aquí, son buenas personas y te acogerán y ayudarán en lo que puedan. De todas formas –me quité el reloj que me había acompañado desde que desperté en el CNI y se lo alargué al chico—enséñaselo a Jorge, dile que ha sido mi último regalo para él, ten la seguridad de que nada te pasará.

–  Pero…no bajéis ahí, por favor, vámonos todos.

–  Eso es imposible Will, mi hija podría estar abajo, tengo que averiguar si sigue viva –la mirada del chaval me indicaba que no podía entender mi postura— Tu padre habría ido a cualquier parte a buscarte, protegió tu vida hasta el último aliento de la suya, eres su hijo, tenía que hacerlo y yo también debo hacerlo –bajando la vista se dio por convencido finalmente.

–  Espero que encuentres a tu hija y podamos huir todos de aquí –dos lágrimas volvían a brotar de sus ojos.

–  Jose –Shania se empezaba a impacientar— tenemos que irnos ahora, ya.

–  Ve a esconderte y recuerda; espera dos horas, volveremos a por ti.

  El chico se dio la vuelta y volvió caminando cabizbajo hasta el sitio en el que había permanecido escondido a la vez que mirando la hora, las cinco menos veinte, parecía calcular el tiempo que nos quedaba de vida, antes de las siete estaríamos muertos. No creo que confiase demasiado en nuestro éxito, no podía culparle por ello, esta vez la cosa estaba más difícil que nunca.

  Ya habíamos perdido demasiado tiempo con el chaval. Sabía que era cruel pensar así, no nos podíamos imaginar lo que ese chico había sufrido, pero ahora debíamos concentrarnos en recuperar a Sandra.

  Nos aproximamos haciendo el menor ruido posible hasta las escaleras de acceso a las plantas inferiores. El chico tenía razón, el paso estaba obstruido con todo tipo de muebles y objetos. Aun con el infinito cuidado que pusimos, los zombis del otro lado no tardaron en descubrirnos. Al momento comenzaron con su sinfonía de alaridos, gruñidos y lamentos horripilantes. Podíamos sentir como se iban excitando, volvían a golpear la barricada que les impedía llegar hasta las nuevas presas descubiertas y gritaban de frustración al no conseguirlo. Nos alejamos de allí, mejor no tentar al diablo.

  La otra forma de acceso, el ascensor, estaba inutilizado. En el hueco apenas había luz. Un rápido vistazo alumbrando con nuestras linternas nos reveló dos cosas; la primera, que la caja del elevador parecía haberse quedado parada en el piso de abajo, eso nos impediría continuar bajando, tampoco existía hueco suficiente entre las paredes y el ascensor así que por allí tampoco había nada que hacer, la segunda, que en el techo aguardaban expectantes dos zombis que debían haber caído en los momentos de más tumulto. En cualquier caso teníamos que buscar otra forma de descender.

  Sólo nos quedaba una, el montacargas. Un elevador capaz de subir y bajar materiales de gran tamaño, según Shania cabía un Hummer de sobra.

  Llegar hasta allí fue sencillo. Las puertas se encontraban abiertas, menos mal, si hubiéramos tenido que forzarlas habríamos hecho demasiado ruido, eso suponiendo que lo hubiésemos logrado. Al igual que el hueco del ascensor, por éste tampoco se veía prácticamente nada. Iluminamos con las linternas hacia abajo. Allí estaba la cabina del montacargas parada en el piso inferior. La buena noticia era que en los laterales existían escaleras de acceso sujetas a las paredes, el descenso no entrañaba dificultad y, por si fuera poco, la trampilla existente en el techo se encontraba abierta. La mala era que el acceso al montacargas desde el nivel inferior, es decir, desde el piso de abajo, estaba también abierto. Si los zombis nos descubrían y se acercaban en masa terminarían por caer por el hueco como ya habíamos visto en otras ocasiones.

  Shania bajaba por una de las escaleras y Laura por la otra. Yo permanecía arriba iluminando el descenso de ambas con sendas linternas. En el hueco del elevador costaba trabajo respirar, seguramente en las plantas inferiores sería aún peor; sin energía, los extractores para renovar el aire no funcionaban, menos mal que los zombis no consumían oxígeno.

  Nada más pasar el piso menos uno Shania resbaló, logró volver a agarrarse en el último momento a la escalera pero no pudo evitar que el fusil que portaba al hombro se precipitase al vacío. Lo vi caer a cámara lenta décima de segundo a décima de segundo, hasta que se estrelló contra el techo de la cabina y acabó entrando en el interior. El vacío del hueco del ascensor acentuó aún más el sonido que produjo. Un segundo después ya podíamos escuchar el concierto de lamentos y gemidos dirigirse hacia allí. Había que darse prisa, enseguida los tendríamos encima. Dejé de alumbrar y comencé a descender por la misma escalera que Shania.

  Laura bajaba por la otra, la más cercana a la puerta del nivel uno y aún no la había sobrepasado. Al dejar de recibir luz directa de la linterna resbaló gritando y a punto estuvo de caer. Se cogió con fuerza a los peldaños, estaban llenos de algo pegajoso y resbalaban mucho. Iba a continuar el descenso cuando sintió como algo tiraba de su pelo, una mano la agarraba de la coleta intentando subirla. Al mirar hacia arriba descubrió con horror al zombi que la sujetaba. Era una de las mercenarias, le faltaba toda la mandíbula inferior, se la habían volado de un disparo, disparo que no acabó con ella y ahora la tenía a su merced. La veía resistirse pero la zombi tiraba cada vez con más fuerza de ella intentando elevarla, estaba alargando su otro brazo para ayudarse con él. Al momento siguiente comprobó como esa presión cesaba y podía continuar bajando de nuevo. Al mirar arriba mientras seguía descendiendo comprobó el motivo, a la zombi ahora también le faltaba la mano derecha además de la mandíbula inferior. Yo se la había cercenado limpiamente con la pequeña espada de Jorge. Tuvo que sacudir varias veces fuertemente la cabeza para que la mano de la muerta, que seguía agarrando su coleta, se desprendiese.

  A pocos peldaños del techo del montacargas Laura saltó, Shania ya esperaba allí. Yo iba más retrasado. Tras pasar por las puertas del nivel uno vi como varios zombis se hallaban agolpados en el hueco y al final del pasillo iban llegando otros. Descendí unos cuantos peldaños más y salté también. En el interior del elevador me esperaban Laura y Shania. En un primer momento me asusté, las dos mujeres llevaban las manos llenas de sangre, sus ropas también estaban manchadas de un rojo oscuro. Cuando me alumbré las mías comprendí lo que había pasado; eso pegajoso que tocábamos en la escalera era sangre, en algún momento alguien debió utilizarlas como vía de escape.

  ¡PLANC! ¡PLANC!

  Dos zombis se acababan de estrellar contra el techo del montacargas

–  Debemos apresurarnos, el Laboratorio está a la vuelta de ese pasillo. Si hay algún sitio en el que pudiese permanecer tu hija ese lugar es el Laboratorio. Hay que irse ya, en breve esto estará lleno de zombis –creo que era la primera vez que veía a Shania un poco nerviosa.

  Costaba trabajo respirar, la concentración de oxígeno debía ser muy pobre, otra dificultad añadida. Iluminé con la linterna hacia donde me había indicado. Todo estaba a oscuras. Nuestras linternas se movían en todas direcciones emulando a las espadas de la Guerra de las Galaxias ¿De dónde coño había sacado yo ese recuerdo ahora? Procedente del techo del elevador escuchamos como varios zombis seguían cayendo desde el primer nivel. Por el lado contrario al que decía Shania ya venían tres cuerpos tambaleantes, pertenecían a tres mercenarias. Si abríamos fuego contra ellas llamaríamos aún más la atención y si quedaba algún monstruo por descubrirnos seguro que lo haría. Echamos a correr en la otra dirección, teníamos que alcanzar el Laboratorio lo antes posible.

  Al girar el recodo tuvimos que frenar en seco, una media docena de zombis se aproximaban por allí. Ya no había otra solución. Entre Shania y yo los abatimos de un par de ráfagas. Los destellos de las detonaciones iluminaron el pasillo y dejaron entrever la caída de los cuerpos al ir recibiendo los proyectiles en sus cabezas.

  Saltamos sobre los cadáveres y continuamos corriendo hacia nuestro ansiado destino. La puerta del Laboratorio estaba incomprensiblemente abierta, eso no podía significar nada bueno. La atravesamos y mientras Laura y yo nos asegurábamos de que el interior estuviese libre de zombis Shania manipulaba la pesada puerta intentando usar el cierre manual para bloquearla.

–  ¡Jose! Sujeta la puerta, hay que conectar el generador auxiliar, si no jamás lograremos cerrarla.

  Mientras Laura permanecía atenta a cualquier sonido procedente del interior trazando haces de luz con la linterna al escudriñar todos los rincones y yo empujaba la puerta, Shania trasteaba en una consola con múltiples interruptores. Después de varias pruebas un zumbido comenzó a sonar aumentando de volumen poco a poco hasta estabilizarse, en ese instante la estancia se iluminó y los cierres electrónicos de la puerta se activaron, por fin estábamos seguros dentro, al menos mientras hubiese electricidad.

  Hacía un calor asfixiante, todos estábamos deseando deshacernos de los chalecos, de la camiseta y de lo que hiciese falta para conseguir refrescarnos lo posible, pero aún no habíamos limpiado el Laboratorio.

  La habitación en la que nos encontrábamos podría haber pasado por un despacho cualquiera. Había varios puestos de trabajo, con mesas repletas de papeles, cuadernos, libros y un portátil en cada una. Todo, mesas y sillas, se encontraba disperso sin llegar a estar desordenado, era como si hubiesen repartido los muebles por la habitación de esa forma por alguna razón concreta, tal vez para crear puestos de trabajo diferenciados, no sé, qué más daba. Algunas de las sillas se encontraban desordenadas y fuera del lugar que parecían tener asignado cuando no directamente patas arriba. Allí había habido ajetreo y eso sólo podía significar una cosa: zombis. La estancia disponía de otras dos puertas además de la de salida. Una era un baño lleno de trastos para el aseo personal de alguien. Daba la impresión de que su propietario pasaba muchas horas allí. La otra conducía a una estancia intermedia presurizada de descontaminación. Era una medida de seguridad existente en los laboratorios en los que se trabajaba con agentes infecciosos.

  Atravesamos la estación de descontaminación y entramos en el verdadero laboratorio. Aquí sí que uno tenía la impresión de encontrarse dentro de una instalación de ese tipo. Tubos de ensayo, probetas, morteros, pipetas, jeringuillas, guantes, y lo que más nos estremeció; un armario nevera con un teclado numérico que supusimos permitía su apertura tan solo a personal autorizado y que emitía un pitido intermitente, una especie de alarma. Puede que muestras del maldito virus que diezmaba a la Humanidad permaneciesen allí custodiadas. Estaba cerrado. No era experto en el tema pero supuse que lo que quiera que se guardase en neveras de ese tipo debería mantenerse a una determinada temperatura, de ahí que sonase ese sonido de aviso. Al interrumpirse la corriente esa premisa no se habría mantenido y las muestras que hubiese dentro seguramente se habrían dañado. Al menos parecía completamente estanco, sellado, así que nada habría escapado, pero como no podíamos estar seguros nos alejamos de él. Algo absurdo pues si en el aire hubiese virus liberado ya estaríamos contagiados o muertos.

  Al fondo de la habitación en la que nos encontrábamos se escuchaban golpes y gemidos, ahí estaban, ya tardaban en aparecer. Los sonidos parecían provenir de una cámara acristalada que permanecía completamente a oscuras. Shania buscó el interruptor y al accionarlo nos encontramos con dos zombis golpeando el grueso cristal blindado. Estos eran los típicos zombis pulcros que nos habíamos ido encontrando, dos varones, no se les apreciaban heridas a simple vista, se diría que hasta tenían buen aspecto aunque sus ojos extremadamente rojos indicaban su naturaleza.

  La puerta que les impedía llegar hasta nosotros estaba cerrada, imposible abrirla. Parecía funcionar también electrónicamente. En el habitáculo no había nada, tan solo un respiradero superior y una especie de desagüe en el suelo, eso era todo, bueno, todo no, perfectamente distribuidos por todo el techo podíamos ver múltiple orificios, amén de una mesa que los zombis se habían ocupado de poner patas arriba.

– ¿Qué clase de sitio es ese? –preguntó Laura dando unos golpecitos en el cristal blindado como para evaluar su consistencia.

–  Es una cámara de… no recuerdo el nombre exacto, pero en ella es donde se realizan los experimentos más peligrosos. Si algo falla, para evitar fugas todo lo que hay en su interior se destruye.

–  ¿Qué quiere decir que se destruye? ¿Cómo se destruye? –Laura ya le dedicaba la peor de sus miradas.

–  Pues eso, que todo se volatiliza, bonita. Se produce una combustión bestial y, simplemente, cualquier cosa que hubiese en su interior desaparece, resulta calcinado en segundos y los pocos restos que puedan quedar se eliminan por aquella especie de desagüe –terminó señalando al suelo. Es como una gran barbacoa.

–  ¿Cómo sabes tú eso? –interrogó Laura cabreada ya con su respuesta incluso antes de que se produjese.

–  En una ocasión, hace tiempo presencié un experimento de ese tipo, no con el virus zombi, antes, y tampoco fue aquí, pero la función es la que os he explicado.

–  ¿Por qué el acceso permanece sellado ahora? –pregunté.

–  Eso ya no lo sé, supongo que se quedaría así, menos mal ¿Eh?

  Ya no teníamos más lugares en los que mirar, no había más zombis que los encerrados en la “barbacoa”. Era un callejón sin salida. La puerta por la que entramos estaba celosamente guardada por centenares de seres infectados deseando desgarrar nuestras gargantas. Era el fin, todo terminaba aquí. Me senté en una de las banquetas, delante de una especie de mostrador de experimentación lleno de tubos de ensayo y mierdas de esas. De pronto me encontraba completamente agotado.

–  Lo lamento, siento que esto tenga que terminar así, aunque –permaneció un instante en silencio— aunque por algún extraño motivo desde siempre supe que moriría a tu lado.

  Shania se había sentado junto a mí a horcajadas en otro taburete mientras Laura volvía a atravesar la estación de descontaminación mascullando algo por lo bajo.

–  ¿Cuánto durará el sistema de emergencia?

–  No estoy segura pero no creo que más de veinticuatro horas, cuarenta y ocho como mucho.

  La sensación de calor parecía estar remitiendo, se percibía algún tipo de refrigeración. Podíamos intentar pararlo, así tal vez dispusiéramos de más tiempo, pero ¡qué coño! Si íbamos a morir, mejor acabar frescos.

  Shania se quitó el chaleco y yo la imité. Los dos teníamos la ropa empapada. Me cogió de la mano.

–  Lo siento Jose, de verdad que lo sien…

–  ¡Venid aquí! ¡Rápido! –Laura la interrumpió con una llamada sonó entre asustada y excitada.

  Los dos nos aproximamos pistola en mano pero cuando entramos en los despachos no vimos nada; se había esfumado, no estaba.

–  Pero  ¿Qué coño…

  Los dos intentábamos encontrar el lugar por el que había desaparecido Laura. Inconscientemente juntamos nuestras espaldas girando en círculo y cubriéndonos con las pistolas esperando que, en cualquier momento, del sitio menos esperado apareciese el grupo de zombis que la había atacado.

  El leve crujido nos hizo apuntar a un tiempo hacia un punto indeterminado de la pared desnuda. No había nada, sin embargo, ese ruido volvió a hacerse patente y la pared se plegó.

  Era una puerta, una puerta disimulada en la pared y de ella salió Laura sonriente con una muñeca de trapo en las manos. Las levantó confundida al vernos apuntándole a la cabeza.

–  Creo…creo que tu hija estuvo aquí –se fue aproximando hasta poner delicadamente la muñeca sobre mis manos.

  Shania ya estaba inspeccionando el interior de la habitación.

–  Hay dos literas, creo que aquí han estado conviviendo dos personas, un varón, probablemente musulmán y una niña.

  Laura se acercó a mí al ver la expresión de odio en mis ojos sujetándome por los hombros.

–  No creo que el hombre que estaba con ella le hiciese daño, la habitación presenta un estado de desorden infantil que… no se percibe violencia, al contrario. Fíjate, hay figuritas de papel en las estanterías y varias muñecas confeccionadas con ropas usadas. Creo que quien estaba aquí con ella la protegía… de algún modo.

–  Por una vez opino lo mismo que ella –Shania salió de la habitación enfundando su arma e invitándome a pasar al tiempo que me tendía una hoja de papel.

  Eran trazos dibujados por una cría. Se distinguían perfectamente los tres personajes, la mamá, el papa, y la pequeña plasmada cogiendo a su padre de la mano. Estaban coloreados de forma discontinua y a menudo saliéndose del contorno de la figura. Las caras y las partes del cuerpo de un color anaranjado fuerte, la melena rubia de la madre coloreada de amarillo claro, el pelo más corto pero de idéntico color del padre y por fin las dos coletitas también amarillas de la pequeña. Debajo de ellos, escrita con letra de niña pequeña en un estilo aún sin definir se podía leer: “para mi papa

–  Hay una carpeta llena de ellos y en todos los que he ojeado sales tú –Laura me apuntaba con su mano en dirección a la litera de abajo donde estaba abierta la carpeta— tu hija no te olvidó.

 

  Me aproximé hasta allí y, sentándome sobre la cama en la que parecía haber estado mi pequeña durmiendo durante este tiempo, fui pasando todos los dibujos uno por uno, lentamente, intentando ver lo que ella había visto o se había imaginado para realizar cada uno de ellos. Tratando de recordar algo más acerca de mi vida con ella y con su madre. No fui capaz, ni un solo recuerdo afloró a mi mente y eso me hizo sentir enormemente desdichado.

 

  Después de respetar durante unos momentos mi intimidad Laura regresó a la habitación y sentándose junto a mí comenzó a acariciarme suavemente la mano.

 

–  Estoy segura que tu hija no se olvidó de ti en ningún momento, tan solo tienes que mirar esos dibujos para darte cuenta.

–  Ha estado aquí hasta hace muy poco, he llegado tarde y ahora no tengo nada, no se por donde seguir y aunque lo supiera tampoco podríamos escapar. Déjame a solas por favor.

–  Jose, creo que debes ver esto, ven aquí –Shania me llamaba desde la otra habitación.

  Dudé unos instantes si ir con ella o seguir contemplando los dibujos de mi pequeña pero al final una especie de fuerza oculta me obligó a incorporarme y caminar hasta ella.

  Me estaba señalando un sobre blanco grande, tamaño folio. En el centro del mismo, escrito con un rotulador muy grueso, se leía en enormes letras azules:

   SERGEANT

  El corazón me dio un vuelco. Me acerqué a la mesa donde permanecía depositado el sobre. Me senté y acaricié los bordes dudando si merecía la pena abrirlo o era mejor acabar en una adormecedora ignorancia. Al final mi ansia de saber pudo más, giré el sobre y lo abrí, no estaba cerrado. En su interior descansaba únicamente una agenda, un diario con el logotipo de la petrolera Shell, de las que regalaban como publicidad. La observé por el canto, las hojas se veían como onduladas, indicando claramente la primera fecha en la que comenzó a usarse. Apreté el dietario para tratar de cerrarlo y dejarlo como debió salir de fábrica, imposible, demasiadas páginas manuscritas. Laura y Shania me observaban en silencio.

  Por fin lo abrí cuidadosamente por la primera hoja que parecía estar rellena. Leí con curiosidad las anotaciones iniciales, era una especie de diario personal de un tal Abdel Sami

5 de mayo de 2.011. El castigo de los infieles se acerca, Ashraf Malik ha logrado obtener el virus definitivo. Por fin acabaremos con la maldita ciudad del pecado, por fin Nueva york perecerá víctima de su desapego, de su forma de vida, y si no claudican, el resto de ciudades estadounidenses le seguirán.

  Ahí acababan las anotaciones de ese día, pasé la hoja para continuar leyendo pero Laura me cogió la mano

–  ¿No nos lo vas a traducir?

  Era cierto, el texto estaba escrito en árabe y había comenzado a leer de forma natural, sin pararme a pensar si ellas lo entendían o no. Se lo traduje y continué con la siguiente fecha, ahora ya leyendo en voz alta.

12 de mayo de 2.011. Me han engañado. Como a tantos otros. ¡Cómo pude ser tan estúpido! Me han utilizado, lo mismo que al resto de nosotros. No pretendían hacer pagar a los infieles, tan solo lograr poder, poder sobre todos, estar por encima de Gobiernos, Estados, Naciones, personas, incluso por encima de Dios. Pero no contaron con la voluntad de Alá, su ira ha estallado, los muertos vuelven del infierno para destruirlo todo, es nuestro castigo.

 

14 de mayo de 2.011. Abdel Samad ha sido asesinado. Logró obtener una vacuna, no servía para anular el virus en todos los casos, tan sólo en las dos horas siguientes a haber sido infectado, pero no se lo comunicó a la Organización, dividió el compuesto en dos y trató de sacarlo del Complejo. Consiguió engañar a todo el mundo, pero lo único que consiguió fue retrasar lo inevitable. Ahora sólo disponemos de un componente de la vacuna, el otro ignoramos donde lo pudo enviar o si simplemente la destruyó. Esto está lleno de espías y delatores. Le descubrieron pero no consiguieron evitar su sabotaje. No confío en nadie. Han ordenado a Ashraf Malik que continúe con los estudios de Samad, yo debo ayudarle.

15 de mayo de 2.011. Todo se ha torcido, lograron descubrir donde había ido a parar la muestra que robó Samad, pero una vez más Alá se ha puesto en su contra. El individuo que la tenía ha desaparecido sin dejar rastro. Ahora sólo queda nuestra capacidad para reproducirla.

 

17 de mayo de 2.011. Lo han hecho, han liberado el virus sin tener en su poder una cura. Todos estamos condenados. He visto la capacidad de supervivencia de esas cosas, no tenemos nada que hacer. Nuestra propia civilización será la causa de nuestra destrucción.

 

1 de junio de 2.011. Los muertos colman los hospitales. Pronto los dejarán vacíos. Seguimos sin dar con la cura. La situación aquí cada vez es más tensa. La insubordinación se castiga con la muerte. Hoy Ella ha bajado al laboratorio, creo que se está volviendo loca, si es que alguna vez estuvo cuerda. Venía con una niña. Nos ha encomendado su custodia.

 

  Un estremecimiento recorrió todo mi cuerpo al leer la mención a mi hija.

 

15 de junio de 2.011. La situación aquí se deteriora por momentos. Ella teme un motín y ha ideado una forma de mantenerse a salvo. Malik le ha dicho que el compuesto se agota, que la única solución es inyectárselo a alguien y utilizar su sangre a modo de suero así que ha cogido las dos últimas muestras que nos quedaban, se ha inoculado una y la otra se la ha inyectado a la pequeña. Quiere que sea a la niña a la que le extraigamos sangre para nuestras pruebas.

20 de junio de 2.011. Ha acabado con Malik, le ha ejecutado. Cuando le dijo que no creía que fuésemos capaces de obtener la cura le disparó en la frente, delante de mí y de la niña. Después giró su arma y, apuntándome a la frente, me preguntó si yo sería capaz de encontrarla. Le dije que si, creía que iba a morir, incluso me oriné en los pantalones. Me ha ordenado que intensifique las pruebas.

25 de junio de 2.011. No entiendo como una persona puede llegar a estos extremos. La comida y el agua comienzan a escasear. A pesar de que a los prisioneros se les da la mínima ración muchas voces se oponen a compartir esos víveres. La “solución final” ha sido monstruosa, como todas las decisiones tomadas hasta ahora. Han expuesto a todos los prisioneros al virus, creen que así tendremos cobayas para mucho tiempo sin gasto de alimentos, cuando es todo lo contrario. No me he atrevido a decirles que es inútil, que nunca obtendré la cura, y que en cualquier caso el suero ya no tendría ninguna utilidad, el proceso es irreversible pasadas dos horas; soy tan culpable como ellos, no puedo odiarme más, sin duda yo también tendré mi castigo.

  Pasé varias páginas.

1 de julio de 2.011. Me es imposible seguir haciendo esto, en estos días le he ido cogiendo cariño a la pequeña. Ella es la única nota de cordura en este mundo acabado. Siempre tengo a alguien supervisando mis experimentos, así que debo continuar con este teatro. No lo entiendo pero a pesar de mis continuas extracciones de sangre no se enfada. Dice que está segura de que obtendré la cura. Ni siquiera se queja, pero cada día se encuentra más débil y si sigo sacándole sangre morirá. Ya no tiene fuerzas, sus ojos ya no brillan, ya no se ríe, ya no dibuja.

  Sentí como Laura me tocaba el hombro y me acercaba un pañuelo de papel. No entendí el motivo hasta que me señaló mi mano cerrada, había apretado tanto que mis uñas terminaron por clavarse en la palma hasta hacer brotar la sangre.

4 de julio de 2.011. La niña ya está mejor. He ideado una forma de burlar la vigilancia y así evitar tener que seguir sacándole sangre. Incluso ha recuperado el color, pronto se repondrá del todo. Sé que nunca seré capaz de descubrir ese antídoto, podría vivir cien años y nunca lo conseguiría. He logrado escabullirme unos instantes y he desangrado a una loca muerta en el último enfrentamiento entre ellas. Tengo sangre para mucho tiempo. De todas formas el resultado es el mismo, soy consciente de que no le llego a Malik a la suela de los zapatos y mucho menos a Samad. He de concentrarme en conseguir mantenernos con vida.

25 de julio de 2.011. Hoy Claude me ha contado algo increíble. La niña tenía razón, siempre decía que su padre seguía vivo y que vendría a buscarla. Según parece le han localizado en España saliendo de la sede del CNI en compañía de una mujer. Pronto le traerán aquí. Él porta en su sangre el otro componente, tal vez quede una esperanza.

 

27 de julio de 2.011. Han perdido el rastro de ese hombre. Esperan poder recuperarlo en Valencia. Se lo he contado a Sandra pero nada la deprime, su optimismo es encomiable y, desde luego lo único que me da ánimo para continuar. Hoy también he decidido transformar el pequeño almacén en una habitación para nosotros dos con la ayuda de Claude; así podremos encerrarnos en caso de necesidad. Se están produciendo asesinatos todas las noches, las antiguas rencillas y las nuevas, fruto de esta maldita situación, se solucionan a cuchillo. El orden está desapareciendo.

1 de agosto de 2.011. Sus gritos viajan por todo el edificio castigándonos por nuestra maldad. Nadie quiere estar cerca del lugar donde han encerrado a los zombis. Nadie quiere vigilarlos. Sus alaridos terminan por volver locas a las centinelas. Lo ideal sería acabar con ellos pero ahora ya es imposible. Para no escuchar sus horribles gritos suena continuamente a máximo volumen en todo el complejo “Para Elisa” de Beethoven; es surrealista. A la única que no parece afectarle es a Sandra, dice que le gusta mucho, parece que era la sinfonía preferida de su madre, no se cansa de oirla.

  Por más que me esforzaba no conseguía que aflorase ningún recuerdo a cerca de eso, nada. Seguí leyendo.

9 de agosto de 2.011. Ahora sí que es el fin, todo se ha ido a la mierda. Seguimos vivos gracias a Claude. Cuando la electricidad cesó en el complejo. Después de la masacre de los pasajeros del 747. Tengo que tranquilizarme, no logro ordenar mis pensamientos. Después de que un 747 se estrellase contra el aeropuerto. Pobre gente, creían que estaban salvados, que les ayudaríamos y lo que encontraron, lo que encontraron fue la muerte, un final miserable pero esa fue la gota que colmó el vaso. Parte de la guarnición se intentó oponer a la masacre y fruto de los tiroteos cruzados, no sé muy bien como ocurrió, la electricidad se interrumpió y con ella la protección que evitaba que esas cosas escapasen. En segundos se desató el infierno, los zombis se echaron encima de los soldados, estos intentaron contenerlos pero fue inútil, al poco tiempo corrían por la terminal, libres. Ella se puso al mando, seguían constituyendo un ejército temible. Consiguieron evitar que todos escapasen obstruyendo las escaleras, al no funcionar los ascensores ninguno podía ya subir, pero ahora vagan libres por los dos niveles inferiores.

  Las anotaciones continuaban en la hoja siguiente ya que la otra estaba completa.

  Se han reorganizado y Ella ha escapado con sus fieles. Claude evitó que cumplieran su última orden y nos asesinaran. Ahora ya nadie puede llegar hasta nosotros, los zombis lo han invadido todo.

  No tenemos escapatoria, se acabó. Al otro lado de la puerta esos monstruos campan a sus anchas. Tanto Claude como yo nos hemos rendido, pero la pequeña no, no cesa de repetir que tiene que reunirse con su papa. Desde que se enteró que el Buque Castilla se dirigía a su encuentro no veía el momento de abrazarse a él. Y suya ha sido la idea de salir por la cocina. Vamos a huir por ahí.

 

  En este punto las anotaciones en árabe se terminaban, pero en la hoja siguiente, encontré unas palabras idénticas a las que antes leí en los dibujos de mi hija:

PAPI, TE ECHO MUCHO DE MENOS, QUIERO QUE VENGAS YA. TE QUIERO PAPI.

  Las siguientes líneas estaban en ingles. Y debían ser de Abdel Sami.

  Si estás leyendo estas notas es que Sandra, tu hija, tenía razón y nos has encontrado. Lástima que no lo hicieses antes. No sé a dónde dirigirnos. Claude es una experta piloto y también sabe gobernar un barco. Intentaremos huir por alguno de los dos medios. No sé si lo lograremos pero si salimos de aquí nos dirigiremos al encuentro del Buque Castilla. No tengo claro que sea una buena idea pero es lo que quiere la pequeña y después de haber participado en tanto mal, puede que esto me sirva de mínima redención, aunque sé que no, estoy condenado, condenado para siempre por mis actos.

Nos tenemos que ir, que Alá esté contigo.

  Los tres terminamos de leer a la vez y ellas dos se lanzaron corriendo a la habitación que daba a la Cámara. Después de leer una vez más la despedida de mi hija me tumbé en su camita. No podía dejar de pensar que veníamos del Castilla y ellos no aparecieron por allí. No habían llegado a su destino. Ahora no sabía cómo seguir, donde buscar, donde dirigirme, ni siquiera tenía manera alguna de saber si consiguieron escapar y si seguían con vida. Cogí la agenda y fui tras ellas.

–  Pero como demonios entraremos ahí, está cerrado electrónicamente, no podemos abrirlo para acceder al interior –la que acababa de hablar así era Laura, Shania por su parte, repasaba cada hendidura de la pared y del cristal en busca de alguna forma de abrir la puerta.

–  La pregunta no es esa, la pregunta es como esos zombis lograron entrar.

–  Tiene que haber algún control en alguna parte –intervine.

–  La consola de acceso está ahí, pero todo el tiempo pide una password que no tenemos, nunca lo averiguaremos –Shania se sentó frente a los mandos abatida.

–  ¡Espera! Déjame probar algo –me coloqué frente al teclado y escribí: sandra. Tras pulsar enter, la misma frase de error anterior apareció. Volví a escribirlo, esta vez en mayúsculas, pero antes de que pulsase enter de nuevo Shania sujetó mi mano.

–  Si hay un tope de intentos y lo sobrepasamos nunca se abrirá.

–  ¿Cuántos intentos llevamos? —preguntó Laura.

–  Él uno y yo otro –contestó.

–  No tenemos muchas más opciones, prueba.

  Tras volver a pulsar enter un nuevo mensaje de error apareció indicando que se habían agotado el número de intentos, ¡cojonudo!

–  Estamos pasando algo por alto. Reproduzcamos la forma en que se realizaría un experimento en la Cámara.

  Shania se dispuso a detallarlo.

–  Primero se introduce en ella al sujeto de la prueba y se cierra, ningún problema porque tendríamos la clave –cierto, aprobó Laura— Si el experimento fracasa se fríe a las cobayas y vuelta a empezar y si fuese acertado, abrirían y listo. Esto no nos lleva a ninguna parte.

–  Cuando ellos entraron ahí para escapar tuvieron que dejar abierto, puesto que nadie quedaba fuera para cerrar ¿Estamos de acuerdo? —Ninguno nos opusimos al razonamiento de Shania— pero la puerta exterior quedó cerrada así que en ese momento no entraron ¿Cuándo lo hicieron?

–   Sigo pensando que estamos pasando algo por alto –repitió Laura– creo que deberíamos reproducir la situación existente en los instantes previos a escapar.

–  ¿A qué te refieres? Todo estaba como ahora, las condiciones eran idénticas, zombis por todas partes y una urgencia imperiosa por escapar –replicó molesta Shania.

–  Vale, y desde entonces, desde que escaparon hasta ahora ¿Qué ha cambiado? ¿Qué condiciones han variado? –intervine.

– La energía, cuando llegamos no había electricidad, claro, por eso entraron zombis en la Cámara –Laura expresaba sus ideas a toda velocidad más para ella que dirigidas a nosotros– escaparon y más tarde el generador auxiliar dejó de funcionar, por eso los zombis accedieron primero al Laboratorio y luego a la Cámara, eso es, tenemos que volver a desconectar la corriente, así las puertas con seguridad electrónica dejarán de funcionar y podremos entrar –concluyó triunfal.

–  Si damos por buena tu hipótesis, ahora tenemos otro problema, si desconectamos la electricidad los zombis de fuera podrán acceder aquí y los que están dentro de la Cámara tres cuartos de lo mismo, a estos les podríamos eliminar fácilmente pero ¿Cómo evitaremos que los de fuera entren en tropel? –Shania se mostraba ahora más colaborativa.

–  Podemos amontonar todos los muebles que encontremos contra la puerta, así, suponiendo que los zombis se aperciban de que pueden entrar tendremos tiempo suficiente para escapar, además da igual, podemos volver a conectar la corriente una vez acabemos con los dos zombis de dentro, sólo serán unos segundos –Laura estaba cada vez más eufórica.

–  Yo no tengo tan claro lo que decís –intervine por primera vez en ese rato– si en verdad escaparon por la Cámara ¿Cómo lo hicieron? No hay ninguna salida visible…

–  Tuvieron que utilizar la salida de ventilación del techo, es la única posibilidad, para eso necesitaban la mesa, no alcanzaban, por eso está ahí dentro –interrumpió Laura algo contrariada ahora por mis objeciones.

–  Vale, y entonces porque volver a colocar la rejilla, no era necesario y no parece lógico tampoco –objeté.

–  No sé, puede que temiesen ser seguidos, en el diario dice que la mujer esa ¿Cómo se llamaba? Claude creo, bajó para protegerles, eso es que querían matarles ¿No? Se sentirían en peligro –terminó ahora algo menos convencida.

–  Estamos perdiendo el tiempo, un tiempo que no tenemos, ya da igual lo que ocurriese o porque, amontonemos de una jodida vez todos los muebles y entremos ahí a ver el estado de la rejilla esa –el pragmatismo de Shania no dejaba lugar a más discusiones.

  Habíamos colocado varios armarios y mesas detrás de la puerta de entrada. El plan, a priori era sencillo; quitar la corriente, acabar con los zombis de la Cámara cuando se desbloqueara el acceso y volver a dar la corriente, todo ello sin que los zombis del otro lado de la puerta lograsen entrar o lo hicieran en el menor número posible. En realidad no era tan complejo, pues una vez abierta la puerta de la Cámara podíamos volver a conectar la electricidad y sellar la entrada exterior.

  Me parapeté armado con el fusil frente a la entrada. Laura tenía que desconectar y volver a conectar el generador auxiliar y Shania acabar con los dos invitados de la Cámara.

  Cuando Laura oprimió el interruptor todo rastro de luz desapareció, los haces de las linternas no podían en modo alguno suplir la iluminación proporcionada por las lámparas. Los muertos de la entrada no parecieron enterarse de nada, pero cuando los dos disparos que Shania realizó para eliminar a los dos de la Cámara sonaron los zombis se vieron espoleados y entones sí que hicieron presión sobre la puerta para entrar.

–  ¡YA ESTÁ! ¡CÁMARA LIMPIA! –gritó Shania.

  Al momento la luz regresó, Laura había vuelto a conectar el generador auxiliar. Los cierres electrónicos funcionaron de nuevo y sólo necesité empujar un poco la puerta para que ésta quedase nuevamente bloqueada. Todo había transcurrido en segundos, muy largos, pero segundos. Laura y Shania mostraban triunfales sonrisas, pero yo no tenía tan claro que esto hubiese servido para algo.

  Atravesamos la puerta de la Cámara saltando sobre los cuerpos de los dos zombis abatidos por Shania, dos certeros impactos habían terminado definitivamente con su vida. Coloqué la mesa bajo el lugar donde estaba la rejilla de ventilación y me encaramé en ella. Al momento salté al suelo de nuevo. Mi rosto no podía ocultar la frustración que sentía, aunque en el fondo era algo que ya me esperaba.

–  La rejilla está firmemente sujeta, no hay forma de soltarla, es imposible que eso se hiciese desde dentro del sistema de ventilación, imposible, por ahí no escaparon –Laura ya se había encaramado a la mesa para comprobar si realmente yo estaba en lo cierto, bajó con una expresión de completo abatimiento.

  Shania era la que mejor parecía llevarlo, se hallaba recostada en una silla con los pies sobre una de las pocas mesas que había quedado en su sitio, el resto estaban apiladas contra la puerta de entrada. Laura se sentó en la mesa, junto a las piernas de Shania y yo me dejé caer frente a ellas contra la pared, hasta terminar sentado en el suelo, entonces lo vi.

–  ¿Porqué hemos pensado que salieron por la Cámara de Experimentación?

–   Pues…pues por las referencias del diario a como llamaba tu hija a la Cámara ¿No? –dudó ahora Laura, Shania se pasaba la mano de forma descuidada por la barbilla intentando descubrir a donde pretendía llegar yo.

–  Barbacoa, experimentos fallidos que se destruyen por combustión ¿A qué se podía referir si no?

–  Mirad la parte trasera de la mesa.

  Laura se inclinó hacia delante para tratar de descubrir a que me refería mientras Shania continuaba en la misma posición esperando una explicación más clara.

–  No entiendo, parece un dibujo en la parte de atrás de la mesa –se bajó y se colocó en pie a mi lado para observarlo de frente– es un cuadrado, debió hacerlo tu hija ¿Qué quieres decir?

  Me levanté y me dirigí a la zona de la entrada, donde permanecían el resto de muebles almacenados frente a la puerta. Mientras caminaba hacia allí les indiqué que leyesen lo que estaba escrito en mayúsculas.

¡JODER!

  Al instante las escuché correr en mi dirección. Entre todos le fuimos dando la vuelta a todas las mesas y armarios, detrás de todos ellos había un dibujo que representaba mobiliario, electrodomésticos o alguna otra cosa representativa de cada una de las estancias que podían existir en una casa acompañado de una palabra en mayúsculas que identificaba claramente la habitación a la que pertenecía. No tardamos en encontrar la que tenía dibujada una cocina con sus hornillos y la palabra “COCINA” centrada abajo.

–  Tenemos que poner cada mueble donde estaba –expresó de forma atropellada Laura.

–  Recuerdo esa mesa con el flexo atornillado al lado, me arañé con el tornillo que lo sujeta al desplazarla –explicó Shania mirándose el rasguño de su mano– estaba justo aquí.

  Se colocó en la posición que nos indicaba y todos nos acercamos a ella para intentar identificar el sitio por el que podían haber escapado. El techo estaba compuesto por paneles desmontables, varios de ellos mostraban huellas negras de manos al haber estado moviéndolos.

  Arrastré la mesa hasta allí y salté sobre ella para alcanzar el techo. Retiré un panel y enseguida lo vimos, una canalización de conductos de ventilación. Al asomar la cabeza descubrí un corazón grande dibujado con lápiz en una de las paredes de metal con la palabra “PAPI” en su interior.

  Con la ayuda de Laura y Shania desmontamos varios paneles más para tener franca la subida a los conductos. La refrigeración del local parecía ser cada vez más débil, eso o nosotros estábamos más acalorados que antes. Nos bebimos un par de botellines de agua entre los tres y nos colocamos de nuevo los chalecos. Revisamos el armamento y la munición que nos quedaba. Un fusil lo perdimos al caerse por el hueco del ascensor, así que nos quedaban dos y cinco cargadores. Un fusil de los dos lo cogí yo y el otro Shania. Cada uno tenía su pistola con dos cargadores. Todo dependería de la cantidad de zombis a los que nos tuviésemos que enfrentar y del lugar donde tuviésemos que hacerlo.

  Antes de subir Laura me cogió del brazo, se la veía extrañamente calmada, más tranquila de lo que la situación podría requerir, como si tuviese perfectamente claro que todo iba a salir bien o,…o que todo iba a salir mal.

–  Jose, yo,…en caso de que…si por lo que sea algo saliese mal, yo…yo no quiero convertirme en una de esas cosas, no quiero. Tienes que prometerme que si llegara el caso y todo se torciese…entonces…entonces me pegarás un tiro. Tienes que prometérmelo, prefiero que me mates tu a terminar siendo uno de ellos. ¡Prométemelo!

  Le tomé la cara entre mis manos y acerqué mi boca a la suya. Me hubiese gustado decirle que todo iba a salir bien, que no tenía de que preocuparse, que nadie le iba a pegar un tiro a nadie, pero en cambio lo único que acerté a decir fue:

–  Te lo prometo, no dejaré que te transformes en uno de ellos.

  Shania carraspeó. Laura continuaba abrazada a mí con la cabeza sobre mi hombro. Observé su cínica sonrisa y esperé su comentario.

–  A mi no se te ocurra dispararme, creo que prefiero convertirme en un puto zombi inmortal, puede resultar divertido, y vámonos ya de una puta vez.

  Dejamos el generador funcionando y nos fuimos introduciendo en los conductos. Shania iba en cabeza seguida de Laura. Yo cerraba la marcha. Sólo podíamos avanzar reptando. No es que los conductos fuesen demasiado estrechos pero no daban para ponerse de rodillas. Mientras avanzaba me llevé la mano a la espalda, palpé la agenda oculta en mi cintura, era el último nexo de unión con mi hija, me aseguré que estuviese bien sujeta, no quería perderla.

  Aunque tratábamos de hacer el menor ruido posible, resultaba difícil evitar que el fusil y las linternas golpeasen sobre el metal al desplazarnos.

  Shania no tenía ni idea de a dónde podían llevar los conductos de ventilación. En el primer cruce que nos encontramos decidió seguir recto ya que una flecha escrita con lápiz así parecía indicarlo, puede que la hubieran hecho el científico o la mercenaria o simplemente los operarios que se encargaron de su montaje pero era imposible saberlo.

  Avanzábamos a ciegas, donde se cruzaban varios conductos era el único sitio en el que existía una rejilla que permitía ver algo del exterior. De todas formas ni siquiera iluminando con la linterna conseguimos identificar algo.

  Cada vez hacía más calor ahí dentro y nos costaba más trabajo arrastrarnos, la concentración de oxígeno tampoco debía ser la más adecuada. Los golpes contra las paredes eran ahora más frecuentes y sonoros. El dolor del hombro herido anteriormente iba en aumento. Agradecí que Shania se detuviese a descansar unos instantes.

  Ya habíamos avanzado más de doscientos metros y sobrepasado tres cruces, todos con las correspondientes señales, empezaba a pensar que nunca saldríamos de ahí.

  Más adelante se adivinaba otro nudo de conductos. Shania se detuvo. Por más que buscó alguna señal fue en vano, aquí se terminaba la ayuda recibida, si es que en realidad era eso. Decidió girar a la derecha, según sus cálculos esa era la dirección correcta y además parecía como si al fondo se percibiese algún tipo de luz. Avanzamos lentamente, el calor era sofocante, estábamos completamente empapados. La primera impresión parecía correcta, según nos aproximábamos al siguiente nudo se iba percibiendo más claridad, hasta el punto de que los tres apagamos las linternas.

  Shania ya había llegado al enlace. Existían tres ramales pero todos se adentraban en el mismo lugar: una especie de hangar del tamaño de, al menos, un campo de futbol. Los conductos laterales rodeaban el extraño lugar mientras que el central lo atravesaba.

  Todo esto lo sabíamos por que estos nuevos conductos de ventilación eran diferentes. Eran auténticas rejillas y lo que nos permitieron ver superaba en mucho cualquier experiencia vivida hasta ese momento.

  En primer lugar estaba ese hedor, el maldito aroma “eau de zombi” que tan bien conocíamos pero elevado a la enésima potencia. El interior de los nuevos conductos estaba completamente impregnado de él. Pero eso no era lo peor, lo realmente espeluznante era lo que nos mostraban nuestros ojos, no tanto por lo que veíamos como por la forma en que se debía haber llegado a producir.

  Era algo tan horrible que los tres nos hallábamos en las rejillas de ventilación, estáticos, sin poder movernos ni apartar la vista de ese horror, parecía que estuviéramos pegados a los conductos, incapaces de continuar avanzando.

  Mientras mis ojos recorrían toda la escena intenté imaginar cómo se había llegado a dar esa situación y lo que debían haber sentido sus forzosos invitados.

  En todo el recinto se difuminaba la iluminación emitida por cuatro torres de luz, semejantes a las existentes en los campos de futbol, una por cada esquina. Repartían sus vatios por todo el recinto, debían estar alimentadas por energía solar, puesto que continuaban funcionando perfectamente.

  La altura sería de unos diez metros desde donde nosotros nos encontrábamos hasta el suelo y las dimensiones, si, serían similares a las de uno de esos campos de futbol municipales que existían en la mayoría de las ciudades. Eso no tenía nada de extraño, lo que resultaba abrumadoramente doloroso era lo que se encontraba en su interior.

  No lo sabía a ciencia cierta, pero apostaría la vida a que ese lugar había sido el elegido para encerrar a las personas supervivientes en los primeros días de la infección, los que no se vieron afectados por el virus por la razón que fuese. Ahora no quedaban supervivientes, ninguno. Ahora sólo había zombis, diría que cientos. Nos hubiese hecho falta una Compañía completa de Infantería fuertemente armada para plantearnos intentar acabar con ellos. Por contra sólo éramos tres con no más de doscientos cartuchos. Imposible.

  Repartidos en dos hileras, una a cada lado, podíamos contemplar cuatro contenedores, total ocho. Debían haber servido en sus inicios para cubrir las necesidades básicas de los cautivos, aunque no daba la impresión de que pudieran ser suficientes para todos.

  Había mujeres, niños, ancianos, todos con la misma ropa que habíamos visto vestir a los zombis huidos del complejo, naturalmente su aspecto no era el mismo que cuando se la debieron proporcionar. Se veía manchada, deshilachada en algunos casos y en otros directamente hecha jirones. Ninguno de estos zombis presentaba heridas o desgarros visibles, eran los que gasearon una vez comenzaron a escasear los alimentos. Entre ellos se podían contemplar algunos otros zombis, éstos uniformados y adornados de múltiples heridas, mordiscos, miembros amputados, gargantas abiertas, sus carceleros, sus verdugos. No sentí por ellos la más mínima compasión.

  Uniendo algunos de los contenedores-vivienda, en la parte superior, habían colocado varios tablones de madera que los comunicaban entre sí. El suelo mostraba restos de todo tipo, sangre, deshechos, algunos trozos de miembros putrefactos, ropas, enseres, incluso algún juguete infantil.

  Creo que me empezaba a marear, entre el espantoso olor y el espectáculo divisado, todo me comenzaba a dar vueltas.

  Los zombis estaban extrañamente tranquilos, no gritaban ni chillaban, tan solo deambulaban por todo el recinto chocando de vez en cuando unos con otros. Me vino otro de esos recuerdos absurdos en los que una pandilla de presos daba vueltas en círculo, unos en un sentido y otros en el contrario chocando entre si, como estos, en la película El expreso de medianoche. Las lágrimas estaban a punto de brotarme de los ojos. Era una visión desoladora por lo cruel e inhumana pero sobre todo por lo inútil. Busqué por todo el recinto, me detuve a observar a todos los niños que encontré deseando que ninguno fuese mi hija; no la identifiqué en el rostro transformado de ninguno de ellos, tal vez lo hubiera conseguido.

  Bien, teníamos que continuar, no podía saber qué hora era pero ya debían haber pasado casi los ciento veinte minutos que le habíamos pedido al joven Will que esperase, aunque no tenía completamente claro que tuviese el valor suficiente para irse, sería mejor encontrar una salida rápido.

  Laura seguía parada un par de metros por delante de mí, puede que siguiera en estado de shock, ninguno esperábamos presenciar algo así. Shania, por contra ya estaba repuesta y había continuado avanzando.

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Bien, a partir de aquí es donde entran en juego las novedades que os comentaba. No me gustaría que un visitante nuevo, por error, leyese el final antes de haber disfrutado del resto del libro, así que “los finales” no van en esta entrada sino en páginas aparte para evitar eso precisamente. La otra sorpresa es que hay “dos desenlaces” para esta historia. Espero que lo paséis tan bien leyéndolos como yo lo he pasado escribiendo.

Gracias a todos.

Desenlace I                                                                                                         Desenlace II