24. La Base. Parte II

  Mantuvieron la puerta abierta hasta que el niño desapareció de su vista. Ahora no tenía claro si había hecho bien, estaba convencida de que los zombis iban a acabar por tirar abajo la caseta, pero al menos estaban juntos. No era un gran consuelo pero la idea de tener que enfrentarse sólo a las siete criaturas que iban tras él hacía que lamentara aún más haber alentado su decisión de saltar.

  Se debía haber torcido el tobillo al caer, avanzaba sin apoyar apenas el pie o directamente a la pata coja. No tendría ninguna posibilidad. Debió saltar tras él, debió seguirle y protegerle de los monstruos pero el miedo a morir la paralizaba. Si hubiese saltado estaba convencida de que habría caído sobre los zombis. Se odiaba por ello, por haberse dejado dominar por el terror. Las lágrimas comenzaban a brotarle inevitablemente.

  Intentó pensar en otra cosa, de forma más positiva, si, tal vez el niño lo lograse, había ganado algo de tiempo. No era fácil, los gruñidos y golpes eran cada vez más fuertes y se le metían en el cerebro dificultándole concentrarse en otra cosa. Que habría sido de Jose, se preguntaba si el proceso sería doloroso, ¡qué tontería! en breve lo comprobaría en sus propias carnes. Si al menos estuviesen juntos, todo sería diferente.

  La luz entraba por la única contraventana que habían dejado abierta, en un principio la volvieron a cerrar tras saltar Jorge pero cuando el lumigas cayó al suelo fruto de los envites sobre los soportes de la caseta y el interior quedó a oscuras, no pudieron soportarlo y Thais corrió a abrirla; todos lo agradecieron.

  La caseta se movía cada vez más, parecía que se fuese a venir abajo en cualquier momento. La tensión en todos los presentes se estaba haciendo insostenible.

  Iván no podía más, Thais sollozaba en su regazo y en ese momento se dio cuenta que deseaba que todo acabara ya, que los malditos muertos derribasen de una vez la caseta y todo terminase. Imaginó la estructura cayendo, podía ver como los zombis arrancaban las ventanas y la puerta para acceder al interior. Podía sentir, incluso, como sus fétidos alientos se acercaban a su cara para desgarrarla y arrancar los trozos a tirones, veía a Thais a su lado y como múltiples engendros se peleaban por coger sus intestinos arrancados por uno de ellos, era capaz de sentir su dolor, su sufrimiento y él no podía hacer nada por aliviarlo. Se imaginó a Mariano, curiosamente el que permanecía más sereno, mordiendo a su vez a los zombis que le intentaban despedazar. Pudo ver claramente también como dos zombis a los que incluso reconoció, se trataba del sargento y esa mujer,  tiraban en sentido contrario, él de la cabeza de Laura y ella del tronco hasta que su cuello se desgarraba salpicando sangre en todas direcciones mientras su cabeza separada continuaba llamando a gritos al sargento.

  Por último, vio perfectamente como todos ellos, ya convertidos en zombis, se desplazaban bamboleantes por la fina arena de la playa, Mariano masticando todavía trozos de algún otro zombi despedazado, Thais con una mano cogida a la suya y la otra sujetando sus intestinos para no pisarlos, hasta Laura iba con ellos caminando con la cabeza sujeta por sus manos en lugar de sus hombros.

  Por fin se abandonó, desconectó su cerebro y decidió esperar a su fatal destino, después de todo ya había visto lo que les iba a pasar.

  Y ocurrió, la caseta se desplomó hacia un lado, los palos que la soportaban se habían roto o los habían tumbado, estaban cayendo. Los chillidos de los cuatro se mezclaron con los gruñidos de los zombis, y con un creciente rumor, un ruido que ninguno identificaba y que acababa de aparecer, pero ya daba lo mismo, no importaba, estaban condenados, la casa caía y caía y  caía y…

dejó de caer

Estaban subiendo, la caseta se había estabilizado y volvía a estar horizontal, algo la sujetaba y la elevaba como si fuese dentro de un ascensor. Si, el ruido que antes no identificaban se hizo ahora más nítido, parecía un motor, pero de qué. Además dirían que se estaban desplazando al tiempo que ascendían. Laura no lo soportó más y se levantó de un salto para dirigirse corriendo hacia una de las ventanas,  cuando la abrió lo que se encontró al otro lado la dejó pasmada, confundida. Un traspale enorme, de los que eran utilizados para apilar los contenedores en el puerto les transportaba en sus robustas palas, les tenía a la máxima altura evitando los brazos de los encolerizados zombis. Los alaridos anteriores de temor se fueron transformando en gritos de alegría y todos se fundieron en un entregado abrazo.

  Aunque Laura estaba frente a la cabina no podía ver quien conducía, sacó medio cuerpo pero nada. El vehículo retrocedía por la arena en dirección a la carretera, lentamente, seguido de los enfurecidos zombis que se habían quedado sin festín.

  Los cuatro se encontraban ahora asomados a la ventana sin lograr adivinar quien conducía. Por fin el traspale alcanzó la carretera. Las ruedas estaban completamente desinfladas y se desplazaba sobre las llantas y a punto había estado de quedarse atrapado en la arena de la playa. Aunque la velocidad no sería superior a los veinte kilómetros por hora, la procesión de zombis se iba quedando atrás. Laura volvió a observarlos detenidamente. Si, definitivamente había algo extraño en ese grupo, el idéntico aspecto de todos no podía ser una casualidad. Como no tenía una respuesta para ese enigma decidió concentrarse en imaginar quien les estaba ayudando. Tenía que ser Jorge, había logrado encontrar a otras personas y les había convencido para que fuesen en su auxilio. Cuando parase le iba a dar un abrazo tan fuerte que le cortaría la respiración.

  Ya se habían alejado de los muertos varios kilómetros, de hecho ya no se les distinguía en el horizonte. El vehículo paró y las palas comenzaron a descender. La cabina quedó a la vista. Las expresiones expectantes de todos se tornaron en explosiones de júbilo al descubrir que quien conducía era Jose, a su lado estaban Jorge y esa mujer, Shania. Las palas depositaron con suavidad la caseta sobre el suelo y los cuatro salieron de la casa, corrieron a la cabina deseando que sus ocupantes bajasen. Laura no lo entendía, el aspecto de Jose era normal, se dijo que incluso mejor que cuando se fue. Los cuatro ansiaban abrazarse a ellos, pero la última confesión de Laura pesaba sobre ellos como una losa. Jose se acercó a ella, el niño, ayudado a bajar por la mujer se aproximó gritando: “no está infectado, no se va a convertir en un zombi”.

–  ¿Es eso cierto? –preguntó Laura con la esperanza de quien desea creer pero es consciente de la dificultad que ello entraña.

–  Ya tendría que ser una de esas cosas y sin embargo mírame, estoy bien, la herida sería de otra cosa, no me atacó ningún zombi, estábamos equivocados.

  Tras unos instantes de espera los dos se fundieron en un abrazo, el resto se les unió dando gracias por la providencial aparición.

–  Lamento ser yo quien os lo diga pero tenemos que largarnos de aquí, esas cosas se acercan  –Shania se había puesto el volante.

  Cuando la mercenaria propuso ir allí todos desconfiaron, pero en verdad, el sitio era perfecto. Una vez hubieron comprobado que las estancias se encontraban libres de zombis y se aseguraron de que no les podían sorprender por ninguna parte se reunieron en el salón.

  El interior de la espaciosa habitación estaba decorado como el cuento de las mil y una noches. Había paños de gasa, varias alfombras persas distribuidas por la estancia, pufs y cojines por el suelo aleatoriamente dejados caer. Bandejas de fruta que fue fresca cuando la sirvieron y que ahora estaba podrida o casi liofilizada.

  En conjunto resultaba una habitación de lo más acogedora, desde luego mucho más que cualquiera de las últimas en las que se habían alojado. Según Shania era una casa de encuentros; un puticlub de los de España. En esa estancia los hombres podían descansar y coger fuerzas después del encuentro sexual e incluso reposar para volver a repetir. Mientras lo explicaba no le quitaba los ojos de encima al sargento. Había diez habitaciones, todas con baño propio y en dos de ellas se podía disfrutar de un espacioso jacuzzi.

  El complejo, por supuesto, no disponía de electricidad pero si de agua. Se abastecía de varios depósitos situados en la azotea. No sabían a que nivel se encontraban pero aún echaban agua así que decidieron asearse después de haber saciado la sed y descansar unas horas.

  Iván y Thais se quedaron con una de las habitaciones con jacuzzi y tras llenarlo se dieron un reparador baño además de una buena dosis de amor.

  Jorge se marchó con Mariano, quien había encontrado una fuente llena de dátiles secos y le estaba enseñando al chico como se comían. Al principio no le hicieron mucha gracia pero como el hambre apretaba se los terminó por comer. Se llevaron también un par de botellas de refrescos, calientes claro. Después de que el abuelo le aplicase un fuerte vendaje en el tobillo lastimado, cayeron dormidos.

  Cuando regresé de esconder el traspale en un patio interior (no creía que esos seres pudiesen recordar alguna cosa pero mejor no exponerse, además, seguían preocupándome los mercenarios) las dos mujeres me esperaban en la habitación principal. Shania descansaba tumbada sobre uno de los múltiples cojines mientras mantenía la pierna herida en alto. Continuaba inflamada pero al menos había dejado de sangrar y parecía dolerle menos. Laura permanecía a una prudente distancia de ella como controlando sus movimientos pero sin intercambiar comentarios. El calor era sofocante y la indumentaria de las dos mujeres resultaba algo turbadora. Mientras Shania seguía con la minúscula camiseta que dejaba poco de sus pechos a la imaginación, Laura se había despojado de la suya y mostraba los suyos perfectamente marcados bajo el sujetador. La situación resultaba un poco violenta. Me dirigí a la pequeña barra y llené medio vaso de whisky, sin hielo claro. Separé unos cuantos dátiles y me los fui comiendo en silencio sin saber muy bien a donde dirigir mi mirada.

  Tras acabarme los dátiles y el licor que me había servido, me senté en otro de los pufs frente a Shania.

–  No os habéis duchado aún –la observación era improcedente, Shania continuaba con la misma ropa que llegó, llena de lamparones y de sangre coagulada y el aspecto de Laura era poco mejor, pero la respuesta mereció la pena.

–  Te estaba esperando –su réplica ignoraba deliberadamente la presencia de Laura junto a nosotros– siempre me gustó bañarme contigo –Shania se mostraba cada vez más locuaz, quizás pudiese aprovecharlo en favor mío.

–  Necesito que hablemos de como vamos a acceder a la Base.

–  Eso puede esperar, ahora démonos un baño, nos lo hemos ganado –y comenzó un ademan para quitarse la minúscula camiseta.

–  Basta Shania, tengo que recuperar a mi hija, el tiempo corre en mi contra –la mercenaria representó un mohín de fastidio antes de replicar.

–  No recordaba lo aguafiestas que podías llegar a ser, me daré ese baño yo sola –y con un premeditado movimiento de cadera se dirigió  hacia una de las habitaciones. Antes de llegar a la puerta de salida se giró— Una vez me bañe me haré cargo del primer turno de vigilancia, aunque todo está cerrado y no espero sorpresas es mejor no confiarse. En tres o cuatro horas te llamaré –ahora si terminó de irse contrariada.

  Laura me observaba en silencio, se sentó a mi lado y me acarició la cabeza. El pelo tan corto le hacía cosquillas en las yemas de los dedos.

–  Aún no me has contado lo que ocurrió en esa celda. Tuvo que ser algo importante para qué confíes así en ella.

–  Esta bien, te dije que te lo contaría –le puse al corriente de lo acontecido en el camarote del buque desde que entró Arlenne hasta que el cuchillo terminó en su cabeza y las posteriores aclaraciones de Shania sobre nuestro pasado común.

–  Creía que habría sido peor –el tono era un tanto mordaz— hay gente que pagaría por esa clase de castigos ¿Te pareció sincera? ¿Crees que en verdad os conocíais? Yo no estoy tan segura.

–  Tiene sentido. Desde que desperté en el CNI he tenido la sensación de que todo esto tenía algo que ver conmigo, que yo estaba involucrado de algún modo y al final parece que así ha sido.

–  No estoy de acuerdo. Tú dejaste la Organización mucho antes de que tuviese lugar la infección, eso es un hecho, y además ella te lo ha corroborado. Tu papel ha sido circunstancial, tú no lo decidiste, fue casual.

–  Puede, pero creo que es algo más complejo que eso –mientras hablaba Laura se había situado a mi espalda y tras despojarme de la camiseta me estaba proporcionando un agradable masaje en el cuello y la espalda.

–  Y Shania ¿Crees que puedes confiar plenamente en ella?  –al pronunciar su nombre había clavado sus dedos más de lo normal, se dio cuenta y continuó suavemente.

–  Te será sincero, no se si puedo confiar en ella, pero lo que si se es que se ha jugado la vida por nosotros en más de una ocasión, de no ser por ella seguramente el crío no seguiría vivo.

–  También tú le has salvado la suya en varias ocasiones, estáis en paz, no le debes nada.

–  Si, así es, pero es algo más complejo que eso. Según ella mantuvimos una relación en el pasado, antes de casarme, afirma que formamos un equipo prácticamente autónomo dentro de esa Organización.

–  ¿Y tu lo recuerdas?

–  No, claro que no, pero cuando está cerca de mi tengo sensaciones, como decirlo, que ya he sentido, su tacto, su olor, su… en fin, creo que si que nos conocíamos, pero en cualquier caso ella ha estado en la Base, sin su ayuda no lo lograremos, y esto nos lleva a la siguiente cuestión. Cuando… cuando entremos allí no quiero que vengáis conmigo –como ella no dijo nada continué– iremos Shania y yo. Antes buscaremos una nueva embarcación. En caso de que no regresáramos Iván os devolverá a la Península, siempre será mejor sobrevivir en un lugar conocido aunque esté devastado. Si os mantenéis unidos lo conseguiréis, ya sabéis hacerlo.

  No me había interrumpido en ningún momento, así que supuse que era algo que ya intuía y con lo que se mostraba de acuerdo.

–  Estoy conforme, Thais no debe venir en modo alguno, está embarazada y el chico, Iván, tiene que permanecer con ella. Convencer a Jorge será complicado, no creo que quiera alejarse de ti. Mariano da gracias por cada día nuevo que ve el sol pero no creo que acepte ir con ellos, creerá que es una carga, no, permanecerá con nosotros.

–  Nosotros, has hablado de todos menos de ti, tu…

–  Cuando salimos del CNI te dije que me iba con la condición de no separarme jamás de ti. Cuando te marchaste y creía que estabas infectado, me odie por no haber ido contigo, por no haber compartido tu destino, el que fuese, un tiro en la sien, vagar convertidos en zombis toda la eternidad, lo que sea pero contigo. Te quiero y no quiero estar en otro sitio, y si después tengo que luchar con esa mujer lo haré, y ganaré.

  Se había ido colocando frente a mi a la vez que acercaba su boca a la mía, en ese punto me saltó encima. La cogí y con ella en brazos y entre salvajes besos nos dirigimos a la otra habitación con jacuzzi, lo llenamos e hicimos el amor varias veces antes de sumirnos en el descanso reparador que ambos necesitábamos.

  Shania después del agradable y prolongado baño se lió una toalla al cuerpo y volvió al salón, no quería acomodarse más o terminaría por dormirse. Luego llamaría al militar. Estaba perdiendo la batalla con esa mujer pero no desesperaba.

  Sabía que debía estar en alguna de las habitaciones de ese lado, no había estado allí nunca pero conocía su existencia. Tras registrar tres de ellas dio con el acceso. Bien, esto lo haría todo más sencillo. Cogió una de las pistolas, comprobó el cargador y alojó uno de los cartuchos en la recámara, ya habían transcurrido casi cuatro horas. Se dirigió a llamar al sargento.

  Aunque la habitación estaba en penumbra, gracias a la tenue luz que escapaba de las velas perfumadas dispuestas por la habitación distinguió perfectamente los cuerpos desnudos de los dos, sus dedos se crisparon sobre la empuñadura y por un instante se vio vaciando el cargador sobre esa zorra. Tras varias profundas inspiraciones se tranquilizó y bajó la pistola. Tendría que ser más sutil, él no le perdonaría algo así. Salió de la habitación y se dirigió a la suya. Estaba tan cabreada que le dio igual dejar sin vigilancia el local y tras lanzar la toalla contra la pared se tumbó a descansar.

  Eran más de las once de la mañana, Jorge entró, de nuevo sin llamar, por supuesto. Ambos estábamos desnudos sobre la cama. Nos miró a los dos y sonrió, se dio media vuelta y mientras salía nos gritó entre risas:

–  Mariano dice que bajéis, ha preparado el desayuno.

  Laura se sentó sobre mí. Estaba preciosa, aún conservaba el aroma a jazmín de las sales de baño. El movimiento de la llama de las velas iba cambiando la imagen de su rostro al compás del aire que las mecía.

–  Una última vez, nos lo merecemos.

  Cuando bajamos al salón todos estaban desayunando, bueno, todos no.

–  ¿Donde está Shania? –pregunté.

  Mariano negó con la cabeza y el niño contestó:

–  No estaba en ninguna de las habitaciones.

–  ¿Nadie la ha visto? No nos despertó para relevarla.

  Al mismo tiempo que todos negaban con la cabeza, Shania entró radiante en el salón, iba armada hasta los dientes. Mochila a la espalda, dos pistolas en sendas fundas a la cintura, dos fusiles en las manos. Las heridas de su pierna parecían evolucionar perfectamente.

–  ¿De donde has sacado todo eso?

–  Esto no solo es una casa de putas cariño –miró directamente a Laura a los ojos al contestar–  el sexo sólo es, era, una parte del negocio. En el sótano hay todo un arsenal. ¿Me habéis guardado algo? Estoy hambrienta.

  Tras el ágape a base de leche con la fecha de caducidad sobrepasada de sobra y frutos secos, pero secos, nos reunimos  todos en el sótano. Era cierto, había todo tipo de armamento eso nos facilitaría las cosas a todos pero ahora tocaba explicarles el plan.

–  Veréis, esta parte final es excesivamente peligrosa. Ninguno estáis preparados para afrontar esta misión. Os pondríais en peligro y me pondríais a mí también. Sólo me acompañarán Shania, porque está entrenada y conoce las instalaciones y  Laura, pertenecía al CNI, puede ser útil, el resto…

–  Entiendo que no quieras que vaya la joven, al fin y al cabo está embarazada, Iván debe seguir con ella, ahora tiene otra responsabilidad. Jorge es demasiado joven, puede…puede tener todo la vida por delante y ahora tiene el tobillo lesionado, pero yo, yo no tengo futuro. Sólo me quedan dos viales de insulina, podré serte útil, aunque sólo sea como cebo de zombi, estoy muy cansado, si tengo que morir prefiero que sea por hacer algo útil y no por que un zombi me ha mordido tras un estúpido descuido o por quedarme sin la puta insulina –Mariano se expresaba con la tranquilidad acostumbrada.

–  ¿Cómo,…cómo sabes que estoy embarazada? sólo se lo dije a Laura y me prometió no contárselo a nadie.

–  Cariño, sos adolescentes con las hormonas a flor de piel en un mundo destruido y… sin condones. Era cuestión de tiempo que sucediera.

  La risa seca de Shania resonó al fondo. Permanecía con una pierna apoyada contra la pared dando vueltas a una pistola por el guardamonte como si de Billy el Niño se tratase. Había sustituido la minúscula camiseta y el pantalón hecho jirones por un top con la misma extensión y unos pantaloncitos cortos que no podían ser más ajustados, parecía la réplica de Lara Croft pero sin coletas.

–  Mariano, te necesito fuera, a salvo, Iván y Thais necesitarán del apoyo de un adulto durante el parto y cuando el bebé nazca y si esto sale mal esa persona serás tú. Hay montones de farmacias donde conseguir “gratis” insulina. Además ya te lo he dicho, al final me estorbaríais. Tendría que preocuparme de vosotros.

  El chico, que hasta ese momento había permanecido en silencio se plantó frente a mí con la cara de enfado que empezaba a conocer tan bien.

–  Yo voy con vosotros, me has enseñado a luchar, puedo ayudaros y no quiero quedarme con ellos y Mariano… y

–  Jorge, vale, esto no es negociable, te lastimaste el tobillo al saltar, no puedes desplazarte con soltura, esta vez harás lo que te dije, permanecerás con ellos y les protegerás, luchas mejor que cualquiera de ellos, te necesitan para que cuides de todos; te convertirás en el hermano mayor del bebé que nazca. Cuando todo termine… cuando todo termine nos volveremos a reunir y seguiremos camino juntos, pero si algo saliese mal yo estaría tranquilo porque se que tu les cuidarás.

–  Pero,…pero, estás hablando como si no fueses a volver, como si os fuesen a matar los zombis y yo quiero que volváis, que encuentres a tu hija y que nos marchemos todos juntos…

  Tuvo que dejar de hablar por que las lágrimas que inundaban sus ojillos no le dejaban continuar. Le abracé en silencio, sin saber que se le dice a un niño en una situación como esa, ni siquiera tenía la experiencia de haber tratado con alguno y si la tenía no lo recordaba. Permanecimos así, abrazados, hasta que el niño se recuperó.

  Pasamos el resto de la mañana escogiendo el armamento que nos íbamos a llevar. Un par de pistolas para cada uno, dos fusiles, cargadores, munición, cuchillos. Todos los adultos nos colocamos un chaleco antibalas, eran más livianos que los del CNI, en esta ocasión puede que si hubiese disparos.

  Mientras Mariano preparaba algo para comer y el resto iba trasladando el material seleccionado al salón, me llevé a Shania aparte.

–  Anoche no nos despertaste.

–  Estabais tan monos abrazaditos que me dio cosa, pensé en unirme a vosotros –mintió— pero seguro que a la mojigata no le hubiese gustado.

–  ¿Qué te hace pensar que a mi si? –Ella sonrió sin contestar— de todas formas no ha sido buena idea dejar al casa sin vigilancia.

–  Claro…Jefe –su tono no dejaba lugar a dudas.

–  ¿Dónde conseguiremos un velero?

–  Tengo algo mucho mejor, te gustará.

  Como yo no decía nada continuó hablando.

–  La Organización tiene diferentes transportes preparados para partir en caso de emergencia. Unos por mar, otros por tierra e incluso por aire. Existe un muelle frente al aeropuerto, controlado por nosotros. En el nos espera un flamante catamarán con todo lo necesario para sobrevivir durante dos semanas treinta personas.

–  No podemos estar seguros de que continúe allí, podrían haberlo utilizado o estar fuertemente custodiado.

–  No lo creo, en el propio aeropuerto disponían de un par de helicópteros y un yet igualmente preparados. Antes que ir a por el catamarán habrán cogido cualquiera de ellos y no creo que quede nadie protegiéndolo.

  Mientras escuchaba sus explicaciones estudiaba las inflexiones en su tono de voz, sus gestos. Había algo familiar en cada uno de ellos, estaba seguro. Me di cuenta que ni siquiera conocía su apellido, ni de donde era, lo ignoraba todo a cerca de esa mujer.

–  ¿De donde proviene tu nombre, Shania? Quiero decir ¿Dónde naciste?  –mis preguntas la pillaron desprevenida, no se esperaba ese giro en la conversación.

–  Tiene gracia que tu lo preguntes. Comenzaste a llamarme así desde el primer día que trabajamos juntos. Decías que te recordaba a la protagonista de una serie de televisión que te volvía loco, que teníamos las mismas tetas –si era cierto todo lo que contaba de mí, había determinadas cosas que no me dejaban muy bien parado.

–  Pero entonces ¿Cual es tu nombre? El verdadero, quiero decir –permaneció en silencio unos eternos instantes, era como si le costase trabajo recordarlo.

–  Marie, mi nombre es Marie, hacía mucho tiempo que no lo pronunciaba, hasta me había olvidado de cómo sonaba. Nací en Canadá, en la provincia de Quebec, pero de eso ha pasado ya una eternidad.

–  Marie, es un nombre precioso, mucho más que el otro, deberías utilizar ese –tras un momento para encontrar las palabras adecuadas continué– tu has sido la única a la que antes no le he dado la oportunidad de elegir si quería venir conmigo o no, contigo sería más sencillo, pero si no quieres venir lo entenderé.

–  Sabes que probablemente no lo logremos ¿Verdad? Deberías convencer a la chica para que se quede con el resto –su voz sonó ahora sincera sin rastro de ironía o rencor.

–  Ella ya tomó su decisión, nada le hará cambiar.

–  Si, ese es el efecto que causabas en todo el mundo, nadie dudaba en seguirte al mismo infierno.

  Se mantuvo en silencio, parecía estar recordando una situación determinada que le terminó arrancando una sonrisa. Ahora tocaba pasar a temas más serios.

–  ¿Qué crees que nos aguarda en la Base? –su rostro adoptó un rictus de concentración total antes de contestar.

–  Verás, en realidad no creo que queden muchas personas con vida. Ha debido ocurrir algo, algo grave, de otro modo ya nos habrían capturado. Su capacidad operativa debe ser mínima en caso de que les quede alguna. Se que esto que te digo es duro, pero ten en cuenta que tu hija es muy importante para ellos, los que queden con vida estarán protegiéndola, seguro, la encontraremos.

  Era mejor no pensar mucho más en eso, ya veríamos sobre la marcha. Decidí cambiar de tema.

–  ¿Cómo vamos a transportar todo el materialhasta el catamarán?

–  Ven, esta es la otra sorpresa de hoy.

  Me llevó por varios pasillos hasta aparecer en un garaje cuya puerta desde la casa se veía forzada, seguramente por ella y en la que descansaba un flamante todo terreno Mercedes de color negro. Entré en él, las llaves estaban sobre el salpicadero. El indicador del combustible marcaba que el depósito estaba lleno.

  Entre todos habíamos cargado el coche con las armas, munición y el material que nos íbamos a llevar. Aunque Shania insistió en que en la embarcación tendríamos lo suficiente para más de un mes, al ser sólo siete personas en lugar de las treinta para las que estaba preparado, cargamos también toda el agua, víveres y líquidos que encontramos.

  Era hora de dirigirnos al embarcadero. Shania se puso al volante y yo levanté la persiana del garaje que ocultaba el vehículo. No nos esperaban sorpresas al otro lado, mejor. Avanzamos lentamente por la estrecha calle y dejamos atrás el local que nos había servido de refugio las últimas horas. Aparcado quedaba el traspale que nos permitió llegar hasta allí, su visión hizo que todos recordásemos el momento en que recogió con sus palas la caseta produciendo un intenso escalofrío en nuestra piel.

  Las calles de la pequeña población parecían despejadas de muertos, al menos de los muertos que nos podían causar problemas, pero por todas las esquinas se podían encontrar cadáveres en descomposición. Era difícil precisar pero parecía que todos…

– ¿Por qué los muertos esos tienen las manos en la boca? –el niño, que también se había dado cuenta de ese detalle interrumpió mis pensamientos.

–  Será casualidad chico –respondió rápido Shania, pero su tono forzado no pareció convencerle.

  Lo cierto era que apenas nos encontramos zombis caminando por las calles y los que hallamos vestían la misma indumentaria, la misma camisa y el mismo pantalón y ninguno mostraba herida alguna en sus cuerpos.

  El trayecto hasta el embarcadero transcurrió más rápido de lo esperado. Tan sólo contabilizamos nueve zombis y todos con idéntica vestimenta.

  Estacionamos frente a lo que Shania dijo que era el muelle en el que estaba atracado el catamarán. Los muros de hormigón flanqueaban una puerta de acero inexpugnable para nosotros. En el lado derecho de ésta, un teclado numérico daba acceso al personal autorizado para entrar. Pulsamos un botón cualquiera por pulsar, pero ya sabíamos que nada iba a ocurrir, sin electricidad desde mucho tiempo atrás, los generadores automáticos habrían entrado en funcionamiento al detectar el corte, pero estos también habían dejado de funcionar todo parecía abandonado, vacío,  lo mismo que los alrededore0s.

– ¿Cómo entraremos ahí? Por esta puerta es imposible –seguía a Shania mientras se dirigía a la parte delantera.

–  Ya contaba con ello, para eso es la soga esta. La embarcación descansa sobre el agua lista para zarpar. La puerta de atrás es infranqueable, pero la persiana de delante podremos levantarla una vez dentro. Abajo, en un lateral hay un acceso protegido por una reja de gruesos barrotes, es el punto más débil; una alarma la conecta a la Base. Como ahora no debe haber nadie que la supervise, confío en poder arrancarla tirando de ella con el todo terreno.

–  ¿Y si no es así?

–  En ese caso deberemos buscar otra embarcación, pero lo lograremos, confía en mí.

  Cuando tuvo la cuerda preparada se lanzó al agua de pie, tal cual estaba, sin quitarse nada, incluidas las pistolas que colgaban de su cintura. El resto observaban curiosos dentro del coche que habíamos desplazado delante, todos menos Jorge que se hallaba sentado en el capó. En menos de un minuto la mujer estaba de regreso, ya tenía atado el cabo.

  Se encaramó al muelle chorreando agua. La ropa se le ceñía aún más si eso era posible y el top que vestía parecía una segunda piel. Los ojos del niño abandonaron sus cuencas en el momento en que se incorporó, estaba empanado observándola con la boca abierta. Sonreí al tiempo que le daba un pescozón para que reaccionara.

  Até el otro extremo de la cuerda a la parte de atrás del coche y me puse al volante. La potencia del vehículo se hizo patente al instante según subía de revoluciones el motor. Las cuatro ruedas del coche comenzaron a patinar pero la reja no se soltaba. Laura me observaba con preocupación desde fuera del coche, estábamos haciendo demasiado ruido para un lugar en absoluto silencio, no tardarían en aparecer los primeros zombis.

  Dejé de acelerar y destensé la cuerda para, inmediatamente, volver a apretar el acelerador. El potente motor del Mercedes hizo que saltase adelante hasta que la cuerda volvió a tensarse. Repetí la operación otra vez, y otra, a la cuarta la reja saltó de su sitio y escapó del agua.

  Justo a tiempo, un grupo de tres zombis se aproximaba atraído por el ruido. Tenían el mismo aspecto pulcro que el resto de los vistos en este lugar. Aceleré el coche marcha atrás  y atropellé a los dos que marchaban delante y golpeé al último. Como era de esperar no fue suficiente para acabar con ellos. Shania observaba la situación pistola en mano por si tenía que intervenir. Los muertos habían quedado maltrechos, uno directamente era incapaz de ponerse en pie mientras que los otros dos parecían haber sufrido diferentes fracturas que les impedían avanzar. Volví a embestirlos. El todo terreno les pasó por encima a la ida y a la vuelta. Insuficiente. Le cogí la pequeña katana a Jorge y acabé con ellos de certeros sablazos en sus cráneos.

– ¡JOSE! –Gritó Shania— necesito que me ayudes, sola no puedo subir la persiana.

  Le devolví el sable al chico y les dejé dentro del coche. Luego salté al agua. El sabor salado del líquido me transportó a alguna playa de Valencia que no supe precisar. Los ojos me escocían, aunque el agua estaba bastante clara tardé un poco en encontrar el hueco para entrar.

  Una vez en el interior localicé rápidamente a Shania intentando forzar el cierre. Me acerqué a ella chorreando agua.

–  Algo está frenándolo, creo que es esa pieza pero no puedo desprenderla –golpeaba la pieza que me había indicado con un taco de madera.

  Busqué por el local algo más contundente que nos ayudara. Aunque el sitio se veía perfectamente cuidado, el suelo pulido permitía descubrir rastros de pisadas sobre el polvo depositado, probablemente dejadas por las personas encargadas de la vigilancia del lugar.

  Sillones de cuero blanco, aparatos de aire acondicionado enormes pantallas de plasma colgadas de la pared. Todo el material que se encontraba allí debía de ser extremadamente caro. No pude evitar fijarme en el catamarán, era majestuoso. Su mástil estaba plegado sobre si mismo, algún sistema debía devolverlo a su lugar de forma mecánica. Entré en uno de los cuartos del hangar. Eran unos aseos, no había nada que me pudiese servir. La puerta del otro estaba cerrada, imposible abrirla. Sólo me quedaba la embarcación. Salté sobre la lona delantera y de allí al interior. Cuando iba a pasar hacia los camarotes a buscar algo que me sirviese apareció una mujer. Vestía un pantalón mimetizado marrón y una camiseta de tirantes poco más grande que la que había llevado Shania… y empuñaba una pistola que apuntaba a mi cabeza con pulso firme, pero eso no era lo malo, lo peor era la mirada de loca que tenía. Estaba convencido de que si intentaba decir o hacer cualquier cosa dispararía sobre mí. Sus ojos eran un libro abierto, loco pero abierto. Mis brazos estaban extendidos, más en cruz que hacia arriba. No podría alcanzar las pistolas que descansaban en sus fundas. La mujer estaba evaluando la situación, podía sentirlo. Tenía que actuar rápido, no tardaría en dispararme. No parecía que hubiese detectado a Shania, mejor no descubrirla llamándola, se enteraría al escuchar los disparos.

  Ya estaba, había tomado una decisión; crispó levemente su mano y yo me lancé hacia un lado décimas de segundo antes que la bala que salió por el cañón de su arma pasase sobre mi cabeza. Había fallado el primer disparo, no le volvería a ocurrir, el segundo disparo en escasas décimas de segundo después me alcanzó en el pecho antes de que desapareciese por la borda del catamarán para caer al mar. Cuando entraba en el agua escuché otros dos disparos, estos no provenían del mismo sitio ni de la misma arma.

  Shania me ayudó a salir del agua. El chaleco me había salvado la vida pero el impacto me había dejado sin respiración y un profundo dolor en el pecho. Cuando recuperé el pulso me deshice de él, un enorme hematoma iba apareciendo haciéndose más grande por momentos. La mercenaria descansaba eternamente con dos tiros en la cabeza sobre la lona del catamarán, su sangre se extendía lentamente por la lona tiñéndola de rojo. La puntería de Shania volvía a ser letal, otra vez me había salvado.

  Jorge apareció de repente en el agua pistola en mano, fuera habían escuchado los disparos e incapaces de sujetar al niño vieron como se lanzaba al agua.

  Tras los primeros momentos de desconcierto se tiró sobre mí abrazándome. Mientras el niño me apretaba en exceso Shania inspeccionó todo el catamarán para evitar nuevas sorpresas. Cuando salió sopesaba un martillo considerable.

–  Está limpio, pero encontré esto.

  De dos precisos martillazos destrabó el cierre y por fin pudimos subirlo. Shania arrancó el motor y avanzó lentamente para terminar amarrando frente al coche. Todos embarcaron tras cargar los víveres y el armamento que llevábamos. Iván revisaba maravillado toda la embarcación.

– ¿Serás capaz de gobernarlo?

–  Es mucho más grande que mi barco pero navegar es navegar y todas las velas se manejan de la misma forma. Tardaré algo en hacerme con él pero lo conseguiré –sus ojos volvían a brillar como hacía mucho que no ocurría.

–  Hay un pequeño contratiempo. La mujer que se refugió aquí ha estado consumiendo los víveres almacenados. Calculo que podréis resistir alrededor de diez días, quizás menos –ni siquiera la noticia empañó la felicidad que irradiaba Iván.

–  Lo fundamental es el agua, si la racionamos bien podemos tener para más de diez días, puede que quince. La comida es menos problemática, podemos pescar, ya lo sabéis –abrazaba cariñosamente a Thais mientras hablaba.

  Laura me realizaba un vendaje en el torso, el impacto del proyectil me debía haber causado algún tipo de luxación y veía las estrellas al mover el brazo izquierdo.

  La despedida había resultado más dolorosa de lo esperado. Les dejamos con la promesa de ir contactando regularmente a través de los walkies que habíamos encontrado en el puticlub. Cogimos un fusil y una pistola para cada uno así como munición y dos cargadores para cada arma. Jorge había insistido en que me llevase su pequeña katana pero con la condición de que regresara para devolvérsela. Media docena de botellines de agua completaban nuestro equipaje.

  Abandonamos la calle que nos había conducido al muelle privado. El coche avanzaba más rápido de lo que creía apropiado pero me dio lo mismo.

– ¿Pero que coño haces? –Shania se había golpeado el pecho contra el volante y Laura estampó su cara en el reposacabezas.

  Todavía mantenía agarrado el freno de mano mientras miraba directamente a los ojos de la mujer.

–  Necesito que me expliques porque toda la población está sembrada de muertos sujetándose la garganta y por que los pocos zombis que hemos visto van igualmente vestidos. La verdad Shania, quiero la verdad –Laura se frotaba la frente sin comprender.

  Shania meditaba en silencio la forma de contestar a mi pregunta y como siempre la respuesta en su boca sonó aún más indecente.

–  Mientras el virus zombi era dispersado por el mundo, los habitantes de la zona eran sometidos a un tipo de gas neurotóxico, no se cual con exactitud. No podíamos permitir que la población terminase expuesta por otras vías al virus zombi y que esto se nos llenase las calles de muertos vivientes. Si lo piensas era algo inevitable, y en cierto modo piadoso con los habitantes que evitaban así vagar eternamente incapaces de coordinar su mano derecha con la izquierda. Les ahorramos muchos sufrimientos. Para ellos todo acabó en pocos minutos –la frialdad con la que se expresaba resultaba aterradora. Estaba justificando la masacre cometida sobre civiles inocentes del mismo modo que otros antes justificaron el exterminio de los judíos en Alemania, los bosnios en la antigua Yugoslavia o los kurdos en Irak. Realmente había logrado revolverme el estómago.

–  ¡Puta demente! –Laura no había podido contenerse y su cabreada cara estaba ahora peligrosamente cerca de la de Shania.

–  Y los zombis ¿Por qué tienen todos el mismo aspecto? –Shania seguía manteniendo el reto de Laura y hasta que no la zarandee del brazo no volvió a fijar la vista en mí.

–  No todos los habitantes se vieron afectados por el gas neurotóxico, algunos no se encontraban aquí, estaban pescando, trabajando, de viaje, en fin. Los que se salvaron, junto con las autoridades, fueron capturados y encarcelados en las instalaciones de la Base.

–  Pero los capturasteis siendo humanos ¿Por qué ahora son zombis? –gritó Laura con la boca pegada al oído de la otra mujer.

–  Es mejor que no me vuelvas a chillar –sus labios estaban apretados y sus ojos entrecerrados dejando traslucir lo que sentía en ese momento.

–  Responde a la pregunta Shania, ¿Por qué ahora son zombis? –tomó algo de aire antes de contestar.

–  Desconozco los detalles exactos, lo único que se es que una vez dispersado el virus y la población mundial afectada, la Organización se encontró sin el remedio para la infección. La solución que pusieron en práctica fue experimentar con zombis para tratar de dar con el remedio –su exposición pretendía sonar como una declaración encendida a favor de la investigación de una cura para una enfermedad cualquiera pero que obviaba el modo en que se habían obtenido los sujetos para las pruebas y el sufrimiento que se les había infligido.

  Laura no pudo aguantar más y tuvo que salir del coche para evitar abalanzarse sobre Shania. El calor húmedo reinante fuera la terminó por devolver al interior del auto con una temperatura más soportable debido al aire acondicionado.

–  Sigo sin entender porque ahora las cobayas humanas campan a sus anchas por el exterior ¿Las han ido arrojando fuera según iban dejando de ser útiles?

  Shania una vez más, se tomo tiempo para contestar, como si estuviese meditando el contenido de su respuesta o la forma de exponerlo. Cuando parecía que había encontrado el modo de hacerlo se vio interrumpida por el regreso de Laura al interior del vehículo; esperó a que cerrase y se acomodara y continuó:

–  Mira Jose, esto no es bueno. Los zombis sobre los que se experimentaba, cuando dejaban de ser “útiles” se les eliminaba con un tiro en la cabeza. No hubiera sido lógico soltarlos para luego vernos, verse amenazados por ellos –hizo un alto para que comprendiésemos el alcance de su respuesta— si están campando a sus anchas solo puede significar una cosa: la Base ha sufrido una fuga de seguridad. Lo que tenemos que ver es su alcance.

–  Qué alcance –escupió Laura.

–  Como te dije, cuando embarcamos en el Castilla, Janice –el recuerdo de la cabeza arrancada de la mujer observándome entre las patas de Diego me provocó un intenso escalofrío—  llevaba varios días sin poder contactar con la Base. Algo ocurrió aquí, la importancia de lo que fuese y los motivos son algo que tendremos que averiguar pero puedo adelantarte algo; un complejo de las características de éste solo puede venirse abajo por un hecho fortuito, una catástrofe natural, algo así o –se interrumpió— o debido a la sublevación de parte del personal.

  Unos fuertes golpes sobre la carrocería y las ventanas del vehículo nos sacaron del ensimismamiento  en el que nos encontrábamos.

  Un zombi con el mismo aspecto de los anteriores golpeaba con las palmas abiertas el cristal de mi ventana. A intervalos lanzaba la cabeza hacia delante con su boca negra abierta hasta golpearse contra el cristal. A la tercera vez que repitió esa misma operación uno de los dientes delanteros saltó partido por el impacto, el ser ni se inmutó y continuó aporreando el coche.

  Observar al individuo desde la relativa protección del cristal me produjo una extraña sensación de irrealidad, como si estuviésemos viendo juntos una película en uno de esos autocines y al terminar pudiésemos volver a la aburrida normalidad de nuestras vidas. No se de donde saqué ese recuerdo, pero un golpe más fuerte que los anteriores del muerto me alejó definitivamente de él. El zombi golpeaba ahora con los puños cerrados y parecía estar excitándose cada vez más. Bajé el freno de mano y Shania continuó hacia el aeropuerto. Por el retrovisor pudimos ver como el muerto  caía al suelo de bruces al desaparecer de repente el objeto que iba a golpear. Giramos por la siguiente calle y la visión de ese desdichado se perdió para siempre.

  El recorrido hasta las inmediaciones del aeropuerto lo realizamos en silencio meditando a cerca de las últimas palabras pronunciadas. Shania había conducido más despacio. La tónica había sido todo el tiempo la misma; cuerpos tirados por todas partes sujetándose la garganta, envenenados y apenas media docena de zombis deambulando por las calles ocupadas sólo por la ausencia de sus habitantes, hombres, mujeres, niños, familias enteras que no volverían a pasear juntos por ellas.

  Shania paró delante del acceso principal al aeropuerto. Cuatro blindados militares marroquíes cortaban el paso en ambas direcciones. Podíamos saltarlos fácilmente pero no queríamos abandonar el coche tan lejos así que maniobramos para rodear la valla que protegía el perímetro hasta encontrar algún otro acceso.

  No tuvimos que esperar mucho. Enseguida apareció ante nuestros ojos una zona en la que el vallado había desaparecido. El motivo era un yet privado que descansaba calcinado. Lo había derribado y luego se debía haber incendiado. Pero lo que realmente llamó nuestra atención fue el Boeing 747 de British Airways empotrado contra el edificio principal de la terminal. El golpe debió ser brutal. El morro había desaparecido en el interior y la aeronave descansaba sobre el ala izquierda semipartida. Por alguna razón no se había llegado a incendiar, pero un impacto de esas dimensiones podría haber puesto en apuros la estructura de cualquier construcción. Recordé las recientes palabras de Shania; ahí teníamos nuestro hecho fortuito.

  Bien, de todas formas la Base seguía estando en pie y constituía la única pista para dar con mi hija. Tendríamos que entrar. Shania dirigió el morro del coche dirección al desafortunado avión.

7 pensamientos en “24. La Base. Parte II

  1. No nos tengas tan olvidados carnal, queremos una fuerte dosis de podridos como tu sabes hacerlo, saludos y deseo te encuentres muy bien, ya no nos tengas tan privados de tu talento…

  2. No me digas eso, y luego que sigue? habra continuación o definitivamente planeas terminar el relato? te lo comento porque es muy bueno y da gusto leerlo, muchos saludos…

    • Hola Pepe, cuando leas el final tus preguntas se responderán solas, pero de momento quiero seguir con el otro proyecto, el de El Refugio, que espero que os guste a todos y que colaboreis conmigo para llevarlo a cabo.
      Gracias.

  3. Hola, todos los de crónicas zombie hemos llegado aquí. ¿Cuándo publicarás la siguiente entrada? ¿Prepararas un pdf con todos los capítulos?

    Ojalá lo publiques pronto!!! Saludos y suerte 🙂

    • Hola Crónicas zombis. Ya prácticamente está listo el último capítulo, estoy terminando de corregirlo. Seguramente la semana que viene o lo más tardar la otra lo subiré. Cuando esté acabado lo subiré también en pdf si.
      También hay alguna sorpresa referente a la publicación del libro, pero eso lo adelantaré cuando sepa algo más.
      Saludos a todos.
      Me alegra que os guste.

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