23. La Base. Parte I

  Shania dio dos golpecitos sobre el cristal del indicador de combustible. Repitió la operación.

–  Jose –llamó.

  No podía dejar de pensar en ello, como había sido tan estúpido, me había dejado infectar cuando estaba a punto de encontrar a mi hija. Miré el reloj y calculé mentalmente el tiempo que hacía desde que me habían herido. No más de media hora. Hasta la costa habría más o menos una hora de viaje. Sabía que el organismo se comenzaba a deteriorar inmediatamente y que en cuestión de tres o cuatro horas estabas hecho una mierda. Entre cinco y ocho morías y poco después volvías a despertar convertido en una de esas cosas. Por un momento me dejé seducir por esa idea, como sería ser zombi ¿Sentirían algo? ¿Alguno podría controlar sus reacciones? Deseché esos absurdos pensamientos con un movimiento de cabeza.

–  Jose –volvió a llamar Shania.

  Me vino un recuerdo de… de no sé cuando, era un reportaje en el que decían que una persona asomada a la terraza de un piso… cien, no tenía miedo a caer o a que la empujasen, lo que realmente le asustaba era el deseo creciente de arrojarse al vacío que podía llegar a experimentar ¿Qué pasaría si saltase? Pues con esto era lo mismo.

–  ¡JOSE! –Laura y Shania me zarandeaban del brazo, parece que me habían estado hablando pero no me enteré de nada.

–  ¿Qué… que ocurre?

–  El indicador de combustible…—Shania hablaba trabajosamente.

–  Jose, marca un depósito vacío –Laura continuó la frase sin poder apartar la vista de la herida de mi brazo— nos han debido dar, se vacía muy rápido –todos guardaban silencio expectantes a ver si se me ocurría alguna idea genial que detuviese el vaciado del depósito o que nos tele transportase a tierra firme, a ser posible a una zona despejada por completo de zombis; como si ellos fuesen mi responsabilidad, nadie les había obligado a seguirme, lo hicieron por su propia conveniencia, yo no les debía nada, además, en pocas horas, si no ponían remedio me los comería a todos. Giré la cabeza y me encontré con los ojos del niño observándome fijamente, en verdad esperaba esa idea genial fuese la que fuese ¡Joder! Es más, estaba seguro de que algo se me ocurriría. Qué me estaba pasando, yo no era así, o tal vez si, ni siquiera lo sabía. Daba igual, ya no podría salvar a mi hija pero al menos les pondría a ellos a salvo, luego me largaría, solo, a cargarme todos los zombis que pudiese antes de convertirme en uno de ellos.

–  A este ritmo de vaciado ¿Crees que llegaremos a la Base? –mi pregunta iba dirigida a Shania, una Shania que abrió los ojos con dificultad y a la que parecía costarle un inmenso esfuerzo concentrarse en mi pregunta, buscar una respuesta y dármela.

–  No, seguramente ni siquiera alcancemos tierra firme, de todas formas sigue este rumbo, nos dirigimos al punto más cercano, si no llegamos a ese, no llegaremos a ninguno –echó la cabeza atrás y volvió a cerrar los ojos.

  Puse el aparato a toda la velocidad que daba. Volábamos muy bajo, a ras del agua. Jorge disfrutaba de lo lindo, el resto supongo que se debatían entre lo excitante de la experiencia de vuelo y el temor al desenlace.

  Había pasado más de media hora, un depósito hacía rato que estaba vacío y el otro marcaba la reserva. En el radar ya podíamos ver tierra, no estaríamos a más de cinco kilómetros. No lo íbamos a conseguir. Teníamos que prepararnos.

–  Esto empieza a ir mal, no vamos a poder llegar, cuando crea que está cerca de acabarse el fuel saltareis por parejas, debéis buscaros en el agua, luego nadad juntos hacia la orilla, tenéis que dirigiros al faro, sobre todo no os separéis, apoyaros el uno en el otro y lo conseguiréis. Laura irá con Jorge –así intentaba proteger a los más cercanos a mi— Mariano irá con Iván y Thais con Shania –Thais era mucho más sensible y no dudaría en ayudar a la mujer a pesar de su pasado. Debéis…

–  ¿Porqué Thais tiene que ir con esa mujer? ¿Por qué no conmigo? –interrumpió Iván levantando la voz por encima del sonido del aparato.

–  Mariano no podría ayudar a Shania, será él quien necesite ayuda.

–  ¿Y por qué no la ayudas tu, no te has incluido en ningún grupo.

–  El helicóptero no alcanzará tierra, debe alejarse para evitar cernos encima; por eso el no se ha incluido en ningún grupo –sentenció la mercenaria con desprecio— pero no te preocupes yo me arreglaré sola, siempre lo he hecho, tu puedes ir con tu chica.

–  Nadie irá solo cada…

–  Iré yo con ella, Thais no nada muy bien, es mejor que vaya con Mariano –lo dijo en un tono mucho más moderado, consciente de que estaba en medio de una negociación.

–  Vale, de acuerdo, preparaos –no había tiempo para debatir más.

  Detuve el aparato en vuelo estacionario, a unos cinco metros del agua, cada vez costaba más controlarlo, no podía bajar más. Comenzaron a saltar. Laura y Jorge fueron los primeros, para el chico era un momento de asueto después de tantos días aburridos, Laura intentaba contagiarse de su alegría pero su gesto continuaba siendo serio. Thais convenció a Mariano para lanzarse de la mano, al abuelo no le hacía mucha gracia. El siguiente fue Iván, una vez hubo saltado, Shania se acercó a mí.

–  Trata de alejarte todo lo que puedas de la costa, si el aparato explota se verá y oirá desde muy lejos y llamará la atención de vivos y muertos.

  Ahora parecía encontrarse perfectamente, la capacidad de recuperación de esta mujer me confundía. Me pasó la mano por la cabeza y acercó su boca a mi oído.

–  El pelo largo te favorece más –seguidamente saltó sin pensarlo dos veces.

  Ya habían saltado todos, me alejé como me había aconsejado Shania. A unos dos kilómetros de la costa el Sikorsky dijo basta. Dejé libres los mandos y salté rezando para que no me terminase cayendo encima y, a ser posible no estallara. Lo primero ocurrió pero lo segundo no. El aparato se estrelló contra el agua; las aspas se partieron y salieron escupidas en todas direcciones, el cuerpo del aparato se separó de la cola y acabó explosionando en una luminosa llamarada que por fuerza tuvo que verse y oírse desde toda la costa. Busqué la luz del faro y me dispuse a nadar hacia allí.

  Llegué a la costa extenuado, el aparato había caído más lejos de lo que esperaba. Tumbados en la orilla mientras el mar les reconfortaba estaban Laura y Thais. Mariano estaba tendido en la arena lejos del agua y Jorge chapoteaba con las olas. No veía al resto, Iván y Shania no estaban.

–  ¿Dónde están Iván y Shania? –me acerqué a Laura y me senté entre ella y Thais.

  Al instante esta última se incorporó.

–  ¿No vienen contigo? Creíamos que les estarías ayudando a traer a la mujer.

  Me giré hacia el mar, aun no había amanecido, estaba oscuro como la boca de un… de un zombi, de mi boca dentro de poco tiempo. Observé la herida de mi brazo, me escocía pero no más que cualquier otra. Miré al horizonte, donde se suponía que el cielo enlazaba con el mar. No sabría decir donde había caído el helicóptero.

  Después de un rato mirando a lo lejos ya no era capaz de distinguir nada. En ese momento una figura comenzó a emerger del agua vacilante. Fui a su encuentro y le ayudé a salir, era Iván.

–  ¿Dónde está Shania? –todos se acercaron a nuestro alrededor.

  Al joven le costaba trabajo respirar y comenzó a toser abruptamente.

–  Estaba agotada, no podía nadar y no quería que me quedase con ella, te lo juro, no quería. Me dijo que me fuese, que ella estaría bien, que…

–  Como que estaría bien, SE AHOGARÁ –grité más de lo que hubiera querido— ¿Hacia dónde la dejaste? Vamos, rápido, no aguantará mucho en el agua.

–  No, no, esta flotando, quiero decir que está agarrada a un trozo de asiento que salió despedido desde el helicóptero, puede aguantar, ahora vamos a por ella y…

–  ¿En qué dirección está?

  El chico intentó ver algo que le orientara, pero no lo conseguía, no se decidía por ninguna dirección.

–  Iván ¿Hacia dónde voy? ¿A qué distancia está? Reacciona, dime algo –le zarandeé de los hombros.

–  Está oscuro, creo,…sí, creo que es por allí, te acompañaré, estará a una milla más o menos.

  Le solté y me dirigí a Laura.

–  Id hacia el Oeste, debéis salir de esta playa, es una ratonera, si aparecen zombis no podréis escapar. Busca un refugio seguro, a ser posible alto; descansad, consigue armas, alimentos y un vehículo, y tened cuidado si os encontráis con otras personas, las cosas ya no son como antes, no hay seguridad y principios quedan pocos. No me esperéis, os… os encontraremos.

  Cuando terminé de hablar Laura no pudo evitar las lágrimas, intentó abrazarse a mí pero la aparté con suavidad. Me di la vuelta y corriendo me adentré en el mar. No me sentí capaz de despedirme de Jorge.

  Corrí hasta que me fue más sencillo avanzar nadando. Tenía que darme prisa, no sabía el tiempo que me quedaba antes de empezar a descomponerme. Lo cierto es que no notaba aún nada, tal vez eso que me inyecté realmente valiese para algo, pero no quería hacerme ilusiones. Era curioso, en esta ocasión no había sonado ese CLIC en mi cabeza, nada me indujo a pensar abandonarla a su suerte. Era raro.

  Cada vez iba más lento, me costaba nadar, me agotaba rápidamente. Me concentré en controlar la respiración aunque tuviese que avanzar más despacio.

  Ya estaba en el lugar aproximado donde cayó el helicóptero, me iba encontrando restos del aparato flotando pero de Shania no había rastro. Aún tardaría algo en amanecer. La única solución era llamarla a gritos. Al poco me pareció escuchar algo, si, me estaba respondiendo. No andaba muy lejos. Cuando llegué a su lado apenas podía mantenerse agarrada al asiento del Sikorsky.

–  Has tardado mucho, tal vez sea la edad –todavía tenía ganas de bromear.

–  Muy segura estabas de que vendría –empecé a empujarla lentamente hacia la costa.

–  Nunca dejas a nadie atrás, contigo siempre volvían los mismos que partieron, los vivos a tu lado y los muertos a tus espaldas.

–  Presumes de conocerme demasiado. Me gustaría poder recordar tan solo una parte de lo que me has contado.

–  Descuida, te iré poniendo al día de todo, será como si lo volvieses a vivir.

  Le costaba un gran esfuerzo mantenerse a flote aún agarrada al asiento, pero no se había quejado ni una sola vez. Esta mujer me confundía, producía en mi interior sensaciones que no conseguía descifrar.

–  Sabes, debí dejar toda esta mierda cuando lo hiciste tú, pero, supongo que me sentí traicionada, además, tampoco hay muchas cosas a las que una asesina se pueda dedicar ¿No?

  No le respondí, empezaba a darme todo un poco igual, ya no había nada que pudiese hacer, en breve se acabaría todo. La cara de mi hija se me apareció, con la expresión que tenía en el instante en que se hizo la foto. La foto, todavía la llevaba encima, debía estar chorreando. Dejé de nadar y la busqué con cuidado en el bolsillo, solo encontré pequeños trocitos demasiado mojados para mantenerse enteros. Era la única foto que tenía de mi hija.

  A Shania no le quedaban fuerzas para seguir hablando, difícilmente se sujetaba y yo no tenía ganas así que permanecimos en silencio mientras yo empujaba lentamente.

  En la orilla Iván seguía intentando justificarse mientras Thais le animaba.

–  Cree que la abandoné, por eso no me ha dejado ir con él, pero no fue así, ella me obligó a dejarla, me dijo que Jose volvería a por ella, estaba completamente segura de ello, por eso me marché, esa mujer no me cae bien, ni siquiera me fio de ella pero no la habría abandonado; tienes que creerme Thais, tenéis que creerme todos.

–  Dejálo estar pibe, el sargento no se ha ido sólo por eso, se trata de otra cosa ¿Verdad Laura? –como siempre Mariano mostraba una sensibilidad extraordinaria.

–  Tenemos que irnos –a Laura le costaba trabajo no derrumbarse— ya habéis oído.

–  Pero tenemos que esperarle, vendrá enseguida, seguro, no podemos marcharnos –el niño miraba a Mariano sin comprender.

–  ¿De qué va todo esto? Sin él no duraríamos ni una semana –Thais, de repente, parecía al borde de un ataque de nervios.

  Mariano le indicó con la mirada que se lo contase. De otra forma jamás se marcharían. Laura cogió a Jorge de los hombros y se agachó hasta quedar a su altura.

–  Jose no va a regresar –le acariciaba con dulzura la cara y la cabeza rapada mientras hablaba pero el chiquillo la miraba sin comprender— cuando…cuando fuimos a liberar a los zombis del barco –una lágrima comenzaba a escapar por los ojos, de pronto enrojecidos, del niño— uno de los…putos zombis –su voz sonaba cada vez más enronquecida mientras el pecho del niño subía y bajaba arrítmicamente—le hirió de alguna forma, no nos dimos cuenta hasta que Thais le intentó curar la herida.

  El fin de la confesión dio paso a un silencio roto sólo por los callados sollozos del pequeño.

–  Pero, pero todavía hay tiempo, tardan mucho rato hasta que… —el niño se interrumpió, no podía seguir.

–  Jorge, él no quiere quedarse y llegar a ser un peligro para nosotros, o que tengamos que matarle para evitar que nos ataque, sabe que no seríamos capaces, por eso se ha ido y por eso no va a volver. Ahora haremos lo que nos ha dicho, saldremos de aquí a buscar un sitio seguro donde poder descansar un tiempo –ahora Laura parecía más sobrepuesta y trataba de transmitir una seguridad que, en absoluto sentía.

¡POFF!

¡POFF!

¡POFF!  ¡POFF!

¡POFF!  ¡POFF!  ¡POFF!

–  ¿Oyeron eso? –preguntó el abuelo.

  Todos miraron hacia el final de la playa, terminaba en un cortado de más de cincuenta metros de altura. Era roca escarpada, imposible subir por allí. Pero al seguir elevando la vista hasta la cima lo que vieron les dejó sin habla.

  Al contraste con la luna de fondo descubrieron montones de seres moviéndose al borde del abismo. La explosión del helicóptero había llamado su atención y ahora se agrupaban sin orden en el borde del cortado. La desesperación y su falta de coordinación les hacía caer al vacío, sobre la arena de la playa, eso era lo que habían escuchado. No es que se lanzasen al vacío, sino que los que iban aproximándose por detrás les empujaban abajo.

  Los ojos de Iván se iban a escapar de sus órbitas. Los zombis que habían caído sobre la arena se estaban levantando, no todos, alguno debía haberse roto el cráneo, o se había lesionado tan gravemente los miembros que no era capaz de levantarse y caminar.

  El primero no tardó en aproximarse, avanzaba arrastrando su pierna derecha girada por completo en una posición imposible. Detrás de él iban otros dos seres a cual más destrozado.

–  Tenemos que salir de aquí –la que había hablado era Laura en su papel de nueva líder.

  Pero cuando todos se dirigían hacia la salida de la playa, la única salida, se percataron de que más zombis se acercaban desde allí. Éstos avanzaban más rápido, no tenían lesiones a la vista y se les percibía más peligrosos. Eran tres varones, delgados, vestidos todos con camisas blancas iguales, y descalzos, con las perneras de los pantalones deshilachadas, tenían todo el aspecto de unos náufragos que llevasen perdidos varias semanas. En condiciones normales, antes de esta locura, hubiesen corrido a socorrerles, pero ahora querían correr pero para alejarse cuanto más mejor de ellos.

  Todos se habían arremolinado alrededor de Laura que había sacado su pistola y apuntaba con ella hacia los zombis que se acercaban por la orilla, desde la única salida posible de la playa.

–  DISPARA –gritó Iván en el oído de Laura.

–  Si disparo el ruido atraerá a más zombis.

–  Y si no lo haces nos atacarán.

–  Dispara Laura –aprobó Mariano—y salgamos cagando leches de aquí.

  Ella no estaba muy convencida pero tampoco se le ocurría nada mejor. Apuntó al más adelantado que ya se encontraba a menos de dos metros. Jorge y los demás dieron un paso atrás.

¡CLIC!

¡CLIC! ¡CLIC! ¡CLIC!

  El arma no disparaba, se habría mojado, no, ese tipo de pistolas funcionaban incluso debajo del agua. Extrajo el cargador ¡VACIO! Había vaciado el cargador durante la huída de la cubierta del barco, no dejó de disparar sobre los zombis más cercanos que intentaban subir al aparato.

–  ¿Qué pasa? Dispara Laura, dispara ya –apremió Thais ahora notablemente más nerviosa.

–  No tengo munición, está, está vacío –enseñó el cargador del arma—no tenemos nada para defendernos. Hay que huir de aquí antes de que sean demasiados y no podamos escapar.

  El pequeño se adelantó entonces y armando la pequeña katana descargó un certero golpe sobre la pierna del primer zombi, como le enseñó el sargento. Cuando ya se preparaba para encarar al siguiente Mariano le cogió del brazo.

–  Tenemos que escapar chico, es muy peligroso, no podrás con todos, vamos.

  En grupo se adentraron en el agua hacia la salida de la playa alejándose de los que habían caído desde la cima y que ya les acechaban por detrás.

  Una vez en la arena de nuevo, corrieron juntos alejándose de la ratonera en que se había convertido la playa.

  Aún no había amanecido, se hallaban en un sitio que no conocían y donde los zombis podían aparecer desde cualquier esquina. Tenían que encontrar un refugio lo antes posible. Laura recordó las últimas palabras del sargento antes de irse:

  “Id hacia el Oeste, debéis salir de esta playa, es una ratonera, si aparecen zombis no podréis escapar. Busca un refugio seguro, a ser posible alto; descansad, consigue armas, alimentos y un vehículo, y tened cuidado si os encontráis con otras personas, las cosas ya no son como antes, no hay seguridad y principios quedan pocos. No me esperéis, os encontraremos”

   Eso era…un refugio…alto… A lo lejos se divisaba una pequeña construcción, parecía una caseta de pescadores o algo así, no era el mejor de los refugios, pero no había nada más cerca, parecía una playa fantasma.

  Se detuvieron unos instantes para tomar aire y recuperarse del esfuerzo, habían dejado muy atrás a los zombis pero correr por la arena resultaba más agotador que hacerlo por el asfalto.

  Ya volvían a escuchar los gruñidos de los zombis aproximándose, debían seguir.

  Ahora avanzaban sin correr, andando rápido. Aún así tomaban distancia con los muertos aunque no llegaban a perderlos.

  Llegaron a una zona en la que encontraron cuatro construcciones dispersas rodeadas de montones de botes de pesca. Ninguno parecía estar en condiciones de navegar y además estaban demasiado lejos del agua, para arrastrarlos al mar; suponiendo que alguno fuese útil, necesitarían tiempo y fuerzas a partes iguales y ahora no disponían ni de lo uno ni de lo otro. Las construcciones tenían una característica común, todas ellas estaban levantadas del suelo unos dos metros. Las vigas de madera que las alzaban aparecían ennegrecidas. A todas se accedía de la misma forma, una escalera vertical, ni rampas ni nada parecido. Laura miró al resto. Todos observaban las casas, todos menos Mariano. Se le veía extenuado, no podría continuar mucho más. Habían recorrido varios kilómetros desde la playa. Sabía que cuando Jose le dijo que buscase un refugio alto no se refería a esto, pero por allí no se veía nada más y el abuelo estaba agotado. No quería tener que abandonarlo, no podría. Por otro lado, si se ocultaban allí, los zombis no podrían alcanzarles pero si se agrupaban demasiados en los alrededores no podrían escapar llegado el momento.

  Se decidió por una de las casas, la más alejada de la orilla.

  En el mar, Shania parecía algo más descansada al no tener que realizar apenas esfuerzo, pero debía salir del agua rápido, su herida seguía abierta. La orilla quedaba ya cerca, esperaba que ya se hubieran marchado, no quería una nueva despedida. En la arena se veía ajetreo. Seguía siendo de noche pero la claridad que desprendía la luna dejaba entrever movimiento. Era errático, en círculos, sin sentido. Eran zombis, se habrían visto atraídos por la explosión. De Laura y los demás no había rastro. No les habían descubierto, pero Shania debía salir del agua. No sabía exactamente cuántos había, tampoco disponía de ningún arma, pero ya daba igual, iba a ser como enfrentarse de igual a igual, de zombi a zombi.

  La mujer, con el cabello empapado, observaba la playa en silencio, miraba arriba, a la cima de la montaña.

–  No nos han descubierto Jose, sigamos por el agua hacia el oeste, puede que allí no haya más.

–  Tienes que salir del agua, ya has perdido mucha sangre. Acabaré con estos, después sal y escapa, busca al resto y trata de protegerles, prométemelo.

–  ¿Qué pasa? ¿Ahora vas de machito? No tienes armas y se ven varios zombis en la arena y, fíjate arriba, si oyen barullo caerán desde lo alto, lo he visto antes, además, no voy a ir a ningún sitio sin ti.

–  No te preocupes, ya no pueden hacerme más daño, ahora estamos igualados. Haz lo que te he dicho, por favor –le mostré la herida de mi brazo.

  Ella soltó una divertida carcajada mientras yo la observaba sin entender.

– ¡Qué mono! ¡Crees que estás infectado! –sin mediar más palabras se colgó de mi cuello y me dio un beso en los labios, metió su lengua en mi boca recorriéndola por entero, yo continuaba cogido al asiento para mantenernos a flote y, aunque hubiese podido separarla de mí, no lo hice, el sabor salado de su lengua y la forma de besar me devolvió a momentos pasados que no terminaba de recordar.

  Cuando se separó los dos estábamos excitados por igual, ella incluso parecía haberse recuperado, lástima que ahora ya fuese inútil.

–  ¿Por qué has hecho eso? Te has condenado, no lo entiendo –esa mujer seguía atrayéndome de una forma desconocida e inexplicable.

–  Los dos seremos zombis, seguro,… pero no hoy.

  La miraba sin comprender. Tomó mi brazo y pasó su lengua por mi herida, divertida. Retiré mi mano bruscamente.

–  Pero a ti qué coño te pasa –seguía sonriendo divertida.

  Volvió a tirar de mi brazo.

–  He visto infinidad de heridas de esas cosas, muchas compañeras y amigas han caído bajo sus arañazos y mordiscos y créeme, eso no te lo ha causado uno de ellos. Las heridas que te infligen se infectan en cuestión de pocos minutos, su aspecto es totalmente desagradable y al momento empiezan a oler a podrido, la descomposición del resto del cuerpo comienza por ahí. En poco tiempo se produce la descoordinación, pérdida de visión, los órganos internos se deterioran rápidamente, hemorragias varias se suceden y en pocas horas…la muerte.

–  En ese caso, te has aprovechado de mí –pero lo cierto es que estaba tan contento que no me importaba, si podría recuperar a mi  hija.

–  Seguro, pero no se puede decir que hayas opuesto mucha resistencia.

–  Ahora la situación se ha complicado algo, ya no puedo dejar que me hieran, pero de igual modo tenemos que salir del agua.

  Miré la hora, el reloj seguía funcionando. Eran las cuatro y media de la mañana. Joder, no hacía ni veinticuatro horas que nos habíamos topado con el Castilla. Aunque no había amanecido, comenzaba a clarear. En breve seríamos completamente visibles, todos los zombis de las proximidades noss descubrirían. Había que hacer algo rápido.

  Shania llamó mi atención.

–  Aquello parece un bote.

–  Está demasiado lejos de la orilla, no podríamos botarlo. Además, no sabemos en qué condiciones estará.

–  No me refería a eso, puede que en el interior haya remos o algo para defendernos y poder golpear a los muertos.

  Era una posibilidad, en la playa no parecía haber nada, estaba limpia. Conté cinco monstruos vagando por la arena. Fui por el agua hasta la barca, solo entonces salí a la playa. Al momento me fueron detectando los zombis, primero uno que grita y el resto que se le une. Gruñidos y rugidos de rabia inundaron la playa. En el bote no había remo alguno, de hecho estaba destrozado, no habría podido navegar. La madera estaba cuarteada. Tiré de uno de los listones de madera laterales, el que llevaba atornillado el soporte de hierro para colocar el remo. Apoyando la pierna en el borde para hacer más fuerza logré arrancarlo. Ahora disponía de un arma, rudimentaria pero “era mejor que una patada en el hígado” visualicé perfectamente a mi abuelo diciéndome esa frase exacta durante uno de nuestros paseos.

  La tontería del recuerdo por poco me cuesta cara, uno de los zombis se me echó encima. Interpuse el palo recién arrancado entre los dos y los dientes del monstruo hicieron presa en él. Después del susto inicial zarandeé la improvisada arma y el zombi salió despedido. El resto ya me rodeaban. A uno de ellos le faltaba la mitad de la pierna, se acercaba arrastrándose, el miembro estaba limpiamente seccionado, reconocí en el corte la pequeña katana de Jorge, ojalá estuviesen bien.

  Lo mejor era ir ocupándome de cada zombi de manera aislada, de uno en uno. Me enfrenté al más alejado del resto, vestía la típica chilaba marroquí completamente tiesa por la mezcla de sangre, arena y demás mierda que portaba. Su oreja izquierda no existía y un tremendo desgarro mostraba parte de su tráquea. Levanté el palo y lo descargué con toda la violencia de que fui capaz sobre su frente. Se quedó inmediatamente inmóvil. Cuando extraje el soporte del remo de su cabeza cayó al suelo como un fardo, uno menos. El siguiente era un individuo que no podía levantar los brazos, tenía partidas las dos clavículas, supuse que ya sería zombi cuando se lo hizo, si no el dolor habría resultado insoportable, su cabeza también quedó atravesada por el soporte. Los otros dos se acercaban juntos. Al intentar sacar el palo del cráneo del manco no pude, la madera se partió en dos trozos. El tamaño del trozo que me quedó en las manos era de medio metro. El listón de madera se había astillado terminando en punta, lo eché hacia atrás y se lo clavé en la cabeza a uno de ellos, entró por su cuenca ocular y le atravesó el cerebro, ahora ya no disponía de ningún arma.

  El último muerto que se mantenía en pie se me acercaba. Fui alejándome de él y me dispuse a dar vueltas alrededor del viejo bote mientras pensaba algo.

  Me acerqué al que tenía clavado el soporte, puse mi pie contra su cabeza y tiré. Por fin salió. Me fui a por el último y le partí literalmente el cráneo con él, ya no quedaban más. Error, el cojo me cogió de la bota con fuerza. Me había sorprendido y me desequilibró tirándome al suelo. Se llevó el pie a la boca para clavarme su negra dentadura. La bota me salvó esta vez. Le lancé una patada con mi pierna libre y me incorporé. En la orilla, una piedra enorme descansaba semienterrada. La levanté con dificultad y la dejé caer sobre la cabeza del cojo, el sonido resultó de lo más desagradable.

  Di un vistazo a la playa, ya no había más zombis “vivos”. Shania ya salía del agua. Me acerqué y le ayudé a tenderse sobre la tierra. Le rompí el pantalón para dejar la herida de su pierna al aire. No tenía buen aspecto, pero al menos no sangraba apenas.

–  Tus amigos no te han esperado.

–  Les dije que se marchasen, creía que me los iba a comer ¿Recuerdas? Tenemos que seguir, hay que alcanzarles.

  Le arranqué la otra pernera del pantalón, la escurrí bien y le volví a vendar la pierna.

– ¿Sabes dónde estamos? ¿Conoces este sitio?

–  Claro he venido hasta aquí montones de veces. A hacer topless –sonrió pícara, la verdad es que estaba preciosa incluso con el pelo mojado y las facciones demacradas– Tú también viniste conmigo en muchas ocasiones, te gustaba, a los dos nos gustaba. Marruecos es el típico país musulmán falsamente puritano. Su religión les prohíbe casi todo lo bueno que ofrece la vida, en contrapartida en sus calles puedes encontrar eso prohibido elevado a la enésima potencia, de forma clandestina claro, alcohol, drogas, sexo, corrupción. Por eso la Organización instaló una de sus bases aquí.

–  Muy bueno el mitin, pero me refiero a que hay en los alrededores; poblaciones, acuartelamientos, servicios.

–  Esta zona es de pescadores, todo pequeñas barquitas. Unos metros más arriba, una vez que termina esa loma hay una carretera que comunica toda esta pequeña península. Al otro lado –me señaló la dirección— está el continente. Siguiendo por esa carretera se llega a la población de Dajla, es un pequeño Protectorado de unos 85.000 habitantes que descansa en la península de Río de Oro, también conocida como península de Wad Ad-Dahab península de Villa Cisneros en la época colonial española.

–  Shania, tengo que encontrar a mis amigos y rescatar a mi hija, deja las lecciones de Geografía y dime algo útil coño.

–  ¡Mmmmhhh! Recuerdo como me ponías cuando te enfadabas.

–  ¡SHANIA!

–  Vale, vale. Unos kilómetros más adelante, siguiendo la carretera está la ciudad que te decía. Un poco antes nos encontraremos el Aeropuerto Internacional, aunque de internacional tiene poco, en realidad era completamente nuestro, la tapadera perfecta. A la base se accede por una de las dos terminales.

–  Y cómo vamos a llegar hasta allí.

–  Unos kilómetros playa arriba hay unas casetas elevadas de pescadores, las usaban para reunirse a fumar hachís y almacenar aparejos y material. A esa altura, en la carretera, hay un desguace, puede que tengamos suerte y podamos encontrar algún vehículo útil. Tus amigos seguramente hayan realizado el mismo camino.

–  Has dicho que están elevadas ¿Por qué?

–  En esta zona los temporales son muy fuertes y esta parte de la península no está muy protegida, así evitan que las olas se lleven las construcciones; las embarcaciones las adentran en la arena por el mismo motivo.

–  ¿Cómo te encuentras?

–  Mejor, pero tendré que andar apoyándome en ti –volvía a sonreír.

–  Vamos pues.

  La caseta estaba completamente a oscuras, las ventanas que se veían desde fuera estaban tapadas con contraventanas de madera. Después de tropezar varias veces, Laura logró abrir una de ellas. Algo de luz de luna entró. Abrieron las otras tres. La caseta no tendría más de tres metros cuadrados. Eran unos almacenes de pesca, aparejos, redes, cogieron un lumigas, sólo necesitaban un mechero o cerillas. Sobre una mesa destartalada encontraron uno junto a varias pipas extrañas. Lo encendieron y una cálida luz inundó la estancia. Cada uno buscó un hueco donde dejarse caer y descansar.

  Laura, mientras tanto, recorrió todo el refugio a ver si encontraba algo que les pudiera servir. Había cuerdas, agujas, anzuelos, alguna red pequeña, boyas. De comer o beber no encontró nada, tenía la garganta completamente seca y supuso que el resto estarían igual, trató de humedecerse los escocidos labios con saliva pero fue inútil. Se sentó junto a Jorge desmoralizada. En el rincón de enfrente Iván y Thais se habían quedado dormidos abrazados. En la otra esquina Mariano se inyectaba un vial de insulina.

–  Creí que te lo habían quitado al subir al barco.

–  Ya fui aprendiendo, oculté cuatro en los bolsillos. También me guarde esto. Te tendió un “huesitos” a Jorge.

–  Está mojado, sabrá a sal.

–  Que no chico, viene envasado al vacío, lo de dentro tiene que estar seco, tomá y comételo.

  El niño lo devoró en segundos después de ofrecernos un bocado que rechazamos por vergüenza, por ganas se lo habríamos arrancado de las manos.

–  ¿Qué vamos a hacer Laura?

  No lo sé Jorge –el chico tenía la cara cortada por el sol y la sal del mar y restos de chocolate en los labios agrietados—  tendremos que buscar una forma de sobrevivir.

  Comenzaba a amanecer y la luz del sol ya penetraba por las ventanas. Abajo, los gruñidos y golpes de los zombis que les siguieron arreciaban, parecía que se habían reunido más, muchos más. Qué hora sería, no tenían reloj, se habían quedado dormidos pero no debía hacer mucho rato, seguía habiendo poca luz. Los golpes sobre las patas de madera que sustentaban la casa hacían que ésta vibrase con cada impacto. Todos se habían despertado. Thais fue la primera en asomarse a la ventana orientada a la orilla del mar.

–  ¡DIOS! –su exclamación les hizo a los demás abalanzarse sobre la ventana, primero una y luego el resto.

  Abajo, al menos una veintena de zombis rodeaban la caseta gritando y golpeando sobre los soportes. La cara bronceada de Thais estaba ahora completamente blanca.

–  ¿Cómo vamos a salir de aquí Laura? Estas cosas no se van nunca y tampoco se cansan, nos volveremos locos y moriremos de hambre si no derriban esto antes.

–  Vale, no perdamos la calma, de momento aquí estamos seguros, no nos pueden alcanzar. Puede que ocurra algo y se marchen –pero ni ella misma se creía lo que decía.

  Rodeaban la pequeña caseta, no paraban de golpear los maderos que la elevaban sobre la arena. Habían identificado a diecisiete zombis distintos, pero debajo debía haber más. La casa cada vez se tambaleaba más. No estaba preparada para que la zarandeasen de esa forma.

  Cerraron todas las contraventanas, así evitaban la espeluznante visión de los muertos con sus bocazas podridas abiertas a un metro escaso y retardarían la entrada de los zombis en la casa en caso de que la derribasen.

  Tenían que encontrar algo con lo que defenderse, pero qué. La luz desprendida del lumigas resultaba muy escasa comparada con la que momentos antes entraba ya por las ventanas.

  Jorge empuñó su katana y se situó al lado de Thais, era la única arma de que disponían. Se agruparon en una de las esquinas junto a la puerta de entrada y permanecieron juntos esperando lo peor.

  El trayecto hasta el desguace había resultado más fácil de lo previsto. En lugar de continuar por la playa, que nos cansaba más, salimos a la carretera asfaltada. Apenas se distinguía, la arena de la playa, arrastrada por el viento y sin nadie que la retirase,  amenazaba con cubrirla por completo.

  Aunque comenzaba a estar igualmente cubierto por la arena, identificamos el desguace sin dificultad. En lugar de vallas que lo delimitasen, columnas de coches aplastados le daban forma al recinto. Nos acercamos a la entrada, la única zona que presentaba una reja, ahora abierta de par en par. No se advertía a nadie, pero el interior del recinto, con innumerables paredes verticales de coches desguazados, constituía un laberinto en el que se podía ocultar cualquier cosa.

  Shania caminaba colgada de mi hombro, pero creo que más por placer que por necesidad. Aunque su herida había dejado de sangrar necesitaba desinfección urgente y un zurcido tampoco le vendría mal.

  La única construcción de las instalaciones se encontraba en la esquina sur, llegamos hasta ella tras recorrer varios pasillos rodeados de vehículos. No vimos ningún transporte con aspecto de funcionar pero tampoco hallamos compañía indeseada. Por el camino recogí una barra de hierro que usaban para alargar una carraca y así realizar un menor esfuerzo. Pesaba más de lo deseado pero resultaría contundente.

–  Al final voy a pensar que tienes algún tipo de complejo oculto hacia las cosas alargadas y redondeadas –a pesar de haber pasado varios días con ella era ahora, herida y en las peores condiciones, cuando se mostraba tal y como debía ser en realidad, sonreí.

  Nos acercamos con precaución a la construcción más grande, a su derecha se veía una especie de almacén pero como su puerta estaba cerrada nos dirigimos primero a la otra.

  Dentro no se oía nada raro, la habitación a la que se accedía, una especie de oficina estaba comida de arena que el viento había depositado por todas partes. La mirada de los dos fue al mismo sitio: una máquina de distribución agua. Cogimos un par de vasos del dispensador, limpiamos el polvo y la arena con la mano y los llenamos hasta arriba mientras escuchábamos con deleite el gorgoteo del líquido dentro de la bombona al coger aire. A pesar de su sabor entre rancio y terroso nos lo acabamos en un suspiro y repetimos y nos lo volvimos a acabar y volvimos a repetir de nuevo. Desde que dejamos el velero no había bebido nada y Shania poco más. Recordé a Jorge y los demás, si no habían encontrado agua debían estar al borde de la deshidratación. La bombona era de veinte litros y quedaba más de la mitad. En el suelo, al lado de la máquina, había otras tres botellas pero todas vacías, nos llevaríamos esa.

  Proveniente de la habitación de al lado escuchamos un gruñido demasiado conocido. Shania cerró la puerta de entrada y se parapetó tras la mesa de escritorio a la vez que cogía un afilado abrecartas. Me acerqué a la estancia de la que salían los gritos ahogados. Abrí la puerta de golpe y me preparé a recibir lo que saliese de ahí, pero sólo un denso olor a mierda escapó. Los gruñidos y gemidos siguieron como si nada pero nadie apareció. Me adentré con precaución y cuando vi lo que había detrás de la puerta no supe si reír o llorar.

–  Shania –llamé— tienes que ver esto.

  Se acercó cojeando a la habitación.

– ¡JODER! Pero qué coño…

  Nos tapamos la nariz. En el centro de la habitación había una cama y atada a ella una zombi desnuda, parecía joven, rebozada en sus propios excrementos se retorcía y saltaba moviendo hasta la cama. La debía haber desplazado desde la pared al centro de la estancia. Llevaba una mordaza en la boca y presentaba múltiples marcas de quemaduras en los pechos y en las piernas.

  La mujer daba unos saltos tremendos, se excitaba por momentos.

–  Fíjate, parece la niña del exorcista.

–  ¿Qué niña? ¿Qué exorcista? –pregunté confuso.

–  ¡Ah! es verdad, que no te acuerdas ¡bah! Olvídalo, o simplemente no lo recuerdes. Pártele la cabeza, así dejará de padecer. Yo voy a ver si me desinfecto la herida –y se marchó como si nada.

  Después de romperle el cráneo con la barra registré la habitación. Salí con la ropa que debía llevar la mujer y una camiseta negra que no parecía pertenecer al conjunto.

  Shania se había sentado detrás de la mesa, la había limpiado relativamente y en ese momento procedía a recortarse las perneras de los pantalones. Se lavó con un vaso de agua que había llenado y desinfectó los dos orificios, el de entrada y el de salida con el alcohol de una botella de White Label que había encontrado en alguna parte. Después de limpiar bien las heridas con el whisky se atizó un lingotazo para mitigar el dolor. Me ofreció la botella y yo también eché un generoso trago que me calentó la garganta.

–  Ahora sólo nos falta encontrar hilo y aguja para coser tu herida y…

–  Tengo algo mejor –me interrumpió a la vez que abría un bote de loctite— no es lo ideal pero servirá, de hecho no será la primera vez que lo uso para curarme una herida. Fue un rasguño profundo donde la espalda empieza a perder su nombre, en el culo vamos; me lo pegaste tu ¿Quieres verlo?

  Le apreté la herida mientras ella aplicaba el pegamento. En pocos minutos los dos orificios estaban suturados.

–  ¿Esa camiseta es para mí? Un poco pequeña ¿no? –se la probó sobre el cuerpo— bueno, si no me das otra cosa.

  Sin ningún tipo de vergüenza se quitó la que llevaba mirándome con expresión descarada. La fina cicatriz del corte obsequio de Arlenne se veía perfectamente, entre sus dos firmes pechos. La camisetita de tirantes era claramente pequeña y, una vez puesta dejaba poco para la imaginación. Le alargué la otra.

–  Toma, ponte esta anda.

–  Ni hablar, esta me queda perfectamente, póntela tu que no llevas nada.

  Iba a responder cuando unos gritos procedentes del exterior nos alertaron.

  La caseta cada vez bailaba más, tenían que salir de allí, pero como.

  Mariano le guiñó un ojo a Laura y se situó frente al resto.

–  Chico, tenés que saltar sobre los zombis y correr a pedir ayuda, eres el único que puede conseguirlo. Siguiendo tierra adentro me pareció ver coches aparcados, tal ves haya alguien que nos pueda socorrer –el niño frunció el ceño, no terminaba de ver claro lo que quería decir el abuelo.

–  Pero ¿Cómo voy a saltar? ¿Por encima de ellos? ¿Y si me cogen? Además, puede que no encuentre a nadie ¿Cómo saldréis vosotros?

–  En realidad, Laura, Iván y Thais también pueden saltar ¿Verdad? –el abuelo mostraba sus verdaderas intenciones.

  La cara de susto de Thais dio al traste con la idea de Mariano.

–  Yo no…no creo que pueda…no, no, yo no…yo esperaré aquí.

–  No dejaré sola a Thais –Iván se abrazó a la joven.

–  Yo me quedaré también a cuidar de Mariano –lo cierto era que Laura sentía el mismo pánico que Thais a enfrentarse a los zombis de abajo, una cosa era que derribasen la caseta y otra saltar sobre ellos, pero al mismo tiempo entendía que el chico tal vez podría tener una oportunidad, si se quedaba allí, todos tendrían el mismo final, fuese el que fuese, por lo que siguió insistiendo.

  Al final convencieron al niño de que debía escapar y buscar auxilio, no fue fácil, pero la necesidad del chico de creer en algo, de pensar que lo podrían lograr si encontraba ayuda hizo el resto.

  Abrieron de nuevo todas las contraventanas. Cada uno se situó en una de ellas con excepción de la que daba a la puerta de entrada. La idea era simple, tratar de llamar la atención de los muertos para que dejasen relativamente libre el lado de la puerta por el que debía saltar el niño.

  Laura se despidió de él con lágrimas en los ojos y el pequeño le dio un beso a cada uno.

–  Tienes que encontrar ayuda y venir a rescatarnos, ahora eres nuestra esperanza, pero sólo debes regresar si la encuentras, si no, tienes que ponerte a salvo, eres fuerte, puedes hacerlo –tras esas palabras de Laura se escondía el convencimiento común de que no tenían salvación, muerto el sargento, en un país desconocido ¿Quién les podía venir a ayudar?

  Se prepararon y cada uno empezó a representar su papel, llamaban y gritaban a los muertos desde todas las ventanas. Era espeluznante, los zombis más altos, cuando estiraban sus brazos hacia ellos, prácticamente alcanzaban las ventanas, sólo pensar que si hubiesen tenido un mínimo de coordinación podrían haberse encaramado en ellas ponía los pelos de punta.

  Nunca los habían podido observar tan de cerca. Laura se fijó en una extraña coincidencia: todos, absolutamente todos los zombis que les acosaban eran varones y todos llevaban la misma indumentaria, camisa blanca y los mismos pantalones raídos que una vez debieron ser blancos pero que ahora no se podía decir con exactitud de qué color eran. Ninguno de ellos mostraba mordiscos o arañazos que indicasen que le habían atacado, al contrario, parecía que todos se hubiesen infectado directamente con el virus. Presentaban miembros rotos y manos y brazos desollados, así como los pies descalzos, pero eso tenía que ser más fruto de golpear cosas que de ataques de otros zombis. Esto resultaba tremendamente extraño a estas alturas, se podría decir que eran zombis vírgenes.

  Pero se estaba dejando llevar por elucubraciones sin resultado. Mariano avisaba a Jorge de que debía saltar. El chico, en un gesto que no le había visto hacer hasta ahora, se santiguó y echó a correr katana en mano desde la otra punta de la caseta hacia la puerta. El salto fue limpio y sobrepasó ampliamente la linea de sorprendidos zombis, pero el grito que dio después, al intentar caminar y los gestos que hacía les restaron optimismo. En condiciones normales los muertos nunca serían capaces de alcanzar al chico, pero se había lastimado el tobillo y avanzaba cojeando. Con todo iba cobrándoles una nimia ventaja. El pequeño se alejaba seguido de siete de las criaturas, el resto debieron pensar que nosotros éramos piezas más seguras, o simplemente no se enteraron de que alguien había huido.

– ¿Has oído eso? Era la voz de un niño ¿verdad?

–  Tiene que ser el crío, Jorge, no creo que queden muchos niños por aquí –al instante se arrepintió Shania de esa observación.

  Salimos al exterior barra en mano. El desguace era muy grande y con tantas hileras de coches apilados se convertía en un verdadero laberinto. Shania me seguía, cojeando, cada vez a más distancia.

  El pie le dolía horriblemente. Al caer desde la caseta sobre la arena de la playa se había torcido el tobillo, como en aquel torneo de futbol 7 al que le había llevado su padre, en urgencias le dijeron que tenía un esguince de no sé qué grado. Ahora debía tener algo parecido, eso si no se lo había roto. Podía sentir como el calzado le iba apretando cada vez más, se le hinchaba.

  No tuvo problema al saltar, superó sin dificultad a los zombis que gritaban bajo la casa pero varios de ellos le seguían, menos mal que el resto se quedó allí.

  Identificó enseguida el cementerio de coches, así los llamaba su madre. En la autovía de Valencia había muchos pegados a la carretera. Recordó la primera vez que vio uno y le preguntó a su padre que era eso. Él le contestó que un cementerio de coches y su padre y también su madre rieron cuando preguntó por qué no los enterraban. En esa época sus padres todavía no se habían divorciado, a pesar de su corta edad recordaba ese verano como uno de los más felices de su infancia.

  El acceso al desguace estaba abierto. Había montones de hileras de coches aplastados uno sobre otro, parecía un laberinto gigante. Los zombis le seguían cada vez más de cerca. Si se hubiera tratado de una persona más experimentada podría haberse percatado de la existencia de huellas sobre la arena y de que iban en una dirección diferente a la que él estaba tomando.

  Al tiempo que corría gritaba “SOCORRO” pero le parecía absurdo, así que comenzó a llamar a Jose a gritos, era algo más tangible. Laura le había dicho que ahora ya sería un zombi pero él no lo creía, si alguien le podía ayudar era el sargento así que siguió gritando su nombre.

  Corría por uno de los pasillos de unos cincuenta metros que formaban las hileras de coches y al llegar al final comprobó con horror que no tenía salida. Los zombis que le perseguían ya estaban allí, no podía esquivarlos. Si no le doliera tanto el tobillo lo intentaría, como cuando los sorteaba en Madrid con Carmen ¡Qué lejos parecía quedar eso ahora! Quien sabía, puede que pronto se reuniese con ella.

  Buscó en los muros de vehículos algún hueco por el que desaparecer pero era imposible, estaban tan aplastados que no podía meterse en ninguno, tendría que enfrentarse con ellos.

  Colocó la katana como le había enseñado el sargento y se dispuso a luchar. El primero de los muertos vivientes se acercó a él. Le asestó un sablazo en la pierna y comprobó cómo se precipitaba al suelo con la pierna seccionada. Iba a golpearle ya en el cráneo cuando descubrió que por una de las paredes de coches tal vez podría subir, así estaría a salvo de los zombis.

  Se encaramó con dificultad agarrándose a la ventanilla de un Ford Focus, pero los muertos no se lo iban a poner tan fácil. Uno de ellos logró cogerle del pie. El engendro tiraba con todas sus fuerzas, le arrastraba abajo. Tuvo que soltar el pequeño sable para poder sujetarse con más fuerza y evitar que le arrastrase. Le dolían los brazos por el esfuerzo no aguantaría mucho más.

  Entonces la presión se relajó, el zombi le había soltado, por eso pudo seguir subiendo y ponerse a salvo de sus zarpas, era raro, ellos nunca soltaban a sus presas, nunca. Cuando se giró para ver el motivo de que le hubiese soltado una alegría infinita le inundó. Abajo, en el camino de tierra Jose se enfrentaba a los zombis con una enorme barra de hierro, dos de ellos yacían en el suelo con la cabeza rota. La barra era larga y le permitía golpearles sin peligro de que le alcanzasen, pero el elevado peso de la misma fatigaba poco a poco a su amigo cuyos movimientos iban siendo más lentos y los golpes más espaciados.

  No parecía que se hubiese transformado en uno de ellos, tenía el mismo aspecto de siempre. Cuatro cosas le acechaban, además del de la pierna seccionada. El sargento se había separado, tomaba distancia con ellos para coger aire. Los cuatro zombis estaban muy juntos, no podía enfrentarse sólo a uno sin que los otros se le echasen encima. Tenía que hacer que se separasen. El crío decidió bajar, tenía que ayudarle. Saltó cayendo sobre el pie bueno, pero incluso así la inercia de la caída se le trasladó al tobillo lastimado haciéndole ver las estrellas. Recogió el pequeño sable y se dirigió hacia el zombi cojo, se arrastraba siguiendo al resto hacia Jose.

–  ¡EH! –gritó, el zombi se giró con un movimiento que le recordó el de un enorme reptil.

–  ¡Jorge! Vuelve a subir, sube alto y quédate ahí –la voz del militar sonaba agotada por el esfuerzo.

  Cuando lo tuvo cerca le asestó un certero sablazo que culminó con la cara del engendro partida en dos, su avance se detuvo de inmediato.

  El chico se dirigió, sin hacer caso una vez más, hacia la posición del militar, cada vez el dolor del tobillo era más intenso, veía como su amigo blandía la barra como un mazo, la agitaba de lado a lado golpeando lo que encontraba a su paso pero una vez más se encontraba con que si los golpes no partían la cabeza al zombi, por muy violentos que fuesen, no servían más que para agotarle poco a poco.

  El avance de Jorge se frenó, tropezó con algo y tras evitar poner el pie malo terminó por caer al suelo. ¿Con que había tropezado? Al volverse comprobó horrorizado como el zombi cojo, al que creía haber dividido en dos el cráneo le sujetaba con su mano huesuda el pie. La katana le había cortado la cabeza sí, pero no lo suficiente, el zombi intentaba morderle la pierna, no lo había logrado aún porque su maxilar inferior había desaparecido y no podía hacer presa. Saliendo de su estupor le asestó una patada con el pie dolorido, pero el muerto no le soltaba y como se daba cuenta que no podía morder la bota ya iba subiendo pierna arriba. No tenía la espada, la había perdido al tropezar, intentaba recular pero el zombi tenía mucha fuerza, quería rasgar con los dientes superiores el pantalón y él sólo podía intentar retrasar el ataque moviendo la pierna, ¡le iba a morder!

 

  El Sargento apareció a su lado y, mientras pisaba con el pie el cuello del zombi, le atravesó la cabeza partida con la barra de hierro. Ese fue su último acto, dos zombis le cayeron encima con sus fauces desmesuradamente abiertas.

  Tendido, el chico vio como consiguió interponer la barra entre la cara y los cuerpos de los zombis, ambos mordían de forma salvaje la barra.

  Los otros dos zombis se decidieron por la presa pequeña y fueron a la caza del niño que se levantó y retrocedió hacia el final del laberinto, donde no había salida.

  Continuaba intentando evitar las dentelladas de los zombis cuando la hoja de una espada salió de la cabeza de uno de ellos escupiéndome un fino reguero de sangre más oscura y densa de lo normal. Del mismo modo que apareció, se perdió de vista para volver a hacer acto de presencia en la cabeza del otro muerto, ahí se quedó. Al levantar la mirada descubrí a Shania en pie delante de mi, se apretaba la pierna herida con las dos manos.

–  Rápido Jose, el chico.

  Los dos últimos zombis arrinconaban al niño contra la pared de coches, se desplazaba saltando a la pata coja alejándose de los monstruos. Ocupados en atrapar al chico no me prestaron la atención debida, descargué la barra con todas mis fuerzas sobre la cabeza del más retrasado que con un “jugoso choff” estalló literalmente. El otro se dio la vuelta. La barra había triplicado su peso y el movimiento fue más lento, el zombi se me echó encima lanzándome feroces dentelladas. Tuve que soltar la barra para sujetar con una mano la garra del engendro y con la otra el cuello para tratar así de mantener su boca alejada de la cara. Con su mano libre intentaba alcanzar mi rostro, la única razón de que no lo consiguiese era que el individuo era más menudo y sus extremidades más cortas pero tampoco encontraba la forma de quitármelo de encima.

  En mi campo de visión apareció la imagen del chico aproximándose, no me dio tiempo a decirle que se alejase, una palanca de cambios de un coche atravesó la cabeza del zombi por un lado; no le debió de alcanzar lo necesario el cerebro porque siguió como si nada. Atacaba con la palanca clavada en su sien derecha, recordé alguna lejana imagen del monstruo de Frankenstein a la que le salía un tornillo a cada lado de la cabeza, solté rápido su mano y golpeé la palanca con el puño como si fuese un martillo; ahora sí, el zombi cesó en sus movimientos con su cabeza atravesada por completo cayendo inerte sobre mí.

  Lo empujé a un lado, exhausto por la lucha mantenida. El chico se acercó a la pata coja y me abrazó llorando de alegría.

–  Sabía que no podías estar muerto, que no podías ser un zombi –su respiración seguía acelerada– Jose, tenemos que ir a la playa, van a tirar la casa, los zombis la van a tirar, se mueve mucho, la van a tirar.

4 pensamientos en “23. La Base. Parte I

  1. Mi amigo, como siempre nos mantienes con los pelos de punta con tu relato, lástima que no postees tan seguido, pero se entiende que tengas tus ocupaciones, pero si la historia no fuera tan buena tus lectores no te pediriamos más, saludos y como siempre felicidades

    • Gracias Pedro. Me alegro de que te haya gustado. Ahora puedes continuar con Refugio zombi, seguro que también lo disfrutarás. Saludos.

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