22. Huida

  Aún con el cuchillo clavado hasta el mango en su frente le dio tiempo para sonreír mientras recordaba su “último regalito”.

 

  Nada mas encerrar a los prisioneros en el calabozo del Buque se dirigió al Puesto de Mando. Janice todavía no había llegado. Se metió en el sistema. Tenía que verificar algo. Después de autenticarse debidamente con múltiples contraseñas logró su objetivo.

 

  Cómo había podido ser tan estúpida, lo había tenido siempre ahí y no supo verlo. Un odio intenso le nació desde las entrañas distribuyéndose por cada partícula de su ser. Shania la había engañado, obviamente estaba al corriente de esto, ella había formado parte desde un principio. Janice entró en ese momento.

 

–  ¿Qué haces aquí? ¿Cómo te atreves? Voy a hacer que…

 

El arma apuntando a su pecho la hizo callar.

 

–  ¿Qué pretendes? ¿Qué es lo que quieres?

–  Tengo todo lo que quería, no te necesito para nada.

–  Estás jugando con fuego, la cúpula sabrá todo esto.

–  Creo que no, por lo que he podido ver llevas varios días sin lograr enlazar con la Organización, eso no es normal, tú lo sabes tan bien como yo, algo ha pasado, no puede ser que los sistemas funcionen pero nadie conteste.

–  No tenemos constancia de nada, no hemos podido verificar la situación, pero mientras tanto debemos continuar con la misión. Llevaremos al objetivo, vivo, hasta la Base. En su sangre está la cura para la infección. Lograremos que el mundo vuelva a ser lo que era, pero nosotros lo controlaremos.

–  Sabes,… creo que no. Me gusta el mundo tal y como ha quedado. El soldadito no va a ir a ningún sitio. Se acabó el recibir órdenes de nadie, ahora YO daré las órdenes.

–  Estás loca si crees que mi tripulación te va a seguir, nadie te ayudará.

 

  Tres mercenarias armadas entraron en el Puesto de Mando. A Janice se le iluminó la cara.

 

–  Desarmadla, la llevaremos a otro calabozo.

 

  Las tres mujeres permanecieron inmóviles.

 

–  Os he dado una orden, obedeced.

–  Has dejado que asesinara a Klara, le ha pegado un tiro delante de todas y no has hecho nada. Ese tío tiene que morir.

–  A ver, no entendéis lo que ocurre, no podemos matarle –no quería hablarles de la vacuna, pero se daba cuenta que no tenía ninguna oportunidad y con todo, no estaba claro que la creyesen.

 

   Antes de que continuase hablando una de las mujeres la golpeó en plena cara con el fusil. Janice cayó al suelo sin sentido.

 

–  Vamos a acabar con ella y luego iremos a por los prisioneros –las mujeres estaban eufóricas.

–  Si, pero por qué no divertirnos antes. Traed a uno de los infectados. 

 

  Todavía tenía grabada la cara de Janice cuando la despertaron y se encontró encerrada con uno de esos zombis. Joder, siempre pensó que era una mujer dura, pero apenas duró unos segundos. Tuvieron que entrar rápido para evitar que el muerto se la comiera.

 

  La mejor parte vendría después. Cinco horas y cuarenta y tres minutos más tarde, Janice ya era una puta zombi. Estaba como loca. Menos mal que antes de la transformación le colocaron bien apretado un casco, ahora habría resultado imposible, era su aportación personal al regalo de los detenidos, no quería que le partiesen la cabeza antes de tiempo.

 

  Tras encerrar en otro calabozo a la zorra y al soldadito llegaba el acto final. Condujeron a Janice hasta la celda de los prisioneros ¡cómo les odiaba! La llevaban sujeta con uno de esos palos que termina en una soga y que utilizan en las perreras para que los animales no lleguen a atacar a los cuidadores. Era una escena para grabarla, lástima que ya no existiera you tube.

 

–  Holaaa –estaban juntos a los pies de una de las literas—debían haberles oído aproximarse, cosa que por otro lado no era de extrañar con los gruñidos que profería Janice— os he traído una sorpresa.

 

  La cara de todos se transformó en una mueca de terror cuando Janice atravesó la puerta sujeta por la soga ¡Qué momento más sublime!

 

  ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GRRR! ¡GRRR! ¡GUAU! ¡GUAU! Diego comenzó a saltar frente a la zombi al tiempo que ladraba y gruñía sin parar.

 

–  No puedes hacer esto, teníamos un trato, debíais respetar nuestras vidas hasta llegar a tierra.

–  Las bases del concurso han cambiado. Hasta ahora no habéis hecho nada para ganaros el derecho a seguir vivos.

–  Llegamos hasta aquí –la voz de Iván sonó más titubeante e insegura de lo que pretendió.

–  Eso no cuenta, no lo hubieseis conseguido sin el soldadito.

–  ¡Mentira! Nos las apañamos bastante bien solos hasta que…

–  ¿Hasta que se cruzó en vuestro camino el tuerto quizás? –interrumpió la rubia causándole un estremecimiento imposible de controlar al recordar lo vivido.

–  En cualquier caso las normas del juego ahora las dicto yo. Aún tenéis una oportunidad. Podéis cargaros a Janice.

–  Lleva un casco –intervino Jorge desmoralizado.

–  ¡JA, JA, JA! Cada vez me caes mejor chiquitín, creo que te voy a permitir salir de aquí. ¡Ven! Serás mi juguete.

–  No voy a ir contigo a ningún sitio, el sargento vendrá a por nosotros, siempre viene y entonces te matará.

–  Ya me estás cayendo mal, lamento decirte que al soldadito no le queda ya mucho tiempo, aunque te puedo asegurar algo: se va a ir contento al otro mundo.

 

  ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GRRR! ¡GRRR! ¡GUAU! ¡GUAU! El perro seguía ladrando y gruñendo a Janice.

 

–  Él vendrá a por nosotros y después te matará a ti –el niño se había ido acercando a medida que se enfadaba, pero reculó rápido ante el amago de soltar a la zombi de una de las mercenarias.

–  Hacés lo que has venido a hacer y largáte –la interrupción de Mariano terminó por hacerle perder la paciencia.

–  Tienes razón viejo, no hay motivo para continuar con esto. Que os divirtáis. Hasta siempre. ¡Soltadla!

–  ¡Alto! –la voz de Laura sonó como un disparo deteniendo el movimiento de la terrorista— Y si logramos acabar con ella ¿Nos dejarás salir de aquí?

–  Veis, esa es la actitud, parece que el sargento ha logrado transmitirte su fortaleza mental. Si conseguís sobrevivir prometo replantearme vuestro futuro. Y ya está bien de hablar, tengo una cita muy especial. ¡SOLTADLA!

 

–  ¿Qué es eso último que ha dicho? –mi voz sonó todo lo preocupada que sin duda pretendía.

–  No lo sé Jose, Arlenne es una sicópata, puede haber hecho cualquier cosa –se dejó caer al suelo deslizándose contra la pared del calabozo, la tensión de los últimos instantes unida al dolor por el disparo terminaron por hacer mella en la mujer.

–  ¡Levanta! Tenemos que volver a la celda inmediatamente, tengo un presentimiento terrible.

  Con un movimiento rápido abrí las esposas de Shania.

–  ¿Puedes caminar?

–  Claro. Sólo tenemos un arma, no podemos enfrentarnos a la tripulación con una pistola.

  Saqué el cargador, quedaban ocho cartuchos más el de la recámara.

–  Tendrá que servir ¿Sabes donde están encerrados?

–  Sí, creo que sabré llegar.

–  Vale, tú irás en cabeza, yo te cubriré unos pasos por detrás.

–  Claro cariño, lo que tú digas.

–  No vuelvas a llamarme así, no somos amigos, aún no sé lo que voy a hacer contigo cuando esto termine ¡Vamos!

  En cuanto se sintió libre de la soga que la sujetaba, Janice se precipitó dentro en busca de carne. Sus ojos estaban completamente rojos, totalmente inyectados en sangre, como si se le hubiesen reventado todas las venas. El hedor que desprendía era sencillamente vomitivo, una mezcla de sangre, sudor, incluso daba la impresión de haberse hecho sus necesidades encima. Presentaba una serie de desgarros en cuello, manos y brazos; las heridas tenían un aspecto putrefacto, era donde había recibido el ataque del infectado. Pero lo peor eran los gruñidos que profería, helaban la sangre.

  Hasta ahora siempre que se habían enfrentado a un zombi iban armados, la katana, una pistola, pero ahora no tenían nada, sólo sus manos desnudas y, por si fuera poco, la tarada esa le había puesto un casco para evitar que le golpearan en la cabeza. Una vez más deseó que el sargento llegase a tiempo.

  Mientras hablaba con Arlenne había colocado una litera frente a la puerta, eso había frenado su primera embestida. Estaba como loca, lanzaba dentelladas al aire al tiempo que intentaba atraparles con sus manos desgarradas.

  Diego no dejaba de gruñir y ladrar a su alrededor, pero no parecía mostrar el menor interés en él, tal vez pensara que atraparle a él sería más difícil que cogerles a ellos.

  Daban vueltas alrededor de la litera todos a la vez, juntos, sólo el pastor alemán iba por libre y lanzaba dentelladas a las botas de la mercenaria cuando intuía que corrían más peligro.

  El estrés de la situación les hacía más torpes y varias veces alguno de ellos cayó al suelo.

  Era el zombi más rápido que ninguno había visto, una mujer joven, en buena forma física y recién transformada, si, era la más peligrosa a la que se habían enfrentado, incluso más que el chico aquel vestido del Barsa.

  Para acabar con ella debían romperle la cabeza, pero como hacerlo si ni siquiera eran capaces de mantenerse alejados de sus garras. Sus gruñidos y los ladridos del perro le hacían imposible pensar algo.

  Habían perdido la cuenta de las vueltas que le llevaban dadas a la litera. El calor y la tensión del momento les hacía sudar a todos, el ambiente era sofocante.

  En una de las vueltas Jorge llamó a la zombi por debajo de la litera. La cosa se paró y se agachó para mirar al otro lado. De pronto se lanzó sobre el chico que se salvó porque Iván tiró de él en el último momento. La mujer zombi cayó de bruces al otro lado y Mariano aprovechó para lanzarle una brutal patada a la cabeza. La alcanzó en el casco y aunque no le hizo nada, habían encontrado una forma de golpearla sin que les cogiese, era arriesgada pero no se les ocurría otra.

  Habían repetido esa operación tres veces con idéntico resultado, la zombi se lanzaba entre las dos camas a por ellos y cuando llegaba al suelo le pateaban la cabeza. Pero en ninguna de las ocasiones el casco se movió lo más mínimo, lo llevaba fuertemente atado. Empezaban a dudar que lograran sacárselo para poder romperle el cráneo.

  Diego continuaba ladrando y gruñendo poseído, atento a cualquier movimiento de la mujer.

  Se disponían a repetir el proceso, Iván iba delante seguido de Thais, Jorge y Mariano. Laura permanecía algo más alejada para patearla y dar la vuelta a la litera por el otro lado. Esta vez algo falló, llamaron la atención de la zombi entre las dos camas y echaron a correr, como las otras veces, pero ella no se tiró, se incorporó de repente y les pilló desprevenidos. Iván, al ver que se había detenido frenó de golpe y reculó. El empujón se transmitió a todo el grupo y Mariano perdió el equilibrio cayendo al suelo. La zombi lo vio enseguida y se lanzó con los brazos extendidos y la boca desencajada a por él. La muerta cogió uno de los pies del abuelo y pugnaba para llevárselo a la boca mientras gruñía desencajada. Iván y Thais permanecían al otro lado de la litera paralizados, incapaces de reaccionar, Laura cogió a la zombi de una de sus extremidades y tiró, tiró con toda la fuerza de que fue capaz para alejar su cara de la pierna de Mariano. Jorge lanzaba patadas a cualquier parte de la zombi que pudiese y el anciano hacía lo mismo pero de manera menos efectiva todavía. Diego había dejado de ladrar y gruñir, como si intuyese que algo iba realmente mal, ya sólo se escuchaba al engendro y los gritos de angustia de todos.

  Por más que tiraba de la pierna de la muerta no lograba separarla de Mariano, le iba a morder, empezaba a cansarse, apoyó el pie contra la pata de la litera para ejercer más fuerza y tiró con toda su alma. Arrancó su bota y cayó hacia atrás con ella. Ya nada retenía a la zombi que mordió con ansia el pie de Mariano, no lograba atravesar la gruesa bota e intentaba empujarse apoyando su pie descalzo en el suelo para avanzar sobre el anciano. Iván y Thais salieron de su estado catatónico para agarrar al niño de la ropa y alejarlo del peligro. Mariano ya no tenía salvación, estaba a merced de la zombi.

  Caminábamos despacio intentando hacer el menor ruido posible. Shania iba en cabeza cojeando y yo la seguía a un par de metros. Al avanzar por el pasillo, una de las puertas se abrió, una mercenaria descubrió a Shania y sacó su pistola de la funda.

  ¡FLOP! El disparo apenas fue un susurro.

  Antes de que lograse disparar cayó abatida. Shania paró cuando escuchó el golpe del cuerpo contra el suelo. Habíamos tenido suerte, de haber salido un par de segundos más tarde nos hubiese pillado a los dos. No pude pensar en nada más, una mujer de uniforme, inmensa, mediría cerca de dos metros y debía de pesar más de cien kilos, se lanzó a por mí. Reaccioné disparando sobre ella, pero el impacto no le afectó lo más mínimo. Apretaba mi mano y la pistola todo a la vez mientras con el otro brazo me lanzaba puñetazos a la cara. Logró tirarme al suelo, pesaba demasiado, me inmovilizaba, había conseguido sujetar su otro brazo pero mientras estuviese debajo de ella poco podía hacer. Logré medio esquivar un cabezazo apartando la cabeza, solo me rozó el pómulo. Se disponía a repetir cuando todo su cuerpo se tensó para, seguidamente, caer a peso sobre mí, inerte.

  Con la ayuda de Shania conseguí salir de debajo del cuerpo de la mole. De su nuca sobresalía la empuñadura del cuchillo de Arlenne, había descabellado a la mujer como a una res.

  Escondimos los dos cuerpos en los camarotes, en el suelo quedaban manchas de sangre, pero no era cuestión de ponerse a fregar. Tendríamos que confiar en largarnos antes de que alguien pasara por allí y diese la alarma.

  Ahora disponíamos de dos armas más, aunque ninguna tenía silenciador. Pasé yo ahora a la cabeza, avanzábamos lento, Shania cojeaba ostensiblemente y la herida seguía sangrando.

  Llegamos a la puerta de la celda, dentro no se escuchaba nada. Fui probando las llaves del manojo que le quitamos a Arlenne, la tercera que probé tampoco abrió, si no estaba ahí la buena no sabía cómo íbamos a abrir. A la siguiente el mecanismo cedió. La puerta se abrió con un chirriante sonido. Me quedé parado en el umbral sin llegar a atravesarlo. En el centro del calabozo se hallaban los restos de un cuerpo humano, descansaba dentro de un enorme charco de sangre aún fresca, le faltaba la cabeza. Mi olfato detectaba el característico olor dulzón de la sangre y el áspero hedor de la putrefacción, de la muerte. No parecía ninguno de mis amigos pero no podía estar seguro, apenas entraba luz en el interior de la celda. Di un paso adelante para apartarme del dintel y dejar pasar algo de luz del pasillo, entonces los vi. Estaban los cuatro subidos a la cama de arriba de una de las literas, cuatro, faltaba alguien. No, ahí estaba también Jorge, escondido detrás de Laura. Cuando me descubrieron sus caras mostraron una expresión de infinito alivio, pero sólo el niño saltó de la litera y fue a mi encuentro.

–  Sargento, sabía que vendrías pero has tardado mucho esta vez, ellos…

  La voz se quebró en su garganta, las caras de todos volvían a ser muecas de puro terror. Sus miradas no se apartaban del hueco de la puerta. Me giré y descubrí a Shania en el umbral, apuntando hacia el interior con la pistola.

–  Es el cuerpo de Janice, a eso se refería Arlenne, fíjate en sus dedos, la ha transformado en… en una zombi –su voz sonó realmente apesadumbrada– no se merecía acabar así.

  Los rostros de todos reflejaban ahora incomprensión mezclada con un poco de esperanza. Era Shania, la habían visto armada a la entrada y pensaron lo peor.

–  Jose, ¿Qué ocurre? Esa mujer… va armada –susurró Laura–

–  No os preocupéis, ella está ahora con nosotros ¿Qué ha ocurrido aquí? Y ¿Dónde está Diego? ¿Qué hacen los restos de Janice ahí?

  Ninguno se decidía a explicarse, al fin, Thais inició el terrible relato. Contó cómo les lanzaron a Janice dentro, como iba cubierta con un casco militar para evitar que le golpeasen el cerebro. Contó también como habían ido dando vueltas y como descubrieron la forma de golpear a la zombi y ahí se detuvo.

–  Es culpa mía, ya les dije que tenían que dejarme, soy viejo –entonces rompió a llorar presa de un ataque de ansiedad–

  Jorge continuó explicando lo ocurrido mientras acariciaba la nuca del anciano que parecía no tener consuelo. Con su lenguaje todavía infantil narró como cuando la zombi iba a morder a Mariano, cuando ya Laura no era capaz de sujetarla ni sus patadas inquietarla siquiera, saltó sobre su cuello Diego –era cierto, el perro no estaba con ellos– enzarzándose en una pelea a muerte con ese ser; ambos se lanzaban feroces dentelladas, emitían temibles gruñidos. El pastor alemán no lograba dañar la cabeza de la mujer, mientras que ella clavaba en él sus afilada uñas, transformadas ahora en garras. Su piel resultaba herida y desgarrada por todas partes haciendo lanzar gemidos lastimeros al animal. Por fin consiguió hacer presa firme y atenazó el cuello de la zombi aguantando los últimos arañazos que ésta le profería. Sin separar las mandíbulas, convertidas en una tenaza mortal, comenzó a realizar violentos movimientos hasta que; primero sus vertebras se quebraron y después su cabeza terminó por separarse del cuerpo. Ahí finalizó el niño su macabro relato para buscar con su mirada los ojos del pastor alemán.

  Me adentré en el calabozo cuidando no pisar el charco de sangre y localicé a Diego junto al lavabo. Su aspecto era terrible. Su brillante pelaje negro aparecía ahora cubierto por todas partes de sangre, de la zombi y también suya, fruto de las tremendas heridas que le había infligido. Se encontraba tumbado en el suelo, con la cabeza, aun viva, de la mujer entre sus patas delanteras cual último trofeo. Los ojos absolutamente rojos de la cabeza cercenada me observaban con odio infinito, era surrealista verlos parpadear.

  Di otro par de pasos para aproximarme a él. Cuando estaba a menos de un metro, se incorporó amenazante, gruñendo como tantas otras veces le había visto hacer. No quería que me acercase, que le tocara, sabía que el virus corría ya por sus venas y no iba a permitir que ninguno de nosotros se infectara, por eso se había retirado.

  Pero sus fuerzas estaban al límite y terminó por volver a dejar caer la cabeza, apenas le quedaba aliento para gemir, la infección actuaba más rápido cuanto menor era el organismo afectado. En cualquier caso no iba a dejarle sufrir más de lo necesario, había dado su vida por protegernos, era lo menos que podíamos hacer por él.

  Acerqué el silenciador a su cabeza…

–  No creo que sea buena idea, no tenemos mucha munición, sería mejor conservarla, podríamos necesitarla más tarde –la que había hablado era Shania, los demás no dijeron nada, creo que más por el hecho de saber que íbamos a matar a Diego que por estar de acuerdo con ella.

–  Yo creo que se lo debemos –Jorge puso su pequeña mano sobre la mía, como para ayudarme a sobrellevar la carga de tener que acabar con la vida de Diego, esta vez no temblaba lo más mínimo.

  Apoyé el cañón del arma sobre su cabeza, entre sus ojos, antes de cerrarlos creí ver un último destello de fidelidad.

  ¡CHOFF!

  Un intenso estremecimiento recorrió todo el cuerpo del animal para dejarlo finalmente inmóvil. Por fin podía descansar y dirigirse al cielo de los perros o donde quiera que ellos fuesen al morir, para él toda esta fiesta había terminado, nosotros todavía debíamos escapar.

–  Tenemos que largarnos Jose, no podemos seguir aquí –el pragmatismo de Shania volvía a imponerse.

–  Y ¿Cómo vamos a hacerlo? El velero tiene destrozado el mástil, no llegaríamos muy lejos, y en el buque no vi lanchas salvavidas –Iván parecía derrotado, realmente se encontraba al límite.

–  Esa herida es de bala ¿Cómo te la has hecho? ¿Le has disparado tú? –Laura seguía sin confiar en la mercenaria, tal vez por simple recelo o por intuir algo más profundo en su relación conmigo— y tú ¿Por qué vas sin camiseta y llevas ese corte en el pecho?

  De repente todos parecían tener la necesidad de expresar algo, puede que para intentar así no pensar en lo que acababa de ocurrir.

–  En el helicóptero, podemos huir en el helicóptero –Jorge había levantado la voz por encima del murmullo para hacerse oír, el chico evolucionaba más rápido que el resto.

–  Exacto –Shania corroboró la afirmación del niño– pero debemos darnos prisa, si nos descubren antes no tendremos ninguna oportunidad.

–  ¿Ahora tomas tu las decisiones? –Laura continuaba mostrando desconfianza.

–  El helicóptero es ahora nuestra mejor opción, ella tiene razón Laura –apoyé.

–  Y con esa cosa ¿Qué vamos a hacer? ¿La dejaremos así? Thais ofrecía una vez más su delicada percepción de la realidad.

  La cabeza, a los pies del pastor alemán, seguía vigilándonos con sus ojos completamente rojos abriendo y cerrando lentamente sus mandíbulas.

–  Para ella sí que no hay munición, además mató a Diego, que se pudra así para siempre –el niño volvía a expresar su parecer con autoridad, nadie objetó nada.

  Nos dirigimos en silencio a la cubierta exterior, donde no hacía mucho nos recibió Janice junto a sus mercenarias. Seguro que en ese momento no era capaz de imaginar cómo terminaría.

  Shania iba en cabeza, al alcanzar la puerta de acceso a la cubierta exterior se detuvo a esperar que nos agrupásemos.

–  Al otro lado está el helicóptero, tendremos que darnos prisa pero sin hacer el menor ruido, una vez que el aparato se ponga en marcha la alarma se desatará en el buque.

  Ninguno dijo nada, tan solo se quedaron observando fijamente la puerta, esa puerta que una vez traspasada nos podría poner a salvo.

  Shania abrió lentamente hacia dentro la hoja metálica, el exterior apareció ante nuestros ojos y nuestras esperanzas se difuminaron. El helicóptero se encontraba totalmente iluminado por un potente foco, seguramente desde el grupo de ametralladoras de arriba, el que vimos al embarcar y que nos disparó cuando meditábamos si huir en el velero. No podríamos subir sin ser descubiertos.

–  Que coño pasa Shania, ¿Porqué iluminar el aparato desde dentro? No han dado la alarma, no tiene sentido.

–  Seguramente esté relacionado con lo que me contó Janice –Todos permanecíamos expectantes mientras ella parecía reproducir esa conversación en su mente– El barco no tiene combustible suficiente para regresar a la base, estaban esperando contactar de nuevo para pedir que viniese otro aparato, con uno sólo no podían abandonar el barco todas a la vez y ninguna quiere quedarse a un segundo viaje.

–  Pero ¿Cuántas terroristas hay en el barco? –a Thais le salió la pregunta de la boca como un disparo, y todos nos quedamos callados esperando la respuesta de Shania, a la que no le hizo mucha gracia el término terrorista a juzgar por la mueca de desprecio de su cara al escucharlo.

–  Cuando embarcaron eran veintiséis, ahora ya quedan… algunas menos.

  Eché la cuenta mentalmente, la que abatí a la llegada, Janice y las dos que nos cargamos al huir Shania y yo, quedaban veintidós.

–  Ni lo sueñes, ni siquiera tú podrías con todas, piensa que ahora ya no les importa dispararte…

–  Pero no estoy sólo, te tengo a ti ¿No éramos un equipo tan bueno? –Shania me había leído la mente a la perfección, puede que algo de lo que me había contado fuese verdad.

–  Yo estoy…

–  Yo también puedo ayudar –interrumpió Laura.

–  Y yo –se unió Jorge— ya somos cuatro.

–  Es una locura y lo sabes, sólo estorbarían, yo estoy herida, conseguirás que nos maten a todos.

–  Muy bien, y si no lo hacemos así ¿Qué propones tu?

  Shania permaneció en silencio mientras pasaba la vista por todos nosotros, se veía que no estaba cómoda, algo la inquietaba.

–  ¿Podemos hablar un momento a solas? –su petición me pilló un poco por sorpresa, no imaginaba de que iba esto ahora.

  El resto le dirigían a la mujer miradas asesinas, sobre todo Laura.

–  Estamos todos en esto, no hay nada que no puedan escuchar, les afecta también a ellos, así que puedes hablar aquí –en los rostros de los demás se dibujaron sonrisas de triunfo.

  Shania se aclaró levemente la garganta, más para hacer tiempo y poder pensar como decir lo que tenía que contarnos que por que realmente lo necesitara.

–  Tenemos que crear una maniobra de distracción, algo que nos libere de su atención.

  Todos nos quedamos callados esperando que continuase y explicara el plan, pero Shania no decía nada más, algo le impedía seguir y no podía ser nada bueno.

–  Sigue, como vamos a hacer eso –le animé a hablar— no tenemos mucho tiempo.

  Suspiró profundamente pensando que ya daba igual y que no había otras opciones.

–  La tripulación, la dotación española que iba a bordo cuando lo interceptamos, interceptaron –corrigió— aún sigue a bor…

–  ¿Hay soldados españoles a bordo? –Iván se mostró súbitamente entusiasmado— ¿Están vivos? ¿Cuántos son?  Podemos rescatarlos, así nos ayudarían.

  La expresión de la mujer se mostró ahora taciturna y desconfiada, lo que nos iba a decir no era bueno.

–  Yo no he dicho eso –arrastró las palabras— están a bordo, si, pero no vivos, son… son zombis.

–  ¿Todos? ¿Cómo pudo ser? ¿Cuántos terroristas abordaron el buque? Este barco tendría una tripulación muy numerosa –Mariano, que hasta ahora había permanecido callado, como al margen, no pudo reprimirse.

  Por fin Shania se decidió a hablar.

–  Descubrimos la existencia de este barco por vuestra emisión desde Madrid, al ver que intentabais contactar con ellos les buscamos. El satélite les localizó hace una semana, la Organización no podía permitir que contactarais con ellos –hizo un alto para que entendiéramos el alcance de la explicación; éramos los culpables del destino del Buque Castilla, era repugnante— no hizo falta abordar el navío, cuando divisaron dos helicópteros pensaron que llegaba ayuda, que en alguna parte todavía quedaban unidades operativas, que no estaba todo perdido. Reducir a la tripulación fue coser y cantar, ni siquiera se opusieron los pocos que quedaban.

–  ¿Cómo pocos? Debería haber un mínimo de 200 hombres, no me creo que rindieran el barco a una panda de terroristas –la vehemencia de la intervención de Laura trataba de negar una realidad que todos intuíamos.

–  Por lo que me contaron, sólo quedaban entre veinte y treinta soldados “vivos”, el resto ya estaban infectados, parte de la tripulación huyó en los botes de salvamento y en todos los transportes de que disponían cuando el virus les alcanzó, por eso no queda ningún vehículo operativo, el Sikorsky estaba averiado, lo reparamos nosotras.

–  Y ¿Dónde están esos soldados? –Jorge fue el más rápido en expresar lo que todos ansiábamos conocer.

–  No nos pueden ayudar y lo mejor es que…

–  Eh, eh, eh, no te hemos preguntado eso, queremos saber donde están ¿Qué ha sido de ellos? –Iván parecía ahora indignado.

–  Vale, como queráis. Cuando mis compañeras desembarcaron aquí, la tripulación que quedaba, que no había sido diezmada por el virus o se había largado, les recibió con los brazos abiertos. Lamentablemente no entraba en los planes de la Organización hacer prisioneros. Tras los momentos iniciales fueron capturados, desarmados y ejecutados.

–  ¿Les asesinasteis a todos? ¿Qué clase de bestias sois vosotros? –Laura se había ido acercando a Shania y la terminó lanzando un puñetazo a la cara que le hizo más daño a ella que a la terrorista.

–  Vale Laura, todo eso ya pasó, no sirven de nada los reproches y ella ni siquiera estaba aquí así q…

–  ¿La defiendes?

–  Laura, cálmate, esto no nos lleva a nada, debemos permanecer unidos para salir de aquí, cuantos más seamos mejor. Dejemos que se explique y terminemos ya.

–  Shania se pasaba el dedo por el corte del labio producido por el puñetazo de Laura, limpiándose la sangre que comenzaba a brotar.

–  Como os decía, cuando llegaron aquí, la infección ya había hecho estragos. En los primeros momentos, cuando no se sabía seguro lo que pasaba ni por qué pasaba, a los enfermos los fueron encerrando en uno de los hangares del buque en espera de que llegase algún tipo de cura; más tarde cuando todo se derrumbó, siguieron encerrando a los que se infectaban en ese hangar. La idea es liberar a esos seres para que se ocupen de la tripulación del barco, así, con la confusión creada, tal vez, sólo tal vez, tengamos una oportunidad.

–  Cuándo antes dijiste que matasteis a todos los supervivientes ¿Cómo lo hicisteis? ¿Cómo les matasteis?

–  Ya os he dicho que yo…no…estaba…aquí –remarcó cada palabra para dejar claro que ella no intervino.

–  Si, vale, pero ¿Cómo les mataron? –insistió Thais.

–  Les… les metieron a todos en el hangar con los infectados.

  Después de escuchar su confesión permanecimos un momento en silencio, imaginando la situación, los soldados españoles sentenciados a una muerte tan brutal como inútil.

  Tras esta revelación, el hecho de soltar a esos monstruos parecía todo menos una buena idea, cada uno de nosotros habíamos sentido más o menos de cerca su poder destructivo, pero, al mismo tiempo, ninguno veíamos otra opción mejor.

–  Y ¿Quién liberará a los zombis? –susurró Iván temiendo que le pudiera tocar a él.

–  Yo lo haré, vosotros permaneceréis escondidos por aquí, en algún camarote cercano –la voz de Shania sonó mucho más segura y todos pudimos observar la expresión de alivio del joven.

–  No, lo haré yo, tú estás herida, no lo conseguirías, iré yo –realmente pensaba eso, pero además tampoco quería que la mujer, en la que no tenía claro aún si podía confiar, se largase sola sabiendo nuestro escondite, era muy arriesgado.

–  Como quieras, podemos ir los dos, como en…—calló a tiempo.

–  No, yo iré con el, tú estás herida ¿Recuerdas? Lo mejor es que te quedes aquí –la cara del resto iba de uno a otro preguntándose quién lo haría por fin.

  Laura y yo nos dirigíamos al “hangar de los infectados” como lo había llamado Mariano, el resto se quedaron escondidos en un cuarto de conexiones a sólo un par de metros de la salida a la cubierta del Sikorsky. El escondite era muy reducido, apenas cabían todos y sólo de pie, el calor dentro era sofocante, además de la temperatura propia de la estación, a esta se le sumaba el calor desprendido por las conexiones allí ubicadas.

  El plan era sencillo, cuando oyesen algún tipo de alarma o estruendo saldrían y se dirigirían al helicóptero. Antes, Shania acabaría con la centinela ubicada con la ametralladora Oerlikon, fácil, directo, pero claramente encomendado a la Gracia Divina.

  Quería terminar con esto cuanto antes, no me gustaba tener que dejar al chico y al resto con la mercenaria. Cada uno de nosotros empuñaba un arma, pero no debíamos usarla a menos que fuese estrictamente necesario, no tenían silenciador y pondrían en peligro todo el plan.

  Llegar hasta el hangar no entrañaba en sí ninguna dificultad… mientras no hallásemos compañía por el camino. Avanzábamos con paso firme y, al mismo tiempo, intentando hacer el menor ruido posible. Al alcanzar el último pasillo antes del hangar, un rumor de voces llegó hasta nosotros. Al menos dos personas hablaban en el pasillo. No podíamos seguir avanzando sin toparnos con ellas. Me asomé lentamente, no se las veía, debían estar en el siguiente recodo. Avanzamos muy despacio hasta la esquina. Se las escuchaba ahora muy cerca. Si pudiéramos disparar la cosa sería sencilla, pero sin armas…

  Saqué el cuchillo, ese con el que Shania descabelló al armario ropero. Cogí aire. Creo que podía oír como bombeaba sangre el corazón de Laura, lo raro era que no lo escucharan ellas.

  Salí de repente al centro del pasillo al tiempo que lanzaba el cuchillo a la garganta de una de las dos mujeres. Se llevó las manos al cuello en un intento de taponar la sangre que se le escapaba a borbotones, era incapaz de chillar, se le estaban encharcando los pulmones. La otra se lanzó hacía mí repartiendo golpes y patadas, no iba armada, pero era cuestión de tiempo que se pusiera a gritar para alertar a sus compañeras. La mujer se defendía bien y, gracias a Dios no parecía interesada en dar la alarma, quería acabar ella sola conmigo. Su amiga se desangraba ya en el suelo incapaz de contener la hemorragia.

  Tras unos instantes de lucha, que se me antojaron eternos, logré atraparla del cuello. Con un brusco giro sus cervicales se partieron y el cuerpo cayó inerte al suelo sin haber pronunciado ni una palabra.

  Cuando oyó el ruido del cuerpo contra el suelo apareció Laura con el arma en la mano temblándole ostensiblemente.

–  Nunca me acostumbraré a esto, nunca —Me echó los brazos al cuello y se abrazó a mí— ¿Por qué vas sin camiseta y tienes una herida en el pecho? ¿Qué pasó en ese calabozo?

–  Nada agradable, créeme, pero ahora no tenemos tiempo para esto, te lo contaré todo más tarde, cuando estemos a salvo –la besé en los labios suavemente y la separé de mí— tenemos que seguir.

  Por fin alcanzamos la puerta del lugar donde tenían a los infectados. No se escuchaba nada. Estaba en el mismo hangar por donde entramos. El velero había desaparecido y las compuertas estaban cerradas. Parte de nuestras pertenencias todavía seguían allí tiradas. Recogí la pequeña katana de Jorge, seguro que le gustaría tenerla. Nos acercamos a la puerta, al otro lado no se oía nada, pero eso no debía engañarnos, los zombis, cuando no detectaban humanos y además no tenían luz entraban en una especie de standby, pero permaneciendo listos para lanzarse al cuello de cualquier presa en el momento que la descubriesen.

–  ¿Cómo vamos a abrir? no tenemos la llave y no creo que a tiros lo logremos.

  Miré a nuestro alrededor, nada, Laura tenía razón, esta era otra parte del plan que resultaba imponderable. Allí sólo estaban las carretillas elevadoras para transportar los palets de carga.

  ¡Eso era! Corrí hacia la más cercana, en efecto, tenía las llaves puestas. Ahora había que ver si seríamos capaces de derribar la gruesa puerta de acero.

  Inaya estaba inquieta, ya hacía mucho tiempo que no tenía noticias de Arlenne, le había contado sus planes, tras eso le acompañó a meter a Janice en la celda de los prisioneros. Arlenne podía ser una auténtica hija de puta, pero la volvía loca. Luego le contó sus planes con el “soldadito” como ella le llamaba. Sabía de su voraz apetito sexual, pero esto superaba todo lo conocido. Decidió acercarse a la celda. Si no había acabado se cabrearía, pero lo cierto es que empezaba a estar preocupada.

  Al otro lado de la puerta no se escuchaba nada, era raro, decidió entrar. Al adentrarse en el camarote se encontró el cuerpo de Arlenne, muerta, estaba desnuda de cintura para arriba, le dio la vuelta. Dos impactos de bala en el pecho habían acabado con su vida. Curiosamente su cara aún conservaba una expresión de felicidad, esa era Arlenne. Unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Ella había sido su mentora cuando entró en la Organización, le enseñó todo, más tarde sería su compañera, su amiga y después su amante. No se habían separado hasta que la enviaron a España a esa estúpida misión, tenía que encontrar al jodido soldado. El soldado, él había sido, no estaba, había escapado. Tampoco Shania, la perra había sido compañera del militar y se lo ocultó a todas. Tenía que encontrarles y cuando lo hiciese les iba a descuartizar. Habrían ido a liberar a sus amigos. Una sonrisa asomó a sus labios, iban listos, Janice se habría ocupado de ellos. Corrió hacia la celda. En el trayecto se encontró huellas de la sangre en el suelo, aunque no había resto de cuerpos. Debía ir con cuidado, redujo el paso, si llegaron a la celda y abrieron, Janice podría estar vagando descontrolada por el barco; ni siquiera se le pasó por la cabeza que pudiera estar muerta y los prisioneros huidos.

  Sus temores se vieron confirmados, la puerta estaba abierta, el interior debía ser una carnicería –sonrió— al entrar se encontró con el charco de sangre y el cuerpo decapitado, lo reconoció al momento, al fondo estaba la cabeza de su exjefa mirándole de lado. Sólo el perro seguí allí, fue un error no sacarlo, debió ser él quien acabó con Janice. Tenía que dar la alerta, sentía como un odio incontrolable se volvía a apoderar de ella.

  No conocía como se daba la alarma en el barco, así que buscó uno de los timbres del sistema contra incendio y lo pulsó.

  En el cuarto de conexiones hacía un calor terrible, la única iluminación era la que aportaban los diferentes leds de los equipos y eso le confería a la estancia un ambiente aún más claustrofóbico. Shania cada vez se encontraba más débil, podía notar correr la sangre caliente por su pierna. La herida se había abierto. Si no salían rápido temía que no le quedasen fuerzas para acabar con la centinela de la ametralladora. A pesar del chisporroteo característico de esos nudos de conexiones podía escuchar la respiración cada vez más profunda de todos. A su lado estaba el crío. Antes de partir Jose le había dejado claro que si algo le pasaba la mataría. Aún no confiaba en ella, de que se sorprendía, ni siquiera ella misma tenía muy claro de que parte estaba; bueno eso sí, estaba de parte de él y si para eso debía salvar a sus compañeros lo haría, no era la primera vez, estaba perfectamente preparada.

  Cuando sonó el timbre todos se pusieron en tensión al unísono. Ya estaba, esa debía ser la señal elegida. El niño hizo intención de salir, el resto se movió también.

–  Alto, aún no, esperad –no sabía porque pero había algo raro, hacer sonar lo que parecía ser una alarma contraincendios no era la forma que ella habría elegido para comunicarse. Puede que no hubieran sido ellos, tal vez alguien había descubierto los zombis corriendo por los pasillos, pero no, en ese caso se habrían oído disparos y, sin embargo, no se había producido ninguno. Era mejor esperar.

–  El sargento dijo que saliésemos al oír la señal, ¿Es que no la oyes? –el niño no tenía pelos en la lengua, desde luego.

–  Esperemos un momento hay algo raro en esto, no se han producido disparos y eso es muy extraño, aquí todas son de gatillo fácil, algo no va bien.

  El sonido de carreras por los pasillos cercanos y delante mismo de su escondite les hizo permanecer en silencio. El ruido de pisadas se alejó rápidamente.

  Las mercenarias se fueron reuniendo en el Puesto de Mando. Llegaban a medio vestir pero armadas hasta los dientes.

–  ¿Dónde está Arlenne? –La que preguntó era Alexa, una mulata de curvas sugerentes que se había presentado allí con el pantalón, botas y sólo un reducido top arriba que remarcaba en exceso su figura. Ninguna de las presentes contestó.

–  ¿Quién fue la última que la vio? –insistió ahora Laurie, una rubia extremadamente delgada y completamente uniformada que no pudo reprimir una mirada de censura a su compañera.

–  Iba con Inaya –Richelle y Unna contestaron al mismo tiempo, seguían tan compenetradas como hacía sólo unos minutos— llevaron a Janice a la celda de los prisioneros y luego Arlenne se quedó a solas con el militar y Shania.

–  ¿Cuánto hace de eso? –insistió de nuevo Alexa—y ¿Quién ha hecho sonar la alarma de incendios?

–  Aquí solo faltan… Adele y Loanne que estaban de patrulla por los hangares; Anne que está en la ametralladora de popa y… la propia Inaya, alguna de ellas ha tenido que ser –explicó eficiente Laurie.

  En ese momento entró resoplando Inaya por el esfuerzo realizado.

–  Los prisioneros se han escapado, Arlenne está muerta y el militar y Shania también han desaparecido.

–  ¿Has hecho tu sonar la alarma? –interrogó molesta Alexa.

–  ¿A ti que te parece? ¿Estamos todas o falta alguien más?

  La rubia Laurie volvió a repetirle lo mismo a Inaya.

–  Daremos por perdidas a Adele y Loanne. Lo más probable es que los fugitivos se hayan dirigido hacia el hangar por el que llegaron. Si se las han encontrado estarán muertas, de otro modo ya habrían venido. Formaremos equipos de cinco, hemos de asumir que están armados y todos pueden disparar. Laurie, tu irás al mando de un equipo, bajad al hangar donde dejaron el velero. Alexa, tú te quedarás con el helicóptero, no quiero sorpresas con él, y comprueba que Anne continua en la ametralladora sin novedad, que permanezca alerta.

–  Y ¿Quién te ha puesto a ti al mando? –Alexa estaba realmente molesta.

–  Arlenne ¿Tienes algo que objetar? –Alexa se mordía la lengua— ¿No? pues daros prisa, llevaros walkies, el resto permaneceremos aquí.

  Estábamos jodidos, la primera carretilla no arrancó, era eléctrica y su batería debía estar agotada. Laura corrió a la otra y probó a arrancar. Esta vez sí, el silencioso motor arrancó. Se bajó y me senté a los mandos.

  En ese instante la potente sirena, del sistema contraincendios comenzó a sonar, nos habían descubierto ¿Cuánto tiempo tendríamos antes de que comenzase a llegar gente armada?

  Si había conducido algo así alguna vez, por supuesto no lo recordaba. La primera palanca que toqué subió el elevador; lo volví a bajar y seleccioné otra palanca, la carretilla se movió. Me coloque frente a la entrada y lancé la carretilla contra la puerta. El ruido debía haberse oído en todo el barco, desde luego los zombis encerrados lo escucharon y comenzaron su particular concierto de gritos desgarrados y gruñidos escalofriantes. La puerta no se movió, pero los hierros del elevador habían traspasado la hoja metálica por debajo. Accioné la primera palanca que había tocado y el elevador empezó a hacer intención de subir. Empezaba a oler a quemado.

–  Embiste hacia delante al mismo tiempo –Laura escenificaba con las manos lo que quería que hiciese.

  Aceleré al tiempo que el elevador ejercía presión hacia arriba y la puerta crujió. Repetí la misma operación y la hoja metálica se desencajó de abajo, sólo permanecía sujeta por la bisagra superior. La carretilla se había quedado sin tracción, no empujaba. Dentro ya empezaban a verse los zombis pugnando por salir de su encierro, sacaban sus brazos uniformados intentando coger a su presa pero la puerta había vuelto a caer por su peso y fruto del empuje de los muertos desde el otro lado así que no podían escapar. Laura me observaba con gesto de preocupación, era consciente de lo que iba a hacer, y de que si la carretilla se adentraba demasiado tal vez no me diese tiempo a salir. Levanté el pulgar hacia arriba y aceleré hacia la puerta con los ganchos elevados a media altura. La hoja con el golpe terminó por desprenderse de la bisagra cayendo sobre la maraña de zombis que aguardaban tras ella. La carretilla entró por completo en el hangar arrastrando muertos a su paso, algunos quedaron empalados en los ganchos como si fuesen brochetas de carne muerta. El estruendo de gritos, gruñidos y alaridos era insoportable. El primer momento de confusión acabó y se lanzaron en tropel a por mí. Salté de la cabina y retrocedí buscando la salida. El suelo estaba repleto de desperdicios, restos humanos, el olor a sangre y putrefacción se hizo entonces más presente escapando de su encierro. No todos los miembros repartidos por el suelo estaban muertos y una de las garras hizo presa en mi tobillo haciéndome caer, me intenté incorporar pero ya otro zombi me sujetaba el brazo y acercaba su boca peligrosamente a mi cara; pude oler el pestilente olor de su garganta, la tenía muy cerca. En ese momento entró en escena Laura cual martillo de Thor y de una brutal patada alejó, no solo la boca sino toda la cabeza de mi cara. Me puse en pie y con su ayuda conseguí salir del recinto. Los zombis más cercanos parecieron aullar con más rabia al ver escapar a su presa. Nos alejamos varios metros y desde allí pudimos observar como los muertos iban saliendo con pasos vacilantes tras nosotros. La sirena seguía sonando como si el barco supiera lo que escapaba de allí y gritara pidiendo auxilio. Debíamos irnos, Shania y los demás ya estarían en el helicóptero, corrimos hacia ellos huyendo del ejército zombi perfectamente uniformado que ya se dispersaba por todos los rincones.

  El equipo de Laurie llegó hasta la cubierta donde descansaba el Sikorsky, en efecto, Anne continuaba en su puesto manejando la ametralladora. Alexa se quedó vigilando el “pájaro” y el resto siguió corriendo hacia el hangar de carga.

  La mulata estaba realmente cabreada, no tenía por que acatar órdenes de esa incompetente, ni siquiera sabía como desactivar la alarma antiincendios. Ese sonido la iba a volver loca. Tenía que haberse enfrentado a ella, pero no parecía tener el apoyo de nadie, ninguna más había protestado. Lo cierto es que Inaya era tan cruel como Arlenne o incluso como la misma Janice, tenía que encontrar la forma de deshacerse de ella. Con un poco de suerte tal vez el militar español la matase. Necesitaba calmar sus nervios, encendió un cigarro y se apoyó sobre la parte trasera del Sikorsky.

  La sirena no dejaba de sonar, Shania se encontraba cada vez más débil, su herida no dejaba de sangrar. El calor en el interior del pequeño habitáculo era insoportable. Todos empezaban a removerse inquietos.

  Un nuevo grupo de gente se aproximó corriendo a la cubierta exterior, hablaron brevemente y continuaron adelante. No podía esperar más, cuando dejó de oír sus pasos se decidió a salir.

–  Permaneced aquí hasta que regrese a por vosotros, NO SALGAIS.

  Comprobó una vez más el cargador, le quedaban siete cartuchos, la vista se le nublaba. Salió por fin al pasillo. La sirena seguía sonando y en la pared de enfrente una lámpara de un rojo intenso lucía de forma intermitente. Sudaba profusamente, una gota se le deslizó dentro del ojo obligándole a frotárselo para mitigar el escozor. La puerta de salida a cubierta estaba entornada, se asomó con precaución, reconoció a Alexa apoyada contra el helicóptero fumaba un cigarro. En la ametralladora debía haber otra centinela, tenía que hacer un blanco perfecto no habría una segunda oportunidad, su visión seguía borrosa, abrió y cerró los ojos varias veces hasta que creyó enfocar mejor. Salió un paso a la cubierta, lo justo para descubrir a la centinela.

  ¡FLOP! ¡FLOP! El primer tiro erró el blanco, el segundo acertó pero no acabó con ella ¡FLOP! ¡FLOP! Anne, la había reconocido, cayó muerta hacia atrás. Giró su arma hacia Alexa, había dejado caer el cigarro y el encendedor que hasta ese momento sujetaba para enderezar el fusil que colgaba de su hombro.

  ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! Los tres proyectiles le acertaron en el pecho, estaba demasiado cerca para fallar, pero Alexa era una mujer muy fuerte. No había caído y continuaba intentando enderezar el arma. Aunque sabía que no le quedaban más balas apretó el disparador; ni siquiera se movió, la corredera ya estaba atrás, no podía hacer más, se sentía desfallecer. Casi al mismo tiempo cayeron las dos, Shania sin conocimiento y la mulata Alexa muerta para siempre.

  En el cuarto de conexiones todos se esforzaban por escuchar algo, resultaba imposible. Jorge abrió la puerta pero la mano de Mariano sujetándole le impidió salir.

–  ¿Es que vos no escuchaste boludo? Dijo que esperásemos aquí.

–  He oído varios disparos igual nos necesita.

–  Claro, y vos la vas a ayudar no… –Sin esperar más el niño se desasió de la mano del abuelo y salió al pasillo— “la concha de la lora” –fue lo último que escuchó de Mariano.

  Se asomó con cuidado a la cubierta y vio a las dos mujeres en el suelo. La negra parecía estar muerta, tenía el pecho lleno de sangre y una expresión muy rara en el rostro, a Shania, en cambio, la veía respirar. Se decidió a salir, rezando para que la centinela de la ametralladora estuviese también muerta. Salió agachado y encogido tratando de ver el nido de ametralladoras. Llegó hasta Shania, la centinela también debía estar muerta, de otro modo ya habría disparado. Le levantó la cabeza a la mujer, enseguida abrió los ojos y llevó la mirada a la herida de su pierna, tenía el pantalón completamente ensangrentado. El resto se fueron acercando agachados también.

–  Deberíamos tirar a esta mujer por la borda, así no la descubrirán –Iván cogía a la mulata de los pies intentando arrastrarla.

–  No, podrían verla caer, es mejor meterla en el helicóptero, no la arrastréis, tiradla atrás y esconderos también –parecía costarle un enorme esfuerzo el sólo hecho de hablar a la mujer.

  Entre Thais e Iván subieron a Alexa a la parte de atrás del Sikorsky. Iván se miró las manos, las tenía llenas de sangre; las separó y buscó algo con lo que limpiarse, como no encontró nada terminó frotándolas sobre los pantalones de la muerta. Mariano y el chico ayudaron a Shania a entrar en el aparato. Una vez dentro Thais le cortó una pernera del pantalón a la negra y con él improvisó un vendaje sobre la herida. Con los cordones de las botas le volvió a realizar un apretado torniquete. La mujer parecía muy débil, Thais creía que incluso tenía algo de fiebre, si estaba en lo cierto y cogía alguna infección, en un mundo sin atención médica de ningún tipo, podía significar su muerte. Iván sopesaba la pistola y el fusil de la mujer sin tener muy claro si sería capaz de usarlos. Le pasó el fusil a Thais y todos se ocultaron en la parte de atrás del helicóptero con las miradas fijas en las puertas de entrada.

  Los zombis habían comenzado a salir de su encierro y avanzaban en todas las direcciones posibles. Eran lentos así que les dejábamos atrás. Al recorrer el largo pasillo, donde antes acabamos con las dos mujeres, escuchamos pasos provenientes de arriba, alguien venía hacia nosotros. Estábamos rodeados, por detrás los zombis y en nuestro camino las terroristas. Fui probando puertas de camarotes hasta encontrar una abierta, pasamos dentro y escuchamos como un grupo de varias personas pasaba corriendo en dirección al hangar de carga, justo hacia la muchedumbre zombi recién liberada. A los pocos segundos comenzaron los disparos y los gritos de horror de las terroristas se confundieron con los alaridos de los infectados. La situación no duró mucho tiempo, el grupo de Laurie no se esperaba darse de frente con los zombis y enseguida se vieron desbordadas por ellos. Los infectados, sedientos de sangre no les dieron ninguna oportunidad.

  Salimos del camarote y continuamos hacia la cubierta exterior. El resto de zombis no tardarían en seguir nuestro rastro.

  En el Puesto de Mando Inaya escuchó con una mueca de triunfo los disparos, debían haber encontrado a los fugitivos. No pudo evitar mostrar una expresión de alegría, les habían cogido. Los tiros cesaron pronto. Intentó comunicar con la patrulla pero nadie respondía. Eso ya no era normal. Decidió enviar a Unna al mando de otro grupo hacia el hangar de carga. Había algo que no cuadraba. No se escucharon más disparos y el sonido de la sirena se entremezclaba con una especie de murmullo que se negaba a identificar.

  Unna se sorprendió de no ver a Alexa junto al helicóptero, tampoco divisó a Anne en la ametralladora. Mientras corría hacia el hangar al frente de su grupo hablaba a toda prisa con el walkie comunicándole la situación a Inaya. En su loca carrera no descubrieron al sargento y a Laura ocultos en el recodo anterior a la salida a la cubierta exterior.

  El grupo de Unna, al igual que le ocurriera antes al de Laurie, se vio sorprendida por los zombis que, en tropel, se dirigían hacia ellas. Los disparos comenzaron. Esta vez sí que lograron comunicar con el Puesto de Mando.

–  ¡¡INAYA ZOMBIIIS!!

  No pudo decir nada más, soltó el walkie y se aplicó en abatir todos los muertos que podía al tiempo que el grupo trataba de retroceder de forma ordenada.

  Cuando salimos a la cubierta exterior el helicóptero estaba sólo, regresé corriendo al cuarto de conexiones, no había nadie. No era posible, Laura se acercó al aparato gritando el nombre de Jorge. La puerta de atrás se abrió y la cara empapada de sudor del chico apareció.

–  Aquí Jose, estamos dentro.

  Pasamos al interior. Estaban todos, Thais le pasaba un paño húmedo por la frente a Shania.

–  ¿Qué ha ocurrido? Shania, tienes que pilotar esto, deprisa, no tardarán en aparecer los zombis y todavía deben quedar terroristas vivas.

  Shania puso cara de no comprender.

–  Yo no sé pilotar, tu eres el experto en eso –se notaba que le costaba un terrible esfuerzo incluso hablar.

–  Pero,… ni siquiera me acuerdo de cómo me llamo, no recuerdo como se hace…no…

  En ese momento la situación desesperada de todos se hizo más evidente, estábamos atrapados en un barco amenazados por un ejército de zombis.

–  Jose, has hecho esto infinidad de veces, eres un experimentado piloto –Shania vio que sus palabras no parecían convencerme y continuó— Tampoco recordabas como se disparaba un arma y no has parado de abatir blancos a la primera en la frente, solo ponte a los mandos, cierra los ojos y déjate llevar, es algo que sabes, ya lo aprendiste, no necesitas recordar, lo llevas en tu interior… —el esfuerzo la terminó de agotar y perdió el conocimiento.

  Me puse a los mandos en el asiento del piloto y cerré los ojos un momento. Los gritos y alaridos de los zombis envueltos en la música de la sirena contra incendios me recordaba donde estaba y la dificultad de la situación. Tomé la palanca con una mano mientras con la otra iba accionando interruptores. El aparato arrancó con un estruendo, que acalló en parte la banda sonora anterior, y las palas comenzaron a girar. No sabía como lo hacía pero daba lo mismo, teníamos que huir de allí. Los zombis salían y rodeaban el aparato golpeando en puertas y ventanas con sus manos ensangrentadas. Dentro de la cabina nadie respiraba. Laura y Thais comenzaron a disparar sobre los soldados una por cada lado. Jorge no despegaba sus ojos de mis manos. Por fin el Sikorsky se comenzó a elevar en vertical, estaba logrando separarme de la cubierta. Abajo quedaban los soldados zombis gritando y alargando sus brazos al cielo en un intento inútil de cogernos. Varias mercenarias aparecieron en escena disparando contra los zombis mientras observaban aterradas como su única forma de huida ascendía lentamente, si no hubieran tenido que defenderse de los soldados infectados habríamos estado vendidos

  Cuando Inaya escuchó el mensaje en el Puesto de Mando comprendió. Ya era tarde, se habían burlado de ella, les habían distraído y habían liberado a los zombis para mantenerlas ocupadas y… ¡EL HELICOPTERO! Iban a escapar en él. Las pocas mercenarias que le quedaban salieron corriendo hacia el aparato, no se podían permitir perderlo. Ella, por el contrario comprendió que ya estaba todo decidido, se habían reído de todas, pero aún podía hacer algo. Cuando comprobó que Anne no contestaba desde la ametralladora de popa a sus llamadas emprendió una loca carrera hasta allí, tenía que llegar antes de que se fueran.

  Dentro de la cabina del aparato Laura y Thais habían dejado de disparar y observaban como en cubierta los soldados se abalanzaban sobre las mercenarias que acababan de aparecer, éstas resistieron unos instantes pero enseguida fueron presa de la muchedumbre zombi sedienta de muerte.

  Logré ascender recto, ahora tenía que girar y poner rumbo a tierra. Mariano había ayudado a Shania a sentarse en el asiento del copiloto. Parecía estar algo mejor, la herida ya no sangraba. Mientras me indicaba la dirección a seguir hice girar el aparato sin intentar comprender muy bien como. Ya solo se escuchaba la maldita sirena contraincendios. La cubierta, iluminada por el potente foco parecía un escenario donde las mujeres eran despedazadas por los militares zombis en la más macabra de las representaciones; en ese momento, una ráfaga impactó sobre el aparato sacudiéndolo, alguien nos estaba disparando desde la ametralladora de popa. Las líneas luminosas dibujadas por las trazadoras en el cielo se acercaban y se alejaban. Se acabaron las delicadezas, giré bruscamente y el Sikorsky respondió desplazándose fuera del alcance del arma. El helicóptero abandonaba el último barco de la Armada Española que navegaba todavía por los mares, por poco tiempo.

–  Pibe, con vos nunca se aburre uno –Mariano siempre intentaba relajar la situación.

  Todos parecían recuperar el ánimo, incluso la piel de Shania aparecía más sonrosada. Thais se acercó hacia mí con un trozo de camiseta.

–  Te han herido, el brazo te sangra mucho, te lo vendaré.

  Bajé la vista hacía ahí, era cierto, un profundo rasguño en mi brazo expulsaba sangre lentamente. No recordaba que me hubiesen disparado, nadie me había atacado y cuando abandonamos los calabozos no lo tenía, seguro. La siguiente imagen apareció en mi retina como un potente flash:

  Salía de la cabina de la carretilla después de atravesar la puerta, un zombi me agarró, Laura apareció golpeándole en la cabeza y yo di un tirón soltándome el brazo

  Cuando giré mi cabeza hacia ella sus ojos estaban completamente abiertos, también lo había recordado, llegó a la misma conclusión que yo:

  “Me habían herido y ahora estaba infectado”

–  ¡NO! –el grito salió de nuestras gargantas al mismo tiempo— no, no es nada, sólo es un arañazo, además necesito el brazo libre para pilotar esto.

–  Déjame que te limpie la sangre por lo menos.

–  Te he dicho que no, siéntate atrás, luego me lo curaré.

  Fijé la vista en el horizonte intentando no pensar. Era injusto, ahora que estaba tan cerca de mi hija… la seriedad nuestra contrastaba con la alegría del resto por el éxito de nuestra huida.

  En el Castilla, Inaya, la única superviviente humana, continuaba disparando contra todos los zombis dispersados por la cubierta. Las balas del calibre 20 seccionaban miembros a los engendros que encontraba en su camino, era una carnicería, no apuntaba, sólo disparaba. Lo estuvo haciendo hasta que un ¡CLAC! le indicó el fin de la munición. Se acabó, varios soldados zombis se abalanzaron sobre ella descuartizándola en cuestión de segundos.

5 pensamientos en “22. Huida

  1. Sigue deleitandonos con tu relato, queremos mas, tu tienes la culpa por compartir tu talento, nos has hecho adictos asi que ahora tendras que soportarnos jejejeje, saludos

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