21. Revelación

   Hace tiempo que las casualidades habían dejado de existir. Que de pronto apareciese en mitad del Mediterráneo un barco con el que intentamos contactar, sin éxito hace, joder, en realidad no hacía tanto tiempo de eso. No, no podía significar nada bueno.

  Huir no era una opción. Un buque de guerra, más veloz, fuertemente armado, ¡Bahh! No valía la pena perder tiempo en planteárnoslo. Decidimos ir a su encuentro.

  Todos estábamos perplejos, y cuando digo todos incluyo a las dos mercenarias. Su cara indicaba, de forma inequívoca que no se esperaban eso. Pero entonces, ¿Quién iba a bordo de ese barco? ¿Realmente se trataba del Ejército? Pronto saldríamos de dudas.

–  Embarcación Fixius, embarcación Fixius, aquí el Buque de la Armada Española Castilla, arríen velas y dispónganse a entrar en el hangar. Repito, arríen velas y dispónganse a entrar en el hangar.

  Iván me miraba en silencio, lo mismo que el resto. Supongo que deseaban que les dijese que sí, que lo más probable era que se tratase de supervivientes, pero en su interior la desesperanza iba ganando camino. El gesto de contrariedad en la cara de las dos prisioneras no hacía sino aumentar nuestra confusión.

–  Embarcación Fixius, embarcación Fixius, aquí el Buque de la Armada Española Castilla, arríen velas y dispónganse a entrar en el hangar. Repito, arríen velas y dispónganse a entrar en el hangar. Hagan lo que se les ordena.

  “Ordena” no parecía el término más apropiado para generar confianza.

  El Buque había maniobrado y nos mostraba la popa, donde el portón del hangar estaba bajando lentamente. Miré a Iván.

–  Ni lo pienses, chico.

–  Pero ahora esta de popa, con la rampa bajada, puede que nos dé tiempo a llegar a la orilla –íbamos costeando toda la travesía, no estábamos a más de treinta o cuarenta millas de la costa, el navío se encontraba a más del doble de distancia de nosotros– en tierra no nos cogerían.

–  No nos dejarían ni intentarlo –Laura había seguido observando al navío con los prismáticos, me los volvió a pasar– fíjate en esas ametralladoras, diría que nos están apuntando justo a la cabeza; aunque no sería necesario, creo que una ráfaga de ese chisme haría astillas el barco entero.

  Era cierto, la torre de ametralladoras nos tenía enfilados. No había alternativa. De todas formas, en mi interior me alegré, creía firmemente que en ese barco encontraría respuestas y estaba deseando subir a él, en calidad de prisionero o de lo que fuese; pero por otra parte, temía poner en peligro al resto del grupo, intentaría jugar una última baza.

–  Iván, arria las velas y dirígete al hangar lo más lentamente posible, necesitamos ganar algo de tiempo. Coged todos lo que necesitéis; las medicinas de Mariano, armas, ropas, lo que sea, todo aquello que no queráis perder.

  Mientras todos iban en busca de sus pertenencias e Iván terminaba de arriar las velas y dirigía el velero hacia el Buque, yo me aproximé a la proa.

–  ¿Sabéis algo de esto? ¿Son amigos vuestros? –las dos mujeres se miraron sin contestar, realmente creo que no estaban seguras, pero sospechaban que podía ser así– sea como sea esto no va a cambiar vuestro estatus, seguís siendo mis prisioneras –La rubia había dejado entrever un leve gesto de alegría.

  No dejé de observarlas de soslayo mientras el velero se aproximaba inexorable a su destino. El Buque aparecía ante nosotros majestuoso, era inmenso comparado con el Fixius, me preguntaba cómo habría logrado sobrevivir a la pandemia y, lo que era más importante, cómo se habrían hecho con él los terroristas. Me daba cuenta que si había sido descubierto pudo ser, en parte por nuestra culpa, al intentar comunicar con él, les pusimos sobre su pista.

  La dotación de personal de estos barcos era grande, a todos los efectos funcionaban como una unidad independiente, eran capaces de gestionarse solos, lo único que necesitaban era una unidad logística que les abasteciera de víveres, armas y material. Eso ya no lo tenían, pero con sus medios, podrían conseguirlo sin excesivos problemas. Aunque no disponían de vehículos de dotación, éstos se les asignaban en número y tipo dependiendo de la misión, simplemente con las lanchas salvavidas podrían hacerlo. Además, recuerdo que Laura me dijo que estaba destacado en operaciones en Libia, como hospital creo.

  Lo cierto es que en el hangar, que aparecía a la mirada de mis prismáticos perfectamente iluminado, no se observaba ningún vehículo. Eso no presagiaba nada bueno. En la enorme cubierta, destacaba un helicóptero Sikorsky SH-3D como único vehículo visible.

–  Tenemos otro problema —la voz de Iván me sacó del ensimismamiento en que me encontraba– el palo no entrará ahí ¿Qué vamos a hacer?

  Tenía razón, el casco entraba sin ningún problema, pero el palo era otra cosa, rozaría y se acabaría doblando o partiendo o las dos cosas.

–  No se Iván, pero creo que es algo que no les preocupa en absoluto.

–  No voy a romper mi barco, ni en broma.

  Estaríamos a… mierda de millas, nunca me salía bien el cálculo, a unos ciento cincuenta o doscientos metros. Como si nos hubiesen leído los labios las ametralladoras crepitaron, las ráfagas cortaron el palo limpiamente por la mitad. El trozo partido cayó, golpeando el barco por babor. Gracias a la ligereza de los materiales de construcción y a que apenas rozó el barco no hubo más problemas, así que el griterío y susto iniciales dejaron paso a una indignación si límites. Iván parecía a punto de romper a llorar al comprobar cómo habían capado el mástil del velero y Diego ladraba hacia el buque atacante como si supiera quién nos había disparado.

–  Creo que ahora ya está claro lo que nos espera –sentenció Mariano.

  La violencia de la acción era, claramente premeditada, al mismo tiempo que innecesaria, pero conseguía la finalidad esperada: Habían dejado claro quien estaba al mando, por si no fuese obvio de antemano.

  El velero fue adentrándose lentamente en las tripas del Buque, ahí nos estaban esperando siete…mujeres vestidas con uniformes de combate de la Armada española y equipadas con fusiles de asalto hk. Se parapetaban tras un par de carretillas de carga. En la sala desde la que se debía dirigir el movimiento de vehículos en el hangar se podían ver asomar otro par de cañones de fusil.

–  Dejen sus armas y entren al hangar de carga, apoyen sus brazos contra la pared y dispónganse a ser registrados. Cualquier acción extraña será interpretada como una agresión y, como tal convenientemente respondida –la voz sonó a través de algún sistema de megafonía y confirmó que quien hablaba no dominaba el castellano.

  Fui el último en pasar al hangar de carga. Las mujeres seguían atadas a la proa pero ahora su semblante era diferente, conocían a nuestras agresoras, y digo agresoras, porque “todas” las que había visto hasta ahora, eran mujeres.

  Una vez nos cachearon debidamente a todos y le quitaron la pequeña katana a Jorge, nos condujeron a todos a la cubierta superior. El crío sujetaba al pastor alemán del collar para evitar que se pudiera lanzar contra alguien, pero eso no evitaba que su salvaje expresión provocara que las agresoras recularan a su paso sin dejar de apuntarle.

  Junto al Sikorsky nos esperaban cinco mujeres más, esto parecía el barco de Maná —de donde habría sacado ese pensamiento– Cuatro portaban fusiles y nos encañonaban abiertamente, la otra iba desarmada y parecía dirigir el cotarro.

  Las dos mercenarias atadas a la proa habían quedado allí, aunque suponía que en breve volveríamos a tener noticias de ellas.

  Permanecimos parados por espacio de unos cinco minutos. Ninguno decíamos nada y Jorge había logrado que Diego abandonase su actitud agresiva para pasar a un estado de alerta más calmado. De los nuestros, Thais era la que parecía más serena. Iván no podía disimular su temor más que nerviosismo y Laura parecía tensa como un alambre a punto de partirse. Mariano, que acertadamente había guardado los viales en una bolsa bien visibles, la balanceaba a la espalda sujetándola con las dos manos con la actitud de alguien a quien ya todo le da igual pero le jode un “poquito” acabar así.

  Aproveché esos instantes para estudiar a nuestras enemigas. Todas eran relativamente jóvenes, ninguna pasaría de los treinta, creo, pero en sus rostros se reflejaba una determinación sin límites. La que parecía le jefa era también la que debía tener más edad. Al igual que el resto se la veía en buena forma física y, aunque no se podía decir que fuese preciosa, tenía un algo que la hacía atractiva. Las que llevaban melena se lo recogían en una ordenada coleta. Realmente tenían todo el aspecto de un ejército regular y “femenino”.

  Excepto la jefa que iba desarmada todas portaban fusil de asalto hk y una pistola Glock en la funda. Armas no les faltaban.

  En efecto, saliendo de otra puerta de cubierta, diferente a la que habíamos tomado nosotros, aparecieron las dos mujeres. La rubia cojeaba ostensiblemente aunque rechazó la ayuda de otra de sus compañeras para avanzar.

  La que estaba desarmada habló con voz clara y un tono que me recordó a Cruiff, un tío que se había pasado más de media vida en España y continuaba hablando igual de mal que el primer día que pisó suelo español –otro pensamiento raro.

–  Por fin disfrutamos del placer de su presencia Sargento –el tono imagino que debía de mostrar una clara ironía, pero con ese acento de mierda había que imaginarla.

–  Nos ha costado dar con usted, pero como verá no hemos reparado en esfuerzos. Incluso le hemos recibido en un Buque de “su Armada” –su expresión permanecía inalterable y el hecho de que sólo se estuviese refiriendo a mí no me daba buena espina. Reculé disimuladamente hasta que noté el cañón del fusil de alguna de las “soldados” que nos habían conducido a cubierta apoyado en mi espalda.

–  Bien, como usted dice ya me tienen, dejen que los demás se marchen, los dos sabemos que sólo me necesitan a mí.

–  Aquí acaba su aventura ahora vendrá con nosotros a nuestra base –ignoró mi comentario por completo y cuando ya parecía que había terminado el discursito se giró a la que tenía a su derecha y lo que le dijo me heló la sangre– lanzad a las dos mujeres por la borda, los jovencitos nos los quedamos, el anciano está enfermo así que tiradlo también, el perro, a cocina, esta noche comeremos carne asada.

–  ¡NOOOO!

  El grito de Jorge se superpuso en el tiempo a mi movimiento. Giré sobre mí mismo. El apoyo del cañón contra mi espalda me informaba exactamente de su posición. Le arrebaté el fusil a la vez que la golpee todo lo fuerte que pude en la cara con mi codo. El resultado fue que la mujer terminó en el suelo con las manos en el rostro llenas de la sangre que manaba de su nariz rota y yo apuntaba mi nueva arma directamente a la cabeza de la jefa.

–  Suelte inmediatamente esa arma, mas de una docena de personas le apuntan, mención aparte del sistema de ametralladoras.

  Era cierto lo que decía, pero ninguna había disparado. Era el momento de jugar mi última baza, la que había estado preparando.

–  Deja que se marchen, no los necesitas y si intentas hacerles daño os iré eliminando una a una.

–  No sabes de lo que hablas tir…

¡BAANG!

  La bala acabó en la frente de la que tenía al lado la jefa y el cañón de mi fusil apuntaba, de nuevo, a su cabeza.

–  Tú te lo has buscado, acabad con todos y…

–  ¡Nooo! ¡Janice NO! yo estoy al mando de este operativo –gritó la morena Shania situándose a su lado.

–  En este barco mando yo, no voy a tolerar que me…

–  ¡BASTA! Harás lo que yo ordene.

  La frustración de la mujer era patente, pero parecía que Shania había ganado la partida, tenía más galones y la otra había intentado mear demasiado alto.

  Después de una tensa espera:

–  Bien sargento, entrega tu arma, te doy mi palabra de que la vida de todos será respetada, al menos hasta llegar a la base.

–  Y a mi perro no se lo come nadie –el grito del niño con su agudo tono sirvió para quitarle algo de drama al instante.

–  Dejarás que los demás abandonen el barco en su velero, yo me quedaré, es a mí a quien quieres.

–  Nadie va a abandonar el buque, al menos con vida. Entrega el fusil y permaneceréis en una celda custodiados hasta llegar a nuestra base, es mi última oferta.

  Miré a los ojos de Laura, tampoco se fiaba pero, al igual que yo, intuía que era todo lo que íbamos a conseguir. Si continuaba apretando sólo terminaría haciendo que nos disparasen. Tenía claro que, por alguna razón, seguramente relacionada con lo que me había inyectado en la pierna, me necesitaban con vida, pero eso no quería decir que necesariamente tuviese que llegar intacto.

  La actitud de la tal Janice era claramente amenazadora, creo que deseaba que nos resistiéramos para poder abrir fuego, sus ojos eran un libro abierto; por contra la rubia, Arlenne, parecía divertirse mientras permanecía apoyada sobre el helicóptero en un claro segundo plano.

  Nos habían encerrado en uno de los calabozos del buque, a todos juntos como les había exigido. Llevábamos allí un montón de horas, ya eran las diez y cuarto pasadas, lo sabía porque lo acababa de mirar en el reloj que me acompañaba desde mi despertar en el CNI al preguntármelo Jorge. Todos teníamos hambre, no habíamos comido nada desde el desayuno. Laura decía que pronto nos traerían algo de comer, pero sólo intentaba tranquilizarnos. En la habitación, camarote, como había corregido Iván a Jorge, no había ninguna luz, la bombilla debía estar fundida, así que la iluminación procedía toda de los fluorescentes del pasillo y se filtraba a través del ventanuco enrejado existente sobre la puerta. Aun así, dentro se distinguía todo suficientemente bien.

  El calabozo estaba casi vacío. Sólo había dos literas metálicas con dos camas cada una. Un lavabo con un baño y una ducha al fondo, sin puerta, completaba la decoración. Mariano se había tumbado a descansar en la cama de debajo y Jorge estaba sentado en la de arriba.

  En la otra litera, en la cama de abajo estaban Iván y Thais, se tapaban con la manta, Mariano le había dicho al crío que se estaban queriendo, a lo que él contestó que lo que estaban haciendo era el amor. Eso era lo que le decía su madre cuando durante una película una pareja se metía en la cama “cambia Jorge que están haciendo el amor”. Mariano le animaba diciéndole que algún día también él querría a una chica, pero se podían leer las dudas en los ojos del pequeño ¿Y si no quedaban más niños? ¿Y si él era el último? Desde que dejamos Madrid no nos habíamos encontrado con ninguno, bueno, quitando al bebé zombi. Pensaba que tal vez si encontrábamos a Sandra,…así por lo menos tendría alguien de su edad para jugar, para hablar, para querer.

  Laura y yo permanecíamos de pie, al lado de la puerta, llevábamos hablando en voz baja un rato. Pensábamos que nadie nos oía pero lo cierto era que el niño tenía los auriculares puestos, pero ya no podía escuchar música, el ipod estaba descargado, por eso fue a ver la hora antes. Cuando les registraron, al bajar del velero se lo quitaron, pero la mujer rubia, hizo que se lo devolvieran: “por haberme salvado” dijo, pero ya no tenía batería, así que estaba escuchando toda la conversación.

–  No debí traeros hasta aquí. Si os hubieseis quedado en el chalet ahora estaríais a salvo. Me querían sólo a mí, os habrían dejado en paz.

–  No creo que estés en lo cierto, no podías saber lo que querían de ti. Además, no… no hay ningún otro sitio donde yo desease estar que no sea a tu lado.

–  Laura yo…

–  No, déjame terminar. Ya se eso que dicen de que las relaciones basadas en experiencias traumáticas nunca acaban bien, pero es que, en esta… en esta mierda de mundo… sólo quedan experiencias traumáticas, a cual más, y yo… yo creo, no, yo sé que me he enamorado de ti y no quiero estar en ningún otro sitio. Sé que acabas de descubrir que tu mujer ha… que tu mujer ha muerto pero…

  La cerradura giró y la luz del pasillo inundó el calabozo. Dos mujeres armadas con fusiles entraron, fuera esperaban más. Una de ellas lanzó a Laura contra la litera donde dormía Mariano. Me lancé a por ella y le di un puñetazo tal en plena cara que la tiró para atrás, luego me volví para ayudar a Laura. La estaba levantando cuando la otra me arrimó una cosa negra, como un mando a distancia de la tele y me dio una descarga. No lo separó de mi cuerpo hasta que dejé de moverme. Después entre varias mujeres me sacaron de allí. Iván y Mariano intentaron impedirlo, pero sólo consiguieron que les golpearan con los fusiles.

La mujer rubia volvió a entrar.

–  No os preocupéis tanto por él, es por vosotros mismos por quien deberíais preocuparos. En solo un ratito volveré a traeros un regalo.

  La puerta se cerró. Iván ayudaba a Mariano a incorporarse del suelo mientras Thais atendía a Laura.

–  Iván, Laura no respira, estaba agarrada a Jose cuando le han dado la descarga, a ella también le ha alcanzado. ¡NO RESPIRA!

–  Aparta, déjame.

  El chico se sentó sobre ella y comenzó a apretarle el pecho con las dos manos varias veces, luego comenzó a hacerle el boca a boca. Luego otra vez en el pecho… la boca…el pecho… la boca… el pecho, no reaccionaba, se detuvo.

–  Sigue, por favor sigue, puedes lograrlo –la voz de Thais le animó a continuar— otra vez en el pecho… la boca…el pecho… al final Laura soltó una especie de soplido, ya respiraba –Iván se apartó exhausto.

–  ¿Qué ha pasado? Me duele todo el cuerpo.

–  ¡EH! ¡EH! Jose, Jose…

  Cuando abrí los ojos me encontré a Shania a medio metro de mí. Tenía las manos esposadas a la espalda y una cadena unida a las esposas la mantenía sujeta a la pared de… debía ser otro calabozo. Me dolía todo el cuerpo. Intenté incorporarme también. No podía, estaba esposado lo mismo que ella.

–  ¿Qué coño ha pasado? ¿A que estamos jugando ahora? ¡Joder! Me duele todo el cuerpo.

–  Te han dado una descarga con una pistola Taser pero no te vas a morir.

  Intenté acercarme a ella estirando del todo la cadena, ella hizo lo mismo. No llegábamos.

–  ¿De qué va todo esto? ¿Por qué estoy encadenado? Y ¿Por qué lo estás tú? ¿Es algún otro truco estúpido?

–  Escúchame bien, no tenemos mucho tiempo, Ar…

–  Te he tenido atada a la proa del velero varios días y no me has dicho nada y es subir con tus amigas y entrarte las ganas de hablar, no me hagas reír. No sé lo que quieres conseguir, pero sea lo que sea no te podré ayudar y, aunque pudiese, no lo haría.

–  Quieres recuperar a tu hija ¿No? Pues escucha atentamente y deja de interrumpirme.

  La mención de mi hija hizo que volviese a intentar alcanzarla, era imposible, no llegaba.

–  ¿Qué le habéis hecho a mi hija? ¿Dónde está?

–  Ya te lo dije, ella es su as en la manga, la utilizan para llegar hasta ti, mientras no te entreguen en la Base la mantendrán con vida. Pero… pero eso puede cambiar.

–  ¿De qué hablas? ¿Qué quieres decir? ¿Qué es lo que puede cambiar?

–  Janice,… Janice me dijo que llevaban varios días sin poder contactar con la base. Cree que ha podido pasar algo.

–  ¿Por qué coño me cuentas esto ahora?

–  Joder Jose, querías respuestas ¿no? Pues te las estoy dando y…

–  ¿Por qué coño me hablas con tanta familiaridad? Además, yo todavía no he empezado a preguntar.

–  Vale, siempre has sido igual, hasta que no te salías con la tuya no parabas, ¿Qué quieres saber? Pregunta pero hazlo rápido.

  “Siempre has sido igual” vuelves a hablar como si me conocieses bien, muy bien.

 

–  De acuerdo, empieza por el principio, ¿Qué es “Earthus”?

–  Otra vez con eso. “Earthus” sólo era un nombre, el nombre en clave de la última operación, nada más.

–  No, “Earthus” es el nombre de una Organización, una Organización que ha creado un virus tan mortífero que ha acabado con la vida tal como la conocíamos…

–  Te equivocas, la Organización es mucho más que “Earthus”, de hecho, su logro más importante es el mismo que el del demonio –paró como para que reflexionase– ha conseguido hacer creer al mundo que no existe. No tiene estructura, sede, miembros, cabeza visible, nada, pero funciona, funciona perfectamente. Nadie la conoce, nadie habla de ella.

N O  E X I S T E

Y ahora, te vas a callar, no me vas a volver a interrumpir y yo te voy a poner al corriente de todo:

  A la Organización le gustaba poner nombre a cada uno de sus proyectos más ambiciosos, así, mientras éste duraba, la Organización pasaba a llamarse igual. Ha tenido tantos nombres… A la última operación de la Organización se la denominó “Earthus”, su proyecto más ambicioso, su obra maestra. La creación de un virus tan mortífero que fuese capaz de acabar con un número tal de personas en tan poco tiempo, que los Gobiernos de todos los países estuviesen dispuestos a pagar cualquier cosa por una cura, incluso su propia independencia. Consiguieron embaucar a uno de los más famosos investigadores del momento, ja, ja, ja, un iraní, tiene gracia.

 

  Convencer al reputado epidemiólogoAbdel Samad para queprofundizara en la búsqueda de alguna vacuna para virus mortíferos como eran el Ébola o Marburgo, entre otros, no fue difícil. Lo complicado era que Ashraf Malik fuese transformando los resultados de sus investigaciones en la confección de un virus letal sin que el primero se enterase de nada. 

 

  Samad era una especie de filántropo, no trabajaba por dinero, ni por el reconocimiento, verdaderamente quería encontrar una cura para todas esas enfermedades, lo necesitaba, era su meta, su misión en la vida. En realidad hasta pocos días antes de su muerte no supo para quien estaba trabajando realmente.

 

  Por fin Ashraf Malik consiguió, dando la vuelta a los trabajos de Shamad, aislar el virus. Pero algo falló, descubrieron que sus efectos no terminaban con la muerte del individuo. Como ya sabes, los infectados, a las pocas horas de morir volvían a un estado de, llámalo vida, muerte o lo que quieras.

 

  La operación ya estaba en marcha, era demasiado tarde para pararla, así que la única esperanza era que Shamad encontrase una cura final para los infectados. Sus trabajos estaban muy avanzados pero iban enfocados en otra dirección. Cuando le pusieron al corriente, aunque amenazó con marcharse y denunciarlo todo a las autoridades, en última instancia, se dejó persuadir. Si los Gobiernos intervenían no conseguirían descubrir la cura y sería el final.

 

  Shamad accedió al fin y se centró entonces en encontrar esa vacuna o antídoto o lo que fuese, y lo hizo, el cabrón lo logró, desarrolló una cura. Pero no se lo comunicó a la Organización, nada le garantizaba que no siguieran adelante ahora que tenían la vacuna. Para asegurarse que no pudieran replicar su investigación eliminó todos los archivos y destruyó todos los papeles que había utilizado. Más tarde reunió a unos colaboradores en los que confiaba y dividió la vacuna en dos componentes. Su idea era sacarlos por separado del complejo donde llevaba a cabo sus investigaciones, así estaría en disposición de negociar, pero falló, y uno de los componentes cayó en manos de la Organización. El otro… el otro lo llevas tú en tu sangre.

 Shania hizo una pausa en su relato, supongo que para que asimilara toda la información.

– Has dicho que “Earthus”  no existía, pero, sin embargo, mi Gobierno me envió a investigarlo, por eso me reuní con Haquim y …

–  Tu Gobierno –arrastró las palabras con desprecio– fuimos nosotros los que te enviamos a esa reunión. Haquim trabajaba para nosotros, su misión era llevarte hasta las personas que tenían en su poder la vacuna sustraída y una vez allí poder recuperarla.

–  No sé si lo que dices es cierto, no tengo forma de verificarlo, pero en cualquier caso ¿Cómo coño termina esa vacuna en mi pierna? ¿Por qué yo?

–  Tal vez sería mejor que obviáramos esta parte, puede que no quieras conocer determinados aspectos.

–  Determinados aspectos… ¿De qué?

–  Vale, como quieras, pero ya te anticipo que no te va a gustar. Desde los veintidós años, nada más ingresar en al CNI, la Organización te reclutó y…

–  Para, para, para, es imposible que yo trabajase para una gentuza así. No recuerdo mi pasado pero sé que nunca le habría hecho daño a nadie.

–  Ya, si, recuperaste la consciencia ¿Cuánto hace? Ehh, veinte días más o menos y, en este tiempo ¿A cuántas personas has matado? Piénsalo, y no me digas que eran zombis, tú y yo sabemos que no han sido sólo zombis. No recuerdas nada pero manejas las armas como si fuesen una prolongación de tus extremidades. Eres el asesino perfecto y lo sabes, es lo que haces mejor. Sin embargo, en una cosa sí que tienes razón: nunca mataste a nadie que no pensaras que se lo merecía. Los otros equipos recibían sus trabajos, tu, en cambio, los seleccionabas. La organización te lo permitía porque eras el mejor, no necesitabas apoyo, cobertura, actuabas,… actuabas sólo  notó como el titubeo no me pasó desapercibido.

  La puerta del calabozo se abrió dando paso a una Arlenne que aún cojeaba al avanzar.

–  Tortolitos ¿lo pasáis bien?

  Guardó el llavero, del que colgaba también la llave de las esposas, en el bolsillo trasero de su pantalón. Llevaba una Beretta con silenciador en la mano y un pequeño cuchillo en una funda sujeta al cinturón. Desplegó la silla que descansaba contra la pared del baño y se sentó a horcajadas en una posición equidistante de los dos.

–  Quítame estas esposas Arlenne. Janice te despellejará cuando se entere. Hará que…

–  Shhhh, cállate. Veras Shania, Janice,… no sé como decírtelo, ya no es la que era, ja, ja, ja,…

  La muy puta casi se ahoga de la risa.

–  ¿Qué quieres decir? ¿De que estas hab…

–  He dicho que te calles –el cañón de la pistola apuntándole entre los ojos la convenció para permanecer en silencio– Janice no es importante, de hecho ya no es nada. Lo que yo quiero es saber que tal es en la cama el soldadito. Tú ya lo sabes ¿verdad?

–  Arlenne, quítame esto y hablemos.

–  Te dije que si descubría que me estabas engañando me enfadaría. Así que ahora te vas a estar quietecita mientras yo me divierto con tu… amiguito. ¡Siéntate!

  La tarada esta me había lanzado la silla y me apuntaba con el arma, la movía de arriba abajo, desde la cabeza hasta los pies y de los pies hasta la cabeza. De momento era mejor seguirle la corriente, ya cometería algún error. Me senté. Se acercó a mí por la espalda y me obligó a pasar los brazos por detrás del respaldo de la silla.

  Continuaba con la Beretta en la mano, se colocó a caballo sobre mis piernas y comenzó a lamerme toda la cara, el cuello, los labios.

–  Arlenne basta, por favor, no sigas con esto. Yo te…

–  ¿Qué ocurre Shania? No estarás celosa. Tú ya lo has probado, déjame que ahora disfrute yo.

  Guardó la pistola en su cinturón, y sacó el cuchillo de su funda. Con un movimiento premeditadamente lento cortó mi camiseta de abajo arriba rasgando también mi piel a su paso. Luego volvió a recorrer todo el corte con su lengua lamiendo la sangre que brotaba.

–  Mmmmhhh, puede que ahora la mierda esa que tiene en su sangre pase a la mía ¿no crees Arlenne? Espera guapo, no pareces muy excitado. Tengo una idea, a ver si así te entonas.

  Se levantó con rapidez y se dirigió hacia Shania. Cuando estuvo a su lado repitió la misma operación que acababa de realizar conmigo. Cortó en dos su camiseta y una fina línea de sangre apareció entre sus pechos.

  Shania intentó inclinarse sobre sí misma para cubrirse.

–  No, joder Shania, se trata de que te vea y se excite, no puedes taparte.

  Con un fuerte tirón le arrancó la camiseta, dejándola desnuda de cintura para arriba.

–  Vaya, recuerdo cuanto me gustaba chupar estas tetas. Seguro que a ti también ¿eh soldadito?

  Volvió a sentarse sobre mí.

–  Ves Shania, ya parece que comienza a responder, tenía yo razón: le gustan tus tetas.

  Sin guardar el cuchillo me cogió de la cabeza y comenzó a besarme en el cuello, los labios. Entonces me abrió la boca y me metió su lengua hasta la campanilla. Apreté los dientes y pude notar como la sangre brotaba de su lengua y se mezclaba con la saliva de los dos. Dejé de apretar cuando noté la hoja del cuchillo presionando en mí yugular.

–  No entiendes nada, verdad payaso, crees que aún estás al mando ¿no?

  Se levantó rápidamente y empuñando la pistola apoyó el cañón en el pecho de Shania, justo entre sus senos.

–  A partir de ahora vas a ser un buen chico y me vas a complacer en todo lo que te ordene.

  Otra vez ese ¡clic! En mi cabeza.

–  ¿De verdad crees que me importa lo que le puedas hacer? Por mi puedes coserla a tiros.

–  De acuerdo.

  Con un movimiento lento fue bajando el cañón de la pistola hasta situarlo sobre el muslo derecho de la morena…

  ¡CHOF! El disparo dio paso a un estremecedor grito de dolor.

–  ¿Seguro que no quieres reconsiderarlo?

  Volvió a desplazar el arma lentamente hasta su pecho. Luego volvió a bajarlo hasta su muslo izquierdo.

–  ¡Basta! Tú ganas. ¡Déjala!

– Eres tan previsible, pero bueno dejaremos ese tema para luego.

  Guardó de nuevo la Beretta en el pantalón y se aproximó a mí. Shania se dejó caer al suelo y apoyó la pierna en alto, contra la pared en un intento de disminuir la pérdida de sangre.

  Arlenne había vuelto a sentarse sobre mí. Me lamía, chupaba y mordía como una salvaje. A pesar de mis intentos por no sentir nada, no podía evitar que mi cuerpo respondiese y ella lo notaba. Tenía que pensar algo. Estaba claro que al minuto de acabar su diversión los dos estaríamos muertos.

  Agaché la cabeza intentando morder sus pezones a través de la camiseta.

–  ¡JA! ¡JA! ¡JA! Mira esto Shania, se está poniendo como loco ¡JA! ¡JA! ¡JA!

  Se quitó la camiseta y dejó sus tetas desnudas delante de mi cara. Las chupé y mordí. Notaba como la demente esta se excitaba, ahora era el momento.

–  Si me soltases las esposas podría hacer más cosas –procuré que mi voz sonase lo más ronca y lasciva posible.

–  ¡JA! ¡JA! ¡JA! Buen intento, es una lástima pero creo que tendremos que apañarnos así.

   Dirigí mi boca hacia la suya y comencé a pasar la lengua por sus labios. No pudo aguantar y al momento tenía su lengua acariciándome la campanilla. ¡Ahora!

  Apreté salvajemente su lengua con mis dientes al tiempo que volcaba la silla de lado, para caer sobre su maltrecha pierna. Esta vez su primera reacción fue tirar de mi cabeza atrás para liberar su dolorida lengua. La lengua de los seres humanos tiene una sensibilidad extrema así que el dolor que sentía era sencillamente bestial.

  Solté su lengua y tomé impulso con la cabeza para darle un tremendo golpe en plena nariz. De sus fosas nasales nació una hemorragia descontrolada. Pero eso fue todo, no había logrado dejarla inconsciente y ahora ya se incorporaba tambaleante con una mirada dominada por el odio más salvaje.

  Recogió su camiseta y se limpió la sangre que ya le resbalaba desde la nariz hasta el ombligo pasando entre sus pechos. No pronunció ni una palabra, simplemente me lanzó la camiseta empapada en su sangre y echó mano a su pistola.

  Sus ojos se abrieron en extremo, llevó la otra mano en un intento de localizar un arma que no encontraba. Recorrió el suelo del calabozo con la vista.

–  ¿Buscas esto? –la voz de Shania sonó como un mazazo en su cabeza.

  ¡AAAAAHHHHH! Soltó un salvaje grito y sacando el cuchillo de su funda se lanzó contra su amiga.

  Para cualquier otra persona con las manos esposadas a la espalda y un tiro en una pierna hubiera resultado cuanto menos complicado acertarle, pero la morena tampoco era una persona corriente.

  ¡CHOF! ¡CHOF! Dos disparos tan seguidos que parecieron uno solo dibujaron sendos círculos rojos en su pecho, uno encima de cada teta. La mercenaria paró en seco y se dejó caer de rodillas para terminar besando el suelo.

  La verdad es que mi situación parecía no haber cambiado mucho. Pasaba de estar en manos de la salida demente a estar en manos de…, todavía no la tenía completamente catalogada.

  El cuerpo de Arlenne había caído más cerca de mí que de ella. Aún se movía, continuaba con vida. No podía usar las manos por lo que enganché una de sus piernas con mi pie y fui moviéndola hasta que pude usar mis manos para extraer las llaves de las esposas de su bolsillo.

  Me liberé de ellas con relativa facilidad y cogí el cuchillo de la mano cerrada de la rubia. La morena me observaba en silencio, dejándome hacer, no me apuntaba con la pistola aunque se la veía atenta a todos mis movimientos. Me dirigí hacia ella.

–  Muéstrame las esposas –la mujer seguía desnuda de cintura para arriba pero no parecía sentir ningún pudor. Su herida continuaba sangrando.

  Sin decir nada se giró y me ofreció la pistola y las manos para que pudiese abrir sus esposas. Cogí el arma y cuando ya iba a liberarla, en el último momento me detuve.

– ¿Qué haces? Te he dado la pistola, suéltame.

  Recogí la camiseta de Arlenne y se la coloqué por la cabeza para que se pudiese cubrir, luego le saqué los cordones de las botas y le practiqué un fuerte torniquete en la herida. La bala había salido, no parecía que hubiese nada dañado pero debía dolerle lo suyo.

– Antes de soltarte quiero respuestas.

–  Ya te he contado todo.

–  Yo creo que no. Antes me has dicho varias cosas que no me cuadran. Primero, nadie lleva a cabo “trabajos” como esos en solitario, sería un suicidio. Segundo, porque termina la vacuna en mi sangre, y tercero ¿Cómo es que una Organización de esa naturaleza deja que uno de sus hombres se desvincule sin más de ella? Date prisa, hay que curar esa herida.

–  Vale,…vale, de todas formas nada importa ya… En realidad no trabajabas “completamente” solo; si que actuabas con alguien que…

–  Tú –las piezas empezaban a encajar.

–  Si, yo. Durante varios años fuimos,…fuimos compañeros… y algo más.

–  Explícate.

–  Yo era tu equipo, trabajábamos juntos, nos complementábamos perfectamente.

–  ¿Sólo trabajábamos?

–  No, durante ese tiempo fuimos amantes, amigos, compañeros, confidentes, todo lo que un hombre y una mujer pueden llegar a ser.

–  Ya, y si era tan feliz ¿Por qué marcharme? ¿Por qué dejarlo todo?

–  Veras –su voz sonaba ahora más tensa, más ahogada– cuando conociste a tu mujer… empezaste a cambiar; dejamos de… dejamos nuestra relación. Te mostrabas distante, ya no disfrutabas, ni me hacías disfrutar contigo. Seleccionabas mucho más tus misiones; pero cuando nació tu hija, cuando nació Sandra, decidiste acabar, dejarlo todo, volviste a tu vida y te alejaste de la Organización.

–  Vamos, nadie deja organizaciones de ese tipo, es imposible.

–  Bueno, la verdad es que tú jugabas con un punto a tu favor. Nunca lo supiste pero en una de nuestras misiones, aquel rescate en Bogotá –mi cara de ignorancia total le animó a explicarse– Se trataba de un secuestro, la guerrilla colombiana retenía a una familia. Una familia que por motivos que desconozco era muy importante para la Organización. Enviaron al mejor, a ti, y a mí contigo. Era uno de esos trabajos que tú realizabas gustoso, siempre odiaste los secuestros, decías que era la forma más rastrera y baja en que podía actuar un ser humano. En esa época ya estabas casado y a punto de nacer Sandra. Conseguimos, bueno, conseguiste liberar a toda la familia. Fue un trabajo sencillamente perfecto, pero,… pero tuvimos que acabar con todos los secuestradores… delante de las víctimas. Cuando te acercaste a la hija menor, estaba tan asustada que se orinó encima. Te temía más a ti que a sus captores. En ese momento decidiste que no querías que tu hija te terminase temiendo, fue tu último trabajo.

–  Pero ¿Por qué me permitieron irme?

–  Ya te lo he dicho, esa familia que rescataste era muy importante, desconozco los detalles exactos.

–  Bien, y la tercera cuestión…

–  Puede que tengas razón y, en el fondo, nunca terminasen de aceptar que te marcharas. Cuando supieron de la traición de Shamad filtraron información al CNI. Una Organización terrorista islamista, una misión en suelo Libio, un atentado inminente, las revueltas en ese país, estaba claro que tu Gobierno picaría y que el agente utilizado serias tú. Shamad, una vez se supo utilizado entró en la base de datos de la Organización, de “Earthus”, así conoció sus intenciones hacia ti y decidió aprovecharlo a su favor. Pero fallaron, nadie está preparado para luchar contra la Organización y ellos aún menos. Perdieron el control y tu esposa acabó pagándolo. Al final, eso que no querías, que toda la mierda pudiese algún día salpicar a tu familia, ocurrió.

  ¡GJA! GJA! GJA! La rubia demente seguía viva y se reía, se atragantaba con su propia sangre.

–  Suplicógg … como una… puta.

–  ¿Qué?

–  Llorogg … llamandotegg … antes de que … de que le volase la cabezagg … cgg cgg –un borbotón de sangre salió de su boca.

  Cambié el cuchillo de mano y me giré hacia ella. Shania me sujetó como pudo con las manos aún esposadas.

–  Déjala Jose, ya está muerta, lleva media vida muerta.

–  Cgg  cgg cgg  tus amicggos si que eggstan muertos cgg cgg cgg cgg.

  No pude contenerme, el recuerdo de mi esposa, de cómo murió y la noticia de que también podía haber matado a mis amigos se impuso ¡clic! ¡clic! Le atravesé la frente con el cuchillo como si de un zombi cualquiera se tratase. Por fin dejó de reír y de toser.

4 pensamientos en “21. Revelación

  1. Que barbaridad, una historia de zombies en la cual no aparece ninguno en el capítulo y de cualquier manera te atrapa, muy bien amigo, excelente entrada, saludos

  2. En la sección que dice libros, son acaso otros libros que tu has escrito? o son algunos que recomiendas? para darme la vuelta por ahi, saludos

    • Hola Pepe, cuando comencé con este proyecto no sabía si iba a ser capaz de compaginarlo con mi trabajo o si tendría la suficiente disciplina como para continuarlo, me he dado cuenta de que si, por lo que he decidido preparar el blog para nuevos proyectos. La sección de libros es donde iré colgando los relatos que yo escriba. Habrá más secciones para colaboraciones y otras propuestas. La página está en un proceso de remodelación. Un Blog chulo de zombis es el que os pongo en los enlaces. Zombis.net.
      Saludos.

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