20. La travesía

http://www.youtube.com/watch?v=jQM0JlxHRs8&feature=bf_prev&list=PLF4DBA11B6F1AC815&index=4

  La noche había sido complicada. El temporal continuó y el mar era un castigo. Gracias a Dios, pasó antes de lo que Iván había previsto, y aunque el agua no era una balsa de aceite, el velero ya no se movía demasiado. Mariano había logrado pincharse la insulina y desde hacía varias horas dormía plácidamente con Jorge a su lado. También la chica, Thais, se había ido a descansar un rato. Yo había permanecido con ella hasta hacía pocos minutos. No quería dejar sin vigilancia a las dos mercenarias. Les había puesto un chaleco salvavidas y las até concienzudamente a las cornamusas de proa. Tras mucho insistir Laura llegamos al acuerdo de que ambos nos turnaríamos en su vigilancia. Del mismo modo, siempre, bien Iván o bien Thais, permanecerían atentos al timón. Al final convenció Laura me convenció y a las ocho de la mañana, me tumbé en el camarote de popa junto a la chica.

  Laura no perdía de vista a las mujeres. No solo porque se lo hubiera dicho Jose, la verdad es que, aunque por motivos diferentes, no se fiaba de ninguna de las dos. En la cara de la rubia se podía leer la carga de odio que acumulaba, la creía capaz de pasarles a todos a cuchillo si llegaba la ocasión. Pero la que más inquietud la infundía era la morena. Era incapaz de leer sus intenciones, la otra parecía un libro abierto y esta un pozo negro y oscuro. Estaba completamente segura de que la mujer, Shania se llamaba, conocía detalles de la vida del militar que él no era capaz de recordar. Trataba de ocultarlo, pero varios comentarios sueltos suyos le reafirmaban en esta opinión. Intentó comentarlo con él, y aunque básicamente estaban de acuerdo, pudo notar sus reticencias a seguir hablando del tema.

  Los instantes posteriores a la aparición del Hummer cayendo sobre el embarcadero se le repetían una y otra vez, aún se le erizaba el bello sólo de recordarlo:

  Ella había subido a Mariano a bordo con la ayuda de la chica, mientras tanto, Iván actuaba a toda prisa para soltar el barco de los amarres y poder maniobrar con él.

 

  Jorge, con la ayuda de Diego, intentaba sacar a la rubia del agua sin lograrlo. Lo de ese crío no tenía nombre, no solo se había sobrepuesto a todas las atrocidades vividas, sino que se estaba convirtiendo en alguien imprescindible para la supervivencia del grupo. Si no hubiese sido por él y la rapidez con que actuó tras los avisos del pastor alemán, ahora todos estarían vagando por el restaurante transformados en criaturas inmortales. Él solo, se enfrento a los primeros zombis que pasaron y, cuando se quedó sin munición continuó defendiendo a los demás con la ayuda de su pequeña espada.

 

  Pero el momento más complicado se dio cuando la morena, Shania, subió al barco tras Jose y su amiga exhausta. Podía reproducir perfectamente toda la conversación:

 

–  “Suelta tu arma ahora, aquí ya no la necesitas” –mientras hacía esa invitación, Jose sujetaba a la rubia del cuello al tiempo que apuntaba con una pistola a su sien.

 

  La morena no parecía dispuesta a desprenderse de su fusil y los comentarios de la otra no ayudaban.

–  “No hagas caso Shania, no se la des, dispárale, es un farol, lo sabes, no me dispararía de esta forma.”

 

  Un tremendo pisotón en el gemelo hizo que a la rubia se le doblasen las piernas por el dolor infligido en las heridas abiertas. Ahora, sólo el brazo del militar sujetándola del pelo impedía que cayese desmadejada sobre cubierta. Mantenía erguida su cabeza al tiempo que apoyaba el cañón de la pistola en su nuca.

 

–  “No te lo voy a repetir. Creo que tu si sabes de lo que soy capaz y de lo que no. La mataré y acabaré contigo antes de que tu logres abatirme a mí, puede que incluso antes de que llegues a disparar.”

 

  Las dudas que pudiese albergar la mujer terminaron y depositó lentamente el fusil sobre la cubierta levantando los brazos.

 

  Laura se sorprendió expirando profundamente el aire que había contenido, había sido uno de los momentos de más tensión desde que dejaron el CNI. Por fin todo acabó y las mujeres fueron atadas a proa.

 

  Era mediodía, sobre las dos de la tarde. Excepto Jose y Thais, todos se encontraban despiertos y en cubierta. Mariano, que ya presentaba mucho mejor aspecto, intentaba pescar algo para comer. Jorge escuchaba atento las explicaciones de Iván sobre cómo dirigir el barco. No soltaba el timón. Decía que de mayor quería ser marino como Iván. Como si quedase un futuro, como si se pudiese pensar en otra cosa que no fuera sobrevivir. Trató de desechar esos pensamientos tan negativos distrayéndose con las explicaciones que le daba Iván al chico.

  “La velocidad máxima a la que podía navegar el velero era de unos 8 nudos, pero ahora, mas sobrecargado, no la alcanzaría. Lo normal era avanzar a una media de unos 3 ó 4 nudos”

  “Un nudo equivalía a una milla por hora”

  “Una milla eran aproximadamente 1.600 metros”

  “La distancia hasta nuestro destino eran unos 3000 km = 1863 millas”

  “Tardaríamos más de 20 días”

  Joder 20 días en un precioso barco. Lo que hace unos meses hubieran sido unas pedazo de vacaciones ahora no se percibían del mismo modo; aunque, bien mirado, al menos en el mar no había muertos vivientes. Mantenerse alejados de todo un tiempo, les ayudaría a analizar la situación con una mejor perspectiva y la brisa del mar les facilitaría la recuperación de las últimas experiencias vividas.

  Jorge no dejaba de preguntar y el chico le iba respondiendo. El resto atendían divertidos a los datos que le iba dando y a como el pequeño los iba interpretando a su manera. Esas eran las cosas que debería hacer un niño de su edad y no ir repartiendo espadazos sobre podridos zombis.

  Introduje la llave y entré al piso. Como siempre, la cerradura no estaba echada. El viaje había sido una odisea. Mejor no pensar la cantidad de leyes que habíamos infringido durante el trayecto.

 

  En el apartamento todo parecía en orden. Revisé todas las habitaciones, no había nadie. Miré el reloj, eran las cinco y media pasadas de la tarde del jueves 12 de mayo. Mi mujer y mi hija ya deberían estar aquí. Terminaba sus clases a las cinco y las dos venían directas a casa para hacer los deberes y poder bajar a jugar luego al parque. Podían haber ido directas al parque, pero con todo lo que estaba sucediendo, su ausencia no hizo más que aumentar mi preocupación, debía tranquilizarme. Aproveché para buscar la correspondencia. En el mueble de la entrada estaban las últimas cartas recibidas; bancos, publicidad, Mercadona, Consum. Ninguna podía ser la que buscaba. La cabeza me dolía horriblemente. Fui a la cocina a por una coca cola. La cafeína siempre ayudaba a sobrellevar mis migrañas.

 

  Allí estaba. Un sobre en blanco pegado en la puerta de la nevera. Las sienes me iban a estallar. Abrí el frigorífico, cogí una lata, cerré la puerta y me quedé mirando el sobre pegado. No había nada escrito en él. ¿Cómo había llegado hasta mi casa? Lo despegué y le di la vuelta. Estaba cerrado, no era uno de esos sobres que llevan incorporado la cina adhesiva, sino que era uno de los que debías chupar, y que te dejaba un gusto asqueroso, para cerrarlo. Era curioso, debía contener múltiples muestras de ADN, aunque también podrían haberlo humedecido con agua. Sacudí la cabeza, estaba divagando, qué más daba al ADN que pudiese contener; llevaba tanto tiempo sin dormir que, por momentos, se me iba la pinza.

 

  Seguía dando vueltas al sobre en la mano. Tenía muy bien aleccionada a mi esposa. No debía coger ninguna carta extraña del buzón. Podía haber pensado que era propaganda y haberla subido, pero en ese caso la habría abierto y el sobre, en cambio, estaba cerrado. No, ella no la cogió del buzón. Tampoco tenía sentido que luego la pegase en la nevera. Ni siquiera a Sandra le dejaba pegar nada en la puerta, decía que no le gustaban esas neveras llenas de papelitos. Por tanto alguien había entrado en mi casa y la había dejado ahí, donde terminaría por encontrarla.

 

  Sopesé el sobre una vez más. No parecía contener nada. Por fin lo abrí. Sólo había una nota impresa:

 

“Dirígete ya a esta dirección: Calle Maestro Bellver, 1, pta 1. Allí encontrarás un Smartphone sigue las instrucciones al pie de la letra. Cuando lo hayas hecho regresa aquí. Sólo de ti depende volver a ver a tu familia con vida”

 

  Estaba redactada en perfecto castellano, no parecía posible que fuese cosa de los amigos de Shamar. Esa calle estaba relativamente cerca de aquí. No había llave ni nada ¿Cómo coño iba a entrar?

 

  Por otro lado nada me aseguraba que tuviesen en su poder a mi familia, podían estar en el parque. Corrí al teléfono de casa. Marqué el número del móvil de mi esposa. La melodía del WAKA WAKA de Shakira comenzó a sonar, a mi hija le encantaba esa canción, a veces llamaba y llamaba para poder escucharla. El teléfono estaba en nuestra habitación, en la mesita. Ella no salía sin el móvil, siempre estaba enredando con él.

 

  No podía seguir empeñado en negar la evidencia, el tiempo jugaba en su contra, todo esto no podía ser casualidad, alguien las había secuestrado. Pues bien, si querían jugar, jugaríamos. Yo era muy bueno en esto, siempre lo había sido.

 

  En menos de cinco minutos estaba en la dirección indicada. Era un portal con una tienda de Movistar a la derecha y un bajo, con el cierre echado y lleno de pegatinas de cerrajeros, a la izquierda. Aproveché la salida de una madre con un carrito y sus dos hijos para entrar sin levantar sospechas mientras le sujetaba la puerta. Subí por las escaleras al primer piso. La puerta estaba cerrada. Llamé al timbre, nada, no funcionaba. Golpeé la hoja con los nudillos. Después de repetir la operación tres veces me convencí de que, o no había nadie o no querían abrir. La dirección era correcta. La puerta ni siquiera era blindada. Tomé impulso y embestí contra ella. Al primer empujón cedió.

 

  Inspeccioné todo el piso. Estaba completamente vacío no había ningún mueble. Sólo la nevera de la cocina. No era muy alta. Sobre ella había un iphone, al tocar su pantalla salió un mensaje de correo. Lo abrí:

 

“Sigue las indicaciones de este video con total exactitud. Una vez lo hayas hecho tu familia será liberada en tu casa, ellas te llevarán nuevas instrucciones.”

 

  Nada más. Pulsé sobre el video. En él se me explicaba que debía inyectarme el compuesto que encontraría en la nevera. Era sencillo, se trataba de uno de esos auto inyectables. Lo golpeabas contra el muslo y entraba de golpe todo el contenido. Ahí finalizaba la grabación. Nada más.

 

  De que iba todo esto, me decían que debía volver a mi domicilio para recuperar una contraseña necesaria para descifrar unos archivos ocultos en una tarjeta insertada en mi nuca y, sin embargo, ahora me exigían que me inoculase algún tipo de compuesto. Ni siquiera tenía la certeza de que los que ahora retenían a mi familia fuesen hombres de Shamar. La cabeza me iba a estallar. Lamenté no haberme tomado media docena de analgésicos.

 

  No podía acceder a lo que me pedían. No tenía una prueba de vida, nada. Sabía demasiado bien como se debía y como no se debía actuar en estos casos. Yo los había protagonizado en múltiples ocasiones, pero siempre en el lado opuesto al que ahora me encontraba. Tomé el móvil y el autoinyectable y salí corriendo, de nuevo, en dirección a mi casa.

 

  La puerta estaba abierta, entornada, yo había cerrado, seguro. Saqué mi arma. Fui recorriendo todas las habitaciones. Cuando llegué al estudio el mundo se me vino abajo. El cadáver de mi esposa se me presentó en toda su crudeza. Estaba sentada en la silla giratoria y caída sobre la mesa. En la pared se podían ver los restos de sangre y sesos que la bala había proyectado en su salida del cráneo. La sangre aún goteaba. La acababan de ejecutar a quemarropa de un disparo en la frente. Tenía que mantener la cabeza fría, el asesino aún podía estar allí. Seguí revisando la vivienda. No había rastro de mi hija. Un pensamiento me golpeaba el cerebro. Me habían indicado en el video que me inyectase “eso” y no lo había hecho. Por mi culpa mi mujer estaba muerta. Debía desechar lo superfluo, concentrarme en lo realmente importante para poder ver el todo en su conjunto. Sabía de sobra que en estos casos las acciones estaban más que premeditadas, mi esposa iba a morir de todas formas, aunque en mi interior siempre me quedaría la duda de si mi negativa fue el detonante. Tenía que concentrarme en mi hija, ella me necesitaba.

 

  Saqué el autoinyectable del bolsillo y me lo clavé con todo el odio que fui capaz en el muslo derecho. Todo el contenido entró de golpe. No noté más que un ligero picor aparte del dolor del pinchazo. Ningún otro síntoma. Fuera lo que fuese no parecía afectarme para nada.

 

  Tomé en brazos el cuerpo de Paola, la lavé, le limpié la sangre y la cambié de ropa. Luego la dejé tumbada en nuestra cama. La besé suavemente en los labios, el último beso, ni siquiera un minuto para llorarla.

 

  Busqué por toda la casa, nada, no había nuevas instrucciones, no tenía sentido, se suponía que mi mujer me las haría llegar pero no encontré NADA, quizás había regresado demasiado rápido.

 

  El único cabo del que tirar era el que me había traído hasta Valencia. Cogí las llaves de mi coche y me dirigí, llorando al aeropuerto privado en el que acababa de aterrizar pocas horas antes.

 

–  Jose, Jose, despierta, Jose, despierta.

  Al abrir los ojos me encontré con Thais a mi lado, me acariciaba la mejilla, estaba empapado en sudor.

–  Perdona que te despierte, pero llorabas y parecías vivir un horrible sueño.

  Me quité las lágrimas de los ojos y me senté en la cama. Laura entró en ese momento.

  Me desabroché el pantalón y descubrí mi pierna derecha en busca de señales del pinchazo. Tenía que confirmar la veracidad del sueño, aunque supiese que era cierto, horriblemente cierto. Ahí estaba, todavía podía verse la marca de la incisión, justo como aparecía en mi sueño.

– ¿Qué ocurre Jose? ¿Has tenido otra visión?

  Miré en dirección a Thais, observaba fijamente a Laura; debía pensar que no andaba muy bien de la cabeza ¿visiones?

–  Jose, ahora están tan metidos en esto como nosotros, creo que tienen todo el derecho a conocer los detalles.

  Thais nos miraba alternativamente a Laura y a mí, esperando una explicación de alguno. Al final cedí, después de todo qué más daba ya. Llamé de una voz a Iván y entre Laura y yo les fuimos poniendo al corriente de todo.

  Una vez acabamos, la cara de Iván era de dónde coño me he metido, sin embargo, la expresión de la chica era diferente, parecía estar procesando toda la información disponible para tratar de sacar alguna conclusión útil.

–  ¿Dónde está la tarjeta de memoria?

–  En mi casa no encontré ninguna clave, no podemos desencriptarla, allí no había nada.

–  Tú dame la tarjeta y déjame eso a mí –la chica se mostraba impaciente, se sentía capacitada para resolver el problema, ese era su campo, en él era la mejor, máxime ahora que no quedaba mucha gente que le disputase ese honor.

–  Si te dice que puede abrir los archivos que haya es que puede hacerlo, dale la tarjeta –intervino Iván, esta vez algo más interesado.

  Le di la tarjeta a Thais.

–  ¿Cómo lo vas a hacer? Dijeron que no se podía abrir sin la clave, aunque dispongas de algún ordenador no tenemos el software apropiado para forzarlo.

–  El software no es más que código, solo hay que programarlo. Tú déjame a mí.

  Sacó un MAC de uno de los cajones del camarote y después de encenderlo comenzó a teclear a toda velocidad al tiempo que iba explicando, más para sí que para nosotros, lo que estaba realizando.

–  ¿Eres una “Hacker”?

–  Mmmmhhh, si, y después de cómo ha quedado el mundo…, la mejor.

  Después de una media hora programando sin parar:

–  Ya está. Y … Aquí no hay nada, está en blanco.

–  No puedes ser, has hecho algo mal, ya te dije…

–  No he hecho nada mal, soy muy buena en esto, soy la hostia, no me he equivocado, la tarjeta no traía ningún archivo.

–  Pero entonces ¿Por qué mandarme a Valencia con ella? ¿Por qué insertarla en mi nuca? No tiene ningún sentido –sentí como el dolor se iba extendiendo por toda mi cabeza hasta hacerse insoportable, así comenzaba siempre.

  Me levanté y busqué un analgésico entre las medicinas de Mariano, mejor dos, cogí una lata de coca cola fría de la nevera y me las tomé mientras intentaba sacar algo en claro.

–  Antes te preguntabas el motivo de que tuvieses que ir tú a por esa “contraseña”. Después del “Flasback” de hoy ya lo sabes. Necesitaban que fueses para inyectarte esa vacuna y… –la chica se vio interrumpida por mí.

–  Cualquiera hubiese podido hacer eso, no tenía por qué ser yo.

–  Te equivocas, no confiaban en nadie. Sabían cuál sería tu reacción al enterarte del secuestro de tu hija: “irías de nuevo hasta ellos portando en tu sangre el compuesto” y, al mismo tiempo, no te cuestionarías para nada de que se trataba, tu hija estaba en peligro, te hubieras chutado cianuro en vena si te lo hubieran exigido. El problema es que algo se torció y no llegaste a encontrarte con ellos. Te viste involucrado en el bombardeo antes y no alcanzaste tu destino.

  Mi cerebro procesaba todas las posibilidades posibles.

–  Algo falla –dudé.

–  Si, no tenían porque asesinar a tu esposa, era algo innecesario, para eso no tengo explicación, lo siento.

–  No fueron los mismos –casi gritó Laura– los que te enviaron allí no fueron los que la mataron. No tendría sentido que hiciesen algo así, podrías haber reaccionado de cualquier otra forma, no, creo que a tu mujer la mató la organización, los que crearon el virus: “Earthus” o cómo demonios se llamen.

–  Eso tiene sentido, yo creo lo mismo –se unió Iván.

  Ahora todos opinaban y parecían ser expertos en el tema. Necesitaba airearme un poco. Salí a cubierta. La tormenta había dado paso a un pegajoso calor que iba aumentando con las horas. El velero avanzaba lentamente empujado por el escaso viento y dirigido por las pequeñas manos de Jorge.

  Necesitaba respuestas. Fui a la proa y agarré a la morena del cuello.

– ¿Dónde está mi hija?

  La presión de mis manos le impedía coger aire. Aflojé sin soltar del todo.

–  Ya te lo dije, no lo sé seguro. Si sigue viva estará en las instalaciones de la organización, tienes las coordenadas, no te puedo decir más.

–  ¿Porqué inyectarme esa cosa? ¿Qué era? Un virus, un antídoto.

–  No sé de qué me hablas –la cara de la morena se había transformado en una máscara inexpresiva.

  La solté, la rubia no había dicho nada esta vez, tal vez se estuviese volviendo más prudente.

  Me acerqué a Jorge.

–  ¿Todavía tienes el ipod ese?

–  Si ¿lo quieres? –El pequeño lo sacó de uno de sus bolsillos– menos mal que lo llevaba en la mochila de la munición. Toma.

–  No sé cómo se usa. Hay una canción…WAKA…

–  WAKA WAKA, de Shakira, es la del mundial, si que está. Espera te la buscaré.

  Me tumbé en la cama de nuevo a escuchar esa canción que acababa de recordar que tanto le gustaba a mi hija. Jorge se acercó al poco rato y me tendió algo. La foto del marco, la foto en la que aparecía junto a mi mujer y mi hija. Todo había pasado tan rápido que ni me acordé de cogerla.

–  Pensé que te gustaría tenerla, recordé cuando Laura nos dijo en Madrid que cogiésemos alguna foto o alguna cosa que nos ayudase a recordar a nuestros seres queridos. Tú no tenías nada, así que la cogí para ti.

–  Tu hija es una niña muy guapa. ¿Cómo se llama? Es una pena que no esté aquí con nosotros, jugaríamos juntos. Es a ella a quien vamos a buscar a Marruecos ¿Verdad? La encontrarás, seguro, siempre lo haces –el chico se abrazó a mí y luego me dio un beso en la mejilla antes de volver a cubierta.

  Ya llevábamos seis días de navegación, el mar estaba completamente plano, el temporal había dejado paso a una calma exasperante. Aún no habíamos llegado al estrecho. La convivencia en el pequeño barco no era fácil, pero todos parecíamos haber salido ganando. Los jóvenes se sentían más seguros y confiados, sobre todo Thais. Ese tiempo nos permitió descansar y recuperar parte de las energías perdidas.

  Todos nos encontrábamos más animados, incluso yo, parecía haber entrado en un período de normalidad. No tener que andar siempre reventando cabezas de zombis o cercenando piernas de vivos, evidentemente, también ayudaba.

  Mención aparte eran las dos prisioneras, ellas eran las grandes perjudicadas. Continuaban atadas en la proa. Si no fuese porque podían ser importantes para localizar a mi hija, creo que ya las habría lanzado por la borda y, ninguno se habría opuesto.

  La noche anterior habíamos estado hablando, nos quedaba agua para un día máximo, y la comida tampoco duraría mucho más, podíamos seguir comiendo el pescado que atrapaban Mariano y Jorge sobre todo, pero necesitábamos más víveres. Tendríamos que desembarcar a por provisiones. Decidimos bajar a tierra en Marbella, no era una población excesivamente grande y disponía de todos los servicios necesarios. Llegaríamos a la mañana siguiente.

–  Jose, mira esto –llamó Iván.

  Me tendió los prismáticos para que observase lo que me indicaba.

–  ¿Qué posibilidades hay de que sea una casualidad?

  Laura me quitó los prismáticos antes de que los bajara.

–  El Buque Castilla,… ¡hay que joderse!

–  Visto lo visto, no muchas,… no muchas –contesté.

……………………………………….

En este enlace podeis acceder a un video sobre el Buque Anfibio Castilla. Puede ser interesante para introducirse más en el siguiente capítulo.

http://www.youtube.com/watch?v=jQM0JlxHRs8&feature=bf_prev&list=PLF4DBA11B6F1AC815&index=4

2 pensamientos en “20. La travesía

  1. Veo que estas bien adentrado en la realidad del relato, he seguido los lugares que indicas y eso hace mas interesante tu relato, cuidate mucho, saludos

    • Es cierto, trato que el relato se ajuste todo lo posible a la realidad y eso incluye que los lectores podáis ver los escenarios donde se viven las escenas, los lugares, vehículos. Dentro del surrealismo de que unos muertos se levanten, el conjunto he tratado que se ajuste siempre que puedo a la realidad.
      Gracias por seguir el libro.

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