19. Wandu Chill

 –  ¡Mmmmhhhh!  —Se desperezó Shania– Buenos días. ¿Qué hacen? ¿Ya se han despertado? ¿Qué hora es?

–  Se han despertado hace una hora más o menos, están desayunando. Al único que se le han pegado las sábanas es a nuestro soldadito, se ve que tenía falta de sueño.

–  ¿No se ha levantado aún? ¿Qué hora es?

–  Son las 11:30, cálmate, o es que piensas ir a algún sitio que yo no sepa.

–  ¿Cuándo fue la última vez que le escuchaste?

–  ¿Qué te pasa? Cuando tu, la última vez fue cuando les dijo a los del barco que les llamaría cuando se levantase, pero sigue durmiendo.

–  Eres idiota Arlenne, se ha largado. Se ha ido y no hemos sospechado nada. ¡Joder! Tenía que haberlo supuesto. Tenía que haber pensado que haría eso. Nos ha distraído y ha ido al encuentro de esos chicos.

–  ¿Cómo lo sabes? Por aquí no ha pasado nadie, nadie ha salido. ¿Por qué no puede seguir durmiendo?

–  Ha debido localizar los micros, ¡Joder! Debí imaginarlo. Nos ha hecho creer que continuaba en la vivienda de la forma más absurda.

–  Repito ¿Cómo lo sabes? ¿Cómo…

–  Porque le conozco muy bien y… —dejó la frase en suspenso.

–  ¿Qué quieres decir con eso de que le conoces muy bien? ¿Hay algo que yo no sepa? ¿Por qué sabes que ha ocurrido así? —sus ojos estaban entrecerrados, como siempre que recelaba de algo.

–  He estudiado su perfil, su forma de trabajar, ¡Vamos! Nosotras habríamos actuado igual —los ojos de Arlenne seguían con esa mirada.

–  Si descubro que me estás ocultando algo me enfadaré lo sabes ¿Verdad?

–  Venga, tenemos que ir al puerto a localizar ese barco antes de que se largue.

–  ¿Por qué se iba a largar? Sus amigos siguen arriba, eso seguro, tarde o temprano les llamará o vendrá a por ellos.

–  ¡Joder Arlenne! No te enteras de nada. No piensa volver, no quiere llevarles con él, sabe que va a una muerte segura y no les arrastrará detrás. No va a volver a por ellos ni les va a llamar, se va a largar, hará que los tripulantes de la embarcación le lleven por las buenas o por las malas, pero se irá solo. No perdamos más tiempo y vayámonos ya.

  En el piso hacía media hora que se habían despertado. Mariano, como siempre, había encontrado algo de comer y había preparado un frugal desayuno, tenía un don para eso, era una bendición. Laura no había dormido, de hecho, no había despegado la vista del hueco delante de la furgoneta. Apoyada contra la ventana mordisqueaba con fruición una endurecida magdalena.

  Los zombis habían desaparecido de las calles, apenas se podía ver alguno. Continuaba lloviendo, no había parado en toda la noche, incluso parecía que ahora cayese con más fuerza. El caso era que en esa zona de terreno, la misma que no se llenó de zombis, en esa zona… no podía explicarlo pero… era como si el agua golpease contra el suelo a diferentes alturas. Llevaba tantas horas despierta que ya no sabía si serían imaginaciones suyas. No les había dicho nada a los demás, de hecho seguían creyendo que Jose continuaba descansando. Puede que no fuese nada, sólo agotamiento.

  Cuando ya se iba a levantar pensando que tal vez Jose la estuviese haciendo ver fantasmas y enemigos por todas partes ocurrió. El agua que caía sobre esa superficie de terreno que había estado observando toda la noche, hizo que “el suelo se moviese dibujando en el aire algún tipo de vehículo”, posiblemente un todo terreno grande; le vino a la cabeza una película que vio hacía ya una eternidad ¿Cómo se llamaba? Daredevil, sí, eso era, el protagonista, ciego, había desarrollado una especie de visión por radar, cuando la lluvia caía sobre el cuerpo de la chica, él podía llegar a “verla”. Eso era, ahí había algo, algo invisible, al menos para ella. La zona de terreno, ahora realmente visible y mucho menos mojada que el resto terminó de confirmar su teoría.

  Quienquiera que fuese que estaba ahí, vigilándoles, se había marchado, seguramente al puerto, el plan del militar había tenido éxito, les había engañado hasta ahora, pero, sin duda, a partir de este momento venía la parte más peligrosa. Debían ir al puerto y ayudarle, no había llamado, y empezaba a temer que no lo hiciese.

–  ¡Mariano, Jorge! Recoged todo, rápido, nos vamos.

  El perro ladró en señal de aprobación, los dos amigos la miraron sin comprender.

–  Pero el Sargento sigue durmiendo –explicó Jorge con la ingenuidad propia de su edad.

–  Jose hace rato que debió marcharse, verdad Laura –afirmó Mariano sorprendiéndole una vez más.

  No intentó explicarse ni preguntarle como se había dado cuenta, tan solo les conminó a apresurarse. Se dirigió a la puerta de entrada, seguía atestada de zombis, por ahí no podrían salir. Si estuviese Jose tendrían una posibilidad, pero sin él sería un suicidio. Salió a la terraza, había estado pensando ya en ello, el pastor alemán le siguió, deseoso de movimiento. La terraza comunicaba con la del piso de al lado separada por un panel de cristal sobre un muro de un metro. Sacó la pistola de la funda y golpeó el cristal con el cañón. La cristalera de separación cayó hecha añicos. Luego corrió a la cocina donde recordaba haber visto un taburete de tres escalones que les serviría para pasar a la casa de al lado.

  Mariano y el chico ya estaban preparados, habían comprendido el plan de salida, pero no estaba claro que funcionase. Si la puerta del otro piso estaba cerrada con llave tendrían que volver, pero valía la pena intentarlo.

–  Yo iré primero, si está todo limpio os llamaré –Laura pasó a la vivienda contigua.

  El cristal de la puerta de entrada corrió la misma suerte que el de separación. Entró en el salón pistola en mano. El piso era simétrico al del sargento, así que conocía la distribución de todas las habitaciones.

  Descorrió las cortinas para que entrase más luz. Se detuvo un momento para intentar escuchar algún ruido sospechoso. Diego la sobresaltó apareciendo de pronto a su lado, no gruñía pero se le veía alerta.

–  Vamos chico, busca rápido –se agachó rascando su cuello.

  El animal salió disparado a recorrer todo la vivienda en busca de amenazas. No había, a los pocos segundos regresó alzándose de patas sobre ella.

–  Bien hecho Diego. Ahora ve a por los demás.

  Mientras ella se dirigía a la puerta, oyó como el perro ladraba para llamar la atención del chico y Mariano, al momento lo tenía otra vez a su lado.

  La iluminación no era la ideal pero la mirilla de la puerta no revelaba la presencia de ningún zombi. Probó la puerta despacio, se abrió, no estaba cerrada con llave; perfecto, volvió a cerrar. Se reunieron en el pasillo. Del mismo modo que le había visto hacer al militar les explicó el plan de huida del edificio.

  Ella iría en cabeza con Diego, luego Mariano y, cerrando la marcha Jorge, para proteger la retaguardia le dijo, confiaba en encontrar toda la resistencia delante y así protegía al chico.

  Salieron, caminaban lentamente, la iluminación era muy débil y desde algún punto del edificio se podían escuchar gruñidos y golpes; puede que proviniesen del rellano de su casa o puede que ocultasen algún otro grupo de zombis en esta escalera.

  Hasta el cuarto piso no encontraron resistencia, al llegar a éste, la puerta de una de las viviendas estaba abierta, sacada del gozne superior. Diego se colocó en ella y comenzó a gruñir. Dentro debía haber algún zombi. No sabía qué hacer, lo mejor era rehuir el enfrentamiento si no era imprescindible, pero no quería dejar atrás un muerto que les pudiese coger por la espalda, sobre todo cerrando la marcha el chico. Los dos la observaban esperando que hacer, debía tomar una decisión.

–  Nos vamos, bajaremos rápido y…

  No le dio tiempo a terminar, en el pasillo apareció un zombi, parecía un adolescente, en vida debió hacer bastante deporte, se le veía fuerte, demasiado fuerte, vestía la equipación del Barça, pantalón y camiseta cortos, aún se le notaban perfectamente los músculos. Comenzó a gruñir y gritar y corrió, corrió sorprendentemente rápido para estos seres, hacia ellos.

  Diego saltó sobre el joven, consciente de la peligrosidad añadida de este ser. Sus patas golpearon el pecho del chico y lo lanzaron atrás de espaldas. Eso solo sirvió para ganar algo de tiempo, hacer mucho ruido y cabrearlo más.

  Jorge se situó a un lado de la puerta, donde el zombi no podía verle y les indicó que se echasen atrás. Comprendieron lo que pretendía pero era muy arriesgado para él, para todos, ese zombi parecía muy peligroso. No había tiempo para más, retrocedieron al tiempo que el muerto corría literalmente hacia ellos, no iba tan deprisa como un humano pero, sin duda, era el zombi más rápido de todos los que habían visto.

  Al alcanzar el hueco de la puerta Jorge le descargó la pequeña katana a la altura de las rodillas cortando las piernas  limpiamente. Cayó al suelo delante de ellos. Ya no era un peligro, o eso creyó, al instante se incorporó sobre los muñones sangrantes. Ahora tenía la misma altura que el chico. Era espeluznante, avanzaba sobre las rodillas heridas con una expresión feroz de odio en sus ojos. Jorge volvió a mover su sable y esta vez fue su cabeza la que resultó cercenada del cuello chocando contra la puerta del ascensor.

  No habían tenido que disparar pero habían hecho ruido y los zombis les oyeron. Se escuchaban carreras procedentes de alguna parte. Estaban jodidos.

–  Vamos, bajemos rápido.

  Echó a correr escaleras abajo seguida de cerca por el perro. A la mierda el sigilo. Cuando alcanzaron el portal del edificio escucharon como por la otra escalera los zombis bajaban chillando.

  Corrieron fuera, el coche seguía en el mismo sitio, gracias a Dios, la moto en cambio estaba en el suelo, volcada y pisoteada por la multitud de zombis, el casco ni siquiera se encontraba a la vista. Entraron al BMW. Laura se puso al volante y arrancó. Un grupo de muertos salió del portal y vino al encuentro del coche. Retrocedió y cambió el sentido de la marcha. Más zombis iban apareciendo.

–  Mariano, programa en el GPS la ruta al puerto de Valencia.

–  Vos estás de broma niña, ni idea de cómo va ese chisme.

  Jorge se abalanzó sobre el navegador desde el asiento de atrás y comenzó a introducir instrucciones. A los pocos segundos se oyó la bendita voz del crío dirigiéndoles a su destino. Detrás de ellos decenas de zombis corrían, ya inútilmente.

  El temporal iba a más, aún con la protección que ofrecía el puerto, el velero se balanceaba demasiado. Los dos jóvenes parecían haber acabado las tareas de mantenimiento en el barco y permanecían ahora en el interior para guarecerse del chaparrón. Iban saliendo a ratos para dejarse ver, como él les había explicado.

   No se divisaba ninguna actividad fuera de lo normal, tan sólo la docena larga de zombis que se congregaban en las inmediaciones de los pantalanes donde estaba atracado el velero le daban algo de “vida” a la zona.

  Tal vez había sobreestimado a sus perseguidores, quizás no estaban tan preparados como creía y continuaban vigilando a sus amigos. En cualquier caso esto no era lo planeado. No quería marcharse dejándoles atrás. Terminarían pagando el fracaso con sus amigos. La cosa se complicaba. Si no ocurría algo en la siguiente hora debería tomar alguna decisión.

  Habían llegado sin contratiempos al puerto, contar con un vehículo como el suyo facilitaba todo el trabajo. Tan sólo encontraron un tramo de una avenida cortado por los escombros de algunos edificios que parecían haber explotado, tardaron un cuarto de hora escaso. Ahora se encontraban estacionadas en la carretera de acceso al espigón norte del puerto. Ya habían descubierto el velero. Permanecía amarrado entre dos pantalanes. Se supone que debían haber entrado en contacto con el militar, pero lo cierto era que no había ni rastro de éste. En el rato que llevaban allí los tripulantes del velero, habían contado dos de momento, salieron en un par de ocasiones a cubierta. La lluvia arreciaba y se protegían en los camarotes del barco.

  Dando por bueno que el militar les había burlado y que debía haber contactado con ellos, la única explicación para su ausencia era una trampa.

–  Y ¿Ahora qué?  –Shania la miró sin contestar.

–  Tú eres la experta en este tipo. No se le ve por los alrededores y el velero sigue aquí. Tu teoría era una mierda. Si realmente quería irse sin sus amigos ha tenido tiempo de sobra ¿No crees?

–  No ha habido más comunicaciones. No podemos estar seguras de que haya llegado aquí con éxito; ten en cuenta que cuando creo que escapó, por las calles todavía había montones de zombis. Ha podido tener algún contratiempo.

–  Vale y ¿Qué hacemos? Te das cuenta que la argucia podría ser esta y aprovechar el momento para escapar sin que nos enteremos ¿No?

  El cerebro de  Shania funcionaba a mil por hora procesando diferentes alternativas. Por fin se decidió.

–  Vale, no podemos perder más tiempo. Aparca detrás de aquella caseta y vamos a terminar con esto.

–  A sus órdenes, si señora, ya era hora.

  Cuando iban a comenzar el desplazamiento a su nueva ubicación, más cercana al velero, Shania grito:

–  ¡ESPERA! Observa la PDA, el BMW se mueve.

–  No puede ser casualidad que se desplacen ahora. Es como si supiesen que nos habíamos ido y tenían vía libre. ¡JODER! Ahora se largaran, menos mal que no han descubierto el dispositivo de seguimiento.

–  No, no están huyendo, vienen hacia aquí. Ahora sí que no entiendo nada. Permanezcamos en esta posición a ver como evoluciona todo.

  El navegador indicaba que se encontraban a medio camino de su destino. Irían hasta la zona norte y desde allí harían un barrido del Puerto para localizar el barco. El verano pasado estuvo en Valencia y unos amigos la llevaron de fiesta por esa zona. Al pensar en ello le parecía algo enormemente lejano, de otra vida.

  Cada vez llovía más, los limpias del coche iban en la posición más rápida. Hasta ahora no habían tenido contratiempos, tan solo se vieron obligados a rodear una avenida cortada pero todo estaba transcurriendo a pedir de boca. Eso no era bueno, en este tiempo había aprendido que cuando mejor parecían ir las cosas más se iban a complicar.

  Ya estaban en el circuito urbano de la Formula 1, cuantos madrugones se había dado para ver las carreras de Alonso. Donde estaría ahora. Puede que fuese uno de los zombis de los alrededores, tendría gracia encontrárselo con su mono rojo. Ese pensamiento sirvió para aliviar la tensión interior que sentía.

  En esa carretera de acceso al puerto no se observaban muchos destrozos, pero sí que se podían ver una cantidad considerable de zombis, e iba aumentando.

  Jorge había descubierto un velero, el único, atracado en el último pantalán, tenía que ser el de los chicos. Aceleró. No se veía ningún otro vehículo, puede que hubiesen llegado antes o puede que siguieran camuflados como en casa de Jose.

  La espera me estaba consumiendo. Tenía que hacer algo. En ese momento descubrí un coche a lo lejos. Si, era el BMW. Para variar se habían saltado mis órdenes una vez más. Bueno quizá fuese mejor así. No podía permitirme abandonarles aquí sin haberme asegurado de acabar con los mercenarios que nos seguían. Embarcaríamos todos y pondríamos rumbo a Marruecos. Ya pensaría la forma de ponerlos a salvo allí por el camino.

  El sonido fue bestial. El Todoterreno reaccionó como si hubiese chocado con algo, pero no se veía nada, tal vez fuese un bolardo, pero no, eso no era lo suficientemente grande.

  Desde mi posición podía ver como los airbags habían saltado, todos ellos, una nube de polvo blanco envolvió por un momento el coche, pero se diluyó rápido por la lluvia. No acertaba a adivinar que era lo que había ocurrido.

–  ¡Qué coño…

  Un Hummer negro se había materializado de repente delante de ellos. En un momento se unieron todas las piezas del rompecabezas.

  El impacto había sido brutal. El BMW les había embestido. No era la primera vez que les ocurría, había resultado imposible de evitar. Les habían visto venir por el centro de la carretera, pero de repente pegaron un volantazo para esquivar a un zombi y terminaron empotrando el BMW contra el Hummer. Los airbags delanteros habían saltado llenando todo de polvillo blanco. El cuello les dolía horriblemente a las dos. Pero lo peor era que el sistema mostraba que el escudo estaba dejando de funcionar, eran visibles. Ahora sí que no había vuelta atrás.

–  Ahora sí que estamos jodidas Arlenne, tenemos que subir a ese barco, es nuestra única oportunidad.

  Ninguno entendía nada, habían esquivado a un zombi para no atropellarlo y habían chocado contra algo. Sólo los Airbags y la enfermiza manía de Mariano porque todos llevasen puesto el cinturón de seguridad les había salvado la vida. Aún así Mariano sangraba por la nariz debido al golpe con la bolsa del airbag y Laura había perdido el conocimiento y presentaba profundas laceraciones en los antebrazos provocadas por el trozo de volante desprendido para dejar paso al airbag, el mejor parado fue el chico.

–  Has visto eso, que ha pasado, parece como si el coche hubiese chocado con algo, pero delante no hay nada, ¿Qué habrá ocurrido?

–  ¿Crees que son los terroristas que dijo Jose?

–  ¿Qué es eso? Iván, fíjate, ha aparecido otro coche delante de ellos, pero antes no estaba ahí ¿Verdad? Es con lo que han chocado. ¿Ves si el sargento hace algo?

–  No entiendo nada de lo que está pasando, pero mira los zombis, se dirigen todos a por los coches, han llamado demasiado la atención, dentro de poco estarán rodeados. Sean quienes sean lo van a pasar mal.

–  ¡Laura! ¡Laura! ¿Estás bien? Despierta. Hay que arrancar el coche. Los zombis nos van a rodear. Tenemos que largarnos de aquí –a pesar de la sensación de mareo provocado por el impacto, el abuelo intentó reanimar a Laura, respiraba, pero no respondía. El coche tampoco arrancó, el motor debía haber resultado dañado, y montones de zombis se dirigían ya hacia allí. Tenían que salir inmediatamente e ir al barco. Tomó la radio decidido a comunicar con ellos.

–  Iván chico, somos nosotros, el coche no arranca, vamos a salir para protegernos en el velero. Tenes que acercarte. Si el sargento está con vos decidle que venga a ayudarnos y si no está… reza lo que sepas por nosotros.

–  Jorge, coge la mochila, tenemos que salir ya. Tenes que ayudarme a sacar a Laura, está inconsciente. Vamos ya.

  Del humvy habían salido dos mujeres armadas con fusiles automáticos dotados de silenciador que apuntaban al interior del BMW. Tenía que hacer algo o les matarían. Me dirigí a la salida de la caseta. Las dos mercenarias habían adoptado una posición de fuego, iban a disparar. Comenzaron a abrir fuego, pero no era contra el coche, disparaban a los zombis que le seguían y que habían aumentado su número tras el estruendo provocado por el accidente. Los disparos apenas eran un susurro ¡FLOP! Un zombi con un agujero en la cabeza menos ¡FLOP! otro ¡FLOP! otro; su precisión era aterradora. Los muertos iban cayendo víctimas del fuego realizado por las dos mujeres.

  El primero en salir del BMW fue Diego seguido de Jorge que empuñaba la pistola y cargaba la pesada mochila, donde guardábamos el resto de cosas que sacamos del CNI, armas, munición, linternas, walkies, con la pequeña katana enganchada de una de las correas a la espalda.

  Al salir se encontró de cara con ellas. En un primer momento pensó que las mujeres que salieron del coche de delante iban a dispararle, pero cuando vio que sus tiros iban dirigidos contra los zombis se centró en lo que le había dicho Mariano, sacar a Laura. El abuelo ya salía por su lado y corría hacia la otra puerta, limpiándose la sangre que le chorreaba de la nariz.

  El pastor alemán, tras unos momentos en que pareció dudar entre atacar a las mujeres o proteger al chico, terminó por ponerse entre los zombis que llegaban y Jorge gruñendo y ladrando todo lo fuerte que podía.

  Jorge no lograba abrir la puerta del conductor. Las bolsas de los airbags ya se desinflaron y se podía observar a Laura perfectamente, seguía sin responder. El anciano intentó abrir pero era imposible, el golpe la había atascado y no se abría.

–  Por el otro lado chico, hay que sacarla por la otra puerta, ¡RÁPIDO!

  Los dos se dirigieron hacia allí a intentar sacar a su amiga.

  Mientras, las dos mujeres seguían abatiendo zombis con una exactitud matemática.

  Los zombis que pululaban momentos antes por el pantalán pendientes de los jóvenes del barco, ahora corrían hacia el lugar del accidente. Salí detrás de ellos dispuestos a abatirlos pero no hizo falta, la mujer morena se giró y con seis certeros disparos acabó definitivamente con su existencia, soltó el cargador de su fusil y colocó rápidamente otro. Entonces me vio y apuntándome, me hizo un movimiento con la cabeza en señal de “te he visto y no he querido dispararte” y se giró a continuar abatiendo a los zombis que les acosaban por el lado de la carretera de acceso.

  Dudé unos instantes si disparar contra las dos mujeres o contra los zombis, acabé por comprender que era mejor aunar esfuerzos contra los engendros que acudían de todas partes a la refriega, así que comencé a disparar sobre los más cercanos.

  Laura no salía del coche, algo pasaba. No terminaba de confiar en las mujeres pero no tenía otra opción por el momento. Una vez llegué junto a ellos le di mi pistola a Mariano.

–  Disparad contra los zombis más cercanos, recordad: “A la cabeza”, dejad el resto para ellas. Diego, tu ve al barco, ¡VAMOS! –el perro salió a la carrera, sin dejar de ladrar, hacia el velero.

  Los disparos de ambos no eran tan certeros como los de las terroristas pero ayudaban a retrasar el avance y les permitían a ellas centrarse en los zombis más lejanos.

  Saqué el único fusil que nos quedaba y se lo pasé a Mariano. El hombre tenía un aspecto lastimoso. No dejaba de sangrar y llevaba la camiseta manchada de sangre. Tiré con fuerza de los brazos de Laura. Por suerte no había quedado atrapada, en estas condiciones no hubiéramos podido excarcelarla. Una vez fuera me la cargué al hombro y empuñé de nuevo la pistola.

–  Jorge, Mariano, al barco ¡YA!

  Diego ya había saltado al velero. Una vez comprobó a los dos jóvenes salió disparado a los camarotes interiores, en cuanto hubo inspeccionado todo el barco se les unió a esperarnos.

  Desde la zona de los pantalanes también estaban acudiendo zombis. El chico se paraba para apuntar antes de realizar cada disparo. Mariano disparaba corriendo y sus tiros daban en cualquier sitio menos en los blancos.

  Las dos mercenarias se iban replegando también sin dejar de disparar sobre la masa de muertos que nos seguían.

  Iván y Thais ya habían acercado el velero y trataban de evitar que se golpeara más de lo necesario contra el amarre, el temporal arreciaba y por momentos era misión imposible.

–  Dios, esto es una locura Thais, debimos marcharnos, fíjate en eso, el crio lleva una pistola y dispara sobre los zombis, es sólo un niño, y observa al perro ¡joder!, nos ha evaluado, creo que si no hubiésemos pasado su prueba no habría dudado en atacarnos ¿Dónde nos hemos metido?

–  Escúchame bien Iván, en el mundo que ha quedado, la única forma de vivir es matar, ese niño lo ha entendido y, por suerte, ha encontrado alguien que le ha enseñado lo necesario y que no duda en jugarse la vida por él. Míranos ahora a nosotros, somos incapaces de protegernos solos, si él no hubiese estado cerca tu estarías muerto y yo… yo… Les necesitamos, como grupo todos tendremos más posibilidades, hasta el perro aporta más que nosotros, tendremos que esforzarnos mucho, no quiero que nos volvamos a quedar solos, ya no –Thais parecía haber superado todos sus traumas de golpe.

  La cantidad de zombis que aparecían aumentaba, aunque los disparos de las mercenarias no producían apenas ruido, parecía como si con sus gritos y gruñidos se comunicasen entre ellos y no paraban de aparecer más y más.

  Mariano y el chico ya habían subido al velero y Thais e Iván me recogieron a Laura y la acomodaban en uno de los camarotes. Continuaba inconsciente.

  Ya nos habíamos replegado todos sobre la posición del barco. Las dos mujeres se acercaban retrocediendo sin dejar de disparar.

–  No subiréis armadas, entregad los fusiles.

–  Ni lo sueñes soldadito –contestó la rubia.

  La bala le atravesó limpiamente el gemelo derecho y le hizo soltar un agudo grito de dolor.

–  Te voy a matar —se giró hacia mi levantando el fusil.

–  ¡NO! –Gritó su compañera– Shania no, haz lo que dice.

  Al momento se volvió a girar y abatió a otro zombi que se acercaba demasiado y que pagó toda su frustración.

  De mala gana lanzó el fusil a Thais que lo atrapó con dificultad y lo dejó en el suelo como si quemase. La otra, la morena, me lo entregó a mí y ayudó a saltar a su compañera herida. Esperé a que estuviesen a bordo y empujé con el pie el barco para alejarlo saltando por fin dentro. Iván ya estaba maniobrando con el velero para retirarse del amarre. Los zombis continuaban llegando desde todas direcciones. Algunos caían al agua fruto de los empujones de los últimos que pugnaban por acercarse. La pesadilla había terminado, de momento.

  Mariano y el chico intentaban reanimar a Laura. Me hubiese gustado acercarme y ayudarle, pero antes debía comprobar que las mujeres estuviesen desarmadas por completo.

–  Vosotras, piernas y brazos separados, rápido.

  La rubia, la herida, me dirigió una mirada asesina, pero un gesto de la otra le hizo apoyarse contra el mástil del velero como le había indicado.

–  Te parece bien así o quieres que abra más las piernas soldadito.

  Soldadito, soldadito, soldadito,… no hacía más que repetir esa palabra, la misma que aparecía escrita en el sobre clavado en el pecho de mi esposa. El sentimiento de odio fue tan intenso que no me pude reprimir y le coloqué un tremendo puñetazo sobre el gemelo herido. El dolor que experimentó le hizo caer a peso sobre la cubierta del velero gritando insultos en inglés.

  Ninguna llevaba armas escondidas. Les ordené que se situaran en la proa, desde donde podía anticipar cualquier acción sospechosa que iniciasen. La morena estaba usando uno de los cordones de sus botas para practicarle un improvisado torniquete a su compañera que palidecía por momentos. Por ahora estaban controladas, así que me acerqué a Mariano, su nariz parecía haber dejado de sangrar; tenía que intentar reanimar a Laura.

–  Sitúate allí y controla a las prisioneras. Si hacen algo sospechoso dispara, no lo dudes, no son nuestras amigas, el hecho de que nos ayudasen antes no cambia nada, sólo lo hicieron por su propia conveniencia.

–  Tranquilo Jose, haré lo que vos me digas sin rechistar, no se moverán de ahí, vos ayuda a Laura.

  Laura estaba tumbada en la cama del camarote de popa, su respiración era tranquila pero seguía inconsciente. Thais entró con un botiquín.

–  El choque ha hecho que se desmaye, no parece que tenga nada grave pero nunca se sabe con un golpe así, lo mejor es que descanse a ver como evoluciona. Le voy a limpiar las heridas de los brazos. Es mejor que vayas fuera a controlar la situación, Iván está muy nervioso.

–  Vale, tienes razón, si necesitas algo llámame.

–  Jose, eres Jose ¿Verdad? Antes… antes no pude darte las gracias. De verdad, gracias por salvarnos —y aproximándose a mi me abrazó con fuerza, luego volvió, sin mirarme a los ojos, con Laura.

  Fuera seguía lloviendo cada vez con más fuerza. El chico estaba guiando el velero por dentro del puerto.

–  ¿Qué haces Iván? Ya te di las coordenadas de nuestro destino, sal del puerto y vámonos.

–  Con este temporal no podemos navegar. El velero está sobrecargado, no lo lograríamos, tenemos que buscar un lugar seguro dentro del puerto donde atracar hasta que la tormenta pase.

–  Eso no es una opción Iván, tenemos que irnos ya, no esperaremos.

–  Escucha, a la hora de matar tú eres el experto –su tono de resentimiento era evidente– ya me lo dejaste claro, pero en este barco yo soy el capitán. Si nos hacemos a la mar en estas condiciones solo conseguiremos hundirnos y morir. Tenemos que buscar cobijo, y lo mejor es permanecer dentro de la protección que nos brinda el puerto.

  Como colofón del discurso del chico Mariano se inclinó por la borda y soltó una vomitona al agua, estaba completamente mareado. Cuando terminó su palidez era total y junto a su ropa perdida de sangre le confería un aspecto de autentico vampiro.

–  Vale, tu ganas ¿Cuánto tiempo crees que tardará en amainar el temporal?

–  Es difícil de saber, pero no menos de 48 horas.

–  Bien, buscaremos algún sitio al abrigo del puerto donde podamos desembarcar sin peligro, si seguimos aquí dentro acabaremos potando todos como Mariano, además así podremos atender mejor a Laura.

  En la zona del puerto donde nos encontrábamos no había ningún sitio que cumpliera esos requisitos. Tendríamos que salir e intentarlo por otra entrada.

  Una vez que abandonamos la protección del puerto las sacudidas de la embarcación eran cada vez mayores. Mariano seguía a lo suyo vomitando por la borda y a él se había unido Jorge que no estaba aguantando el meneo de las olas. Las dos mujeres continuaban en la proa dando bandazos de un lado a otro, pero así era menos probable que urdiesen nada contra nosotros. De todas formas, el aspecto de la rubia no era mucho mejor que el que presentaba Mariano.

  Al volver a adentrarnos en el puerto el mar mejoró notablemente y dejamos de sacudirnos. Ahora había que encontrar algún punto en el que pudiésemos desembarcar y estuviésemos protegidos de los zombis.

  El aspecto del puerto era desolador. Podías encontrar de todo, coches a medio sumergir en el agua, grúas de carga derribadas, columnas de contenedores incendiados, pero sobre todo había muertos, no zombis, muertos de los de siempre, por todas partes.

  Había algo que me extrañaba, no se veían vehículos militares. En Valencia existían muchos acuartelamientos y un enclave como el puerto parecería lógico que hubiesen querido conservarlo a toda costa, sin embargo, no había rastro del ejército, tampoco de la policía. Las embarcaciones de recreo habían volado, serían las primeras formas elegidas para escapar del horror.

  Ya estábamos en el medio de la bocana, aquí el barco apenas se mecía. Iván me hizo un gesto para que me acercase. Eche un vistazo a las dos mujeres, continuaban tranquilas, así que me dirigí al timón.

–  Fíjate en eso, parece un bar o algo así.

–  Es un restaurante, mira: Wandu Chill, está situado sobre el mar y esa valla es lo suficientemente robusta para soportar el empuje de los zombis, además en el pantalán de acceso han acumulado todo tipo de enseres a modo de barricada. No parece que los zombis puedan pasar por ahí. Nos podría servir. ¿Puedes amarrar ahí el barco?

–  Claro que puedo, pero no estoy tan seguro de que la valla aguante el empuje de una masa grande de zombis.

–  En el restaurante no parece haber ninguno. Tal vez podamos encontrar víveres y agua y además Laura necesita desembarcar.

  Llevábamos varios minutos atracados. Había estado observando todo el recinto con los prismáticos pero no pude descubrir a nadie.

  El restaurante era bonito de verdad. Sobre el agua disponía de una vista privilegiada de la bahía. Tenía un montón de sofás de cuero blancos muy chillout en una zona totalmente acristalada, incluso por arriba que permitía seguir disfrutando de toda una espectacular vista del cielo de Valencia. Frente a este recinto se observaba un restaurante decorado con el mismo estilo chill con varias docenas de mesas ahora desperdigadas por el local sin orden ni concierto. Me las podía imaginar perfectamente alineadas con sus sillas colocadas y perfectamente montadas esperando a los comensales que las ocupasen. Detrás de ese comedor cerrado estaba la edificación que debía hacer las veces de cocina y almacén.

  En el otro lado de la verja se iban reuniendo zombis, como si hiciesen cola para conseguir mesa a la hora de comer. No parecía que pudiesen pasar al otro lado pero habría que estar vigilantes y tal vez reforzar la barricada.

  Antes de desembarcar a todos tenía que asegurar el recinto, pero no quería dejar a las dos mercenarias en el barco juntas. Ni siquiera Laura hubiese podido contenerlas y encima estaba inconsciente. Solo había una opción.

–  Tu, la rubia, en pie, te vienes conmigo.

–  Ves Shania, ya te dije que a pesar de dispararme me desea, verdad soldadito. Pero tú vas armado, si nos atacan con que quieres que me defienda ¿a escupitajos?

–  Abajo –la empujé por la borda y cayó en el muelle de costado, luego salte yo a su lado– vamos tenemos trabajo.

–  VAMOS te digo.

–  Te prometo que tarde o temprano te voy a devolver todos estos golpes “cariño” –se levantó apretándose el gemelo.

  Avanzaba a mi lado cojeando. Nos disponíamos a entrar en la terraza exterior cuando un individuo con una escopeta de caza salió del recinto acristalado. Se dirigía con decisión hacia nosotros. El tipo estaba vivo, eso era evidente, lo que no tenía claro era su estado mental. Le encañoné con la Glock y le di el alto. Si me oyó o me comprendió no lo demostró en modo alguno. Amartilló los dos cañones de la escopeta y se apoyó la culata en el hombro.

  Era un hombre negro. La ropa que vestía era similar a las que llevaban los cocineros o los pinches, probablemente fuese un trabajador del restaurante que hasta este momento había logrado sobrevivir. Aun con un arma en las manos era incapaz de intimidar a nadie. Retrocedí seguido de la mujer hasta el borde del embarcadero. En el barco todos permanecían expectantes. Mariano sujetaba a Diego por el collar para que no saltara con nosotros vigilando de reojo a la otra mujer, los jóvenes y Jorge estaban en la proa pendientes del desenlace.

  El individuo no respondía de ningún modo a mis palabras, sólo seguía aproximándose a nosotros al tiempo que nos mantenía encañonados.

  Todo ocurrió muy rápido, debí verlo venir. Con un veloz movimiento la mujer le arrebató la escopeta de las manos para seguidamente colocarle una tremenda patada en el pecho al tipo, que terminó con él en el agua.

–  Vaya, parece que te voy a devolver los golpes antes de lo previsto –una triunfal sonrisa mostraba que ahora ella controlaba la situación– suelta el arma soldadito, vamos, hazlo ya.

–  Eres más idiota de lo que pensaba. La escopeta está descargada, ese tipo no tiene munición, si hubiese tenido ya estaríamos muertos los dos.

  Como para desmentir mis palabras oprimió un disparador primero y luego el otro. En ningún caso ocurrió nada. Le quité la escopeta y cuando la arrastraba del pelo para lanzarla al agua a que sacase al pobre diablo escuché al joven gritar.

–  ¡NO! –Sujetaba a Jorge de la camiseta cuando ya se disponía a saltar al agua para ayudar al individuo que parecía tener verdaderas dificultades para mantenerse a flote– No puedes saltar al agua.

–  Da igual, no ha parado de llover, tengo la ropa empapada, no pasa nada y además, nado muy bien.

–  No es por la ropa, en el puerto la profundidad no es superior a tres metros. En el fondo debe haber montones de zombis vagando. Cuando caen al agua son incapaces de salir, pero no se mueren, siguen ahí abajo y si te cogen no lograrás escapar.

  La advertencia consiguió que el niño se imaginara en el agua atrapado por docenas de brazos de zombis inflados por el efecto del agua en la carne, dio un paso atrás y reculó mirando fijamente el mar alrededor del tipo esperando, de un momento a otro, ver salir los zombis de su visión.

  Como si una fuerza superior diese veracidad a las palabras del joven, el hombre comenzó a chillar mientras algo, nunca mejor dicho, tiraba de él hacia abajo. En pocos segundos el agua alrededor del desdichado se fue tiñendo de un rojo diluido al tiempo que montones de movimientos se producían debajo de él. Era como esos documentales de pirañas en los que la presa resultaba atacada por ellas produciendo multitud de burbujas. Sus gritos desgarradores terminaron rápido y excitaron todavía más a los zombis concentrados alrededor de la valla incitándoles a empujar con más fuerza el obstáculo que les separaba de nosotros.

  Sólo mi brazo impedía que el cuerpo de la mujer se precipitase al mar. Por unos instantes pude verme soltando la cabellera de la rubia y dejando que cayese al agua para convertirse en la siguiente víctima. Por suerte para ella la voz de la otra mujer gritándome que no lo hiciese me sacó de ese estado y me devolvió a la realidad. Tiré de ella para dejarla sobre el muelle, a salvo, y a continuación le coloqué una patada, como la que le acababa de dar ella al tipo, y que le había costado la vida, lanzándola un par de metros sobre el embarcadero del restaurante. Le pedí a Iván que me tirase una cuerda y até fuertemente a la mujer a una toma de agua para los barcos existente en el pantalán.

  Nadie más había salido del interior del restaurante. Le hice una seña a Diego y en cuanto Mariano le soltó se incorporó a mi lado y al momento salió disparado a inspeccionar el interior del recinto.

  El sitio estaba limpio. No había rastro de zombis ni muertos ni siquiera vestigios de enfrentamientos con ellos. Todo estaba relativamente ordenado dentro del desorden. Había comida en cámaras, seguramente podrida, pero en cualquier  caso tendríamos que registrar todo minuciosamente. Diego sólo ladró en una ocasión para llamar mi atención sobre una pared repleta de jamones de bellota colgados y perfectamente alineados. Quité los restos que quedaban en el jamonero y le di la pata a medio repelar al animal, que salió corriendo hasta la cubierta del barco a mostrar su premio.

  Ordené desembarcar a la morena y la ate a una sólida columna en el interior de la terraza acristalada, luego preparé una improvisada cama con varios sofás y desembarque a Laura.

  Todos nos encontrábamos ya abajo dando buena cuenta de las tiras del jamón que Mariano iba cortando con maestría en lonchas extremadamente finas. Thais había sacado todo tipo de bebidas de las neveras y, aunque no estaban frías nos supieron a gloria. Al acabar, la joven preparó una cafetera grande en los fogones de la cocina del restaurante.

  La comida hubiese podido pasar por un encuentro entre amigos que no se veían hacía tiempo si no fuese por los intermitentes alaridos de los zombis apostados en el exterior de la valla.

  Laura ya había recobrado el conocimiento aunque seguía confusa y desorientada.

–  No lo entiendo Jose, la calle estaba vacía, no había coches, ninguno, y lo último que recuerdo es un brutal golpe contra… contra nada, no había nada. ¿Qué es lo que paso?

–  Los terroristas que nos seguían viajaban en un tipo de vehículo con algún tipo de camuflaje activo, se confundían totalmente con el entorno, eran técnicamente invisibles, aunque seguían ocupando un lugar en el espacio. Tú no les viste pero su coche estaba allí, camuflado, invisible, pero físicamente continuaba ahí. Tú tenías razón cuando me dijiste que delante de la furgoneta aparcada debajo de mi casa no pasaban zombis. No lo hacían porque no podían, el coche estaba ocupando ese lugar aunque no lo viéramos, nosotros ni los zombis.

–  ¿Sólo eran esas dos mujeres? ¿Por qué una de ellas esta herida en la pierna?

–  Parece tener una cierta tendencia a ignorar las órdenes que recibe, y si, no había nadie más, al menos que hayamos visto.

–  Si cada vez que uno de nosotros te ha desobedecido le hubieses pegado un tiro en una pierna iríamos todos cojos –sonrió irónica.

–  ¿Has averiguado algo? ¿Te han dicho lo que querían de nosotros?

–  Todavía no he tenido tiempo de interrogarlas. Lo haré ahora después. Tú deberías descansar. Te has llevado un golpe tremendo.

–  Si, menudo equipo hacemos, cuando no te descalabras tu lo hago yo.

–  Descansa ahora un rato, vale –me incliné y la besé en la frente, ella me echó los brazos al cuello y me devolvió el beso en los labios– descansa.

  Me llevé a las dos mujeres al fondo de la terraza acristalada, las até firmemente por separado cada una a uno de los modernos sillones en otro tiempo impecablemente blancos.

  La actitud de las dos mujeres no podía ser más diferente. Mientras la morena permanecía cabizbaja tratando de no exteriorizar ningún sentimiento ni mostrar expresión alguna, la rubia era el polo opuesto. A pesar del dolor que seguro le causaba la herida de bala de su gemelo, la expresión de su rostro era el cinismo personificado, con una altivez impropia de alguien en su situación, se mostraba del todo provocadora.

  Me senté a horcajadas en un taburete tapizado en piel blanca a juego con los sillones y mientras ordenaba mis pensamientos y la forma de llevar el interrogatorio jugueteaba con el machete.

  Aun con poses diferentes, ninguna de las dos parecía nerviosa. Laura había ido, ayudada por Mariano, al aseo del local. El chico estaba fuera sentado en otro taburete contemplando el mar con Diego tendido a sus pies. Tan solo los dos jóvenes permanecían cerca de nosotros. Decidí comenzar ya.

–  No tengo mucho tiempo, así que terminemos esto rápido –tenía en mente muchas preguntas, porque nos seguían, porque empezó todo, quien lo llevó a cabo, quedaban más personas vivas; pero había una en particular que me quemaba en los labios– ¿Quien mató a mi mujer? y ¿porqué?

–  JA, JA JA –la rubia estalló en carcajadas– tu pudiste salvarla, estaba en tu mano. Si hay alguien responsable de su muerte ese eres tú.

  Continuaba con esa expresión divertida y cínica en su cara y yo notaba crecer mi nivel de adrenalina.

–  ¿La mataste tu? –pregunté suavemente.

–  El detalle del sobre clavado en su pecho con ese machete fue total ¿verdad? Tienes que reconocer que ahí estuve sublime –sonrió.

  No puedo explicar que pasó por mi cabeza ni como ocurrió, pero el machete que retiré del cuerpo de mi esposa ahora estaba firmemente clavado en el muslo derecho de la mujer, con un movimiento limpio de mi mano había atravesado por completo su pierna cortando la carne y los tendones a su paso aunque sin dañar ninguna arteria. El grito de sorpresa y dolor inicial acabó con la mujer inconsciente sobre el sofá. La hoja del cuchillo había atravesado la extremidad, el cojín y había ido a hundirse en el armazón del sofá dejándola literalmente clavada.

  Thais permanecía impasible, veía a las dos mujeres como sus enemigas y las situaba al mismo nivel que los cerdos que la habían atacado horas antes. Por el contrario, en el rostro del chico se podía leer claramente su disconformidad con mi actuación.

–  Oye, no puedes…

–  Chico, es mejor que te vayas a otro sitio, márchate fuera con Jorge, vete al barco o, simplemente lárgate a la otra punta del restaurante; y tu deberías hacer lo mismo –me dirigí ahora a la chica.

–  Yo me quedo –la decisión de la chica era inapelable– puede que todo esto me termine afectando, además, esas mujeres estaban dispuestas a hacernos daño, así que no me inspiran lástima alguna.

–  ¿Es que nos estamos volviendo todos locos? Esa mujer ya tiene una herida en la misma pierna, herida que TÚ le has causado de un disparo. Si no la curamos se va a desangrar y morirá. ¿Es que nadie ve eso?

  Decidí olvidarme del chico y volví a centrar mi atención en la otra mujer, la tranquilidad había desaparecido ya de su rostro. El muchacho salió de la terraza acristalada despotricando para protegerse en la seguridad de su barco.

–  Te voy a repetir la pregunta. ¿Matasteis vosotras a mi esposa?

–  ¡NO! yo… nosotras nunca haríamos nada que te… nosotras no le haríamos eso a una mujer indefensa.

  Sus rectificaciones no me pasaron inadvertidas pero no llegaba a desentrañar su significado.

–  Fuimos a tu casa para instalar los micros y dejarte ese aviso con las coordenadas; ya le dije a Arlenne que esa no era la forma más elegante de hacerlo pero nosotras no asesinamos a tu mujer, de hecho tú ya la encontraste muerta antes de que nosotras fuésemos a tu casa. Ahora, por favor, cúrale la pierna o se desangrará.

–  No tienes forma de demostrar eso; podrías estar mintiendo ¿Por qué debería creerte?

–  Como tú dices es algo que no puedo demostrar, eres tú el que debe decidir si me cree o no.

–  Y mi hija ¿Que hicisteis con ella? ¿Sigue viva?

  La mujer se echó hacia atrás, enderezándose, irguiendo la cabeza y mirándome directamente a los ojos, pero sin pronunciar palabra.

  Con un lento y calculado movimiento extraje el cuchillo de la pierna de su compañera dejando por completo al descubierto una herida que ahora bombeaba sangre más rápidamente, y lo apreté contra su cuello.

–  Te he hecho dos preguntas, ambas muy sencillas.

  La morena cogió aire y echó la cabeza todo lo que pudo hacia atrás para intentar aliviar la presión de la hoja sobre su cuello.

–  No te puedo asegurar nada, la idea era utilizarla para tenerte controlado una vez que llegases a nuestra base, así que lo lógico es pensar que si, que sigue viva para eso, para tenerte controlado, pero es algo que tampoco te puedo demostrar. Con todas las cosas que han sucedido desde que comenzó todo esto… –dejó la frase en suspenso– y ahora deja que le cure la pierna,… por favor.

–  Yo lo haré, en el barco hay un botiquín bastante bien surtido –la chica, de la que me había olvidado, salió con decisión hacia el velero.

  En cuanto Thais regresó del barco con el botiquín y comenzó a aplicarse en la desinfección y posterior cosido de la herida de la rubia. Al poco apareció Laura tambaleante.

–  Jose, tienes que venir, es Mariano.

  Como las dos mujeres continuaban firmemente atadas, cogí a Laura en brazos y nos dirigimos hacia el abuelo. Estaba tumbado y respiraba con dificultad.

–  ¿Que te ocurre Mariano? ¿Te has pinchado la insulina?

–  No me pasa nada que no le ocurra a un viejo como yo. No es nada, seguramente ya me ha llegado la hora.

–  No me has contestado –Jorge llegó en ese momento seguido de Diego.

–  Es verdad, cuando chocamos salimos corriendo del coche y olvidé coger la mochila con las medicinas de Mariano, es culpa mía, perdóname tenía que haberlas cogido –se abrazó llorando al anciano.

–  Tranquilo chico, tú no tenes la culpa de nada, en todo caso de haberme alegrado estos días extra que se me han concedido. Me hubiese gustado que Marcela te hubiese conocido, habría estado orgullosa de ti.

–  Los viales continúan en el BMW…

–  No voy a permitir que vos te juegues otra vez tu vida para salvar la de este viejo. Aquí todos te necesitan, si te ocurriese algo como íbamos a sobrevivir.

–  Calla ya, no es por ti. Casi no nos queda munición, para nuestro fusil, solo hay un cargador completo y el puesto, y con las pistolas ocurre lo mismo. No resistiríamos ningún ataque en estas condiciones –aunque no hablé en voz alta también pensaba en las situaciones que me podía encontrar una vez llegase a las coordenadas del sobre, necesitaba más munición.

–  Pero toda la munición la trajimos, esa mochila no se me olvidó –intervino el chico– en el coche no quedan más balas.

–  En nuestro coche no, pero el Hummer de las dos mujeres debe tener munición de sobra y sus fusiles con silenciador tienen el mismo calibre que el nuestro. Iré allí y traeré los viales y toda la munición que pueda cargar. Será pan comido, ya verás.

–  Yo iré contigo, fue por mi culpa, yo me olvidé la mochila, quiero ayudarte, me da igual lo que me digas.

–  Jorge, Jorge, escúchame –el chico negaba con la cabeza– tenemos dos prisioneras y ni Laura ni Mariano pueden vigilarlas ne…

–  Están Iván y Thais, ellos pueden vigilarlas son mayores que yo, si tu se lo dices te ayudarán, yo voy contigo.

–  Escucha, necesito que seas tú quien las vigiles, ninguno de los chicos saben manejar un arma y Laura y Mariano no están en condiciones, tu sí que puedes, sabes cómo hacerlo, confío en ti, ¿Me ayudaras? ¿Me ayudaras Jorge? Jorge…

–  Vaaale, pero la próxima vez iré contigo.

–  De acuerdo, te lo prometo, ahora ve con Diego fuera a dar una vuelta a ver si todo va bien.

  El chico salió relativamente convencido.

–  Él tiene razón, es muy peligroso que vayas solo, irás cuando anochezca ¿no? Para entonces ya estaré bien, puedo acompañarte –Laura se estiró para aparentar una fortaleza que no tenía.

–  No Laura, no serías una ayuda y lo sabes, quédate aquí y cuida de Mariano y de los demás –el abuelo se había tumbado en el sofá y se encontraba en un estado entre la inconsciencia y el sueño.

–  ¿Cómo vas a ir hasta allí? No pensaras ir nadando, me han contado lo que le pasó al hombre del restaurante al caerse al mar.

–  No se cayó –no pude evitar volver la vista hacia la rubia, seguía inconsciente mientras Thais la terminaba de coser. Lástima, pensé en despertarla, así le dolería más.

–  Sabes a lo que me refiero, el agua está llena de esas cosas y además de noche…

–  Iré sobre el mar…

–  Si, andando sobre las aguas y…

–  Calma, me llevaré la moto acuática que hay atada al velero. No hace excesivo ruido, todo será muy rápido.

–  Joder, no me acostumbro, ya tienes planificado todo, sabes exactamente cuáles son los pasos que vas a dar ¿verdad?

–  Descansa ahora, ya son las siete y media, tengo que ir a prepararlo todo.

–  Ten cuidado, vale.

  Al pasar al lado de las mujeres la morena llamó mi atención.

–  Lo que vas a hacer, aparte de una locura es inútil.

–  Vaya, no me digas y ¿Por qué?

–  No podrás entrar en mi vehículo –el gesto de mi cara le animó a continuar– acaso creías que una tecnología como esa iba a estar al alcance de cualquiera que quisiera abrir la puerta. Vamos, no me digas que no lo has pensado.

–  A ver, ilumíname y dime porque no voy a poder entrar.

–  El coche es blindado, su control se activa con un escáner de retina y… –la mirada que le eché a la cabeza de la rubia no le pasó desapercibida– no pensarás sacarle los ojos ¿verdad?

–  No soy buen cirujano, más bien estaba pensando en llevarme la cabeza completa –y era cierto, una vez más ese clic, ese me da igual, solo el fin importa.

–  Eso no es necesario, yo iré contigo, sabes que solo no lo conseguirás, si algo sale mal, y saldrá, yo puedo cubrirte. Los dos somos profesionales. Déjame ayudarte en esto, ahora todos estamos en el mismo equipo.

–  Vaya estupidez, lo mejor para las dos es que yo vaya a ese coche y no vuelva –le susurre acercándome a su cara para que solo ella me oyese– y sin embargo me avisas de que el coche no se podrá abrir y te ofreces a ayudarme. ¿Dónde está el truco? Acaso piensas que así os dejare libres, o que te dejaré libre a ti.

–  No, pero tal vez si que podrías dejar de clavarnos cosas.

–  Vale, ¿Quieres venir? Pues vendrás. Será divertido.

–  Si, como en los viejos tiempos.

–  ¿Qué… que has dicho? –Jose, Mariano se encuentra peor necesita esos viales, me llamó Laura.

–  Más tarde continuaremos esta conversación y me explicarás que has querido decir.

  Me acerqué a Mariano. Su respiración se había vuelto más difícil.

–  ¿Cuándo se pinchó por última vez? No debería estar así.

–  Raciona todo lo que puede la insulina. Solo se inyecta cuando se encuentra mal. Creo que la última vez fue en el chalet, además ten en cuenta que la llevaba en el coche y lo tuvieron que abandonar corriendo sin coger nada cuando la multitud zombi apareció.

–  ¿De verdad te vas a llevar a esa mujer? No me fio de ella. No me gusta. Creo que oculta algo. ¿Piensas que es cierto lo del lector de retina?

–  Que oculta muchas cosas es seguro pero te prometo que se las sacaré todas. Ese coche es un elemento muy valioso, no me parece una medida descabellada. Además, la alternativa es cortarle la cabeza y llevármela en una bolsa, pero de un tiempo a esta parte me he reformado. No te preocupes todo irá bien.

  La abracé mientras observábamos como la noche oscurecía totalmente Valencia. El agua que seguía cayendo producía continuas ondas sobre la superficie del mar. En otras circunstancias hubiese sido un espectáculo precioso.

  Ya teníamos todo preparado. La moto arrancaba perfectamente y la morena llevaba a la espalda dos mochilas de Ballantines que encontramos en el Restaurante. En ellas meteríamos la munición y todo lo que nos pudiese resultar útil. Había llenado un cargador para el fusil con silenciador. Ya sólo teníamos un cargador más con munición de ese calibre que le dejé a Laura. También cogí una pistola con el cargador completo. El resto se lo quedarían ellos.

–  Laura, no va a ocurrir, pero si sólo regresase la mujer, mata a la rubia y después dispara contra ella. No lo dudes ni un momento.

–  No te preocupes, se que volverás, siempre regresas ¿No?

–  Me llevaré uno de los walkies, si ocurriese algo llamad.

  El agua que caía sobre nosotros le pegaba la camiseta al cuerpo dibujando perfectamente su silueta. La cogí de la cabeza y la bese en los labios.

–  Enseguida estaremos de vuelta. Recuerda lo que te he dicho.

  La mujer nos observaba con una mirada extraña.

  Ya había oscurecido totalmente. Subí delante en la moto con el fusil terciado sobre el pecho. Pensé en llevar el chaleco pero desestimé la idea, con esa agua se tornaría demasiado pesado. La morena se colocó en la moto detrás de mí. Aceleré y comenzamos a avanzar lentamente. Las negras nubes cargadas de agua no dejaban que la luna iluminase nada, así que la oscuridad era prácticamente total. En cuanto el restaurante desapareció de nuestra vista la mujer se apretó contra mi espalda podía notar como sus pechos se me clavaban y su aliento estremecía mi nuca.

–  ¿Qué haces? –la mujer no se inmutó.

–  Lo siento, tengo frío –y continuó abrazada a mi cintura y pegada por completo a mí.

  Era extraño, no podía explicarlo, de alguna forma, esta situación me resultó extrañamente familiar. Puede que me gustase pilotar esas motos, pero no, era el conjunto lo que me producía esa sensación, no sólo la moto, también la mujer que llevaba a mi espalda.

  La tormenta arreciaba, los relámpagos eran la única fuente de luz; durante los breves segundos que brillaban permitían ver el horizonte.

  El trayecto una vez que salimos de la protección del puerto, se hizo más complicado. La moto daba continuos saltos, la mujer se cogía tan fuerte a mí que antes nos habríamos caído los dos que se hubiese soltado ella. Reduje la velocidad, así saltábamos menos pero las olas jugaban más con nosotros.

  El otro espigón parecía no llegar nunca. Cuando otro relámpago iluminó a lo lejos los dos coches, no pude sino resoplar de alivio.

  Nos aproximamos lentamente. No creía que los zombis que pululaban alrededor de los vehículos nos pudiesen oír. Entre el ruido de la lluvia y los truenos que estallaban era algo imposible.

  Una vez que llegamos a la posición donde horas antes estaba el velero pudimos ver la escena con más o menos claridad. Alrededor de los coches contamos cinco zombis y seis más deambulaban peligrosamente cerca.

  El plan era sencillo, abatir a los zombis más cercanos a los coches y, mientras ella cogía toda la munición y las armas que quedasen yo sacaría la mochila con los viales de insulina.

–  Supongo que me darás un arma ¿No?

–  Supones mal.

–  Vaaamos.

–  Tu ocúpate de abrir el Hummer, para eso es para lo único que has venido.

–  Que decepción, pensé que seguía gustándote mi compañía –otra vez esos comentarios.

–  Prepárate.

  Esta mujer hacía que mi mente diese múltiples vueltas pero al final de ninguna lograba recordar nada útil. Traté de dejar estos pensamientos aparte. Tocaba trabajar. Subimos al muelle y até la moto a una papelera cercana, con eso bastaría.

  Ya estábamos a la altura de la caseta, ningún zombi nos había detectado todavía.

–  ¡BANG! –en el silencio que reinaba en toda la ciudad, sólo roto por los truenos y el ruido de la lluvia, el disparo sonó como si lo hubiesen hecho a quemarropa sobre nosotros, sólo que provenía del restaurante. Algo ocurría, también los espectros lo escucharon.

–  ¡BANG! ¡BANG! –dos nuevos disparos, rápidos y seguidos, como les había enseñado.

  Encañoné a la mujer, que se había quedado tan petrificada como yo. Ahora los zombis de la zona, alertados por los disparos nos habían descubierto de rebote a nosotros.

–  Si tu amiga les ha hecho algún daño te mataré ahora mismo y a ella la cortaré a pedazos, te lo juro –su cara palideció mientras yo acercaba el walkie a mi boca.

–  “Jose, Jose, los zombis… han derribado la valla… son muchos ¡BANG!  ¡BANG! … tienes que…” –el inconfundible sonido de un objeto al entrar en el agua fue lo último que escuchamos.

–  Diles que liberen a Arlenne, ella se hará cargo de la situación hasta que lleguemos nosotros –comenzó a retroceder hasta donde dejamos la moto.

–  El walkie ha debido terminar en el agua.

–  Bueno, pues vamos rápido –se dio la vuelta con la intención de regresar a la moto.

–  Espera, en la moto no llegaríamos a tiempo. El Hummer funcionaba después del choque ¿Verdad?

–  Si, pero era indetectable, no sumergible. Dispara ya a esos ¡Joder! –mientras hablábamos un grupo de muertos se nos aproximaban peligrosamente.

  ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! Reventé las cabezas de tres de los zombis cuando ya se encontraban a un metro de nosotros.

¡BANG!  ¡BANG!

¡BANG!  ¡BANG! ¡BANG!  ¡BANG!

  Los disparos se sucedían en el restaurante, incluso los gritos de los muertos eran ahora audibles.

–  Sígueme y abre el Humvy.

  Corrimos hacia los vehículos sorteando a los zombis que venían a nuestro encuentro, dos de ellos resbalaron con el suelo mojado y cayeron al cambiar su dirección para volver a perseguirnos.

  Yo entré por la puerta de atrás al BMW, estaba abierta, el agua había mojado parte de la tapicería. Ahí no había nada, debía estar en el maletero, la mujer ya había entrado en el todo terreno.

  No me dio tiempo a reaccionar, iba a recoger el fusil que dejé apoyado en los asientos y noté un tremendo golpe en el pecho que me lanzó contra el suelo, donde mi cabeza impactó una vez más, dejándome medio grogui. Cuando logré enfocar me encontré con cuatro zombis enormes, debían de ser de un puto equipo de baloncesto. No me dio tiempo a seguir haciendo conjeturas, uno de ellos, el que me había golpeado al intentar cogerme, se inclinó sobre mí para clavarme sus garras y convertirme en uno de ellos. Pero eran unos muertos muy grandes y como tales, aun más torpes de lo normal. No fue capaz de mantener el equilibrio y terminó cayendo a peso sobre mí. Ya me encontraba mejor, rodé a un lado y el sólo encontró el suelo. Me incorporé y busqué la pistola para acabar lo antes posible con esto pero solo encontré la funda vacía, al caer había salido despedida. La busqué por el suelo pero no la localicé. El zombi que se lanzó sobre mí continuaba en el suelo haciendo esfuerzos por levantar su enorme cuerpo. Los otros eran tan altos como él, tres armarios roperos, me sacaban más de dos cabezas. Si conseguían ponerme las manos encima estaba perdido.

  Balanceaban sus inmensos brazos en todas direcciones, era evidente que su tamaño les hacía más difícil lograr una mínima coordinación en sus movimientos; esa era mi ventaja ahora. Todo ocurría en segundos, de la mujer no había rastro.

  La torpeza de sus brazos transformaba sus intentos por cogerme en auténticos mazazos. Los iba esquivando como podía mientras me volvía a aproximar al maletero del coche, lo abrí y cogí la mochila con las medicinas de Mariano. Un brazo cayó sobre mi pecho lanzándome dentro del maletero. Me giré rápido y tirando del portón golpee la cabeza del pivot con toda la fuerza de que fui capaz. Su cráneo estaba roto, seguro, pero al contrario que los zombis más pequeños, este no cayó, se quedó plantado delante de mí balanceándose con los brazos, ahora inertes, como si meditase hacia donde caer. Su compañero de equipo le facilitó la decisión al empujarle violentamente para apartarle y acceder a su presa. El primer zombi, ante la dificultad de ponerse en pie había optado por arrastrarse hacia el coche, algo que le resultaba más sencillo. Al esquivar al de la cabeza rota por el portón, tropecé con el del suelo y me precipité de costado sobre él. El cuarto, que todavía no había intervenido, repitió la acción del primero y en su intento por alcanzarme se tiró sobre mí. Conseguí coger sus muñecas pero mi situación era extrema, tumbado sobre un zombi y con otro encima intentando hincarme el diente mi crédito se agotaba.

  ¡FLOP!  ¡FLOP!

  ¡FLOP!  ¡FLOP!

  Noté como los movimientos del que tenía debajo cesaban por completo y los del que sujetaba se transformaban en estertores.

–  Deja ya de jugar con tus amigos, tenemos que irnos.

  ¡FLOP!  ¡FLOP!  El último gigante cayó.

  El Hummer estaba en marcha, ni siquiera lo había oído arrancar. Me levanté como pude entre brazos y piernas de los zombis abatidos y recogí la mochila y el fusil del coche, corriendo entré, por fin, a la seguridad del todoterreno. La mujer dejó el fusil que ahora manejaba sobre su regazó y aceleró. El coche se soltó del BMW con un fuerte tirón y derrapó sobre el asfalto encharcado.

–  A ver, seguro que has tenido otra de tus suicidas ideas, cuéntame que hacemos genio.

–  Dirígete por tierra y por el camino más corto hasta el restaurante.

–  Y una vez aparcamos ¿Qué, reservamos mesa?

–  No vamos a aparcar, lanzarás el todo terreno sobre la valla. Debes hacerlo con toda precisión, tiene que caer encima del pantalán para cortar el acceso desde el muelle al restaurante.

–  Genial, lo que yo decía, coser y cantar. Te das cuenta que eso nos condena a nosotros ¿Verdad?

–  Vamos, los dos sabemos que eso sería cierto si los dos fuéramos personas corrientes, pero está claro que no lo somos.

–  JA, JA, JA, ese es mi chico.

–  Que me hayas ayudado ahí fuera no cambia nada, sigues siendo mi prisionera.

–  Eso ahora resulta un poco pretencioso ¿No crees?

  Conducía a toda velocidad esquivando zombis y todos los obstáculos que nos encontrábamos con la maestría de quien está harto de hacerlo. No podía explicarlo pero la sola presencia de la mujer a mi lado me confundía y al mismo tiempo me proporcionaba una seguridad total. Una vez tomada la decisión sabía que ya nada le iba a impedir realizar lo que le dije. Realizaba precisos giros y leves movimientos para continuar, inalterable, hacia nuestro objetivo.

  Mientras la observaba descaradamente, iba cargando las bolsas que trajimos con toda la munición que encontré, un par de pistolas con silenciador y varios cargadores de pistola y fusil. Me colgué la de las medicinas delante y la de la munición detrás. La mujer, sabedora de que era observada, sonreía mientras hacía esfuerzos por quitarse unos mechones de pelo empapados que se le pegaban a la cara. Se los retiré y me preparé para el impacto.

  El Niño estaba jugando entre los sillones con el perro, le lanzaba a lo alto trozos de jamón que Iván había cortado y el animal se volvía loco saltando para atraparlos en el aire. Diego estaba disfrutando de la atención que todos le prestaban. Thais reía mientras el chico iba partiendo más trozos de jamón para lanzárselos; hasta Mariano parecía encontrarse mejor mientras tomaba la infusión que le había preparado Laura. La mujer rubia también parecía más relajada. La miraba de reojo, a pesar de las dos heridas que le había infligido Jose la creía completamente capaz de acabar con todos incluso estando desarmada. Desprendía esa energía, la misma que había descubierto en el sargento, esa que te decía que no se trataba de personas corrientes, que te dejaba claro que en las situaciones más difíciles y comprometidas no dudarían ni un instante en tomar las medidas más excepcionales. Y lo mismo rezaba para la otra mujer, los tres estaban cortados por el mismo patrón. Sin embargo, su actitud era completamente diferente a la de la rubia. La había visto mirar a Jose, reconocía esa mirada, todas las mujeres la reconocían, sobre todo en las rivales, podía incluso, ser la suya propia. Nadie se enamora de otra persona con solo verla una vez. Estaba segura que ambos se conocían de antes y como el militar no recordaba el pasado, ella jugaba con ventaja. Cuando regresaran tendría que hablarlo con él, pero no imaginaba como abordar el tema.

  Ya hacía rato que salieron, tal vez debería llamarles para ver cómo iban las cosas. Se levantó y fue a buscar el walkie.

  De repente Diego dejó de saltar y el último trozo que le había lanzado Jorge cayó al suelo.

– ¡EHH! Se te ha escapado! ¡JA! ¡JA! ¡JA! Pero ¿Dónde vas? Que tengo más.

  El pastor alemán se lanzó corriendo hacia fuera en dirección a la barricada. El juego con el perro les había abstraído tanto que no se dieron cuenta que la valla había cedido, la presión ejercida por los zombis congregados tras ella había terminado por tumbarla. Los muertos estaban en el pantalán y lo único que les había impedido llegar hasta la terraza era la barricada.

  Por suerte no intentaban apartar los objetos acumulados sino que empujaban hasta encontrar algún punto por el que seguir avanzando. De momento sólo podían hacerlo por uno de los laterales de la barricada, apenas había veinte centímetros por los que poder pasar lo que hacía que los que lo intentaron primero terminasen en el agua. Eso era lo que Diego había escuchado. Ahora se encontraba enfrente del paso ladrando y gruñendo poseído. El primero en llegar a su lado fue el chico quien, pistola en mano, comenzó a disparar sobre el primero que había logrado adentrarse.

  ¡BANG! El disparo le dio en el pecho pero no le abatió. No era así como el sargento le dijo. Dos disparos, seguidos al mismo punto. Sí, eso era.

  Volvió a apuntar.

  ¡BANG! ¡BANG! Ahora los dos impactos le acertaron, no en la cabeza pero fue suficiente para desequilibrarle y que cayese al agua.

  Laura llegó a su lado con el walkie en la mano, llamaba al Sargento.

– “Jose, Jose, los zombis… han derribado la valla… son muchos ¡BANG!  ¡BANG! … tienes que…”

  Soltó el walkie, que terminó en el agua, para disparar sobre uno de los zombis que había logrado subirse a la cima del montón de objetos. Ahora no sólo podían acceder por un lado, también iban pasando sobre los obstáculos.

  ¿Porque siempre ocurrían este tipo de cosas cuando Jose no estaba? El resto seguían en el interior de la terraza, incapaces de reaccionar. Se obligó a concentrar toda su atención en los zombis que pasaban.

  ¡BANG!  ¡BANG! Otro muerto que lograba subir la montaña de obstáculos abatido. En su caída arrastró a los dos siguientes, pero fueron rápidamente sustituidos por otros, no serían capaces de detenerlos, la munición se agotaba pero los zombis eran interminables.

  En la terraza, Iván estaba catatónico, se mostraba incapaz de reaccionar. Ellos dos solos no conseguirían detener el avance mucho tiempo, tenían que volver al barco y tratar de huir. El anciano había vuelto a perder el conocimiento y la mujer prisionera intentaba soltar sus ataduras sin éxito.

  ¡BANG!  ¡BANG!

  ¡BANG!  ¡BANG!  Fuera continuaban disparando.

  Thais cogió el cuchillo jamonero y se acercó a la mujer.

–  Vamos, vamos, date prisa mona.

–  Jura que nos ayudarás.

–  Corta de una puta vez las cuerdas.

  Thais sabía que no tenían otra opción. Después de un rato que pareció eterno cortando, las cuerdas cedieron.

–  Coged al viejo e id al barco; rápido.

  La mujer fue masajeándose las muñecas y cojeando ostensiblemente hasta la posición de Jorge y Laura, mientras, Thais intentó levantar al abuelo; era inútil, sola no podía.

  Cuando Laura vio acercarse a la prisionera no supo qué hacer; debía haberla soltado la chica. La mujer le quitó el arma sin contemplaciones.

–  Ayuda a la otra a meter al viejo en el barco, rápido, hay que largarse –al momento se puso a disparar contra los dos zombis que acababan de subirse a la barricada ¡BANG!  ¡BANG! Los dos cayeron hacia atrás alcanzados con una bala en el cerebro cada uno –y llévate al mocoso contigo.

–  Yo no soy ningún mocoso y no me voy, el sargento me dijo que yo estaba al mando, vete tú.

¡BANG!  ¡BANG! ¡BANG!  ¡BANG!

¡CLIC!

  La corredera ya no podía arrastrar ninguna bala, al chico no le quedaba más munición. Soltó la pistola y salió corriendo.

  Thais y Laura llevaban entre las dos a Mariano hacia el barco. El agua parecía caer ahora con más fuerza aun y, junto con los desgarradores alaridos de los muertos, hacía que la situación pareciese peor todavía.

¡CLIC!

  La munición del fusil se había acabado. Jorge llegó corriendo a su lado y te tendió el último fusil, el que llevaba silenciador.

–  Ya no quedan más –y volvió a desaparecer.

–  Puto crío.

¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! La mercenaria continuó abatiendo zombis. Ya habían sobrepasado varios la barricada. La situación era desesperada. ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! Tres zombis menos. ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! ¡FLOP! ¡CLIC!

  La munición de éste también se había terminado, era el fin. Se incorporó con dificultad y lanzó el fusil a la cabeza del zombi más cercano; el silenciador se le clavó frenándole en seco. No estaba en condiciones de luchar y menos con seres que no sienten el dolor pero se plantó y esperó a que llegaran.

  El crío la adelantó al tiempo que clavaba la katana del sargento en la madera, a su lado.

–  Vamos, córtales las piernas y luego la cabeza –y sin parar se acercó a uno de ellos y le cercenó una extremidad y cuando cayó a su altura le partió el cráneo.

  No se podía negar que el enano tenía un par de huevos. Había acabado con uno y ahora se encaraba a otro. Era admirable, pero eran demasiados, no lo iban a lograr.

  El estruendo fue impresionante, el Hummer apareció de la nada atropellando todo lo que encontraba a su paso. El golpe con el BMW inutilizó el escudo, pero el vehículo avanzaba emitiendo, como único sonido, el que producía al chafar los cuerpos muertos de los zombis. El cristal del parabrisas era una masa pegajosa de sangre, fluidos y trozos de carne podrida, la visión desde dentro debía ser nula.

–  Corre chico, rápido, tenemos que largarnos de aquí –Arlenne había comprendido lo que intentaban.

  El todo terreno blindado arrolló lo que quedaba de valla y, saltando sobre todos los objetos y cuerpos de zombis agrupados para pasar al otro lado, fue a caer sobre el pantalán destrozando, de esa forma, el único acceso que les comunicaba con el muelle e imposibilitando así la llegada de mas zombis.

  Arlenne, incapaz de correr por las heridas recibidas quedó agarrada a los restos que todavía flotaban del embarcadero y con medio cuerpo dentro del agua. Estaba exhausta, no le quedaban fuerzas para alzarse a la plataforma, la sangre perdida por las heridas, ahora abiertas de nuevo, la había debilitado demasiado. Se agarró, rendida, a esperar lo que ya tantas veces había observado, como esos seres se abalanzan sobre los vivos mordiendo y desgarrando su carne hasta producirles la muerte, para más tarde resucitar transformados en uno de ellos. Encima, por si eso fuese poco, ella continuaría vagando para siempre por el fondo del agua asquerosa del puerto incapaz de lograr salir a tierra. ¡Joder que putada!

  Esperaba impaciente que los zombis del fondo tirasen de ella hacia abajo para darse su particular festín, pero eso no pasaba, supuso que la caída del coche había producido una confusión extra en el fondo marino. Entonces ocurrió, empezó a sentir esos tirones, pero,… no le arrastraban desde el fondo, sino desde arriba, el chico, por un lado y el perro por el otro intentaban alzarla fuera, no era suficiente, el niño no tenía bastante fuerza y el perro acabó por arrancarle un trozo de ropa. No podían sacarla, moriría en el agua. El chico y el perro se apartaron, desistían, era el fin.

  Entonces sintió como unas manos fuertes la cogían de los brazos y la izaban fácilmente. Al levantar la vista descubrió al soldadito; primero le agujereaba la pierna y luego la salvaba. A su lado estaba Shania, chorreaba agua y disparaba sin parar a los zombis que subían por el todoterreno.

¡FLOP!  ¡FLOP!   ¡FLOP!  ¡FLOP! Los zombis estaban usando el Hummer de rampa para llegar al pantalán. El coche se había clavado de morro para finalmente descansar sobre el muelle y los muertos lo estaban usando de pasarela para acercarse a sus víctimas. Tenían que embarcar y largarse de ahí, habían rescatado las mochilas con munición y los viales pero los muertos eran interminables, no podían enfrentarse a todos.

  El sargento se la echó al hombro mientras Shania les seguía protegiendo en su huida hacia el barco.

8 pensamientos en “19. Wandu Chill

  1. Pues mi amigo, mi opinion en general es que estas contando una excelente historia, tienes una narrativa muy ingeniosa que hace que uno se adentre y viva las situaciones de los personajes, te comento que he leído muchas historias del género pero pocas como la tuya, lo que tienen en común la mayoria es un excelente arranque, despues dejan de escribir y nos quedamos a medias, deseo mucho que este no sea tu caso porque tu relato es apasionante, te felicito por tu creatividad y mis mejores deseos, cuenta conmigo como un seguro seguidor de tu relato, saludos

    • Bueno Pepe, gracias. Después de todo es lo que intento, que los que leáis el relato lo paséis lo mejor posible. No temas que esta historia no muere, desde la primera letra ya tiene un final, que ahora que no nos lee nadie te adelanto… no, no te lo adelanto. Sigue disfrutando y gracias.

  2. Mmmm, ya casi soltabas algo al parecer interesante, no te preocupes, mientras sigas posteando seguire el relato, mi pregunta es ¿cada cuando posteas? para atacar sin piedad la historia ese dia jejejeje, ahhhhh, el detalle de los capitulos largos es buenisimo, saludos

    • La idea es subir un capitulo cada semana, pero ni de coña lo consigo. Además la historia se va complicando más ahora y es más difícil encajar todo, a veces tengo que releer los capítulos anteriores para no meter la pata, así que mas o menos, cada dos semanas. El próximo trataré de subirlo como muy tarde el martes 1 de mayo.
      Gracias por tu interés.

  3. Cada 2 semanas para el tamaño de capítulo que posteas y tomando en cuenta que no tienes un equipo de correctores y redactores detras de ti es bastante bueno y se entiende el esfuerzo de buscar que las situaciones encajen ya que habemos lectores que nos ponemos muy exigentes (no es mi caso) en cuanto al aspecto del seguimiento a los detalles, hay otros escritores que abusan de la mala ortografía, eso es otro aspecto que debo resaltar en tu relato, tu ortografía es muy buena y hasta ahora las cosas encajan bastante bien, no te vayas a desanimar y nos dejes a medias, sigue compartiendonos tu talento, saludos desde México

  4. El volcan Popocatepetl me queda muy lejos, yo estoy en la zona norte del pais, frontera con el estado de Texas, la ciudad en la que vivo se llama Acuña. El Popo como le llamamos por aca (los lugareños de esa zona lo conocen como Don Goyo), esta al centro sur del pais, asi que al igual que tu solo me entero por las noticias, pero la situación se pone dificil cada que al volcan se le ocurre vomitar su contenido mucha gente debe ser evacuada y siempre existe el riesgo de que se produzca una erupción fuerte, cuidate mucho y deseo no tengan ese tipo de problemas por alla.

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