18. Valencia. Parte III

  Me encontraba sentado en el interior de una caseta del puerto. Continuaba lloviendo, no había parado desde que abandoné mi casa. Eran cerca de las doce de la mañana.

  Los dos chicos desempeñaban sus papeles a la perfección. El velero se encontraba amarrado en el muelle próximo a la caseta donde yo me ocultaba, entre los dos pantalanes para evitar que los zombis les pusiesen la mano encima. Aprovechaban para hacer limpieza en el barco. Alrededor de ellos, en el muelle próximo ya se arremolinaban algunos zombis, podía contar hasta seis.

  Aunque ahora estaba relativamente tranquilo las horas anteriores habían resultado extremadamente intensas. Mientras esperaba que nuestros perseguidores diesen señales de vida reconstruí los pasos dados en mi cabeza.

  El paso al otro edificio había resultado algo más complicado de lo previsto. Había comenzado a llover y aunque la galería interior de la terraza no dejaba entrar demasiada agua, el manojo de cables si que estaba mojado. Los guantes evitaban en parte que me resultaran más resbaladizos, pero a punto estuve de caer al saltar una de las sujeciones a la pared. Sólo evitó que me estampase contra el suelo un tendedero de ropa situado en la pared próxima a la terraza del piso inferior. Una vez repuesto del imprevisto accedí a la galería de la cocina de uno de los pisos del edificio situado detrás del mío. Esperaba que quienes nos estaban vigilando lo hicieran por el portal de acceso a mi casa.

  Una vez dentro de la cocina de la otra vivienda empuñé la katana. Sólo había cogido las gafas de visión nocturna que sacamos de la armería del CNI, una pistola con dos cargadores, la katana y el machete extraído del pecho de mi esposa. Llevaba todo firmemente sujeto al cuerpo en sus correspondientes fundas excepto el machete, sujeto con el ceñidor, y las gafas que ahora llevaba colocadas.

  Katana en mano accedí a la puerta de salida. Las gafas conferían una tonalidad verdosa a todo lo que enfocaban. La puerta estaba cerrada con llave. Por ahí no podía seguir. Iba a regresar a la galería cuando escuché un ruido procedente del fondo de la casa. Quería evitar cualquier enfrentamiento que me retrasara, pero para éste ya era tarde. Un zombi regordete se aproximaba por el pasillo. Vestía el mono de un taller. Se dirigió hacia mí gruñendo como todos. En cuanto estuvo al alcance del sable le partí el cráneo, al caer al suelo un llavero escapó de uno de los bolsillos del mono. Lo icé con la punta del sable y me dispuse a probar si alguna de las llaves abría la puerta. Sólo había una que se correspondiese con una puerta blindada, así que probé esa. El cerrojo cedió a la primera.

  Abrí la puerta despacio y me dirigí a las escaleras. El silencio era absoluto, eso me animó a continuar. Descendí los seis pisos sin encontrar resistencia de ningún tipo.

  Una vez en el portal, me asomé al exterior con precaución, la lluvia dificultaba aún más la visión y hacía imposible oír con precisión lo que ocurría en la calle. La buena noticia era que esas dificultades debían ser iguales para los zombis que para mí. No había rastro de engendros, lo mismo que cuando llegamos. Debían continuar su peregrinación hacia otra zona. Guardé las gafas en la funda y eché a correr en dirección al puerto, no había tiempo que perder. Empecé despacio pero el recuerdo del cadáver de mi esposa, con el pecho atravesado por el machete y la cara de esa niña impresa en la foto del salón, provocaba que la ira se fuese apoderando de mí por momentos. Al final un destello de lucidez me hizo disminuir la velocidad de la carrera hasta llegar a detenerme tras un vehículo para coger aire. No era buena idea dejarse llevar por el odio, siempre terminaba por dominarte y te inducía a cometer errores. Tras recuperar el resuello unos instantes continué mi carrera, ahora de una forma más pausada.

  Aunque las calles parecían continuar vacías de zombis, presentaban el mismo caos que ya habíamos visto en otras poblaciones. Vehículos volcados, estrellados, restos calcinados, incluso la fachada de uno de los edificios que me encontré se había derrumbado, probablemente debido a algún tipo de explosión, tal vez de gas. Cuando debía pasar por estos sitios más estrechos, paraba y mientras aprovechaba para recuperar la respiración, me volvía a colocar las gafas. La luz seguía siendo muy escasa y la lluvia no ayudaba, sin ellas me hubiese encontrado mucho más indefenso. Una vez volvía a tener camino despejado, las guardaba de nuevo y continuaba mi carrera.

  Me encontraba a mitad de la Avenida del Puerto. Ya iba encontrando zombis que volvían a su ubicación normal tambaleándose como si regresaran de una noche de botellón. Hasta ahora no había tenido necesidad de parar para enfrentarme a ellos, simplemente los esquivaba a la carrera y los dejaba atrás gruñendo de rabia.

  Al llegar frente a lo que antes fue una gasolinera de BP no me quedó más remedio que parar. El camino estaba completamente cortado, escombros y cascotes cubrían toda la calle. La gasolinera debió explotar destrozando los edificios contiguos. Debía rodear el obstáculo, intentar pasar por encima solo podía producirme alguna lesión aparte de las posibles sorpresas. Giré por la calle anterior, más despejada, dispuesto a sortear el desastre y regresar más adelante a la Avenida de nuevo.

  Dos zombis salieron de un local. Me coloqué las gafas esperando el ataque, pero los muertos no me habían detectado, iban detrás de algo o mejor dicho: de alguien. Gruñían y gritaban excitados. Por más que lo intenté no lograba ver a quien buscaban. Me detuve para enfocar mejor y tratar de descubrir a su objetivo. Los zombis se habían separado alrededor de una furgón blindado volcado sobre su lateral, cada uno iba por un lado. Las gotas de agua chocaban con rabia sobre el metal del vehículo de Prosegur. De la parte de atrás del furgón salió corriendo una persona, estaba viva, ningún zombi se movía así. Rodeó el vehículo para tratar de dejar atrás al muerto de ese lado pero se topó de frente con el otro. No tuvo ninguna oportunidad, el zombi agarró al individuo, una mujer joven, del cuello y se lanzó a morderle salvajemente. Al instante se le unió el otro zombi y entre los dos desgarraron el cuerpo de la pobre desgraciada hasta que dejó de gritar. No me dio tiempo a intervenir y ahora los gritos estaban atrayendo a más seres. Volví a guardar las gafas, juro que intenté alejarme de allí; pero no pude. Algo dentro de mí ser me exigía venganza. Era consciente de que esos seres no eran culpables de lo que acababan de hacer, tan sólo eran víctimas, víctimas de las personas a las que hoy esperaba capturar, víctimas de los dementes que retenían a mi hija y habían acabado salvajemente con la vida de mi esposa, víctimas de los terroristas que habían provocado la destrucción de la Humanidad. Pero daba igual.

  Al tiempo que caminaba hacia los dos zombis desenvainaba la katana. Le estaba cogiendo cariño a esa arma. La lluvia caía ahora con más fuerza. Los dos monstruos continuaban desgarrando a la mujer que aún seguía viva.

– ¡EEH! –el grito les sorprendió a los dos, no me habían sentido llegar.

  Ambos se incorporaron y se dirigieron con sus brazos extendidos al frente, sus manos en garra y sus ojos enfermizamente rojos a por la nueva víctima. El siguiente festín.

  Me planté firmemente en el suelo a esperar su llegada. Eran dos varones, el pelo mojado de uno de ellos se pegaba a su podrida cara y por sus ropas resbalaban agua y sangre de su víctima a partes iguales. El otro llevaba el pelo corto y mostraba un profundo corte en el cuello, diría que se le podían ver las vertebras. Los dos rugían de odio.

  Sentía como aumentaba mi nivel de adrenalina por momentos. Ni ellos ni yo podíamos esperar más. Al primero que se me acercó, con dos movimientos le amputé ambos brazos. Paró en seco mirando como sus extremidades seguían moviéndose en el suelo hasta pararse para siempre. El otro, que no se sintió impresionado por la escena, se lanzó sobre mí. Sus brazos siguieron el mismo destino y su reacción también fue igual.

  Podía haberlos matado, pero quería que sufriesen, quería descargar toda la ira y el odio que acumulaba; en realidad quería vengarme, en su persona, de los que les habían convertido en eso.

  El hecho de no tener brazos no les resultó un impedimento. Salvado el momento inicial de confusión volvieron a lanzarse con la boca completamente abierta hacia mí. Daba la impresión de que las mandíbulas se les hubiesen desencajado.

  Se acabó, ya era suficiente. Con otros dos movimientos del sable sus cerebros se partieron por la mitad y sus cuerpos cayeron a peso como muñecos a los que se les acaban las pilas. El agua que caía diluía por el asfalto la pasta oscura en que se había convertido su sangre.

  Aún quedaba algo por hacer, la peor parte. La mujer que habían atacado seguía viva. Ya era tarde para ella. Estaba condenada. Me limpié el agua de la cara con el brazo. Me miraba a los ojos incapaz de articular palabra, consciente de lo que la esperaba, implorando ayuda. Asentí con la cabeza y con rapidez hundí el sable en su cráneo, al momento su cuerpo se relajó para siempre. Decenas de zombis se acercaban desde varias direcciones. Tenía que seguir. Terminé de rodear la calle y regresé a la Avenida.

  Por fin alcancé el puerto. Delante tenía los pabellones de los diferentes equipos participantes en la Copa América de hacía ya algunos años. Una valla publicitaria avisaba de la celebración del siguiente Gran Premio de Europa de Fórmula 1. Debía haberse celebrado del 24 al 26 de junio, pero eso no ocurrió. Ya no volverían a competir los monoplazas por el circuito urbano de Valencia.

  Seguí corriendo hacia la playa, necesitaba tener una visión clara del puerto para descubrir la posición del barco. Corrí hasta la punta del espigón. Al lado de un parking, en el que tan solo quedaban unos pocos vehículos, había un contenedor como los de los barcos pero acondicionado para su uso como dependencia de mantenimiento. En cada uno de los lados del contenedor habían instalado una ventana. Era el lugar ideal para inspeccionar la zona a cubierto. Probé con la puerta, nada, estaba cerrada con llave. Saqué el machete y probé a forzar la puerta. Al segundo intento cedió con un chasquido. Entré y cerré a mi paso. No llevaba linterna así que me coloqué las gafas para ver bien el interior. El contenedor estaba repleto de cabos, boyas de plástico, latas de aceite y material de lo más diverso. Había linternas, partes de hélices, toldos de embarcaciones, en fin, de todo un poco. Una vez que verifiqué que no hubiese sorpresas escondidas me concentré en buscar la embarcación en el horizonte. La ventana que daba al mar se reveló como un observatorio perfecto para ello.

  Fuera seguía lloviendo. Después de unos minutos buscando algún indicio de la presencia de la embarcación de los chicos vi una luz verde, roja y blanca y, observando mejor, el mástil de un velero, tenían que ser ellos. Tras ajustar las gafas pude distinguir mejor todo el barco. No había nadie en cubierta, las velas estaban arriadas y el ancla echada. Por fuerza tenía que ser mi objetivo.

  El mar estaba ligeramente revuelto por la tormenta. La embarcación debía estar a un kilometro más o menos. Nadar hasta allí iba a resultar un esfuerzo agotador. Me senté en una silla de playa a descansar unos momentos al tiempo que me quitaba las botas y calcetines. Me deshice también de la katana con su funda, de las protecciones policiales, el chaleco y la camiseta. Tan sólo me llevaría la pistola en su funda, y el machete sujeto por el ceñidor del pantalón. No podía precisar ni el momento ni el lugar pero estaba seguro que no era la primera vez que me preparaba para algo así. Sentía mi sangre bombear más rápido y, a pesar del esfuerzo realizado me encontraba preparado para asaltar la embarcación.

  Cuando estuve listo, comprobé que no hubiera zombis en los alrededores, salí asegurando como pude la puerta y me dirigí al mar.

  El trayecto nadando hasta el velero había resultado en efecto agotador y hacerlo con los pantalones empapados aún lo complicó más. Me encontraba agarrado a la cadena del ancla del Fixius, me pregunté el motivo de ese nombre. El mar mecía suavemente el velero. Descansé agarrado a la cadena mientras buscaba una forma de subir al barco. La escalerilla estaba izada y acceder a un velero sin ella era misión imposible. La única opción radicaba en la cadena, escalar hasta la proa por ella. Decidí esperar un rato más antes de acometer el ascenso. El frescor del agua estaba resultando revigorizante.

  En el interior del barco no se oía sonido alguno, aunque eso no era garantía de nada debido al ruido que producía el agua sobre la superficie de la embarcación. Definitivamente no parecía probable que los tripulantes fuesen nuestros perseguidores, pero al menos había llegado hasta ellos yo antes.

  Cuando ya creía estar preparado para comenzar el ascenso el velero se sacudió, algo había golpeado contra él.

  La jornada había resultado muy intensa. Se dirigieron a Valencia para alejarse de Almería y de posibles problemas y ahora resulta que descubren que pueden ser atacados por mercenarios. No sabía que creer. El hecho de haber recibido la comunicación que realizaron desde el CNI días atrás le tranquilizaba un poco, pero los comentarios de éste a cerca de otros hipotéticos perseguidores le preocupaba. Lo había hablado con Thais y ambos estaban de acuerdo. No pensaban encontrarse con esa gente. Al amanecer se largarían de allí.

  Miró a la chica tumbada a su lado. Su respiración era acompasada. Sus pechos, cubiertos sólo por una camiseta, subían y bajaban lentamente a cada inspiración. Esos pechos que poco antes había acariciado.

  Recordó la primera vez que hicieron el amor. La banda del tuerto le había disparado en el brazo. Ella le curó y gobernó el barco hasta que se alejaron de la zona. Fue cuando decidieron dirigirse a Valencia. No solo le cuidó sino que se hizo cargo del velero. Eso supuso un inmenso esfuerzo para ella. Más tarde le relataría todo el incidente ocurrido en el crucero durante su niñez. Como se sentía culpable de la muerte de su hermano y como se propuso mantenerse alejada del mar y de la mayoría de las personas. Al final iba a ser cierto que para superar un trauma lo mejor era enfrentarse a él. Fuera como fuese, la necesidad de gobernar la embarcación le obligó a superar esos miedos al mar, lo de relacionarse con las personas seguramente iría más lento.

  Una noche, cuando ya estuvo prácticamente recuperado, la bala había entrado y salido sin dañar prácticamente nada, tras realizarle la última cura, se sentó a su lado en la cama, se desnudó lentamente mientras él alucinaba observando la belleza de su cuerpo y, apartando la sábana, se tumbó junto a él. Fue una noche maravillosa. Desde ese día, todos habían repetido. Estaba convencido que ella era lo mejor que le había pasado. Se sentía inmensamente afortunado, en ese mundo que había quedado ellos podían ser felices. En ocasiones, creía que esos pensamientos eran obscenos, miserables, indignos, millones de personas habían muerto, entre ellos su padre, otros tantos vagaban por el mundo convertidos en esas bestias asquerosas y él se sentía feliz. Era una sensación contradictoria.

  ¡CLACK!

  Fue un golpe suave, pero lo sintió, algo había impactado contra el casco del velero. Probablemente fuese algún madero a la deriva que el temporal había lanzado contra el barco, pero mejor comprobarlo. Se puso un pantalón corto y una camiseta y se levantó con cuidado para no despertar a Thais. Cuando se disponía a salir se lo pensó mejor y buscó algo con que defenderse, seguían sin tener armas pero un trozo de remo partido, hallado a la deriva hacía unos días serviría. Salió al salón desde la habitación de proa que era la que usaban, era más pequeña que la de popa pero les gustaba dormir abrazados.

  Fuera seguía lloviendo. Cuando terminó de subir a cubierta recibió un violento golpe en la espalda. Cayó al suelo sin entender aún que ocurría. El trozo de remo escapó de sus manos. Sintió como le obligaban a levantarse de los pelos. Lo que descubrió le dejó helado. Había una motora pegada a su barco y cinco individuos en la cubierta del velero. Les reconoció, eran una banda de macarras de Almería, los que habían atacado a Thais y después le habían disparado a él. Se sintió perdido, sabía lo que querían, tenía que avisarla.

– ¡THAAAIIIIS! –Chilló con todas sus fuerzas hasta que uno de los matones le golpeó violentamente en el estómago con el trozo de remo que antes dejó caer. Notaba que el aire le faltaba, no podía respirar.

  Le obligaron a incorporarse de nuevo para enviarle un puñetazo directo a su mandíbula. La visión se le volvió borrosa y vio a Thais salir a cubierta chillando, vestida sólo con la camiseta que llevaba y lanzándose contra el tipo que le sujetaba de los brazos. El tuerto la cogió del cuello asfixiándola. Él no podía moverse, sujeto de los brazos por uno de esos animales y conmocionado todavía por los golpes.

  Otro de las bestias, el que le había dado el brutal puñetazo repitió la operación, esta vez contra la cara de la chica. El golpe le partió el labio y la dejó grogui.

–  No le pegues en la cara ¡IMBECIL! –el tuerto le gritó al tiempo que le lanzaba una patada al que había golpeado a Thais.

  Podía ver como a la chica la tenían que mantener en pie para que no cayera, tal era su conmoción.

–  ¡Hola puta! –volvió a escupir el tuerto dándole la vuelta a la chica, que intentó, sin lograrlo, lanzar un puñetazo a su agresor. Éste le lanzó un bofetón y la herida de su labio se abrió aún más.

–  Seguro que no esperabais vernos ¿Eh? Ahora aprenderéis que no se juega con el Tuerto. Bajadla abajo, vamos a divertirnos, pero antes que vea lo que le va a pasar a su amiguito –se la lanzó a otro de los individuos que aún no había intervenido, éste la cogió por detrás del cuello y comenzó a apretarle las tetas con la otra mano.

–  ¡NOOOOOO! –el grito del joven debió escucharse en toda Valencia.

  Aunque lo intentó no logró zafarse del que le sujetaba. El tuerto se aproximó a él con el palo en alto dispuesto a descargarlo sobre él.

–  ¡NOOOOO! –Gritó ahora la joven– no le hagáis daño, haré lo que queráis, por favor, no…

–  Claro que harás lo que queramos y no sólo hoy, vas a ser nuestra esclava para toda la eternidad, pero a él no le necesitamos, así que –se giró y le asestó un brutal palazo con el trozo de remo en la cabeza. El joven cayó inmóvil al suelo mojado de la cubierta de su velero.

–  Tírale por la borda y tu baja a la puta abajo, vamos a pasarlo bien.

  No supe de qué se trataba hasta que escuché los pasos en cubierta. Alguien estaba abordando la embarcación. Mi estratagema no había dado resultado. Bueno, al menos estaba cerca y contaba con el factor sorpresa.

  Después de los gritos y los golpes que se sucedieron en cubierta tuve claro que los que subieron al velero eran vulgares piratas, no los mercenarios que nos perseguían, eso hacía las cosas más fáciles. Iría a la popa de la motora, por ella subiría fácilmente. Cuando iba a lanzarme a nadar hacia allí sucedió la escena final y vi caer al agua al joven.

  Una vez más esa sensación, ese impulso de no intervenir, de no meterme en algo que ni me iba ni me venía y, al momento la seguridad de que lo haría, volvería a hacer eso para lo que sabía que me habían entrenado, volvería a jugarme la vida, pero, al menos, en esta ocasión me serviría para minimizar algo la frustración que sentía y la sed de venganza que me dominaba.

  Me lancé a bucear a por el chico. La oscuridad bajo el agua era total, si no le sacaba rápido le perdería. Le cogí de la camiseta y tiré de él. Seguía inconsciente. Había tragado bastante agua. Comencé las maniobras de reanimación sujetándome con las piernas a la cadena e insuflando aire por su boca. Cuando ya creía que no lo conseguiría el joven me escupió en la boca un buche de agua salada y comenzó a toser. De su cabeza manaba un reguero de sangre, el golpe debió ser brutal, era un milagro que continuara con vida y además consciente.

  Al momento le tapé la boca, si nos oían estábamos perdidos. El chico tenía los ojos desorbitados pataleaba intentando zafarse de mi presa. Lentamente logré girar su cabeza y aproximar mi boca a su oído para susurrarle:

–  Soy el sargento del CNI. No debes gritar o nos descubrirán. No saben que sigues vivo.

  El chico dejó, al instante de oponer resistencia y se agarró a la cadena del ancla. Fue un alivio, me estaba agotando tener que mantenerlo a flote y además inmovilizarlo.

–  ¿Puedo quitar mi mano? ¿Me has entendido? –el joven asintió.

–  Suéltame, tienen a Thais, la van a violar, tengo que ayudarla.

–  Tranquilo, yo la sacaré de ahí, tú permanece en silencio hasta que te llame. No te muevas de aquí, sólo lograrías que te matasen y probablemente también a ella.

–  Estás loco, eran cinco y había otro al menos en la motora. No podrás con ellos tu solo, te matarán y luego la matarán a ella –intentó ir hacia la popa del velero.

  Le sujeté firmemente por el brazo.

–  Confía en mí, se lo que hago, no es la primera vez. La rescataré sana y salva, pero sólo si no tengo que preocuparme también por ti.

  El chico debió ver ese algo que mostraban mis ojos en estas situaciones, ese algo que ya había visto Laura y los otros. Asintió finalmente con la cabeza.

–  No te muevas hasta que te llame.

  Me sumergí y buceé hasta la popa de la motora. Debía darme prisa. Subí a bordo con la hoja del machete en la boca cual pirata. En la proa de la motora un niñato con unas mugrientas rastas y una botella de whisky en la mano gritaba a sus colegas.

–  ¡Eh! Venid a relevarme rápido, yo también quiero fallármela.

  Fue su último glorioso comentario. Con la mano izquierda sujeté su frente y con la otra le degollé. El machete había comenzado su venganza particular. Deposité con cuidado su cuerpo sobre la proa de la lancha y pasé despacio al velero. Caminé lentamente hacia las escaleras de bajada a los camarotes. La luz interior estaba ahora encendida. Por la claraboya superior podía ver lo que estaba ocurriendo. La joven había dejado de chillar y ahora entendí el motivo. Le habían arrancado la camiseta y se la habían metido en la boca para evitar sus gritos.

  La tenían tumbada desnuda boca arriba sobre la mesa del salón. El tuerto, sentado sobre uno de los asientos situado detrás de ella le tenía inmovilizados los brazos. Otros dos individuos le tiraban de la piernas obligándole a mantenerlas completamente abiertas. Si se contorsionaba demasiado intentando soltarse, el tuerto le daba un fuerte puñetazo en el estomago que la hacía toser y le obligaba a ceder en sus movimientos intentando aspirar algo de aire para no ahogarse.

  En el centro, el primer afortunado con los pantalones y los calzoncillos en los pies se preparaba para violarla.

  Salté al interior del saloncito. Avancé un paso y antes de que se repusieran de la sorpresa clavé el machete en el esternón del capullo del centro. Boqueó intentando sacar la hoja que le sobresalía por el pecho salpicando sangre en todas direcciones. El cuerpo de la chica se puso perdido y otro reguero cruzó la cara del tuerto.

  El resto aún no entendía que pasaba ni de donde había aparecido el tipo que le había clavado un cuchillo a su colega. Un disparo en la cabeza, supongo que por la costumbre de disparar a los zombis, de cada uno de los que mantenían a la chica cogida por una pierna terminó igualando la situación.

  La joven cerró inmediatamente las piernas y se encogió. El único que quedaba, el tuerto, la sujetaba ahora del cuello y presionaba su sien con una Beretta de 9 mm. Fue tirando de ella hasta incorporarla y así cubrir su cuerpo con el de la chica que pugnaba por arrancarse la mordaza de la boca.

  Permanecí en silencio apuntando a la cabeza del tipo. Podía oír su agitada respiración, podía notar su nerviosismo. El tío desnudo con el machete en el pecho todavía continuaba sacudiéndose.

–  ¿Quién eres? ¿Qué quieres? ¿De dónde has salido? –Inmediatamente lo pensó mejor creyendo que su situación era de ventaja por tener a la chica como rehén –Suelta la pistola ahora mismo o la mato.

  Otra vez esa sensación, ese maldito pensamiento, ese click en mi cerebro.

–  Hazlo, mátala, no la conozco; pero te prevengo que ella es la única razón de que sigas vivo. Mátala y yo acabaré contigo igual que hice con tus cuatro colegas, o –escenifiqué una pausa para darle tiempo a pensar– puedes soltarla ahora y te dejaré marchar con vida, tú decides.

  Algo cambió en su expresión, ahora era de completa seguridad, se sentía en superioridad, pero ¿Por qué? Algo de lo que yo había dicho provocó ese cambio, pero no acertaba a adivinar que era.

–  Vale, tu ganas, no dispares –dejó libre a la chica y levantó los brazos pero no soltó la pistola.

  Avancé un paso sin dejar de apuntar a su cabeza y atraje a la joven a mi espalda. Había logrado quitarse la mordaza y temblaba y tosía a partes iguales.

–  Deja el arma en el suelo y te podrás ir.

  El tuerto depositó lentamente el arma en el suelo y la empujó con el pie hacia mí.

–  Mátale, ha matado a Ivan, mátale, no le puedes dejar irse, mátale –la joven estaba histérica, me costaba mantenerla detrás de mí.

–  Has prometido dejarme marchar –el tío tenía una especie de sonrisa entre socarrona, sarcástica y divertida– algo se me escapaba.

–  ¡TIRA LA PISTOLA IMBÉCIL! o mato al cabrón este. Otro mugriento rastafari como el que degollé en la lancha apareció con una pistola en la cabeza sangrante del chico.

  Eso era, por fin entendí la expresión de suficiencia del tuerto. Yo le había dicho que había matado a sus cuatro colegas y él sabía que eran cinco, sabía que quedaba otro con vida. Recordé las palabras del joven: “Estás loco, eran cinco y había otro al menos en la motora. No podrás con ellos tu solo, te matarán y luego la matarán a ella” mi falta de atención había dificultado las cosas, bueno, no sólo eso, estaba claro que en este puto mundo que había quedado nadie obedecía lo que le decían. El chico había decidido subir a bordo y ahora le retenían para obligarme a entregarme.

–  Suelta tú la pistola y te dejaré marchar vivo ¿No fue eso lo que me dijiste? –completamente convencido de su victoria el tuerto se sentó de nuevo, ni siquiera hizo intento de recuperar su arma.

–  Eres un idiota chico, te dije que esperases abajo, pero tuviste que subir y ahora vas a morir porque yo no voy a soltar mi arma.

–  La escuche gritar y tu no me llamabas –un golpe del rastafari en el costado le obligó a doblarse y callar.

  Los acontecimientos se sucedieron muy rápido. La chica intentó abalanzarse sobre el rastafari. Cuando comprendí sus intenciones la empujé y terminó golpeándose contra el fregadero y cayendo al suelo entre ellos y yo.

  El cabrón no pudo ignorar su naturaleza y desvió su mirada hacia el cuerpo desnudo de la chica. Fue suficiente. Se ganó un tercer ojo en la frente para poder verlo todo mejor.

  Giré el arma hacia el tuerto, seguía en la misma posición, pero su expresión ahora si había cambiado.

–  Vale… vale… me… me… me voy… prometiste dejarme marchar si soltaba a la chica –se estaba incorporando lentamente.

–  Mentí –la bala le entró por el parche que le cubría la cara. Cayó hacia atrás, rebotó en el casco del barco y se precipitó sobre la misma mesa en la que pensaban abusar de la chica.

  Todo había terminado. Bajé mi arma y me giré hacia los chicos. El joven protegía con su cuerpo a la chica y me apuntaba con mano temblorosa con la pistola que soltó el rastafari.

–  ¿Quién eres y porqué estas en mi barco?

–  Te dije por radio que vendría a verte ¿No lo recuerdas? –mientras hablaba recuperé el machete del cuerpo donde continuaba hundido, el tipo todavía seguía vivo. Limpié la hoja en sus pantalones bajados y lo guardé en el ceñidor de nuevo, luego me lo cargue a hombros y me dirigí hacia la escalera de salida a cubierta donde aún se encontraban los dos jóvenes.

–  ¿Dónde… Donde coño vas? Quieto ahí, tengo una pistola.

–  No querrás dejar esto lleno de cadáveres ¿Verdad? –el joven se apartó de la escalera y desplazó a la chica sin dejar de cubrirla con su cuerpo.

  Me detuve antes de subir.

–  Escucha, tu novia ha sufrido una experiencia terrible, debes ayudarla, si se da un baño se sentirá mejor. Mientras, yo sacaré esto fuera –subí a cubierta con el cuerpo al hombro y lo arroje por la borda, el mar terminaría de matarlo.

  Cuando regresé abajo la pareja continuaba en el mismo sitio, el chico le había puesto su camiseta mojada a la chica y seguía apuntándome con la pistola.

–  Me dijiste que me llamarías por radio antes de venir, que estarías en el puerto con un perro, me mentiste –el chico parecía a punto de romper a llorar.

–  Escucha hijo…

–  No soy tu hijo, tú no eres mi padre, no me llames más así –la pistola subía y bajaba sin dejar de apuntarme, al final se le acabaría disparando y me daría.

  Con un rápido movimiento le desarmé, saqué el cargador, retiré la corredera y cogí al vuelo la bala de la recámara; luego aparté el cuerpo del tuerto y lo deposité todo sobre la mesa donde antes había estado tendida la chica. Los dos jóvenes todavía estaban preguntándose cómo había pasado la pistola de sus manos a la mesa.

  Me dirigí ahora hacia otro de los muertos. Lo levanté y me lo cargue al hombro.

–  Escucha, hazme caso, que la chica se lave con el agua de uno de los barreños que tienes en cubierta para recoger agua de lluvia, luego se sentirá mejor y podremos hablar.

  Subí a cubierta con el muerto al hombro, los jóvenes salieron detrás a tiempo de ver como lanzaba el cadáver por la borda.

  Después de haber echado todos los cadáveres al mar y terminar de abarloar la motora al velero volví al salón. La chica estaba sentada sobre el mueble fregadero y el chico se esforzaba en limpiar toda la sangre del suelo.

–  Lamento que hayáis tenido que pasar por todo esto, pero la historia todavía no ha terminado. Los mercenarios que nos persiguen vendrán, si es que no lo han hecho ya.

–  Todo esto es culpa tuya –escupió el chico lleno de rabia– si no fuese por ti esto no habría pasado.

–  Escucha hij… escucha chico –rectifiqué antes de que el joven me corrigiese otra vez— yo no he tenido nada que ver con esta gente, venían detrás vuestra, tu brazo presenta un bonito zurcido, vosotros sabréis el motivo por el que os seguían pero algo muy gordo debisteis hacerles para venir desde Almería y…

–  Y ¿Qué hacías tú en el agua cuando todo empezó? También pensabas atacarnos.

–  Utiliza la cabeza chaval, si hubiese querido haceros daño no habría intervenido y no te habría sacado a ti del agua.

–  Iván, déjalo ya, si no llega a ser por él tu estarías muerto y yo… yo… a mi… –rompió a llorar.

–  Vine sin avisaros porque nos vigilan, no quería que se enterasen y se me anticiparan, pero esto aún no ha terminado, ellos vendrán. Saben que preciso un barco y no dudarán en mataros, y ellos sí que son profesionales. Necesito que hagáis todo lo que os voy a explicar al pie de la letra. Si lo hacéis así todo saldrá bien.

  Mientras les explicaba el plan no abrieron la boca, por fin parecía que había logrado captar su atención.

–  ¿Te vas a llevar la lancha a tierra?

–  No, volveré como vine. En el barco sería muy visible. La motora es mejor que la dejéis anclada aquí cuando vayáis al puerto vosotros.

–  ¿Qué nos impide largarnos cuando tú te marches?

–  Nada, ya os he contado todo el plan y el motivo por el que os necesito, pero tened en cuenta que ellos ahora saben de vuestra existencia y os buscarán tenedlo por seguro.

–  Ahora tengo que irme. Nos veremos en tierra.

  Si fuese por el chico, ya estarían a varias millas de Valencia, pero la mirada de la chica revelaba otra cosa. Seguro que había sido ella la que intercedió para venir. Era más observadora y metódica y parecía haber comprendido la situación en su conjunto. Bueno, tanto daba, lo importante era que habían venido. Ahora era necesario permanecer atento para evitar que les pudiese pasar algo.

  Eso era fácil de decir, pero bastante más complicado de realizar, la obligada inmovilidad dentro del contenedor y las pocas horas dormidas hacían que cada vez me costase más mantenerme despierto y alerta.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s