13. Thais

  No podía creerlo, hacía más de un mes que no tenía relación con ninguna otra persona. El último contacto no fue lo que se dice satisfactorio. Tras lograr sobrevivir a los zombis después del holocausto, a punto estuvieron de acabar con ella un grupo de supervivientes. Nunca había llevado bien las relaciones personales. Desde el suceso, simplemente se entendía mejor con su Mac que con cualquier otro ser humano, incluida su familia. Pero no era una cuestión de elección sino de necesidad. Debía conseguir alimentos y bebida así que reunió todo el valor de que disponía y se aventuró a salir en busca de ayuda. Tuvo suerte, o al menos eso pensó al principio, cuando encontró a ese grupo de supervivientes adolescentes como ella. Esa primera impresión cambió rápido cuando descubrió que tres de los tíos se la estaban jugando a los chinos; a ver quien se la quedaba. Como si fuera una chaqueta. Antes de que se dieran cuenta ya se había largado. Se dirigió a la otra punta de la ciudad, para así evitar cualquier encuentro con ellos.

  Desde entonces había evitado a todo ser humano con el mismo ahínco que esquivaba a los zombis. Además tuvo suerte, descubrió el almacén del Supersol, ahí disponía de provisiones indefinidas. Se instaló en un apartamento precioso de la calle de enfrente, un primer piso que le permitía estar a salvo de los muertos, controlar la tienda y escapar por la terraza en caso de que lo necesitara. Así habían transcurrido las últimas dos semanas. Sólo echaba de menos poder enchufar su ordenador a alguna fuente de corriente.

  Sin embargo, parecía que su exigua racha de suerte había terminado. Esa noche pudo observar como un tipo se adentraba en el supermercado. Contuvo la respiración deseando que se largara sin descubrir el almacén. Tras un buen rato vigilando la salida sin verle salir dio por sentado que lo había encontrado; y así fue, más tarde pudo verle escapar con una mochila que apenas podía cargar a la espalda. Bueno, tal vez no volviese; pero no, el cabrón había regresado al poco rato a por más provisiones. Aunque no podía verle bien, parecía joven y se le notaba fuerte, estaba cuadrado, así que la opción de enfrentarse a él quedaba descartada. Si esquilmaba el almacén tendría que emigrar a otro lugar.

  Era la cuarta vez que entraba en el local, no parecía haber tenido ningún percance con los muertos, porque cada vez se iba confiando más, hacía más ruido y tomaba menos precauciones; si aparecía algún zombi tendría problemas.

  Para suerte suya, esa noche, los muertos parecían estar a otra cosa, aunque nunca se sabía, lo mismo no aparecía ninguno que llegaba una interminable procesión de ellos.

  En el tiempo que llevaba en el apartamento había descubierto que el comportamiento de los zombis no era siempre igual. Por las noches parecían estar como dormidos, como en stand by, aunque no tardaban mucho en espabilarse, sólo necesitaban oír algún ruido o descubrir a algún humano. Por el día estaban más atentos, como más receptivos a cualquier estímulo. Puede que viesen mejor que por la noche, como todo el mundo por otro lado.

  Normalmente deambulaban de continuo por la misma zona, pero en ocasiones… Hacía una semana más o menos, se asomó cuidadosa para controlar la calle. Esa noche iba a salir. Pero se quedó sorprendida, por más que buscó, no logró descubrir a ningún muerto. Le extraño tanto que decidió no salir. Al día siguiente tampoco vio a ninguno, ni al otro. Estaba empezando a pensar que tal vez se hubieran muerto o se hubiesen marchado a otra ciudad cuando los vio. Por poco la descubren. Era indescriptible, una marea de muertos vivientes ocupaban toda la calle, parecía una manifestación de los indignados de la Puerta del Sol. Era escalofriante, no chillaban ni gritaban como les había oído hacer otras veces, pero el rumor que producían cientos de pies arrastrándose por el suelo provocaba pánico. No sabía porque actuaban así unas veces y otras de la contraria, pero lo cierto era que no te podías confiar, en un instante no había ningún muerto en la zona y momentos después no quedaba un metro cuadrado sin uno de ellos.

  Era el cuarto viaje y empezaba a encontrarse cansado. Menos mal que no había vuelto a avistar ningún zombi. Era extraño, parecía que hubiesen desaparecido. Mejor, menos problemas. Como ya había terminado de cargar la mochila, abrió una lata de coca cola y dio un generoso trago, lástima no tener un par de cubitos de hielo y un trocito de limón. Levantó la mochila para comprobar su peso. Esta vez le costó más, probablemente las cosas que había cargado eran más pesadas o simplemente el cansancio le pasaba factura. Apuró la lata de refresco y llamó al gato. No sabía cómo se lo iba a llevar, en la mochila no cabía. Lo mejor iba a ser cogerlo en brazos, así se tranquilizarían mutuamente.

  Siguió el mismo ritual para salir; escuchó a través de la puerta, abrió lentamente, volvió a escuchar. Nada. Era su noche de suerte. Avanzó lentamente hacia la salida con el minino en los brazos. De repente se sentí inquieto, se le erizó todo el vello. Era una sensación extraña. Se oía un rumor lejano, como un motor muy grande pero muy lejano, no, era como un zumbido continuo, no, tampoco era eso, era indescriptible. Sentía curiosidad pero era mejor no tentar a la fortuna. ¡Al barco!, esa noche se daría un buen homenaje.

  El rumor cada vez era más fuerte y más envolvente. No era capaz de precisar de donde procedía. Aceleró el paso. Al llegar a la carretera del Cabo se le heló la sangré en las venas. Cientos, que coño, miles de muertos vivientes avanzaban en procesión arrastrando sus pies, ese era el rumor que escuchaba. Pero, ¿de dónde habían salido?, momentos antes no había ninguno. Se giró para volver sobre sus pasos pero era tarde, esa calle también estaba tomada por las legiones zombis. El gato le arañó en las manos y saltó dispuesto a escapar, en segundos le perdió de vista. Se sentía incapaz de reaccionar. Los zombis que iban en cabeza, a medida que le descubrían comenzaban a gritar y a rugir de una forma que le paralizaba por completo, contagiaban su excitación a los demás, que de inmediato aceleraban todo lo que les permitían sus descoordinadas extremidades para alcanzarle lo antes posible. Sin darse cuenta fue reculando hasta la pared, se encontraba completamente ofuscado, no sabía qué hacer, era incapaz de aguantar sus desgarradores quejidos.

  No podía retirar la vista de los muertos que ya le habían seleccionado como nuevo objetivo cuando ocurrió, unas garras fuertes le cogieron por detrás, era el fin, se giró para ver a su verdugo pero sin capacidad para resistirse. La cara sucia de una zombi le observaba.

–  ¡Espabila tío!

  La zombi le estaba hablando.

–  ¿Eres una zombi?

–  ¿Eres gilipollas?

–  ¿Qué? –No entendía.

–  ¿Qué coño te pasa capullo? ¿Es que quieres que nos maten?

–  ¡Yo te conozco! Eres la friki de los ordenadores.

–  Y me llama friki un tío que vive en un barco y se queda alelado mirando cómo se nos vienen encima todos los zombis de Almería.

–  Reacciona de una vez y corre o nos cogerán –Diciendo esto echó a correr Carretera del Cabo hacia arriba.

  La seguí, pero se alejaba rápido, esa chica era muy rápida y él endiabladamente lento. ¿Cómo podía ser? En el instituto solía ganar todas las carreras y era de los más rápidos de su equipo. Por fin la alcanzó, pero porque se paró.

–  Tío, conéctate a la realidad de una puta vez, te he ayudado pero no pienso quedarme contigo a esperar que esos zombis me coman.

–  ¿Y qué quieres que haga? Corres rapidísimo, no puedo seguirte y…

–  Serás idiota, tu también correrías si te quitaras el mochilón que cuelga de tu espalda –y según acabó de decir esto me quitó uno de los tirantes de la mochila.

  Era verdad, estaba fuera de sí, no podía seguir el ritmo de ella porque llevaba la mochila llena de provisiones a la espalda y ni siquiera había pensado en ello. Si no se lo hubiera dicho habría seguido corriendo hasta que algún muerto más rápido le hubiese cazado. Tenía que concentrarse o sería alimento para zombi.

  Sin ningún peso a la espalda su velocidad aumentó y los dos se desplazaban al mismo ritmo. La horda zombi les seguía por detrás y por arriba, era como si les fuesen empujando hacia el mar. En ese momento lo vio claro y frenó en seco sujetando del brazo a la chica

–  ¿Qué te pasa ahora?, ¿Te cansas?

–  Tenemos que ir al puerto, hacia el mar, los zombis no pueden nadar, no podrán seguirnos –expliqué mientras volvía a correr con ella de la mano.

–  Y ¿Qué haremos cuando nos cansemos?, tarde o temprano tendremos que volver a la orilla y ellos nos estarán esperando para atraparnos, no se irán mientras nos vean, nunca abandonan y al final nos cogerán.

–  No me has entendido, nadaremos hasta el Fixus, está fondeado en la entrada al puerto. Desde los últimos pantalanes no habrá más de media milla, unos quinientos metros –explicó al ver su cara.

–  Nadar nunca ha sido mi fuerte, creo que paso. Seguiré adelante y seguro que encuentro algún escondite hasta que los zombis se calmen –dijo sin mucha convicción soltándose de su mano— Tú vete a tu barco.

  Hablaban al mismo tiempo que corrían, así que cada vez boqueaban más, ninguno habían hecho ejercicio en todo este tiempo y su estado de forma no era el más adecuado.

–  No podemos separarnos. El barco es el lugar más seguro, te lo prometo, los zombis nunca nos alcanzarán en él, además nos permite desplazarnos por toda la costa en busca de provisiones –insistió el joven.

–  No me gustan los barcos, no son para mí, ya te lo he dicho, prefiero tener los pies en el suelo. Además, la idea de compartir un espacio tan reducido contigo tampoco me mata –concluyó mientras se apretaba el costado dolorido por el flato pero sin dejar de correr.

–  Escucha Thais –conocía de sobra su nombre— no puedes… ¿Estás bien?¿Porqué paras?

–  Mira, están por todas partes, no podemos seguir. ¡Joder! Es como si en verdad nos empujasen hacia el mar.

  Era cierto, parecía como si los zombis se hubiesen puesto de acuerdo para cercarnos obligándonos a dirigir nuestros pasos hacia el mar. Pero eso no era posible, los zombis no pensaban, no tenían conciencia colectiva, no se organizaban; sin embargo la realidad se imponía y cada vez los teníamos más cerca. Por tierra no teníamos escape.

–  Thais dile a tu hermano que nos deje en paz, viene todo el rato detrás de nosotras y nos molesta.

–  Pero no puedo hacer eso, mis padres me han dicho que le cuide y no puedo dejarle solo.

–  Pues si él viene no queremos que vengas tú.

 

  No podía dejar que se fueran sus amigas.

 

–  Currito, quédate aquí, no quiero que vengas con nosotras, juega tu sólo por ahí.

–  Ya le he dicho a mi hermano que no viniera. ¿A que jugamos?

–  Vamos a bailar con los de animación, venga corred.

 

  A los pocos minutos la sirena del gran crucero en el que pasábamos unos días en verano, sonó con enorme estruendo y el barco comenzó a perder velocidad. El personal de la tripulación corría en todas direcciones. Notó como una mano le cogía por detrás.

 

–  ¿Dónde está tu hermano Thais?

 

  El peor de los presentimientos le invadió y se fui poniendo blanca como la cera.

 

–  Thais, contesta, ¿Dónde está Currito?, estaba contigo –su padre le apretaba el brazo hasta hacerle daño.

 

  Por más que varias parejas de buzos estuvieron buscando el cuerpo del pequeño no lo hallaron. Su hermano había caído al agua por su culpa, por dejarlo sólo para irse a jugar con unas estúpidas niñas que acababa de conocer en el crucero el día anterior. Sabía que no fue culpa suya, era una cría, no podía ser responsable de cuidar a su hermano, sólo cuatro años menor que ella; al menos eso es lo que intentó que comprendiese el sicólogo al que tuvo que visitar durante cuatro años.

 

  Su madre no se lo reprochó ni una sola vez, se sentía aún más culpable que ella, pero su padre, su padre era otra cosa, le dijo específicamente que no se separase de Currito, que no le dejara sólo. Le culpaba por ello, sin poder evitarlo le hacía responsable y, por adhesión, también a su madre, el crucero había sido idea de ella.

 

  El matrimonio de sus padres se rompió. Y ella se prometió dos cosas:

            La primera que nunca volvería a dejar que ninguna persona influyese en sus decisiones, lo que le alejó de todo el mundo, no quería relacionarse con nadie. Sólo encontró algo de paz en el código, casi sin darse cuenta se convertí en una reputada y anónima hacker. Le resultaba fácil al no tener que relacionarse con otras personas de manera directa y programar era tan fácil. Así se fue encerrando en su propio universo hasta que la pandemia zombi se lo volvió a abrir.

            La segunda fue que nunca más volvería a bañarse en el mar ni a subirse a ningún barco, y hasta ese día lo había cumplido a rajatabla. A pesar de vivir en Almería no volvió a pisar la playa ni a disfrutar del mar.

–  Thais ¡joder!, ¿Qué te pasa? ¿Dime algo? Cada vez están más cerca. ¡A la mierda!

  Cogió a la chica de un brazo y tiró de ella hacia el pantalán más próximo. Parecía en trance pero no oponía resistencia, así que consiguieron llegar hasta el borde sin que los zombis les alcanzaran.

–  Escucha, no sé qué es lo que te pasa, pero tenemos que saltar y llegar al velero, si permanecemos aquí moriremos. Piensa en tu familia, en tus padres, ellos no querrían que acabases de esta forma, no sin luchar hasta el final.

  De pronto pareció salir del trance en el que se encontraba y asintió con la cabeza.

–  Vale, lo haré.

–  Salta al agua y procura no sumergirte demasiado. Una vez dentro, nada todo lo rápido que puedas hasta llegar a la bocana de entrada. Allí podremos descansar. ¿Entiendes?

  Volvió a asentir y sin pensarlo más saltó al agua.

  No le había dicho nada, pero en el fondo de las aguas del puerto debía haber decenas de zombis caminando o buceando o lo que quiera que hiciesen esos bichos debajo del agua. La profundidad era de entre dos y tres metros, no sabía que harían si algún zombi les agarraba desde el fondo.

  Thais había saltado en bomba y… no salía. Se lanzó al agua a por ella. Al sacar la cabeza la descubrió ya fuera, su cara era una máscara de una mezcla de miedo y dolor.

–  ¿Estás bien?, sabes nadar ¿verdad? Thais…

–  Hace años que no nado pero haré lo que pueda.

–  Vale, tranquila, yo iré detrás de ti, si necesitas ayuda yo te llevaré, pero vámonos ya por favor.

  Sólo de pensar que uno de esos bichos tirase de nosotros hacia abajo se me agarrotaban todos los músculos.

  Avanzábamos muy despacio, a Thais parecía costarle un gran esfuerzo cada brazada, no llevaba bien la respiración y de vez en cuando tragaba agua y rompía a toser. Los zombis estaban tomando el puerto por todas partes. Habían llegado hasta el espigón de entrada a la bocana. La luz verdosa que en otro tiempo indicara su posición a las embarcaciones que se aproximaban, iluminaba ahora a los muertos, que como espectros fantasmales iban llegando hasta ella. Avanzaban por el camino de acceso al pequeño faro, caminaban por las rocas apiladas para fortalecer el espigón de los embates del mar. Los que se arrimaban al borde eran irremisiblemente empujados por el resto y enviados al fondo. Le recordaron a esas máquinas de monedas que se movían en cascada empujando abajo a las que estaban más al borde. Pero a los zombis eso no les amedrentaba y no dejaban de acudir más y más, y lo seguirían haciendo mientras pudieran detectarles y tuvieran la esperanza de atraparlos.

  Acababan de pasar el espigón que tenía situado el faro de entrada cuando Thais volvió a parar y comenzó de nuevo a toser como loca, había tragado agua otra vez, pero ahora sus fuerzas estaban al límite y empezó a patalear.

–  Tranquilízate Thais, estate quieta y yo te arrastraré.

  Pero ella no escuchaba, tenía un ataque de pánico, creía que se iba a ahogar y no dejaba de patalear, hundirse y volver a la superficie, y con eso cada vez aumentaba más su cansancio

  Una de las veces que volvió a salir a la superficie, entre violentos ataques de tos consiguió cogerle la cabeza desde atrás e intentó arrastrarla con la típica maniobra de socorrista, pero sin concederle tregua se giró y se abrazó a él. Tuvo que patalear también para que no le arrastrara al fondo con ella.

–  ¡Thais!, ¡Thais!, para Thais, suéltame o me ahogarás.

  Estaba en estado de shock y no le soltaba, cada vez le era más difícil mantenerlos a los dos a flote y cada vez se encontraba más agotado. Tenía que hacer algo rápido o los dos se ahogarían.

  Recordó una de las múltiples veces que salió a navegar con su padre, estaban en una cala de Formentera. Uno de los pasajeros de un Yate próximo comenzó a gritar en el agua. Era un tipo gordo y grande, le había dado un tirón y se iba al fondo, actuaba exactamente igual que Thais. Su padre se tiró al agua a por él. Cuando llegó a su lado intentó que se relajara para poder arrastrarlo a su embarcación, pero, por el contrario, el tipo gordo consiguió agarrarse a su cuello impidiéndole nadar, los dos se iban al fondo. Su padre logró soltarse el brazo derecho y le propinó, sin pensarlo mucho, un tremendo puñetazo en el mentón. El tipo cayó inconsciente al instante y por fin logró arrastrarlo hasta el velero.

  Él no se creía capaz de hacer lo mismo, no sabía atizar de esa forma y no quería pegar a Thais. Una última embestida hizo que los dos se fueran al fondo, no podía hacer fuerza para salir a la superficie, ella no le dejaba. Se ahogaban. Al notar que no tenía salida y que no podía respirar, la chica intentó subir por su cuenta y por fin le soltó. Salió y respiró más profundamente que en toda su vida, los pulmones le abrasaban. Pero la chica no salía. Hizo un par de inspiraciones más y se volví a sumergir. Se estaba yendo al fondo, la descubrió al tacto, por lo que aún se movía, ya que no se veía nada. La cogió de la cabeza por debajo de sus brazos y pataleó para subir a la superficie, al llegar, volvieron a respirar profundamente. Le dio la vuelta y le pasó el brazo por debajo del cuello. Una vez que comenzó a arrastrarla y vio que no se hundía se fue relajando hasta quedar completamente inmóvil y dejarle hacer.

  La luz del Fixius cada vez estaba más cerca y el chico cada vez se encontraba más exhausto. Por fin alcanzaron la cadena del ancla. Los dos se agarraron y descansaron un rato, hasta recuperar las constantes respiratorias. Después nadaron hasta la popa y subieron por la escalerilla. El joven se dirigió a la proa y se dejó caer completamente agotado. Sentía un profundo mareo y el cansancio más absoluto. No notó que Thais se aproximara, sólo la sintió cuando le cogió la mano.

–  Gracias –se tomó un tiempo para continuar– pero ya te dije que el mar no estaba hecho para mí. Debiste dejarme en tierra.

  Él no tenía ni fuerzas ni ganas de contestar. Permaneció en silencio, observándola. Había cogido una toalla y se secaba el pelo. La recordaba con una bonita melena rubia, claro que de eso hacia ¿Cuánto?, ¿Cuánto hacía? Fue el día en que ambos tomaron la Primera Comunión, tendrían unos ocho años. Iban a colegios distintos y coincidieron en la celebración en la Parroquia de Santa Teresa de Jesús. Después de eso la había visto en varias ocasiones, siempre sola, algo le había cambiado, vestía diferente y se dejó el pelo muy corto. Oyó que su hermano había muerto y que a ella le había afectado enormemente. Pero nunca pudo olvidar su precioso rostro ni su brillante pelo rubio.

  Se encontraba algo más recuperado así que decidió levantarse.

–  Vamos a mi camarote, te dejaré algo de ropa seca para que te cambies.

–  No pensarás que me voy a poner tu ropa ¿Verdad?

–  Escucha, estás mojada, no puedes quedarte así, tienes que ponerte algo seco.

–  Estamos en verano, así estaré más fresca.

–  Como quieras –seguía sin fuerzas ni ganas de discutir– En la cocina tienes de todo, bueno, de todo lo que me queda; coge lo que te apetezca. Me voy a cambiar y dormiré en la proa. Tú puedes dormir en el camarote que quieras.

–  No pienso meterme en tu cama –soltó con una mezcla de insolencia e indiferencia.

  Cuando volvió a subir a cubierta seguía sentada en la misma silla y con toda la ropa chorreando. Le dejó la ropa seca que creí que le iría bien y cogió una toalla seca para taparse de madrugada, cuando refrescara algo.

–  Hasta mañana –no le contestó. Continuaba en la silla y se apretaba las rodillas contra el pecho.

  Abrió los ojos, la cara le quemaba, miró el reloj de su muñeca, eran las 10:56, se desperezó y acudió a la popa, Thais ya no estaba allí. Una sensación de inquietud le recorrió todo el cuerpo, se asomó a los camarotes y la encontró totalmente dormida en el de su padre. No se había puesto la ropa que le dejó, se había limitado a quitarse la suya mojada, así que ahora se encontraba tumbada boca abajo totalmente desnuda. Estaba preciosa, se resistía a dejar de mirarla, pero si despertaba y le pillaba ahí se liaría. Volvió a cubierta intentando hacer el menor ruido posible.

  Era la chica más bonita que había visto nunca, bueno, a decir verdad, era la única que había visto desnuda tan de cerca y en su barco.

  Cogió los prismáticos que permanecían colgados del timón y oteó el horizonte. La multitud de zombis de la noche anterior había desaparecido. Ya sólo se veían engendros aislados pero nada que ver con la manifestación de ayer. Algunos de ellos aún continuaban caminando por el espigón. Buscó la zodiac neumática. Respiró aliviado al comprobar que todavía continuaba en el mismo sitio, parecía intacta. Si todo iba bien esta noche iría a recuperarla.

  No podía quitarse de la cabeza la visión de Thais desnuda sobre la cama, sería mejor que se diera un chapuzón a ver si se refrescaba. Se desnudó y se lancé al agua. Estaba estupenda.

  Había oído un chapoteo, no podía ser. Se incorporó. Estaba en… ¡joder! Estaba en el barco del friki. Recordó toda la odisea del día anterior y sintió como se le ponía piel de gallina. Se frotó los brazos para calmar el escalofrío. Había mantenido su orgullo y no se había puesto la ropa que le dejó. Miró hacia la ventanita, serían más de las diez. Buscó por la pared y encontró un reloj colgado. En efecto, eran las 11:06. Un momento, lo que había oído antes era el ruido de Ivan al tirarse al agua. Se había despertado antes y seguramente se habría asomado a la ventanita; o sea, que la había visto desnuda. ¡Joder!

  Subió corriendo a cubierta. El friki estaba nadando, se había alejado unos cien metros. Cogió los prismáticos colgados del timón y le buscó. Le costó enfocarle, pero al final lo consiguió. Llevaba buen ritmo, parecía acostumbrado a hacer eso todos los días y, vaya, vaya… bajó los prismáticos y buscó por cubierta, si, se bañaba desnudo, su bañador estaba tirado en la proa. El regreso iba a resultar divertido. Bajó a la cocina y buscó algo para beber. Tomó un zumo de melocotón y corrió a sentarse frente a la escalerilla. Mientras volvía exploró la costa, aún se veían zombis, pero eran individuos o grupos aislados. Parecía como si lo que fuese que les había obligado a agruparse hubiera cesado.

–  Hola Thais, ¡buenos días! –Iván se hallaba agarrado a la escalerilla, dentro del agua.

–  Hola, ¿te ha gustado la vista? –preguntó sin poder disimular una pícara sonrisa en sus labios.

–  Claro, hace un día precioso y parece que los zombis se han dispersado, así que lu…

–  No, me refiero a si te gustó lo que viste al asomarte al camarote. ¿Te gustó? –el color que cogió su cara de repente solo confirmó lo que sospechaba.

–  A ver, no te espiaba, tan sólo me asusté al no verte y bajé a confirmar que no te hubieras marchado.

–  Ya, pero no me has contestado, ¿Te gustó?

–  Si, me gustó, siento haberte observado, de verdad.

–  Si, vale, seguro.

  El continuaba agarrado a la escalerilla.

–  ¿Vas a quedarte ahí todo el día? Te vas a arrugar como una pasa –dejó el brick del zumo vacío en el suelo y se acomodó en el respaldo de la silla.

–  ¿Puedes alcanzarme una toalla? O mejor, el bañador, alcánzame el bañador, por favor.

–  No, si quieres la toalla o el bañador tendrás que cogerlos tu solito –la expresión de la chica era de lo más divertida.

–  A ver Thais, estoy desnudo, ¿Quieres pasarme el bañador y dejarte de chorradas?

–  No, no quiero.

–  ¿Crees que por que estés tu ahí no voy a salir?, ¿Crees que me da vergüenza?

–  No sé, ¿Te da?

  Iván tomó impulso y salió del agua subiendo a cubierta. En lugar de coger la toalla colgada en la silla al lado de Thais, echó a andar hacia la proa y se puso lentamente el bañador. Después regresó junto a la chica.

–  Que, ¿Te ha gustado? –preguntó al llegar junto a ella sin poder ocultar una sonrisa.

–  No te vengas arriba que todo es muy normalito.

–  Muy graciosa.

–  Como ya se acabó el espectáculo, me voy al baño –y con las mismas hizo intención de bajar.

–  ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¿Dónde vas?

–  Al baño, a mear.

–  No podemos usar el baño, no hay agua corriente para limpiarlo y la del mar lo acabaría por averiar. El baño ahora es el mar, ¿Por qué crees que me tiré sin ropa? –la cara de ella cambió de color y la de él mostró una amplia sonrisa.

–  ¿No pretenderás que me tire al mar desnuda a hacer mis cosas?

–  Es difícil hacer “esas cosas” con la ropa puesta, pero tú misma.

–  Y tú mientras te sentarás a contemplar el espectáculo ¿No?

–  Verte mientras haces “tus cosas” no creo que sea ningún espectáculo, pero no, voy a prepararme algo para desayunar –y diciendo esto se dirigió a la cocina.

  Se desnudó todo lo rápido que pudo y entró en el agua desde la escalerilla, no sin antes asegurarse de dejar, a mano, su ropa y una toalla. El contacto del agua de mar en su piel seguía provocándole una sensación extraña, el agua estaba caliente, resultaba agradable, pero aun así le traía demasiados recuerdos y todos dolorosos.

  Cuando volvió a entrar en la cocina el aroma a café lo envolvía todo. Se encontró a Iván sentado en el sofá con una taza en la mano.

–  ¿Tengo yo café?

–  Claro –y levantándose le sirvió una taza.

  Ella la cogió entre las manos y disfrutó el delicioso aroma. La transportaba a su casa, allí siempre había una cafetera preparada, pero de las de fuego, nada de cápsulas ni rollos de esos.

–  Antes vi una radio, ¿Funciona?

–  Si, funcionar funciona, pero como comprenderás no se oyen muchas conversaciones. Aunque bueno, hace unos días, una semana, menos creo, recibí una llamada de alguien que…

–  ¿Te buscaban a ti? ¿Quién era? ¿Era la Policía? ¿El Gobierno? ¿Pudiste hablar con ellos? –interrumpió, por primera vez ilusionada la chica.

–  No, no iba dirigida a mí en concreto. En principio intentaban contactar con el buque Castilla.

–  ¿Y lo consiguieron? ¿Hablaron con ellos? ¿Estaban vivos? ¿Tú no pudiste hablar con ellos? –no podía permanecer callada y volvió a interrumpirle nerviosa.

–  A ver Thais, si me dejas te lo contaré todo –sonreía divertido.

–  Se identificaron como militares del CNI, como te digo, intentaban enlazar con el Buque Castilla, que es un barco Hospital del Ejército Español, lanzaron varios mensajes durante una media hora, era la voz de una mujer, pero no recibieron respuesta.

–  ¿No intentaste hablar con ellos?

–  Claro que intenté hablar con ellos, pero no me recibían, sus medios de transmisión probablemente alcancen toda España, incluso más, pero el alcance de mi radio es de unos pocos kilómetros.

–  Nadie respondió, no puedo creerlo. Pero podríamos ir al CNI, ahí nos ayudarán ¿No?

–  Yo no he dicho que nadie respondiese, de hecho, el Buque Castilla les recibió, pero no consiguió enlazar.

–  Pero, ¿Cómo puede ser, esos barcos militares deben tener buenos sistemas de comunicaciones? ¿No?

–  Si, de hecho creo que fue un problema de coordinación.

–  ¿Qué quieres decir?

–  Creo que cuando el barco respondió, en el otro lado, en el CNI, ya no estaban a la escucha. Verás, en un momento dado, mientras la mujer estaba transmitiendo, un hombre le dijo algo de unos niños, tenían abierto el micro, así que se oyó todo. Ella le dijo al militar, al que llamó sargento, que no podían salir de allí, luego cerraron el micro.

–  Bueno, pero al menos podemos ir al CNI.

–  No, lo lamento, al poco de cerrar el micro volvió a intentar hablar con el Castilla y dejaron claro que iban a salir los dos del CNI y que esas instalaciones YA NO ERAN SEGURAS.

–  ¿Dos? ¿Sólo había dos personas? ¿Cómo puede ser? Se supone que contaban con más medios que nadie.

–  Sabes lo que es el CNI ¿Verdad? –preguntó él ingenuamente.

–  Si, casi tuve un encuentro con ellos por realizar una visita sin autorización.

–  ¿Has estado en el CNI? –preguntó completamente sorprendido y admirado el joven.

–  Personalmente, no, pero burlé su cortafuegos y casi logro entrar en su sistema.

–  No me lo puedo creer, eres una pirata informática. Sabía que eras rara, pero ¡joder! Y ¿Qué pasó? ¿Te pillaron?

–  No, mi madre entró en ese momento a decirme que apagara el ordenador y fuese a cenar. Fue en los momentos iniciales del ataque terrorista. Quería saber que estaba ocurriendo. Dejé el ordenador interceptando correos y me fui a cenar. Cuando volví de cenar tenía un mensaje en pantalla que me comunicaba que me habían detectado y que iba a ser detenida por terrorismo informático. Me acojoné mogollón, pero al final no apareció nadie. Supongo que ya no disponían de efectivos para andar buscando hackers, con los zombis ya tenían suficiente. Esa ha sido mi relación con el CNI –terminó solemnemente.

  El chico permaneció callado, procesando la nueva información sobre la joven.

–  Y con el barco ¿tampoco pudiste hablar? ¿Dijeron donde se encontraban?

–  No, mi radio no tenía el alcance necesario, estaban demasiado lejos, dijeron que se encontraban en alguna parte del Océano Atlántico, pero no precisaron su posición exacta, sería un milagro encontrarles, además con este barco no podemos alejarnos excesivamente de la costa; o sea, me quedé como al principio.

–  No exactamente –corrigió Thais– ahora sabemos que en Madrid hay más personas vivas, además son militares, y el barco Castilla también sobrevivió.

–  De momento de poco nos vale, aunque supongo que sí que son buenas noticias.

  Sin darse cuenta habían terminado sus tazas de café. Y se quedaron un momento callados, contemplándose el uno al otro.

  Iván subió a cubierta y Thais le siguió. Cogió los prismáticos y volvió a otear la orilla.

–  Ya no se ven tantos zombis, todo está como antes de que apareciesen agrupados en manada, hay grupos pero están dispersos. Esta noche iremos a por los víveres que saqué del almacén.

–  Yo no pienso ir nadando hasta allí ya…

–  Iremos en la moto de agua –le interrumpió esta vez él— ataremos la zodiac con un cabo y la remolcaremos hasta aquí. Ni se enterarán que andamos por allí, en media hora estaremos de vuelta –sonrió y fue a revisar las velas.

  La chica no tenía intención de volver al velero. Una vez en tierra se marcharía a su piso frente al almacén. No podía vivir en el barco. Todo en él le recordaba lo que ocurrió. No, no volvería. Le sabía mal por Iván, no decirle nada le haría sentirse traicionado, pero tampoco quería que le impidiera desembarcar. Le estaba empezando a tomar afecto pero, simplemente no era capaz de vivir en un barco.

  Fue un día muy agradable que transcurrió demasiado rápido. Había llegado la hora. Iván le había explicado lo que harían. Era fácil. Con la moto acuática llegarían en pocos minutos y prácticamente sin hacer ruido; una vez allí, él se tiraría al agua (no hacía falta que ella se bajara), atarían un cabo a la zodiac y la remolcarían hasta el velero. Con los víveres rescatados podrían aguantar varias semanas. Estaba exultante.

  Todo transcurría como él lo planeó. Enseguida llegaron a tierra. Los zombis no parecían haberlos detectado. Se dejó caer lentamente al agua y anduvo hasta la orilla tras el chico.

–  ¿Qué haces aquí? –Se sorprendió el joven— No hacía falta que te mojaras –susurró en voz baja.

–  Iván, escucha. No voy a volver al barco –pudo comprobar cómo sus palabras cayeron como un mazazo sobre el chico.

–  Pero, ¿Por qué? ¿He hecho algo malo? ¿Estás enfadada? No puedes irte, no puedes –sin darse cuenta estaba levantando la voz.

–  Lo siento Iván, no eres tú, soy yo, hay algo que no te he contado y que me atormenta. No puedo permanecer en ningún barco, sencillamente no puedo.

  Se soltó de sus manos y echó  a andar tierra adentro. Iván permaneció contemplando como desaparecía de su vista, siguió observándola hasta que dejó de distinguir su figura, luego se sentó en la arena de la playa.

  Se resistía a quedarse sólo otra vez, los últimos meses habían sido muy duros, demasiado duros, no se veía capaz de volver a hablar solo o con un retrato de su padre. Tenía que hacer algo, si Thais no quería vivir en un barco, tal vez era el momento de volver a pisar tierra definitivamente, aunque esa tierra estuviese llena de putos zombis. Al menos tendría compañía. Calor humano. Las personas no estaban hechas para estar solas.

  Se levantó con decisión. Iría con ella, si no quería volver al mar, el permanecería en tierra. En el barco le había dicho, en algún momento, que vivía en un piso frente al Supersol. No especificó cual, pero daba lo mismo, si era preciso iría llamando a todas las puertas de todos los portales de la calle.

  Echó a andar hacia el supermercado despacio, estaba muy alterado y no quería que un descuido acabase con su aventura.

..

  Había sido una decisión difícil, le hubiera gustado permanecer con el chico, pero vivir en el barco no era posible, y hacer que él abandonase la seguridad del velero para instalarse con ella en una tierra de lo más peligrosa, era algo que no quería pedirle, era demasiado.

  Ya estaba frente a su portal, había llegado a él sin darse cuenta, como cuando uno va conduciendo y sin saber cómo ha sido, ni por donde ha ido, se encuentra con que ya está en su destino. Mal hecho, en el mundo actual eso podía costarte la vida, se esforzó por concentrarse en su entorno. No se divisaban zombis cerca, introdujo la llave en la cerradura de su portal mientras trataba de ver lo más lejos posible, la puerta estaba cerrada pero nunca se sabía de dónde te podía salir un muerto.

  Entonces lo sintió, algo le agarró de su pelo mal recortado y la obligó a retroceder; un comportamiento raro para un zombi. Entonces le vio, no era ningún engendro, era uno de los cabrones de los que tuvo que escapar. El golpe que recibió con el cañón de la pistola que empuñaba la hizo caer conmocionada al suelo.

–  Hola zorra, te hemos estado buscando.

  Se encontraba mareada. No sabía cómo pero la habían encontrado, seguramente por pura suerte, mala suerte por supuesto, el adolescente venido a más le apuntaba con su pistola a la cara. Sin poder evitarlo, recibió una tremenda patada en el estómago, luego otra en la cabeza, que ella intentaba protegerse como podía. Ya no sabía que cubrirse, la cabeza o el estómago. El niñato jadeaba y sonreía mientras guardaba la pistola entre el pantalón y su espalda y tomaba impulso para asestarle le siguiente patada.

  El palo le alcanzó en el hombro izquierdo. Había esperado el momento en que el cabrón que golpeaba a Thais dejase de apuntarla y lanzó el golpe con todas sus fuerzas dirigido a la cabeza del macarra. El impacto no fue preciso y le alcanzó en la clavícula que debió partirse, a juzgar por el chillido que soltó; pero seguía vivo y consciente y tenía su arma a la espalda. Tumbado boca arriba en el suelo se incorporó ligeramente y dirigió su mano derecha en busca de la pistola. Iván volvió a golpearle con todas sus fuerzas, esta vez en la rodilla, se pudo escuchar el alarido de dolor que soltó mientras se olvidaba del arma y dirigía, como podía, sus manos a la rótula machacada.

  Thais había aprovechado el momento y ya se encontraba en pie, aunque algo tambaleante. Podía notar como el ojo izquierdo se le inflamaba por momentos, ese salvaje casi se lo revienta. Iván le cogió de la mano y tiró de ella.

–  ¡Vamos! Tenemos que largarnos –ambos echaron a correr en dirección a la playa.

  Ya se empezaban a oír gruñidos de zombis atraídos por el fragor de la lucha y de fondo, se produjo un disparo, que sólo escuchó Thais.

–  Corre más rápido ¡Nos está disparando!

  Los dos continuaron corriendo todo lo deprisa que podían unidos de la mano. Al llegar a la esquina del muro donde Iván mató a su primer zombi se encontraron con un grupo de tres muertos que iban, tambaleantes a su encuentro. No podían pararse a pensar, se soltaron de la mano y cada uno fue por un lado. Thais logró sortearlos sin que llegaran a tocarla, Iván armó el palo y se abrió paso reventando la cabeza del que le acosaba por la izquierda. Una vez les sobrepasaron volvieron a cogerse de las manos. Alcanzaron la playa sin más sobresaltos e inmediatamente Iván saltó sobre la moto de agua. Mientras arrancaba, la chica subió detrás y se agarró a su cintura. Una vez noto sus brazos rodeándole, sin decir nada más aceleró a tope la moto.

  Frente al Supersol, un grupo de personas salieron a la calle atraídas por el ruido del disparo. Llegaron a tiempo de ver como dos personas huían y el idiota de Miguel les intentaba volver a disparar. La patada que le dio el tuerto le hizo soltar el arma.

–  Eres imbécil –estalló. Vas a lograr que todos los zombis de Almería nos persigan. Te dije que no disparases. Sólo tenías que vigilar y cuidar nuestro culo mientras sacábamos provisiones.

–  Era la chica que se nos escapó, la zorra que estábamos buscando.

–  Y ¿Por una chica te has liado a tiros?

–  Le ha ayudado un tío, me ha golpeado a traición con un palo, creo que me ha roto la clavícula y la rodilla.

–  ¿Quién era ese tío? ¿Pudiste verle? ¿Le conocías?

–  No, no le conocía –casi escupió las palabras Miguel mientras intentaba levantarse.

  Los zombis ya se aproximaban.

  El tuerto recogió la pistola de Miguel y se la guardó en la cintura.

–  ¿Qué haces? Dame mi arma.

  El tuerto y los demás se quedaron mirándole.

–  ¡Vamos! Aún podemos alcanzarles –siguió Miguel.

–  Tú no vas a ninguna parte, mírate, tienes rota la rodilla. Eso, en este mundo, es una sentencia de muerte. Sólo sirves como cebo para los zombis y eso es lo que vas a ser —acto seguido, el tuerto le pegó un tiro en la rodilla sana, Miguel cayó al suelo entre alaridos de dolor.

  El resto de la banda, con el tuerto a la cabeza, echó a correr dirección a la playa mientras los zombis se cebaban con Miguel.

  En el mar, los dos jóvenes fugitivos habían llegado ya al Fixius. Iván subió a bordo y ayudó a subir a Thais. Cuando estuvieron arriba, a salvo, ató firmemente un cabo a la moto para no perderla.

  Thais se abrazó al chico.

–  Qué sudor más pegajoso tienes chaval,…joder Iván, es sangre, te han dado, ese cabrón te ha dado.

  Una vez que la adrenalina volvía a su nivel, el chico iba encontrándose peor. Consiguió cogerse al timón para no caer a peso, pero termino en el suelo. Thais se acercó con una linterna intentando buscar la herida. La localizó en el brazo derecho, había dos agujeros, por lo que supuso que la bala había salido. La herida no sangraba a borbotones lo que indicaba que la arteria no se había visto afectada. Buscó una cuerda y le aplicó un apretado torniquete. El joven cada vez estaba más blanco. Llevaba tiempo sangrando, a saber cuánta sangre había perdido.

–  Thais, tenemos que irnos, esos tíos nos habrán descubierto, en cuanto encuentren un medio para hacerlo vendrán a por nosotros. Debes gobernar tu el barco, sube el ancla, pon el automático y vámonos a… —no pudo continuar y perdió el conocimiento.

  Thais depósito suavemente su cabeza en el suelo, la herida ya apenas sangraba pero había que desinfectarla y coserla. No tenía claro si sabría hacerlo, pero lo que más le aterrorizaba era el hecho de tener que hacerse cargo ella del control del velero. Dudaba entre terminar de curar a Iván o salir de allí lo más rápido posible. El chico tenía razón, era cuestión de tiempo que esos bastardos les siguieran.

  En la arena, diez pares de ojos observaban como la luz del mástil de un velero se iba alejando, haciéndose cada vez más pequeña.

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