12. Fixius

Era una puesta de sol preciosa. Podía recordar perfectamente la primera vez que su padre le llevó a contemplarla. Tenía seis años. Era verano. Navegaron toda la tarde del viernes desde Almería hasta el Peñón de Salobreña. Echaron el ancla cerca de él y se bañaron varias veces. Había docenas de veleros fondeados alrededor. Después de merendar un espeto de sardinas asadas en el velero, contemplaron juntos como el sol se iba perdiendo por el horizonte. Ahora se encontraba prácticamente en el mismo sitio que aquella vez, pero la situación era muy diferente. Ya no había más barcos que observaran ocultarse el sol, de hecho, eso era algo que había dejado de ser una prioridad para la raza humana, ahora sólo contaba conseguir sobrevivir un día más. Pero, de todas formas, el espectáculo continuaba siendo igual de bello. Tomó una vez más su BlackBerry y leyó por enésima vez el último mensaje de su padre:

01/06/11  13:30 “Compra en el Supersol toda el agua que encuentres, llévala al velero y hazte a la mar. Fondea a una milla de la entrada al Club náutico y espérame allí. No confíes en nadie, no dejes subir a nadie al barco. Si no me he reunido contigo a medianoche, es porque estaré muerto. Dirígete al Peñón y espera allí a ver como evoluciona todo. Recuerda que te quiero. Tu padre.”

 

  Él siguió sus instrucciones, compró toda el agua que encontró y la cargó en el barco; después se dirigió al punto que le indicó su padre. Pasó el tiempo y llegó la medianoche. El mensaje había sido muy claro, si no había regresado a esa hora, debía marcharse porque él estaría muerto.

  Estaba más o menos al corriente de lo que ocurría con los enfermos. Su padre era bombero en Almería y le había hablado de los zombis. Al principio no le creyó, tampoco había visto a ninguno, hasta esa noche. Desde el punto de reunión que le fijo su padre, con los prismáticos que usaba para ver a las chicas de la playa en topless, contempló como los muertos atacaban a los vivos, les lanzaban feroces dentelladas hasta desgarrarlos o producirles horribles amputaciones. Pudo ver como una mujer arrancó de un bocado el bracito de un bebe y lanzó el resto del cuerpo a varios metros de distancia para luego correr a por él con desesperación para que otro zombi no lo alcanzase antes y poder seguir devorándolo.

  Desde ese punto fue testigo de cómo la gente, en un intento de escapar de ese horror, se hacía a la mar en sus barcos. De cómo algunos desesperados no dudaban en matar a los propietarios de las embarcaciones para tratar de ponerse ellos a salvo con sus familias. Fue algo horrible, esas situaciones sacaban a la superficie todas las miserias de la raza humana.

  Cuando dieron las doce de la noche recogió el ancla, pero no se fue. Su padre le había inculcado una norma muy clara:

En el mar no se discute Iván, se obedece sin más, porque esa es la diferencia entre vivir o morir

  El siempre había respetado esa sencilla norma, de hecho, la única que le había impuesto su padre en toda su vida, siempre. Pero esa nocheno pudo, no fue capaz de irse y dejar a su padre en tierra. Esperó y esperó, amaneció y seguía esperando, pero su padre no se reunió con él. Ya no volvería a verle.

  A las 12:00, mediodía después de la hora que le indicó, largó velas y se dirigió al Peñón de Salobreña. No dejó de llorar en toda la travesía. Cuando llegó a su destino fondeó, se tumbó en las colchonetas de proa y continuó llorando hasta caer dormido. Se despertó al anochecer. Cogió los prismáticos y oteó toda la costa. Solo se veía desolación. En la zona de la Caleta advirtió varios incendios que nadie acudía a apagar. Apenas pudo descubrir media docena de personas normales. Sabía que eran normales porque corrían. Corrían para que los zombis que las perseguían incansables no las alcanzaran. No dejó de mirar su BlackBerry, pero ya no volvería a sonar. Intentó llamar a varios amigos de Almería, de hecho telefoneó a todos los contactos de su agenda, pero ninguno le contestó. En las noticias se hablaba de ataques terroristas con algún tipo de agente químico, o biológico que transformaba a los muertos en zombis. Unos días más tarde ya no se sintonizaba ninguna emisora de televisión ni de radio. Nada.

  Manejar el FIXIUS él sólo no representó ninguna dificultad. Toda su vida había vivido en un barco y toda, es toda. Su padre había sido marino mercante. Al poco de conocer a su madre ya habían concebido un niño, él. Él dejó la marina y aprobó unas oposiciones al cuerpo de bomberos de Almería. Sólo hacía tres meses que se había incorporado cuando nació él. Fue un 30 de Diciembre de 1.995, a mediodía. Una vida surgió y otra se perdió para siempre. Complicaciones en el parto pusieron fin a la historia de amor de sus padres. Incapaz de volver a vivir en la casa donde compartieron los momentos más felices de su vida, decidió venderla. Compró un pequeño velero y un amarre en el Club de Mar Almería. Esa sería su casa desde entonces. No tuvo cuna, le mecieron las olas con su vaivén. Toda su existencia había transcurrido en una embarcación, entre cabos y velas. En 2.002 cambió el pequeño velero por un Oceanis 40de12 metros de eslora, 4 de manga y 3 camarotes.

  Era una pasada salir a navegar con él. Desde muy chico le había ido inculcando su pasión por el mar. A sus 15 años era ya un experimentado marino. Había navegado por toda España, Francia, Italia y Grecia. Las vacaciones siempre las pasaban navegando. Era lo que los dos deseaban. Se decían que algún día darían la vuelta al mundo. Ahora eso quedaba extrañamente lejano. Ya no volvería a navegar con su padre. Puede que con nadie más.

  Desde el comienzo de la epidemia no había vuelto a atracar en ningún puerto. El lugar más seguro era el barco. Los zombis no llegaban hasta él, al menos nadando, quizás pudieran hacerlo caminando por el fondo del mar, como en la película Piratas del Caribe, pero, al contrario de aquella, estos muertos eran incapaces de subir después al barco.

  Les había visto caer desde los pantalanes al mar mientras perseguían a algún desdichado, simplemente continuaban caminando hasta que el suelo se les acababa y caían al agua, terminando inexorablemente en el fondo. La idea de montones de zombis caminando por las profundidades marinas se le antojaba terrible y divertida al mismo tiempo.

  Después de mes y medio, sus reservas de agua dulce estaban bajo mínimos. Tenía preparados varios cacharros para recoger agua de lluvia, pero en todo ese tiempo apenas habían caído cuatro gotas. Decidió ir a por agua a un pequeño supermercado situado cerca del Club de Mar, el mismo en el que compró el agua el maldito día… Había estado en él cientos de veces y se lo conocía perfectamente. En las interminables jornadas observando a los muertos recorrer la costa, pudo advertir que los zombis parecían tener menos actividad durante la noche. Era como si se desactivaran de alguna forma. Puede que no vieran bien. Lo más seguro sería realizar su excursión de noche, pero la idea de encontrarse sorprendido por un muerto en plena oscuridad le aterrorizaba. Al final, tras mucho meditarlo decidió que tendría que armarse de valor e ir a oscuras. Se aproximaría a la orilla en el bote de remos e iría haciendo viajes con las botellas de agua y los víveres que pudiera encontrar.

  No disponía de ningún arma. Lo más parecido era un grueso palo de algo menos de un metro que su padre usaba para apalear los pulpos. Se llevaría una linterna, el palo y la mochila más grande que tenía. Lo haría hoy, esta noche. Tomo un último trago de Macallan y decidió terminar con la evocación de sus recuerdos. No sabía si le hacía bien, pero pensaba que le ayudaba a mantenerse cuerdo.

  Llevaba varios días vigilando la costa. Ya había elegido el punto en el que iba a desembarcar. Cargó el material en la barca de remos y comenzó a remar hacia la orilla. Había estado en ese supermercado cientos de veces, lo conocía perfectamente. Todo iría bien, se repetía.

  Dejó el bote en una minúscula playita próxima al Club de Mar. En otros tiempos siempre estaba llena de gente disfrutando del sol, de pescadores que lanzaban sus cañas, más para pasar el día que por el hecho de pescar; al caer la noche se llenaba de parejas de novios que no se separaban ni un momento. Ahora, por contra, aparecía inquietantemente vacía. De la ciudad tampoco llegaba ningún sonido, tan solo una inmensa soledad y una total oscuridad.

  Tenía los nervios a flor de piel, le temblaba todo el cuerpo. Nunca había sido una persona excesivamente atrevida, ni siquiera se había visto envuelto en pelea alguna; y ahora se dirigía a una tienda a por bebida y víveres sin más arma que un palo y con toda una ciudad llena de zombis como enemigos.

  Se colocó la mochila a la espalda, asió con fuerza el palo y se aproximó reptando al murete que separaba la carretera de la playa. En la Avenida del Marítimo se podían ver varios coches volcados a derecha e izquierda. Apenas iluminaba la luna, y de la ciudad no llegaba ninguna luz, así que sólo veía unos cincuenta o sesenta metros a cada lado. No descubrió ningún zombi. Se arrodilló y trazó un itinerario por el que ir hasta la tienda. Cruzaría la Avenida del Marítimo y, pegado al muro de piedra que rodeaba el complejo deportivo, llegaría hasta la Carretera del Cabo de Gata. Una vez ahí, en línea recta estaba la Calle del Cable Inglés, donde se encontraba el Supersol. Cogió aire y comenzó a andar todo lo encorvado que podía, igual que Sam Fisher en el videojuego. Frente al complejo deportivo se encontraba el parque, en otra época, lleno de madres que cuidaban de sus hijos mientras éstos correteaban y jugaban. Él mismo había estado jugando infinidad de veces en él, con su padre y algo más tarde con sus amigos del instituto. Les echaba de menos, a todos, incluso a los que no podía aguantar más de diez minutos.

  ¡Lo que daría por encontrárselos ahora! Pero vivos.

  Llevaba demasiado tiempo sólo. La soledad no es buena. De repente un ruido que no fue capaz de descubrir de donde venía le sacó de sus pensamientos. Estaba tan ensimismado que cualquier muerto hubiese podido comerle entero. Se enfadé consigo mismo y se prometió estar más atento. No lograba ver nada por la zona de la que le pareció que provenía el ruido, tampoco había vuelto a escucharlo. Siguió agachado unos minutos más y continuó despacio. Ir pegado al muro le aseguraba que, al menos por ese lado, no le iban a atacar. Le aterraba encontrarse cara a cara con un zombi. No sabía si sería capaz de defenderse o se quedaría quieto incapaz de reaccionar. Sabía que debía golpearles en la cabeza hasta rompérsela para matarles definitivamente, lo había visto los primeros días desde el barco, cuando aún localizaba personas vivas, pero era más fácil de pensar que de hacer. El mismo ruido de antes le volvió a sobresaltar, lo había vuelto a hacer, se había vuelto a empanar. Ya se lo decía su padre: “Cuando estás en tierra eres incapaz de concentrarte en nada”. Era verdad, le costaba muchísimo prestar atención a cualquier cosa cuando se encontraba en tierra firme. En el velero era otra cosa, pero en tierra… Otra vez ese sonido. Las manos le dolían de apretar el palo con tanta fuerza, las intentó relajar mientras trataba de descubrir de donde procedía ese ruido; le era familiar, eso seguro, pero no lograba identificarlo.

  Continuó adelante, siempre pegado al muro. Por fin alcanzó la otra calle. Hasta donde poda distinguir había varios vehículos accidentados en las posiciones más inverosímiles, pero, en cualquier caso, menos de los que se esperaba. La Carretera del Cabo era más ancha que la avenida del Marítimo pero se encontraba envuelta por la misma oscuridad. En algunos de los coches se veían cadáveres en avanzado estado de descomposición, sus ocupantes debieron morir antes de contagiarse. Se aproximó a la esquina, justo donde terminaba el muro. Volvió a escuchar ese sonido, pero ahora más fuerte, como más próximo. Entonces recordó que era ese ruido, porque lo conocía. ¡Tarde!, un pescador, muerto claro, dobló la esquina y arrastrando sus pies podridos avanzó hacia él. Llevaba puesto el traje impermeable que vestían los pescadores en los barcos mientras faenaban para no mancharse, eran de una especie de goma o plástico amarillo. Eso era lo que había oído, las piernas del zombi rozaban al caminar y emitían ese ruido que tantas veces había escuchado en los pesqueros del puerto. El hecho de oírlo en tierra y de que el muerto fuese junto a él pero al otro lado del muro, le había desconcertado; y ahora era tarde. Podría haberse alejado de la pared antes, pero ahora lo tenía frente a frente con sus brazos extendidos y su mandíbula desencajada. Había comenzado a gruñir como un animal, si seguía así, en poco tiempo vendrían más, tenía que hacer algo. Echó el palo hacia atrás y lo descargó con todas las fuerzas que fue capaz de reunir sobre el zombi. Apuntó a la cabeza, pero el pánico le hizo no estirarse lo suficiente y sólo le alcanzó en la cara. Su mandíbula inferior resultó arrancada; a una persona viva no se le arrancan los tejidos de esa forma, pero los muertos parecen estar podridos. De todas formas eso no le paró. Después de trastabillar continuó caminando hacia él con los ojos rojos y encendidos de ira y odio. Volvió a echar el palo atrás pero esta vez acompañó el golpe con todo el peso del cuerpo. ¡Bingo!, ahora sí. Su cráneo se partió como una nuez y cayó con un golpe seco y sordo al suelo. Tenía la adrenalina disparada. Al mismo tiempo que le golpeó había podido sentir como sus garras le rozaban, se miró el brazo, no le había herido. Estuvo cerca. No podía quedarse ahí. Sin meditarlo mucho echó a correr hacia el otro lado de la carretera procurando no hacer excesivo ruido.

  Paró a mitad de la calle del Cable Inglés. Todo parecía en orden. Sólo se escuchaba algún ruido lejano, no le debían haber descubierto. Trató de acompasar la respiración. Observó el palo. ¡Joder, que asco!, estaba lleno de… de mierda de la cabeza del zombi. Lo limpió en la tapicería de un Focus abierto. Tenía que concentrarse. Sólo de pensar que tendría que hacer varios viajes le temblaban las piernas. Una vez se tranquilicé se dirigió a la entrada del supermercado. Las puertas, antes automáticas, permanecían desconectadas y rotos sus cristales. Procuró que no crujiesen demasiado al pisar sobre ellos. Aún así, el ruido que formó le pareció que se hubiera podido oír desde la otra punta de la tienda, así que se apartó rápido de allí. Ahora venía la parte más jodida. Recordaba en que pasillo estaban los packs de agua, pero una vez se adentrase en el super iría viendo menos aún. No pensó en ello cuando planeó la excursión. Naturalmente, podía encender la linterna, pero eso le delataría. Ya era tarde para lamentaciones. Decidió permanecer completamente inmóvil y escuchar a ver si descubría algún enemigo. Lo único bueno de los zombis era que eran eso, zombis, y como tales no pensaban, no se agazapaban en una esquina para tenderte una trampa. Si te descubrían iban hacia ti directos, rugiendo y sin contemplaciones.

  Después de más de quince minutos en cuclillas, tenía dormidas las piernas. No percibió ningún ruido dentro del local. Estiró las piernas y encendió la linterna, bajándole la intensidad y recorriendo con su luz el espacio existente a su alrededor. Los estantes estaban semivacíos y el suelo lleno de botes, paquetes y objetos varios, al reponedor lo iban a tirar a la calle. Buen chiste. Dónde coño estaría el reponedor, o las cajeras; probablemente convertidos en asquerosos zombis.

 Se decidió a avanzar lentamente por el pasillo. En una mano llevaba el palo y en la otra la linterna. Le quedaban unos cincuenta metros hasta la zona del agua. ¡Mierda!, no quedaba ni una sola botella de agua. ¡Ninguna! Sería lo primero que se llevó la gente. En la estantería de enfrente había algunos botes de coca cola sueltos. Dejó el palo en el estante y se quitó la mochila, la plantó en el suelo y la fue llenando con todas las latas que encontró, no más de diez.. Alumbró con la linterna un poco más adelante. Allí estaban las bebidas con alcohol. Estaban relativamente intactas. Cogió una botella de Macallan, era el preferido de su padre. La metió en la mochila. Cogió con la misma mano el palo y la mochila, y siguió avanzando. Recordó que más adelante, al fondo de ese pasillo, estaba el almacén. Tal vez ahí hubiera agua.

  Las puertas del almacén estaban cerradas. Pegó la oreja a ver si podía escuchar algo al otro lado. Nada. No se oía nada. Las puertas eran metálicas. Apartó la mochila y asió con fuerza el picaporte. Apagó la linterna. No quería que la luz le delatase al momento. Giró el pomo y empujó hacia dentro. Menos mal que los goznes estaban bien engrasados y no chirriaron. Un olor a cerrado y a humedad lo invadió todo. Se adentró y escuchó. Después de diez minutos agazapado al otro lado de la puerta sin oír nada, se decidió a avanzar. Como no quería cerrar la puerta, puso la mochila en medio. Si algún zombi pasaba seguro que haría ruido y le advertiría.

  Al menos en el almacén no olía a podrido, eso era buena señal. Encendió la linterna e iluminó a su alrededor. Estanterías repletas de pales se le aparecieron, no pudo evitar una sonrisa de satisfacción y alivio a partes iguales.

  Estaban distribuidas alrededor del local, hasta el techo. Se advertían tres pasillos en el centro formados por otros grupos de estantes. La mercancía estaba relativamente ordenada. Recorrió lentamente todo el almacén. Descubrió otra puerta, la que daba a la calle y se debía usar para meter el material desde los camiones. Estaba cerrada. Mejor, por ahí no se vería sorprendido. Cuando se convenció de que estaba sólo en el almacén respiro más tranquilo. Pasó la mochila dentro y cerró la puerta. Colocó una bolsa gigante llena de paquetes de patatas fritas delante. Le avisaría si alguien entraba. En el almacén había de todo, agua incluida. Cogió una coca de la mochila y se la bebí entera, estaba caliente, pero sintió como la cafeína estimulaba su cerebro. Notaba mucha presión en la vejiga, se estaba meando vivo. Incomprensiblemente prefirió ir a un rincón y se desahogó sobre unos cartones apilados. Ahora se encontraba mucho mejor. No había sido tan difícil después de todo. Lo había logrado. Incluso tuvo que acabar con un zombi y lo hizo. Se sentía fuerte, poderoso, invencible.

  ¡FFFFFUFFFUFUFUFF!, del susto se le cayeron el palo y la linterna. Le había vuelto a pasar, otra vez se había empanado y esta vez le iba a costar caro. La linterna había rodado a varios metros de sus pies. Cogió el palo con fuerza y se preparó para enfrentarse a lo que fuese. De pronto, un gato completamente blanco apareció en el haz de luz de la linterna y comenzó a intentar golpearlo con su patita.

  ¡Joder!, que susto le había dado el maldito gato. Supuso que el mismo que se habría llevado él, solo que el animal no se mostró tan escandaloso. Recogió del suelo la linterna e iluminó al felino. De inmediato se aproximó y comenzó a restregarse contra sus piernas. Se agachó y le acarició el lomo. Notó como se le erizaba el pelo y empezaba a ronronear. Seguramente haría mucho que no veía a un ser humano, al menos a uno vivo. Estaría bien llevarlo con el al barco. Así tendría compañía. Buscó una botella de leche y le llenó una tapa de un bote de Cola Cao.

  Mientras se la bebía con sonoros lengüetazos siguió inspeccionando el almacén. Había de todo. Permaneció a salvo de los intrusos. Si era cuidadoso y evitaba que entrasen zombis en él tenía recursos para años. Era un motivo de alegría después de todo ese tiempo.

  Fue llenando la mochila con un poco de todo, así, si surgía algún contratiempo tendría lo necesario para algunos días.

  Cerró la mochila y se la colgó a la espalda. Por poco se cae para atrás. Debía llevar más de veinte kilos y pesaba como un demonio. El gato le observaba curioso. Decidió dejarle allí y llevárselo en el último viaje. Cogió de nuevo el palo y la linterna. La apagó y volvió a pegar la oreja a la puerta. Nada, ningún ruido.

  Esperó a que sus ojos se acostumbrasen más a la oscuridad y abrió lentamente la puerta. Tuvo que cerrar deprisa para evitar que el gatito le siguiera. Deshizo el camino hasta la puerta de entrada. Se asomó poco a poco y, tras asegurarse d  que todo seguía despejado se dirigió hacia el muro del polideportivo. Cuando llegó pudo comprobar que el zombi pescador seguía allí, con su cabeza rota y sus sesos desparramados por el suelo. Procuró no pensar demasiado en ello. Siguió al abrigo del muro hasta la playa y descubrió con alivio que el bote de remos continuaba donde lo había dejado. ¿Quién se lo iba a llevar?

  Vació rápidamente todo el contenido de la mochila en el interior de la barca y se la volví a echar a la espalda. Estaba sudando a mares hacía un calor sofocante y la humedad era tremenda. Abrió una botella de agua y tomó un generoso trago. Luego se refrescó la cara y la cabeza con agua de mar. Estaba listo para regresar al almacén.

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