11. Despierta, por favor.

No podía evitar sentirse culpable de la situación. No le había hecho caso a ninguno, ni a Jorge ni a Mariano. Intentaron advertirla a cerca de esos bastardos pero la felicidad de verlos de vuelta gracias a ellos la confundió. Ahora estaban pagando su ingenuidad. Mariano yacía tumbado en el sofá. Sus manos y piernas sujetas con cinta de embalar, al igual que su boca precintada también, la producían unos terribles remordimientos. Junto a la mesa de billar, el cerdo pederasta de chupete mantenía retenido al crío, amenazándole con un enorme cuchillo de cocina mientras le manoseaba por todas partes. No había ninguna esperanza. Diego estaba fuera, ladrando poseído desde que oyó gritar a Jorge la primera vez. En cuanto al sargento, cuando llegó se encontraba sin sentido, con el hombro izquierdo dislocado y una impactante herida en la cabeza que no dejó de sangrar a pesar del vendaje que ella le aplicó. Era absurdo, pero cerró los ojos y deseó: “despierta Jose, por favor”. Era inútil, de todas formas, aunque bajase no podría enfrentarse a dos hombres fuertes en su estado, así que no había esperanza.

  El bofetón que recibió la sacó de sus pensamientos y la devolvió a la realidad.

–  ¿Dónde habéis escondido las armas? –preguntó el cabrón de Martos. Es mejor que me lo digas, al final las encontraremos, tenemos toda la vida para hacerlo. Así sólo conseguiréis sufrir tú y el chico. Aunque pensándolo bien –se detuvo un instante mientras me miraba de arriba abajo con la mas asquerosa lascivia— casi prefiero que no digas nada y sacártelo a golpes.

  Acto seguido otro tremendo guantazo la tiró al suelo. Desde ahí observó al niño, no podía reprimir las lágrimas mientras el cerdo de chupete le mantenía agarrado y le pasaba el cuchillo por el cuello. A Mariano parecía que se le fuesen a romper los tendones del cuello de lo tensos que los tenía; pero ninguno de los dos podía hacer nada, de hecho, ninguno de los tres tenían ya salvación. Y todo por su culpa. Dejó de pensar en ello cuando se sintió levantada en vilo del pelo. Con una mano le sujetó de la coleta y con la otra la volvió a abofetear para luego arrancarle la camiseta. Un reguero de sangre comenzó a manar de su labio abierto.

  Los ladridos no cesaban. Retumbaban en mi cabeza amenazando con reventarla. Pero no era eso lo que me despertó. Había sentido una especie de llamada en mi cerebro, algo desde lo más profundo de mi subconsciente me obligó a abrir los ojos.

  Diego estaba ladrando a todo volumen, si seguía así, los zombis de los alrededores acabarían rodeando el chalet. Algo debía ocurrir para que no dejara de ladrar, pero ¿Qué? De repente recordé. La farmacia, caí desde la terraza, los zombis nos tenían rodeados, iba a disparar sobre el chico primero y luego contra mí cuando el BMW apareció abriéndose camino entre los muertos. En ese momento lo entendí. Recordé la forma de mirar a Jorge de uno de ellos y la reacción del otro al oír que había una mujer con nosotros. Tenía que bajar, algo iba mal.

  El grito ahogado de Jorge no hizo sino confirmar mi pensamiento. Intenté mover el brazo izquierdo pero no pude, lo llevaba aparatosamente vendado, debió lastimarse en la caída desde la terraza. Notaba que algo se me clavaba en la espalda. Conseguí incorporarme con ayuda de mi otro brazo y busqué lo que era. Mi pistola; había tenido la pistola debajo del cuerpo, por eso notaba ese dolor. Recordé como antes de perder el sentido le dije entre susurros al crio que guardase las armas. Jorge supo que tarde o temprano la necesitaría y debió esconderla ahí. Chico listo. Tenía que bajar, seguía oyendo el rumor de voces apagadas procedente del piso de abajo y los incesantes ladridos del pastor alemán.

  Logré ponerme en pie. Me sentía extremadamente débil y no tenía claro que fuese capaz de llegar abajo. Me observé en el espejo de la pared y lo que vi reflejado no hizo sino confirmar que la situación era desesperada. Llevaba inmovilizado el brazo izquierdo al costado, debía habérmelo dislocado, o quizá tenía roto algún hueso. Mi cabeza presentaba otro aparatoso vendaje que empezaba a teñirse de rojo. Alguna herida me estaba sangrando. Me encontraba descalzo y con los pantalones que llevaba en la farmacia. No había tiempo para buscar las botas. Me dirigí tambaleante hacia la salida de la habitación. Al llegar a la escalera pude escuchar más claramente las voces que provenían del salón. Reconocí la voz del tipo que conducía el BMW. Le preguntaba, entre risas, a Jorge por las armas que había escondido, pero no se oía al niño.

  Cuando hube llegado al final de la escalera, extenuado y completamente mareado, me sujeté a la gran bola de madera que adornaba la barandilla para no caer. Permanecí así hasta lograr recuperarme lo suficiente para avanzar por el pasillo y alcanzar una posición desde la que pudiese ver todo el salón.

  Lo que contemplé me obligó a apoyarme en la pared para no caer. Esperaba algo así, pero la escena era mucho más cruda una vez vista.

  En el sofá, tumbado, se encontraba Mariano. Estaba amordazado y atado con cinta de embalar plateada. Presentaba un aspecto deplorable. Sus ojos llorosos parecían ir a salírsele de las órbitas.

  Juntó al billar descubrí al tipo bajo y regordete que recordaba de la farmacia. Mantenía a Jorge inmóvil, sujetándole por la frente con la mano izquierda y amenazándole con un cuchillo con la otra, mientras le obligaba a contemplar la otra escena.

  Lo que vi en el otro lado del salón me encendió la sangre y disparó mi adrenalina.

  Laura estaba tendida en el suelo, completamente desnuda, su ropa yacía destrozada alrededor y el cabrón del BMW la sujetaba del pelo.

  El subidón de adrenalina me había dado fuerzas, así que me adentré en el salón.

–  ¿Molesto?

  La sorpresa inicial al descubrir mi presencia se tornó rápidamente en una insultante superioridad al percibir mi estado y ser conscientes de que, mientras tuviesen dos rehenes, tenían la sartén por el mango.

–  Mira a quien tenemos aquí, si es el soldadito –y al mismo tiempo que hablaba clavó su rodilla sobre la columna de Laura; con un rápido movimiento podía partirle la espalda— Creo que es mejor que sueltes la pistola. Así no tendremos que hacerle daño a nadie.

  Resultaba un comentario absurdo una vez que se observaba la escena, el anciano estaba atado y se le adivinaban marcas de golpes en la cara; el crío estaba materialmente blanco debido a la presión que ejercía el enano sobre su garganta impidiéndole respirar, y la situación de Laura no dejaba lugar a la duda; ya se había ensañado con ella.

  Era el eterno dilema a la hora de tratar con un secuestrador; cumplir sus exigencias o jugártela. En condiciones normales, habría disparado sin pestañear sobre el enano que amenazaba a Jorge y no habría fallado. Pero ahora nada era normal. Mi condición física era inexistente, difícilmente me mantenía en pie. No sería capaz de acertar a esa distancia a nadie y si fallaba, el chico o Laura morirían, o quizás los dos. No sabía la cantidad de personas que quedaban vivas en el mundo, pero estaba seguro de que no quería quedarme solo y desde luego, en ningún caso perderles a ellos. Tal vez los asesinos estos se marcharan y nos dejaran en paz, puede que sólo quisieran las armas y el coche. Yo no podía tener sobre mi conciencia la muerte de ninguno de los dos.

–  Júrame que cuando te dé el arma les dejarás libres.

–  Claro, claro, te lo juro por Dios –hizo un teatral gesto besándose el pulgar.

–  Vale, tú ganas, te daré el arma.

  Miré al niño, sus ojos mostraban un terror infinito, mientras que la cara del cerdo que le retenía dejaba entrever una sonrisa de victoria. La cara de Laura no podía verla, el otro tipo apretaba su cabeza contra el suelo. Miré a Mariano. No podía moverse ni hablar, pero en el movimiento de sus ojos pude adivinar cómo me decía que no lo hiciera, que no les entregara la pistola. Quizás era lo que yo quería ver. Volví a observar sus ojos y entendí lo mismo.

–  He cambiado de opinión cabrón –me giré hacia el que retenía al niño y me dirigí hacia él– si le haces daño te reventaré la cabeza.

  No me sobraban las fuerzas, así que caminé lentamente hacia ellos sin tan siquiera apuntarle.

–  No…no…no…no sigas, si te acercas más le mato –tartamudeó el enano.

–  Mátale chupete, mata al crío, córtale el cuello.

–  No vas a hacer eso, porque si lo haces no podrás disfrutar de él, y eso es lo que quieres, eso es lo que deseas ¿verdad?

  Ya me encontraba frente a él, a menos de un metro. Podía notar su respiración, su deseo; podía oler su miedo.

–  Si le matas se acabó, puede que sea el último niño que quede con vida en el mundo, el último. Pero puedes hacer otra cosa, puedes intentar matarme a mí. Estoy malherido, no soy enemigo para ti, ni siquiera tengo fuerzas para levantar mi arma.

–  No le escuches chupete y mata al jodido crío.

–  Tú sabes que no puedes matarle chupete, ¿verdad? El ya tiene a la chica, pero y tu ¿a quién tienes tu?

  Ya no podía acercarme más a él. Tenía que lograr que alejase el cuchillo del cuello de Jorge. Cada vez me encontraba más débil, no disponía de mucho tiempo. La sangre que resbalaba desde la herida de mi cabeza me entraba en el ojo derecho y me obligaba a mantenerlo cerrado.

–  ¡CHUPETE! –Le grité haciéndole dar un violento respingo— Voy a contar hasta cinco, cuando termine, si no has soltado al chico, te mataré. ¡UNO!

  Podía percibir la aceleración de su pulso, notaba su pánico y al mismo tiempo su excitación.

–  ¡DOS!

–  Mata al crío chupete, mátale.

–  ¡TRES!

  Los ladridos de Diego continuaban taladrando mi cabeza.

–  ¡CUATRO!

  Pude leer la decisión en sus ojos décimas de segundo antes de que actuase. Mantuvo a Jorge retenido con una mano, mientras la otra, la que sujetaba el cuchillo, la dirigía hacia mí. No podía hacer gran cosa, avancé el hombro mientras trataba de alzarlo cuanto me era posible a la vez que retrasaba mi cara. El cuchillo chocó contra él, cortando mi carne a su paso hasta chocar con el hueso. En ese preciso instante se dio cuenta que la había cagado. Reuní todas mis fuerzas y levanté, todo lo rápido que pude, mi arma hasta apoyarla sobre su frente. En ese momento disparé. Cayó hacia atrás. Llegó al suelo ya cadáver. Jorge quedó libre. No dejaba de tocarse la garganta mientras tosía. Estaba intacto, no había sufrido ningún daño más allá de los sicológicos.

–  ¡Jorge! Coge el cuchillo y desata a Mariano ¡rápido!

  Me miró, pero en lugar de hacer lo que le decía echó a correr hacia la cocina y desapareció. El jodido crío no hacía caso ni en las peores situaciones. La herida recién infligida en el hombro sangraba profusamente. No tenía mucho tiempo. Me giré hacia el tipo que retenía a Laura. Avancé hacia él con pasos lentos, tratando de disimular cuanto podía la debilidad que se iba apoderando de mi cuerpo.

–  Si te acercas más le partiré la espalda, yo no soy chupete –y mientras hablaba apretó su rodilla contra la columna de Laura.

  Paré un instante, más que nada para recobrar algo de resuello. La situación no tenía otra solución posible, no había vuelta atrás. Debía acabar con esto mientras me quedasen fuerzas.

–  Aun tienes una posibilidad de salvarte, suéltala y te dejaré marchar con vida.

–  Mírate, no puedes mover tu brazo izquierdo, pierdes sangre de la cabeza y del hombro, en poco tiempo te caerás redondo al suelo; ni siquiera tendré que matarte. Después me divertiré con tu novia mientras el niño y el viejo miran.

–  Démonos prisa entonces. Te doy tres segundos para que la sueltes. Luego te mataré. ¡UNO!

–  Si veo que tan sólo haces intención de levantar tu arma hacia mí, le partiré el espinazo a tu ramera, es una pena pero lo haré; y será responsabilidad tuya. No tengo nada que perder, que vas a hacer ¿matarme?, en realidad, ya estamos todos muertos, será preferible acabar de un tiro.

–  He dicho que te mataré, pero no de qué forma. Te voy a pegar un tiro en las tripas y antes de que mueras haré que uno de esos zombis infectos te contagie, veré como te transformas en uno de ellos y entonces, te cortaré la cabeza y la meteré en un cubo. La llevaré conmigo a todas partes. Pasarás toda la eternidad en un puto cubo de fregar. ¡DOS!

  La cara del tipo cambió de color, pasando por todos los posibles hasta acabar en un blanco exagerado. Algo de lo que le dije le había afectado sobremanera. Comenzó a temblar de forma descontrolada y se apartó lentamente de Laura.

–  Va…va…vale, ya la dejo. So…so…solo quiero marcharme, me iré en… enseguida y no volveréis a verme nunca.

  Yo ya no le escuchaba, hacía algunos segundos que había perdido el control de mi cuerpo y caí cuan largo era hacia atrás. El golpe fue terrible. Noté como mi cabeza golpeaba contra el suelo y volvía a rebotar. La pistola cayó de mis manos, quedó al lado, pero me sentía incapaz de recuperarla.

  El cabrón mostró en su cara una mueca de triunfo, había ganado. Avanzó lentamente hacia mí, recogió la pistola y se situó entre mis pies apuntándome a la cabeza. Busqué con la mirada a Laura, intentaba levantarse pero no era capaz. Puede que le hubiese lesionado la columna. Observé los ojos de Martos, estaban exultantes.

–  Han cambiado los papeles soldadito. Será tu cabeza la que acabe en un cubo, ya termino yo de contar por ti ¡TRES!

  En ese momento, antes de que disparase, la hoja de una katana le salió por encima del esternón. Abrió repentinamente los brazos al tiempo que soltaba el arma. Llevó las manos a la hoja clavada en su pecho en un intento de extraerla. Ese fue su último movimiento antes de caer de bruces, muerto, a mi lado, con el sable japonés clavado.

–  ¿Ves?, también sirve para dar estocadas.

  Lo último que vi fue al niño plantado frente a mí, con una expresión decidida en su rostro que no se correspondía con su edad.

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