10. En botica

  ¡Buzzzzz! ¡Buzzzzz! ¡Buzzzzz! Un siseo no paraba de repetirse. Laura abrió los ojos con dificultad buscando el origen del ruido. La alarma del despertador de la mesita estaba sonando. Eran las 10:00 de la mañana. El reloj era de pilas por lo que saltó a la hora programada. Lo paró con cuidado. Jose seguía durmiendo. Lógico, aún debía tener alcohol en sangre como para que le quitaran dos veces todos los puntos del carné. Su sueño no parecía para nada plácido. Igual era esa su forma de dormir. Puede que fuera hiperactivo o algo así.

  Hacía calor. Los rayos del sol entraban por la ventana atravesando la habitación. Miró su piel, retiró el tirante de la camiseta, estaba tan poco bronceada que ni siquiera se notaban las marcas del sujetador. El mundo se fue al carajo antes de que cogiera las vacaciones. No pudo evitar reír. Ahora tenía vacaciones perpetuas. Sus brazos estaban sucios y la cara seguramente también. Anoche se encontraba demasiado cansada para buscar algo de agua y lavarse.

  ¡Buzzzzz! ¡Buzzzzz! ¡Vaya!, no debía haber apagado correctamente el reloj y volvía a sonar. Al intentar desconectarlo para que no se despertara Jose se le escapó y terminó cayendo al suelo. El ruido sobresaltó al militar. Se incorporó de golpe, visiblemente desorientado.

– ¡Buenos días! –sonrió ella.

  Él la observó como si no la conociese absolutamente de nada. Tras unos segundos se echó las manos a la cara y comenzó a llorar quedamente. No sabía que decir, así que le dejó desahogarse. Cuando por fin se calmó un poco se atrevió a preguntarle.

–  ¿Te encuentras bien?

–  Tenía una hija. Se llamaba Sandra. No quería que me fuera a la última misión. He podido ver su cara, su expresión y también la de mi esposa, pero no me acuerdo de ellas. Yo tendría que haber estado allí para protegerlas y, sin embargo…

–  No sabes lo que ha sido de ellas. Pueden haberse salvado. Nosotros estamos vivos, ellas también pueden haberlo conseguido –intentó consolarle.

–  Si, pueden –dijo sin ninguna convicción.

  Tras unos incómodos instantes de silencio la puso al corriente del último Flasback. Cuando acabó la mujer se encontraba un tanto confusa y quizá un poco dolida también. Ya tuvo información de Earthus en su primer sueño y, sin embargo, no le había contado nada.

–  Escucha, no te conté nada de Earthus antes porque no te conocía. No tenía claro que estaba ocurriendo fuera. Lo siento, supongo que debe ser deformación profesional. Ahora ya estás al día de todo, no te he ocultado nada.

–  ¿Recuerdas si llegaste a ir a Valencia con tu familia?

–  No, ya te lo he dicho, no recuerdo nada de fuera del sueño, ni siquiera puedo acordarme de mi hija. Tan solo tengo la imagen de lo que recuerdo durante el sueño. Es complicado.

–  Vale, vamos a analizar el resto. ¿Cómo le llegó esa información a Shamar? Y ¿Por qué le mandarían la clave a tu esposa?

–  No me lo dice, no quiere hablar de sus fuentes ni de los motivos; tampoco me explica porque debo ir yo y no cualquier otra persona. Escucha, esto es inútil y no conduce a nada, lo que hay es lo que ya te he contado, y esta vez te lo he contado todo. No sé nada más.

–  No tienes tampoco idea de ¿Dónde pueden haberte insertado la tarjeta esa?

–  No, ni siquiera conozco bien mi cuerpo. En lo que veo directamente tengo varias cicatrices pero ninguna parece reciente.

–  ¿Me dejas que te vea yo?

–  Como quieras.

  Se sentó en la cama mostrándole la espalda para que la inspeccionara. Fue pasándole sus manos por el torso comprobando las cicatrices que encontraba. Enseguida pudo notar cómo reaccionaba erizándosele el vello y como su propio cuerpo también respondía a la situación. ¡Vaya! No llevaba la mejor indumentaria para estar acariciando la espalda de un hombre, sólo tenía puestas unas bragas y una camiseta de tirantes. De repente empezó a notar un creciente calor.

–  Ya está, no te noto nada –dijo cruzando sus brazos sobre el pecho para disimular su creciente excitación.

  Él se incorporó y sin girarse, desabrochó su pantalón y comenzó a bajárselo.

–  ¿Qué?… ¿Qué haces? –balbuceó más de lo que le hubiese gustado.

–  Quizá tenga alguna otra cicatriz en las piernas –explicó con naturalidad.

  Ninguno vimos ninguna herida reciente donde pudiese tener alojada la maldita tarjeta.

  En eso entró Jorge a la habitación, sin llamar, claro. Se quedó plantado en la puerta mirándoles alternativamente a los dos, primero a Jose y luego a ella.

–  ¿Sois novios? –preguntó con una ligera sonrisa en la cara.

–  No, respondió excesivamente rápido. Estábamos… –se atascó y no supo cómo seguir.

–  ¿Ocurre algo Jorge? ¿Qué querías? –intervino Jose más sereno.

–  Mariano ha encontrado comida y ha preparado un desayuno buenísimo. Ha hecho hasta huevos revueltos. Dice que bajéis ya o se enfriará.

  En efecto, Mariano había preparado un desayuno completísimo. Leche, magdalenas, zumo, huevos revueltos.

–  ¿De dónde has sacado los huevos? –pregunté.

–  Hay varias gallinas sueltas por la parcela, conté cinco. Encontré muchos huevos, pero sólo recogí los que me han parecido más frescos.

  Después del fantástico desayuno salimos los cuatro a la terraza. Diego no dejaba de perseguir a las gallinas. Hacía un día maravilloso. Nos sentamos alrededor de una gran mesa de piedra a discutir que íbamos a hacer a continuación.

–  Estaremos aquí –empecé— el tiempo necesario para que Mariano se recupere un poco. Un par de días o tres. Buscaremos por toda la casa a ver que encontramos de utilidad y os enseñaré a disparar y a defenderos de los ataques de los zombis.

–  En el pozo que se encuentra al lado de la piscina hay abundante agua corriente. La extrae una bomba alimentada con gasoil. Está en el garaje. Podéis asearos si queréis.

  Mariano había colgado una manguera de la rama de un árbol a modo de ducha y colocó una manta entre otros dos palos como biombo. Era un “manitas” el abuelo.

–  Jorge y Mariano se encargarán de buscar comida y envases para almacenar agua y alimentos. Coged todo lo no perecedero que podamos consumir sin peligro y que no precise condiciones especiales de conservación. Laura, tú y yo buscaremos todas las armas o herramientas que sirvan como tales.

  ¡GUAUU!

  Todos nos echamos a reír –Diego, tu vigilarás todo el recinto para que no entren zombis.

  ¡GUAUU!

–  Y deja a las gallinas –apostilló el abuelo.

  Mariano y el niño fueron a buscar alimentos y como Laura quería asearse un poco yo bajé al garaje a ver que encontraba.

  La caldera de calefacción era de gasoil y se alimentaba con el combustible de una bombona de plástico a la que llegaba un latiguillo. Era un poco chapucero pero para nosotros resultaba más cómodo. La bombona estaba a la mitad, tendría unos treinta y tantos litros. Acerqué la garrafa al coche. Necesitaba un embudo o algo así para evitar que el combustible pudiera caer fuera. Volví al garaje y localicé un embudo en lo alto de una estantería. Cogí una escalera para alcanzarlo. Cuando llegué al último peldaño el ventanuco que daba luz al garaje quedó a la altura de mis ojos. Desde él se podía ver perfectamente a Laura asearse en la improvisada ducha de Mariano. Había preparado la manta para tapar las vistas desde la casa, no desde la ventana del garaje.

  Estaba desnuda enjabonándose. Poseía un cuerpo muy bonito, hasta ahora no había reparado en ello. La verdad era que cuando ella había estado pasando sus manos por mi cuerpo en busca de la tarjeta de memoria no había podido evitar excitarme. Al momento me sentí mal por estar subido a una escalera observándola mientras ella se duchaba. Bajé con el embudo y mientras me dirigía hacia el coche no pude dejar de pensar que no tenía más imagen de mi esposa que el recuerdo sobrevenido durante el sueño. En mi casa debía haber fotos que, tal vez, me ayudasen a recordar.

  Cuando terminé de llenar el depósito llegó Laura. Olía al perfume del jabón.

–  Hueles muy bien.

–  Gracias, el agua está estupenda, un poco fría, pero se queda una nueva. Deberías ir tú.

–  Ahora luego.

–  ¿Has encontrado algo útil?

–  He rellenado el depósito y he encontrado un bate de béisbol y un hacha grande; aparte de los sables del salón.

–  ¿Qué es eso de ahí?

  Se refería a algo tapado con una lona. La retiró y una flamante moto custom, negra apareció debajo.

–  ¡Fíjate! Es una Vulcan 900, es preciosa. La tiene equipada con las defensas, pantalla y, ¡mira que pedazo de alforjas!

–  No sabía que te gustaran las motos.

–  Si, de hecho la Harley que te cargaste cuando salimos del parking del CNI era mía.

  Recordé la escena, el zombi que se quedó agarrado a la puerta del copiloto terminó estampado contra la moto.

–  Vaya, no sabía que fuese tuya. Lo siento.

–  No te preocupes, además, ahora ya tengo una nueva.

–  Voy a subir esto y luego a darme una ducha. Mira a ver si encuentras alguna otra cosa.

  Durante toda la mañana estuvimos recopilando víveres, armas, ropa, medicinas y todo lo que consideramos útil. Para comer Laura preparó unos espaguetis con tomate. Por la tarde les estuve enseñando como apuntar, disparar, desarmar el fusil y la pistola y solucionar interrupciones en las armas.

  Para cenar, Mariano preparó dos apetitosas tortillas de patatas. Con los huevos de las gallinas y unas patatas que excavó en el huertecillo, hizo unas de las mejores tortillas que habíamos probado. Al acabar, compartimos historias. Mariano nos contó entretenidas anécdotas de su vida en Argentina y Laura de sus primeros años en Madrid. Yo no tenía historia alguna que contar.

  Sobre las diez de la noche Jorge y Mariano se fueron a dormir. Estaban haciendo buenas migas los dos. La verdad es que Mariano era un gran tipo.

  Estábamos a lunes, 25 de julio. Sólo hacía tres días que me había despertado y parecía que hubiesen pasado semanas. Salí con Diego a comprobar todo el perímetro del chalet. Cuando lo recorrimos volví al interior, verifiqué que todas las puertas estuviesen bien cerradas y regresé al salón. Laura había servido un par de copas de brandy. Me senté a su lado y permanecimos en silencio disfrutando de la bebida. Laura se tumbó en el sofá y colocó su cabeza sobre mi regazo. Me sentía confuso.

–  Será mejor que nos vayamos a dormir.

–  ¡Laura! ¡Jose! –Jorge entró chillando en el salón— es Mariano, se ha desmayado, se ha caído al suelo, igual está muerto.

  Nos encontramos al abuelo tendido de lado en el suelo. Laura le tomó el pulso.

–  Respira. Trae un poco de agua.

  Cariñosamente le incorporó y logró que recobrara el conocimiento. Parecía desorientado.

–  ¿Qué pasó? –preguntó mientras miraba a un lado y otro.

–  Estabas sin sentido en el suelo. Mariano, ¿Te encuentras mejor? ¿Tienes alguna enfermedad, algo que te afecte que debamos conocer? ¿Estás tomando algún medicamento?

–  No se preocupen, sólo son achaques de viejo, nada más.

  Su respiración era muy agitada y parecía costarle mucho esfuerzo. Se le veía agotado y seguía mostrándose desorientado.

–  ¿Eres diabético? –preguntó Laura.

–  Vos no os preocupéis, estaré bien enseguida, sólo sentarme en la cama.

–  ¿Cuánto tiempo hace que no te pinchas insulina?

–  Ves, ya estoy mejor –dijo mientras intentaba ponerse de pie. Tuve que sujetarle porque se caía hacia delante. Era incapaz de sostenerse en pie.

–  Mariano, ¿Cuánto tiempo hace que no te pinchas?

–  No sé, creo que se me acabó hace varios días.

–  ¿Cuántos días?

–  No sé, no se preocupen enseguida estaré bien.

  Pero, por contra, cayó hacia atrás sobre la cama y volvió a perder el sentido. Presentaba una gran sudoración y respiraba con mucha dificultad.

–  Jose, este hombre necesita insulina urgentemente. Si no se pincha rápido entrará en coma y morirá.

  Jorge comenzó a sollozar y se abrazó a Mariano. El chico seguía en la habitación y ver así al anciano le estaba afectando. Habían pasado todo el día juntos y ahora debía pensar que le podía perder también.

–  Jorge, apártate un poco, déjale respirar.

–  En la casa no hay insulina, estuve buscando medicamentos y sólo encontré  antigripales y jarabe de niños. Habrá que ir a alguna farmacia. En el pueblo tiene que haber alguna. En la cocina había un programa de fiestas y venían al final los comercios patrocinadores, entre ellos había una farmacia –recordé en voz alta.

–  No podemos dejar sólo a Mariano.

–  No lo haremos, os quedaréis con él los dos.

–  No puedes ir sólo Jose, …

–  Yo también voy –gritó Jorge— quiero ayudar a que Mariano se ponga bien.

–  No puedes venir, es peligroso, te quedarás con Laura.

–  Yo creo que no es tan mala idea, al fin y al cabo, es el que más veces ha andado entre los zombis –me sorprendió Laura.

–  Ves listo, yo también voy, y girando sobre sí mismo salió a prepararse.

–  Laura, ¿De qué va esto? ¿No puedes hablar en serio? Es sólo un niño.

–  Jose, el mundo ya no es como antes, ya no hay niños ni ancianos, solo personas que tienen que aprender a sobrevivir, y cuanto antes lo hagan mejor para ellas. Si alguien puede cuidar del niño eres tú. Yo me quedaré con Mariano, pero debéis daros prisa, si entra en coma no habrá forma de reanimarlo. No le queda mucho tiempo.

  Iba a volver a protestar cuando el crío entró en la habitación con la pequeña katana en la mano.

–  ¿Cuándo nos vamos?

–  Está bien –accedí– pero harás todo lo que te diga sin rechistar.

–  Vaaale.

  Después de buscar la dirección de la farmacia en el libreto de fiestas, preparamos el material que llevaríamos, una pistola, un fusil, cuatro cargadores para cada arma y dos mochilas para traer las medicinas. Jorge se empeñó en llevar la katana.

–  ¿Cómo saldréis? –preguntó Laura.

  Ya lo había estado pensando, no se veían muchos zombis en los alrededores de las puertas del chalet. Desde la ventana de la habitación de arriba sólo pude divisar a cuatro merodeando, todos ellos varones adultos que, en general, mostraban un relativo buen aspecto. Tan solo les delataba su forma titubeante de caminar. Tampoco nos podíamos confiar, los setos de arizónica eran elevados y tupidos; podrían ocultar a algunos si se pegaban mucho a la valla.

–  Sube al coche Jorge. En cuanto salgamos cierra rápido. Estate atenta cuando regresemos. Los walkies no tendrán suficiente alcance, así que no podremos contactar hasta la vuelta.

  Laura se acercó al oído del niño y le susurró: Cuida del Sargento, y le dio un maternal beso en la mejilla. Jorge sonrió. Luego se acercó a mí. –Ten cuidado con él y daros prisa.

  Diego también despidió al crío a su manera, le regaló varios lametones en la cara. Luego se plantó delante de mí y sentándose sobre los cuartos traseros me daba la pata.

–  Esta vez no puedes venir chico, te quedas aquí cuidando de la casa y del abuelo.

  El perro gimió lastimero y se colocó al costado de Laura.

  Puse el despertador de arriba en la parte delantera del chalet, en la entrada peatonal. En cuanto empezó a sonar, los muertos se dirigieron hacia la nueva fuente de sonido. Cuando se despejó la salida Laura abrió la puerta y salimos lentamente, procurando hacer el menor ruido posible. Por el retrovisor pude ver como Laura cerraba las puertas sin problemas.

  Encendí el navegador que ya habíamos programado con la dirección de la farmacia. Al momento, la voz infantil comenzó a darnos instrucciones. Al llegar a la entrada de la urbanización no se divisaba ningún muerto. Paré el coche.

–  Jorge, te voy a dar unas nociones básicas de conducir, si a mí me ocurriese algo, debes ser capaz de conducir de vuelta a casa. Así que …

–  Ya se conducir –me interrumpió el niño.

  Mi cara de incomprensión la animó a explicarse.

–  Mi padre me enseñó. Mi madre no quería que lo hiciera, pero, con tal de llevarle la contraria hacía cualquier cosa. Algunos de los fines de semana que pasaba con él nos íbamos a la zona de prácticas de Carabanchel y nos tirábamos toda la mañana dando vueltas.

  Cuando acabó la explicación, sus ojos estaban humedecidos pero consiguió controlar las lágrimas.

  Le enseñé a regular el asiento y me senté en su lado. Era cierto, conducía razonablemente bien. Con el asiento adelantado a tope, conseguía llegar a los pedales. Alguna vez rascaba las marchas, pero era suficiente para regresar al chalet en caso de emergencia.

  A la entrada del pueblo paramos y volví a conducir yo. En las calles no se apreciaban grandes destrozos. Era una población pequeña y no debía tener muchos habitantes. Además, tras la infección muchos se irían a los hospitales de Madrid. En cualquier caso no había excesivos zombis por las calles. La cosa cambió al llegar a la plaza donde se encontraba la farmacia. Aquí se podían ver decenas de muertos en una especie de reunión vecinal. No paré. Pasamos delante de la farmacia y, lentamente seguimos hasta girar en la siguiente calle. Los zombis nos siguieron en tropel como los niños seguían la cabalgata de los Reyes en Navidad.

–  ¿Dónde vamos? ¿Por qué no has parado en la farmacia? –preguntó Jorge.

–  Nos alejaremos un par de calles. Si aparcásemos en frente, todos los zombis nos estarían esperando a la salida. Sería imposible escapar. Es mejor aparcar a una cierta distancia. Pero lo que me preocupa es el coche que estaba empotrado de culo en el cierre de la farmacia.

–  ¿Porqué?, así está abierta y podemos entrar.

–  Las puertas del coche estaban abiertas; debieron usarlo para alunizar y así poder acceder a la farmacia. Sin embargo, el coche sigue ahí, lo que indica que algo salió mal.

–  Igual se fueron en otro coche.

–  No lo creo, se podían adivinar salpicaduras en los cristales. Seguramente de sangre. Creo que algo ocurrió y se vieron sorprendidos. Tendremos que ir con cuidado.

  Hacía una noche fantástica, pero se había vuelto a despertar víctima de una variante de su pesadilla particular de todas las noches. Se encontraba totalmente empapado en sudor y sin poder controlar sus temblores. Esta vez él estaba en su celda y su padre le visitaba, algo imposible porque las visitas no llegaban a las celdas y a él nadie le visitó, pero para eso era su puta pesadilla. Su padre le tendía las manos entre los barrotes, mostraba una expresión angelical, como nunca le había visto. Entonces, cuando le daba las manos, se las cogía rápidamente y se transformaba en un asqueroso zombi que le mordía transmitiéndole la infección. Después permanecía fuera, entre risas, mientras él se transformaba en un maldito muerto viviente. Al acabar la transformación, su padre le mostraba las llaves de la celda y las lanzaba a la celda de al lado; luego se marchaba dejándole ahí encerrado para toda la eternidad. En ese momento se despertaba. No podía imaginar nada más horrible que permanecer en una celda encerrado de por vida, o de por muerte, para siempre sin ni siquiera poder caminar por el exterior.

 

  Miró a chupete, el cabrón seguía durmiendo. A él no parecían afectarle los zombis, al menos mientras dormía.

 

  Se asomó a la ventana. Entonces lo vio. Tuvo que frotarse varias veces los ojos para convencerse que estaba despierto. De un par de meneos despertó a chupete.

 

–  Fíjate en eso.

 

  Un BMW sin el paragolpes trasero pasaba por delante de su edificio y, dejando la farmacia a un lado, giraba a la parte de atrás de la calle. Corrieron a las habitaciones que daban al otro lado y desde allí pudieron ver como un hombre y… un niño, bajaban y, cargados con sendas mochilas a la espalda, utilizaban las sombras de la noche para rodear el edificio. Corrieron a la habitación que daba a la plaza y les descubrieron de nuevo. Se miraron, sabían a donde se dirigían: la farmacia.

 

  Una semana antes ¿Ya llevaban tanto tiempo allí?, una familia llegó a toda velocidad a la plaza, era pleno día. Situaron el coche frente a la farmacia y marcha atrás, embistieron la persiana metálica. Inmediatamente salieron todos del vehículo, un todoterreno, para pasar al interior de la botica. Pero dentro algo debió ir mal y, además de los muertos que se congregaban delante de la farmacia por el estruendo del choque, la alarma del local comenzó a sonar. Era para partirse, nada funcionaba pero la condenada alarma estuvo sonando, al menos tres minutos.

 

  Lo que vino a continuación fue una carnicería. En el momento en que empezó a sonar la sirena, el que parecía ser el padre salió del local con la escopeta en alto. Debió pensar que podría ganar el tiempo suficiente para que el resto de su familia volviese al coche: se equivocó. Varios zombis se le echaron encima, logró derribar a los primeros, pero no llegó a alcanzarles en la cabeza, así que al momento los tenía enfrente otra vez. En cualquier caso, no tenía escapatoria, decenas de muertos le rodearon y, literalmente, le mataron a bocados. La que parecía la madre fue la siguiente, intento abrirse paso mientras su marido era devorado, pero no llegó a alcanzar el coche. Su final fue aun peor, un zombi inmenso que parecía un luchador de pressing catch le arrancó un brazo de un brutal tirón, fue algo digno de ver, la mujer miraba alucinada como el cabrón se liaba a bocados con su brazo arrancado frente a ella. Las hijas intentaron huir entre el barullo alejándose de la farmacia, pero no llegaron muy lejos. Enseguida fueron capturadas y desgarradas como sus padres. Lástima, ellos las habrían aprovechado más. Cuando dejó de sonar la sirena todos los integrantes de esa familia estaban muertos. Días después los volverían a ver, ya transformados, deambulando por la plaza. Lo más probable era que la situación se repitiese.

 

–  Recoge todo rápido chupete, han aparcado detrás, cogeremos su coche y nos largaremos por fin de este pueblo de mierda.

–  ¿Has visto al niño? Hay un niño. Quiero al niño.

–  Chupete ¡Joder! No vamos a jugarnos la vida por ese crío, además, ya sabes lo que va a pasar.

  En la entrada de la farmacia se podían observar rastros de lucha. En cualquier punto al que apuntases con la linterna se veían restos de sangre. Debajo de un expositor descansaba el brazo corrupto de una persona. Algo les ocurrió a las últimas personas que intentaron acceder al interior. Coloqué un mostrador y el expositor del brazo en el hueco de entrada. Así estaríamos más tranquilos y podríamos detectar la llegada de alguien.

–  Jorge, no te alejes de mi lado, busquemos los viales de insulina y larguémonos de aquí lo antes posible.

  En el exterior los zombis nos habían perdido la pista, aunque varios de ellos deambulaban por las inmediaciones de la farmacia.

  Buscar algo en un sitio desconocido y a oscuras resultaba complejo. Tardé más de quince minutos en hacerme una idea de cómo estaban ordenadas las medicinas y llegar a la insulina. Me quité la mochila y la llené hasta arriba de viales. Cuando terminé, Jorge no estaba a mi lado. En algún momento se había alejado sin decir nada.

–  ¡Jorge! –susurré.

  Nada, ni rastro. Apagué la linterna e intenté escuchar algo. Me fui aproximando al foco del sonido y le descubrí. Había dejado la linterna en un estante para alumbrarse y estaba guardando algo en la mochila.

–  ¿Qué coño haces? Te dije que no te alejaras.

  Del susto se le cayó la mochila y parte de lo que estaba metiendo en ella acabó rodando por el suelo. Alumbré las cajas que habían caído. Tampax, compresas y…

–  ¿Preservativos? Pero ¿Para qué quieres tu esto?

–  Laura me dijo que lo cogiera y que no te dijera nada.

  Genial, al final, entre Laura y el niño lograrían que nos mataran.

–  Recoge todo eso y deja de enredar. Yo voy a ver si encuentro antibióticos y analgésicos.

  Mientras yo guardaba amoxicilina, tetraciclina y todo lo que encontré que acabase en ina, Jorge se aproximó a una puerta cerrada situada a un lado del mostrador, la llave aún continuaba en la cerradura. Debía de conducir a un almacén, un despacho o algo así.

–  Jorge, no te alejes.

  Pero el crío no podía estarse quieto, es lo que tienen los niños, supongo. En el momento que desplacé el haz de luz sobre mi mochila, él aprovechó para hacer girar la llave y empujó la puerta. Al instante se desató la locura.

  La sirena de una alarma comenzó a sonar a todo volumen. No había electricidad en toda la casa pero la puta alarma seguía funcionando. Ahora entendí lo que debió ocurrir con las personas del coche. Al momento, un zombi de más de ciento veinte kilos, que hasta ese momento había permanecido inmóvil y sin hacerse notar tras la pared, en el interior de la habitación, se abalanzó gritando y rugiendo sobre Jorge que se encontraba paralizado delante de la puerta intentando asimilar lo que ocurría; sorprendido, tan sólo pudo dar un paso atrás y, fruto del empujón cayó al suelo bajo el gordo zombi, lo que probablemente le salvó. Al momento apunté la linterna hacia el barullo de cuerpos. Eso hizo que el muerto dirigiese hacia mi sus esfuerzos, olvidando que tenía bajo su panza al crío indefenso. Jorge debía estar tan asustado que no le salían ni las palabras o eso o el peso del gordo le estaba asfixiando.

  El estruendo formado por la sirena podría oírse en todo el pueblo. Los muertos cercanos a la entrada de la farmacia comenzaron a empujar el expositor y el mostrador. No aguantarían mucho tiempo. Guardé la linterna y situé una pierna a cada lado del zombi y agarrándole de las ropas intenté apartarlo; era imposible, pesaba demasiado y no dejaba de moverse, en una de esas podía herirnos al chico a mí. No teníamos tiempo. Empuñé la glock y, apoyándola sobre su cabeza disparé. El gordo se quedó completamente inmóvil al instante. Aparté al zombi a un lado y Jorge salió tosiendo y vomitando. No podía verle bien la cara, pero debía tenerla completamente blanca.

–  ¿Estás bien? ¿Te ha herido?

–  Cre… creo… creo que no –balbuceó.

–  Levántate y coge tu mochila.

  Me eché la mía a la espalda. Los zombis acababan de tirar el expositor y el mostrador en su intento por entrar todos a la vez. Los gritos y rugidos eran espeluznantes y, aunque no podía ver bien sus caras podía imaginar perfectamente sus expresiones aterradoras, sus ojos enrojecidos y sus bocas putrefactas y malolientes.

–  Las escaleras del fondo deben conducir al piso de arriba, sube y busca una salida hacia la calle que dejamos el coche. Tenemos que saltar.

  Le di mi linterna, la suya debía estar debajo del gordo, y me giré hacia la entrada. Enfundé la pistola y comencé a volar cabezas con el fusil. Disparaba al mismo tiempo que retrocedía hacia las escaleras por las que había subido el chico. Les iba conteniendo, pero la oscuridad no me permitía apuntar correctamente y desperdiciaba tiros que luego necesitaría. Era cuestión de tiempo que me alcanzaran.

  Por encima del estruendo llegó la voz del niño avisando que había alcanzado la terraza. Me di la vuelta y eche a correr hacia allí. Efectivamente, Jorge estaba en la terraza de la casa. La altura a la calle era de un piso, teníamos que saltar. Cogí a Jorge de las muñecas y, una vez que hubo pasado al otro lado de la barandilla lo balancee un par de veces y lo solté sobre el techo de un coche aparcado debajo. Enseguida se puso en pie, parecía estar bien. Me quité la mochila y la deje caer sobre el coche. Ahí se terminó nuestra suerte. Los zombis ya habían alcanzado la terraza. Uno de ellos me embistió haciendo que ambos cayésemos al vacío. El zombi, al no protegerse, dio con la cabeza sobre el suelo, quedando inmóvil al instante. Yo si puse la mano izquierda para amortiguar la caída pero no fue suficiente. El golpe sobre el hombro izquierdo y la cabeza fue brutal. Quedé al otro lado del coche, en la carretera, conmocionado, incapaz de moverme. El hombro me dolía horriblemente y notaba como de la cabeza me brotaba la sangre lentamente. Jorge se acercó a mí, intentaba levantarme mientras me decía algo que no lograba entender. Le escuchaba como con eco y no conseguía que las dos imágenes de él que se me aparecían se unieran en una sola.

  Con su ayuda me arrastré hasta el otro lado de la calle. Tenía paralizado el brazo izquierdo y la sangre que manaba de mi cabeza comenzaba a dificultarme la visión por el ojo izquierdo. El fusil había quedado en la terraza de la vivienda.

  Los zombis, en lo alto de la terraza comenzaron a caer al vacío. No saltaban, simplemente giraban sobre la barandilla y caían de cabeza. Los primeros, al no usar los brazos, se partían indefectiblemente el cráneo al golpear con el suelo, pero conforme se llenaba de muertos, los cuerpos amortiguaban la caída y los zombis se levantaban sin problemas. Era algo surrealista ver cómo iban volteando uno tras otro la barandilla.

–  Jorge, ¡coge las mochilas y corre hasta el coche! ¡Lárgate a  casa! Aquí no tenemos ninguna oportunidad. ¡Vete ya!

–  Y una mierda, no te voy a dejar solo.

  Empuñé la pistola con la derecha y comencé a disparar a las cabezas de los muertos que iban apareciendo por delante del vehículo sobre el que caímos. Al tener que cerrar el ojo por la sangre, enfocaba mejor, aunque no todos los tiros daban en la cabeza. Por el comienzo de la calle ya se podían ver zombis aproximándose. La sirena había callado por fin, pero el daño estaba hecho y pronto nos veríamos rodeados.

  Uno de los zombis a los que no alcancé en la cabeza se había acercado gateando hasta mi. Jorge le descargó la katana sobre el cráneo partiéndoselo. Solo me quedaban dos balas, miré al chico:

–  Coge las mochilas y vete por favor, vete.

  Cada vez me encontraba peor, me costaba mantenerme consciente. No era capaz de apuntar y no quería malgastar las dos últimas balas, serían para el chico y para mí. Otro zombi se aproximó por la izquierda. Jorge le descargó un tajo en las piernas y cuando cayó le partió la cabeza, tal y como había estado practicando. No íbamos a tener ninguna oportunidad, les podía ver llegar en tropel, igual que una manada, gritando y rugiendo. El chico permanecía en pie, a mi lado. Le cogí del pantalón para intentar que se agachara y poder disparar a su cabeza. No iba a dejar que se transformara en una de esas cosas. Cuando se agachó oímos el rugido del potente motor del BMW, nuestro BMW ¿Cómo podía ser? Estaba a punto de perder el sentido, veía la escena como en un sueño. Un tipo regordete y sudoroso bajó del asiento del copiloto y se dirigió a Jorge:

–  Vamos chico, sube al coche, ¡rápido!

–  No voy a marcharme sin el sargento.

–  No tiene futuro, está muy mal y morirá pronto, sube ya o no podremos escapar ninguno.

–  ¡No!, Laura le curará, ella le curará, ella si puede.

  El crio estaba plantado frente al tipo con la katana en guardia.

  Algo cambió en la cara del enano. Miró al que conducía y preguntó:

–  ¿Hay alguien más? ¿Estáis con una mujer?

–  ¡Sí!, estamos Mariano, Laura y Diego –respondió gritando el niño.

–  Vale, de acuerdo, nos lo llevamos –concluyó el que conducía, y saliendo del coche con un bate en las manos, se acercó al zombi más próximo y le asestó un brutal golpe en la cabeza. Después volvió a entrar en el coche y salió con tres botellas de las que colgaba un trapo, con un Zippo las encendió y las fue lanzando contra el grupo de zombis más próximo. El combustible enseguida prendió las ropas de los muertos que comenzaron a arder incontroladamente; pero el fuego no les detenía, continuaban su avance hacia nosotros. De pronto, los que iban en cabeza se pararon en seco, como si les hubiesen desactivado. Se convirtieron en piras humanas y comenzaron a moverse en todas direcciones, chocando unos con otros, desorientados y… ¡ciegos!, el fuego les había quemado los ojos y no podían vernos. La escena era terrible. Seguidamente el conductor vino hasta nosotros y con ayuda del enano me metieron en los asientos de atrás. Yo estaba a punto de perder el sentido.

  El tipo grande intentó quitar la pistola de mis manos pero algo en sus ojos me impedía confiar en él y entregarle el arma.

–  ¡No!, el chico la llevará.

–  Vale, como quieras –dijo con cierto cinismo.

  Jorge ya había lanzado las mochilas atrás y se había sentado a mi lado; los dos tipos ya subían al coche. Puse la glock en la mano del niño y le agarré de la pechera atrayendo su oído hasta mi boca. No quería que me escucharan y, susurrando le advertí:

–  No dejes que se hagan con las armas, con ninguna, al llegar escóndelas todas y no te fíes de ellos, algo me dice que no son buena gente.

  El coche avanzó potente, atropellando a los zombis carbonizados que se encontraba y dejando atrás un creciente incendio provocado por los movimientos erráticos de los muertos.

  Mis fuerzas se acabaron y perdí el conocimiento.

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