9. Flasback II

–  ¡Sargento! ¡Sargento! Despierte.

 

  Un jarro de agua fría me espabiló de golpe. Notaba un creciente dolor en la base del cráneo, donde me habían golpeado. Me incorporé hasta quedar sentado. Tenía los tobillos atados con unas bridas de plástico que parecía que me fuesen a cortar la carne. En las manos sentía lo mismo. Me miré, también las tenía atadas con otro juego de bridas. Ahora ya no se usaban esposas, las bridas eran más versátiles y, amén de joder más, dejaban menos margen de maniobra al prisionero.

 

  Estaba sentado en un sofá; llevaba la misma ropa, a excepción del chaleco y la pistola claro. Supuse que continuaba en Trípoli. Me fijé en el lugar en que me encontraba. Era una habitación iluminada por varias lámparas; no me traían buenos recuerdos los lugares en penumbra. Estaba sentado en un sofá de cuero marrón, con dos sillones a los lados y una mesita en el centro. Junto al  sillón estaba Haquim en una mecedora. Los muebles tenían un aspecto gastado. Al fondo había una cocina americana donde se encontraban sentados dos hombres armados. Uno de ellos era el tipo alto que se dirigió a mí por mi nombre. Al otro no recordaba haberle visto. Descansaban sentados sobre la mesa de la cocina mientras tomaban una taza de té de intenso aroma. A mi derecha había otra puerta entreabierta en la que se adivinaba otra figura.

 

–  ¿De qué va todo esto? ¿Por qué estoy atado y donde está el dinero? –pregunté en árabe.

 

  Ninguno me contestó, el alto me miró un momento y sonrió. Haquim dejó de mecerse para levantarse e ir hasta la ventana. Entreabrió las cortinas y al momento volvió a sentarse. Parecía seguir siendo de noche, no debía haber pasado mucho tiempo desde que me golpearon.

 

–  ¿Qué ocurre? ¿Por qué estamos aquí? Creía que teníamos un acuerdo. Ya tenéis el dinero, así que ¿Por qué no me soltáis y hablamos?

 

  El alto me miró, se dirigió hacia el sofá y se sentó en una silla a horcajadas frente a mí.

 

–  No vamos a hablar nada de momento. Primero tenemos que verificar algo y luego decidiremos.

–  ¿De qué coño hablas? ¿Qué hostias tenéis que verificar? –la frase se me escapó en español.

 

  El tipo sonrió y me sorprendió una vez más al contestarme otra vez en mi idioma:

 

– En algún eslabón de la cadena hay un traidor. Hasta que no estemos seguros de quién es y si actúa solo, no seguiremos con la negociación.

 

  Dicho esto se levantó y volvió a la cocina con su taza de té.

 

–  Y ¿Qué pasará cuando le identifiquéis?

–  Le mataremos –contestó tan tranquilo, en árabe esta vez.

–  No me has dicho tu nombre.

–  No es relevante.

 

  No sabía qué coño estaba pasando. Tirado en algún lugar de Trípoli, sin un plan de extracción ni forma de comunicarme con mi unidad. Y para colmo, en manos de unos rebeldes que me consideraban un traidor. Por un momento me acordé de lo que me dijo mi pequeña el día antes de partir:

 

“Papi, no quiero que te vayas de viaje, va a pasar una cosa mala” –su cara reflejaba una gran tristeza y me llegó a impresionar.

“No le digas eso a papa Sandra, dale un besito y vamos a dormir”

 

  Paola, mi mujer, se la llevó a dormir. Al final iba a tener razón Sandrita.

 

  Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no venirme abajo. Debía concentrarme en la misión, en los detalles. Volví a mirar a mí alrededor; no sabía lo que era pero algo estaba fuera de lugar, algo no cuadraba. Me fijé en Haquim, sudaba profusamente y parecía nervioso, intranquilo. No tenía sentido, al que iban a cepillarse era a mí y, sin embargo, el desquiciado era él. Estaba pasando algo por alto.

 

  Alguien tocó con los nudillos en la puerta de entrada. Un individuo apareció en el umbral, sería de mi estatura, con más del doble de años que yo. Vestía una cazadora negra y un pantalón vaquero azul. Llevaba unas ridículas gafitas redondas de montura plateada. Después de hablar unos minutos, en voz baja, con los otros tres se dirigió hacia mí y se sentó en el sofá, a mi lado. No dejaba de acariciar la hoja de un machete del ejército americano. No pude evitar fijarme en ella, tenía múltiples mellas y manchas oscuras, quizá de sangre de algún desgraciado.

 

–  Hola extranjero, disculpa que te hayamos hecho esperar. Mi nombre es Shamar. Teníamos un problema, una fuga de seguridad –habló en árabe.

 

  Calló y estuvo mirándome de arriba abajo unos minutos, sin decir absolutamente nada. De pronto, bruscamente se incorporó y se giró hacia Haquim.

 

–  ¿Cómo está tu familia Haquim? –preguntó mientras caminaba hacia él.

 

–  Bien, bien –prácticamente susurró intentando aparentar tranquilidad.

 

  El árabe recién llegado se situó en su espalda, detrás de la mecedora. Poniéndo la mano izquierda en el hombro le dio varias palmaditas y sin mediar ninguna palabra más le sujetó de la frente y le degolló con un corte preciso y rápido. Cuando le soltó, Haquim cayó de rodillas al suelo sujetándose el cuello en un intento de taponar toda la sangre que se le escapaba. En pocos segundos se precipitó de bruces, sin haberlo conseguido, para no moverse más. La sangre que se le escapaba iba extendiéndose por el suelo de la habitación.

 

  No pude evitar sentir lástima por él. ¿Era así como iba a acabar yo también?

 

  Cuando dejó de moverse, Shamar limpió la hoja del machete sobre su camisa y se dirigió hacia mí.

 

–  Date la vuelta –ordenó.

–  ¡No! –No podía defenderme, pero si quería matarme iba a tener que hacerlo de frente.

 

  Con un movimiento rápido se inclinó hacia mis piernas y de un corte certero me liberó de la brida que me sujetaba los pies. Eso me desconcertó, así que le dejé hacer. Me ladeó y cogiendo mis muñecas con una mano, cortó la otra brida que me sujetaba, después se alejó un paso atrás. Enseguida sentí volver a correr la sangre por mis manos. Me masajee las muñecas y me incorporé sin saber muy bien qué hacer.

 

–  ¿Quieres una taza de té? –preguntó Shamar.

–  Preferiría un café –nunca terminó de matarme el té.

–  Que sea un café –uno de los otros árabes se puso a ello.

 

  La escena era completamente surrealista; un hombre desangrándose en el suelo y nosotros hablando de café. Tras un silencio que pareció eterno me decidí a preguntar.

 

–  ¿Por qué has acabado con Haquim?

–  Nos había traicionado.

–  Y ¿Cómo habéis llegado a esa conclusión?

–  Era algo que ya sabíamos hace tiempo, pero debíamos verificar de qué lado estabas tú.

–  ¿Lado?, vosotros os pusisteis en contacto con nosotros. Ni siquiera habíamos oído hablar de “Earthus”. Además, ¿A qué venía ese interés en que la OTAN no supiese de esta reunión?

 

–  Hay tres razones para que hayamos elegido a España para esta operación. La primera, por descarte. No podemos confiar en Estados Unidos, Gran Bretaña o Israel, ni ellos en nosotros, por motivos obvios. En Francia, Italia o Alemania está muy extendida su organización, así que sólo quedaba España. Además tú estabas limpio.

 

  Uno de los árabes me alcanzó la taza de café. Olía muy bien y quemaba como el demonio, pero el hecho de tener algo en las manos me tranquilizó.

 

–  La segunda razón es histórica, quinientos años de dominación árabe de la península hace que, lo queráis o no, por vuestras venas corra sangre tan árabe como por las nuestras –sonrió.

 

–  No jodas que todo esto va de reivindicaciones históricas de Al Ándalus y todo ese rollo –empezaba a estar cansado. Me senté en el sofá y conseguí beber un trago sin que el café me abrasara la tráquea.

–  Todos los occidentales sois igual de impacientes –no pudo evitar un tono de desprecio.

–  Creo que no nos sobra el tiempo. No sé qué hora es ni si llegaré a tiempo al punto de extracción así..

–  No vas a salir del país como tenías previsto. Efectivamente no tenemos mucho tiempo, así que déjate de tonterías y haz las preguntas importantes –me interrumpió en tono elevado y autoritario.

 

  No debía olvidar que estaba en una habitación con cuatro árabes armados que no habían dudado un momento en cepillarse a uno de los suyos, en un lugar indeterminado de Libia. Lo mejor iba a ser no irritarles más, así que permanecí a la espera de que continuara.

 

–  La tercera razón era personal. Más adelante lo entenderás.

–  De acuerdo, ¿Qué es Earthus? –pregunté.

–  Bien, vas mejorando. Creemos que Earthus es una organización a nivel supranacional, un grupo de influencia que está presente en todos aquellos países en los que puedan obtener algún beneficio para sus actividades. Y por beneficios no quiero decir dinero, eso les sobra, lo que buscan es “poder”. Capacidad para cambiar el color de los gobiernos, manejar los mercados, hundir o hacer emerger un país…

–  Eso no es nada nuevo, dime algo que no sepa –le interrumpí.

–  Cierto, sólo que ahora quieren dar un paso más. Quieren cambiar el mundo. De hecho quieren destruirlo para, más tarde, rehacerlo a su gusto.

–  Creo que es hora de que me expliques de que va todo esto con detalle porque no consigo seguirte –exigí.

 

  Tomó aire y después de cambiar una mirada con sus hombres continuó.

 

– .Earthus tiene planificados multitud de atentados terroristas en la mayoría de las ciudades de todos los países, es decir, en todo el mundo. La idea es dispersar algún virus tipo ébola modificado genéticamente, en varios puntos de cada ciudad.

–  A ver, a ver, a ver, ¿me estás diciendo que van a realizar cientos, o mejor dicho miles de atentados al mismo tiempo? Eso es imposible –le corté tajante.

 

–  También era imposible derribar dos torres en pleno Nueva York con dos aviones comerciales ¿o no?

–  No es lo mismo, necesitarían muchos terroristas, crear grandes cantidades del virus, introducirlo en todos los países, saltarse todos los controles sin desatar las alarmas de ningún Estado.

–  El virus ya está repartido. Y en cuanto a los ejecutores, ya tienen sus órdenes. No todos son terroristas islamistas, alguno habrá, qué duda cabe, pero la mayoría son mercenarios a sueldo contratados al efecto. No existen células infiltradas en los países occidentales, eso sólo es un argumento de película –sentenció en tono grave.

–  Eso es imposible –me reafirmé— hoy en día no puedes introducir agentes biológicos en un país como si metes golosinas.

–  Esa gente dispone de medios ilimitados, tienen personal infiltrado en todos los ámbitos de poder. Los científicos que han desarrollado el agente infeccioso luego serán los encargadas de “salvar” al mundo de la epidemia a la que lo van a conducir”

–  Vale, y ¿Cómo van a coordinar un ataque semejante? Es imposible hacerlo a la vez.

–  No es necesario hacerlo al mismo tiempo, de hecho un mismo equipo repartirá el virus en diferentes puntos de una misma ciudad. No es necesario que sea exacto, porque el tiempo de incubación del virus es de varios días, tiempo durante el que el enfermo puede contagiar a todos los que se encuentra. En uno o dos días el ataque será completado y los gobiernos aún no sabrán nada.

–  No puedo creer que los terroristas acepten acabar con toda una ciudad o un país.

–  Con todo el mundo –me interrumpió— quieren acabar con toda la Humanidad.

–  Mejor me lo pones, quizá no todos pero seguro que más de uno se negaría.

–  Ellos no conocen el alcance de su acción ni saben que se realizará a la vez en todo el mundo, se han cuidado muy bien de ocultárselo y, en cualquier caso, recuerda que lo hacen por dinero.

–  Bien, pues denunciadles a las autoridades de cada país y explicadles el tema.

–  A las autoridades de ¿Qué país?

–  Joder, pues publicadlo en internet y…., un momento, de todo esto que me estás hablando tendrás pruebas ¿verdad?

–  Mmm…, No. Los agentes que consiguieron la información no pudieron obtener pruebas físicas. Vieron como actuaba el virus, tuvieron acceso a toda la planificación, pero no lograron sacar ningún documento, foto o archivo.

 

  Una risa nerviosa me invadió.

 

–  Me has contado una peli de terror y no tienes una puta prueba. Aun así pretendes que te crea. Es acojonante. ¿Qué sugieres que haga yo?

–  Escucha Sargento, los atentados son inevitables. No podemos pararlos por nosotros mismos. No estamos para eso. Debe ser la propia organización de Earthus la que los impida, sólo ellos pueden hacerlo.

–  Y ¿Cómo lo lograremos? –solté sarcástico.

–  Creemos que su plan se basa en infectar al mayor número de personas para luego aparecer con el remedio a la pandemia y quedar como los salvadores. Cuando los Estados y los Gobiernos hayan caído, ellos se harán con el control, después de todo habrían conseguido erradicar la epidemia. Pero si conseguimos que no tengan en exclusiva el remedio para el virus, quizás decidan no actuar y eso nos concedería más tiempo para desenmascararles y sacarlo todo a la luz.

–  Has dicho remedio. ¿Existe una vacuna?

–  Algo así. 

–  Y ¿Cómo conseguiremos esa vacuna?

–  No es una vacuna, es más bien un antídoto. Un enfermo al que se le administre, dependiendo de en qué fase de la enfermedad se encuentre, sanaría, pero podría volver a enfermar si entra en contacto de nuevo con el virus. Y ya lo tenemos, de hecho, lo tienes tú.

 

  Permanecí en silencio un momento asimilando lo que me había dicho.

 

–  Hijo de puta, ¿no me habrás inyectado a mí esa mierda?

–  No. Mientras estabas inconsciente te hemos colocado una tarjeta de memoria entre la piel.

–  ¿Me has metido una tarjeta en la epidermis? Vosotros estáis gilipollas. Sois unos putos tarados. Coged la información de esa tarjeta y colgadla en internet.

–  Que inteligentes sois todos los occidentales. ¿Qué te hace pensar que si pudiéramos no lo habríamos hecho?

 

  Me quedé un momento callado, pensando.

 

–  Quizá si no me dieseis la información con cuentagotas podríamos avanzar más rápido. A ver, ¿Por qué no podéis extraer la información de la tarjeta?

 

  Shamar se sentó en un sillón y me indicó que hiciera lo mismo en el otro. El cuerpo de Haquim continuaba en el suelo, desangrándose. Cuando me hube sentado continuó.

 

–  La información que contiene la tarjeta llegó con unas instrucciones claras. Viene cifrada. Si no se introduce la clave correcta para descifrarla, el programa de encriptación corromperá el contenido. Con una sola vez que se meta la clave mal perderemos todos los datos.

 

–  ¿Y qué hay en la tarjeta? ¿Cómo sabéis que es un antídoto si no la habéis abierto?

–  Como te he dicho, la tarjeta llegó a nosotros por unos cauces que no te incumben, pero se nos dejó claro que se trataba de la cura, si se le puede llamar así, a la infección que se propagará.

 

  Todo esto cada vez me estaba sonando más raro y más absurdo.

 

–  Vale, ¿Y quién tiene la clave? –pregunté a ver por donde salía esta vez Shamar— no pensaréis que la tengo yo.

 

  Shamar tragó saliva, agachó la cabeza y, por primera vez en todo este rato, pude percibir su inseguridad. Un momento, no era inseguridad, era otra cosa, era sentimiento de culpabilidad. Se sentía culpable por algo, pero ¿Por qué? Sin poder explicármelo, un terrible presentimiento se asentó en mi cerebro.

 

–  ¿Quién tiene la clave? –repetí elevando el tono.

 

  Shamar levantó la cabeza y, mirándome directamente a los ojos contestó:

 

–  Tú esposa. Tu mujer tiene la clave.

 

  El mundo se me vino encima y sentí como una peligrosa cólera iba creciendo rápidamente en mi interior.

 

–  Eres un hijo de puta ¿Cómo te atreves a meter en esta mierda a mi familia? ¿Quién coño te crees que eres?

 

  Sin siquiera darme cuenta tenía el cuello del árabe entre mis manos y lo apretaba como nunca había apretado nada. Los sicarios de Shamar intervinieron y me obligaron a soltarle.

 

–  Tengo que volver a España ¡ya!

–  Yo no tomé la decisión de involucrar a tu familia, pero estarás de acuerdo en que tu actitud ha cambiado por completo desde que lo sabes. Ahora dedicarás todas tus energías a la misión que tienes por delante. Escucha Sargento, si no conseguimos evitar la propagación, tu familia estará muerta igualmente. Ahora aún tiene una oportunidad, todos tenemos una oportunidad.

–  Un momento, todo esto es una patraña ¿verdad?, tenéis la tarjeta y sabéis donde está la clave, sabéis que está en mi casa, no me necesitáis a mí. Podíais mandar a cualquiera de vuestros hombres a por la contraseña, mi familia no sabe nada, os haríais con ella enseguida. Sin embargo decidisteis que fuese yo ¿Por qué? –pregunté más para mí que esperando una respuesta.

–  Vuelves a ocultarme información.

 

  Me dirigí otra vez hacia Shamar para sacarle lo que sabía a golpes, pero esta vez sus hombres se interpusieron apuntándome directamente a la cabeza antes de que lo alcanzara.

 

–  ¿Porqué no puede ir cualquier otro? ¿Por qué? Dime.

–  Eso es algo que no puedo decirte, pero créeme; es mejor que no lo sepas.

–  No me iré de aquí hasta que me lo digas –aseguré.

–  Si, te irás; porque si ellos llegan antes que tú hasta tu familia estarán perdidos, todos lo estaremos.

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