8. Chupete

  Se despertó otra vez empapado en sudor y temblando incontroladamente. Desde que vio por primera vez a los zombis no había sueño en el que no se repitiese la misma pesadilla. Su padre cerraba la puerta de su celda. Le había infectado y no podía salir de ella. Se quedaba en frente, observando como él se transformaba en un puto zombi.

–  Te quedarás ahí convertido en un jodido muerto viviente para toda la eternidad. Así aprenderás a no matarme.

 

  Él se transformaba dentro de la celda y permanecía en ella para siempre, o al menos, hasta que se despertaba. La pesadilla se repetía cada vez que intentaba conciliar el sueño; sólo se libraba cuando estaba tan cansado por la falta de descanso que entraba en una especie de coma. Bueno, eso tampoco era totalmente cierto –pensó con una sonrisa– también se libraba de su padre después de una buena borrachera. La putada era que no siempre tenía alcohol a mano. Ese era el caso que le ocupaba.

  Su vida no había sido fácil. Por más que lo intentara no podía recordar ni un solo instante feliz en su infancia. Únicamente encontraba momentos dolorosos y, todos relacionados con su padre. Desde que entraba por la puerta de su casa no había más que gritos, insultos y golpes. De pequeño solamente se acordaba de las palizas que le daba a su madre, las vejaciones y, si no andaba listo, los palos que le caían a él. Al cumplir ocho años, la misma noche de su cumpleaños, como regalo, su padre le permitió conocer en primera persona y en sus propias carnes su faceta de pederasta. Por más que gritó llamando a su madre, no recibió ninguna ayuda de su parte. Al día siguiente ella actuó como lo hacía siempre, como si no hubiese pasado nada. Ni una caricia, ni un abrazo. Ese día supo dos cosas: cuanto odiaba a su madre y que más temprano que tarde acabaría con la vida de su padre.

  Al mismo tiempo que crecía, en su interior se desarrollaba un intenso odio hacia las mujeres. No tenía amigas, de hecho tampoco tenía amigos, pero las chicas de su colegio sólo le inspiraban desprecio y procuraba humillarlas y maltratarlas tanto como podía. Les castigaba por el daño que su madre le causaba al no protegerle.

  A la edad de 11 años, una noche de otoño, pudo oír a su padre golpeando y violando a su madre. Sabía que luego le tocaría a él. Llevaba tiempo notando que su padre se excitaba primero con su madre y luego remataba la faena con él. Esa fue la última noche que le violó. Esperó a que se durmiera y, con un bate de beisbol que había robado días antes en un centro comercial le asestó tantos golpes que su cabeza quedó triturada, irreconocible. Su madre no hizo nada por impedirlo, de hecho respiró aliviada al saberse libre de ese bastardo. Cuando la policía llegó, le encontraron durmiendo plácidamente en su cama, cubierto de manchas de sangre y restos de masa encefálica de su progenitor.

  Gracias al amparo del sistema penal español hacia los menores, y debido a la posterior denuncia de su madre, sólo fue condenado a seis años en un Centro de Menores. Le internaron en un Centro mixto. Error de la administración –sonrió sólo de pensarlo– a pesar de su corta edad, pronto se convirtió en uno de los líderes del mismo. Su temprano desarrollo muscular y su falta absoluta de temor al dolor o al castigo le convirtieron en una pesadilla para sus compañeros, a los que acabó atemorizando. Caso aparte eran las chicas; con el tiempo se había percatado que mientras no presentasen signos externos de violencia podía hacer con ellas lo que quisiera, humillarlas, violarlas, tan solo era cuestión de encontrar el nivel justo de amenaza y coacción para cada una. Así llegó a conseguir que con una única sugerencia las chicas se presentaran en donde las citase e hicieran cualquier cosa que les ordenara.

  Pero indefectiblemente el tiempo pasó y la condena se terminó. Al principio se alegró muchísimo, pero pronto descubriría que había adquirido unos hábitos difícilmente controlables y que las consecuencias de sus actos en libertad no iban a ser las mismas que en el centro.

  Cuando quedó libre regresó a la casa de su madre, para desconsuelo de ésta. Se desahogaba con ella golpeándola y maltratándola de mil maneras, pero enseguida se cansó y buscó otras víctimas a las que extorsionar y humillar. A las cuatro primeras logró asustarlas lo suficiente como para que no le denunciaran, pero la siguiente no se dejó, se defendió con tanto ímpetu que tuvo que reducirla a golpes y en uno de ellos se le fue la mano. La mujer apareció, al día siguiente, brutalmente apaleada y violada. Esa misma mañana la policía tocaba a su puerta y minutos después ya estaba detenido camino de la prisión, pero esta vez la de verdad.

  El martillo del juez determinó donde pasaría los siguientes veinte años de su vida. Aún podía oír claramente sus palabras pronunciando el veredicto.

  Póngase en pie el acusado:

  JULIAN MARTOS DAPENA este tribunal le condena….

 

  No le gustó la cárcel. En primer lugar, porque no había mujeres y en segundo lugar, porque descubrió que los violadores y maltratadores no tenían muy buena prensa entre el resto de reclusos.

  Aunque los condenados por delitos de violaciones estaban separados del resto de penados, éstos siempre encontraban el momento en el que, con la aquiescencia del guardia de turno, propinarle una paliza, de la que aunque no le mataban, acababa con la entrada en la enfermería del penal.

  Había perdido la cuenta de las veces que había ingresado en la enfermería y de los huesos que le habían partido. Él también se defendía, nunca se lo ponía fácil. Procuraba centrarse en golpear a uno sólo de sus atacantes, luego, en superioridad numérica, éstos acababan por reducirle y hacerle todo lo que se les ocurría.

  Esto sólo hizo que su resentimiento creciese hasta cotas difícilmente soportables. Sentía odio por todo el mundo; por las mujeres, sobre todo por su madre, por el juez que le condenó, hacia todos sus compañeros de prisión, contra los guardias que permitían que se cebasen con él y hacia cualquiera con el que se tuviese que relacionar.

  Solía evadirse con la idea de que el mundo se acababa y toda la raza humana se iba al carajo; sólo él se salvaba, bueno, él y un puñado de zorras a las que poder dar su merecido. Así transcurrió el tiempo hasta el día que despertó en la enfermería del hospital, después de la consiguiente paliza. Tras esperar varias horas la visita del médico o de alguno de los cabrones que trabajaban allí, sin que ésta se produjese, se aventuró a buscar a alguien. No sabía si había algún otro recluso ingresado. Cuando lo trajeron estaba inconsciente.

  Intentó abrir la puerta que normalmente atravesaba con algún funcionario de prisiones y… ¡estaba abierta! No se veía a nadie por los pasillos ni en las dependencias. No se escuchaba ningún ruido. Se dirigió hacia la salida, en concreto a la zona por la que entraban las visitas. El no había tenido ninguna, ni una sola persona había ido a visitarle. Nadie. Nunca. Ahora esos accesos estaban vacíos y….abiertos. No tenía claro que ocurría pero no había ningún guardia a la vista. Siguió avanzando hacia la salida y allí se encontró con el “chupete”. ¿Qué coño hacía éste fuera de la celda?

  El chupete era un violador de niños, cuanto más pequeños mejor. Si él lo había tenido difícil en prisión, la vida del chupete había sido cien veces peor. Le habían condenado por abusar de varios menores en el centro donde daba clases, uno de ellos se suicidaría pocas semanas antes del juicio. La prisión, como al resto, no había contribuido a rehabilitarlo, al contrario. Además ahora se encontraba enganchado a cualquier droga que lograse obtener. Sonrió al recordar la conversación:

–  ¿Qué haces aquí? ¿Dónde están los guardias? –le preguntó cuando le descubrió.

  Se le veía notablemente nervioso, puede que necesitara meterse algo. Tras meditar un momento su respuesta se decidió a contestar.

–  ¿No has oído lo de la epidemia?

–  ¿Qué epidemia? Llevo varios días en la enfermería, la última paliza fue brutal. Ya sabes de qué te hablo ¿Verdad?

–  Ha habido algún tipo de epidemia, las noticias dijeron que había muerto mucha gente. Al principio faltaron algunos guardias, luego más y finalmente hoy no ha aparecido ninguno. Estamos solos.

  Debía estar alucinando, este no tenía el mono, se había metido ya algo.

–  Bueno, no sé lo que pasa pero si me puedo largar me voy.

–  ¿No deberíamos liberar al resto? Están chillando como locos en las celdas.

–  Si hombre. ¡Qué se jodan todos! No han hecho otra cosa que apalearnos. Además, en cuanto les soltáramos nos matarían. Ojalá se mueran todos.

–  Y ¿Qué hacemos?

  Le observó un momento antes de contestarle. Era un tipo bajo, regordete y sudoroso, físicamente no se parecían en nada, él medía bastante más y no tenía un solo gramo de grasa en el cuerpo. El gimnasio había sido su único pasatiempo en la cárcel. Pero quizá le fuese de ayuda.

–  Puedes quedarte aquí o venir conmigo, pero si me sigues harás lo que yo te ordene. ¿Está claro?

–  Sí, vale.

  Se dirigieron a la salida. Efectivamente chupete tenía razón, no se veía a nadie. En el aparcamiento interior había algunos coches, pero todos estaban cerrados. Se encaminaron a paso ligero fuera del recinto de la prisión, no se les acabase la suerte y volvieran al talego. En modo alguno se creía la pamplina de la epidemia esa.

  Una vez en el exterior vieron una furgoneta blanca abierta. El capullo de su dueño se había dejado las llaves puestas. Mejor, más fácil, estaba claro que hoy era su día de suerte. Se sentó al volante y arrancó para salir chirriando ruedas instantes después. Había que huir rápido. Al girar una calle, de entre los coches aparcados salió una mujer. El golpe fue terrible y el cuerpo de la tía salió despedido varios metros adelante. Del frenazo que dio se le caló la furgona.

  No llevaba más que unos pocos minutos fuera de la cárcel y ya había cometido un delito.

–  ¿La has… matado?

–  Claro joder, de ese golpe no se libra nadie.

–  Pues se sigue moviendo, se ha levantado. ¿Lo ves? Es lo que decían en las noticias, los muertos no se mueren, no hay forma de matarlos y atacan a los vivos, esa puta intentará comernos.

–  Joder chupete, deja ya las drogas, no dices más que gilipolleces.

  Aunque intentó aparentar tranquilidad, lo cierto era que había algo raro en el movimiento de esa mujer, pero no quería que el otro pensara que le afectaba. Del golpe parecía habérsele roto el brazo derecho y también la pierna, pero seguía aproximándose hacia ellos arrastrando su extremidad fracturada.

–  Viene a por nosotros –balbuceó chupete.

  La mujer ya casi tocaba al morro de la furgoneta. Pudieron observarla con claridad. Exteriormente no mostraba nada raro. Con excepción de la pierna y el brazo roto, pero la forma de dirigirse hacia allí no era normal. Tenía la cabeza ladeada, como caída, y el brazo sano extendido en dirección a ellos. Y luego estaban sus ojos, sus ojos eran extremadamente rojos, parecía como si se le hubiesen reventado los capilares oculares, todos ellos. Su boca estaba abierta, como rugiendo, incluso parecía estar salivando.

  Miró a chupete. Sus temblores hacían vibrar todo el vehículo. La mujer llegó hasta su ventanilla y comenzó a aporrear la puerta con el brazo sano. Daba cabezazos contra la ventana, como si intentara morderle y no percibiese el cristal. Si seguía así acabaría por romperlo.

  Ya se había hartado. Abrió de golpe la puerta y la mujer cayó hacia atrás.

–  No le duele, no puedes hacerle daño ¿Es que no lo ves? –balbuceó chupete otra vez.

–  Vale, vamos a ver si se muere o no.

  Retrocedió con la furgoneta veinte metros hacia atrás.

–  A ver si ahora se vuelve a levantar la muy puta.

  Aceleró a tope y embistió salvajemente a la mujer. La arrastró decenas de metros y sólo paró al notar que los neumáticos le habían pasado por encima.

  Los dos se giraron en sus asientos.

  ¡Increíble! La zorra esa volvió a levantarse y se encaminó hacia ellos de nuevo. Apenas podía andar. Debía tener unos dolores terribles. ¡Qué coño! Debía estar muerta.

–  Te lo he dicho, no se mueren.

–  Que le den a la zorra. Si nos quedamos más tiempo aquí, al final nos trincará la poli. ¡Nos vamos!

  Ese había sido su primer contacto con los zombis y desde luego, no fue el último.

  Después de innumerables encuentros con ellos y con un par de tipos que sobrevivían en una sucursal del BBVA abandonada, en la zona de Malasaña, consiguieron escapar de Madrid. Ahora estaban en ese pueblo de mierda, ¿Cómo se llamaba? Saelices. Apenas vivirían en él dos mil habitantes, pero al menos, eso significaba que no pululaban muchos muertos por las calles. Se hallaban escondidos en una casa en la plaza del pueblo. Era donde se concentraban más comercios, aunque también había más zombis. Supermercado, estanco, farmacia. Saliendo de noche por el lado contrario a la plaza podían moverse con cierta facilidad sin ser detectados.

  No permanecerían mucho allí. Necesitaba encontrar gente, personas vivas con las que desquitarse. A veces salía sólo y se abalanzaba sobre alguna zombi destrozándola a golpes con el bate de beisbol del que no se separaba. Chupete decía que estaba loco. Pero lo cierto era que lo necesitaba.

  También les vendría bien conseguir algún arma de fuego. En las calles encontraron muchos coches de la poli, pero en ninguno había armas.

  Pronto partirían hacia una ciudad más poblada. Quizá mañana.

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