6. El rescate

Después de no sé cuánto tiempo, me levanté y decidí que ya estaba bien de auto compasión. Esto ya no tenía arreglo, pero yo necesitaba recordar; tenía el presentimiento de que me ayudaría, nos ayudaría a los dos.

–  ¿Cómo se accede a la base de datos? –pregunté.

–  Yo lo haré –dijo Laura sentándose frente al ordenador— ¿Qué tengo que buscar?

–  Todo lo que haya sobre mí –contesté.

  Mientras ella introducía su usuario y su contraseña, me acerqué a la oficina de Comunicaciones y fijé mi atención sobre otro pc.

–  ¿Porqué este ordenador continúa encendido?

–  Es el que controlaba la centralita, normalmente no se apagaba. Todas las llamadas se grababan y archivaban. Si te fijas, en el escritorio podrás ver un acceso a una carpeta con todos los archivos de audio generados –me explicó acercándose a mi lado. Pero sólo podrás acceder a las llamadas no oficiales.

–  ¿A qué te refieres con lo de no oficiales?

–  En la “casa” no se podía utilizar el móvil, de hecho, se depositaba en taquillas a la entrada. Los familiares que querían hablar con algún trabajador llamaban a la centralita y, si era posible, se les pasaba con él. Las llamadas oficiales seguían otro cauce.

  Mientras yo comprobaba las llamadas volvió a concentrarse en la búsqueda de información relativa a mi historial.

–  ¡Bingo, aquí estás! –chilló.

–  SARGENTO PRIMERO JOSE MIGUEL GIL ROMERO. Nacido en Madrid el 1 de noviembre de 1977. Destinado en Valencia, Unidad de Inteligencia.

–  ¿Dice cual era mi dirección en Valencia? –le interrumpí.

–  Déjame ver, si, aquí está: Calle Virgen de la Cabeza número 6, puerta 11 –contestó.

–  Bien, ya tenemos algo.

–  Aquí aparecen tus destinos, condecoraciones –¡vaya!, eres tirador de élite– observó. Y tienes más cursos que el Sargento de Hierro. Curso de Carros, Paracaidismo e Inteligencia entre otros. Pilotas helicópteros, hablas inglés, francés y… árabe. Tu expediente es la hostia chaval.

–  Dice en que andaba metido cuando me hirieron –pregunté.

–  No exactamente. Dice que has intervenido en misiones en Líbano, Irak, Afganistán y la última en…Libia, pero no en qué consistía.

–  Es curioso –observó, me deja acceder a todas tus anteriores misiones, pero al intentar entrar en la de Libia me dice que mi nivel de autorización no es suficiente. No lo entiendo. Déjame intentar algo.

–  Mientras tú sigues, voy a continuar con las llamadas.

  Después de varios minutos intentando engañar al sistema, desistió. No era capaz, sus conocimientos informáticos tampoco eran nada del otro mundo.

–  Lo siento, no soy capaz de acceder a tu última misión en Libia; te he impreso los datos relativos a las otras misiones.

–  Haz una cosa –le pedí. Busca todo lo relativo a “Earthus” y toda la información relacionada con la infección y los ataques, desde el comienzo.

–  Básicamente es lo que ya te expliqué.

–  Tiene que haber algo más, verás; desde el momento en que me contaste lo de los atentados, en mi cabeza hay algo que no cuadra, algo no encaja.

–  ¿A qué te refieres?

–  No sé, es algo a lo que le he estado dando vueltas. A la hora de preparar un atentado tú puedes encontrar a uno, dos, diez, incluso cien descerebrados que se inmolen para llevarlo a cabo, asesinando a cientos, miles de personas. Pero los que prepararon esto planeaban acabar con la civilización tal y como la conocemos, e hicieron falta más de cien. Es imposible mantener un secreto así. No es posible refrenar el impulso de avisar a tus seres queridos, tu familia, advertirles de que escapen, de que se deben poner a salvo en algún sitio. Siempre hay alguien que te importa.

–  A no ser que no lo supieran –me interrumpió Laura.

–  ¿Cómo podían no saberlo? Colocaron dispositivos para liberar el patógeno, sabían que era un virus letal y lo que iba a suceder cuando lo dispersaran. No tiene sentido.

–  Si que lo tendría si cada célula solo estuviera al corriente de su atentado, si no supiesen que al mismo tiempo se iban a repetir por toda la ciudad, el país, por todo el mundo. Así si sería posible y no se necesitarían tantas personas que mantuviesen el secreto de la operación –aventuró.

–  Vale, aceptemos tu hipótesis, pero sería igual de complejo ejecutar un plan así al mismo tiempo, en el mismo momento. –Dudé.

  Laura se quedó callada un momento pensando con las manos sobre sus sienes, y de pronto estalló.

–  ¡Ya está!, en realidad esa fue la parte más fácil; ten en cuenta que en España informaron del atentado tres días después de cometerlo, no sabemos con seguridad cuanto tiempo transcurrió en cada país, pero hay que suponer que variaría en ese plazo de tres días. No hizo falta ejecutarlo al mismo tiempo –terminó.

–  Bien, planearon el atentado para llevarlo a cabo en el plazo de tres días, así los ejecutores no serían conscientes del alcance de sus actos y no podrían ni dudar sobre él ni oponerse, por lo menos a tiempo de desbaratarlo y aunque lo hiciesen no conocerían a las otras células.

–  Exacto –coincidió ella.

–  De todas formas hay algo que se nos escapa. ¿Porque alguien querría causar todo esto? Por otra parte, es de suponer que los que lo idearon tendrían un plan de huida, un refugio. Puede que hasta una vacuna.

–  No existía vacuna para este virus, al menos conocida. Durante los primeros días de la epidemia ninguna empresa ni gobierno salió en los medios diciendo que tenía o podía fabricar una vacuna. Busca en otra dirección por ahí no vamos a ningún sitio.

  Buuuuff, resoplé. Sabía que había algo más, algo que yo conocía, pero no podía recordarlo y la cabeza me iba a estallar.

  Entré en el despacho del Director del CNI, me recosté en el sillón giratorio, puse los pies sobre la mesa y me oprimí las venas de las sienes en un intento de que dejasen de latirme.

  Observé el interior de la habitación. Estaba en relativo orden. La Bandera Nacional seguía en su sitio, también el cuadro del Rey; allí no había rastros de lucha y todo transmitía una sensación de normalidad. Laura me siguió y se sentó en la mesa.

–  Dando todo eso por cierto, sólo nos quedan tres cosas por hacer –expliqué— primero, averiguar quién es el responsable de todo esto; segundo, completar mis recuerdos –me interrumpí.

–  ¿Y la tercera? –preguntó Laura.

–  Sobrevivir.

  Nos quedamos callados meditando sobre lo que acabábamos de hablar.

–  Seguiré buscando a ver si encuentro algo nuevo sobre Earthus –dijo Laura levantándose y dirigiéndose al terminal en el que estaba trabajando antes.

  Yo volví a curiosear en las llamadas.

–  Aquí hay algo interesante. En los días siguientes al comienzo de la epidemia se ordenó el repliegue a sus bases a todas las  unidades desplegadas en el exterior –leyó Laura.

–  ¿Qué tiene eso de raro?

–  Nada, se seguía el protocolo; sin embargo, al Buque Hospital Castilla se le ordenó que se quedase en alta mar. En la zona del Estrecho.

–  ¿Dónde estaba operando ese buque?

–  En Libia, formaba parte del despliegue de la coalición para derrocar a Gadafi.

–  ¿Quieres decir que puede haber un barco nuestro navegando por ahí?

–  Podría ser.

–  ¿Podemos comprobar si se han comunicado con alguien? –pregunté.

–  Eso estoy mirando pero no aparece ninguna comunicación. Puede que lo hicieran con su Unidad.

–  ¿Podemos intentar contactar con ellos desde aquí?

–  Si, vía radio. Si continúan con vida y les funcionan las comunicaciones deberían recibirnos.

–  Intentémoslo ¿No?

  Después de más de media hora lanzando mensajes al Castilla, no habíamos recibido más que estática.

–  Nada, ¿qué hago ahora?

–  Sigue intentándolo.

  Yo continuaba comprobando las llamadas al Centro durante el desastre.

–  ¡Laura! –llamé al poco rato. Tienes que ver esto. Fíjate en la lista de llamadas por días.

–  No sé qué quieres decir, va decreciendo, es normal. Al principio del contagio la mayor parte de los familiares de los trabajadores llamaron para ponerse en contacto con ellos; a medida que fue avanzando la epidemia y fueron enfermando o muriendo disminuyó el número de llamadas.

–  No, fíjate bien, mira este número de móvil, se repite todos los días hasta el final, a la misma hora.

–  Bueno alguno tenía que ser el último en llamar –no entiendo a donde quieres ir a parar.

–  ¡No te fijas! ese número se repite TODOS los días, sobre la misma hora, las 12:00, ¡HASTA AYER!

–  No puede ser. Las líneas de teléfono no funcionan, la centralita de aquí sí, pero por lo que te dije de los generadores y además hay varias zonas de placas solares que abastecen el complejo. Pero fuera de aquí el sistema está caído.

–  Las llamadas son para la doctora Salguero, de Jorge, su hijo. ¿La conocías?

–  Y tú también; aunque no lo recuerdes. Era la doctora que se ocupaba de ti –contestó.

–  Está muerta, fue el primer cadáver que vi. ¡Pobre chico! ¿Podemos escuchar la grabación?

–  Claro, ejecuta el archivo de audio asociado a la llamada.

27 de mayo de 2011.- Hola mama, me dicen que no puedo hablar contigo. He hecho lo que me dijiste, llené todas las botellas que encontré con agua y he sellado todas las ventanas con cinta aislante. Me he pasado todo el día jugando a la play, ya sé que no me dejas más de una hora, pero es que me aburría. ¿Cuándo vienes? Te quiero mucho mamá.

  Avancé unos cuantos días.

5 de junio de 2011.- Hola mamá hoy tampoco contesta nadie, solo vuelve a sonar el mensaje de siempre. En la tele solo emiten noticias, hay muchos accidentes en la calle y muchos vecinos se han marchado. Han llamado a la puerta, creo que era la vecina de enfrente, la señora Martina, pero he permanecido en silencio y no he abierto, como me dijiste. Te echo mucho de menos mama, hace mucho que no hablamos. ¿Por qué no vienes?

  De repente, Laura me quitó el ratón y gritó:

–  Busca el de ayer, ¡rápido!

23 de julio de 2011.- Hola mamá ¿Cuando vienes? Carmen dice que estás muerta. Pero yo le digo que no, que pronto vendrás a buscarme. Hoy hemos vuelto a salir a la calle a por comida y bebida. Los zombis no pueden cogernos, son muy tontos y se mueven muy despacio. Carmen me ha enseñado a esquivarlos. Ella ya había salido más veces. La verdad es que me da un poco de miedo, pero no se lo digo. Es una chica. Mañana tendremos que volver a salir, pero iremos a otra tienda, en el súper de enfrente ya no hay agua. Te echo de menos mama.

–  Ese niño está saliendo a por comida, lleva haciéndolo ya varios días y está con otra niña. Son dos críos solos en mitad del fin del mundo.

  Me sentí terriblemente afligido, yo no sabía si tenía hijos, ni si estaba casado, pero la sola idea de que unos críos estuviesen solos y rodeados de zombis se me antojaba inaceptable. Como niños que eran se habían tomado la supervivencia como un juego, pero este juego sólo podía acabar mal.

–  ¿Donde vivía la doctora? –pregunté. Tengo que ir a buscar a esos niños.

–  Ni siquiera sabemos si continúan con vida –contestó Laura.

–  Les llamaremos para asegurarnos. Dime desde donde puedo llamarle.

–  A ver Jose, no es tan sencillo, esos niños deben estar muy asustados, el crío espera que le llame su madre, una madre que está muerta, ¿Qué piensas decirle cuando te pregunte por ella? –pregunté.

–  No lo sé Laura; supongo que la verdad, que su madre ha muerto como casi todo el mundo, pero que ellos son afortunados y los salvaremos en cuanto podamos.

  Se quedó callada un momento, como si de pronto meditara sobre algo trascendental.

–  No es tan fácil; no podemos salir de aquí los dos, si lo hacemos no podremos cerrar el complejo y perderemos este punto seguro.

–  Lo sé, por eso tu y Diego os quedareis aquí, iré yo solo. Así será más fácil y el complejo no correrá peligro.

–  Ya te lo dije Jose, no voy a quedarme sola otra vez, ¡no puedo quedarme sola de nuevo! No podría soportarlo. Si tu sales yo también voy. Me da igual lo que pase después. Si tengo que morir prefiero hacerlo en compañía de otro ser humano. No puedes obligarme a quedarme –sentenció.

–  ¡GUAUU!

–  Ves, Diego está de acuerdo también.

–  Laura –le hablé con ternura, como se habla a un ser querido al que se le intenta explicar lo inexplicable– necesito recordar, creo que si vuelvo a mis orígenes podré recordar quién soy, y creo que eso nos puede ayudar en el futuro. Saldré fuera, rescataré a los niños y los traeré aquí. A la seguridad del bunker. Os dejaré a salvo en él y marcharé a mi domicilio de Valencia, tal vez allí pueda comprender algo más sobre mí, que me ayude a recordar. Hay algo en mi interior que me dice que, de una forma u otra, yo he estado relacionado con todo este asunto desde el principio.

–  Jose, si quieres ir a por esos niños; de acuerdo, si luego quieres ir en busca de tu pasado, vale, te acompañaré y te ayudaré a que lo consigas, pero no me pidas que me quede aquí, prefiero salir fuera entre los muertos a volver a quedarme aquí sola.

  Tras acabar, su pecho subía y bajaba y dos regueros de lágrimas surcaban su rostro.

–  Vale –accedí. Pero tienes que tener claro que nada me hará cambiar de opinión. Iré a Valencia y de ahí a cualquier lugar que crea que me puede ayudar a descifrar este asunto.

  La tomé de los hombros y la besé en la frente. Deja de llorar y busquemos la manera de recoger a esos niños –le pedí.

–  ¿Cómo ha podido ese niño seguir llamando si las líneas están caídas?

–  Tiene que tener un teléfono satélite. Los satélites seguirán funcionando y como nuestra centralita recibe por el canal normal y por satélite el niño ha podido seguir llamando. Su madre se lo facilitaría; quizás tras comenzar los incidentes.

–  Pero ¿Cómo le funciona todavía?

–  Puede que tenga alguna placa solar en casa o simplemente dosifica la batería. Si no hace más que esa llamada, no gastará mucha pila, pero me inclino a pensar que debe tener alguna placa fotovoltaica, su madre se sentía muy comprometida con el medio ambiente. Igual hace alusión a algo de esto en otros mensajes.

–  Bueno, da igual como lo haga. ¿Qué hora es? –pregunté.

–  Son las 10:30. Si todo sigue igual el niño volverá a llamar a las 12:00.

–  ¿Podemos llamarle nosotros?

–  Sí, claro.

–  Inténtalo, por favor.

  Laura marcó el número del chico; pero no daba tono y tras varios intentos sin resultados desistieron.

–  No lo coge, no da ninguna señal, probablemente lo tiene apagado para ahorrar batería, tendremos que esperar a las 12:00.

–  Eso nos da algo de tiempo para planificar nuestra salida de aquí.

–  Veamos, al parking se llega desde la cuarta planta. En el momento que abramos la puerta de acceso, los zombis podrán entrar y no podremos hacer nada, puesto que desde fuera es imposible bloquear el acceso.

–  Muéstrame las cámaras del aparcamiento.

  Las pocas luces que estaban encendidas permitían ver con relativa claridad parte del parking. Estaba repleto de muertos andantes; deambulaban por todo el recinto, habría unos sesenta o setenta, aunque era imposible saberlo con certeza puesto que había zonas que no cubrían las cámaras, unas por estar destruidas y otras que estaban demasiado en penumbra. La puerta de acceso estaba justo en el punto opuesto de la salida al exterior. Se podían ver varios coches con las puertas abiertas, pero hacía falta que la llave estuviese puesta y que arrancara, a ser posible, a la primera. Llevé el zoom de la cámara hasta un todoterreno, un BMW X5. Tenía la puerta abierta y cerca de él, en un charco que no podía ser otra cosa que sangre seca, había una llave. Era de un BMW.

–  Si esa no es la llave o el coche no arranca tendremos problemas –intervino Laura.

–  Yo saldré primero, cuando lo haga tu cerrarás el acceso. Si ese coche no nos sirve buscaré otro; quizá esa AML de allí. Cuando lo tenga arrancado vendréis tú y Diego –se podían leer la duda y la preocupación en su rostro.

–  Te doy mi palabra de que no te dejaré –le aseguré mientras le cogía las manos.

–  ¡GUAUU!

–  A ti tampoco te abandonaré, saldremos de aquí los tres o no saldrá ninguno –sentencié mientras sacudía la cabeza de Diego entre mis manos.

  Mientras esperábamos, aprovechamos para descansar y repasar el equipo y el armamento que nos íbamos a llevar. Rebusqué en los cajones de la mesa del Director, sólo había papeles y…. una caja de aspirinas, saqué un par y me las tomé; el dolor de cabeza no había remitido y los laterales de mi cerebro no paraban de latir. Guardé el resto en un bolsillo y seguí hurgando en los cajones. Mi constancia tuvo premio; una petaquita de…whisky.

–  Que granuja el Jefe.

  Laura sonrió.

  Eran las 12:15 y el niño no había llamado aún. Ninguno dijimos nada. La posibilidad de que le hubiese pasado algo cuando estábamos tan cerca de ir a por ellos resultaba demasiado dolorosa.

  A las 12:33 el teléfono sonó. Laura se abalanzó sobre él como si temiese que dejara de sonar para no volver a hacerlo jamás. Antes del segundo tono ya había descolgado.

–  ¿Jorge? –casi gritó.

–  Mamá ¿eres tú? –podía sentirse la ansiedad al otro lado de la línea.

–  ¿Estáis bien Carmen y tú? –las palabras le salían de forma atropellada.

–  Tú no eres mi madre ¿Quién eres? –preguntó el chico entre sollozos.

  Laura consiguió tranquilizarse un poco antes de responder.

–  Soy una amiga de tu mamá, me llamo Laura –le explicó al niño.

–  Mi madre está muerta ¿verdad? Carmen tenía razón, si no, me habría llamado ella.

  Se podía oír un llanto desconsolado al otro lado y como la niña trataba de calmarle. Después que el niño pareció volver a respirar de forma pausada, decidí intervenir.

–  Jorge, me llamo Jose, soy un amigo de tu madre. Ella fue muy valiente y me salvo la vida; gracias a que me cuidó sigo vivo. Tu madre estaría orgullosa de ti, de ver lo valiente que es su niño y como ha sido capaz de sobrevivir en este infierno. Pero ahora —continué—tienes que ayudarme.

–  ¿Cómo te puedo ayudar yo? –balbuceó.

–  Verás, vamos a ir a buscaros a ti y a Carmen, pero necesito que me informes de cómo están las cosas en tu casa, tu portal, tu barrio. Si hay muchos zombis en tu portal, en la calle. Si hay incendios en las esquinas, si hay vehículos que obstruyan el paso por la carretera, ese tipo de cosas. ¿Me ayudarás?

–  En mi portal no hay zombis, la puerta de abajo es de barrotes y no pueden pasar. Cuando salimos y nos ven volver nos siguen e intentan entrar pero la puerta es fuerte y no pueden colarse; y como son lentos cerramos antes de que lleguen –el niño hizo una pausa.

–  ¿Hay vehículos obstruyendo las calles que rodean tu casa? Por cierto, en el expediente de tu madre consta que vives en Leganés en la calle…

–  Esa es la casa de mi padre. Ahí vivíamos antes –me interrumpió el chico. Estaban divorciados, nosotros vivimos en la calle Isla de Tavira, 36, 3ºb, justo encima de un bar.

  Laura y yo nos miramos sin comprender.

–  ¿Cómo vas a vivir encima de un bar en un piso tercero? no es posible Jorge.

–  Que sí; el bloque esta en pendiente, por el lado de la terraza es como un primero y por el lado que da a la calle isla Tavira es un tercero.

  Laura ya estaba mirando un mapa. La otra calle es Cardenal Herrera Oria –me dijo.

–  Vale Jorge, ya te comprendo. Tu casa da a dos calles y está en una pendiente; un lado da a Herrera Oria y es un primero de altura y, el otro lado da a Isla Tavira y es un tercero de altura, pero tú vives en la planta tres. Eres un chico muy listo y te explicas muy bien. Vamos a ir a buscaros y os sacaremos de ahí.

–  ¿Vendrás con soldados y tanques? –me interrumpió el niño.

–  Me temo que no. Sólo estamos Laura y yo, bueno, y un perro muy bonito que te encantará. Y tampoco tenemos tanques, pero iremos en un coche muy chulo. ¿Te parece?

–  Vale –contestó el chico un poco decepcionado.

–  No me has contestado a cerca de si hay vehículos obstruyendo las calles de alrededor.

–  Herrera Oria es una Avenida muy grande, hay coches parados pero –se asomó a la ventana– hay sitio suficiente para pasar con otro coche. La calle de abajo, Isla Tavira, es más estrecha. Antes estaba llena de coches aparcados, pero cuando aparecieron los zombis muchos se fueron y se llevaron los coches; así que ahora hay más espacio y un coche creo que podría pasar por ella.

–  Muy bien Jorge. Ahora te voy a decir lo que quiero que hagáis, presta atención. Tenéis que buscar una mochila que podáis llevar a la espalda. En ella debéis guardar algo de ropa y las cosas que puedan ser imprescindibles, como gafas, medicinas…

–  Cepillo de dientes –continuó el niño— ya se, como cuando me voy a casa de mi padre unos días.

–  Jorge –intervino Laura— coged también algo que os permita acordaros para siempre de vuestra madre, de vuestra familia, una foto o cualquier otro objeto que queráis.

–  Ya se, la foto del verano pasado en Javea y el anillo que me compró allí. Estuvimos con los primos de Sevilla y lo pasamos muy bien, mamá no paró de reír toda la semana.

–  Otra cosa Jorge –le dije– debéis tener cerca y cargado el teléfono satélite. Cuando estemos cerca os llamaremos para que bajéis al portal, allí permaneceréis ocultos para que no os vean los zombis y cuando veáis el coche en la puerta, corred  dentro. Nosotros os despejaremos la salida. Si ocurriese algo nuevo llamadnos al número que te voy a dar, toma nota –le dicté el número— bajo ningún concepto salgáis si no hemos llegado, si algo nos ocurriese tendríais que seguir valiéndoos por vosotros mismos. ¿Lo tienes todo claro?

–  Sí –contestó el niño.

–  ¿Tenéis alguna pregunta?

–  ¿Hay –dudó un momento– más niños como nosotros?

  Laura y yo nos miramos.

–  Si; en alguna parte hay más niños como vosotros y más personas que les estarán cuidando. Les encontraremos; te lo prometo –se me estaba formando un nudo en la garganta.

–  Ahora preparad lo que os he dicho y recuerda tener el teléfono conectado. Tardaremos lo menos posible. Hasta pronto.

  Miré a Laura –nos vamos.

  Llegamos hasta la puerta de acceso al parking sin encontrarnos más muertos. Nos colocamos los auriculares de los walkies y tras probar que enlazábamos nos dispusimos a salir.

–  Bien, una vez abras saldré a por un coche. Vuelve a cerrar y, pase lo que pase, no salgáis hasta que te lo indique. ¿Entendido?

  Por toda respuesta cogió mi cara entre sus manos y me dio un suave beso en los labios –ten cuidado, por favor.

  Nada más abrir la puerta, todos los zombis del parking giraron sus cabezas hacia la fuente de sonido y una vez que me localizaron se dirigieron con paso lento hacia mí, arrastrando los pies y con los brazos estirados adelante. Tras un momento de confusión eche a correr hasta el BMW mientras oía como se cerraba la puerta. Antes de que consiguiese alcanzar la llave, dos zombis pasaron al lado del coche en dirección hacia mí. Estaban a unos diez metros, pero tarde o temprano me tendría que enfrentar a ellos, así que encaré el fusil y realicé dos rápidos disparos. Dos cabezas reventaron hacia atrás. Vía libre. Cogí la llave con un sentimiento de asco por la sangre aún pegajosa que la recubría. Menos mal que llevaba guantes, no sabía de quien era esa sangre y la posibilidad de contagiarme estaba muy presente. Llegué al coche y me senté al volante. La mochila que llevaba a la espalda me obligaba a pegarme hacia delante en una posición muy incómoda, pero no tenía tiempo de quitármela. Metí la llave en el contacto y el cuadro de mandos se encendió. Si que era esa llave. Dejé el fusil en el salpicadero y empuñe una de las Glock que llevaba. Cuatro muertos más se aproximaban al coche, dos por la izquierda, uno por el centro y el cuarto por la derecha. Saqué la pierna izquierda y me incorporé hasta apoyarme en la puerta. Estaban a unos tres metros y detrás de ellos había muchos más. Disparé rápido a los cuatro más cercanos, tres cayeron abatidos, pero el cuarto hizo un extraño al caminar en el momento en que disparaba y fallé. Como estaba al otro lado del coche le dejé para luego. Me volví a sentar y giré la llave. El motor de arranque funcionó, pero el coche no arrancaba. Llevaba mucho tiempo parado. El zombi de la derecha ya aporreaba el cristal del otro lado. Baje la ventanilla y en cuanto asomó la cabeza se la volé, restos de sangre y huesos mancharon el lado del copiloto. Volví a intentar arrancar. Ya tenía varios zombis alrededor del coche. Cerré mi puerta y giré la llave una vez más, sin soltar, el motor de arranque seguía girando sin parar, apreté a tope el acelerador y de pronto el coche arrancó con un potente rugido. Metí primera y salí de frente llevándome por delante a los que me encontraba, el resto no paraban de aporrear el coche, según pasaba a su lado. Giré a la izquierda y aceleré en dirección a la puerta de acceso al subterráneo. Frené de golpe y derrapé hasta quedar a un metro de la puerta de salida. Apreté el claxon al mismo tiempo que me inclinaba para abrir la puerta del copiloto y le gritaba por el comunicador a Laura que corriese. Bajé todas las ventanillas y comencé a disparar sobre los más cercanos. Cuando los primeros iban cayendo los que les seguían tropezaban y acababan en el suelo, formándose marañas de cuerpos destrozados, con heridas abiertas, miembros dislocados y partidos. De no jugarnos la vida, la situación hubiese podido resultar hasta cómica. La puerta de salida terminó de abrirse y Diego entró por la ventana como una exhalación saltando al asiento de atrás sin dejar de ladrar ni un momento. Enseguida entró Laura con el fusil en mano. Al igual que a mí la mochila le estorbaba, uno de los zombis coló su brazo por la puerta antes de que Laura cerrara. El seco golpe le debió de partir todos los huesos del brazo al muerto, pero no conseguía cerrar y el resto se acercaban mucho. Yo no podía abatir a los de su lado. Dejé de disparar y aceleré a tope.

–  Abre la puerta de golpe y cierra de nuevo –le grité a Laura.

  El zombi salió despedido hacia el lado y chocó contra una preciosa Harley perfectamente estacionada en su plaza –¡joder! Rezongó Laura y cerrando, se quitó la mochila. Mientras me dirigía hacia la salida esquivando a los muertos que podía y arrollando a los otros pude ver por el retrovisor como algunos muertos comenzaban a entrar en el complejo, acabábamos de perder el lugar probablemente más seguro que íbamos a encontrar, deseé que no nos arrepintiésemos de ello.

  La barrera de acceso estaba bajada. No había tiempo de levantarla así que aceleré y recé para que no jodiese alguna parte vital del vehículo. La barra salió despedida hacia la derecha estrellándose contra varios zombis que se agolpaban intentando agarrarse al coche. Por fortuna el BMW no pareció sufrir ningún daño y pudimos ver el sol del mediodía. Hacía una mañana muy soleada que dañaba nuestros ojos. Cogí unas Ray Ban negras de una guantera situada al lado de la palanca de cambios y me las puse. Solté el volante y con un rápido movimiento me quité la mochila y la lancé a los asientos traseros. Cayó sobre Diego, que ladró en señal de protesta.

  Dejamos atrás el edificio cilíndrico con el helipuerto en su tejado y nos dirigimos hacia la salida del CNI por la calle Argentona. Decenas de zombis se movían hacia nosotros en cuanto nos detectaban, pero como no venían en masa los podíamos esquivar.

–  ¿Porqué no corres más? –me indicó Laura visiblemente nerviosa.

–  Si golpeamos a alguno a mucha velocidad podríamos dañar alguna pieza del vehículo y si eso ocurre estaremos en verdaderos problemas. Es mejor no ir muy rápido y tratar de esquivar a los que se nos interpongan.

  Laura no pareció muy convencida pero no dijo nada, en cambio, encendió el aire acondicionado y el navegador del coche y al momento un mapa con nuestra posición actual se mostró en la pantalla.

–  ¿Cómo es que va el GPS? –preguntó.

–  Supongo que los satélites que usa son autónomos y mientras estos vayan, el navegador funcionará. Marca la dirección del chico a ver por dónde nos lleva.

  El navegador calculó enseguida una ruta y la mostró en la pantalla. De pronto una voz infantil nos indicó con evidente dificultad para vocalizar: “ en el ziguiente cruce gide a la dedecha y después incodpodese al carril derecho” nos miramos y soltamos una carcajada que sirvió para relajar un poco la tensión. No dejaba de tener su gracia, un niño nos guiaba a través del caos. Diego ladró sin comprender de qué nos reíamos. Sin hacer caso a las indicaciones del niño giré campo a través para alcanzar la carretera del Hipódromo. Se podían ver coches y vehículos de todo tipo abandonados por todas partes. Unos estaban abiertos en medio de la carretera y otros aparecían perfectamente estacionados en el arcén, como si sus propietarios pensaran volver a recogerlos una vez todo hubiera pasado. Los muertos vagaban entre ellos, pero al estar dispersos eran fácilmente evitables.

  La A6 era otra cosa, los carriles de salida aparecían casi repletos y seguramente habría varios puntos en los que no podríamos pasar; intentar alcanzar el carril de entrada a Madrid tampoco era buena idea, así que continué campo a través paralelo a la A6. En los caminos de tierra por los que circulábamos no se veían tantos muertos, era una zona descampada y no había más personas que las que se quedaron atrapadas al intentar huir. Eso nos permitió acelerar un poco más sin riesgo de golpear a ninguno.

  Pulse el botón de encendido del cd y una canción comenzó a sonar:

     “Y vuelvo a ser un loco
para sobrevivir a la locura de la vida
Muchas veces la cabeza y a menudo la nariz
y una voz que me decía:
Déjate llevar
Si el alma te lleva
Duele el corazón
Cuando te lo dejas cerca del final donde todo empieza”

 Luego un maravilloso saxo nos hizo olvidar por un momento el horror que estábamos viviendo. Por unos instantes éramos solo una pareja con su perro que viajaba en su coche hacia el centro de la capital de España. Miré el display del cd, unas letras con el título de la canción pasaban de derecha a izquierda: “donde todo empieza de Fito y Fitipaldis”. Me gustó. Nos quitamos los pinganillos y disfrutamos del momento.

  Descubrí que si nos manteníamos en la vía de servicio de la autovía, el camino estaba más despejado y cuando encontrábamos obstáculos podíamos salir campo a través para luego volver a incorporarnos. Así llegamos hasta un giro a la derecha muy pronunciado, para seguir por la A6 y luego más adelante volver para tomar la M30. Decidimos tratar de atravesar la M30 y adentrarnos en el Club de golf Puerta de Hierro. Ahora aparecía desierto sin apenas muertos a la vista. No avanzábamos muy deprisa pero al menos no hallábamos obstáculos serios.

  Al encontrarnos con la Avenida de la Ilustración paramos. Debíamos decidir por dónde ir. Si por la propia Avenida de la Ilustración o, por el contrario atravesarla y seguir hasta la avenida Cardenal Herrera Oria. En cualquier caso dejaríamos las zonas despejadas para adentrarnos en calles mucho más pobladas, más estrechas y que entrañaban más riesgo de quedarnos atrapados sin poder continuar y rodeados de zombis. En eso estábamos cuando sonó el teléfono satélite. Nos miramos sin entender. Tendríamos que llamar nosotros no ellos, algo iba mal. Descolgué.

–  ¿Qué ocurre Jorge?

–  Los zombis están por todas partes, han entrado en el portal y están golpeando la puerta de casa –gritó.

–  ¿Cómo han podido entrar? Dijiste que la puerta era enrejada y estaba cerrada.

–  Carmen quería ir a su casa a por algún recuerdo de su familia, así que la acompañé. Fue más difícil porque como habíamos salido hacía poco, los zombis estaban por la calle y eran muchos. De todas formas echamos a correr y los esquivamos a todos hasta entrar en el portal de Carmen. También es de rejas, así que cerramos y subimos a su casa. Carmen busco unas fotos de su familia y cogió una mochila que le gustaba mucho. Cuando terminó de guardar lo que se quería llevar, volvimos al portal. Ahora la calle estaba llena, llena de zombis. Nos asomamos desde la escalera sin que nos vieran y en cuanto pudimos, salimos corriendo en dirección a mi casa. Yo iba primero para abrir con la llave el portal. Cuando iba a meter la llave se me cayó al suelo y un zombi se me acercó mucho. Carmen llego corriendo, le empujó y le tiró al suelo, pero el zombi le cogió del brazo. Entonces yo le di una patada en la rodilla que le hizo caer y conseguí abrir y pasar. Pero no nos dio tiempo a cerrar otra vez, así que los zombis entraron al portal y ahora están por todas partes –terminó el chico.

  Laura y yo nos miramos preocupados.

–  ¿Estáis bien? ¿Os han herido los zombis? –preguntó Laura sin poder esconder su preocupación.

–  No, solo que Carmen se ha cortado con un cristal al caerse, pero ha sangrado muy poco y no ha llorado nada.

–  De momento no corréis peligro. Quedaros en casa y no volváis a salir.

–  Pero si ahora no podemos bajar al portal ¿cómo vamos a salir de casa? No nos dejareis aquí ¿verdad?

–  No. Os sacaremos. Tendrá que ser por la terraza. Ya veremos que se nos ocurre. Estad preparados. Tenemos que colgar. Adiós pequeños.

  Miré a Laura. Estábamos jodidos. Si no podíamos sacarlos por el portal todo se complicaba. Tendrían que saltar desde la terraza a la calle de alguna forma, entre montones de zombis aproximándose. De pronto se me ocurrió algo. Giré en redondo y derrapé bruscamente para volver sobre nuestros pasos.

–  ¿Dónde vas? Preguntó Laura preocupada. No podemos dejarlos.

–  Y no lo vamos a hacer. En uno de los carriles de la M30 que hemos cruzado había varios camiones del ejército abandonados –le expliqué parando de nuevo.

–  Y ¿Para qué queremos un camión?

–  Esos camiones tienen la caja muy alta y toldo de lona. Los chicos pueden saltar desde el primer piso sin riesgo. Además nos puede servir de aparta coches en caso de atasco por alguna calle.

–  Eso es una chorrada, un camión implica mucho más riesgo y más dificultad para pasar por las calles y tú lo sabes. Por no hablar de que tendremos que arriesgarnos para conseguir uno –En los alrededores de la M30 si que había muchos muertos.

–  Vale, no ha colado, tienes razón, será más arriesgado pero es la única solución que veo a no ser que tú propongas otra.

  Laura se llevó las manos a la cara en un signo de resignación

–  No, no veo otra forma ¿Cómo lo haremos?

–  Te quedarás en el coche a unos 100 metros de la carretera y me cubrirás. Mientras, yo iré a por un camión. Cuando lo tenga volveré hacia ti y me seguirás hasta la casa de los niños. Una vez que salten pasaremos todos al coche y continuaremos.

–  Así de fácil –se indignó—. Sabes que no te podré cubrir, no se disparar bien y a esa distancia no le daré ni a los camiones y…

  Sin dejarle acabar cogí su cabeza entre mis manos y le di un corto beso en los labios –lo harás muy bien— tenemos que irnos ahora.

  Arranque de nuevo y me dirigí a la M30. A unos 100 metros paré y bajé empuñando el fusil. Cambié el cargador por uno lleno y le dije a Laura:

–  Todo irá bien, estate preparada y ponte el auricular.—Ella no supo que decir y se apoyó en el coche para intentar apuntar mejor.

  La dejé ahí y me dirigí corriendo hacia el grupo de camiones militares abandonados en la carretera. Varios muertos cercanos me detectaron y comenzaron a dirigirse a mi encuentro rugiendo y con las manos al frente, en un intento desesperado de alcanzarme cuanto antes. Recé para que en algún camión continuase la llave puesta.

  Ya estaba a diez metros de los camiones y varios zombis habían saltado el quitamiedos de la autovía y se dirigían todo lo rápido que podían hacia mí. Encaré el fusil y disparé sobre los dos más cercanos que venían por el lado izquierdo. Luego salté sobre el capó de un coche y de éste al maletero del siguiente. Estaban tan pegados que no era difícil.

  Mientras, Laura empezó a disparar sobre los que habían decidido ir a por ella. De momento iba bien. No los mataba pero, al menos, los derribaba y ralentizaba un poco.

  Los zombis intentaban cogerme de los pies mientras saltaba de coche en coche, sin conseguirlo. Ya estaba más cerca, sólo me quedaban dos coches para llegar al último camión. Salté sobre el penúltimo vehículo, pero caí sobre la luna trasera, que con el peso se rompió. Se me había quedado la pierna derecha en el agujero del cristal. No me había llegado a herir con los cristales pero los zombis me rodeaban. Uno de los muertos ya me tenía cogido de la pierna izquierda y tiraba hacia él. Me estaba desequilibrando, al final me haría caer y se acabó.

  Deje el fusil sobre el capó del coche y saque la pistola para volarle la cabeza al zombi, pero cuando volví a girarme hacia él para disparar, su cabeza reventó en pedazos. Laura mejoraba notablemente su puntería. Tenía un respiro así que guardé la pistola, saque la pierna de entre los cristales y me planté en lo alto del capó. Volé al siguiente coche, ahora con cuidado de no volver a caer sobre otra luna. Del último coche salté a la caja del camión, de ahí subí al toldo y, entre trompicones hasta la cabina. El camión estaba muy pegado al del otro carril, así que tendría que entrar por la puerta del acompañante. Antes de hacerlo me asomé por delante a ver si estaba la llave. Mala suerte, no había rastro de llave a simple vista. Maldije todo lo que sabía mientras disparaba sobre un zombi que había conseguido alzarse por el parachoques. Cayó muerto sobre los de alrededor. Inmediatamente lancé el fusil sobre el toldo del siguiente camión y luego salté yo. Lo recogí y volé hasta la cabina. Me asomé y vi con excitación que la llave estaba en el contacto. Además, el quitamiedos de la derecha aparecía completamente aplastado, así que tenía una salida franca campo a través. Abrí la puerta del piloto y me colé rápido cerrando tras de mí. Giré la llave y el camión arrancó de inmediato. Menos mal, algo de suerte para variar –pensé.

  Giré a la derecha todo y aceleré, pero no conseguía salir, los camiones estaban muy juntos y no había espacio. Empecé a dar marcha atrás a la vez que giraba en dirección contraria. Aceleré a tope chocando con el de atrás y aplastando varios cuerpos de zombis que intentaban subir a la caja del camión

 En ese instante, cuando volví a meter primera y acelerar, uno de los muertos que intentaba subir por la derecha tiró tanto que abrió la puerta. Del impulso cayó hacia atrás, pero otro ya estaba entrando en la cabina. Agarré el fusil y, levantando apenas el cañón, disparé tres tiros seguidos mientras aceleraba a tope. El muerto cayó hacia atrás y al fin salí de la carretera, no sin antes volver a golpear el camión de delante.

  Dos zombis habían logrado meterse en la caja del camión e iban de un lado a otro debido a los baches del terreno y a los volantazos que yo daba. Más tarde tendría que ocuparme de ellos. Los tiros y el estrépito formado, hicieron que todos los zombis próximos acudiesen a la zona. Abandoné definitivamente la carretera y adelanté a Laura que ya conducía en dirección a Herrera Oria.

  Atravesamos todo el Club de Golf y llegamos a la Avenida de la Ilustración. Giré a la derecha con un pronunciado bandazo y las ruedas del camión estuvieron a punto de despegarse del suelo. Por los retrovisores podía ver que Laura me seguía sin problemas y como los zombis de la caja iban de lado a lado. Paré un momento. De pronto, me había dado la impresión de que algo o alguien se movían en la zona de la autovía de la que yo venía. Era una sensación extraña, si hubiera alguien más vivo, se habría hecho notar. Por más que lo intenté no conseguí ver nada y los zombis se aproximaban, así que volví a concentrarme en la carretera para decidir qué hacer.

  Nuestro carril se veía relativamente despejado de coches parados en el mismo. De momento podríamos avanzar sin dificultad. Otra cosa eran los muertos, andaban por todas partes, aunque aislados, no se divisaban grupos grandes. Aceleré antes de que los más cercanos llegaran a nosotros. Avanzaba a unos treinta kilómetros por hora, no más, así tenía tiempo de esquivar a los zombis que se movían por la carretera. Los que se encontraban en las aceras, fuera de la calzada, al ruido de los motores trataban de ir a nuestro encuentro. Los quitamiedos de la carretera nos servían para retrasarles lo suficiente como para pasar. Hasta ahora solo habíamos golpeado a tres o cuatro zombis y fue casi con el lateral del camión.

  Ya se podía ver la entrada al túnel. No tenía intención de meterme en él. No sabía si estaría practicable y en caso de no poder pasar, con un vehículo tan grande no podría maniobrar lo suficientemente rápido y los muertos se nos echarían encima. Decidí girar a coger Cardenal Herrera Oria. Me adentré en la calle de las Islas Bikini y mantuve la velocidad hasta llegar a la primera rotonda. No se veían obstáculos insalvables así que continúe.

  Los problemas empezaron al alcanzar el siguiente cruce. Una muchedumbre de zombis se dirigía hacia nosotros ocupando toda la calle, aceras incluidas. Por ahí no podríamos pasar. Giré hacia la izquierda y continué por la acera, ya que en la calzada aparecía un camión de la basura volcado sobre un costado. Golpeamos algunos zombis más y en el siguiente cruce giré hacia Herrera Oria, que ya se divisaba al fondo. Esa calle era más ancha y se podía ver la Residencia Universitaria Emiliani. Se encontraba rodeada de zombis casi adolescentes, estudiantes de los que la epidemia no tuvo compasión. Daba pena ver sus caras jóvenes ennegrecidas y saturadas de odio y quizás hambre, no lo sé. Todos al unísono se dirigieron hacia el camión y el todoterreno. La calle era ancha, así que aceleramos y conseguimos alcanzar la avenida por fin. Con un chirrido de ruedas giramos a la derecha, hacia la vivienda de los niños.

  Para llegar a su casa teníamos que salirnos de la avenida y coger una paralela de un solo sentido que se hallaba colapsada. Varios vehículos a diferentes distancias nos impedían el paso, de modo que la única solución era subir a la acera. Los hierros del toldo rozaron en alguna terraza y derribamos tres señales que se encontraban en nuestro camino.

  Ya podía ver la terraza de los niños. Tenían las mochilas puestas y con medio cuerpo fuera nos hacían señas con los brazos. Llegué hasta su terraza y frené justo debajo. Tenían todo el toldo del camión para poder saltar sin peligro. Laura pasó a mi lado y paró delante. Bajé de un salto y me volví a subir a la cabina del camión. Ella salió y apoyándose en la puerta comenzó a disparar sobre los bichos más cercanos.

–  Vamos Jorge, saltad rápido al toldo –les grité.

  Los niños ya estaban encaramados en la barandilla de la terraza pero no terminaban de saltar y con sus brazos señalaban la caja del camión.

–  Hay zombis dentro –gritó la niña.

  Era verdad, no me acordaba de los que lograron subir a la caja del camión. Busque una zona rota de la lona a través de la que pudiese ver y con un par de ráfagas de fusil, los lancé abajo.

–  Ya está. Ahora saltad.

  Los dos niños saltaron y se quedaron en el toldo.

–  Ahora a la caja del camión y luego subid al todoterreno ¡deprisa!

  Miré hacia Laura, cada vez se le aproximaban más muertos, tiraba ráfagas y sus disparos hacían blanco pero rara vez impactaban en sus cabezas, así que caían y se volvían a levantar. Era extraño, algunos de los zombis que abatía caían hacia atrás al ser alcanzados, sin embargo, otros lo hacían hacia delante, debía de ser un efecto óptico, no me lo explicaba.

  Volví a concentrarme en los que me acosaban a mí y en eso estaba cuando por el auricular oí a Laura que me indicaba que los niños no saltaban. Era cierto, los niños no se atrevían a saltar a la caja. No había tiempo, así que, sacando un machete de la funda que llevaba a la cintura, corté la lona de lado a lado. Los críos cayeron de golpe, sin poder evitarlo, dentro de la caja.

–  Ahora al coche ¡rápido! –les grité.

  Desde la cabina del camión seguí disparando a los zombis más cercanos. El auricular volvió a crepitar.

–  ¡Tienes que ver esto!

  Me giré y observé a los dos niños en el lado del copiloto. Laura les abría la puerta de atrás pero el perro estaba como loco. Ladraba y gruñía como ya le había visto hacer en otras ocasiones. Suspiré y me sentí morir. Eso sólo significaba que alguno de los niños o, a lo peor los dos, estaban infectados.

–  ¿Qué hacemos? –me volvió a gritar Laura.

  En ese momento se me ocurrió algo.

–  Jorge –grité– entra por la otra puerta.

  El niño no pareció entender el motivo, pero obedeció rápido. Abrió la puerta y con miedo de que el perro le atacara, se sentó en su asiento y cerró. Diego no se inmutó siquiera. Tampoco le impidió entrar; por el contrario, seguía ladrando como poseído a la niña, que, con un gesto de infinita tristeza en la cara, lloraba asustada sin comprender que estaba ocurriendo. Estaba claro; en algún momento de la última salida había resultado contagiada y el instinto y el olfato de Diego eran infalibles.

  Laura se giró hacia mí y me miró –¿qué hacemos?– volvió a preguntarme mientras se daba la vuelta y disparaba sobre los zombis más cercanos, que ya se aproximaban por delante del coche. La niña lloraba y gritaba sin entender que, por momentos, dejaba de ser humana para convertirse en una de esas cosas. En pocas horas moriría para después volver a ese estado y permanecer en él para siempre o, al menos, hasta que alguien le reventara la cabeza. El perro seguía mostrándose inflexible con Carmen y, Jorge en el interior del coche, gritaba y lloraba sin saber qué hacer para ayudar a su amiga.

–  No podemos dejarla así –me dijo Laura con la voz entrecortada.

  En ese momento, viendo la expresión de dolor en sus ojos comprendí que ella sería incapaz de acabar con la vida de la cría; tendría que ser yo el que la matara. También supe que si lo hacía, esa decisión terminaría con todo rastro de humanidad que me quedase y me perseguiría todos y cada uno de los días de mi vida. Encaré el fusil y le apunté a la cabeza. La niña se giró hacia mí y, mirándome a los ojos, se quedó inmóvil, esperando… disparé, y… la cabeza de Carmen reventó.

  Jorge se volvió loco y gritando aun más, si eso era posible, repetía y repetía el nombre de la niña mientras intentaba salir por la puerta que había entrado. La puerta de atrás, por suerte, debía tener algún tipo de seguro para impedir que los niños la abrieran desde dentro por lo que no lo consiguió. Entonces se giró y trató de salir por la puerta abierta del otro lado, donde yacía el cuerpo de su amiga. Pero Diego no le dejaba, sin hacerle el más mínimo daño le impedía el paso empujándole con la cabeza. Jorge, al no poder con el perro, comenzó a darle puñetazos, golpes, le agarraba salvajemente del pellejo y, diría que llegó a morderle alguna vez, pero el perro, soportando todo el castigo que el niño le infligía, continuó en su posición impidiéndole salir hasta que, finalmente, el niño se derrumbó y abrazado a su cabeza lloró desconsoladamente.

  Tuve que limpiarme las lágrimas de los ojos con el dorso de la mano enguantada.

–  Tenemos que salir de aquí –le grité a Laura. Ponte al volante y conduce.

  Disparé a los zombis que venían por nuestro frente hasta que me quedé sin munición en el cargador. Me colgué el fusil a la espalda y salté sobre el techo del todo terreno. Entré en el coche por la puerta del copiloto y Laura salió derrapando. Se dirigió hacia la zona en la que la densidad de muertos era menor y el paso libre ofrecía más posibilidades de escapar. Acelerando, logramos pasar entre ellos golpeando sólo a dos con el lateral del vehículo. Volvimos a salir a Herrera Oria y nos alejamos del horror que acabábamos de vivir.

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