4. Ver para creer

  Y llegó la hora. A las doce y diez decidieron que ya no podían esperar más. Laura empuñaba el fusil y llevaba la única mochila de que disponían llena hasta arriba con alimentos y un par de botellas de agua, por si no podían volver tan pronto como quisieran.

  Apartaron los obstáculos que protegían la puerta impidiendo que los zombis entraran. Acercaron la oreja pero no se oía nada al otro lado.

  El Sargento miró a la mujer, le hizo un gesto con la cabeza y abrió de golpe.

  Se situó en primer lugar. Empuñaba la Glock con ambas manos. La oficina estaba a oscuras, sólo la poca luz que entraba por la puerta que acababan de abrir iluminaba mínimamente la estancia, aunque no era suficiente para distinguir algo. De repente Diego comenzó a gruñir amenazante. Se acercaba algún muerto pero no podían verlo. Tantearon la pared buscando el interruptor. Nada más pulsarlo, los fluorescentes comenzaron un interminable parpadeo. Eso bastó para ver aproximarse dos zombis gruñendo, uno por cada lado del escritorio que había en el centro de la habitación. La luz no acababa de encenderse pero el sargento no esperó más. Avanzó la pierna izquierda y tras volver a apoyarla en el suelo le plantó el talón derecho en el cuello a la mujer que avanzaba por la izquierda. Sonó un seco crack al fracturarle las cervicales y salió despedida un metro para atrás. Retrocedió y se volvió a colocar en la jamba de la puerta. La luz se encendió, por fin. El zombi que se aproximaba por la derecha, un hombre al que Laura recordaba de verlo almorzando en el bar de la planta exterior en los tiempos anteriores a la epidemia, casi tocaba con las manos al sargento. La chica no podía hacer nada porque Jose le impedía con su cuerpo entrar a la habitación, Diego había pasado de los gruñidos a unos agresivos ladridos, pero continuaba al lado suyo. El sargento no dejó que le llegase a tocar y de un violento codazo en la frente le envió al suelo. En esto, la zombi con el cuello roto se aproximaba otra vez. La cabeza se le balanceaba a un lado y otro según caminaba amenazante hacia ellos.

–  La mujer ¡cuidado! –avisó.

  Pero no hacía falta, el sargento le golpeó en la rodilla más adelantada, rompiéndosela. Cuando cayó delante de él, le pegó con el cañón de la Glock en la base del cráneo; la muerta cayó definitivamente con la cabeza rota y rebosando una mezcla de sesos, sangre y,… y no se sabía que más por la herida. No había tiempo para respirar; ya tenía otra vez al lado al hombre que se aproximaba gateando. Repitió la operación y volvió a pegarle en la cabeza con el cañón de la pistola. El zombi se desplomó entre convulsiones hasta quedar finalmente inmóvil.

  Diego dejó de ladrar y el hombre, que sin darse cuenta había estado conteniendo la respiración, aprovechó para inspirar profundamente. Al momento lo lamentó, el olor a podrido que inundó su nariz le provocó unas terribles nauseas. Todo había tenido lugar en un par de minutos escasos.

  No tenían tiempo que perder, aunque no habían disparado ningún tiro, el ruido de la pelea y los ladridos de Diego debían haber alertado a los zombis más cercanos. De hecho ya se podían escuchar gruñidos, gritos y golpes al otro lado de la pared. Se aproximaron a la salida, una vez estuvieran en el pasillo, el depósito de armamento quedaba a unos setenta metros en línea recta, debían ir rápido.

  Jose empujó despacio la puerta pero estaba claro que alguien hacía lo propio desde el otro lado. Tomó impulso y colocó una tremenda patada en la puerta que se abrió de par en par. Los tres zombis que estaban pegados a ella, intentando entrar, cayeron hacia atrás en un barullo de brazos y piernas. No lo pensó y saltó por encima de ellos. Llegó en pocos pasos hasta el pasillo central. Desde el depósito de armamento se acercaban, más rápido de lo habitual, varios zombis. Entre el grupo que se aproximaba venían cuatro guardias civiles de los que, en los últimos momentos, defendieron el complejo. Imposible avanzar sin enfrentarse a ellos. Uno de los guardias aún conservaba la pistola dentro de su funda y todos mostraban unos brazos llenos de desgarros con carne negruzca y podrida a la vista, fruto de los mordiscos de otros muertos. Sus miradas dejaban ver unos ojos de un rojo sanguinolento y cargados de intenso odio.

  Pero no había tiempo para deleitarse, Jose hizo tres disparos prácticamente seguidos y las tres cabezas de los guardias más próximos estallaron como melones, repartiendo sesos y sangre en todas direcciones. Diego, que había saltado detrás del sargento sobre los primeros zombis caídos, no paraba de ladrar como si intentara intimidar a los atacantes. Naturalmente nada de eso pasaba y se iban encontrando cada vez más rodeados de muertos.

  Desde el pasillo central se acercaban decenas de ellos y el guardia que quedaba delante de la puerta a la que se dirigían también quería su parte.

–  ¡Ah!

  Los tres zombis que cayeron tras empujar la puerta habían conseguido ponerse en pie y se aproximaban hacia la chica. Se sentía incapaz de apuntar, le daba la impresión de que sus brazos tuviesen vida propia. Si disparaba así corría el riesgo de darle al sargento; pero no había otra opción. Disparó una ráfaga sobre ellos. Como no les alcanzó la cabeza, sólo consiguió retrasar unos momentos su ataque. El retroceso del fusil tras el disparo la desequilibró; así que retrocedió un paso al interior de la habitación. Menos mal, un segundo después las tres cabezas reventaron consecutivamente tras los disparos que hizo Jose con precisión aterradora. La cara de Laura y todo su cuerpo se vieron salpicados de restos de huesos y masa encefálica. Se encontraba en estado de shock, su corazón parecía a punto de estallar y en sus oídos se repetía un “beeeeep” incesante, fruto del ruido de los tiros en el interior.

  El sargento no descansaba, ya se había vuelto a girar y de una tremenda patada lanzó al zombi que se le echaba encima desde el pasillo hacia atrás. Éste arrastró en su caída a unos cuantos muertos. Eso le dio un respiro para apuntar al último guardia que quedaba entre la puerta del depósito y ellos. Tras otro disparo certero su cabeza reventó como la de sus compañeros. Ya no le quedaban balas y el paso no estaba libre aún. Una de las enfermeras de Aislamiento que parecía haber cambiado su bata por la de un forense; aunque con el pelo perfectamente recogido en un bonito moño, se le aproximaba.

  Un durísimo puñetazo en la cara frenó a la zombi en seco. Inmediatamente la cogió con ambas manos del pecho y la lanzó sobre el grupo de muertos que se acercaban por el pasillo central. El paso estaba libre.

–  ¡Abre la puerta Laura! ¡Corre! –gritó— ¡Deprisa!

  Saliendo de su estupor la mujer corrió entre los cuerpos caídos hasta llegar a la entrada del depósito. Al pasar al lado del Sargento, le quitó el fusil de las manos. Tenía que meter la contraseña numérica y colocar su dedo índice en el lector para que la puerta se abriese. De reojo vio como continuaba disparando a los zombis del pasillo con el hk que le acababa de coger. No sabía cuántos disparos había hecho, pero en ese cargador no quedaban muchas balas y Jose no dejaba de disparar. Si no abría la puerta rápido estaban jodidos.

  Se obligó a concentrarse en introducir correctamente la clave numérica y apoyando el índice en el lector fue pulsando todos los dígitos. Cesaron los disparos. A Jose ya no le quedaba munición y venía corriendo hacia la puerta. Por fin se abrió con un chasquido y ella entró apartándose de la entrada para que él pudiese pasar rápido. Se giró hacia el pasillo y vio como el sargento corría hacia allí y en el camino se agachaba a coger la pistola que conservaba el guardia en su funda; luego lanzó el fusil, ya sin munición, sobre el grupo de muertos más cercano. Lo siguiente que ocurrió  dejó a la chica completamente paralizada: Diego ladrando y gruñendo como si estuviese poseído, saltaba hacia ella con la boca completamente abierta, los colmillos totalmente expuestos y una expresión feroz. No podía creerlo, al perro se le debía haber ido la pinza, pero se estaba lanzando sobre ella para… ¿atacarle? se agachó como pudo y Diego le pasó por encima justo en el momento en el que otro zombi con un brazo colgando intentaba alcanzarla. Con sus enormes patas le golpeó en el pecho lanzándolo hacia atrás. El zombi en su caída agarró, con el único brazo que podía mover, la pata del pastor alemán. Ya se relamía pensando en la presa que tenía tan cerca. Laura no podía hacer nada por él, en un instante eterno un inmenso sentimiento de culpa la invadió; había insistido en traerlo y ahora, tras salvarle la vida, iba a sucumbir bajo los mordiscos de un animal mil veces peor que él. Diego tiraba de la pata alejándola de la boca del zombi, resistiéndose a morir.

  Sonaron tres detonaciones tan seguidas que parecieron sólo una; el primer disparo le partió al zombi el brazo que le quedaba, con el que sujetaba a Diego, el segundo se le alojó en el pecho y el tercero le reventó la cabeza, acto seguido el sargento cerró de una patada la puerta de la armería.

  Todo esto había transcurrido en pocos minutos.

  En el depósito de armamento no había nadie más. Diego se acercó a Jose con la cola entre las piernas, como dándole las gracias. El zombi no había logrado morderle. Laura estaba histérica, el corazón parecía a punto de explotarle y no sabía si llorar o estallar en carcajadas. Corriendo se acerco a Jose y le abrazó mientras el perro se alzaba sobre sus patas.

–  ¡Lo conseguimos! –gritó la chica.

  Después del esfuerzo que había supuesto alcanzar el depósito, el pulso del sargento no se había alterado lo más mínimo.

–  ¿Estás bien? –preguntó apartándola cuidadosamente.

–  Al final acertaste trayendo al perro –reconoció agachándose para acariciar a Diego.

–  Me equivoqué contigo chico, te has ganado el derecho a venir con nosotros. Ahora inspeccionaremos esto a ver que nos llevamos, pero primero descansemos un momento.

–  Con el ruido del tiroteo todos los zombis deben estar dirigiendo sus pasos aquí. Hemos eliminado a unos treinta muertos. Si tus cálculos son correctos pueden quedar entre cuarenta y cincuenta o quizás más.

–  ¿Hemos? –saltó Laura– yo no he conseguido acabar con ningún zombi y menos mal que no te he dado a ti.

–  No te preocupes le irás cogiendo el tranquillo, ya verás. Lo has hecho muy bien.

–  No podemos luchar con ellos en los pasillos. Es un espacio demasiado reducido y al que pueden llegar desde varios puntos, estaríamos vendidos –continuó.

–  Y si no podemos enfrentarnos a ellos fuera ¿qué haremos?

–  ¿Cuántas entradas tiene el depósito?

– Dos, por la que hemos entrado y detrás de aquella habitación está la otra que da al pasillo norte. ¿Por qué?

–  Veamos ese otro acceso.

  La primera dependencia era la típica armería. Armeros repletos de pistolas, fusiles y escopetas con sus correspondientes accesorios como cargadores, miras, munición, chalecos antibala, linternas, material y uniformes antidisturbios, cascos, máscaras, gafas de visión nocturna, trajes de protección NBQ y más cosas que deberían inspeccionar con más detenimiento, alojadas en diferentes armarios. Tendría unos treinta metros de largo por veinticinco de ancho. La otra habitación era una oficina donde se realizaba todo el papeleo y se guardaban las documentaciones de las armas. La puerta que las separaba era blindada pero no estaba protegida por contraseña se podía abrir y cerrar relativamente rápido.

  Una loca idea iba cobrando forma en la cabeza del militar, que por cierto, seguía doliéndole como antes o más.

–  Laura, escucha atentamente lo que haremos –explicó mientras se masajeaba las sienes— montaremos dos líneas de defensa con las mesas y los  armeros a modo de barricada delante de la puerta. Con la primera crearemos un embudo a la entrada de la armería que les obligue a exponerse de uno en uno y conforme vayan entrando les iremos abatiendo. Los que consigan colarse serán retenidos el tiempo suficiente por la segunda línea para que podamos reventarles la cabeza. En caso de problemas nos replegaremos a esa otra estancia. Si el plan va bien deberíamos acabar con todos o casi todos los zombis del complejo. En cualquier caso, los que puedan quedar estarán más aislados y podremos eliminarlos más fácilmente. De todas formas, si el acceso quedó abierto y los zombis entran libremente, ya se habrán congregado tras la puerta y estaremos igualmente jodidos –concluyó.

  Frente a la puerta de entrada colocaron un armario donde apoyarse que les facilitase la puntería y donde colocar los diez fusiles que usarían, así como más cargadores llenos.

  A la otra habitación pasaron diez fusiles hk y otras diez pistolas Glock G17 con una caja llena de cargadores para cada arma, así como linternas, mochilas, cascos, walkies, gafas nocturnas, pilas y otras cosas que podrían necesitar más adelante por si perdían el depósito de armamento.

  Entre los dos prepararon las improvisadas barricadas con todos los muebles que pudieron encontrar. Luego inspeccionaron el material de que disponían.

  El sargento observaba a la chica. Mientras se mantenía ocupada preparando el armamento parecía irse calmando. Cuando entraron en la armería pensó que le iba a dar un infarto, pero ahora estaba más relajada. Mejor así, si perdía los nervios durante la refriega podía hacer que les mataran a los dos.

  Mientras ella terminaba de colocar los fusiles y de alojar un cartucho en la recámara de cada arma, cogió uno de los chalecos antibalas que le pareció de su talla y se lo colocó. Luego eligió otro más pequeño para Laura y lo apartó. No es que les fueran a disparar, pero les protegería de posibles mordiscos y arañazos. Se puso también unas coderas y rodilleras antidisturbios que cumplirían la misma función. Diego aprobó con un ladrido el nuevo aspecto.

  Cuando Laura acabó con los fusiles la llamó.

–  Laura, ven un momento.

–  Te voy a colocar este chaleco y las coderas y rodilleras de protección –le explicó.

  Al ir a cerrar el chaleco se dio cuenta que no era de su talla, ella le miraba divertida y con una ceja levantada.

  Apretó con fuerza pero no conseguía cerrar los velcros de los costados. Si apretaba más le molestaría y le impediría moverse con soltura.

– Perdona, es que con el uniforme no parecía que tuvieses las…eh… el pecho tan… ¡joder!

  Rompieron a reír disfrutando del único momento de relajación que habían tenido desde que salieran de la sala de reuniones.

–  Te buscaré otro mayor.

  Una vez que se puso el chaleco, el sargento insistió en que practicara con el fusil. Colocó sobre los armeros-barricada más alejados de ellos tres cascos que servirían como dianas.

–  Para conseguir abatirlos, debes unir la línea formada por la mira, el punto de mira y el blanco. Tienes que apretar el disparador de forma suave, si das un tirón fuerte el tiro se te irá al mundo. Antes de disparar suelta todo el aire de los pulmones, así tu pulso será más regular. Esa es la teoría. Ahora practica hasta que consigas tirar los tres cascos.

  Después de vaciar dos cargadores llenos, logró tirar los tres cascos en la misma tanda y Jose se dio por satisfecho.

–  Todos los muertos del complejo deben estar al otro lado de la puerta –lamentó.

–  Ahora eso poco importa Laura, lo que no podemos es fallar aquí dentro.

  Después de acabar de preparar todas las armas obligaron a Diego a esperar en la otra habitación. Parecía no querer separarse del Sargento. Le costó encerrarlo allí.

  Jose insistió en repasar el plan hasta que los dos lo tuvieron claro. Ella tendría que abrir y luego saltar sobre los obstáculos hasta su posición. En un principio quería hacerlo él, pero para volver a abrir la puerta era necesario introducir de nuevo la clave y pasar el dedo por el lector. Tenía que ser la mujer. Lo practicaron media docena de veces y la última llegó a su lado en pocos segundos.

  Se colocaron unos cascos de protección para los oídos. El ruido de los disparos dentro de esa habitación cerrada podía romperles los tímpanos y desorientarles con un resultado fatal.

  Miraron el reloj. Eran las tres y diez de la madrugada.

  Y empezó el baile.

  Laura abrió la puerta y saltó los armeros que servían de primera barricada. José ya disparaba al primero que entró. Los muertos se empujaban a la entrada para intentar pasar. Sus ojos estaban cargados de ira y sus bocas abiertas mostraban una pasta repugnante de color indescriptible. Cuando iban consiguiendo pasar, Jose o ella los abatían. El olor se iba haciendo insoportable por momentos imponiéndose al aroma de la pólvora y los cuerpos se iban amontonando delante de la barricada. Todo transcurría como estaba previsto; pero como para algo está la Ley de Murphy, en cuestión de pocos segundos se torció la situación.

  Los zombis, según iban cayendo muertos a la entrada iban ejerciendo presión sobre la primera barricada; además, los que iban entrando también empujaban en un intento de pasar el obstáculo que tenían delante. Y entonces ocurrió. Laura disparó en vacío y al ir a cambiar el fusil por otro con el cargador lleno, lo apoyó sobre éste y los dos fueron al suelo delante de ellos. En el mismo momento a Jose se le acabó la munición y esos preciosos segundos que tardaron ambos en tomar otro fusil fue suficiente para que, al ceder la barricada, varios muertos llegasen a la segunda línea. Esto lo complicaba todo. Ya no sólo tenían que tirar sobre los que entraban, sino que primero debían abatir a los más cercanos a ellos.

–  Dispara tu a los que van entrando –le gritó el sargento.

  Así lo hizo; raro era el que conseguía tumbar a la primera, pero por lo menos los retrasaba. De reojo podía ver como los que se le escapaban a ella, eran neutralizados rápidamente por el militar. Si alguno de sus disparos no acertaba a un zombi en la cabeza, cuando éste caía era cazado en el suelo. Uno escapó a los tiros de los dos y logró llegar hasta ellos. Jose avanzó violentamente el fusil y le atravesó la cabeza con el cañón; acto seguido disparó y el cráneo del muerto se desprendió hacia atrás.

  Ya habrían caído más de treinta y ahora iban entrando más espaciados. Sólo tenían que ocuparse de la primera línea. La mujer sudaba profusamente, el hombro le dolía horriblemente, estaba completamente tensa y el retroceso del fusil tras cada disparo cada vez le causaba más dolor. De pronto, tras abatir a uno de ellos, la puerta quedó vacía, no entraban más. Jose la miró. Habría unos cuarenta o cincuenta cuerpos entre los de dentro y los que cayeron hacia fuera de la habitación. Se quitaron los cascos de protección de los oídos. Aún con ellos, un constante beeeep castigaba su cerebro. El olor a pólvora lo inundaba todo ayudando a mitigar el hedor a descomposición proveniente de los cuerpos corrompidos. El marco de la puerta y las paredes se hallaban salteados de un asqueroso puré de sesos, carne, restos de huesos y sangre negruzca que sólo invitaba a vomitar. Entre los zombis que habían entrado Laura pudo reconocer a sus compañeros, no consiguieron alcanzar la enfermería, sólo el pensar en ello provocó un profundo dolor en su interior.

  Esperaron diez minutos más, un grupo de tres muertos apareció entonces. Los abatieron como al resto. Dos zombis más aislados intentaron colarse y fueron cazados por Laura. Luego nada. Ningún otro muerto se acercó a la puerta. Se aproximaron con precaución a la barricada. Algo se movía debajo de la maraña de cuerpos. Alguno debía seguir vivo, no le habrían alcanzado en la cabeza. Al final, consiguió abrirse paso y sacar el cuerpo. La mujer apuntó a su cabeza y disparó. Ya no se volvió a mover nada. Había acabado.

  Dejaron todo como estaba y pasaron a la otra habitación donde Diego, que no había dejado de ladrar hasta que cesaron los disparos, se les puso de patas para darles la bienvenida. Cerraron la puerta y se soltaron los chalecos, ambos estaban empapados de sudor. Jose mostraba en su pómulo derecho un corte sangrante fruto de los continuos impactos del fusil en su retroceso. Bebieron algo de agua y ella se dejó caer en la silla agotada por el estrés de la experiencia anterior. Miró al sargento. ¡Increíble! Ya estaba preparando el material que se iban a llevar. A este tío nada parecía afectarle.

  Eran las tres y media. Tras descansar unos veinte minutos y volver a ajustarse el equipo se dispusieron a salir.

  Llevarían dos pistolas cada uno en sendas fundas, otra en la mano y un fusil hk al hombro. Dos mochilas en las que metieron varias cajas de munición para las pistolas y para los fusiles. Dos linternas, algunos paquetes de pilas y walkies que estaban enchufados cargando, entre otras cosas. Las mochilas pesaban como demonios.

  Como no sabían en qué estado se encontrarían las escaleras, decidieron que si el ascensor aún funcionaba subirían en él a la segunda planta; donde, justo sobre el depósito de armamento estaba el Puesto de Mando y Comunicaciones.

– ¿Estás preparada? –preguntó él.

–  Adelanté –inspiró profundamente.

  El sargento iba en cabeza. El pasillo parecía estar libre de zombis. Llegaron hasta el ascensor. Seguía donde lo dejó. Entraron y Diego se colocó al fondo cerca del militar. El Sargento iría primero. Se miraron preocupados antes de pulsar el botón número 2, si al abrirse las puertas se les abalanzaba algún muerto, tendrían problemas y muy graves. En un habitáculo tan pequeño no podrían maniobrar todo lo rápido que necesitaban. Sin saber muy bien porque la chica se encontró rezando mentalmente un avemaría; no era muy religiosa, pero en ese momento le ayudaba.

  Por fin Jose pulso el botón y el ascensor se puso en marcha. Conteniendo el aliento comenzaron a subir. Nada más abrirse las puertas permanecieron expectantes, inmóviles, en busca de un ruido, o una señal que les indicase que los muertos les habían descubierto. El silencio era absoluto. Tras un par de minutos, ningún zombi apareció. Cuando se disponían a salir, Diego echó a correr en la dirección contraria que debían seguir.

–  Diego ¡no! ¡Vuelve! –le gritó Laura.

   Pero el perro no hizo caso, y en un impulso inexplicable salió corriendo detrás de él.

–  ¿Dónde coño vais? ¡Volved aquí! –llamó el sargento.

  Pero ella ya estaba a punto de entrar en el pasillo más alejado del ascensor. Al girar pudo ver al perro junto a un cadáver, se había sentado y gemía quedamente. No había rastro de zombis; aún así se aproximó con precaución. Al llegar hasta el perro comprendió porque había actuado de esa forma. Era Carlos, su adiestrador. Estaba sentado en el suelo, con las piernas extendidas, la cabeza reventada y una pistola en su mano derecha. No era difícil adivinar lo que había ocurrido. Cuando abrieron el acceso y entraron los zombis, en algún momento, resultó herido por alguno de ellos y, conocedor del futuro que le esperaba, decidió evitarlo a toda costa volándose la cabeza.

  Se agachó y, dejando la pistola en el suelo, acarició la cabeza de Diego que no dejaba de gemir.

¡Bang! ¡Bang!

  Dos detonaciones sonaron por encima de sus cabezas y un zombi se desplomó al lado. Sin entender que había pasado, cogió la pistola y se lanzó rodando hacia el lado izquierdo del pasillo mientras Diego ladraba y gruñía al zombi. Al volverse apuntando hacia atrás, vio al sargento aproximarse con la pistola aún encarada.

–  Salió de esa habitación –Señaló— No debéis confiaros, el edificio no está controlado, no sabemos de dónde puede salir un zombi.

–  Era Carlos, su instructor, por eso acudió aquí. Ha sido la única vez que no ha detectado a uno de ellos.

–  Debemos irnos ¡Vamos Diego!

  El perro se le acercó obediente con la cabeza gacha.

–  Vayamos al Puesto de Mando, pero ahora venid detrás de mí.

  Avanzaron cuidadosamente hasta la puerta del Puesto de Mando.

–  Laura; introduce la contraseña y apártate inmediatamente de la entrada, no sabemos lo que hay al otro lado.

   Nerviosa colocó el índice en el lector y pulsó la contraseña numérica, pero nada sucedió.

–  ¿Qué ocurre? –preguntó el sargento impaciente.

–  No lo sé, quizá he pulsado mal algún dígito, lo intentaré de nuevo.

  Esta vez, la puerta si se abrió. Las luces estaban encendidas. El sargento la apartó y pasó dentro de la habitación desde la que una vez se dirigieron los servicios de inteligencia españoles. Ella le siguió rápidamente y lo que vio le hizo sentir unas arcadas tan fuertes que no pudo evitar vomitar todo lo que le quedaba en el estómago.

  Tumbada boca arriba en el suelo aparecía la Ministra de Defensa en avanzado estado de descomposición. Tenía todo el brazo izquierdo completamente desgarrado desde la mano hasta el hombro; un disparo en la frente y la pierna derecha en una posición completamente antinatural. Pero eso no era lo peor; debajo de una librería caída se podía ver el tronco del Ministro del Interior transformado en zombi. Sus ojos completamente rojos reflejaban tal odio que instintivamente los dos le apuntaron con sus armas. Pero ya no suponía un peligro para nadie. El que una vez dijera que lo sabía todo de todos, y que no supo adivinar a tiempo lo que se les venía encima se encontraba vivo en muerte con la columna rota  debajo de una pesada librería. Sus dedos aparecían descarnados, pues se los había deshecho intentando arrastrarse para escapar del armario. Cuando comprendieron que no podía causarles ningún daño, bajaron las armas. Procedieron a comprobar el resto del recinto mientras Diego se plantaba delante del zombi sin dejar de gruñirle.

  Cuando acabaron con la inspección volvieron al lado del perro. A Laura este hombre nunca llegó a caerle bien, pero no podía dejarle así. Le apuntó con la Glock a la cabeza y después de mucho pensar que no había otra opción y que era lo mejor para él, cerró los ojos y disparó. Al instante el desgraciado dejó de sufrir y Diego de gruñir. Ella por el contrario, sintió un intenso dolor en el pecho. No se acostumbraba a disparar sobre nadie.

–  No te culpes, es lo mejor para él. No me imagino nada peor que quedarse así para toda la eternidad.

–  Necesito descansar Jose, de verdad –y se dejó caer en un sillón con la cabeza hacia atrás.

  Tras varios minutos curioseando por el despacho del Director y las oficinas de Mando y comunicaciones el militar volvió a su lado y le preguntó:

–  ¿Cómo se puede ver el exterior?

  Se acabó el descanso. No habrían pasado más de diez minutos. Miró a Jose, no paraba de ir de un lado a otro parecía que le hubiesen metido un chute de adrenalina en mitad del corazón. Se acercó a un PC y lo encendió. Abrió el programa de vigilancia y al instante seis cámaras aparecieron en la pantalla mostrando los exteriores del CNI.

–  Aquí lo tienes. Pulsando sobre el enlace aparecerá otra pantalla con otras seis cámaras y así hasta el final, también puedes fijar una en concreto y moverla y hacer zoom donde quieras —le explicó— yo me voy a tumbar en el sofá de la habitación de al lado, te juro que necesito cerrar los ojos un momento; además, yo eso ya lo he visto –terminó.

  Mientras Laura descansaba comenzó a trastear en el programa de vigilancia.

–  ¡Diego! –llamó— ven conmigo, a ver si somos capaces de manejar esto.

  El perro no hizo el menor caso y continuó tumbado al lado de Laura.

  Empezó por las cámaras del interior del CNI, en la superficie. Lo que apareció ante sus ojos le hizo tambalear, tuvo que agarrarse a la mesa y cerrar los ojos para no marearse. En su fuero interno tenía la esperanza de que una vez que viese el exterior todo continuaría como siempre, con su tráfico, personas vivas caminando con sus familias, dirigiéndose al trabajo, atascos. O como mucho, unidades del Ejército y Policía controlando la epidemia o lo que fuese que había pasado y que todo el horror vivido desde que despertó estuviese limitado al complejo subterráneo; pero la realidad se había impuesto en toda su crudeza.

  Por todas las cámaras exteriores del edifico se veían multitud de muertos caminando de un sitio a otro, parados o tirados en el suelo. Los coches no se dirigían a ninguna parte. Se veían accidentados, incendiados, abandonados a su suerte, esperando que sus dueños regresaran a por ellos. Todo era desolación y desastre. La situación era peor, si cabe, que en el interior. Prácticamente todos los carriles de salida de la M30 se podían ver completamente llenos de vehículos. Muchos incendiados, como la vegetación de la margen exterior de la autovía, quemada sin bomberos que extinguiesen el fuego. Vehículos militares; si, pero incendiados, volcados y todos ellos abandonados. En el Helipuerto del edificio auxiliar del CNI se adivinaban los restos calcinados de un helicóptero que no había sido capaz de despegar.

  Una de las peores visiones era la de los niños. Niños que huían con sus padres, que se sentían seguros y a salvo con ellos, y que ahora vagaban por el asfalto convertidos en muertos vivientes. Con la misma expresión odiosa de sus mayores. Ancianos; que no habían tenido la suerte de acabar su existencia como auténticos seres humanos y que ahora sobrellevaban una inmortalidad que no habían pedido.

  Le llamó la atención el aspecto de los muertos. La mayoría de los zombis que estaban en el interior del edificio, no estaban muy maltrechos, tenían algún mordisco evidente en manos, brazos o en el cuello, incluso a alguno le faltaba un trozo de cara o la oreja completa y, por supuesto, todos mostraban esos ojos completamente rojos e inundados de odio. Éstos eran los que se habían transformado por la mordedura o herida de otros zombis. Pero en el exterior muchos muertos presentaban todo el cuerpo completamente rojo oscuro tirando a negro, debido a la sangre que les había fluido por todos los poros al avanzar la enfermedad a modo de costra y que tras morir habían vuelto a la vida produciendo una visión más horripilante si cabe.

  En ese momento se dio cuenta de que estaba más perdido que nunca; el mundo se había ido a la mierda, no sabía cuántos seres humanos podían quedar con vida, ni siquiera si quedaba alguno, no tenía a quien acudir y por si fuera poco, ni siquiera podía aferrarse al pasado para encontrar un punto de cordura. En definitiva, estaba muy jodido.

  Se levantó y se dirigió al lado de Laura, se dejó caer en el suelo recostándose en el sofá en el que estaba tumbada y cerró los ojos. Notó como sus dedos le acariciaban la cabeza y jugaban con su pelo. Fue la sensación más agradable que recordaba en mucho tiempo.

–  Es horrible ¿verdad?

–  Si, no puedo imaginarme nada más horrible en estos momentos –confirmó.

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