3. Flashback

  

Era noche cerrada. Haquim andaba con paso rápido un par de metros por delante de mí. Caminábamos por un barrio de la periferia de Trípoli. Había escombros por todas partes, la OTAN llevaba más de un mes bombardeando a las tropas gadafistas en un intento de forzar la salida de Gadafi y su familia del poder. Se habían producido varios amagos de acuerdo pero todos se estrellaban con la negativa del Dictador a abandonar el gobierno de Libia. El alumbrado público era casi inexistente y apenas había un alma por las calles.

 

  De repente, Haquim me hizo un gesto de alto y me empujó dentro de un hueco existente en la pared de lo que habría sido un edificio de tres plantas, y que ahora parecía estar vacio. Se veía abandonado y, a juego con el resto de la zona, tampoco tenía iluminación alguna. Me indicó con el dedo que permaneciese en silencio. Pocos segundos después un pick up cargado con mercenarios armados pagados por el Régimen, pasó lentamente por la calle por la que avanzábamos. Instintivamente, así la empuñadura de la Beretta que llevaba oculta en mi espalda y mientras esperábamos a que se alejaran observé a mi acompañante. No sabía mucho de ese hombre, al igual que él no sabía nada de mí, ni nombre ni unidad, sólo que yo trabajaba para la “inteligencia española”.

 

  Era un tipo bajo, de uno sesenta y pocos, barba de varios días, delgado, de hecho, extremadamente delgado. Su edad era difícil de calcular, lo mismo podría tener treinta años que tener cincuenta. De pelo negro, corto, vestía unos vaqueros gastados azules, una camiseta de Adidas negra y deportivas blancas. Mi indumentaria era similar, aunque yo llevaba un pañuelo palestino al cuello y un chaleco marrón, mis zapatillas eran negras y mi cabello estaba teñido de ese mismo color. Intenté recopilar todos los datos que tenía sobre Haquim. Una semana atrás informantes habituales en Afganistán, habían llevado a la inteligencia de la OTAN hasta él. Decía tener información a cerca de algo llamado “Earthus”. Aunque la OTAN no le concedió ninguna credibilidad y en mi Unidad no habíamos oído hablar antes de ello, desde el CNI se mostraron muy interesado en lo que nos pudiera contar Haquim, así que contacté directamente con él, al margen de la Alianza.

 

  El primer encuentro no resultó como esperábamos. Haquim se mostró muy desconfiado y en cualquier caso no sabía nada directamente sobre el asunto. Sin embargo, conocía a las personas que podrían contarnos muchas cosas sobre “Earthus”; siempre a cambio de una pequeña cantidad de dinero, por supuesto. En Trípoli se podía comprar de todo, pero la información era especialmente cara. Ahí entraba en juego mi chaleco marrón. En el interior, en un doble forro, llevaba 200.000 euros en billetes de 500, como primer plazo de no estaba claro cuantos más. El dinero me lo había suministrado la Casa directamente de uno de esos fondos inconfesables.

 

  Tenía orden de pagar sólo si la información era veraz y de eliminar a Haquim si intentaba jugárnosla. Esto, sobre el papel no era difícil, pero en un barrio perdido de Trípoli, sin apoyo inmediato, unas coordenadas de extracción y solo una pistola frente a un número desconocido de posibles enemigos, ya no se veía del mismo modo.

 

  Haquim me hizo un gesto con la cabeza y volvió a salir a la calle por la que veníamos. Sabía, más o menos, dónde nos encontrábamos. Cuando comencé mi misión en Libia, memoricé montones de edificios y monumentos característicos de Trípoli. Naturalmente estaba cambiado, los bombardeos habían modificado su fisonomía, pero las grandes construcciones eran fácilmente reconocibles. Momentos antes, habíamos pasado por lo que quedaba del Hospital Sirraj, y estábamos dos manzanas más al sur. El punto de extracción al que tenía que dirigirme en 24 horas se encontraba al sur del colegio abandonado  Alsqr  Alhur. Quedaba bastante alejado de nuestra posición actual y si esto se demoraba mucho me vería en dificultades para llegar a tiempo.

 

  Al girar la calle me paré de golpe, no había rastro de Haquim y no se oía nada. Volví a acariciar la culata de la Beretta. El árabe asomó la cabeza desde dentro del siguiente portal y me indicó que me apresurase. Subimos despacio hasta el primer piso y tras introducir algo por debajo de la puerta más alejada de la escalera, ésta se abrió. Entró Haquim y después de interminables minutos, me llamó para que pasara.

 

  Me condujo a lo que podría haber sido el salón de la vivienda. La habitación estaba en penumbra. A la izquierda se adivinaba un pasillo que conduciría al resto de la casa. Todo el mobiliario consistía en una mesa de madera destartalada situada delante de una ventana con uno de los cristales rotos que debía de dar a un patio interior. La única iluminación provenía de un flexo situado sobre la mesa. El conjunto no resultaba nada tranquilizador y los tres personajes que se encontraban dentro, estratégicamente separados y armados hasta los dientes no ayudaban a mejorarlo.

 

  El más alto se dirigió a Haquim en árabe indicándole que me preguntara si había traído el dinero. Hasta ese momento, dado que Haquim creía que yo no hablaba árabe, se dirigía a mí en inglés y yo no creí necesario sacarle de su error. De todas formas, no hizo falta que me preguntara, Haquim era un tío espabilado y se había dado cuenta donde llevaba yo la pasta, y así se lo comunicó al que parecía llevar la voz cantante.

 

  Luego le hizo varias preguntas intrascendentes para el caso, como que si nos habían seguido o si nos habíamos cruzado con alguna patrulla progadafi. Yo miraba alternativamente a uno y otro según iban hablando poniendo cara de no entender nada de lo que decían.

 

  A continuación se dirigió directamente a mí en un inglés más bien chapucero.

 

–  ¿Como tienes pensado salir del país? –preguntó sonriendo.

–  Eso no debe preocuparte –contesté.

 

  Empezaba a impacientarme, así que decidí tomar la iniciativa yo.

 

–  Haquim me ha dicho que tenías algo que contarme sobre “Earthus”.

 

  El tipo sonrió de nuevo.

 

–  No voy muy sobrado de tiempo, así que si podemos ir al grano antes nos marcharemos todos a casa –ya me estaba hartando.

–  En eso estás en lo cierto, no “tenéis” mucho tiempo –enfatizó en un perfecto árabe— “Sargento Gil” –eso lo dijo en un perfecto español.

 

  El ambiente se tensó de repente, tenía que pensar algo y rápido. Estos tíos estaban al corriente de mi identidad, algo iba mal. No me dio tiempo a más, un fuerte golpe en la nuca lo dejó todo en negro.

  No podía dormir, no era la primera vez. Desde que el infierno se desató, rara era la noche que conseguía conciliar el sueño más de tres horas seguidas. Las pesadillas eran continuas y acababa despertando cuando cientos de zombis la acorralaban. Además, desde que se quedó sola en la sala de reuniones, un sentimiento de culpa la atormentaba. Habían sorteado quien se quedaba. El azar había decidido, pero eso no era un consuelo, ella estaba viva y sus amigos no. Claro que no podía estar completamente segura de que no hubiesen conseguido llegar a la enfermería y protegerse allí, pero no albergaba ninguna esperanza de ello.

  Cuando las infecciones comenzaron, estaba de servicio y en los días siguientes a ninguno se le permitiría salir. Vivía sola en Madrid, su única familia eran sus padres. Residían en Herrera de Pisuerga, un pueblecito de la provincia de Palencia. Estaba a punto de coger sus vacaciones y marchar a verlos pero nada de eso pasaría ya.

  El segundo día de la infección llamó por teléfono a sus padres. No consiguió que le cogieran el aparato y aunque era habitual que no lo oyesen, su padre decía que oía perfectamente, y que la sordita era su madre, que se quejaba de lo mismo de él, esta vez sí que se preocupó. Llamó a los vecinos de enfrente, que eran tan mayores y estaban igual de sordos que sus padres, esperando que escucharan la llamada. Al quinto tono, la voz de Antonia resonó al otro lado de la línea y le confirmó sus peores temores. Sus padres habían ido al ambulatorio pues parecían haber cogido un resfriado los dos. Ella y su marido irían mañana, porque tampoco andaban muy católicos. No podía llamarles al móvil porque su padre decía que era estúpido hablarle a un aparato por la calle. Ya no volvería a escuchar sus voces. Nunca.

  Tomó una silla y con cuidado para no hacer ruido se sentó frente al sofá en el que dormía el hombre. Llevaba una camiseta caqui, los pantalones del uniforme y las botas que no se había querido quitar. En el brazo derecho se podía apreciar una bonita cicatriz por encima del codo que no parecía fruto de un accidente doméstico. Seguramente no sería la única que decorase su cuerpo. Se fijó bien en el sargento, observó lentamente toda la anatomía del militar.

  No era un cachas al uso, pero bajo la ropa se adivinaban unos músculos en forma. Su sola presencia en la estancia ya te daba un plus de seguridad. Era el compañero que siempre elegirías en un partido y, por supuesto, en una pelea. Le había visto disparar contra esos zombis y su pulso no se había alterado lo más mínimo. Como si pegarle tiros a…a lo que fuese resultara lo más normal del mundo para él. En la Casa había conocido a otros agentes pero desde luego, ninguno se le parecía, de eso estaba segura. Lo extraño era que ni siquiera hubiese oído hablar de él.

  Respiraba de forma agitada y estaba empapado en sudor. No parecía estar teniendo el mejor sueño de su vida.

  Había tomado una decisión, cuando sortearon quien se quedaría, estaba asustadísima y les rezó a todos los santos que conocía para quedarse en la sala de reuniones. No quería salir de allí. No podía abandonar la relativa seguridad de esa habitación. Cuando le tocó quedarse en el local, dio gracias a Dios. No disparaba demasiado bien, y sabía que no sobreviviría fuera.

  Ahora las cosas habían cambiado, todos los días que pasó en soledad tuvo tiempo para pensar sobre ello, se sentía culpable por no haber ido con sus compañeros. Se encontró completamente hundida. Pensó que no volvería a hablar con nadie. No, ahora lo tenía claro, no volvería a quedarse sola pasase lo que pasase.

  No sabía nada del hombre que tenía delante pero algo le decía que si podía sobrevivir con alguien, ese alguien era él. Se fijó de nuevo en su cara, su respiración se hizo aun más irregular; de repente, se incorporó de golpe y, como por arte de magia, se vio con una pistola apuntando a su cara. El hombre tardó unos segundos en comprender donde estaba. Se levantó guardando el arma en su cintura.

–  Perdona, no quería asustarte –se disculpó.

–  No te preocupes –balbuceó intentando recuperar el resuello— parecías estar en medio de una bonita pesadilla.

  Él se quedó callado, como intentando recordar, y se volvió a sentar en el sofá.

– Era más que eso, no era sólo una pesadilla, parecía una especie de Flasback, era algo que yo he vivido, estoy seguro.

–  Eso es bueno, seguramente estás empezando a recordar. Pronto serás capaz de acordarte de todo. Cuéntame que ocurría –pidió ella.

  Reflexioné un momento y le hice un completo resumen de todo mi sueño evitando mencionar “Earthus”, ese punto lo omití. No podía explicar el motivo pero algo me decía que no debía contarle nada sobre eso… de momento.

–  Y ¿no recuerdas nada de lo que ocurría después de que te golpearan? –preguntó.

–  No, nada, todo acaba ahí. Toda la escena transcurría como si protagonizase una película, recuerdo exactamente lo que pasó en ese sueño porque, de hecho, se que lo viví. Sin embargo no logro recordar el exterior del mismo, lo que lo rodea, ni como llegué allí, ni que ocurre después. Tan sólo dónde empezó y dónde acabó.

  Notaba como mis sienes latían al ritmo de mi corazón, tenía un dolor de cabeza de caballo. Me levanté y me dispuse a prepararme un café.

–  ¿Quieres un café? –pregunté.

–  Si, por favor, así me despejaré un poco, prácticamente no he dormido nada.

–  ¿Tienes algún analgésico? Paracetamol, aspirina, lo que sea. La cabeza me va a reventar.

–  No, lo siento. No tengo ningún medicamento. El café te irá bien.

  Le puse un plato con agua a Diego y nos sentamos alrededor de la mesa a tomar el café. Tras reflexionar un rato en silencio me dirigí a Laura mirándole fijamente a los ojos.

–  Necesito entrar en la base de datos de personal. Quiero que me expliques donde se encuentra el despacho de Mando y como acceder al sistema. Sigue habiendo corriente, así que no debería ser difícil.

  Ella me observó, pensando sobre lo que le acababa de decir.

–  La dependencia de Mando y Comunicaciones, al igual que la de la armería y otras, tienen puertas con acceso restringido. Lógicamente el sistema informático también está protegido –respondió.

–  Perfecto, tendrás que hacerme un mapa con la situación de todas ellas y darme las contraseñas. Iré y consultaré el sistema a ver si puedo averiguar algo más sobre mi pasado y a cerca de mi misión en Libia. Tú y Diego permaneceréis aquí hasta que vuelva.

  De pronto me asaltó la vena feminista, ¿Qué se creía el machito? tenía muy claro, que aunque me aterraba salir, no pensaba volver a quedarme sola.

–  No me he explicado bien –le dije— esas puertas de acceso que te he dicho tienen una protección por reconocimiento dactilar y no querrás cortarme el dedo ¿verdad?

  Sentí un sudor frío en la espalda, su mirada se tornó vacía y por unos interminables instantes pareció valorar esa posibilidad, luego resopló y asintió.

–  Como quieras –aceptó— pero no será divertido. Veamos ese mapa.

  El complejo subterráneo constaba de cuatro plantas. Las oficinas que nos interesaban estaban distribuidas entre la primera planta, en la que nos encontrábamos, y la segunda.

  El bunker tenía una forma casi cuadrada. Las escaleras estaban en el lado noroeste, justo en el extremo contrario del edificio. Los ascensores estaban más centrados. Disponía de tres pasillos con dependencias a ambos lados. Teníamos relativa suerte, el depósito de armamento se hallaba en esta misma planta y en el mismo pasillo que nos encontrábamos. El Puesto de Mando estaba sobre el depósito de armamento en la segunda planta y la farmacia a la que se dirigieron los compañeros de Laura se encontraba en la cuarta planta, en la esquina opuesta a las unidades de aislamiento de donde salí yo.

–  ¿Cuántos zombis calculas que puede haber dentro del complejo? –interrogué.

–  A ver, como te dije cuando nos refugiamos aquí, éramos 67 personas, de esas algunas murieron por estar ya infectadas, luego está el grupo de unas seis personas que intentó salir al exterior, más los que pudieron entrar mientras el acceso estuvo abierto. Fue poco tiempo, pero no sé exactamente cuántos consiguieron entrar, en cualquier caso no creo que sean más de cien personas, corrijo, muertos.

  Saque el cargador de la Glock, le quedaban 6 cartuchos más el de la recámara. Disponía de 7 cartuchos para mi pistola.

–  ¿Qué munición te queda a ti para el fusil? –pregunté.

  Laura sacó el cargador de su fusil. Estaba completo, es decir 30 cartuchos más. No era suficiente para cien zombis, pero no todos estarían entre nosotros y el depósito de armamento. Una vez allí podríamos municionar y continuar. La situación mandaba, iríamos primero a por más armas y de ahí al Puesto de Mando.

–  ¿Qué hay en esa habitación que teníais tapiada? –señalé hacia la puerta.

–  Era una oficina secundaria, desde ahí no se puede acceder al sistema. Además, durante el follón que se montó entraron muertos en ella, por eso la tapiamos.

–  Según el plano que hemos hecho, si la atravesamos nos ahorramos muchos metros y vamos por el mismo pasillo directo al depósito. ¿Es correcto?

–  Si, en realidad esa es la opción más lógica y directa. La habitación está cerrada, pero ya te digo que en ella entraron zombis, lo que no se es cuantos.

–  Vale, tenemos claro el primer paso, tras municionar y coger lo que necesitemos iremos al puesto de mando —dudé— o podemos salir e ir liquidando a todos hasta limpiar el bunker.

–  Eso no es seguro –rechazó ella– no sabemos si los accesos siguen cerrados y si han entrado más zombis.

–  Aclárate –respondí molesto– decías que cerrasteis los accesos.

–  Creo que es así, pero no te lo puedo asegurar. Además, los muertos parecen torpes y lentos, pero cuando se acercan en tropel la situación se complica mucho y con que sólo te muerda uno estás listo. No es una buena idea salir a tiros, el ruido los atraería a todos.

–  Vale entonces queda descartada la opción Rambo, iremos a lo Splinter Cell.

 

  Laura puso cara de no entender.

–  Splinter Cell es un videojuego de infiltración, en el que prima el sigilo.

–  Creía que habías perdido la memoria –comentó sarcástica.

–  Ya te lo he dicho –respondí molesto– recuerdo cosas aisladas, lo que rodea a mi vida, pero nada de mi propio pasado, de mi existencia anterior.

–  Bien –continué— ya estamos los dos en el depósito de armamento, nos aprovisionamos y salimos hacia el puesto de mando lo más rápido posible…

–  ¿Cómo los dos? –interrumpió ella. No podemos dejar al perro aquí.

  La miré alucinado.

–  Lo que no podemos es llevarlo con nosotros. No es de ayuda, no ataca a los muertos, se pondrá a ladrar como un loco en cuanto vea alguno y alertará al resto. Decididamente el perro no viene –apostillé.

  Diego, que hasta ese momento había permanecido callado mirando a uno y otro según hablábamos, empezó a gemir, como si nos hubiese entendido.

–  Este perro es más inteligente que tu, ¡melón! Si él no viene, yo tampoco voy y tú no podrás acceder a ninguna dependencia protegida –desafió ella.

  Acojonante.

–  Tú ganas –accedí– pero será tu responsabilidad, irá contigo.

  Tras esto estuvimos trazando el plan maestro que seguiríamos hasta memorizarlo, y cuando lo memorizamos, lo seguimos repasándo una y otra vez.

  Accederíamos al depósito de armamento por la habitación tapiada. Una vez allí nos aprovisionaríamos de lo necesario e iríamos en el ascensor a la planta de arriba, ir por la escalera era más arriesgado, pues si nos tropezábamos con muchos zombis en un espacio tan estrecho lo pasaríamos mal. Una vez en el Puesto de Mando accederíamos al sistema y luego observaríamos el exterior a ver como estaba la situación. Después podríamos volver a la sala de reuniones. Saldríamos esta medianoche.

Cuando el sargento se convenció de que tenían claro el plan, mejor dicho, que ella lo tenía claro, decidió asearse. Quitándose la camiseta se dirigió a la ducha del baño. La chica permaneció pensativa observando al perro. No estaba convencida de querer salir de esa habitación, pero lo que si tenía claro es que no quería quedarse en ella sola. Cómo solía decir su padre: Que Dios reparta suerte, porque como reparta justicia… 

 

 Prepararon una suculenta comida para los tres con lo mejor que les quedaba, al fin y al cabo, puede que no volviesen nunca. La mujer procuró alejar esos pensamientos de su cabeza.

Durante el festín él le preguntó por su familia, si estaba casada, si tenía hermanos. Ella no pudo reprimir las lágrimas al relatarle la llamada a sus padres y luego a sus vecinos. Le contó que no estaba casada, que no tenía novio, ni hermanos, que le gustaba su trabajo en el CNI y que ahora todo se había ido al carajo. Que ya no tenía padres, que no podría encontrar un novio y… y que ahora tampoco tenía trabajo.

–  Podría ser peor.

  Le miré

–  Si, tienes razón, además podría no acordarme ¿verdad?

  Permanecieron varios minutos callados, ella pensando en lo que había dejado atrás y él  en que quizá nunca sabría que había dejado atrás o a quien.

  Pasamos la tarde dándole vueltas una y otra vez al plan previsto, a las armas que llevaría cada uno, limpiándolas y comprobando su correcto funcionamiento.

  Saldríamos sobre la medianoche.

 

2 pensamientos en “3. Flashback

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s