14. El bebé

14. El bebé

  Era el segundo día desde que el sargento les salvara de Martos y chupete, bueno, con la ayuda de Jorge. Sólo había recuperado la consciencia un par de veces, momentos que aprovechaban para hidratarlo todo lo posible. Sin goteros que le suministraran el líquido que necesita un ser humano no tardaría mucho en morir.

  Observó al chico. No se había movido de la habitación más que para comer o ir al baño, a veces hasta comía allí. Apenas había hablado desde que atravesó el esternón de Martos. Mariano y ella habían intentado que se sincerase con ellos, pero el chico no quería hablar del tema, era como si no hubiese pasado nunca. Encontró unos auriculares y un Ipod que le pedía que cargara en el coche, y no se los quitaba en todo el día.

  Entró Mariano en la habitación.

- Ya está la comida, otra sabrosa tortilla ¿Vamos?

- Jorge, Jorge – le quité los auriculares de las orejas – vamos a comer algo.

- Ahora no tengo hambre.

  El chico no quería salir de la habitación, no quería dejar de observar al militar.

- Vale, te traeré aquí la comida.

  El niño asintió, sonrió levemente y volvió a colocarse los auriculares sin perder de vista a Jose. Mariano y yo salimos de la habitación dirección a la cocina.

subiendo pa’ abajo, bajando pa’ arriba
perdiendo imperdible que tu no querías
que a gusto en tu colchón bañado en sudor

me encuentro a la luna, que estaba dormida
estas no son horas, pregúntale al día
que vamos a hacer hoy pa’ darle color, color!

Que es esa música, ¿es que estoy muerto? ¿Se oye música estando muerto? Abrí los ojos. Seguía escuchando esa canción, sólo esa canción.

ey chipirón,
todos los días sele el sol chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol

soñando en tus bragas, perdiendo la vida
cruzando fronteras que no eran prohibidas
hagamos el amor, huyamos tu y yo

Era extraño, no recordaba haber oído antes esa canción, ¡joder!, sonaba a todo volumen. Giré la cabeza y descubrí a Jorge gesticulando algo. Pero no le oía, sólo la canción:

Que noche más corta que nunca termina
que ganas de verte y comerte la vida
y ya ha llegado el sol, chispas y calor, calor!

ey chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale sol

  Al momento aparecieron por la puerta Mariano y Laura, también gesticulaban pero tampoco les escuchaba, me debía haber quedado sordo, pero seguía oyendo esa puta música:

que ganas de verte y comerte la vida
no importan las horas, de noche y de día
que ganas de verte y comerte la vida
soñando en tus bragas, perdiendo la vida

subiendo pa’ abajo, bajando pa’ arriba
no importan las horas, de noche y de día
soñando en tus bragas, perdiendo la vida
por verte en mi cama, y comerte enterita.

ey chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol

Laura se incorporó sobre mí. De pronto deje de escuchar la canción. Le dio unos auriculares a Jorge; era por eso que sólo oía música, que alivio, no estaba sordo.

- Rápido Jorge, alcánzame el vaso.

  El chico le dio un vaso con líquido a Laura.

- Tomate esto Jose, bebe todo lo que puedas.

- ¿Y qué es eso? – pregunté al tiempo que ladeaba la cabeza.

- ¿Qué has dicho? Has hablado, has hablado – repitió gritando.

  Permanecí esperando una contestación.

- Es agua con antibiótico disuelto, en estos dos días te has despertado sólo dos veces y aprovechábamos para darte algo de líquido. No hay goteros que ponerte, así que Mariano te disolvía antibióticos en el agua, pero nunca nos habías hablado. Y ahora bebe.

  Bebí todo el vaso, tenía un gusto amargo, pero como estaba sediento hasta me supo bien. Quise incorporarme pero al intentar moverme, un lacerante dolor en el hombro izquierdo estuvo a punto de hacerme perder el conocimiento de nuevo.

- Estate quieto, no debes moverte, la herida del hombro está aún muy fresca, si quieres incorporarte Mariano y yo te ayudaremos.

  Cuando el dolor remitió me fijé en Jorge y Mariano.

- ¿Porqué tenéis la cabeza afeitada? – pregunté completamente intrigado.

- Por solidaridad – contestó Laura.

- Solidaridad, ¿A qué te refieres?

  Jorge se acercó a mí y me guió la mano hasta mi cabeza. Noté el vendaje que la rodeaba pero no mi pelo.

- ¿Me habéis rapado la cabeza?

- La herida que te causaste al caer de la terraza de la farmacia se agravó con el golpe al desmayarte en el salón. No dejaba de sangrar y, ante la dificultad para curarte y la posibilidad de que se te infectara decidí afeitarte la cabeza. Ellos me pidieron que les rapase en solidaridad contigo, para que no te encontrases raro al despertar. Fue idea de Jorge. Se sentían un poco culpables.

- Tú no te sentías nada culpable – seguía luciendo un precioso pelo negro.

- No, yo no, además, me sienta fatal el pelo corto, pero si tu quieres me lo raparé también – terminó sonriéndome.

  Me llenó otro vaso de agua y me lo acercó a la boca. Pude fijarme más detenidamente en su rostro, lucía una tirita en la ceja derecha y su rostro, aún inflamado daba cuenta del tremendo castigo a que la sometió Martos.

- Laura,… yo,… cuando llegué,… el chico y tú estabais,…esos cabrones,…

- Sssss – me puso suavemente un dedo sobre los labios—no ocurrió nada, llegaste a tiempo, una vez más llegaste a tiempo.

- Siempre lo haces, siempre llegas a tiempo – expresó Jorge con la ternura de lo que era, un niño.

- Vale.

- Jose…  – se  interrumpió mientras fijaba su mirada en el chico — Mariano, ¿porqué no le calientas la comida a Jorge y le preparas algo a Jose?

- Mariano asintió entendiendo – vamos chico veras lo buena que me quedo hoy la tortilla.

  Ambos salieron de la habitación hacia la cocina. Miré a Laura.

- Hay algo más. Cuando te afeité la cabeza para curarte descubrí una incisión reciente en la zona de la nuca. Te abrí la cicatriz y extraje esto – me mostró una micro sd que había colocado dentro de una bolsita de plástico.

- No la habrás abierto ¿Verdad?

- No, recordé lo que me contaste de la contraseña, de todas formas no hay ningún pc útil en toda la casa.

- Yo también tengo que contarte algo – mientras se sentaba a mi lado en la cama traté de buscar las palabras adecuadas.

- ¿Has tenido otro sueño? ¿Has recordado algo más?

- No, no se trata de eso. Veras, el otro día, cuando entré en el salón y os encontré en esa situación…

- No te preocupes, ya te he dicho que no pasó nada, de verdad, unos cuantos golpes, el labio partido y el orgullo un poco herido, nada más.

- Cuando entré, la primera fracción de segundo, o quizá menos, estuve tentado de acabar a tiros con esos dos…

- Es normal, era una situación difícil, pero lo llevaste muy bien, gracias a ti seguimos vivos.

- No, no me entiendes, estuve tentado de disparar, sin importarme lo que os pudiese pasar a vosotros, o incluso dar media vuelta y largarme, era como si no me importarais lo más mínimo, como si fueseis peones en una partida de ajedrez que no acierto a comprender del todo.

- Bueno – se la notaba afectada por lo que acababa de escuchar – lo que importa es que no lo hiciste, nos salvaste y, a punto estuviste de perder tu vida por ello. Eso es lo que cuenta. Has estado sometido a tanta tensión que lo raro es que no hayas perdido el juicio. Te despertaste hace unos días con amnesia en un mundo devastado por los muertos vivientes, te tuviste que enfrentar a ellos, matar a una cría; te precipitaste desde una terraza al suelo. No sé, lo realmente importante es que a pesar de tu estado bajaras a defendernos. Eso es lo que a mí me importa.

- No ha sido la primera vez, quiero decir que ya había sentido antes ese impulso asesino. En el complejo, cuando me dijiste que tus huellas eran necesarias para abrir, en un instante pequeñísimo, una milésima de segundo, se me pasó por la cabeza pegarte un tiro y cortarte el dedo. Lo visualice todo como si fuese algo de lo más natural, algo a lo que estaba acostumbrado, tal vez porque ya lo hubiese hecho antes – callé y baje la cabeza completamente avergonzado mientras esperaba que ella procesara lo que le acababa de decir.

- Creo que mi naturaleza no es buena, que en mi otra vida, en la que no recuerdo yo no era un buen tipo. Puede que lo mejor sea que me marche, que os deje aquí, creo que si seguís conmigo al final resultareis heridos por mi o por mi culpa.

- Jose – ahora ya no se le notaba la misma seguridad de antes en su voz – lo único que sé es que ya he perdido la cuenta de las veces que me has salvado la vida a mí y al resto, siempre a riesgo de perder la tuya. Si realmente llega el momento en que esos sentimientos se impongan, creo que prefiero acabar de un tiro tuyo que en brazos de un Martos de turno o de un grupo de zombis asquerosos.

  Se levantó de la cama, algo había cambiado en su mirada, a pesar de sus palabras la situación había dado un giro inesperado, ya no me miraba igual.

- Descansa un poco mientras Mariano te prepara algo de comer.

  Los días pasaban lentamente. Me iba recuperando bien de todos los rotos, el hombro ya había recuperado la práctica totalidad de su movilidad, las heridas de la cabeza ya casi no eran visibles e incluso el pelo iba creciendo. Jorge, Laura y Mariano habían seguido practicando defensa y tiro, y progresaban a pasos agigantados. No habíamos vuelto a hablar sobre el tema, pero en el aire, cuando estábamos solos flotaba un “algo” diferente, podía notarlo.

  Hoy era 5 de Agosto, me encontraba más fuerte, así que decidimos que me levantaría y saldría a caminar por el jardín del chalet. Al principio me maree un poco, pero pronto me fui encontrando mejor. Acompañado de Laura caminamos hasta la entrada, hacia el coche. Allí estaban Jorge y Mariano. El niño cargaba el ipod conectándolo al mechero del coche y el abuelo… Mariano estaba manipulando un equipo de radioaficionado.

- ¿Qué es eso?¿Quien …

- Es una radio de aficionado – interrumpió el niño emocionado – yo soy el radio operador – dijo orgulloso.

- ¿Habéis estado transmitiendo? ¿Desde cuándo? – mis palabras sonaron algo apresuradas.

  Diego se me acercó y se sentó a mi lado subiendo la pata para que se al cogiera, quería jugar.

- Ayer Mariano, por fin logró instalar el equipo en el coche y alimentarlo con la batería, Jorge estuvo emitiendo por la tarde…

- Pero nadie me contestó – explico el chico.

- ¿Por qué no me dijisteis nada de esto? – mi pregunta sonó todo lo grave que sin querer yo pretendía.

- Era una sorpresa, te la íbamos a enseñar cuando te levantases – intervino Laura.

- ¿Estás enfadado conmigo? He dicho los mensajes como me enseñó Laura.

- ¿Qué mensajes? ¿Has dado nuestra posición?

- ¿Qué? – el chico no entendía.

- Qué si has dicho donde estábamos, que si has dicho donde nos encontramos.

  Diego se alejó de mi lado y se pegó al chico, como si percibiese que necesitaba protección.

- No, Laura me dijo que emitiera el indicativo, cuando contestara alguien ya se pondría ella – respondió mientras acariciaba la cabeza del perro.

- ¿Qué indicativo? – me giré hacia Laura.

- ¡Aquí CNI! Cambio – contestó Jorge.

- ¡Joder!

- Jose, ¿Qué te pasa? ¿Qué más da el indicativo que haya usado?

  Los tres me miraban como si estuviese abducido o algo así. Me tomé un tiempo para ordenar mis ideas y buscar una forma coherente de expresarlas.

  – Desde que salimos del complejo he tenido la impresión de que nos estaban vigilando.

  Los tres se miraron sin comprender.

- Jose, ¿Quién nos iba a vigilar? ¿Cómo? Y lo que es más importante ¿Para qué?

- No lo sé.

- ¿Por qué no ponerse en contacto con nosotros? No tiene sentido.

- No lo sé, no tengo la respuesta.

- Creo… creo que aún no te encuentras completamente restablecido, todos estos sucesos…

- Cuando íbamos a rescatar a los niños – interrumpí – cuando fui a capturar el camión del ejército para que se descolgaran desde la terraza ¿Recuerdas?

- Claro, ¿Qué tiene eso que ver?

- Mientras saltaba sobre los coches para alcanzar la caja del camión, un zombi me agarró, intenté soltarme pero no pude, ya iba a morderme cuando su cabeza reventó. Más tarde me dijiste que no habías disparado en mi dirección, que bastante tenías con defenderte de los que te acosaban, ¿Recuerdas?

- Quizás sí que disparé, o puede que una bala perdida le alcanzara.

- ¿En plena cabeza? ¿Justo cuando iba a morderme? ¡Vamos! Y hay más, cuando disparé sobre la niña – pude notar el estremecimiento de Jorge al recordarlo – los zombis nos estaban acorralando, cada vez estaban más cerca ¿Recuerdas? Yo todavía no había subido al coche, entonces varios de los muertos que iban en la primera línea cayeron inexplicablemente, no tenían ningún obstáculo pero cayeron y arrastraron al suelo a los que iban detrás, proporcionándonos los segundos necesarios para escapar.

- Jose, yo sólo vi a un puñado de zombis que caían, están muertos, por el amor de Dios, no sabemos cómo pueden mantenerse en pie y tú te extrañas por el hecho de que algunos caigan al suelo. Lo realmente raro es que se levanten y que sigan caminando – ahora ella había elevado notablemente la voz, Mariano y el chico me observaban como si hubiese perdido la cabeza, la del perro estaba ladeada, como si no conociese al que había expuesto esa teoría tan descabellada.

- Aunque no hayáis dado nuestra posición ya nos habrán localizado, es fácil de triangular, tú lo sabes – me dirigía a Laura – al comunicar con el indicativo CNI estamos descubiertos, sabrán que somos nosotros. Tenemos que marcharnos de aquí lo antes posible, mañana.

- Muchacho, vos aun no estás recuperado, necesitas descansar – intervino paternalmente el abuelo.

- Mañana, nos iremos mañana. Recoged lo que nos vamos a llevar, cargadlo en el coche, saldremos a mediodía.

  La noche había sido muy larga, permanecí en un duermevela junto a Diego y una pistola, ellos tres se acostaron, supongo que pensaban que estaba como una puta cabra.

  Mariano preparó café y sacó las últimas galletas que quedaban. Mientras desayunábamos en el cenador frente a la cocina, Laura por fin se atrevió a expresar lo que todos pensaban.

- Jose, veras, hemos estado hablando y ninguno de nosotros piensa que  lo que nos contaste ayer tenga mucho sentido así que…

  Si no podía hacerme entender como un amigo que intenta hacer lo mejor para todos tendría que hacerme obedecer como el militar que era sin dar un solo resquicio para disentir, así que interrumpí.

-  Vale, me da igual lo que penséis, cuando llegamos aquí, al chalet, estuve meditando que os quedaseis aquí, hay agua, algo de comida, un huerto, gallinas, se podría limpiar la urbanización y conseguir más víveres. Pensaba convenceros para que permanecieseis aquí y marcharme yo solo, pero eso ahora no es una opción. No podéis quedaros aquí porque ahora saben dónde estáis – los cuatro me miraban como alucinando, el perro con su cabeza ladeada.

- Cargaremos el coche y nos iremos a Valencia, lo haremos por Albacete, en lugar de tener que pasar por el viaducto, si estuviese bloqueado podríamos vernos en problemas serios y así puede que ganemos algo de tiempo. Ahora vamos a preparar todo para partir. ¡Ya!

  No había hablado, les había dado una serie de órdenes que no dejaban lugar a dudas, como tantas otras veces debía haber hecho aunque no lo recordara. Los tres se dirigieron a cumplimentarlas sin objetar nada más.

  A las 12:38 estábamos preparados. El coche cargado y todos equipados con ropas que nos protegiesen de posibles ataques zombis. Laura apareció, al igual que yo, con el chaleco, rodilleras, coderas, guantes y… y un casco en la cabeza.

- ¿Para qué quieres ese casco?

- No vaya a multarme la Guardia Civil – sonrió en una irónica mueca.

- ¿De qué hablas?

- Yo me voy en la moto, así queda más sitio para víveres y agua y… – hice un amago de interrumpir pero me cortó tajante con un rápido movimiento de su mano – además, antes te has comportado como un auténtico cabrón y no pienso ir contigo en el coche.

  Me quedé callado, sin saber que decir, miré al chico y al abuelo, pero se limitaron a meterse en el coche, Jorge llamó a Diego a su lado en los asientos de atrás. Laura se dirigió a la otra entrada de la casa con el despertador y esta vez lo lanzó sonando a varios metros de la valla. Después de comprobar que ningún zombi estaba lo suficientemente cerca como para causarnos problemas, abrió las puertas una vez que Mariano dio marcha atrás. Subí al coche y salimos. Oí a Laura arrancar la potente moto y situarse a nuestro lado. Llevaba el pinganillo del walkie lo mismo que Jorge. Aún disponíamos de otro pero era mejor ahorrar batería.

  Programé el navegador trazando la ruta por Albacete y nos dirigimos de vuelta a la autovía.

  El viaje transcurría tranquilo, no se veían demasiados muertos andantes por la carretera y seguíamos haciendo uso de las vías de servicio para evitar accidentes o alguna concentración mayor de zombis. Hacía calor, llevábamos las ventanillas bajadas y Mariano conducía despacio al tiempo que tarareaba música de algún tango.

- ¿Qué quiere decir SOS?

- ¿Cómo? ¿Qué has dicho? – pregunté.

- ¿Qué qué significa S.O.S.? – deletreó el chico.

- ¿Dónde has visto eso? – Mariano detuvo lentamente el coche.

- En la pared de aquella casa, está escrito en letras grandes y rojas, ¿Qué quiere decir?

- Quiere decir que alguien necesita ayuda, o la necesitaba.

  Mariano ya había detenido el coche y ambos teníamos localizada la casa a la que se refería el chico. Estaba situada al otro lado de la autovía, más o menos un kilometro antes de llegar a la población de Cervera del Llano; terminábamos de pasar el desvío que conducía a esa población. Laura detuvo la moto junto a nosotros. No se divisaban zombis en las proximidades.

  Tomé los prismáticos para ver los alrededores de la edificación. Era un caserón grande, algo aislado, de dos plantas.

- ¿Crees que habrá alguien vivo? Esa llamada de socorro puede tener mucho tiempo – opinó Laura a la vez que dejaba el casco sobre uno de los puños de la moto y se sacudía el pelo.

- No lo sé, probablemente no quede ya nadie, por lo menos humano, pero tampoco nos supone mucho acercarnos, aunque apareciesen zombis nos podríamos replegar fácilmente.

- ¿Iremos en el coche?

- No, el camino es franco, lo recorreremos a pie y Mariano y el chico se quedarán en el coche con el perro. Sobre el paso elevado tienen buena visión de la zona.

- Yo no me quiero quedar aquí – se quejó el niño. Has dicho que no había peligro, quiero ir con vosotros, Diego ladró también.

- No veo inconveniente en que venga con nosotros, así irá aprendiendo – intervino Laura.

  Diego volvió a ladrarme y alzándose me plantó las dos patas en el pecho.

- Está bien – no quería otra discusión con Laura, pero quedaros detrás de nosotros todo el rato – desenvainé la katana, me colgué el fusil a la espalda y eché a andar – Vamos, no disparéis si no es estrictamente necesario, y tu nada de ladrar, el ruido podría atraer a demasiados muertos.

  Recorrimos los aproximados trescientos metros hasta la edificación lentamente, sin ver zombi alguno. La puerta estaba cerrada. Les indiqué que permanecieran allí y rodee la casa para ver todo el perímetro. En el otro lado de la entrada sólo encontré un Ford Focus abandonado con las puertas abiertas y una habitación cuya puerta estaba también abierta, había mucha suciedad y lo que parecían restos de sangre pero ahora se encontraba vacía, por lo demás, no vi nada raro.

- Esta es la única entrada. No parece estar forzada, así que es posible que aun haya alguien dentro.

  Me acerque a la puerta y llamé un par de veces con los nudillos.

- ¿Hay alguien ahí? ¿Necesitan ayuda?

  Nadie contestaba, dentro no se oía nada. Tras repetir la misma operación tres veces, ya empezaba a pensar en volver cuando la cerradura interior chirrió y la puerta se abrió lentamente. Coloque la katana en posición de ataque, al tiempo que Laura apuntaba con la Glock a la mujer que apareció en el umbral. Miré a Diego de reojo, permanecía tranquilo, no era zombi.

  No tenía muy mal aspecto, pero no se podía decir lo mismo del olor que desprendía, a saber cuánto tiempo llevaría encerrada sin asearse. Tendría en torno a los treinta años, estaba desnutrida y sucia pero seguro que era humana. Se quedó en la puerta sin decir nada, observándonos.

- ¿Han venido a ayudarnos? – preguntó con un hilo de voz.

- Ayudarnos, ¿Es que hay más personas?

- Mi pequeña, estamos mi pequeña y yo. Por fin ha venido alguien, ¡he rezado tanto!

- ¿Podemos pasar? – se adelantó Laura.

- Claro, pasen, pasen.

  El hedor que desprendía la casa era aún peor que el de la mujer, hacía mucho tiempo que no se ventilaba. El interior de la vivienda estaba en penumbra, las ventanas habían sido tapiadas con muebles, pero no se veían rastros de lucha, todo parecía relativamente normal. Laura había bajado su arma pero yo seguía con la katana desenfundada, percibía algo extraño en la situación.

  Una vez dentro pudimos apreciar más detalles. Había ropa y desperdicios tirados por todas partes. Pasé hacia el fondo de la habitación. El pasillo siguiente debía dar a la cocina y seguro al baño. En esa zona el olor era insoportable, aún así me acerqué como si nada para inspeccionar esas habitaciones. Nada, en la planta de abajo no había nadie más con vida, ni sin ella.

- ¿Cómo se llama? Preguntó suavemente Laura.

  Me giré a observar a la mujer mientras contestaba. Jorge estaba tapándose disimuladamente la nariz.

- Fátima, me llamo Fátima.

- Fátima, ¿Dónde está tu hija?

- Está arriba en su habitación.

- ¿Quieres traerla para que la conozcamos?

- La mujer no contestó, pareció asustarse, nos miraba alternativamente a nosotros y al fondo, a una escalera que supongo debía conducir al piso de arriba.

- Me llamo Laura – Intentaba transmitir tranquilidad para que la mujer se relajase – ¿Me acompañas a ver a tu hija? Me encantan los niños, no temas.

  La mujer seguía sin articular palabra y ahora concentraba toda su atención en girar el anillo de su dedo anular.

- Subiré a ver si está bien ¿Vale Fátima?

 La mujer continuaba como en trance sin dejar de dar vueltas a su anillo.

- Ve con cuidado Laura – le hice un gesto a Diego y se adelantó a Laura, quien volvió a desenfundar la Glock y subió escaleras arriba lentamente. La situación era muy rara, retrocedí hasta la entrada y cerré la puerta que había permanecido abierta hasta entonces. No quería sorpresas. La luz interior se redujo drásticamente.

- ¡Jose! – gritó Laura, tienes que ver esto, sube aquí, por favor.

  Miré a la mujer, seguía catatónica, desenfundé mi arma y se la di al chico. Arriba se podía oír a Diego gruñir.

- Si hace algo raro dispara – susurré en su oído al acercarme; el niño me miró como quien cree que le han confundido con otra persona, pero no dijo nada, se limitó a sujetar la pistola con las dos manos y se concentró en la mujer.

  Subí de dos en dos los escalones, katana en mano. El hedor a podredumbre salía de la habitación invadiéndolo todo. Nada más entrar descubrí la cuna, era fácil, llamaba poderosamente la atención. La ventana dejaba entrar claridad de sobra para distinguir todos los detalles. En la cuna algo se movía y diría que gemía. Diego se encontraba a medio metro de la cuna en posición de ataque, con todos los dientes al descubierto a la vez que su rugido iba cobrando fuerza.

- Acércate, mira esto – me apremió Laura.

  Cuando me incliné y descubrí a la criatura tumbada en el interior de la cuna la tristeza más infinita me invadió. El bebé desnudo movía brazos y piernas al tiempo que gemía. No tendría ni semanas quizá ni días, aún le colgaba el cordón umbilical podrido de su tripita ahora grisácea y poblada de ramificaciones venosas.

- Es un zombi, es un bebé zombi – balbuceó Laura mientras sus ojos se llenaban de lágrimas – esto no debería poder pasar. Dios, es sólo un bebé, piensa en lo que ha debido sufrir su madre. No me extraña que haya perdido el juicio.

  El bebé zombi parecía excitarse con nuestra presencia y sus gemidos eran ahora más elevados, no dejaba de mover sus bracitos y sus pequeñas piernas.

- ¿Qué pasa? ¿Puedo subir? – gritó Jorge desde abajo.

- ¡No! – Chillamos los dos al unísono, era mejor que el chico no viera eso.

- Diego, ve con Jorge – el perro no hacía caso. Diego ¡Ve! ¡Ya!

  Abandono su posición y salió de la habitación sin dejar de gruñir hasta que llegó al lado del chico.

- ¿Cómo ha podido llegar a ocurrir esto? Es un bebé, parece recién nacido, no tiene marcas de mordiscos ni heridas visibles, ¿Qué ha pasado? – Laura se había dejado caer deslizándose sobre la pared hasta sentarse en el suelo y apretaba sus manos contra sus sienes, en una de ellas continuaba la pistola que no dejaba de apuntar a todas partes.

  Me acerqué a ella y me senté a su lado. Le recogí el arma de la mano y la abracé intentando consolar lo inconsolable.

  Creo que debemos bajar, su madre podrá explicarnos que ocurrió.

  La mujer continuaba en la misma posición, seguía como ida, Diego no paraba de caminar en círculo por toda la habitación y el chico ya no sabía qué hacer con la pistola, se la quité, cogí una silla y me senté frente a la mujer. El hedor ya no era tan insoportable, a todo se acostumbra uno.

- Fátima, hemos… hemos conocido a tu hija, era… es…

- No es mi hija, es… era la hija de mi hermana.

  Ahora la mujer había dejado de acariciar su anillo y parecía haber recobrado su cordura, era como uno de esos escasos momentos de lucidez que presentan los enfermos de Alzheimer y que tan felices pueden llegar a hacer a sus seres queridos.

- ¿Qué… Que ocurrió Fátima? ¿Qué le pasó a la niña?

  La mujer echó la cabeza atrás y pareció rememorar lo que tuvo lugar días atrás. Cuando parecía haber vuelto a quedarse catatónica comenzó a hablar, lento, de forma muy pausada, como si nos relatara algo que a ella le habían contado a su vez.

- Vivíamos en Madrid, hacía días que el mundo se había ido a la mierda. Nos ocultábamos en un bajo frente al Hospital 12 de Octubre. Fuimos hasta allí para que atendiesen a mi hermana. Estaba a punto de dar a luz. Tenía contracciones muy seguidas. Cuando llegamos allí, el Hospital ya estaba plagado de zombis, nadie podía ni quería ayudarnos. Julián consiguió forzar un bajo próximo y nos ocultamos allí.

- ¿Quién es Julián? – preguntó Jorge con la desconsideración que sólo los niños consiguen mostrar sin realmente llegar a molestarte.

- Perdona – la mujer se giró hacia el chico para contestarle – Julián es… era… mi cuñado, el marido de mi hermana Rebeca.

- ¿Qué ocurrió Fátima? ¿Qué le pasó al bebe?

  Ella se recostó en el sofá y comenzó a relatar lo ocurrido en esos momentos, lo hacía como si lo estuviese viviendo en esos instantes.

- No podíamos continuar allí, nadie nos iba a ayudar. Un superviviente nos contó que había oído que en levante, en una población de Valencia, Beta… Betet…Bétera, eso dijo, Bétera, allí había tropas de la Otan y nos podrían ayudar, ella iba hacia allí. Julián salió a buscar un vehículo, encontró un Focus abandonado con la llave en el contacto. Nos subimos todos y nos dirigimos a la autovía de Valencia. En la carretera te encontrabas coches accidentados por todas partes y los zombis se te aparecían de improviso por donde menos te lo esperabas. Una vez que abandonamos el cinturón de Madrid, todo fue mejor. Rebeca continuaba con contracciones. Un poco antes del desvío de Cervera rompió aguas. Teníamos que encontrar un lugar donde tener al bebe.

 Tomamos el desvío del pueblo, pero a la altura de esta casa, el coche se paró, aún sigue ahí. La gasolina se había terminado. Estábamos tan asustados que ni nos dimos cuenta que debíamos repostar. No se veían zombis en los alrededores así que salí y llamé a la puerta de esta casa. Al principio pensé que no había nadie, pero, pasados unos minutos la puerta se abrió y una pareja de ancianos asustados nos recibieron. Cuando les pusimos al corriente de la situación, se ofrecieron a ayudarnos. Ella era madre de seis hijos, nos orientaría en el parto. Eran dos personas maravillosas, desde el primer momento se volcaron en ayudar a Rebeca. Julián no podía permanecer quieto, sin hacer nada. Decidió ir al pueblo, nos dijeron que no había ambulatorio, sólo una farmacia, así que se dirigió a ella con ayuda de las indicaciones que le dio el abuelo.

  Al poco de marchar Julián la situación se precipitó. A rebeca le aumentaron los dolores, me pidió que le trajera unos analgésicos del coche, los llevaba en el bolso y se quedaron en el maletero. Matías, el abuelo, se ofreció a ir a por ellas. Encarna, su mujer, estaba frenética no paraba de preparar cosas para el parto, agua caliente, toallas, en fin, no se podía estar quieta.

  De repente se escuchó un prolongado grito y golpes en la puerta, era Matías. Encarna abrió y al momento entró el abuelo con un crío – miró a Jorge, más pequeño que tú, en brazos, le estaba desgarrando el cuello, le conocían, creo, creo que era nieto suyo, encarna intentó sujetar a la criatura para que dejase de morder a su marido, pero sólo logró que se girase y le atacara a ella. Era imposible dominarlo, tiró al suelo a la anciana y comenzó a morderle el cuello, igual que un vampiro primero, para luego estirar la carne hasta que la arrancaba, era monstruoso. Yo estaba paralizada por el horror, Matías intentaba taponarse la herida y la mujer se mostraba incapaz de zafarse del pequeño monstruo que le desgarraba ferozmente. Apareció Rebeca de la cocina, llevaba una pala, no sé de dónde la había sacado, ni siquiera me di cuenta cuando paso a por ella, golpeó al pequeño en la cabeza intentando que soltara a su presa. Al tercer golpe su cabeza pareció partirse y el cuerpo del niño quedó por fin sin vida, inmóvil al lado de la mujer, que era incapaz de taponarse las heridas. Ahora ambos estaban infectados. Rebeca empujó con la pala hacia fuera al hombre, el anciano continuaba sin comprender que había ocurrido. Le empujaba hacia fuera ayudándose de la pala, la abuela se había levantado y agarró a Rebeca del brazo para intentar evitar que echara a su marido fuera. El hombre ni siquiera se oponía, sólo intentaba tapar la herida que le desangraba de su cuello. La anciana, por contra se defendía con todo, en uno de esos envites debió herir a Rebeca. Al final logré sobreponerme y ayudé a mi cuñada a echar fuera a los abuelos.

  Fue horrible, echamos de su propio hogar a su suerte a dos personas que, momentos antes nos habían ofrecido su casa y su ayuda.

  Rebeca estaba exhausta y a punto de parir. Subimos arriba, a la habitación que había preparado la anciana, era donde dormían sus nietos cuando les visitaban, hasta tenía una cuna. Se tumbó en la cama y el bebé, prácticamente vino solo.

  Fátima estaba tan excitada que parecía que lo que nos estaba contando estaba realmente viviéndolo en ese momento.

- ¿Y dónde estaba el padre del bebé? – intervino, una vez más Jorge que no perdía detalle de la historia.

  A Julián no volvimos a verle, no regresó, nunca conoció a su hija.

- ¿Y qué ocurrió con Rebeca?

- En algún momento mientras intentaba empujar fuera a la anciana, esta debió herirla. Antes del parto, cuando subimos a la habitación apenas presentaba un leve arañazo en el antebrazo derecho. Después de dar a luz, apenas quince minutos después, la herida parecía estar terriblemente infectada. No tenía idea de que el proceso fuese tan rápido.

  Yo estaba asustadísima, si se transformaba dentro de la casa ¿Cómo me las arreglaría para defenderme?

  Pareció leerme el pensamiento y tras una hora, más o menos se incorporó y dejó al bebé en la cuna. Se acercó a mí y cogiéndome  la cabeza entre las manos acercó mi frente a la suya y me susurró: “Por favor, por lo que más quieras, no dejes que mi bebé se transforme en una de esas cosas, en lo que yo voy a transformarme”

  Me hizo jurárselo y luego abrió la puerta de la calle y salió sin más. Me avergüenzo sólo de pensarlo, nada más cerrar corrí a asegurar la puerta. Después de unos minutos asimilando mi nueva situación volví a subir a la habitación, con el bebé. Me incliné sobre la cuna y le observé mientras dormía. Me esforzaba en buscar algo raro en la criatura, algo diferente, pero sólo podía ver un bebe precioso.

  Yo no sabía cómo funcionaba el virus, pero me aterraba que el bebé se transformase en un zombi mientras lo mecía en mis brazos, así que no le toqué.

  Me senté en la cama junto a la cuna y me concentré en sus facciones, intentaba ver cualquier cambio. Al rato, el sueño debió vencerme. Cuando desperté habían pasado seis horas desde que Rebeca se marchó. No podía ver al bebé así que me incorporé. Lo que vi… era… no es justo… ese bebé se convirtió en un monstruo sin que nadie le hubiese estrechado en sus brazos, sin que yo le hubiese dado un poco de amor– Fátima rompió a llorar—

- Sabéis, durante todos estos días no he dejado de pensar que tal vez, si yo le hubiese cogido y le hubiese arrullado, dándole amor, mostrándole cariño, tal vez eso no hubiese pasado. Fue culpa mía, mi cobardía le transformó en… en eso.

  Jorge estaba sorbiéndose los mocos y las lágrimas amenazaban brotar torrencialmente por sus mejillas. Se levantó y acercándose a la mujer se le abrazó. Yo no sabía que decir.

- Fátima – intervino Laura— no fue culpa tuya, el hecho de que se transformase no tuvo nada que ver contigo, no tuvo nada que ver con el amor o con la falta del mismo, esa criatura estaba condenada desde que su madre resultó herida. Si ella ya hubiese nacido… si hubiese nacido tan solo unos minutos antes…

 Después de un incómodo, aunque tranquilizador silencio, me incorporé.

- Fátima, debemos continuar, en el coche tenemos sitio para ti. Puedes venir con nosotros. Esta pesadilla ha terminado ya. No puedes permanecer aquí.

- ¿Y el bebé?

- Él no puede acompañarnos, debe quedarse.

- Y se quedará así, hasta…hasta cuando, ¿mueren en algún momento?

- No lo sé, supongo que sí, pero lo cierto es que a ella no podemos llevárnosla. Lo más caritativo sería que le pegásemos un tiro en la cabeza – al momento lamenté haberme expresado así—pero lo cierto es que ninguno de nosotros será capaz de hacerlo, no podremos disparar contra una criatura de días, por muy zombi que sea.  Fátima, coge lo que necesites, debemos seguir camino.

 Joder, al carajo, no había querido mear cuando el Sargento se lo dijo, que coño, se lo ordenó, como si él no fuese capaz de aguantar lo que quisiera. Además, cómo iba a salir a mear con todos mirándole.  Pero lo cierto era que se estaba meando vivo, pero si esperaba a que viniesen estaría en las mismas de antes, así que, a pesar de la prohibición de salir del vehículo y de llamar la atención, decidió salir. No se veía a nadie en todo lo que le daba la vista. Salió del coche dejando la puerta abierta y se dirigió a la barandilla del paso elevado, y allí, mirando hacia la casa por si volvían se alivió. No pudo ver como tres pares de ojos muertos le descubrían al salir del coche y se dirigían hacia él. Cuando terminó y se dio la vuelta, los tres zombis estaban a menos de diez metros, no habían hecho nada de ruido, pero ahora comenzaron a rugir, como si ya no les importara descubrirse, como si supieran que no tenía escapatoria. Echó a correr pegado a la barandilla del paso elevado de la autovía dirección de vuelta a Madrid, pero los bichos eran más rápidos que él, le acabarían alcanzando. Además se había dejado el walkie en el coche. Se prometió que si salía de esta nunca volvería a cuestionar nada de lo que dijese el mamón del sargento, seguro. Encontró una rama en el suelo, no era muy gruesa, pero no había otra cosa. Estaba agotado. Paró y se dio la vuelta dispuesto a defenderse como pudiese. Los tres zombis le seguían cada vez más excitados, pero, de pronto, los muy torpes tropezaron con… no podía ver con qué, pero era como si se hubiesen chocado contra algo o hubiesen tropezado con sus propias piernas dando un ridículo salto y cayendo terraplén abajo. Además todos tropezaron, los tres, definitivamente Marcela debía estar cuidando de él. Tiró el palo y volvió al coche todo lo rápido que pudo.

  En la casa, Diego salió conmigo y comenzó a ladrar en dirección al lugar donde dejamos el coche con Mariano. Mariano entraba en ese momento en el coche, me había desobedecido y había salido del vehículo, menos mal que no había pasado nada. De todas formas se llevaría una reprimenda. ¿Por qué ninguno obedecía mis órdenes?

- Diego, ve con Mariano.

  El pastor alemán echo a correr veloz hacia el abuelo. Jorge salía ya con Laura. Fátima había insistido en despedirse del bebé a solas.

 Al poco salió de la casa.

- Fátima, con ese abrigo vas a tener mucho calor, ¡que estamos en verano! – le di un pescozón al niño para que no molestara.

- Fátima – nada que no callaba— ¿Por qué se mueve tu abrigo?

  Laura y yo nos detuvimos en seco y nos giramos hacia la mujer, efectivamente algo se movía debajo del abrigo que llevaba puesto. Su rostro era una autentica mascara de dolor.

- Abre tu abrigo Fátima ¿Qué llevas debajo del abrigo?

  La mujer paró y se desabrochó el chaquetón mientras lágrimas de dolor se deslizaban por sus mejillas dejando surcos en su cara llena de mugre.

  El cuerpo desnudo del bebé se sujetaba clavando sus uñas en el pecho de la mujer, una de las tetas había sido medio devorada, desgarrada y ahora se cebaba con el otro pecho. La sangre infecta ya resbalaba por su cuerpo.

- No podía dejarle, no podía, es mi bebé… lo prometí… es mi bebé…es culpa mía.

  Jorge estaba vomitando a mi lado. Intentaba pensar que hacer cuando el disparo sonó, la bala disparada por Laura atravesó la cabeza del bebé y el pecho de la mujer. Un nuevo disparo se alojó en la cabeza de ella y puso fin, para siempre a su sufrimiento, al menos murió siendo todavía humana.

- Vámonos – ordené – esos disparos atraerán a más zombis.

  Echamos a correr en dirección al coche. Cuando estábamos a pocos metros Mariano salió con Diego a recibirnos. Mientras Laura se colocaba el casco de la moto aproveché para reprender a Mariano por haber salido del coche.

- Vaya, ¡qué pasa con vos pibe! Parece que tenes ojos en la nuca, además, los zombis esos debían ser más viejos que yo, por que se cayeron solos, o lo mismo es que sabían que vos estabas cerca.

  Laura paró el motor de la moto y yo me giré hacia él.

- ¿Qué has dicho? Repite eso. Te atacaron zombis y se cayeron solos, ¿Dónde?

- ¡Ah! – pareció entender el anciano, ahora creerás que ocurrió algo raro, pues que sepas que nadie les tocó, nadie les disparó, yo oigo perfectamente. Se cayeron solos.

- ¿Dónde? – insistió ahora Laura.

- Ya se lo dije, por ese terraplén abajo, los tres, uno tras otro.

- Meteros los tres dentro del coche, si se aproxima algún muerto tocar una vez el claxon.

  Laura y yo echamos a correr terraplén abajo. En efecto, allí estaban los tres zombis, muertos. Les observamos sin acercarnos, esperando que de un momento a otro se incorporasen hacia nosotros para devorarnos. Pero nada, no se movían, estaban bien muertos.

-  No crees que los tres tropezasen solos de repente ¿Verdad?

- No, alguien les disparó, fíjate en sus cabezas, están reventadas por un balazo, una bala para cada cabeza, limpiamente. Alguien les ejecutó, alguien con muy buena puntería.

- ¿Por qué dices eso? ¿Por qué con buena puntería?

- Quienquiera que lo hizo tuvo que disparar desde lejos para no descubrirse y además lo hizo con un fusil con silenciador para evitar ser oído.

- Pero no entiendo porqué no se dan a conocer, si nos ayudan ¿Por qué nos deberían temer?

- No creo que nos teman, ni que nos ayuden, no se trata de eso. Creo que buscan algo, quizás la tarjeta, no lo sé. Tal vez sean pocos y no tengan claro que nos puedan vencer. Puede que estén esperando refuerzos.

- Pero eso es absurdo si pueden disparar sin que les oigamos o veamos podrían matarnos cuando quisieran, no necesitan más ayuda, además; como se desplazarían, no hemos visto ningún otro vehículo y no hay transporte público. ¿Cómo nos siguen? ¿Eh?

- Si necesitarían ayuda si su intención fuese cogernos con vida. Lo más probable es que se trate de un comando de dos individuos como máximo, quizás uno sólo, por eso no actúan, esperan la ocasión, pero si, también he meditado acerca de cómo nos siguen, como se mueven, y, la verdad es que todavía no tengo respuesta.

- Pero en el chalet estábamos indefensos, tú estabas inconsciente, ahí podrían habernos capturado fácilmente.

- Quien sabe, quizás perdieron nuestro rastro en algún momento.

- Y lo recuperaron al transmitir con la radio. Joder, que estúpida he sido.

  El claxon del coche sonó una vez, levemente. Los zombis acechaban, debíamos irnos.

13. Thais

  No podía creerlo, hacía más de un mes que no tenía relación con ninguna otra persona. El último contacto no fue lo que se dice satisfactorio. Tras lograr sobrevivir a los zombis después del holocausto, a punto estuvieron de acabar con ella un grupo de supervivientes. Nunca había llevado bien las relaciones personales. Desde el suceso, simplemente se entendía mejor con su Mac que con cualquier otro ser humano, incluida su familia. Pero no era una cuestión de elección sino de necesidad. Debía conseguir alimentos y bebida así que reunió todo el valor de que disponía y se aventuró a salir en busca de ayuda. Tuvo suerte, o al menos eso pensó al principio, cuando encontró a ese grupo de supervivientes adolescentes como ella. Esa primera impresión cambió rápido cuando descubrió que tres de los tíos se la estaban jugando a los chinos; a ver quien se la quedaba. Como si fuera una chaqueta. Antes de que se dieran cuenta ya se había largado. Se dirigió a la otra punta de la ciudad, para así evitar cualquier encuentro con ellos.

  Desde entonces había evitado a todo ser humano con el mismo ahínco que esquivaba a los zombis. Además tuvo suerte, descubrió el almacén del Supersol, ahí disponía de provisiones indefinidas. Se instaló en un apartamento precioso de la calle de enfrente, un primer piso que le permitía estar a salvo de los muertos, controlar la tienda y escapar por la terraza en caso de que lo necesitara. Así habían transcurrido las últimas dos semanas. Sólo echaba de menos poder enchufar su ordenador a alguna fuente de corriente.

  Sin embargo, parecía que su exigua racha de suerte había terminado. Esa noche pudo observar como un tipo se adentraba en el supermercado. Contuvo la respiración deseando que se largara sin descubrir el almacén. Tras un buen rato vigilando la salida sin verle salir dio por sentado que lo había encontrado; y así fue, más tarde pudo verle escapar con una mochila que apenas podía cargar a la espalda. Bueno, tal vez no volviese; pero no, el cabrón había regresado al poco rato a por más provisiones. Aunque no podía verle bien, parecía joven y se le notaba fuerte, estaba cuadrado, así que la opción de enfrentarse a él quedaba descartada. Si esquilmaba el almacén tendría que emigrar a otro lugar.

  Era la cuarta vez que entraba en el local, no parecía haber tenido ningún percance con los muertos, porque cada vez se iba confiando más, hacía más ruido y tomaba menos precauciones; si aparecía algún zombi tendría problemas.

  Para suerte suya, esa noche, los muertos parecían estar a otra cosa, aunque nunca se sabía, lo mismo no aparecía ninguno que llegaba una interminable procesión de ellos.

  En el tiempo que llevaba en el apartamento había descubierto que el comportamiento de los zombis no era siempre igual. Por las noches parecían estar como dormidos, como en stand by, aunque no tardaban mucho en espabilarse, sólo necesitaban oír algún ruido o descubrir a algún humano. Por el día estaban más atentos, como más receptivos a cualquier estímulo. Puede que viesen mejor que por la noche, como todo el mundo por otro lado.

  Normalmente deambulaban de continuo por la misma zona, pero en ocasiones… Hacía una semana más o menos, se asomó cuidadosa para controlar la calle. Esa noche iba a salir. Pero se quedó sorprendida, por más que buscó, no logró descubrir a ningún muerto. Le extraño tanto que decidió no salir. Al día siguiente tampoco vio a ninguno, ni al otro. Estaba empezando a pensar que tal vez se hubieran muerto o se hubiesen marchado a otra ciudad cuando los vio. Por poco la descubren. Era indescriptible, una marea de  muertos venían por la calle, parecía una manifestación de los indignados de la Puerta del Sol. Era escalofriante, no chillaban ni gritaban como les había oído hacer otras veces, pero el rumor que producían cientos de pies arrastrándose por el suelo provocaba pánico. No sabía porque actuaban así unas veces y otras de la contraria, pero lo cierto era que no te podías confiar, en un instante no había ningún muerto en la zona y momentos después no quedaba un metro cuadrado sin uno de ellos.

  Era el cuarto viaje y empezaba a encontrarme cansado. Menos mal que no había vuelto a avistar ningún zombi. Era extraño, parecía que hubiesen desaparecido. Mejor, menos problemas. Como ya había terminado de cargar la mochila, abrí una lata de coca cola y di un generoso trago, lástima no tener un par de cubitos de hielo. Levanté la mochila para comprobar su peso. Esta vez me costó más, probablemente las cosas que había cargado eran más pesadas o simplemente el cansancio me pasaba factura. Apuré la lata de refresco y llamé al gato. No sabía cómo me lo iba a llevar, en la mochila no cabía. Lo mejor iba a ser cogerlo en brazos, así nos tranquilizaríamos mutuamente.

  Seguí el mismo ritual para salir; escuché a través de la puerta, abrí lentamente, volví a escuchar. Nada. Era mi noche de suerte. Avancé lentamente hacia la salida con el minino en mis brazos. De repente me sentí inquieto, se me erizó todo el vello. Era una sensación extraña. Se oía un rumor lejano, como un motor muy grande pero muy lejano, no, era como un zumbido continuo, no, tampoco era eso, era indescriptible. Sentía curiosidad pero era mejor no tentar a la fortuna. ¡Al barco!, esta noche me daría un buen homenaje.

  El rumor cada vez era más fuerte y más envolvente. No era capaz de precisar de donde procedía. Aceleré el paso. Al llegar a la carretera del Cabo se me heló la sangré en las venas. Cientos, que coño, miles de muertos vivientes avanzaban en procesión arrastrando sus pies, ese era el rumor que escuchaba. Pero, ¿de dónde habían salido?, momentos antes no había ninguno. Me giré para volver sobre mis pasos pero era tarde, esa calle también estaba tomada por las legiones zombis. El gato me arañó en las manos y saltó dispuesto a escapar, en segundos le perdí de vista. Me sentía incapaz de reaccionar. Los zombis que iban en cabeza, a medida que me descubrían comenzaban a gritar y a rugir de una forma que te paralizaba por completo, contagiaban su excitación a los demás, que de inmediato aceleraban todo lo que les permitían sus descoordinadas piernas para alcanzarme lo antes posible. Sin darme cuenta fui reculando hasta la pared, me encontraba completamente ofuscado, no sabía qué hacer, era incapaz de aguantar sus desgarradores quejidos.

  No podía retirar la vista de los muertos que ya me habían seleccionado como nuevo objetivo cuando ocurrió, unas garras fuertes me cogieron por detrás, era el fin, me giré para ver a mi verdugo pero sin capacidad para resistirme. La cara sucia de una zombi me observaba.

- ¡Espabila tío!

  La zombi me estaba hablando.

- ¿Eres una zombi?

- ¿Eres gilipollas?

- ¿Qué? – No entendía.

- ¿Qué coño te pasa capullo? ¿Es que quieres que nos maten?

- ¡Yo te conozco! Eres la friki de los ordenadores.

- Y me llama friki un tío que vive en un barco y se queda alelado mirando cómo se nos vienen encima todos los zombis de Almería.

- Espabila y corre o nos cogerán – Diciendo esto echó a correr Carretera del Cabo hacia arriba.

  La seguí, pero se alejaba rápido, esa chica era muy rápida y yo endiabladamente lento. ¿Cómo podía ser? En el instituto solía ganar todas las carreras y era de los más rápidos de mi equipo. Por fin la alcancé, pero porque se paró.

- Tío, conéctate a la realidad, te he ayudado pero no pienso quedarme contigo a esperar que esos zombis me coman.

- ¿Y qué quieres que haga? Corres rapidísimo, no puedo seguirte y…

- Serás idiota, tu también correrías si te quitaras el mochilón que cuelga de tu espalda – y según acabó de decir esto me quitó uno de los tirantes de la mochila.

  Era verdad, estaba fuera de mí, no podía seguir el ritmo de ella porque llevaba la mochila llena de provisiones a la espalda y ni siquiera había pensado en ello. Si no me lo hubiera dicho habría seguido corriendo hasta que algún muerto más rápido que yo me hubiese cazado. Tenía que concentrarme o no lo lograría.

 Sin ningún peso a la espalda mi velocidad aumentó y los dos íbamos al mismo ritmo. La horda zombi nos seguía por detrás y por arriba, era como si nos fuesen empujando hacia el mar. En ese momento lo vi claro y frené en seco.

- ¿Qué te pasa ahora?, ¿Te cansas?

- Tenemos que ir al puerto, hacia el mar, los zombis no pueden nadar, no podrán seguirnos – expliqué mientras volvía a correr.

- Y ¿Qué haremos cuando nos cansemos?, tarde o temprano tendremos que volver a la orilla y ellos nos estarán esperando para atraparnos, no se irán mientras nos vean, nunca abandonan y al final nos cogerán.

- No me has entendido, nadaremos hasta el Fixus, está fondeado en la entrada al puerto. Desde los últimos pantalanes no habrá más de media milla, unos quinientos metros – expliqué al ver su cara.

- Nadar nunca ha sido mi fuerte, creo que paso. Seguiré adelante y seguro que encuentro algún escondite hasta que los zombis se calmen – dijo sin mucha convicción. Tú vete a tu barco.

 Hablábamos al mismo tiempo que corríamos, así que cada vez boqueábamos más, ninguno habíamos hecho ejercicio en todo este tiempo y nuestro estado de forma no era el más adecuado.

- No podemos separarnos. El barco es el lugar más seguro, te lo prometo, los zombis nunca nos alcanzarán en él, además nos permite desplazarnos por toda la costa en busca de provisiones – insistí.

- No me gustan los barcos, no son para mí, ya te lo he dicho, prefiero tener los pies en el suelo. Además, la idea de compartir un espacio tan reducido contigo tampoco me mata – concluyó mientras se apretaba el costado dolorido por el flato pero sin dejar de correr.

-  Escucha Thais, conocía de sobra su nombre, no puedes… ¿Estás bien?¿Porqué paras?

-  Mira, están por todas partes, no podemos seguir. ¡Joder! Es como si en verdad nos empujasen hacia el mar.

  Era cierto, parecía como si los zombis se hubiesen puesto de acuerdo para cercarnos obligándonos a dirigir nuestros pasos hacia el mar. Pero eso no era posible, los zombis no pensaban, no tenían conciencia colectiva, no se organizaban; sin embargo la realidad se imponía y cada vez los teníamos más cerca. Por tierra no teníamos escape.

- Thais dile a tu hermano que nos deje en paz, viene todo el rato detrás de nosotras y nos molesta.

- Pero no puedo hacer eso, mis padres me han dicho que le cuide y no puedo dejarle solo.

- Pues si él viene no queremos que vengas tú.

  No podía dejar que se fueran mis amigas.

- Currito, quédate aquí, no quiero que vengas con nosotras, juega tu sólo por aquí.

- Ya le he dicho a mi hermano que no viniera. ¿A que jugamos?

- Vamos a bailar con los de animación, venga corred.

  A los pocos minutos la sirena del gran crucero en el que pasábamos unos días en verano, sonó con enorme estruendo y el barco comenzó a perder velocidad. El personal de la tripulación corría en todas direcciones. Noté como una mano me cogía por detrás.

- ¿Dónde está tu hermano Thais?

  El peor de los presentimientos me invadió y me fui poniendo blanca como la cera.

- Thais, contesta, ¿Dónde está Currito?, estaba contigo – mi padre me apretaba el brazo hasta hacerme daño.

  Por más que varias parejas de buzos estuvieron buscando el cuerpo del pequeño no lo hallaron. Mi hermano había caído al agua por mi culpa, por dejarlo sólo para irme a jugar con unas estúpidas niñas que acababa de conocer en el crucero el día anterior. Sabía que no fue culpa mía, yo era una cría, no podía ser responsable de cuidar a mi hermano, sólo cuatro años menor que yo; al menos eso es lo que intentó que comprendiese el sicólogo al que tuve que ir durante cuatro años.

  Mi madre no me lo reprochó ni una sola vez, se sentía aún más culpable que yo, pero mi padre, mi padre era otra cosa, me dijo específicamente que no me separase de currito, que no le dejara sólo. Me culpaba por ello, sin poder evitarlo me hacía responsable y, por adhesión, también a mi madre, el crucero había sido idea de ella.

  El matrimonio de mis padres se rompió. Y yo me prometí dos cosas:

            La primera que nunca volvería a dejar que ninguna persona influyese en mis decisiones, lo que me alejó de todo el mundo, no quería relacionarme con nadie. Sólo encontré algo de paz en el código, casi sin darme cuenta me convertí en una reputada y anónima hacker. Me resultaba fácil al no tener que relacionarme con otras personas de manera directa y programar era tan fácil. Así me fui encerrando en mi mundo hasta que la pandemia zombi me lo volvió a abrir.

            La segunda fue que nunca más volvería a bañarme en el mar ni a subirme a ningún barco, y hasta el día de hoy lo había cumplido a rajatabla. A pesar de vivir en Almería no volví a pisar la playa.

- Thais ¡joder!, ¿Qué te pasa? ¿Dime algo? Cada vez están más cerca. ¡A la mierda!

  Cogí a Thais de un brazo y tiré de ella hacia el pantalán más próximo. Parecía en trance pero no oponía resistencia, así que conseguimos llegar hasta el borde sin que los zombis nos alcanzaran.

- Escucha, no sé qué es lo que te pasa, pero tenemos que saltar y llegar al velero, si permanecemos aquí moriremos.   Piensa en tu familia, en tus padres, ellos no querrían que acabases de esta forma, no sin luchar hasta el final.

  De pronto pareció salir del trance en el que se encontraba y asintió con la cabeza.

- Vale, lo haré.

- Salta al agua y procura no sumergirte demasiado. Una vez dentro, nada todo lo rápido que puedas hasta llegar a la bocana de entrada. Allí podremos descansar. ¿Entiendes?

  Volvió a asentir y sin pensarlo más saltó al agua.

  No le había dicho nada, pero en el fondo de las aguas del puerto debía haber decenas de zombis caminando o buceando o lo que quiera que hiciesen esos bichos debajo del agua. La profundidad era de entre dos y tres metros, no sabía que íbamos a hacer si algún zombi nos agarraba desde el fondo.

  Thais había saltado en bomba y… no salía. Me lancé al agua a por ella. Al sacar mi cabeza la descubrí ya fuera, su cara era una máscara de una mezcla de miedo y dolor.

- ¿Estás bien?, sabes nadar ¿verdad? Thais…

- Hace años que no nado pero haré lo que pueda.

- Vale, tranquila, yo iré detrás de ti, si necesitas ayuda yo te llevaré, pero vámonos ya por favor.

  Sólo de pensar que uno de esos bichos tirase de nosotros hacia abajo se me agarrotaban todos los músculos.

  Avanzábamos muy despacio, a Thais parecía costarle un gran esfuerzo cada brazada, no llevaba bien la respiración y de vez en cuando tragaba agua y rompía a toser. Los zombis estaban tomando el puerto por todas partes. Habían llegado hasta el espigón de entrada al puerto. La luz verdosa que en otro tiempo indicara su posición a las embarcaciones que se aproximaban, iluminaba ahora a los muertos, que como espectros fantasmales iban llegando hasta ella. Avanzaban por el camino de acceso al pequeño faro, caminaban por las rocas apiladas para fortalecer el espigón de los embates del mar. Los que se arrimaban al borde eran irremisiblemente empujados por el resto y enviados al fondo. Me recordaron a esas máquinas de monedas que se movían en cascada empujando abajo a las que estaban más al borde. Pero a los zombis eso no les amedrentaba y no dejaban de acudir más y más, y lo seguirían haciendo mientras pudieran detectarnos y tuvieran la esperanza de atraparnos.

  Acabábamos de pasar el espigón que tenía situado el faro de entrada cuando Thais volvió a parar y comenzó de nuevo a toser como loca, había tragado agua otra vez, pero ahora sus fuerzas estaban al límite y empezó a patalear.

- Tranquilízate Thais, estate quieta y yo te arrastraré.

  Pero ella no escuchaba, tenía un ataque de pánico, creía que se iba a ahogar y no dejaba de patalear, hundirse y volver a la superficie, y con eso cada vez se cansaba más.

  Una de las veces que volvió a salir a la superficie, entre violentos ataques de tos conseguí cogerle la cabeza desde atrás e intenté arrastrarla con la típica maniobra de socorrista, pero sin concederme tregua se giró y se abrazó a mí. Yo pataleaba también para que no me arrastrara al fondo con ella.

- ¡Thais!, ¡Thais!, para Thais, suéltame o me ahogarás.

  Estaba en estado de shock y no me soltaba, cada vez me era más difícil mantenernos a flote y cada vez me encontraba más agotado. Tenía que hacer algo rápido o los dos nos ahogaríamos.

  Recordé una de las múltiples veces que salí a navegar con mi padre, estábamos en una cala de Formentera. Uno de los pasajeros de un Yate próximo comenzó a gritar en el agua. Era un tipo gordo y grande, le había dado un tirón y se iba al fondo, actuaba exactamente igual que Thais. Mi padre se tiró al agua a por él. Cuando llegó a su lado intentó que se relajara para poder arrastrarlo a su embarcación, pero, por el contrario, el tipo gordo consiguió agarrarse al cuello de mi padre y no le permitía nadar, los dos se iban al fondo. Mi padre logró soltarse el brazo derecho y le propinó, sin pensarlo mucho, un tremendo puñetazo en el mentón. El tipo cayó inconsciente al instante y por fin logró arrastrarlo hasta su barco.

  Yo no me creía capaz de hacer lo mismo, no sabía atizar de esa forma y no quería pegar a Thais. Una última embestida hizo que nos fuéramos al fondo, no podía hacer fuerza para salir a la superficie, ella no me dejaba. Nos ahogábamos. Al notar que no tenía salida y que no podía respirar, intentó subir por su cuenta y por fin me soltó. Salí y respiré más profundamente que en toda mi vida, los pulmones me abrasaban. Pero la chica no salía. Hice un par de inspiraciones más y me volví a sumergir. Se estaba yendo al fondo, la descubrí al tacto, por lo que aún se movía, ya que no se veía nada. La cogí de la cabeza por debajo de sus brazos y patalee para subir a la superficie, al llegar, volvimos a respirar profundamente. Le di la vuelta y le pasé el brazo por debajo del cuello. Una vez que comencé a arrastrarla y vio que no se hundía se fue relajando hasta quedar completamente inmóvil y dejarme hacer.

  La luz del Fixius cada vez estaba más cerca y yo cada vez me encontraba más exhausto. Por fin alcanzamos la cadena del ancla. Nos agarramos y descansamos un rato, hasta recuperar las constantes respiratorias. Después nadamos hasta la popa y subimos por la escalerilla. Me dirigí a la proa y me dejé caer completamente agotado. Sentía un profundo mareo y el cansancio más absoluto. No noté que Thais se aproximara, sólo la sentí cuando me cogió la mano.

- Gracias – se tomó un tiempo para continuar – pero ya te dije que el mar no estaba hecho para mí. Debiste dejarme en tierra.

  Yo no tenía ni fuerzas ni ganas de contestar. Permanecí en silencio, observándola. Había cogido una toalla y se secaba el pelo. La recordaba con una bonita melena rubia, claro que de eso hacia ¿Cuánto?, ¿Cuánto hacía? Fue el día en que ambos tomamos la Primera Comunión, tendríamos unos ocho años. Íbamos a colegios distintos y coincidimos en la celebración en la Parroquia de Santa Teresa de Jesús. Después de eso la había visto en varias ocasiones, siempre sola, algo le había cambiado, vestía diferente y se dejó el pelo muy corto. Oí  que su hermano había muerto y que a ella le había afectado enormemente. Pero nunca pude olvidar su precioso rostro ni su brillante pelo rubio.

  Me encontraba algo más recuperado así que decidí levantarme.

- Vamos a mi camarote, te dejaré algo de ropa seca para que te cambies.

- No pensarás que me voy a poner tu ropa ¿Verdad?

- Escucha, estas mojada, no puedes quedarte así, tienes que ponerte algo seco.

- Estamos en verano, así estaré más fresca.

- Como quieras –  seguía sin fuerzas ni ganas de discutir – En la cocina tienes de todo, bueno, de todo lo que me queda; coge lo que te apetezca. Me voy a cambiar y dormiré en la proa. Tú puedes dormir en el camarote que quieras.

- No pienso meterme en tu cama – soltó con una mezcla de insolencia e indiferencia.

  Cuando volví a subir a cubierta seguía sentada en la misma silla y con toda la ropa chorreando. Le dejé la ropa seca que creí que le iría bien y cogí una toalla seca para taparme de madrugada, cuando refrescara algo.

- Hasta mañana – no me contestó. Continuaba en la silla y se apretaba las rodillas contra el pecho.

  Abrí los ojos, la cara me quemaba, miré el reloj de mi muñeca, eran las 10:56, me desperecé y acudí a la popa, Thais ya no estaba allí. Una sensación de inquietud me invadió, me asomé a los camarotes y la encontré totalmente dormida en el de mi padre. No se había puesto la ropa que le dejé, se había limitado a quitarse la suya mojada, así que ahora se encontraba tumbada boca abajo totalmente desnuda. Estaba preciosa, me resistía a dejar de mirarla, pero si despertaba y me pillaba ahí se liaría. Volví a cubierta intentando hacer el menor ruido posible.

Era la chica más bonita que había visto nunca, bueno, a decir verdad, era la única que había visto desnuda tan de cerca y en mi barco.

  Cogí los prismáticos que permanecían colgados del timón y otee el horizonte. La multitud de zombis de la noche anterior había desaparecido. Ya sólo se veían engendros aislados pero nada que ver con la manifestación de ayer. Algunos de ellos aún continuaban caminando por el espigón. Busqué la zodiac neumática. Respiré aliviado al comprobar que todavía continuaba en el mismo sitio, parecía intacta. Si todo iba bien esta noche iría a recuperarla.

  No podía quitarme de la cabeza la visión de Thais desnuda sobre la cama, sería mejor que me diera un chapuzón a ver si me refrescaba. Me desnudé y me lancé al agua. Estaba estupenda.

  Había oído un chapoteo, no podía ser. Se incorporó. Estaba en … ¡joder! Estaba en el barco del friki. Recordó toda la odisea del día anterior y sintió como se le ponía piel de gallina. Se frotó los brazos para calmar el escalofrío. Había mantenido su orgullo y no se había puesto la ropa que le dejó. Miró hacia la ventanita, serían más de las diez. Buscó por la pared y encontró un reloj colgado. En efecto, eran las 11:06. Un momento, lo que había oído antes era el ruido de Ivan al tirarse al agua. Se había despertado antes y seguramente se habría asomado a la ventanita; o sea, que la había visto desnuda. ¡Joder!

  Subió corriendo a cubierta. El friki estaba nadando, se había alejado unos cien metros. Cogió los prismáticos colgados del timón y le buscó. Le costó enfocarle, pero al final lo consiguió. Llevaba buen ritmo, parecía acostumbrado a hacer eso todos los días y, vaya, … bajó los prismáticos y buscó por cubierta, si, se bañaba desnudo, su bañador estaba tirado en la proa. El regreso iba a resultar divertido. Bajó a la cocina y buscó algo para beber. Tomó un zumo de melocotón y corrió a sentarse frente a la escalerilla. Mientras volvía exploró la costa, aún se veían zombis, pero eran individuos o grupos aislados. Parecía como si lo que fuese que les había obligado a agruparse hubiera cesado.

- Hola Thais, ¡buenos días! – Iván se hallaba agarrado a la escalerilla, dentro del agua.

- Hola, ¿te ha gustado la vista? –preguntó sin poder disimular una pícara sonrisa en sus labios.

- Claro, hace un día precioso y parece que los zombis se han dispersado, así que lu..

- No, me refiero a si te gustó lo que viste al asomarte al camarote. ¿Te gustó? – el color que cogió su cara de repente solo confirmó lo que sospechaba.

- No te espiaba, tan sólo me asusté al no verte y bajé a confirmar que no te hubieras marchado.

- Ya, pero no me has contestado, ¿Te gustó?

- Si, me gustó, siento haberte observado, de verdad.

- Si, vale, seguro.

  El continuaba agarrado a la escalerilla.

- ¿Vas a quedarte ahí todo el día? Te ves a arrugar como una pasa – dejó el brick del zumo vacío en el suelo y se acomodó en el respaldo de la silla.

- ¿Puedes alcanzarme una toalla? O mejor, el bañador, alcánzame el bañador, por favor.

- No, si quieres la toalla o el bañador tendrás que cogerlos tu solito – la expresión de la chica era de lo más divertida.

- A ver Thais, estoy desnudo, ¿Quieres pasarme el bañador y dejarte de chorradas?

- No, no quiero.

- ¿Crees que por que estés tu ahí no voy a salir?, ¿Crees que me da vergüenza?

- No sé, ¿Te da?

  Iván tomó impulso y salió del agua subiendo a cubierta. En lugar de coger la toalla colgada en la silla al lado de Thais, echó a andar hacia la proa y se puso lentamente el bañador. Después regresó junto a la chica.

- Que, ¿Te ha gustado? – preguntó al llegar junto a ella sin poder ocultar una sonrisa.

- No te vengas arriba que todo es muy normalito.

- Muy graciosa.

- Como ya se acabó el espectáculo, me voy al baño – y con las mismas hizo intención de bajar.

- ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¿Dónde vas?

- Al baño, a mear.

- No podemos usar el baño, no hay agua corriente para limpiarlo y la del mar lo acabaría por averiar. El baño ahora es el mar, ¿Por qué crees que me tiré sin ropa? – la cara de la chica cambió y la de él mostró una amplia sonrisa.

- ¿No pretenderás que me tire al mar desnuda a hacer mis cosas?

- Es difícil hacer “esas cosas” con la ropa puesta, pero tú misma.

- Y tú mientras te sentarás a contemplar el espectáculo ¿No?

- Verte mientras haces “tus cosas” no creo que sea ningún espectáculo, pero no, voy a prepararme algo para desayunar – y diciendo esto se dirigió a la cocina.

  Se desnudó todo lo rápido que pudo y entró en el agua desde la escalerilla, no sin antes asegurarse de dejar, a mano, su ropa y una toalla. El contacto del agua de mar en su piel seguía provocándole una sensación extraña, el agua estaba caliente, resultaba agradable, pero aun así le traía demasiados recuerdos y todos dolorosos.

  Cuando volvió a entrar en la cocina el aroma a café lo envolvía todo. Se encontró a Iván sentado en el sofá con una taza en la mano.

- ¿Tengo yo café?

- Claro – y levantándose le sirvió una taza.

  Ella la cogió entre las manos y disfrutó el delicioso aroma. La transportaba a su casa, allí siempre había una cafetera preparada, pero de las de fuego, nada de cápsulas ni rollos de esos.

- Antes vi una radio, ¿Funciona?

- Si, funcionar funciona, pero como comprenderás no se oyen muchas conversaciones. Aunque bueno, hace unos días, una semana, menos creo, recibí una llamada de alguien que…

- ¿Te buscaban a ti? ¿Quién era? ¿Era la Policía? ¿El Gobierno? ¿Pudiste hablar con ellos? – interrumpió, por primera vez ilusionada la chica.

- No, no iba dirigida a mí en concreto. En principio intentaban contactar con el buque Castilla.

- ¿Y lo consiguieron? ¿Hablaron con ellos? ¿Estaban vivos? ¿Tú no pudiste hablar con ellos? – no podía permanecer callada y volvió a interrumpirle nerviosa.

- A ver Thais, si me dejas te lo contaré todo – sonreía divertido.

- Se identificaron como militares del CNI, como te digo, intentaban enlazar con el Buque Castilla, que es un barco Hospital del Ejército Español, lanzaron varios mensajes durante una media hora, era la voz de una mujer, pero no recibieron respuesta.

- ¿No intentaste hablar con ellos?

- Claro que intenté hablar con ellos, pero no me recibían, sus medios de transmisión probablemente alcancen toda España, incluso más, pero el alcance de mi radio es de unos pocos kilómetros.

- Nadie respondió, no puedo creerlo. Pero podríamos ir al CNI, ahí nos ayudarán ¿No?

- Yo no he dicho que nadie respondiese, de hecho, el Buque Castilla  les recibió, pero no consiguió enlazar.

- Pero, ¿Cómo puede ser, esos barcos militares deben tener buenos sistemas de comunicaciones? ¿No?

- Si, de hecho creo que fue un problema de coordinación.

- ¿Qué quieres decir?

- Creo que cuando el barco respondió, en el otro lado, en el CNI, ya no estaban a la escucha. Verás, en un momento dado, mientras la mujer estaba transmitiendo, un hombre le dijo algo de unos niños, tenían abierto el micro, así que se oyó todo. Ella le dijo al militar, al que llamó sargento, que no podían salir de allí, luego cerraron el micro.

- Bueno, pero al menos podemos ir al CNI.

- No, lo lamento, al poco de cerrar el micro volvió a intentar hablar con el Castilla y dejaron claro que iban a salir los dos del CNI y que esas instalaciones YA NO ERAN SEGURAS.

- ¿Dos? ¿Sólo había dos personas? ¿Cómo puede ser? Se supone que contaban con más medios que nadie.

- Sabes lo que es el CNI ¿Verdad? – preguntó él ingenuamente.

- Si, casi tuve un encuentro con ellos por realizar una visita sin autorización.

- ¿Has estado en el CNI? – preguntó completamente sorprendido y admirado.

- Personalmente no, pero burlé su cortafuegos y casi logro entrar en su sistema.

- No me lo puedo creer, eres una pirata informática. Sabía que eras rara, pero ¡joder! Y ¿Qué pasó? ¿Te pillaron?

- No, mi madre entró en ese momento a decirme que apagara el ordenador y fuese a cenar. Fue en los momentos iniciales del ataque terrorista. Quería saber que estaba ocurriendo. Dejé el ordenador interceptando correos y me fui a cenar. Cuando volví de cenar tenía un mensaje en pantalla que me comunicaba que me habían detectado y que iba a ser detenida por terrorismo informático. Me acojoné mogollón, pero al final no apareció nadie. Supongo que ya no disponían de efectivos para andar buscando hackers, con los zombis ya tenían suficiente. Esa ha sido mi relación con el CNI – terminó solemnemente.

 El chico permaneció callado, procesando la nueva información sobre la chica.

- Y con el barco ¿tampoco pudiste hablar? ¿Dijeron donde se encontraban?

- No, mi radio no tenía el alcance necesario, estaban demasiado lejos, dijeron que se encontraban en alguna parte del Océano Atlántico, pero no precisaron su posición exacta, sería un milagro encontrarles, además con este barco no podemos alejarnos excesivamente de la costa; o sea, me quedé como al principio.

- No exactamente – corrigió Thais – ahora sabemos que en Madrid hay más personas vivas, además son militares, y el barco Castilla también sobrevivió.

- De momento de poco nos vale, aunque supongo que sí que son buenas noticias.

  Sin darse cuenta habían terminado sus tazas de café. Y se quedaron un momento callados, contemplándose el uno al otro.

 Iván subió a cubierta y Thais le siguió. Cogió los prismáticos y volvió a otear la orilla.

- Ya no se ven tantos zombis, todo está como antes de que apareciesen todos en manada, hay grupos pero están dispersos. Esta noche iremos a por los víveres que saqué del almacén.

- Yo no pienso ir nadando hasta allí ya…

- Iremos en la moto de agua – le interrumpió esta vez él — ataremos la zodiac con un cabo y la remolcaremos hasta aquí. Ni se enterarán que andamos por allí, en media hora estaremos de vuelta – sonrió y fue a revisar las velas.

  La chica no tenía intención de volver al velero. Una vez en tierra se marcharía a su piso frente al almacén. No podía vivir en el barco. Todo en él le recordaba lo que ocurrió. No, no volvería. Le sabía mal por Iván, no decirle nada le haría sentirse traicionado, pero tampoco quería que le impidiera desembarcar. Le estaba empezando a tomar afecto pero, simplemente no era capaz de vivir en un barco.

  Fue un día muy agradable que transcurrió demasiado rápido. Había llegado la hora. Iván le había explicado lo que harían. Era fácil. Con la moto acuática llegarían en pocos minutos y prácticamente sin hacer ruido; una vez allí, él se tiraría al agua (no hacía falta que ella se bajara), ataría con un cabo a la zodiac y la remolcarían hasta el velero. Con los víveres rescatados podrían aguantar varias semanas. Estaba exultante.

  Todo transcurría como planeó Iván. Enseguida llegaron a tierra. Los zombis no parecían haberlos detectado. Se dejó caer lentamente al agua y anduvo hasta la orilla.

- ¿Qué haces aquí? – se sorprendió el chico. No hacía falta que te mojaras – susurró en voz baja.

- Iván, escucha. No voy a volver al barco – pudo comprobar cómo sus palabras cayeron como un mazazo sobre el chico.

- Pero, ¿Por qué? ¿He hecho algo malo? ¿Estás enfadada? No puedes irte, no puedes – sin darse cuenta estaba levantando la voz.

- Lo siento Iván, no eres tú, soy yo, hay algo que no te he contado y que me atormenta. No puedo permanecer en ningún barco, sencillamente no puedo.

  Se soltó de sus manos y echó  a andar tierra adentro. Iván permaneció contemplando como desaparecía de su vista, siguió observándola hasta que dejó de distinguir su figura, luego se sentó en la arena de la playa.

  Se resistía a quedarse sólo otra vez, los últimos meses habían sido muy duros, demasiado duros, no se veía capaz de volver a hablar solo o con un retrato de su padre. Tenía que hacer algo, si Thais no quería vivir en un barco, tal vez era el momento de volver a pisar tierra definitivamente, aunque esa tierra estuviese llena de putos zombis. Al menos tendría compañía. Calor humano. Las personas no estaban hechas para estar solas.

  Se levantó con decisión. Iría con ella, si no quería volver al mar, el permanecería en tierra. En el barco le había dicho, en algún momento, que vivía en un piso frente al Supersol. No le había dicho cual, pero daba lo mismo, si era preciso iría llamando a todas las puertas de todos los portales de la calle.

 Echó a andar hacia el supermercado despacio, estaba muy alterado y no quería que un descuido acabase con su aventura.

  Había sido una decisión difícil, le hubiera gustado permanecer con el chico, pero vivir en el barco no era posible, y hacer que él abandonase la seguridad del velero para instalarse con ella en una tierra de lo más peligrosa, era algo que no quería pedirle, era demasiado.

 Ya estaba frente a su portal, había llegado a él sin darse cuenta, como cuando uno va conduciendo y sin saber cómo ha sido, ni por donde ha ido, se encuentra con que ya está en su destino. Mal hecho, en el mundo actual eso podía costarte la vida, se esforzó por concentrarse en su entorno. No se divisaban zombis cerca, introdujo la llave en la cerradura de su portal mientras trataba de ver lo más lejos posible, la puerta estaba cerrada pero nunca se sabía de dónde te podía salir un muerto.

  Entonces lo sintió, algo le agarró de su pelo mal recortado y la obligó a retroceder; un comportamiento raro para un zombi. Entonces le vio, no era ningún engendro, era uno de los cabrones de los que tuvo que escapar. El golpe que recibió con el cañón de la pistola que empuñaba la hizo caer conmocionada al suelo.

- Hola zorra, te hemos estado buscando.

  Se encontraba mareada. No sabía cómo pero la habían encontrado, seguramente por pura suerte, mala suerte por supuesto, el adolescente venido a más le apuntaba con su pistola a la cara. Sin poder evitarlo, recibió una tremenda patada en el estómago, luego otra en la cabeza, que ella intentaba protegerse como podía. Ya no sabía que cubrirse, la cabeza o el estómago. El niñato jadeaba y sonreía mientras guardaba la pistola entre el pantalón y su espalda y tomaba impulso para asestarle le siguiente patada.

  El palo le alcanzó en el hombro izquierdo. Había esperado el momento en que el cabrón que golpeaba a Thais dejase  de apuntarla y lanzó el golpe con todas sus fuerzas dirigido a la cabeza del macarra. El impacto no fue preciso y le alcanzó en la clavícula que debió partirse, a juzgar por el chillido que soltó; pero seguía vivo y consciente y tenía su arma a la espalda. Tumbado boca arriba en el suelo se incorporó ligeramente y dirigió su mano derecha en busca del arma. Iván volvió a golpearle con todas sus fuerzas, esta vez en la rodilla, se pudo escuchar el alarido de dolor que soltó mientras se olvidaba del arma y dirigía, como podía, sus manos a la rótula machacada.

  Thais había aprovechado el momento y ya  se encontraba en pie, aunque algo tambaleante. Podía notar como el ojo izquierdo se le inflamaba por momentos, ese salvaje casi se lo revienta. Iván le cogió de la mano y tiró de ella.

- ¡Vamos! Tenemos que largarnos -  ambos echaron a correr en dirección a la playa.

  Ya se empezaban a oír gruñidos de zombis atraídos por el fragor de la lucha y de fondo, se produjo un disparo, que sólo escuchó Thais.

- Corre más rápido ¡Nos está disparando!

  Los dos continuaron corriendo todo lo rápido que podían unidos de la mano. Al llegar a la esquina del muro donde Iván mató a su primer zombi se encontraron con un grupo de tres muertos que iban, tambaleantes a su encuentro. No podían pararse a pensar, se soltaron de la mano y cada uno fue por un lado. Thais logró sortearlos sin que llegaran a tocarla, Iván armó el palo y se abrió paso reventando la cabeza del que le acosaba por la izquierda. Una vez les sobrepasaron volvieron a cogerse de las manos. Alcanzaron la playa sin más sobresaltos e inmediatamente Iván saltó sobre la moto de agua. Mientras arrancaba, la chica subió detrás y se agarró a su cintura. Una vez noto sus brazos rodeándole, sin decir nada más aceleró a tope la moto.

  Frente al Supersol, un grupo de personas salieron a la calle atraídas por el ruido del disparo. Llegaron a tiempo de ver como dos personas huían y el idiota de Miguel les intentaba volver a disparar. La patada que le dio el tuerto le hizo soltar el arma.

- Eres imbécil – estalló. Vas a lograr que todos los zombis de Almería nos persigan. Te dije que no disparases. Sólo tenías que vigilar y cuidar nuestro culo mientras sacábamos provisiones.

- Era la chica que se nos escapó, la zorra que estábamos buscando.

- Y ¿Por una chica te has liado a tiros?

- Le ha ayudado un tío, me ha golpeado a traición con un palo, creo que me ha roto la clavícula y la rodilla.

- ¿Quién era ese tío? ¿Pudiste verle? ¿Le conocías?

- No, no le conocía – casi escupió las palabras Miguel mientras intentaba levantarse.

  Los zombis ya se aproximaban.

  El tuerto recogió la pistola de Miguel y se la guardó en la cintura.

- ¿Qué haces? Dame mi arma.

  El tuerto y los demás se quedaron mirándole.

- ¡Vamos! Aún podemos alcanzarles – siguió Miguel.

- Tú no vas a ninguna parte, mírate, tienes rota la rodilla. Eso, en este mundo, es tu sentencia de muerte. Sólo sirves como cebo para los zombis y eso es lo que vas a ser —acto seguido, el tuerto le pegó un tiro en la rodilla sana, Miguel cayó al suelo entre alaridos de dolor.

  El resto de la banda, con el tuerto a la cabeza, echó a correr dirección a la playa mientras los zombis se cebaban con Miguel.

  En el mar, los dos jóvenes fugitivos habían llegado ya al Fixius. Iván subió a bordo y ayudó a subir a Thais. Cuando estuvieron arriba, a salvo, ató firmemente un cabo a la moto para no perderla.

  Thais se abrazó al chico.

- Qué sudor más pegajoso tienes chaval,…joder Iván, es sangre, te han dado, ese cabrón te ha dado.

  Una vez que la adrenalina volvía a su nivel, el chico iba encontrándose peor. Consiguió cogerse al timón para no caer a peso, pero termino en el suelo. Thais se acercó con una linterna intentando buscar la herida. La localizó en el brazo derecho, había dos agujeros, por lo que supuso que la bala había salido. La herida no sangraba a borbotones lo que indicaba que la arteria no se había visto afectada. Buscó una cuerda y le aplicó un apretado torniquete. El joven cada vez estaba más blanco. Llevaba tiempo sangrando, a saber cuánta sangre había perdido.

- Thais, tenemos que irnos, esos tíos nos habrán descubierto, en cuanto encuentren un medio para hacerlo vendrán a por nosotros. Debes gobernar tu el barco, sube el ancla, pon el automático y vámonos a… — no pudo continuar y perdió el conocimiento.

  Thais depósito suavemente su cabeza en el suelo —la herida ya apenas sangraba pero había que desinfectarla y coserla. No tenía claro si sabría hacerlo, pero lo que más le aterrorizaba era el hecho de tener que hacerse cargo ella del control del velero. Dudaba entre terminar de curar a Iván o salir de allí lo más rápido posible. El chico tenía razón, era cuestión de tiempo que esos bastardos les siguieran.

  En la arena, diez pares de ojos observaban como la luz del mástil de un velero se iba alejando, haciéndose cada vez más pequeña.

12. Fixius

12. Fixius
Era una puesta de sol preciosa. Podía recordar perfectamente la primera vez que su padre le llevó a contemplarla. Tenía seis años. Era verano. Navegaron toda la tarde del viernes desde Almería hasta el Peñón de Salobreña. Fondearon cerca de él y se bañaron varias veces. Había docenas de veleros fondeados alrededor. Después de merendar un espeto de sardinas asadas en el velero, contemplaron juntos como el sol se iba perdiendo por el horizonte. Ahora se encontraba prácticamente en el mismo sitio que aquella vez, pero la situación era muy diferente. Ya no había más barcos que observaran ocultarse el sol, de hecho, eso era algo que había dejado de ser una prioridad para la raza humana, ahora sólo contaba conseguir sobrevivir un día más. Pero, de todas formas, el espectáculo continuaba siendo igual de bello. Tomó una vez más su BlackBerry y leyó por enésima vez el último mensaje de su padre:

01/06/11  13:30 “Compra en el Supersol toda el agua que encuentres, llévala al velero y hazte a la mar. Fondea a una milla de la entrada al Club náutico y espérame allí. No confíes en nadie, no dejes subir a nadie al barco. Si no me he reunido contigo a medianoche, es porque estaré muerto. Dirígete al Peñón y espera allí a ver como evoluciona todo. Recuerda que te quiero. Tu padre.”

Él siguió sus instrucciones, compró toda el agua que encontró y la cargó en el barco; después se dirigió al punto que le indicó su padre. Pasó el tiempo y llegó la medianoche.    El mensaje había sido muy claro, si no había regresado a esa hora, debía marcharse porque él estaría muerto.

Estaba más o menos al corriente de lo que ocurría con los enfermos. Su padre era bombero en Almería y le había hablado de los zombis. Al principio no le creyó, tampoco había visto a ninguno, hasta esa noche. Desde el punto de reunión que le fijo su padre, con los prismáticos que usaba para ver a las chicas de la playa en topless, contempló como los muertos atacaban a los vivos, les lanzaban feroces dentelladas hasta desgarrarlos o producirles horribles amputaciones. Pudo ver como una mujer arrancó de un bocado el bracito de un bebe y lanzó el resto del cuerpo a varios metros de distancia para luego correr a por él con desesperación para que otro zombi no lo alcanzase antes y poder seguir devorándolo.
Desde ese punto fue testigo de cómo la gente, en un intento de escapar de ese horror, se hacía a la mar en sus barcos. De cómo algunos desesperados no dudaban en matar a los propietarios de las embarcaciones para tratar de ponerse ellos a salvo con sus familias. Fue algo horrible, esas situaciones sacaban a la superficie todas las miserias de la raza humana.

Cuando dieron las doce de la noche recogió el ancla, pero no se fue. Su padre le había inculcado una norma muy clara:
“En el mar no se discute Iván, se obedece sin más, porque esa es la diferencia entre vivir o morir”
El siempre había respetado esa sencilla norma, de hecho, la única que le había impuesto su padre en toda su vida, siempre. Pero esa noche no pudo, no fue capaz de irse y dejar a su padre en tierra. Esperó y esperó, amaneció y seguía esperando, pero su padre no se reunió con él. Ya no volvería a verle.

A las 12:00, mediodía después de la hora que le indicó, largó velas y se dirigió al Peñón de Salobreña. No dejó de llorar en toda la travesía. Cuando llegó a su destino fondeó, se tumbó en las colchonetas de cubierta y continuó llorando hasta caer dormido.

  Se despertó al anochecer. Cogió los prismáticos y oteó toda la costa. Solo se veía desolación. En la zona de la Caleta advirtió varios incendios que nadie acudía a apagar. Apenas pudo descubrir media docena de personas normales. Sabía que eran normales porque corrían. Corrían para que los zombis que las perseguían incansables no las alcanzaran. No dejó de mirar su BlackBerry, pero ya no volvería a sonar. Intentó llamar a varios amigos de Almería, de hecho telefoneó a todos los contactos de su agenda, pero ninguno le contestó. En las noticias se hablaba de ataques terroristas con algún tipo de agente químico, o biológico que transformaba a los muertos en zombis. Unos días más tarde ya no se sintonizaba ninguna emisora de televisión ni de radio. Nada.

Manejar el FIXIUS él sólo no representó ninguna dificultad. Toda su vida había vivido en un barco y toda, es toda. Su padre había sido marino mercante. Al poco de conocer a su madre ya habían concebido un niño, él. Su padre dejó la marina y aprobó unas oposiciones al cuerpo de bomberos de Almería. Sólo hacía tres meses que se había incorporado cuando nació el. Fue un 30 de Diciembre de 1.995, a mediodía. Una vida surgió y otra se perdió para siempre. Complicaciones en el parto pusieron fin a la historia de amor de sus padres. Incapaz de volver a vivir en la casa donde compartieron los momentos más felices de su vida, decidió venderla. Compró un pequeño velero y un amarre en el Club de Mar Almería. Esa sería su casa desde entonces. No tuvo cuna, le mecieron las olas con su vaivén. Toda su existencia había transcurrido en una embarcación, entre cabos y velas. En 2.002 cambió el pequeño velero por un Oceanis 40 de 12 metros de eslora, 4 de manga y 3 camarotes.

Era una pasada salir a navegar con él. Desde muy chico le había ido inculcando su pasión por el mar. A sus 15 años era ya un experimentado marino. Había navegado por toda España, Francia, Italia y Grecia. Las vacaciones siempre las pasaban navegando. Era lo que los dos deseaban. Se decían que algún día darían la vuelta al mundo. Ahora eso quedaba extrañamente lejano. Ya no volvería a navegar con su padre. Puede que con nadie más.

Desde el comienzo de la epidemia no había vuelto a atracar en ningún puerto. El lugar más seguro era el barco. Los zombis no llegaban hasta él, al menos nadando, quizás pudieran hacerlo caminando por el fondo del mar, como en la película Piratas del Caribe, pero, al contrario de aquella, estos muertos eran incapaces de subir después al barco.
Les había visto caer desde los pantalanes al mar mientras perseguían a algún desdichado, simplemente continuaban caminando hasta que el suelo se les acababa y caían al agua, terminando inexorablemente en el fondo. La idea de montones de zombis caminando por las profundidades marinas se le antojaba terrible y divertida al mismo tiempo.

Después de mes y medio, sus reservas de agua dulce estaban bajo mínimos. Tenía preparados varios cacharros para recoger agua de lluvia, pero en todo ese tiempo apenas habían caído cuatro gotas. Decidió ir a por agua a un pequeño supermercado situado cerca del Club de Mar, el mismo en el que compró el agua el maldito día… Había estado en él cientos de veces y se lo conocía perfectamente. En las interminables jornadas observando a los muertos recorrer la costa, pudo advertir que los zombis parecían tener menos actividad durante la noche. Era como si se desactivaran de alguna forma. Puede que no vieran bien. Lo más seguro sería realizar su excursión de noche, pero la idea de encontrarse sorprendido por un muerto en plena oscuridad le aterrorizaba. Al final, tras mucho meditarlo decidió que tendría que armarse de valor e ir a oscuras. Se aproximaría a la orilla en el bote de remos e iría haciendo viajes con las botellas de agua y los víveres que pudiera encontrar.
No disponía de ningún arma. Lo más parecido era un grueso palo de algo menos de un metro que su padre usaba para apalear los pulpos. Se llevaría una linterna, el palo y la mochila más grande que tenía. Lo haría hoy, esta noche. Tomo un último trago de Macallan y decidió terminar con la evocación de sus recuerdos. No sabía si le hacía bien, pero pensaba que le ayudaba a mantenerse cuerdo.

  Llevaba varios días vigilando la costa. Ya había elegido el punto en el que iba a desembarcar. Cargué el material en la barca de remos y comencé a remar hacia la orilla. Había estado en ese supermercado cientos de veces, lo conocía perfectamente. Todo iría bien.

Dejé el bote en una minúscula playita próxima al Club de Mar. En otros tiempos siempre estaba llena de gente disfrutando del sol, de pescadores que lanzaban sus cañas, más para pasar el día que por el hecho de pescar; al caer la noche se llenaba de parejas de novios que no se separaban ni un momento. Ahora, por contra, aparecía inquietantemente vacía. De la ciudad tampoco llegaba ningún sonido, tan solo una inmensa soledad y una total oscuridad.
Tenía los nervios a flor de piel, me temblaba todo el cuerpo. Nunca había sido una persona excesivamente atrevida, ni siquiera me había visto envuelto en pelea alguna; y ahora me dirigía a una tienda a por bebida y víveres sin más arma que un palo y con toda una ciudad llena de zombis como enemigos.

Me coloqué la mochila a la espalda, agarré con fuerza el palo y me aproximé reptando al murete que separaba la carretera de la playa. En la Avenida del Marítimo se podían ver varios cochea volcados a derecha e izquierda. Apenas iluminaba la luna, y de la ciudad no llegaba ninguna luz, así que sólo veía unos cincuenta o sesenta metros a cada lado. No descubrí ningún zombi. Me arrodillé y tracé un itinerario por el que ir hasta la tienda. Cruzaría la Avenida del Marítimo y, pegado al muro de piedra que rodeaba el complejo deportivo, llegaría hasta la Carretera del Cabo de Gata. Una vez ahí, en línea recta estaba la Calle del Cable Inglés, donde se encontraba el Supersol. Cogí aire y comencé a andar todo lo encorvado que podía, igual que Sam Fisher en el videojuego. Frente al complejo deportivo se encontraba el parque, en otra época, lleno de madres que cuidaban de sus hijos mientras éstos correteaban y jugaban. Yo mismo había estado jugando infinidad de veces en él, con mi padre y algo más tarde con mis amigos del instituto. Les echaba de menos, a todos, incluso a los que no podía aguantar más de diez minutos.
¡Lo que daría por encontrármelos ahora! Pero vivos.

Llevaba demasiado tiempo sólo. La soledad no es buena. De repente un ruido que no fui capaz de descubrir de donde venía me sacó de mis pensamientos. Estaba tan ensimismado que cualquier muerto hubiese podido comerme entero. Me enfadé conmigo mismo y prometí estar más atento. No lograba ver nada por la zona de la que me pareció que venía el ruido, tampoco había vuelto a escucharlo. Seguí agachado unos minutos más y continué despacio. Ir pegado al muro me aseguraba que, al menos por ese lado, no me iban a atacar. Me aterraba encontrarme cara a cara con un zombi. No sabía si sería capaz de defenderme o me quedaría quieto incapaz de reaccionar. Sabía que debía golpearles en la cabeza hasta rompérsela para matarles definitivamente, lo había visto los primeros días desde el barco, cuando aún localizaba personas vivas, pero era más fácil de pensar que de hacer. El mismo ruido de antes me volvió a espabilar, me había vuelto a empanar. Ya me lo decía mi padre: “Cuando estás en tierra eres incapaz de concentrarte en nada”. Era verdad, me costaba muchísimo prestar atención a cualquier cosa cuando me encontraba en tierra firme. En el velero era otra cosa, pero en tierra… Otra vez ese sonido. Las manos me dolían de apretar el palo con tanta fuerza, las intenté relajar mientras trataba de descubrir de donde procedía ese ruido; me era familiar, pero no lograba identificarlo.

Continué adelante, siempre pegado al muro. Por fin alcancé la otra calle. Hasta donde poda distinguir había varios vehículos accidentados en las posiciones más inverosímiles, pero, en cualquier caso, menos de los que me esperaba. La carretera del Cabo era más ancha que la avenida del Marítimo pero se encontraba atrapada por la misma oscuridad. En algunos de los coches se veían cadáveres en avanzado estado de descomposición, sus ocupantes debieron morir antes de contagiarse. Me aproximé a la esquina, justo donde terminaba el muro. Volví a escuchar ese sonido, pero ahora más fuerte, como más próximo. Entonces recordé que era ese ruido. ¡Tarde!, un pescador, muerto claro, dobló la esquina y arrastrando sus pies podridos avanzó hacia mí. Llevaba puesto el traje impermeable que vestían los pescadores en los barcos mientras faenaban para no mancharse, eran de una especie de goma o plástico amarillo. Eso era lo que había oído, las piernas del zombi rozaban al caminar y emitían ese ruido que tantas veces había escuchado en los pesqueros del puerto. El hecho de oírlo en tierra y de que el muerto fuese junto a mi pero al otro lado del muro, me había desconcertado; y ahora era tarde. Podría haberme alejado de la pared antes, pero ahora lo tenía frente a mí con sus brazos extendidos y su mandíbula desencajada. Había comenzado a gruñir como un animal, si seguía así, en poco tiempo vendrían más, tenía que hacer algo. Eché el palo hacia atrás y lo descargué con todas mis fuerzas sobre el zombi. Apunté a la cabeza, pero el pánico me hizo no estirarme lo suficiente y sólo le alcancé en la cara. Su mandíbula inferior resultó arrancada; a una persona viva no se le arrancan los tejidos de esa forma, pero los muertos parecen estar podridos. De todas formas eso no le paró. Después de trastabillar continuó caminando hacia mí con los ojos rojos y encendidos de ira y odio. Volví a echar el palo atrás pero esta vez acompañé el golpe con todo el peso de mi cuerpo. ¡Bingo!, ahora sí. Su cráneo se partió como una nuez y cayó con un golpe seco al suelo. Tenía la adrenalina disparada. Al mismo tiempo que le golpeé había podido sentir como sus garras me rozaban. Estuvo cerca. No podía quedarme ahí. Sin meditarlo mucho eché a correr hacia el otro lado de la carretera procurando no hacer excesivo ruido.

Paré a mitad de la calle del Cable Inglés. Todo parecía en orden. Sólo se escuchaba algún ruido lejano, no me debían haber descubierto. Traté de acompasar mi respiración. Observé el palo. ¡Joder, que asco!, estaba lleno de … de mierda de la cabeza del zombi. Lo limpié en la tapicería de un Focus abierto. Tenía que concentrarme. Sólo de pensar que tendría que hacer varios viajes me temblaban las piernas. Una vez me tranquilicé me dirigí a la entrada del supermercado. Las puertas, antes automáticas, permanecían desconectadas y rotos sus cristales. Procuré que no crujiesen demasiado al pisar sobre ellos. El ruido que formé me pareció que se hubiera podido oír desde la otra punta de la tienda, así que me aparté rápido de allí. Ahora venía la parte más jodida. Recordaba en que pasillo estaban los packs de agua, pero una vez me adentrase en el super iría viendo menos aún. No pensé en ello cuando planeé mi excursión. Naturalmente, podía encender la linterna, pero eso me delataría. Ya era tarde para lamentaciones. Decidí permanecer completamente inmóvil y escuchar a ver si descubría algún enemigo. Lo único bueno de los zombis era que eran eso, zombis, y como tales no pensaban, no se agazapaban en una esquina para tenderte una trampa. Si te descubrían iban hacia ti directos, rugiendo y sin contemplaciones.

Después de más de quince minutos en cuclillas, tenía dormidas las piernas. No percibí ningún ruido dentro del local. Estiré las piernas y encendí la linterna, le bajé la intensidad y recorrí con su luz mí alrededor. Los estantes estaban semivacíos y el suelo lleno de botes, paquetes y objetos varios, al reponedor lo iban a tirar a la calle. Buen chiste. Dónde coño estaría el reponedor, o las cajeras; probablemente convertidos en asquerosos zombis.

Me decidí a avanzar lentamente por el pasillo. En una mano llevaba el palo y en la otra la linterna. Me quedaban unos cincuenta metros hasta la zona del agua. ¡Mierda!, no quedaba ni una sola botella de agua. ¡Ninguna! Sería lo primero que se llevó la gente. En la estantería de enfrente había algunos botes de coca cola sueltos. Dejé el palo en el estante y me quité la mochila, la planté en el suelo y la fui llenando con todas las latas que encontré, no más de diez.. Alumbré con la linterna un poco más adelante. Allí estaban las bebidas con alcohol. Estaban relativamente intactas. Cogí una botella de Macallan, era el preferido de mi padre. La metí en la mochila. Cogí con la misma mano el palo y la mochila, y seguí avanzando. Recordé que más adelante, al fondo de ese pasillo, estaba el almacén. Tal vez ahí hubiera agua.

Las puertas del almacén estaban cerradas. Pegué la oreja a ver si podía escuchar algo al otro lado. Nada. No se oía nada. Las puertas eran metálicas. Aparté la mochila y cogí el picaporte. Apagué la linterna. No quería que la luz me delatase al momento. Giré el picaporte y empujé hacia dentro. Menos mal que los goznes estaban bien engrasados y no chirriaron. Un olor a cerrado y a humedad lo invadió todo. Pasé dentro y escuché. Después de diez minutos agazapado al otro lado de la puerta sin oír nada, decidí avanzar. Como no quería cerrar la puerta, puse la mochila en medio. Si algún zombi pasaba seguro que haría ruido y me advertiría. Al menos en el almacén no olía a podrido, eso era buena señal.
Encendí la linterna e iluminé a mí alrededor. Estanterías repletas de pales se me aparecieron. Estaban distribuidas alrededor del local, hasta el techo. Se advertían tres pasillos en el centro formados por otros grupos de estantes. La mercancía estaba relativamente ordenada. Recorrí lentamente todo el almacén. Descubrí otra puerta, la que daba a la calle y se debía usar para meter el material desde los camiones. Estaba cerrada. Mejor, por ahí no me sorprenderían. Cuando me convencí de que estaba sólo en el almacén respiré más tranquilo. Metí la mochila dentro y cerré la puerta. Coloqué una bolsa gigante llena de paquetes de patatas fritas delante. Me avisaría si alguien entraba. En el almacén había de todo, agua incluida. Cogí una coca de la mochila y me la bebí entera, estaba caliente, pero sentí como la cafeína me estimulaba el cerebro. Notaba mucha presión en la vejiga, me estaba meando vivo. Me fui a un rincón y me desahogué sobre unos cartones apilados. Ahora me encontraba mucho mejor. No había sido tan difícil después de todo. Lo había logrado. Incluso tuve que acabar con un zombi. Me sentí fuerte, poderoso, invencible.

¡FFFFFUFFFUFUFUFF!, del susto se me cayeron el palo y la linterna. Me había vuelto a pasar, otra vez me había empanado y esta vez me iba a costar caro. La linterna había rodado a varios metros de mí. Cogí el palo y me preparé para enfrentarme a lo que fuese. De pronto, un gato completamente blanco apareció en el haz de luz de la linterna y comenzó a intentar golpealo con su patita.
¡Joder!,  que susto me había dado el maldito gato. Supongo que el mismo que yo a él, solo que el gato no se mostró tan escandaloso. Recogí del suelo la linterna e iluminé al felino. De inmediato se aproximó a mí y comenzó a restregarse contra mis piernas. Me agaché y le acaricié el lomo. Noté como se le erizaba el pelo y empezaba a ronronear. Seguramente haría mucho que no veía a un ser humano, al menos a uno vivo. Estaría bien llevarlo conmigo al barco. Así tendría compañía. Busqué una botella de leche y le eché un poco en la tapa de un bote de Cola Cao.

Mientras se la bebía con sonoros lengüetazos seguí inspeccionando el almacén. Había de todo. Permaneció a salvo de los intrusos. Si era cuidadoso y evitaba que entrasen zombis en él tenía recursos para años. Era un motivo de alegría después de todo ese tiempo.
Fui llenando la mochila con un poco de todo, así, si surgía algún contratiempo tendría lo necesario para algunos días.
Cerré la mochila y me la colgué a la espalda. Por poco me caigo para atrás. Debía llevar más de veinte kilos y pesaba como un demonio. El gato me observaba curioso. Decidí dejarle allí y llevármelo en mi último viaje. Cogí el palo y la linterna. La apagué y volví a pegar la oreja a la puerta. Nada, ningún ruido.
Esperé a que mis ojos se acostumbrasen más a la oscuridad y abrí lentamente la puerta. Tuve que cerrar deprisa para evitar que el gatito me siguiera. Deshice el camino hasta la puerta de entrada. Me asomé poco a poco y, tras asegurarme de  que todo seguía despejado me dirigí hacia el muro del polideportivo. Cuando llegué pude comprobar que el zombi pescador seguía allí, con su cabeza rota y sus sesos desparramados por el suelo. Procuré no pensar demasiado en ello. Seguí al abrigo del muro hasta la playa. Vi con alivio que el bote de remos continuaba donde yo lo había dejado. ¿Quién se lo iba a llevar?
Vacié rápidamente todo el contenido de la mochila en el interior de la barca y me la volví a echar a la espalda. Estaba sudando a mares hacía un calor sofocante y la humedad era tremenda. Abrí una botella de agua y tomé un generoso trago. Luego me refresqué la cara y la cabeza con agua de mar. Estaba listo para regresar al almacén.

11. Despierta, por favor.

11. Despierta, por favor.
No podía evitar sentirme culpable de la situación. No le había hecho caso a ninguno, ni a Jorge ni a Mariano. Intentaron advertirme a cerca de estos bastardos pero la felicidad de verlos de vuelta gracias a ellos me confundió. Ahora estábamos pagando mi ingenuidad. Mariano yacía tumbado en el sofá. Sus manos y piernas sujetas con cinta de embalar, al igual que su boca precintada también, me producían unos terribles remordimientos. Junto a la mesa de villar, el cerdo pederasta de chupete mantenía retenido al crío, amenazándole con un enorme cuchillo de cocina mientras le manoseaba por todas partes. No había ninguna esperanza. Diego estaba fuera, ladrando poseído desde que oyó gritar a Jorge la primera vez. En cuanto al sargento, cuando llegó se encontraba sin sentido, con el hombro izquierdo dislocado y una impactante herida en la cabeza que no dejó de sangrar a pesar del vendaje que le apliqué. Era absurdo, pero cerré los ojos y desee: “despierta Jose, por favor”. Era inútil, de todas formas, aunque bajase no podría enfrentarse a dos hombres fuertes, así que no había esperanza.

El bofetón que recibí me sacó de mis pensamientos y me devolvió a la realidad.

- ¿Dónde habéis escondido las armas? – preguntó el cabrón de Martos. Es mejor que me lo digas, al final las encontraremos, tenemos toda la vida para hacerlo. Así sólo conseguiréis sufrir tú y el chico. Aunque pensándolo bien – se detuvo un instante mientras me miraba de arriba abajo con la mas asquerosa lascivia — casi prefiero que no digas nada y sacártelo a golpes.

Acto seguido otro tremendo guantazo me tiró al suelo. Desde ahí observé al niño, no podía reprimir las lágrimas mientras el cerdo de chupete le mantenía agarrado y le pasaba el cuchillo por el cuello. A Mariano parecía que se le fuesen a romper los tendones del cuello de lo tensos que los tenía; pero ninguno de los dos podía hacer nada, de hecho, ninguno de los tres teníamos salvación. Y todo por mi culpa. Dejé de pensar en ello cuando me sentí levantada en vilo del pelo. Con una mano me sujetó de la coleta y con la otra me volvió a abofetear para luego arrancarme la camiseta. Un reguero de sangre comenzó a manar de mi labio abierto.

Los ladridos no cesaban. Retumbaban en mi cabeza amenazando con reventarla. Pero no era eso lo que me despertó. Había sentido una especie de llamada en mi cerebro, algo desde lo más profundo de mi subconsciente me obligó a abrir los ojos.
Diego estaba ladrando a todo volumen, si seguía así, los zombis de los alrededores acabarían rodeando el chalet. Algo debía ocurrir para que no dejara de ladrar, pero ¿Qué? De repente recordé. La farmacia, caí desde la terraza, los zombis nos tenían rodeados, iba a disparar sobre el chico primero y luego contra mí cuando el BMW apareció abriéndose camino entre los muertos. En ese momento lo entendí. Recordé la forma de mirar a Jorge de uno de ellos y la reacción del otro al oír que había una mujer con nosotros. Tenía que bajar, algo iba mal.

El grito ahogado de Jorge no hizo sino confirmar mi pensamiento. Intenté mover el brazo izquierdo pero no pude, lo llevaba aparatosamente vendado, debió lastimarse en la caída desde la terraza. Notaba que algo se me clavaba en la espalda. Conseguí incorporarme con ayuda de mi otro brazo y busqué lo que era. Mi pistola; había tenido la pistola debajo del cuerpo, por eso notaba ese dolor. Recordé como antes de perder el sentido le dije entre susurros al crio que guardase las armas. Jorge supo que tarde o temprano la necesitaría y debió esconderla ahí. Chico listo. Tenía que bajar, seguía oyendo el rumor de voces apagadas procedente del piso de abajo y los incesantes ladridos del pastor alemán.

Logré ponerme en pie. Me sentía extremadamente débil y no tenía claro que fuese capaz de llegar abajo. Me observé en el espejo de la pared y lo que vi reflejado  no hizo sino confirmar que la situación era desesperada. Llevaba inmovilizado el brazo izquierdo al costado, debía habérmelo dislocado, o quizá tenía roto algún hueso. Mi cabeza presentaba otro aparatoso vendaje que empezaba a teñirse de rojo. Alguna herida me estaba sangrando. Me encontraba descalzo y con los pantalones que llevaba en la farmacia. No había tiempo para buscar las botas. Me dirigí tambaleante hacia la salida de la habitación. Al llegar a la escalera pude escuchar más claramente las voces que provenían del salón. Reconocí la voz del tipo que conducía el BMW. Le preguntaba, entre risas, a Jorge por las armas que había escondido, pero no se oía al niño.

Cuando hube llegado al final de la escalera, extenuado y completamente mareado, me sujeté a la gran bola de madera que adornaba la barandilla para no caer. Permanecí así hasta lograr recuperarme lo suficiente para avanzar por el pasillo y alcanzar una posición desde la que pudiese ver todo el salón.

Lo que contemplé me obligó a apoyarme en la pared para no caer. Esperaba algo así, pero la escena era mucho más cruda.

En el sofá, tumbado, se encontraba Mariano. Estaba amordazado y atado con cinta de embalar plateada. Presentaba un aspecto deplorable. Sus ojos llorosos parecían ir a salírsele de las órbitas.
Juntó al villar descubrí al tipo bajo y regordete que recordaba de la farmacia. Mantenía a Jorge inmóvil, sujetándole por la frente con la mano izquierda y amenazándole con un cuchillo con la otra, mientras le obligaba a contemplar la otra escena.

Lo que vi en el otro lado del salón me encendió la sangre y disparó mi adrenalina. Laura estaba tendida en el suelo, completamente desnuda, su ropa yacía destrozada alrededor y el cabrón del BMW la sujetaba del pelo.

El subidón de adrenalina me había dado fuerzas, así que me adentré en el salón.

- ¿Molesto?

La sorpresa inicial al descubrir mi presencia se tornó rápidamente en una insultante superioridad al percibir mi estado y ser conscientes de que, mientras tuviesen dos rehenes, tenían la sartén por el mango.
- Mira a quien tenemos aquí, si es el soldadito – y al mismo tiempo que hablaba clavó su rodilla sobre la columna de Laura; con un rápido movimiento podía partirle la espalda. Creo que es mejor que sueltes la pistola. Así no tendremos que hacerle daño a nadie.
Resultaba un comentario absurdo una vez que se observaba la escena, el anciano estaba atado y se le adivinaban marcas de golpes en la cara; el crío estaba materialmente blanco debido a la presión que ejercía el enano sobre su garganta  impidiéndole respirar, y la situación de Laura no dejaba lugar a la duda; ya se había ensañado con ella.
Era el eterno dilema a la hora de tratar con un secuestrador; cumplir sus exigencias o jugártela. En condiciones normales, habría disparado sin pestañear sobre el enano que amenazaba a Jorge y no habría fallado. Pero ahora nada era normal. Mi condición física era inexistente, difícilmente me mantenía en pie. No sería capaz de acertar a esa distancia a nadie y si fallaba, el chico o Laura morirían, o quizás los dos. No sabía la cantidad de personas que quedaban vivas en el mundo, pero estaba seguro de que no quería quedarme solo y perderles a ellos. Tal vez los asesinos estos se marcharan y nos dejaran en paz, puede que sólo quisieran las armas y el coche. Yo no podía tener sobre mi conciencia la muerte de ninguno de los dos.

- Júrame que cuando te dé el arma les dejarás libres.
- Claro, claro, te lo juro por Dios – hizo un teatral gesto besándose el pulgar.
- Vale, tú ganas, te daré el arma.

Miré al niño, sus ojos mostraban un terror infinito, mientras que la cara del cerdo que le retenía dejaba ver una sonrisa de victoria. La cara de Laura no podía verla, el otro tipo apretaba su cabeza contra el suelo. Miré a Mariano. No podía moverse ni hablar, pero en el movimiento de sus ojos pude adivinar cómo me decía que no lo hiciera, que no les entregara la pistola. Quizás era lo que yo quería ver. Volví a observar sus ojos y entendí lo mismo.

- He cambiado de opinión – me giré hacia el que retenía al niño y me dirigí hacia él – si le haces daño te reventaré la cabeza.

No me sobraban las fuerzas, así que caminé lentamente hacia ellos sin tan siquiera apuntarle.

- No…no…no…no sigas, si te acercas más le mato – tartamudeó el enano.
- Mátale chupete, mata al crío, córtale el cuello.
- No vas a hacer eso, porque si lo haces no podrás disfrutar de él, y eso es lo que quieres, eso es lo que deseas ¿verdad?

Ya me encontraba frente a él, a menos de un metro. Podía notar su respiración, su deseo; podía oler su miedo.

- Si le matas se acabó, puede que sea el último niño que quede con vida en el mundo, el último. Pero puedes hacer otra cosa, puedes intentar matarme a mí. Estoy malherido, no soy enemigo para ti, ni siquiera tengo fuerzas para levantar mi arma.
- No le escuches chupete y mata al jodido crío.
- Tú sabes que no puedes matarle chupete, ¿verdad? El ya tiene a la chica, pero y tu ¿a quién tienes tu?

Ya no podía acercarme más a él. Tenía que lograr que alejase el cuchillo del cuello de Jorge. Cada vez me encontraba más débil, no disponía de mucho tiempo. La sangre que resbalaba desde la herida de mi cabeza me entraba en el ojo derecho y me obligaba a mantenerlo cerrado.

- ¡CHUPETE! – le grité haciéndole dar un violento respingo. Voy a contar hasta cinco, cuando termine, si no has soltado al chico, te mataré. ¡UNO!
Podía percibir la aceleración de su pulso, notaba su pánico y al mismo tiempo su excitación.
- ¡DOS!
- Mata al crío chupete, mátale.
- ¡TRES!
Los ladridos de diego continuaban taladrando mi cabeza.
- ¡CUATRO!

Pude leer la decisión en sus ojos décimas de segundo antes de que actuase. Mantuvo a Jorge retenido con una mano, mientras la otra, la que sujetaba el cuchillo, la dirigía hacia mí. No podía hacer gran cosa, avancé el hombro mientras trataba de alzarlo cuanto me era posible a la vez que retrasaba mi cara. El cuchillo chocó contra él, cortando mi carne a su paso hasta chocar con el hueso. En ese preciso instante se dio cuenta que la había cagado. Reuní todas mis fuerzas y levanté, todo lo rápido que pude, mi arma hasta apoyarla sobre su frente. En ese momento disparé. Cayó hacia atrás. Llegó al suelo ya cadáver. Jorge quedó libre. No dejaba de tocarse la garganta mientras tosía. Estaba intacto, no había sufrido ningún daño.

- ¡Jorge! Coge el cuchillo y desata a Mariano ¡rápido!

Me miró, pero en lugar de hacer lo que le decía echó a correr hacia la cocina y desapareció. El jodido crío no hacía caso ni en las peores situaciones. La herida recién infligida en el hombro sangraba profusamente. No tenía mucho tiempo. Me giré hacia el tipo que retenía a Laura. Avancé hacia él con pasos lentos, tratando de disimular cuanto podía la debilidad que se iba apoderando de mi cuerpo.

- Si te acercas más le partiré la espalda, yo no soy chupete – y mientras hablaba apretó su rodilla contra la columna de Laura.

Paré un instante, más que nada para recobrar algo de resuello. La situación no tenía otra solución posible, no había vuelta atrás. Debía acabar con esto mientras me quedasen fuerzas.

- Aun tienes una posibilidad de salvarte, suéltala y te dejaré marchar con vida.
- Mírate, no puedes mover tu brazo izquierdo, pierdes sangre de la cabeza y del hombro, en poco tiempo te caerás redondo al suelo; ni siquiera tendré que matarte. Después me divertiré con tu novia mientras el niño y el viejo miran.
- Démonos prisa entonces. Te doy tres segundos para que la sueltes. Luego te mataré. ¡UNO!
- Si veo que tan sólo haces intención de levantar tu arma hacia mí, le partiré el espinazo a tu ramera, es una pena pero lo haré; y será responsabilidad tuya. No tengo nada que perder, que vas a hacer ¿matarme?, en realidad, ya estamos todos muertos, será preferible acabar de un tiro.
- He dicho que te mataré, pero no de qué forma. Te voy a pegar un tiro en las tripas y antes de que mueras haré que uno de esos zombis infectos te contagie, veré como te transformas en uno de ellos y entonces, te cortaré la cabeza y la meteré en un cubo. La llevaré conmigo a todas partes. Pasarás toda la eternidad en un puto cubo de fregar. ¡DOS!

La cara del tipo cambió de color, algo de lo que le dije le había afectado sobremanera. Comenzó a temblar de forma descontrolada y se apartó lentamente de Laura.

- Va…va…vale, ya la dejo. So…so…solo quiero marcharme, me iré en… enseguida y no volveréis a verme nunca.

Yo ya no le escuchaba, hacía algunos segundos que había perdido el control de mi cuerpo y caí cuan largo era hacia atrás. El golpe fue terrible. Noté como mi cabeza golpeaba contra el suelo y volvía a rebotar. La pistola cayó de mis manos, quedó al lado, pero me sentía incapaz de recuperarla.

El cabrón mostró en su cara una mueca de triunfo, había ganado. Avanzó lentamente hacia mí, recogió la pistola y se situó entre mis pies apuntándome a la cabeza. Busqué con la mirada a Laura, intentaba levantarse pero no era capaz. Puede que se hubiese lesionado la columna. Observé los ojos de Martos, estaban exultantes.

- Han cambiado los papeles soldadito. Será tu cabeza la que acabe en un cubo, ya  termino yo de contar por ti ¡TRES!

En ese momento, antes de que disparase, la hoja de una catana le salió por encima del esternón. Abrió repentinamente los brazos al tiempo que soltaba el arma. Llevó las manos a la hoja clavada en su pecho en un intento de extraerla. Ese fue su último movimiento antes de caer de bruces, muerto, a mi lado, con el sable japonés clavado.

- ¿Ves?, también sirve para dar estocadas.

Lo último que vi fue al niño plantado frente a mí, con una expresión decidida en su rostro que no se correspondía con su edad.

10. En botica

10. En botica

  ¡Buzzzzz! ¡Buzzzzz! ¡Buzzzzz! Un siseo no paraba de repetirse. Abrí los ojos con dificultad buscando el origen del ruido. La alarma del despertador de la mesita estaba sonando. Eran las 10:00 de la mañana. El reloj era de pilas por lo que saltó a la hora programada. Lo paré con cuidado. Jose seguía durmiendo. Lógico, aún debía tener alcohol en sangre como para que le quitaran dos veces todos los puntos del carné. Su sueño no parecía para nada plácido. Igual era esa su forma de dormir. Puede que fuera hiperactivo o algo así.

  Hacía calor. Los rayos del sol entraban por la ventana atravesando la habitación. Miré mi piel, retiré el tirante de la camiseta, estaba tan poco bronceada que ni siquiera se notaban las marcas del sujetador. El mundo se fue al carajo antes de que cogiera las vacaciones. No pude evitar reír. Ahora tenía vacaciones perpetuas. Mis brazos estaban sucios y mi cara seguramente también. Anoche me encontraba demasiado cansada para buscar algo de agua y lavarme.

  ¡Buzzzzz! ¡Buzzzzz! ¡Vaya!, no debía haber apagado correctamente el reloj y volvía a sonar. Al intentar apagarlo para que no se despertara Jose se me escapó y terminó cayendo al suelo. El ruido le sobresaltó. Se incorporó de golpe, visiblemente desorientado.

- ¡Buenos días! – sonreí.

  Me observó como si no me conociese absolutamente de nada. Tras unos segundos se echó las manos a la cara y comenzó a llorar quedamente. No sabía que decir, así que le dejé desahogarse. Cuando por fin se calmó un poco me atreví a preguntarle.

- ¿Te encuentras bien?

- Tenía una hija. Se llamaba Sandra. No quería que me fuera a la última misión. He podido ver su cara, su expresión y también la de mi esposa, pero no me acuerdo de ellas. Yo tendría que haber estado allí para protegerlas y, sin embargo…

- No sabes lo que ha sido de ellas. Pueden haberse salvado. Nosotros estamos vivos, ellas también pueden haberlo conseguido – intenté consolarle.

- Si, pueden – dijo sin ninguna convicción.

  Tras unos incómodos instantes de silencio me puso al corriente del último Flasback. Cuando acabó me encontré un tanto confusa y quizá un poco dolida. Ya tuvo información de Earthus en su primer sueño y no me había contado nada.

- Escucha, no te conté nada de Earthus antes porque no te conocía. No tenía claro que estaba ocurriendo fuera. Lo siento, supongo que debe ser deformación profesional. Ahora ya estás al día de todo, no te he ocultado nada.

- ¿Recuerdas si llegaste a ir a Valencia con tu familia?

- No, ya te lo he dicho, no recuerdo nada de fuera del sueño, ni siquiera puedo acordarme de mi hija. Tan solo tengo la imagen de lo que recuerdo durante el sueño. Es complicado.

- Vale, vamos a analizar el resto. ¿Cómo le llegó esa información a Shamar? Y ¿Por qué le mandarían la clave a tu esposa?

- No me lo dice, no quiere hablar de sus fuentes ni de los motivos; tampoco me explica porque debo ir yo y no cualquier otra persona. Escucha, esto es inútil y no conduce a nada, lo que hay es lo que ya te he contado, y esta vez te lo he contado todo. No sé nada más.

- No tienes tampoco idea de ¿Dónde pueden haberte insertado la tarjeta esa?

- No, ni siquiera conozco bien mi cuerpo. En lo que veo directamente tengo varias cicatrices pero ninguna parece reciente.

- ¿Me dejas que te vea yo?

- Como quieras.

  Se sentó en la cama mostrándome la espalda para que la inspeccionara. Fui pasándole mis manos por el torso inspeccionando las cicatrices que encontraba. Enseguida pude notar cómo reaccionaba erizándosele el vello y como mi cuerpo también respondía a la situación. ¡Vaya! No llevaba la mejor indumentaria para estar acariciando la espalda de un hombre, sólo tenía puestas unas bragas y una camiseta de tirantes. De repente empecé a notar un creciente calor.

- Ya está, no te noto nada – dije cruzando mis brazos sobre el pecho para disimular mi excitación.

  Él se incorporó y sin girarse hacia mí, desabrochó su pantalón y comenzó a bajárselo.

- ¿Qué?… ¿Qué haces? – balbuceé más de lo que me hubiese gustado.

- Quizá tenga alguna otra cicatriz en las piernas – explicó con naturalidad.

  Ni él ni yo vimos ninguna herida reciente donde pudiese tener alojada la maldita tarjeta.

 En eso entró Jorge a la habitación, sin llamar, claro. Se quedó plantado en la puerta mirándonos alternativamente a Jose y a mí.

- ¿Sois novios? – preguntó, diría que con una ligera sonrisa en la cara.

- No, respondí excesivamente rápido. Estábamos… – me atasqué y no supe cómo seguir.

- ¿Ocurre algo Jorge? ¿Qué querías? – intervino Jose más sereno.

- Mariano ha encontrado comida y ha preparado un desayuno buenísimo. Ha hecho hasta huevos revueltos. Dice que bajéis ya o se enfriará.

 En efecto, Mariano había preparado un desayuno completísimo. Leche, magdalenas, zumo, huevos revueltos.

- ¿De dónde has sacado los huevos? – pregunté.

- Hay varias gallinas sueltas por la parcela, conté cinco. Encontré muchos huevos, pero sólo recogí los que me han parecido más frescos.

  Después del fantástico desayuno salimos los cuatro a la terraza. Diego no dejaba de perseguir a las gallinas. Hacía un día maravilloso. Nos sentamos alrededor de una gran mesa de piedra a discutir que íbamos a hacer a continuación.

- Estaremos aquí – empezó el sargento — el tiempo necesario para que Mariano se recupere un poco. Un par de días o tres. Buscaremos por toda la casa a ver que encontramos de utilidad y os enseñaré a disparar y a defenderos de los ataques de los zombis.

- En el pozo que se encuentra al lado de la piscina hay abundante agua corriente. La extrae una bomba alimentada con gasoil. Está en el garaje. Podéis asearos si queréis.

  Mariano había colgado una manguera de la rama de un árbol a modo de ducha y colocó una manta entre otros dos palos como biombo. Era un “manitas” el abuelo.

- Jorge y Mariano se encargarán de buscar comida y envases para almacenar agua y alimentos. Coged todo lo no perecedero que podamos consumir sin peligro y que no precise condiciones especiales de conservación. Laura, tú y yo buscaremos todas las armas o herramientas que sirvan como tales.

  ¡GUAUU!

  Todos nos echamos a reír – Diego, tu vigilarás todo el recinto para que no entren zombis.

  ¡GUAUU!

- Y deja a las gallinas.

  Mariano y el niño fueron a buscar alimentos y como Laura quería asearse un poco yo bajé al garaje a ver que encontraba.

  La caldera de calefacción era de gasoil y se alimentaba con el combustible de una bombona de plástico a la que llegaba un latiguillo. Era un poco chapucero pero para nosotros resultaba más cómodo. La bombona estaba a la mitad, tendría unos treinta y tantos litros. Acerqué la garrafa al coche. Necesitaba un embudo o algo así para evitar que el combustible pudiera caer fuera. Volví al garaje y localicé un embudo en lo alto de una estantería. Cogí una escalera para alcanzarlo. Cuando llegué al último peldaño el ventanuco que daba luz al garaje quedó a la altura de mis ojos. Desde él se podía ver perfectamente a Laura asearse en la improvisada ducha de Mariano. Había preparado la manta para tapar las vistas desde la casa, no desde la ventana del garaje.

  Estaba desnuda enjabonándose. Tenía un cuerpo muy bonito, hasta ahora no había reparado en ello. La verdad era que cuando ella había estado pasando sus manos por mi cuerpo en busca de la tarjeta de memoria no había podido evitar excitarme. Al momento me sentí mal por estar subido a una escalera observándola mientras ella se duchaba. Bajé con el embudo y mientras me dirigía hacia el coche no pude dejar de pensar que no tenía más imagen de mi esposa que el recuerdo sobrevenido durante el sueño. En mi casa debía haber fotos que, tal vez, me ayudasen a recordar.

  Cuando terminé de llenar el depósito llegó Laura. Olía al perfume del jabón.

- Hueles muy bien.

- Gracias, el agua está estupenda, un poco fría, pero se queda una nueva. Deberías ir tú.

- Ahora luego.

- ¿Has encontrado algo útil?

- He rellenado el depósito y he encontrado un bate de béisbol y un hacha grande; aparte de los sables del salón.

- ¿Qué es eso de ahí?

  Se refería a algo tapado con una lona. La retiró y una flamante moto custom, negra apareció debajo.

- ¡Fíjate! Es una Vulcan 900, es preciosa. La tiene equipada con las defensas, pantalla y,  ¡mira que pedazo de alforjas!

- No sabía que te gustaran las motos.

- Si, de hecho la Harley que te cargaste cuando salimos del parking del CNI era mía.

  Recordé la escena, el zombi que se quedó agarrado a la puerta del copiloto terminó estampado contra la moto.

- Vaya, no sabía que fuese tuya. Lo siento.

- No te preocupes, además, ahora ya tengo una nueva.

- Voy a subir esto y luego a darme una ducha. Mira a ver si encuentras alguna otra cosa.

  Durante toda la mañana estuvimos recopilando víveres, armas, ropa, medicinas y todo lo que consideramos útil. Para comer Laura preparó unos espaguetis con tomate. Por la tarde les estuve enseñando como apuntar, disparar, desarmar el fusil y la pistola y solucionar interrupciones en las armas.

  Para cenar, Mariano preparó dos apetitosas tortillas de patatas. Con los huevos de las gallinas y unas patatas que excavó en el huertecillo, hizo unas de las mejores tortillas que habíamos probado. Al acabar compartimos historias. Mariano nos contó entretenidas anécdotas de su vida en Argentina y Laura de sus primeros años en Madrid. Yo no tenía historia alguna que contar.

  Sobre las diez de la noche Jorge y Mariano se fueron a dormir. Estaban haciendo buenas migas los dos. La verdad es que Mariano era un gran tipo.

  Estábamos a lunes, 25 de julio. Sólo hacía tres días que me había despertado y parecía que hubiesen pasado semanas. Salí con Diego a comprobar todo el perímetro del chalet. Cuando lo recorrimos volví al interior, verifiqué que todas las puertas estuviesen bien cerradas y regresé al salón. Laura había servido un par de copas de brandy. Me senté a su lado y permanecimos en silencio disfrutando de la bebida. Laura se tumbó en el sofá y colocó su cabeza sobre mi regazo. Me sentía confuso.

- Será mejor que nos vayamos a dormir.

- ¡Laura! ¡Jose! – Jorge entró chillando en el salón. Es Mariano, se ha desmayado, se ha caído al suelo igual está muerto.

   Nos encontramos al abuelo tendido de lado en el suelo. Laura le tomó el pulso.

- Respira. Trae un poco de agua.

  Cariñosamente le incorporó y logró que recobrara el conocimiento. Parecía desorientado.

- ¿Qué pasó? – preguntó mientras miraba a un lado y otro.

- Estabas sin sentido en el suelo. Mariano, ¿Te encuentras mejor? ¿Tienes alguna enfermedad, algo que te afecte que debamos conocer? ¿Estás tomando algún medicamento?

- No se preocupen, sólo son achaques de viejo, nada más.

  Su respiración era muy agitada y parecía costarle mucho esfuerzo. Se le veía agotado y seguía mostrándose desorientado.

- ¿Eres diabético? – preguntó Laura.

- Vos no os preocupéis, estaré bien enseguida, sólo sentarme en la cama.

- ¿Cuánto tiempo hace que no te pinchas insulina?

- Ves, ya estoy mejor – dijo mientras intentaba ponerse de pie. Tuve que sujetarle porque se caía hacia delante. Era incapaz de sostenerse en pie.

- Mariano, ¿Cuánto tiempo hace que no te pinchas?

- No sé, creo que se me acabó hace varios días.

- ¿Cuántos días?

- No sé, no se preocupen enseguida estaré bien.

  Pero, por contra, cayó hacia atrás sobre la cama y volvió a perder el sentido. Presentaba una gran sudoración y respiraba con mucha dificultad.

- Jose, este hombre necesita insulina urgentemente. Si no se pincha rápido entrará en coma y morirá.

  Jorge comenzó a sollozar y se abrazó a Mariano. El chico seguía en la habitación y ver así a Mariano le estaba afectando. Habían pasado todo el día juntos y ahora debía pensar que le podía perder también.

- Jorge, apártate un poco, déjale respirar.

- En la casa no hay insulina, estuve buscando medicamentos y sólo encontré  antigripales y jarabe de niños. Habrá que ir a alguna farmacia. En el pueblo tiene que haber alguna. En la cocina había un programa de fiestas y venían al final los comercios patrocinadores, entre ellos había una farmacia – recordé en voz alta.

- No podemos dejar sólo a Mariano.

- No lo haremos, os quedaréis con él los dos.

- No puedes ir sólo Jose, ..

- Yo también voy – gritó Jorge. Quiero ayudar a que Mariano se ponga bien.

- No puedes venir, es peligroso, te quedarás con Laura.

- Yo creo que no es tan mala idea, al fin y al cabo, es el que más veces ha andado entre los zombis – me sorprendió Laura.

- Ves listo, yo también voy, y girando sobre sí mismo salió a prepararse.

- Laura, ¿De qué va esto? ¿No puedes hablar en serio? Es sólo un niño.

- Jose, el mundo ya no es como antes, ya no hay niños ni ancianos, solo personas que tienen que aprender a sobrevivir, y cuanto antes lo hagan mejor para ellas. Si alguien puede cuidar del niño eres tú. Yo me quedaré con Mariano, pero debéis daros prisa, si entra en coma no habrá forma de reanimarlo. No le queda mucho tiempo.

  Iba a volver a protestar cuando el crío entró en la habitación con la pequeña catana en la mano.

- ¿Cuándo nos vamos?

- Está bien – accedí – pero harás todo lo que te diga sin rechistar.

- Vaaale.

  Después de buscar la dirección de la farmacia en el libreto de fiestas, preparamos el material que llevaríamos, una pistola, un fusil, cuatro cargadores para cada arma y dos mochilas para traer las medicinas. Jorge se empeñó en llevar la catana.

- ¿Cómo saldréis? – preguntó Laura.

  Ya lo había estado pensando, no se veían muchos zombis en los alrededores de las puertas del chalet. Desde la ventana de la habitación de arriba sólo pude divisar a cuatro merodeando, todos ellos varones adultos que, en general, mostraban un relativo buen aspecto. Tan solo les delataba su forma titubeante de caminar. Tampoco nos podíamos confiar, los setos de arizónica eran elevados y tupidos; podrían ocultar a algunos si se pegaban mucho a la valla.

 - Sube al coche Jorge. En cuanto salgamos cierra rápido. Estate atenta cuando regresemos. Los walkies no tendrán suficiente alcance, así que no podremos contactar hasta la vuelta.

  Laura se acercó al oído del niño y le susurró: Cuida del Sargento, y le dio un maternal beso en la mejilla. Jorge sonrió. Luego se acercó a mí. Ten cuidado con  él y daros prisa.

  Diego también despidió al crío a su manera, le regaló varios lametones en la cara. Luego se plantó delante de mí y sentándose sobre las patas traseras me daba la pata.

- Esta vez no puedes venir chico, te quedas aquí cuidando de la casa y del abuelo.

  El perro gimió lastimero y se colocó al costado de Laura.

 Puse el despertador de arriba en la parte delantera del chalet, en la entrada peatonal. En cuanto empezó a sonar, los muertos se dirigieron hacia la nueva fuente de sonido. Cuando se despejó la salida Laura abrió la puerta y salimos lentamente, procurando hacer el menor ruido posible. Por el retrovisor pude ver como Laura cerraba las puertas sin problemas.

  Encendí el navegador que ya habíamos programado con la dirección de la farmacia. Al momento, la voz infantil comenzó a darnos instrucciones. Al llegar a la entrada de la urbanización no se divisaba ningún muerto. Paré el coche.

- Jorge, te voy a dar unas nociones básicas de conducir, si a mí me ocurriese algo, debes ser capaz de conducir de vuelta a casa. Así que …

- Ya se conducir – me interrumpió el niño.

  Mi cara de incomprensión la animó a explicarse.

- Mi padre me enseñó. Mi madre no quería que lo hiciera, pero, con tal de llevarle la contraria hacía cualquier cosa. Algunos de los fines de semana que pasaba con él nos íbamos a la zona de prácticas de Carabanchel y nos tirábamos toda la mañana dando vueltas.

  Cuando acabó la explicación, sus ojos estaban humedecidos pero consiguió controlar las lágrimas.

  Le enseñé a regular el asiento y me senté en su lado. Era cierto, conducía razonablemente bien. Con el asiento adelantado a tope, conseguía llegar a los pedales. Alguna vez rascaba las marchas, pero era suficiente para regresar al chalet en caso de emergencia.

  A la entrada del pueblo paramos y volví a conducir yo. En las calles no se apreciaban grandes destrozos. Era una población pequeña y no debía tener muchos habitantes. Además, tras la infección muchos se irían a los hospitales de Madrid. En cualquier caso no había muchos zombis por las calles. La cosa cambió al llegar a la plaza donde se encontraba la farmacia. Aquí se podían ver decenas de muertos en una especie de reunión vecinal. No paré. Pasamos delante de la farmacia y, lentamente seguimos hasta girar en la siguiente calle. Los zombis nos siguieron en tropel como los niños seguían la cabalgata de los Reyes en Navidad.

- ¿Dónde vamos? ¿Por qué no has parado en la farmacia? – preguntó Jorge.

- Nos alejaremos un par de calles. Si aparcásemos en frente, todos los zombis nos estarían esperando a la salida. Sería imposible escapar. Es mejor aparcar a una cierta distancia. Pero lo que me preocupa es el coche que estaba empotrado de culo en el cierre de la farmacia.

- ¿Porqué?, así está abierta y podemos entrar.

- Las puertas del coche estaban abiertas; debieron usarlo para alunizar y así poder acceder a la farmacia. Sin embargo, el coche sigue ahí, lo que indica que algo salió mal.

- Igual se fueron en otro coche.

- No lo creo, se podían adivinar salpicaduras en los cristales. Seguramente de sangre. Creo que algo ocurrió y se vieron sorprendidos. Tendremos que ir con cuidado.

  Hacía una noche fantástica, pero se había vuelto a despertar víctima de una variante de su pesadilla particular de todas las noches.  Se encontraba totalmente empapado en sudor y sin poder controlar sus temblores. Esta vez él estaba en su celda y su padre le visitaba, algo imposible porque las visitas no llegaban a las celdas y a él nadie le visitó, pero para eso era su puta pesadilla. Su padre le tendía las manos entre los barrotes, mostraba una expresión angelical, como nunca le había visto. Entonces, cuando le daba las manos, se las cogía rápidamente y se transformaba en un asqueroso zombi que le mordía transmitiéndole la infección. Después permanecía fuera, entre risas, mientras él se transformaba en un maldito muerto viviente. Al acabar la transformación, su padre le mostraba las llaves de la celda y las lanzaba a la celda de al lado; luego se marchaba dejándole ahí encerrado para toda la eternidad. En ese momento se despertaba. No podía imaginar nada más horrible que permanecer en una celda encerrado de por vida, o de por muerte, para siempre sin ni siquiera poder caminar por el exterior.

  Miró a chupete, el cabrón seguía durmiendo. A él no parecían afectarle los zombis, al menos mientras dormía.

  Se asomó a la ventana. Entonces lo vio. Tuvo que frotarse varias veces los ojos para convencerse que estaba despierto. De un par de meneos despertó a chupete.

- Fíjate en eso.

 Un BMW sin el paragolpes trasero pasaba por delante de su edificio y, dejando la farmacia a un lado, giraba a la parte de atrás de la calle. Corrieron a las habitaciones que daban al otro lado y desde allí pudieron ver como un hombre y… un niño, bajaban y, cargados con sendas mochilas a la espalda, utilizaban las sombras de la noche para rodear el edificio. Corrieron a la habitación que daba a la plaza y les descubrieron de nuevo. Se miraron, sabían a donde se dirigían: la farmacia.

  Una semana antes ¿Ya llevaban tanto tiempo allí?, una familia llegó a toda velocidad a la plaza, era pleno día. Situaron el coche frente a la farmacia y marcha atrás, embistieron la persiana metálica. Inmediatamente salieron todos del vehículo, un todoterreno, para pasar al interior de la farmacia. Pero dentro algo debió ir mal y, además de los muertos que se congregaban delante de la farmacia por el estruendo del choque, la alarma del local comenzó a sonar. Era para partirse, nada funcionaba pero la condenada alarma estuvo sonando, al menos tres minutos.

  Lo que vino a continuación fue una carnicería. En el momento en que empezó a sonar la sirena,  el que parecía ser el padre salió del local con la escopeta en alto. Debió pensar que podría ganar el tiempo suficiente para que el resto de su familia volviese al coche: se equivocó. Varios zombis se le echaron encima, logró derribar a los primeros, pero no llegó a alcanzarles en la cabeza, así que al momento los tenía enfrente otra vez. En cualquier caso, no tenía escapatoria, decenas de muertos le rodearon y, literalmente, le mataron a bocados. La que parecía la madre fue la siguiente, intento abrirse paso mientras su marido era devorado, pero no llegó a alcanzar el coche. Su final fue aun peor, un zombi inmenso que parecía un luchador de pressing catch le arrancó un brazo de un brutal tirón, fue algo digno de ver, la mujer miraba alucinada como el cabrón se liaba a bocados con su brazo arrancado frente a ella. Las hijas intentaron huir  entre el barullo alejándose de la farmacia, pero no llegaron muy lejos. Enseguida fueron capturadas y desgarradas como sus padres. Lástima, ellos las habrían aprovechado más. Cuando dejó de sonar la sirena todos los integrantes de esa familia estaban muertos. Días después los volverían a ver, ya transformados, deambulando por la plaza. Lo más probable era que la situación se repitiese.

- Recoge todo rápido chupete, han aparcado detrás, cogeremos su coche y nos largaremos por fin de este pueblo de mierda.

- ¿Has visto al niño? Hay un niño. Quiero al niño.

- Chupete ¡Joder! No vamos a jugarnos la vida por ese crío, además, ya sabes lo que va a pasar.

 

  En la entrada de la farmacia se podían observar rastros de lucha. En cualquier punto al que apuntases con la linterna se veían restos de sangre. Debajo de un expositor descansaba el brazo corrupto de una persona. Algo les ocurrió a las últimas personas que intentaron acceder al interior. Coloqué un mostrador y el expositor del brazo en el hueco de entrada. Así estaríamos más tranquilos y podríamos detectar la llegada de alguien.

- Jorge, no te alejes de mi lado, busquemos los viales de insulina y larguémonos de aquí lo antes posible.

  En el exterior los zombis nos habían perdido la pista, aunque varios de ellos deambulaban por las inmediaciones de la farmacia.

  Buscar algo en un sitio desconocido y a oscuras resultaba complejo. Tardé más de quince minutos en hacerme una idea de cómo estaban ordenadas las medicinas y llegar a la insulina. Me quité la mochila y la llené hasta arriba de viales. Cuando terminé, Jorge no estaba a mi lado. En algún momento se había alejado sin decir nada.

- ¡Jorge! – susurré.

  Nada, ni rastro. Apagué la linterna e intenté escuchar algo. Me fui aproximando al foco del sonido y le descubrí. Había dejado la linterna en un estante para alumbrarse y estaba guardando algo en la mochila.

- ¿Qué coño haces? Te dije que no te alejaras.

  Del susto se le cayó la mochila y parte de lo que estaba metiendo en ella acabó rodando por el suelo. Alumbré las cajas que habían caído. Tampax, compresas y …

- ¿Preservativos? Pero ¿Para qué quieres tu esto?

- Laura me dijo que lo cogiera y que no te dijera nada.

  Genial, al final, entre Laura y el niño lograrían que nos mataran.

- Recoge todo eso y deja de enredar. Yo voy a ver si encuentro antibióticos y analgésicos.

  Mientras yo guardaba amoxicilina, tetraciclina y todo lo que encontré que acabase en ina, Jorge se aproximó a una puerta cerrada situada a un lado del mostrador, la llave aún continuaba en la cerradura. Debía de conducir a un almacén, un despacho o algo así.

- Jorge, no te alejes.

  Pero el crío no podía estarse quieto, es lo que tienen los niños, supongo. En el momento que desplacé el haz de luz sobre mi mochila, él aprovechó para hacer girar la llave y empujó la puerta. Al instante se desató la locura.

  La sirena de una alarma comenzó a sonar a todo volumen. No había electricidad en toda la casa pero la puta alarma seguía funcionando. Ahora entendí lo que debió ocurrir con las personas del coche. Al momento, un zombi de más de ciento veinte kilos, que hasta ese momento había permanecido inmóvil y sin hacerse notar tras la pared, en el interior de la habitación, se abalanzó gritando y rugiendo sobre Jorge que se encontraba inmóvil delante de la puerta intentando asimilar lo que ocurría; sorprendido, tan sólo pudo dar un paso atrás y, fruto del empujón cayó al suelo bajo el gordo zombi, lo que probablemente le salvó. Al momento apunté la linterna hacia el barullo de cuerpos. Eso hizo que el muerto dirigiese hacia mi sus esfuerzos, olvidando que tenía bajo su panza al crío indefenso. Jorge debía estar tan asustado que no le salían ni las palabras o bien el peso del gordo le estaba asfixiando.

  El estruendo formado por la sirena podría oírse en todo el pueblo. Los muertos cercanos a la entrada de la farmacia comenzaran a empujar el expositor y el mostrador. No aguantarían mucho tiempo. Guardé la linterna y situé una pierna a cada lado del zombi y agarrándole de las ropas intenté apartarlo; era imposible, pesaba demasiado y no dejaba de moverse, en una de esas podía herirnos al chico a mí. No teníamos tiempo. Empuñé la glock y, apoyándola sobre su cabeza disparé. El gordo se quedó completamente inmóvil al instante. Aparté al zombi a un lado y Jorge salió tosiendo y vomitando. No podía verle bien la cara, pero debía tenerla completamente blanca.

- ¿Estás bien?¿Te ha herido?

- Cre.. creo … creo que no – balbuceó.

- Levántate y coge tu mochila.

  Me eché la mía a la espalda. Los zombis acababan de tirar el expositor y el mostrador en su intento por entrar todos a la vez. Los gritos y rugidos eran espeluznantes y, aunque no podía ver bien sus caras podía imaginar perfectamente sus expresiones aterradoras, sus ojos enrojecidos y sus bocas putrefactas y malolientes.

- Las escaleras del fondo deben conducir al piso de arriba, sube y busca una salida hacia la calle que dejamos el coche. Tenemos que saltar.

  Le di mi linterna, la suya debía estar debajo del gordo, y me giré hacia la entrada. Enfundé la pistola y comencé a volar cabezas con el fusil. Disparaba al mismo tiempo que retrocedía hacia las escaleras por las que había subido el chico. Les iba conteniendo, pero la oscuridad no me permitía apuntar correctamente y desperdiciaba tiros que luego necesitaría. Era cuestión de tiempo que me alcanzaran.

  Por encima del estruendo llegó la voz del niño avisando que había alcanzado la terraza. Me di la vuelta y eche a correr hacia allí. Efectivamente, Jorge estaba en la terraza de la casa. La altura a la calle era de un piso, teníamos que saltar. Cogí a Jorge de las muñecas y, una vez que hubo pasado al otro lado de la barandilla lo balancee un par de veces y lo solté sobre el techo de un coche aparcado debajo. Enseguida se puso en pie, parecía estar bien. Me quité la mochila y la deje caer sobre el coche. Ahí se terminó nuestra suerte. Los zombis ya habían alcanzado la terraza. Uno de ellos me embistió haciendo que ambos cayésemos al vacío. El zombi, al no protegerse, dio con la cabeza sobre el suelo, quedando inmóvil al instante. Yo si puse la mano izquierda para amortiguar la caída pero no fue suficiente. El golpe sobre el hombro izquierdo y la cabeza fue brutal. Quedé al otro lado del coche, en la carretera, conmocionado, incapaz de moverme. El hombro me dolía horriblemente y notaba como de la cabeza me brotaba la sangre lentamente. Jorge se acercó a mí, intentaba levantarme mientras me decía algo que no lograba entender. Le escuchaba como con eco y no conseguía que las dos imágenes de él que se me aparecían se unieran en una sola. Con su ayuda me arrastré hasta el otro lado de la calle. Tenía paralizado el brazo izquierdo y la sangre que manaba de mi cabeza comenzaba a dificultarme la visión por el ojo izquierdo. El fusil había quedado en la terraza de la vivienda.

  Los zombis, en lo alto de la terraza comenzaron a caer al vacío. No saltaban, simplemente giraban sobre la barandilla y caían de cabeza. Los primeros, al no usar los brazos, se partían indefectiblemente el cráneo al golpear con el suelo, pero conforme se llenaba de muertos, los cuerpos amortiguaban la caída y los zombis se levantaban sin problemas. Era algo surrealista ver como iban volteando uno tras otro la barandilla.

- Jorge, ¡coge las mochilas y corre hasta el coche! ¡Lárgate a  casa! Aquí no tenemos ninguna oportunidad. ¡Vete ya!

- Y una mierda, no te voy a dejar solo.

  Empuñé la pistola con la derecha y comencé a disparar a las cabezas de los muertos que iban apareciendo por delante del vehículo sobre el que caímos. Al tener que cerrar el ojo por la sangre, enfocaba mejor, aunque no todos los tiros daban en la cabeza. Por el comienzo de la calle ya se podían ver zombis aproximándose. La sirena había callado ya, pero el daño estaba hecho y pronto nos veríamos rodeados.

  Uno de los zombis a los que no alcancé en la cabeza se había acercado gateando hasta mi. Jorge le descargó la catana sobre el cráneo partiéndoselo. Solo me quedaban dos balas, miré al chico:

- Coge las mochilas y vete por favor, vete.

  Cada vez me encontraba peor, me costaba mantenerme consciente. No era capaz de apuntar y no quería malgastar las dos últimas balas, serían para el chico y para mí. Otro zombi se aproximó por la izquierda. Jorge le descargó un tajo en las piernas y cuando cayó le partió la cabeza, tal y como había estado practicando. No íbamos a tener ninguna oportunidad, les podía ver llegar en tropel, igual que una manada, gritando y rugiendo. El chico permanecía en pie, a mi lado. Le cogí del pantalón para intentar que se agachara y poder disparar a su cabeza. No iba a dejar que se transformara en una de esas cosas. Cuando se agachó oímos el rugido del potente motor del BMW, nuestro BMW ¿Cómo podía ser? Estaba a punto de perder el sentido, veía la escena como en un sueño. Un tipo regordete y sudoroso bajó del asiento del copiloto y se dirigió a Jorge:

- Vamos chico, sube al coche, ¡rápido!

- No voy a marcharme sin el sargento.

- No tiene futuro, está muy mal y morirá pronto, sube ya o no podremos escapar ninguno.

- ¡No!, Laura le curará, ella le curará, ella si puede.

  El crio estaba plantado frente al tipo con la catana en guardia.

  Algo cambió en la cara del enano. Miró al que conducía y preguntó:

- ¿Hay alguien más? ¿Estáis con una mujer?

- ¡Sí!, estamos Mariano, Laura y Diego – respondió gritando el niño.

- Vale, de acuerdo, nos lo llevamos – concluyó el que conducía, y saliendo del coche con un bate en las manos, se acercó al zombi más próximo y le asestó un brutal golpe en la cabeza. Después volvió a entrar en el coche y salió con tres botellas de las que colgaba un trapo, con un Zippo las encendió y las fue lanzando contra el grupo de zombis más próximo. El combustible enseguida prendió las ropas de los muertos que comenzaron a arder incontroladamente; pero el fuego no les detenía, continuaban su avance hacia nosotros. De pronto, los que iban en cabeza se pararon en seco, como si les hubiesen desactivado. Se convirtieron en piras humanas y comenzaron a moverse en todas direcciones, chocando unos con otros, desorientados y … ¡ciegos!, el fuego les había quemado los ojos y no podían vernos. La escena era terrible. Seguidamente el conductor vino hasta nosotros y con ayuda del enano me metieron en los asientos de atrás. Yo estaba a punto de perder el sentido.

  El tipo grande intentó quitar la pistola de mis manos pero algo en sus ojos me impedía confiar en él y entregarle el arma.

- ¡No!, el chico la llevará.

- Vale, como quieras – dijo con cierto cinismo.

  Jorge ya había lanzado las mochilas atrás y se había sentado a mi lado; los dos tipos ya subían al coche. Puse la glock en la mano del niño y le agarré de la pechera atrayendo su oído hasta mi boca. No quería que me escucharan y, susurrando le advertí:

- No dejes que se hagan con las armas, con ninguna, al llegar escóndelas todas y no te fíes de ellos, algo me dice que no son buena gente.

  El coche avanzó potente, atropellando a los zombis carbonizados que se encontraba y dejando atrás un creciente incendio provocado por los movimientos erráticos de los muertos.

  Mis fuerzas se acabaron y perdí el conocimiento.

9. Flasback 2

9. Flasback 2

- ¡Sargento! ¡Sargento! Despierte.

  Un jarro de agua fría me espabiló de golpe. Notaba un creciente dolor en la base del cráneo, donde me habían golpeado. Me incorporé hasta quedar sentado. Tenía los tobillos atados con unas bridas de plástico que parecía que me fuesen a cortar la carne. En las manos sentía lo mismo. Me miré y también las tenía atadas con otro juego de bridas. Ahora ya no se usaban esposas, las bridas eran más versátiles y, amén de joder más, dejaban menos margen de maniobra al prisionero. Estaba sentado en un sofá; llevaba la misma ropa, a excepción del chaleco y la pistola claro. Supuse que continuaba en Trípoli. Me fijé en el lugar en que me encontraba. Era una habitación iluminada por varias lámparas; no me traían buenos recuerdos los lugares en penumbra. Estaba sentado en un sofá de cuero marrón, con dos sillones a los lados y una mesita en el centro. Junto al  sillón estaba Haquim en una mecedora. Los muebles tenían un aspecto gastado. Al fondo había una cocina americana donde se encontraban sentados dos hombres armados. Uno de ellos era el tipo alto que se dirigió a mí por mi nombre. Al otro no recordaba haberle visto. Descansaban sentados sobre la mesa de la cocina mientras tomaban una taza de té de intenso aroma. A mi derecha había otra puerta entreabierta en la que se adivinaba otra figura.

- ¿De qué va todo esto? ¿Por qué estoy atado y donde está el dinero? – pregunté en árabe.

  Ninguno me contestó, el alto me miró un momento y sonrió. Haquim dejó de mecerse para levantarse e ir hasta la ventana. Entreabrió las cortinas y al momento volvió a sentarse. Parecía seguir siendo de noche, no debía haber pasado mucho tiempo desde que me golpearon.

- ¿Qué ocurre? ¿Por qué estamos aquí? Creía que teníamos un acuerdo. Ya tenéis el dinero, así que ¿Por qué no me soltáis y hablamos?

  El alto me miró, se dirigió hacia el sofá y se sentó en una silla a horcajadas frente a mí.

- No vamos a hablar nada de momento. Primero tenemos que verificar algo y luego decidiremos.

- ¿De qué coño hablas? ¿Qué hostias tenéis que verificar? – la frase se me escapó en español.

  El tipo sonrió y me sorprendió una vez más al contestarme otra vez en mi idioma:

- En algún eslabón de la cadena hay un traidor. Hasta que no estemos seguros de quién es y si actúa solo, no seguiremos con la negociación.

  Dicho esto se levantó y volvió a la cocina con su taza de té.

- Y ¿Qué pasará cuando le identifiquéis?

- Le mataremos – contestó tan tranquilo, en árabe esta vez.

- No me has dicho tu nombre.

- No es relevante.

  No sabía qué coño estaba pasando. Tirado en algún lugar de Trípoli, sin un plan de extracción ni forma de comunicarme con mi unidad. Y para colmo, en manos de unos rebeldes que me consideraban un traidor. Por un momento me acordé de lo que me dijo mi pequeña el día antes de partir:

“Papi, no quiero que te vayas de viaje, va a pasar una cosa mala” – su cara reflejaba una gran tristeza y me llego a impresionar.

 “No le digas eso a papa Sandra, dale un besito y vamos a dormir”

  Paola, mi mujer, se la llevó a dormir. Al final iba a tener razón Sandrita.

  Tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no venirme abajo. Debía concentrarme en la misión, en los detalles. Volví a mirar a mí alrededor; no sabía lo que era pero algo estaba fuera de lugar, algo no cuadraba. Me fijé en Haquim, sudaba profusamente y parecía nervioso, intranquilo. No tenía sentido, al que iban a cepillarse era a mí y, sin embargo, el desquiciado era él. Estaba pasando algo por alto.

  Alguien tocó con los nudillos en la puerta de entrada. Un individuo apareció en el umbral, sería de mi estatura, con más del doble de años que yo. Vestía una cazadora negra y un pantalón vaquero azul. Llevaba unas ridículas gafitas redondas de montura plateada. Después de hablar unos minutos, en voz baja, con los otros tres se dirigió hacia mí y se sentó en el sofá, a mi lado. No dejaba de acariciar la hoja de un machete del ejército americano. No pude evitar fijarme en la hoja, tenía múltiples mellas y manchas oscuras, quizá de sangre de algún desgraciado.

- Hola extranjero, disculpa que te hayamos hecho esperar. Mi nombre es Shamar. Teníamos un problema, una fuga de seguridad  – habló en árabe.

  Calló y estuvo mirándome de arriba abajo unos minutos, sin decir absolutamente nada. De pronto, bruscamente se incorporó y se giró hacia Haquim.

- ¿Cómo está tu familia Haquim? – preguntó mientras caminaba hacia él.

- Bien, bien – prácticamente susurró intentando aparentar tranquilidad.

  El árabe recién llegado se situó en su espalda, detrás de la mecedora. Poniéndola la mano izquierda en el hombro le dio varias palmaditas y sin mediar ninguna palabra más le sujetó de la frente y le degolló con un corte preciso y rápido. Cuando le soltó, Haquim cayó de rodillas al suelo sujetándose el cuello en un intento de taponar toda la sangre que se le escapaba. En pocos segundos se precipitó de bruces, sin haberlo conseguido, para no moverse más. La sangre que se le escapaba iba extendiéndose por el suelo de la habitación.

  No pude evitar sentir lástima por él. ¿Era así como iba a acabar yo también?

 Cuando dejó de moverse, Shamar limpió la hoja del machete sobre su camisa y se dirigió hacia mí.

- Date la vuelta – ordenó.

- ¡No! – No podía defenderme, pero si quería matarme iba a tener que hacerlo de frente.

  Con un movimiento rápido se inclinó hacia mis piernas y de un corte certero me liberó de la brida que me sujetaba los pies. Eso me desconcertó, así que le dejé hacer. Me ladeó y cogiendo mis muñecas con una mano, cortó la otra brida que me sujetaba, después se alejó un paso atrás. Enseguida sentí volver a correr la sangre por mis manos. Me masajee las muñecas y me incorporé sin saber muy bien qué hacer.

- ¿Quieres una taza de té? – preguntó Shamar.

- Preferiría un café – nunca terminó de matarme el té.

- Que sea un café – uno de los otros árabes se puso a ello.

  La escena era completamente surrealista; un hombre desangrándose en el suelo y nosotros hablando de café. Tras un silencio que pareció eterno me decidí a preguntar.

- ¿Por qué has acabado con Haquim?

- Nos había traicionado.

- Y ¿Cómo habéis llegado a esa conclusión?

- Era algo que ya sabíamos hace tiempo, pero debíamos verificar de qué lado estabas tú.

- ¿Lado?, vosotros os pusisteis en contacto con nosotros. Ni siquiera habíamos oído hablar de “Earthus”. Además, ¿A qué venía ese interés en que la OTAN no supiese de esta reunión?

- Hay tres razones para que hayamos elegido a España para esta operación. La primera, por descarte. No podemos confiar en Estados Unidos, Gran Bretaña o Israel, ni ellos en nosotros, por motivos obvios. En Francia, Italia o Alemania está muy extendida su organización, así que sólo quedaba España. Además tú estabas limpio.

  Uno de los árabes me alcanzó la taza de café. Olía muy bien y quemaba como el demonio, pero el hecho de tener algo en las manos me tranquilizó.

- La segunda razón es histórica, quinientos años de dominación árabe de la península hace que, lo queráis o no, por vuestras venas corra sangre tan árabe como por las nuestras – sonrió.

-  No jodas que todo esto va de reivindicaciones históricas de Al Ándalus y todo ese rollo – empezaba a estar cansado. Me senté en el sofá y conseguí beber un trago sin que el café me abrasara la tráquea.

- Todos los occidentales sois igual de impacientes – no pudo evitar un tono de desprecio.

- Creo que no nos sobra el tiempo. No sé qué hora es ni si llegaré a tiempo al punto de extracción así..

- No vas a salir del país como tenías previsto. Efectivamente no tenemos mucho tiempo, así que déjate de tonterías y haz las preguntas importantes – me interrumpió en tono elevado y autoritario.

  No debía olvidar que estaba en una habitación con cuatro árabes armados en un lugar indeterminado de Libia. Lo mejor iba a ser no irritarles más, así que permanecí a la espera de que continuara.

- La tercera razón era personal. Más adelante lo entenderás.

- De acuerdo, ¿Qué es Earthus? – pregunté.

- Bien, vas mejorando. Creemos que Earthus es una organización a nivel supranacional, un grupo de influencia que está presente en todos aquellos países en los que puedan obtener algún beneficio para sus actividades. Y por beneficios no quiero decir dinero, eso les sobra, lo que buscan es “poder”. Capacidad para cambiar el color de los gobiernos, manejar los mercados, hundir o hacer emerger un país…

- Eso no es nada nuevo – le interrumpí.

- Cierto, sólo que ahora quieren dar un paso más. Quieren cambiar el mundo. De hecho quieren destruirlo para, más tarde, rehacerlo a su gusto.

- Creo que es hora de que me expliques de que va todo esto con detalle porque no consigo seguirte – exigí.

  Tomó aire y después de cambiar una mirada con sus hombres continuó.

- Earthus tiene planificados multitud de atentados terroristas en la mayoría de las ciudades de todos los países, es decir, en todo el mundo. La idea es dispersar algún virus tipo ébola modificado genéticamente, en varios puntos de cada ciudad.

- A ver, a ver, a ver, ¿me estás diciendo que van a realizar cientos, o mejor dicho miles de atentados al mismo tiempo? Eso es imposible – le corté tajante.

- También era imposible derribar dos torres en pleno Nueva York con dos aviones comerciales ¿o no?

- No es lo mismo, necesitarías muchos terroristas, crear grandes cantidades del virus, introducirlo en todos los países, saltarse todos los controles sin desatar las alarmas de ningún Estado.

- El virus ya está repartido. Y en cuanto a los ejecutores, ya tienen sus órdenes. No todos son terroristas islamistas, alguno habrá, qué duda cabe, pero la mayoría son mercenarios a sueldo contratados al efecto. No existen células infiltradas en los países occidentales, eso sólo es un argumento de película – sentenció en tono grave.

- Eso es imposible – me reafirmé, hoy en día no puedes introducir agentes biológicos en un país como si metes golosinas.

- Esa gente dispone de medios ilimitados, tienen personal infiltrado en todos los ámbitos de poder. Los científicos que han desarrollado el agente infeccioso luego serán los encargadas de “salvar al mundo de la epidemia a la que lo van a conducir”

- Vale, y ¿Cómo van a coordinar un ataque semejante? Es imposible hacerlo a la vez.

- No es necesario hacerlo al mismo tiempo, de hecho un mismo equipo repartirá el virus en diferentes puntos de una misma ciudad. No es necesario que sea exacto, porque el tiempo de incubación del virus es de varios días, tiempo durante el que el enfermo puede contagiar a todos los que se encuentra. En uno o dos días el ataque será completado y los gobiernos aún no sabrán nada.

- No puedo creer que los terroristas acepten acabar con toda una ciudad o un país.

- Con todo el mundo – me interrumpió, quieren acabar con toda la Humanidad.

- Mejor me lo pones, quizá no todos pero seguro que más de uno se negaría.

- Ellos no conocen el alcance de su acción ni saben que se realizará a la vez en todo el mundo, se han cuidado muy bien de ocultárselo y, en cualquier caso, recuerda que lo hacen por dinero.

- Bien, pues denunciadles a las autoridades de cada país y explicadles el tema.

-  A las autoridades de ¿Qué país?

- Joder, pues publicadlo en internet y…., un momento, de todo esto que me estás hablando tendrás pruebas ¿verdad?

- Mmm…, No. Los agentes que consiguieron la información no pudieron obtener pruebas físicas. Vieron como actuaba el virus, tuvieron acceso a toda la planificación, pero no lograron sacar ningún documento, foto o archivo.

  Una risa nerviosa me invadió.

- Me has contado una peli de terror y no tienes una puta prueba. Aun así pretendes que te crea. Es acojonante. ¿Qué sugieres que haga yo?

- Escucha Sargento, los atentados son inevitables. No podemos pararlos por nosotros mismos. No estamos para eso. Debe ser la propia organización de Earthus la que los impida, sólo ellos pueden hacerlo.

- Y ¿Cómo lo lograremos? – solté sarcástico.

- Creemos que su plan se basa en infectar al mayor número de personas para luego aparecer con el remedio a la pandemia y quedar como los salvadores. Cuando los Estados y los Gobiernos hayan caído, ellos se harán con el control, después de todo habrían conseguido erradicar la epidemia. Pero si conseguimos que no tengan en exclusiva el remedio para el virus, quizás decidan no actuar y eso nos concedería más tiempo para desenmascararles y sacarlo todo a la luz.

- Has dicho remedio. ¿Existe una vacuna?

- Algo así. 

- Y ¿Cómo conseguiremos esa vacuna?

- No es una vacuna, es más bien un antídoto. Un enfermo al que se le administre, dependiendo de en qué fase de la enfermedad se encuentre, sanaría pero podría volver a enfermar si entra en contacto de nuevo con el virus. Y ya lo tenemos, de hecho, lo tienes tú.

  Permanecí en silencio un momento asimilando lo que me había dicho.

- Hijo de puta, ¿no me habrás inyectado a mí esa mierda?

- No. Mientras estabas inconsciente te hemos colocado una tarjeta de memoria entre la piel.

- ¿Me has metido una tarjeta en la epidermis? Vosotros estáis gilipollas. Sois unos putos tarados. Coged la información de esa tarjeta y colgadla en internet.

- Que inteligentes sois todos los occidentales. ¿Qué te hace pensar que si pudiéramos no lo habríamos hecho?

  Me quedé un momento callado, pensando.

- Quizá si no me dieseis la información con cuentagotas podríamos avanzar más rápido. A ver, ¿Por qué no podéis extraer la información de la tarjeta?

  Shamar se sentó en un sillón y me indicó que hiciera lo mismo en el otro. Cuando me hube sentado continuó.

- La información que contiene la tarjeta llegó con unas instrucciones claras.  Viene cifrada. Si no se introduce la clave correcta para descifrarla, el programa de encriptación corromperá el contenido. Con una sola vez que se meta la clave mal perderemos todos los datos.

- ¿Y qué hay en la tarjeta? ¿Cómo sabéis que es un antídoto si no la habéis abierto?

- Como te he dicho, la tarjeta llegó a nosotros por unos cauces que no te incumben, pero se nos dejó claro que se trataba de la cura, si se le puede llamar así, a la infección que se propagará.

  Todo esto cada vez me estaba sonando más raro y más absurdo.

- Vale, ¿Y quién tiene la clave? – pregunté a ver por donde salía esta vez Shamar. No pensaréis que la tengo yo.

  Shamar tragó saliva, agachó la cabeza y, por primera vez en todo este rato, pude percibir su inseguridad. Un momento, no era inseguridad, era otra cosa, era sentimiento de culpabilidad. Se sentía culpable por algo, pero ¿Porqué? Sin poder explicármelo, una un terrible presentimiento se asentó en mi cerebro.

- ¿Quién tiene la clave? – repetí elevando el tono.

  Shamar levantó la cabeza y, mirándome directamente a los ojos contestó:

- Tu esposa. Tu mujer tiene la clave.

  El mundo se me vino encima y sentí como una peligrosa cólera iba creciendo rápidamente en mi interior.

- Eres un hijo de puta ¿Cómo te atreves a meter en esta mierda a mi familia? ¿Quién coño te crees que eres?

  Sin siquiera darme cuenta tenía el cuello de Shamar entre mis manos y lo apretaba como nunca había apretado nada. Los sicarios de Shamar intervinieron y me obligaron a soltarle.

- Tengo que volver a España ¡ya!

- Yo no tomé la decisión de involucrar a tu familia, pero estarás de acuerdo en que tu actitud ha cambiado por completo desde que lo sabes. Ahora dedicarás todas tus energías a la misión que tienes por delante. Escucha Sargento, si no conseguimos evitar la propagación, tu familia estará muerta igualmente. Ahora aún tiene una oportunidad, todos tenemos una oportunidad.

- Un momento, todo esto es una patraña ¿verdad?, tenéis la tarjeta y sabéis donde está la clave, sabéis que está en mi casa, no me necesitáis a mí. Podíais mandar a cualquiera de vuestros hombres a por la contraseña, mi familia no sabe nada, os haríais con ella enseguida. Sin embargo decidisteis que fuese yo ¿Por qué? – pregunté más para mí que esperando una respuesta.

- Vuelves a ocultarme información.

  Me dirigí otra vez hacia Shamar para sacarle lo que sabía a golpes, pero esta vez sus hombres se interpusieron  apuntándome directamente a la cabeza antes de que lo alcanzara.

- ¿Porqué no puede ir cualquier otro? ¿Por qué? Dime.

- Eso es algo que no puedo decirte, pero créeme; es mejor que no lo sepas.

- No me iré de aquí hasta que me lo digas – aseguré.

- Si, te irás; porque si ellos llegan antes que tú hasta tu familia estarán perdidos, todos lo estaremos.

Adiós Pedro

Adiós Pedro

  Como diría el Sargento, hoy ha sido uno de los días más jodidos de mi vida, creo que aún peor que el anterior.

  Ayer, mi mujer perdió a su padre, mis hijos a su yayo y yo a una persona a la que quería y respetaba por igual.

Cuando se lo conté a mis hijos, el mayor me dijo que, a partir de ahora, los goles que marcase se los dedicaría a su abuelo.

  Había remontado varias enfermedades bastante duras, parecía tener más vidas que un gato, pero ayer se le acabaron todas. Era una persona muy curiosa, no creo que haya nadie en el mundo al que haya podido ofender. Desde que le conozco, nunca le vi enfadado. Para mí, que salto a las primeras de cambio, era algo admirable aunque difícil de entender. Ni siquiera se cabreaba con los médicos cuando no le acertaban lo que tenía: “No tienen ni puta idea de lo que es”, decía. Le gustaba mucho el futbol, su Valencia, y navegar, bueno no navegar en sí, sino llevar a su gente, su familia o sus amigos a navegar. Otra cosa que me dijo mi hijo mayor es que ayer todos seriamos del Valencia como el yayo, para ganar al Chelsea. Al final tampoco eso pudo ser, estaba claro que no era su día.

  En una ocasión, después de remontar una de sus enfermedades, estábamos en la administración de loterías donde trabajo y cuando le dije que debía cuidarse más y llevar una vida más tranquila, se giró, y tomó una cinta métrica que tenía sobre la mesa. La estiró hasta los 100 centímetros y me dijo: “mira Jose, la esperanza de vida está en unos 80 años”, redujo la cinta a esa medida y continuó, “yo ya paso de los 60 y no creo que llegue a esa edad, así que cada vez me queda menos, lo mejor será vivir a tope el resto

  Quiero creer que fue así y que hizo todo lo que la vida le dejó hacer.

  Pero como todas las cosas tienen su lado bueno, ayer aprendí algo, su última lección. Hay que estar junto a la gente que realmente te importa, a la que más quieres, disfrutar todo lo que puedas con ella y no dejar nada sin decir, porque si no un día se van y ya no podrás hacerlo.

  Nos queda su bonito recuerdo y su eterno optimismo.

  Ya supondréis que esto no tiene nada que ver con el libro, pero era algo que necesitaba poner por escrito.

ADIOS PEDRO, HASTA SIEMPRE.