14. El bebé
Era el segundo día desde que el sargento les salvara de Martos y chupete, bueno, con la ayuda de Jorge. Sólo había recuperado la consciencia un par de veces, momentos que aprovechaban para hidratarlo todo lo posible. Sin goteros que le suministraran el líquido que necesita un ser humano no tardaría mucho en morir.
Observó al chico. No se había movido de la habitación más que para comer o ir al baño, a veces hasta comía allí. Apenas había hablado desde que atravesó el esternón de Martos. Mariano y ella habían intentado que se sincerase con ellos, pero el chico no quería hablar del tema, era como si no hubiese pasado nunca. Encontró unos auriculares y un Ipod que le pedía que cargara en el coche, y no se los quitaba en todo el día.
Entró Mariano en la habitación.
- Ya está la comida, otra sabrosa tortilla ¿Vamos?
- Jorge, Jorge – le quité los auriculares de las orejas – vamos a comer algo.
- Ahora no tengo hambre.
El chico no quería salir de la habitación, no quería dejar de observar al militar.
- Vale, te traeré aquí la comida.
El niño asintió, sonrió levemente y volvió a colocarse los auriculares sin perder de vista a Jose. Mariano y yo salimos de la habitación dirección a la cocina.
subiendo pa’ abajo, bajando pa’ arriba
perdiendo imperdible que tu no querías
que a gusto en tu colchón bañado en sudor
me encuentro a la luna, que estaba dormida
estas no son horas, pregúntale al día
que vamos a hacer hoy pa’ darle color, color!
Que es esa música, ¿es que estoy muerto? ¿Se oye música estando muerto? Abrí los ojos. Seguía escuchando esa canción, sólo esa canción.
ey chipirón,
todos los días sele el sol chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol
soñando en tus bragas, perdiendo la vida
cruzando fronteras que no eran prohibidas
hagamos el amor, huyamos tu y yo
Era extraño, no recordaba haber oído antes esa canción, ¡joder!, sonaba a todo volumen. Giré la cabeza y descubrí a Jorge gesticulando algo. Pero no le oía, sólo la canción:
Que noche más corta que nunca termina
que ganas de verte y comerte la vida
y ya ha llegado el sol, chispas y calor, calor!
ey chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale sol
Al momento aparecieron por la puerta Mariano y Laura, también gesticulaban pero tampoco les escuchaba, me debía haber quedado sordo, pero seguía oyendo esa puta música:
que ganas de verte y comerte la vida
no importan las horas, de noche y de día
que ganas de verte y comerte la vida
soñando en tus bragas, perdiendo la vida
subiendo pa’ abajo, bajando pa’ arriba
no importan las horas, de noche y de día
soñando en tus bragas, perdiendo la vida
por verte en mi cama, y comerte enterita.
ey chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol chipirón
todos los días sale el sol
Laura se incorporó sobre mí. De pronto deje de escuchar la canción. Le dio unos auriculares a Jorge; era por eso que sólo oía música, que alivio, no estaba sordo.
- Rápido Jorge, alcánzame el vaso.
El chico le dio un vaso con líquido a Laura.
- Tomate esto Jose, bebe todo lo que puedas.
- ¿Y qué es eso? – pregunté al tiempo que ladeaba la cabeza.
- ¿Qué has dicho? Has hablado, has hablado – repitió gritando.
Permanecí esperando una contestación.
- Es agua con antibiótico disuelto, en estos dos días te has despertado sólo dos veces y aprovechábamos para darte algo de líquido. No hay goteros que ponerte, así que Mariano te disolvía antibióticos en el agua, pero nunca nos habías hablado. Y ahora bebe.
Bebí todo el vaso, tenía un gusto amargo, pero como estaba sediento hasta me supo bien. Quise incorporarme pero al intentar moverme, un lacerante dolor en el hombro izquierdo estuvo a punto de hacerme perder el conocimiento de nuevo.
- Estate quieto, no debes moverte, la herida del hombro está aún muy fresca, si quieres incorporarte Mariano y yo te ayudaremos.
Cuando el dolor remitió me fijé en Jorge y Mariano.
- ¿Porqué tenéis la cabeza afeitada? – pregunté completamente intrigado.
- Por solidaridad – contestó Laura.
- Solidaridad, ¿A qué te refieres?
Jorge se acercó a mí y me guió la mano hasta mi cabeza. Noté el vendaje que la rodeaba pero no mi pelo.
- ¿Me habéis rapado la cabeza?
- La herida que te causaste al caer de la terraza de la farmacia se agravó con el golpe al desmayarte en el salón. No dejaba de sangrar y, ante la dificultad para curarte y la posibilidad de que se te infectara decidí afeitarte la cabeza. Ellos me pidieron que les rapase en solidaridad contigo, para que no te encontrases raro al despertar. Fue idea de Jorge. Se sentían un poco culpables.
- Tú no te sentías nada culpable – seguía luciendo un precioso pelo negro.
- No, yo no, además, me sienta fatal el pelo corto, pero si tu quieres me lo raparé también – terminó sonriéndome.
Me llenó otro vaso de agua y me lo acercó a la boca. Pude fijarme más detenidamente en su rostro, lucía una tirita en la ceja derecha y su rostro, aún inflamado daba cuenta del tremendo castigo a que la sometió Martos.
- Laura,… yo,… cuando llegué,… el chico y tú estabais,…esos cabrones,…
- Sssss – me puso suavemente un dedo sobre los labios—no ocurrió nada, llegaste a tiempo, una vez más llegaste a tiempo.
- Siempre lo haces, siempre llegas a tiempo – expresó Jorge con la ternura de lo que era, un niño.
- Vale.
- Jose… – se interrumpió mientras fijaba su mirada en el chico — Mariano, ¿porqué no le calientas la comida a Jorge y le preparas algo a Jose?
- Mariano asintió entendiendo – vamos chico veras lo buena que me quedo hoy la tortilla.
Ambos salieron de la habitación hacia la cocina. Miré a Laura.
- Hay algo más. Cuando te afeité la cabeza para curarte descubrí una incisión reciente en la zona de la nuca. Te abrí la cicatriz y extraje esto – me mostró una micro sd que había colocado dentro de una bolsita de plástico.
- No la habrás abierto ¿Verdad?
- No, recordé lo que me contaste de la contraseña, de todas formas no hay ningún pc útil en toda la casa.
- Yo también tengo que contarte algo – mientras se sentaba a mi lado en la cama traté de buscar las palabras adecuadas.
- ¿Has tenido otro sueño? ¿Has recordado algo más?
- No, no se trata de eso. Veras, el otro día, cuando entré en el salón y os encontré en esa situación…
- No te preocupes, ya te he dicho que no pasó nada, de verdad, unos cuantos golpes, el labio partido y el orgullo un poco herido, nada más.
- Cuando entré, la primera fracción de segundo, o quizá menos, estuve tentado de acabar a tiros con esos dos…
- Es normal, era una situación difícil, pero lo llevaste muy bien, gracias a ti seguimos vivos.
- No, no me entiendes, estuve tentado de disparar, sin importarme lo que os pudiese pasar a vosotros, o incluso dar media vuelta y largarme, era como si no me importarais lo más mínimo, como si fueseis peones en una partida de ajedrez que no acierto a comprender del todo.
- Bueno – se la notaba afectada por lo que acababa de escuchar – lo que importa es que no lo hiciste, nos salvaste y, a punto estuviste de perder tu vida por ello. Eso es lo que cuenta. Has estado sometido a tanta tensión que lo raro es que no hayas perdido el juicio. Te despertaste hace unos días con amnesia en un mundo devastado por los muertos vivientes, te tuviste que enfrentar a ellos, matar a una cría; te precipitaste desde una terraza al suelo. No sé, lo realmente importante es que a pesar de tu estado bajaras a defendernos. Eso es lo que a mí me importa.
- No ha sido la primera vez, quiero decir que ya había sentido antes ese impulso asesino. En el complejo, cuando me dijiste que tus huellas eran necesarias para abrir, en un instante pequeñísimo, una milésima de segundo, se me pasó por la cabeza pegarte un tiro y cortarte el dedo. Lo visualice todo como si fuese algo de lo más natural, algo a lo que estaba acostumbrado, tal vez porque ya lo hubiese hecho antes – callé y baje la cabeza completamente avergonzado mientras esperaba que ella procesara lo que le acababa de decir.
- Creo que mi naturaleza no es buena, que en mi otra vida, en la que no recuerdo yo no era un buen tipo. Puede que lo mejor sea que me marche, que os deje aquí, creo que si seguís conmigo al final resultareis heridos por mi o por mi culpa.
- Jose – ahora ya no se le notaba la misma seguridad de antes en su voz – lo único que sé es que ya he perdido la cuenta de las veces que me has salvado la vida a mí y al resto, siempre a riesgo de perder la tuya. Si realmente llega el momento en que esos sentimientos se impongan, creo que prefiero acabar de un tiro tuyo que en brazos de un Martos de turno o de un grupo de zombis asquerosos.
Se levantó de la cama, algo había cambiado en su mirada, a pesar de sus palabras la situación había dado un giro inesperado, ya no me miraba igual.
- Descansa un poco mientras Mariano te prepara algo de comer.
Los días pasaban lentamente. Me iba recuperando bien de todos los rotos, el hombro ya había recuperado la práctica totalidad de su movilidad, las heridas de la cabeza ya casi no eran visibles e incluso el pelo iba creciendo. Jorge, Laura y Mariano habían seguido practicando defensa y tiro, y progresaban a pasos agigantados. No habíamos vuelto a hablar sobre el tema, pero en el aire, cuando estábamos solos flotaba un “algo” diferente, podía notarlo.
Hoy era 5 de Agosto, me encontraba más fuerte, así que decidimos que me levantaría y saldría a caminar por el jardín del chalet. Al principio me maree un poco, pero pronto me fui encontrando mejor. Acompañado de Laura caminamos hasta la entrada, hacia el coche. Allí estaban Jorge y Mariano. El niño cargaba el ipod conectándolo al mechero del coche y el abuelo… Mariano estaba manipulando un equipo de radioaficionado.
- ¿Qué es eso?¿Quien …
- Es una radio de aficionado – interrumpió el niño emocionado – yo soy el radio operador – dijo orgulloso.
- ¿Habéis estado transmitiendo? ¿Desde cuándo? – mis palabras sonaron algo apresuradas.
Diego se me acercó y se sentó a mi lado subiendo la pata para que se al cogiera, quería jugar.
- Ayer Mariano, por fin logró instalar el equipo en el coche y alimentarlo con la batería, Jorge estuvo emitiendo por la tarde…
- Pero nadie me contestó – explico el chico.
- ¿Por qué no me dijisteis nada de esto? – mi pregunta sonó todo lo grave que sin querer yo pretendía.
- Era una sorpresa, te la íbamos a enseñar cuando te levantases – intervino Laura.
- ¿Estás enfadado conmigo? He dicho los mensajes como me enseñó Laura.
- ¿Qué mensajes? ¿Has dado nuestra posición?
- ¿Qué? – el chico no entendía.
- Qué si has dicho donde estábamos, que si has dicho donde nos encontramos.
Diego se alejó de mi lado y se pegó al chico, como si percibiese que necesitaba protección.
- No, Laura me dijo que emitiera el indicativo, cuando contestara alguien ya se pondría ella – respondió mientras acariciaba la cabeza del perro.
- ¿Qué indicativo? – me giré hacia Laura.
- ¡Aquí CNI! Cambio – contestó Jorge.
- ¡Joder!
- Jose, ¿Qué te pasa? ¿Qué más da el indicativo que haya usado?
Los tres me miraban como si estuviese abducido o algo así. Me tomé un tiempo para ordenar mis ideas y buscar una forma coherente de expresarlas.
– Desde que salimos del complejo he tenido la impresión de que nos estaban vigilando.
Los tres se miraron sin comprender.
- Jose, ¿Quién nos iba a vigilar? ¿Cómo? Y lo que es más importante ¿Para qué?
- No lo sé.
- ¿Por qué no ponerse en contacto con nosotros? No tiene sentido.
- No lo sé, no tengo la respuesta.
- Creo… creo que aún no te encuentras completamente restablecido, todos estos sucesos…
- Cuando íbamos a rescatar a los niños – interrumpí – cuando fui a capturar el camión del ejército para que se descolgaran desde la terraza ¿Recuerdas?
- Claro, ¿Qué tiene eso que ver?
- Mientras saltaba sobre los coches para alcanzar la caja del camión, un zombi me agarró, intenté soltarme pero no pude, ya iba a morderme cuando su cabeza reventó. Más tarde me dijiste que no habías disparado en mi dirección, que bastante tenías con defenderte de los que te acosaban, ¿Recuerdas?
- Quizás sí que disparé, o puede que una bala perdida le alcanzara.
- ¿En plena cabeza? ¿Justo cuando iba a morderme? ¡Vamos! Y hay más, cuando disparé sobre la niña – pude notar el estremecimiento de Jorge al recordarlo – los zombis nos estaban acorralando, cada vez estaban más cerca ¿Recuerdas? Yo todavía no había subido al coche, entonces varios de los muertos que iban en la primera línea cayeron inexplicablemente, no tenían ningún obstáculo pero cayeron y arrastraron al suelo a los que iban detrás, proporcionándonos los segundos necesarios para escapar.
- Jose, yo sólo vi a un puñado de zombis que caían, están muertos, por el amor de Dios, no sabemos cómo pueden mantenerse en pie y tú te extrañas por el hecho de que algunos caigan al suelo. Lo realmente raro es que se levanten y que sigan caminando – ahora ella había elevado notablemente la voz, Mariano y el chico me observaban como si hubiese perdido la cabeza, la del perro estaba ladeada, como si no conociese al que había expuesto esa teoría tan descabellada.
- Aunque no hayáis dado nuestra posición ya nos habrán localizado, es fácil de triangular, tú lo sabes – me dirigía a Laura – al comunicar con el indicativo CNI estamos descubiertos, sabrán que somos nosotros. Tenemos que marcharnos de aquí lo antes posible, mañana.
- Muchacho, vos aun no estás recuperado, necesitas descansar – intervino paternalmente el abuelo.
- Mañana, nos iremos mañana. Recoged lo que nos vamos a llevar, cargadlo en el coche, saldremos a mediodía.
La noche había sido muy larga, permanecí en un duermevela junto a Diego y una pistola, ellos tres se acostaron, supongo que pensaban que estaba como una puta cabra.
Mariano preparó café y sacó las últimas galletas que quedaban. Mientras desayunábamos en el cenador frente a la cocina, Laura por fin se atrevió a expresar lo que todos pensaban.
- Jose, veras, hemos estado hablando y ninguno de nosotros piensa que lo que nos contaste ayer tenga mucho sentido así que…
Si no podía hacerme entender como un amigo que intenta hacer lo mejor para todos tendría que hacerme obedecer como el militar que era sin dar un solo resquicio para disentir, así que interrumpí.
- Vale, me da igual lo que penséis, cuando llegamos aquí, al chalet, estuve meditando que os quedaseis aquí, hay agua, algo de comida, un huerto, gallinas, se podría limpiar la urbanización y conseguir más víveres. Pensaba convenceros para que permanecieseis aquí y marcharme yo solo, pero eso ahora no es una opción. No podéis quedaros aquí porque ahora saben dónde estáis – los cuatro me miraban como alucinando, el perro con su cabeza ladeada.
- Cargaremos el coche y nos iremos a Valencia, lo haremos por Albacete, en lugar de tener que pasar por el viaducto, si estuviese bloqueado podríamos vernos en problemas serios y así puede que ganemos algo de tiempo. Ahora vamos a preparar todo para partir. ¡Ya!
No había hablado, les había dado una serie de órdenes que no dejaban lugar a dudas, como tantas otras veces debía haber hecho aunque no lo recordara. Los tres se dirigieron a cumplimentarlas sin objetar nada más.
A las 12:38 estábamos preparados. El coche cargado y todos equipados con ropas que nos protegiesen de posibles ataques zombis. Laura apareció, al igual que yo, con el chaleco, rodilleras, coderas, guantes y… y un casco en la cabeza.
- ¿Para qué quieres ese casco?
- No vaya a multarme la Guardia Civil – sonrió en una irónica mueca.
- ¿De qué hablas?
- Yo me voy en la moto, así queda más sitio para víveres y agua y… – hice un amago de interrumpir pero me cortó tajante con un rápido movimiento de su mano – además, antes te has comportado como un auténtico cabrón y no pienso ir contigo en el coche.
Me quedé callado, sin saber que decir, miré al chico y al abuelo, pero se limitaron a meterse en el coche, Jorge llamó a Diego a su lado en los asientos de atrás. Laura se dirigió a la otra entrada de la casa con el despertador y esta vez lo lanzó sonando a varios metros de la valla. Después de comprobar que ningún zombi estaba lo suficientemente cerca como para causarnos problemas, abrió las puertas una vez que Mariano dio marcha atrás. Subí al coche y salimos. Oí a Laura arrancar la potente moto y situarse a nuestro lado. Llevaba el pinganillo del walkie lo mismo que Jorge. Aún disponíamos de otro pero era mejor ahorrar batería.
Programé el navegador trazando la ruta por Albacete y nos dirigimos de vuelta a la autovía.
El viaje transcurría tranquilo, no se veían demasiados muertos andantes por la carretera y seguíamos haciendo uso de las vías de servicio para evitar accidentes o alguna concentración mayor de zombis. Hacía calor, llevábamos las ventanillas bajadas y Mariano conducía despacio al tiempo que tarareaba música de algún tango.
- ¿Qué quiere decir SOS?
- ¿Cómo? ¿Qué has dicho? – pregunté.
- ¿Qué qué significa S.O.S.? – deletreó el chico.
- ¿Dónde has visto eso? – Mariano detuvo lentamente el coche.
- En la pared de aquella casa, está escrito en letras grandes y rojas, ¿Qué quiere decir?
- Quiere decir que alguien necesita ayuda, o la necesitaba.
Mariano ya había detenido el coche y ambos teníamos localizada la casa a la que se refería el chico. Estaba situada al otro lado de la autovía, más o menos un kilometro antes de llegar a la población de Cervera del Llano; terminábamos de pasar el desvío que conducía a esa población. Laura detuvo la moto junto a nosotros. No se divisaban zombis en las proximidades.
Tomé los prismáticos para ver los alrededores de la edificación. Era un caserón grande, algo aislado, de dos plantas.
- ¿Crees que habrá alguien vivo? Esa llamada de socorro puede tener mucho tiempo – opinó Laura a la vez que dejaba el casco sobre uno de los puños de la moto y se sacudía el pelo.
- No lo sé, probablemente no quede ya nadie, por lo menos humano, pero tampoco nos supone mucho acercarnos, aunque apareciesen zombis nos podríamos replegar fácilmente.
- ¿Iremos en el coche?
- No, el camino es franco, lo recorreremos a pie y Mariano y el chico se quedarán en el coche con el perro. Sobre el paso elevado tienen buena visión de la zona.
- Yo no me quiero quedar aquí – se quejó el niño. Has dicho que no había peligro, quiero ir con vosotros, Diego ladró también.
- No veo inconveniente en que venga con nosotros, así irá aprendiendo – intervino Laura.
Diego volvió a ladrarme y alzándose me plantó las dos patas en el pecho.
- Está bien – no quería otra discusión con Laura, pero quedaros detrás de nosotros todo el rato – desenvainé la katana, me colgué el fusil a la espalda y eché a andar – Vamos, no disparéis si no es estrictamente necesario, y tu nada de ladrar, el ruido podría atraer a demasiados muertos.
Recorrimos los aproximados trescientos metros hasta la edificación lentamente, sin ver zombi alguno. La puerta estaba cerrada. Les indiqué que permanecieran allí y rodee la casa para ver todo el perímetro. En el otro lado de la entrada sólo encontré un Ford Focus abandonado con las puertas abiertas y una habitación cuya puerta estaba también abierta, había mucha suciedad y lo que parecían restos de sangre pero ahora se encontraba vacía, por lo demás, no vi nada raro.
- Esta es la única entrada. No parece estar forzada, así que es posible que aun haya alguien dentro.
Me acerque a la puerta y llamé un par de veces con los nudillos.
- ¿Hay alguien ahí? ¿Necesitan ayuda?
Nadie contestaba, dentro no se oía nada. Tras repetir la misma operación tres veces, ya empezaba a pensar en volver cuando la cerradura interior chirrió y la puerta se abrió lentamente. Coloque la katana en posición de ataque, al tiempo que Laura apuntaba con la Glock a la mujer que apareció en el umbral. Miré a Diego de reojo, permanecía tranquilo, no era zombi.
No tenía muy mal aspecto, pero no se podía decir lo mismo del olor que desprendía, a saber cuánto tiempo llevaría encerrada sin asearse. Tendría en torno a los treinta años, estaba desnutrida y sucia pero seguro que era humana. Se quedó en la puerta sin decir nada, observándonos.
- ¿Han venido a ayudarnos? – preguntó con un hilo de voz.
- Ayudarnos, ¿Es que hay más personas?
- Mi pequeña, estamos mi pequeña y yo. Por fin ha venido alguien, ¡he rezado tanto!
- ¿Podemos pasar? – se adelantó Laura.
- Claro, pasen, pasen.
El hedor que desprendía la casa era aún peor que el de la mujer, hacía mucho tiempo que no se ventilaba. El interior de la vivienda estaba en penumbra, las ventanas habían sido tapiadas con muebles, pero no se veían rastros de lucha, todo parecía relativamente normal. Laura había bajado su arma pero yo seguía con la katana desenfundada, percibía algo extraño en la situación.
Una vez dentro pudimos apreciar más detalles. Había ropa y desperdicios tirados por todas partes. Pasé hacia el fondo de la habitación. El pasillo siguiente debía dar a la cocina y seguro al baño. En esa zona el olor era insoportable, aún así me acerqué como si nada para inspeccionar esas habitaciones. Nada, en la planta de abajo no había nadie más con vida, ni sin ella.
- ¿Cómo se llama? Preguntó suavemente Laura.
Me giré a observar a la mujer mientras contestaba. Jorge estaba tapándose disimuladamente la nariz.
- Fátima, me llamo Fátima.
- Fátima, ¿Dónde está tu hija?
- Está arriba en su habitación.
- ¿Quieres traerla para que la conozcamos?
- La mujer no contestó, pareció asustarse, nos miraba alternativamente a nosotros y al fondo, a una escalera que supongo debía conducir al piso de arriba.
- Me llamo Laura – Intentaba transmitir tranquilidad para que la mujer se relajase – ¿Me acompañas a ver a tu hija? Me encantan los niños, no temas.
La mujer seguía sin articular palabra y ahora concentraba toda su atención en girar el anillo de su dedo anular.
- Subiré a ver si está bien ¿Vale Fátima?
La mujer continuaba como en trance sin dejar de dar vueltas a su anillo.
- Ve con cuidado Laura – le hice un gesto a Diego y se adelantó a Laura, quien volvió a desenfundar la Glock y subió escaleras arriba lentamente. La situación era muy rara, retrocedí hasta la entrada y cerré la puerta que había permanecido abierta hasta entonces. No quería sorpresas. La luz interior se redujo drásticamente.
- ¡Jose! – gritó Laura, tienes que ver esto, sube aquí, por favor.
Miré a la mujer, seguía catatónica, desenfundé mi arma y se la di al chico. Arriba se podía oír a Diego gruñir.
- Si hace algo raro dispara – susurré en su oído al acercarme; el niño me miró como quien cree que le han confundido con otra persona, pero no dijo nada, se limitó a sujetar la pistola con las dos manos y se concentró en la mujer.
Subí de dos en dos los escalones, katana en mano. El hedor a podredumbre salía de la habitación invadiéndolo todo. Nada más entrar descubrí la cuna, era fácil, llamaba poderosamente la atención. La ventana dejaba entrar claridad de sobra para distinguir todos los detalles. En la cuna algo se movía y diría que gemía. Diego se encontraba a medio metro de la cuna en posición de ataque, con todos los dientes al descubierto a la vez que su rugido iba cobrando fuerza.
- Acércate, mira esto – me apremió Laura.
Cuando me incliné y descubrí a la criatura tumbada en el interior de la cuna la tristeza más infinita me invadió. El bebé desnudo movía brazos y piernas al tiempo que gemía. No tendría ni semanas quizá ni días, aún le colgaba el cordón umbilical podrido de su tripita ahora grisácea y poblada de ramificaciones venosas.
- Es un zombi, es un bebé zombi – balbuceó Laura mientras sus ojos se llenaban de lágrimas – esto no debería poder pasar. Dios, es sólo un bebé, piensa en lo que ha debido sufrir su madre. No me extraña que haya perdido el juicio.
El bebé zombi parecía excitarse con nuestra presencia y sus gemidos eran ahora más elevados, no dejaba de mover sus bracitos y sus pequeñas piernas.
- ¿Qué pasa? ¿Puedo subir? – gritó Jorge desde abajo.
- ¡No! – Chillamos los dos al unísono, era mejor que el chico no viera eso.
- Diego, ve con Jorge – el perro no hacía caso. Diego ¡Ve! ¡Ya!
Abandono su posición y salió de la habitación sin dejar de gruñir hasta que llegó al lado del chico.
- ¿Cómo ha podido llegar a ocurrir esto? Es un bebé, parece recién nacido, no tiene marcas de mordiscos ni heridas visibles, ¿Qué ha pasado? – Laura se había dejado caer deslizándose sobre la pared hasta sentarse en el suelo y apretaba sus manos contra sus sienes, en una de ellas continuaba la pistola que no dejaba de apuntar a todas partes.
Me acerqué a ella y me senté a su lado. Le recogí el arma de la mano y la abracé intentando consolar lo inconsolable.
Creo que debemos bajar, su madre podrá explicarnos que ocurrió.
La mujer continuaba en la misma posición, seguía como ida, Diego no paraba de caminar en círculo por toda la habitación y el chico ya no sabía qué hacer con la pistola, se la quité, cogí una silla y me senté frente a la mujer. El hedor ya no era tan insoportable, a todo se acostumbra uno.
- Fátima, hemos… hemos conocido a tu hija, era… es…
- No es mi hija, es… era la hija de mi hermana.
Ahora la mujer había dejado de acariciar su anillo y parecía haber recobrado su cordura, era como uno de esos escasos momentos de lucidez que presentan los enfermos de Alzheimer y que tan felices pueden llegar a hacer a sus seres queridos.
- ¿Qué… Que ocurrió Fátima? ¿Qué le pasó a la niña?
La mujer echó la cabeza atrás y pareció rememorar lo que tuvo lugar días atrás. Cuando parecía haber vuelto a quedarse catatónica comenzó a hablar, lento, de forma muy pausada, como si nos relatara algo que a ella le habían contado a su vez.
- Vivíamos en Madrid, hacía días que el mundo se había ido a la mierda. Nos ocultábamos en un bajo frente al Hospital 12 de Octubre. Fuimos hasta allí para que atendiesen a mi hermana. Estaba a punto de dar a luz. Tenía contracciones muy seguidas. Cuando llegamos allí, el Hospital ya estaba plagado de zombis, nadie podía ni quería ayudarnos. Julián consiguió forzar un bajo próximo y nos ocultamos allí.
- ¿Quién es Julián? – preguntó Jorge con la desconsideración que sólo los niños consiguen mostrar sin realmente llegar a molestarte.
- Perdona – la mujer se giró hacia el chico para contestarle – Julián es… era… mi cuñado, el marido de mi hermana Rebeca.
- ¿Qué ocurrió Fátima? ¿Qué le pasó al bebe?
Ella se recostó en el sofá y comenzó a relatar lo ocurrido en esos momentos, lo hacía como si lo estuviese viviendo en esos instantes.
- No podíamos continuar allí, nadie nos iba a ayudar. Un superviviente nos contó que había oído que en levante, en una población de Valencia, Beta… Betet…Bétera, eso dijo, Bétera, allí había tropas de la Otan y nos podrían ayudar, ella iba hacia allí. Julián salió a buscar un vehículo, encontró un Focus abandonado con la llave en el contacto. Nos subimos todos y nos dirigimos a la autovía de Valencia. En la carretera te encontrabas coches accidentados por todas partes y los zombis se te aparecían de improviso por donde menos te lo esperabas. Una vez que abandonamos el cinturón de Madrid, todo fue mejor. Rebeca continuaba con contracciones. Un poco antes del desvío de Cervera rompió aguas. Teníamos que encontrar un lugar donde tener al bebe.
Tomamos el desvío del pueblo, pero a la altura de esta casa, el coche se paró, aún sigue ahí. La gasolina se había terminado. Estábamos tan asustados que ni nos dimos cuenta que debíamos repostar. No se veían zombis en los alrededores así que salí y llamé a la puerta de esta casa. Al principio pensé que no había nadie, pero, pasados unos minutos la puerta se abrió y una pareja de ancianos asustados nos recibieron. Cuando les pusimos al corriente de la situación, se ofrecieron a ayudarnos. Ella era madre de seis hijos, nos orientaría en el parto. Eran dos personas maravillosas, desde el primer momento se volcaron en ayudar a Rebeca. Julián no podía permanecer quieto, sin hacer nada. Decidió ir al pueblo, nos dijeron que no había ambulatorio, sólo una farmacia, así que se dirigió a ella con ayuda de las indicaciones que le dio el abuelo.
Al poco de marchar Julián la situación se precipitó. A rebeca le aumentaron los dolores, me pidió que le trajera unos analgésicos del coche, los llevaba en el bolso y se quedaron en el maletero. Matías, el abuelo, se ofreció a ir a por ellas. Encarna, su mujer, estaba frenética no paraba de preparar cosas para el parto, agua caliente, toallas, en fin, no se podía estar quieta.
De repente se escuchó un prolongado grito y golpes en la puerta, era Matías. Encarna abrió y al momento entró el abuelo con un crío – miró a Jorge, más pequeño que tú, en brazos, le estaba desgarrando el cuello, le conocían, creo, creo que era nieto suyo, encarna intentó sujetar a la criatura para que dejase de morder a su marido, pero sólo logró que se girase y le atacara a ella. Era imposible dominarlo, tiró al suelo a la anciana y comenzó a morderle el cuello, igual que un vampiro primero, para luego estirar la carne hasta que la arrancaba, era monstruoso. Yo estaba paralizada por el horror, Matías intentaba taponarse la herida y la mujer se mostraba incapaz de zafarse del pequeño monstruo que le desgarraba ferozmente. Apareció Rebeca de la cocina, llevaba una pala, no sé de dónde la había sacado, ni siquiera me di cuenta cuando paso a por ella, golpeó al pequeño en la cabeza intentando que soltara a su presa. Al tercer golpe su cabeza pareció partirse y el cuerpo del niño quedó por fin sin vida, inmóvil al lado de la mujer, que era incapaz de taponarse las heridas. Ahora ambos estaban infectados. Rebeca empujó con la pala hacia fuera al hombre, el anciano continuaba sin comprender que había ocurrido. Le empujaba hacia fuera ayudándose de la pala, la abuela se había levantado y agarró a Rebeca del brazo para intentar evitar que echara a su marido fuera. El hombre ni siquiera se oponía, sólo intentaba tapar la herida que le desangraba de su cuello. La anciana, por contra se defendía con todo, en uno de esos envites debió herir a Rebeca. Al final logré sobreponerme y ayudé a mi cuñada a echar fuera a los abuelos.
Fue horrible, echamos de su propio hogar a su suerte a dos personas que, momentos antes nos habían ofrecido su casa y su ayuda.
Rebeca estaba exhausta y a punto de parir. Subimos arriba, a la habitación que había preparado la anciana, era donde dormían sus nietos cuando les visitaban, hasta tenía una cuna. Se tumbó en la cama y el bebé, prácticamente vino solo.
Fátima estaba tan excitada que parecía que lo que nos estaba contando estaba realmente viviéndolo en ese momento.
- ¿Y dónde estaba el padre del bebé? – intervino, una vez más Jorge que no perdía detalle de la historia.
A Julián no volvimos a verle, no regresó, nunca conoció a su hija.
- ¿Y qué ocurrió con Rebeca?
- En algún momento mientras intentaba empujar fuera a la anciana, esta debió herirla. Antes del parto, cuando subimos a la habitación apenas presentaba un leve arañazo en el antebrazo derecho. Después de dar a luz, apenas quince minutos después, la herida parecía estar terriblemente infectada. No tenía idea de que el proceso fuese tan rápido.
Yo estaba asustadísima, si se transformaba dentro de la casa ¿Cómo me las arreglaría para defenderme?
Pareció leerme el pensamiento y tras una hora, más o menos se incorporó y dejó al bebé en la cuna. Se acercó a mí y cogiéndome la cabeza entre las manos acercó mi frente a la suya y me susurró: “Por favor, por lo que más quieras, no dejes que mi bebé se transforme en una de esas cosas, en lo que yo voy a transformarme”
Me hizo jurárselo y luego abrió la puerta de la calle y salió sin más. Me avergüenzo sólo de pensarlo, nada más cerrar corrí a asegurar la puerta. Después de unos minutos asimilando mi nueva situación volví a subir a la habitación, con el bebé. Me incliné sobre la cuna y le observé mientras dormía. Me esforzaba en buscar algo raro en la criatura, algo diferente, pero sólo podía ver un bebe precioso.
Yo no sabía cómo funcionaba el virus, pero me aterraba que el bebé se transformase en un zombi mientras lo mecía en mis brazos, así que no le toqué.
Me senté en la cama junto a la cuna y me concentré en sus facciones, intentaba ver cualquier cambio. Al rato, el sueño debió vencerme. Cuando desperté habían pasado seis horas desde que Rebeca se marchó. No podía ver al bebé así que me incorporé. Lo que vi… era… no es justo… ese bebé se convirtió en un monstruo sin que nadie le hubiese estrechado en sus brazos, sin que yo le hubiese dado un poco de amor– Fátima rompió a llorar—
- Sabéis, durante todos estos días no he dejado de pensar que tal vez, si yo le hubiese cogido y le hubiese arrullado, dándole amor, mostrándole cariño, tal vez eso no hubiese pasado. Fue culpa mía, mi cobardía le transformó en… en eso.
Jorge estaba sorbiéndose los mocos y las lágrimas amenazaban brotar torrencialmente por sus mejillas. Se levantó y acercándose a la mujer se le abrazó. Yo no sabía que decir.
- Fátima – intervino Laura— no fue culpa tuya, el hecho de que se transformase no tuvo nada que ver contigo, no tuvo nada que ver con el amor o con la falta del mismo, esa criatura estaba condenada desde que su madre resultó herida. Si ella ya hubiese nacido… si hubiese nacido tan solo unos minutos antes…
Después de un incómodo, aunque tranquilizador silencio, me incorporé.
- Fátima, debemos continuar, en el coche tenemos sitio para ti. Puedes venir con nosotros. Esta pesadilla ha terminado ya. No puedes permanecer aquí.
- ¿Y el bebé?
- Él no puede acompañarnos, debe quedarse.
- Y se quedará así, hasta…hasta cuando, ¿mueren en algún momento?
- No lo sé, supongo que sí, pero lo cierto es que a ella no podemos llevárnosla. Lo más caritativo sería que le pegásemos un tiro en la cabeza – al momento lamenté haberme expresado así—pero lo cierto es que ninguno de nosotros será capaz de hacerlo, no podremos disparar contra una criatura de días, por muy zombi que sea. Fátima, coge lo que necesites, debemos seguir camino.
Joder, al carajo, no había querido mear cuando el Sargento se lo dijo, que coño, se lo ordenó, como si él no fuese capaz de aguantar lo que quisiera. Además, cómo iba a salir a mear con todos mirándole. Pero lo cierto era que se estaba meando vivo, pero si esperaba a que viniesen estaría en las mismas de antes, así que, a pesar de la prohibición de salir del vehículo y de llamar la atención, decidió salir. No se veía a nadie en todo lo que le daba la vista. Salió del coche dejando la puerta abierta y se dirigió a la barandilla del paso elevado, y allí, mirando hacia la casa por si volvían se alivió. No pudo ver como tres pares de ojos muertos le descubrían al salir del coche y se dirigían hacia él. Cuando terminó y se dio la vuelta, los tres zombis estaban a menos de diez metros, no habían hecho nada de ruido, pero ahora comenzaron a rugir, como si ya no les importara descubrirse, como si supieran que no tenía escapatoria. Echó a correr pegado a la barandilla del paso elevado de la autovía dirección de vuelta a Madrid, pero los bichos eran más rápidos que él, le acabarían alcanzando. Además se había dejado el walkie en el coche. Se prometió que si salía de esta nunca volvería a cuestionar nada de lo que dijese el mamón del sargento, seguro. Encontró una rama en el suelo, no era muy gruesa, pero no había otra cosa. Estaba agotado. Paró y se dio la vuelta dispuesto a defenderse como pudiese. Los tres zombis le seguían cada vez más excitados, pero, de pronto, los muy torpes tropezaron con… no podía ver con qué, pero era como si se hubiesen chocado contra algo o hubiesen tropezado con sus propias piernas dando un ridículo salto y cayendo terraplén abajo. Además todos tropezaron, los tres, definitivamente Marcela debía estar cuidando de él. Tiró el palo y volvió al coche todo lo rápido que pudo.
En la casa, Diego salió conmigo y comenzó a ladrar en dirección al lugar donde dejamos el coche con Mariano. Mariano entraba en ese momento en el coche, me había desobedecido y había salido del vehículo, menos mal que no había pasado nada. De todas formas se llevaría una reprimenda. ¿Por qué ninguno obedecía mis órdenes?
- Diego, ve con Mariano.
El pastor alemán echo a correr veloz hacia el abuelo. Jorge salía ya con Laura. Fátima había insistido en despedirse del bebé a solas.
Al poco salió de la casa.
- Fátima, con ese abrigo vas a tener mucho calor, ¡que estamos en verano! – le di un pescozón al niño para que no molestara.
- Fátima – nada que no callaba— ¿Por qué se mueve tu abrigo?
Laura y yo nos detuvimos en seco y nos giramos hacia la mujer, efectivamente algo se movía debajo del abrigo que llevaba puesto. Su rostro era una autentica mascara de dolor.
- Abre tu abrigo Fátima ¿Qué llevas debajo del abrigo?
La mujer paró y se desabrochó el chaquetón mientras lágrimas de dolor se deslizaban por sus mejillas dejando surcos en su cara llena de mugre.
El cuerpo desnudo del bebé se sujetaba clavando sus uñas en el pecho de la mujer, una de las tetas había sido medio devorada, desgarrada y ahora se cebaba con el otro pecho. La sangre infecta ya resbalaba por su cuerpo.
- No podía dejarle, no podía, es mi bebé… lo prometí… es mi bebé…es culpa mía.
Jorge estaba vomitando a mi lado. Intentaba pensar que hacer cuando el disparo sonó, la bala disparada por Laura atravesó la cabeza del bebé y el pecho de la mujer. Un nuevo disparo se alojó en la cabeza de ella y puso fin, para siempre a su sufrimiento, al menos murió siendo todavía humana.
- Vámonos – ordené – esos disparos atraerán a más zombis.
Echamos a correr en dirección al coche. Cuando estábamos a pocos metros Mariano salió con Diego a recibirnos. Mientras Laura se colocaba el casco de la moto aproveché para reprender a Mariano por haber salido del coche.
- Vaya, ¡qué pasa con vos pibe! Parece que tenes ojos en la nuca, además, los zombis esos debían ser más viejos que yo, por que se cayeron solos, o lo mismo es que sabían que vos estabas cerca.
Laura paró el motor de la moto y yo me giré hacia él.
- ¿Qué has dicho? Repite eso. Te atacaron zombis y se cayeron solos, ¿Dónde?
- ¡Ah! – pareció entender el anciano, ahora creerás que ocurrió algo raro, pues que sepas que nadie les tocó, nadie les disparó, yo oigo perfectamente. Se cayeron solos.
- ¿Dónde? – insistió ahora Laura.
- Ya se lo dije, por ese terraplén abajo, los tres, uno tras otro.
- Meteros los tres dentro del coche, si se aproxima algún muerto tocar una vez el claxon.
Laura y yo echamos a correr terraplén abajo. En efecto, allí estaban los tres zombis, muertos. Les observamos sin acercarnos, esperando que de un momento a otro se incorporasen hacia nosotros para devorarnos. Pero nada, no se movían, estaban bien muertos.
- No crees que los tres tropezasen solos de repente ¿Verdad?
- No, alguien les disparó, fíjate en sus cabezas, están reventadas por un balazo, una bala para cada cabeza, limpiamente. Alguien les ejecutó, alguien con muy buena puntería.
- ¿Por qué dices eso? ¿Por qué con buena puntería?
- Quienquiera que lo hizo tuvo que disparar desde lejos para no descubrirse y además lo hizo con un fusil con silenciador para evitar ser oído.
- Pero no entiendo porqué no se dan a conocer, si nos ayudan ¿Por qué nos deberían temer?
- No creo que nos teman, ni que nos ayuden, no se trata de eso. Creo que buscan algo, quizás la tarjeta, no lo sé. Tal vez sean pocos y no tengan claro que nos puedan vencer. Puede que estén esperando refuerzos.
- Pero eso es absurdo si pueden disparar sin que les oigamos o veamos podrían matarnos cuando quisieran, no necesitan más ayuda, además; como se desplazarían, no hemos visto ningún otro vehículo y no hay transporte público. ¿Cómo nos siguen? ¿Eh?
- Si necesitarían ayuda si su intención fuese cogernos con vida. Lo más probable es que se trate de un comando de dos individuos como máximo, quizás uno sólo, por eso no actúan, esperan la ocasión, pero si, también he meditado acerca de cómo nos siguen, como se mueven, y, la verdad es que todavía no tengo respuesta.
- Pero en el chalet estábamos indefensos, tú estabas inconsciente, ahí podrían habernos capturado fácilmente.
- Quien sabe, quizás perdieron nuestro rastro en algún momento.
- Y lo recuperaron al transmitir con la radio. Joder, que estúpida he sido.
El claxon del coche sonó una vez, levemente. Los zombis acechaban, debíamos irnos.